Chapter Text
En el universo de bolsillo no hay viento. El aire permanece inmóvil, calibrado, como si alguien hubiera decidido que incluso la entropía debía obedecer. Clark lo percibe de inmediato, pero no es eso lo que lo inquieta. Es Lex.
Lex camina unos pasos delante de él, demasiado lento para ser casual. No arrastra los pies, no vacila; administra el ritmo. El abrigo sigue cerrado pese a la temperatura constante, y aun así algo se filtra. No un olor reconocible al principio, sino una presión suave detrás del esternón, una alerta sin nombre. Clark frunce el ceño, ajusta la respiración. No debería sentir nada.
—No me mires así —dice Lex sin volverse.
Clark se detiene.
—No estoy mirando.
Ambos saben que es mentira.
Lex gira apenas la cabeza. El gesto es mínimo, pero hay una falla en el ángulo, un retraso microscópico en la corrección. Clark lo registra como registra una grieta en una pared que creía sólida. Siguen avanzando hasta el refugio: superficies lisas, luz blanca, silencio clínico. Cuando Lex se quita el abrigo, el movimiento es brusco, casi impaciente. El cuello queda expuesto. Clark aparta la vista demasiado tarde.
—¿Desde cuándo? —pregunta, cuando el silencio se vuelve insoportable.
Lex se apoya en la mesa central, los dedos extendidos, firmes. Anclaje. Control.
—Desde siempre.
No hay dramatismo. No lo necesita.
Clark da un paso atrás por reflejo, pero el espacio no responde como espera. La cercanía se impone. Entonces lo entiende. No con la mente, sino con el cuerpo. El estímulo no lo llama; lo rodea. No es una orden. Es una presencia.
—Lo ocultaste.
—Me protegí de una variable innecesaria —corrige Lex—. Funcionó.
Clark lo observa. El sudor en la sien de Lex, el brillo distinto en los ojos, la respiración medida con demasiada atención. No es debilidad. Es contención al límite.
—Aquí no hay nadie más —añade Lex—. Y tú no eres alfa. No deberías reaccionar.
Clark se acerca. Cada paso es una elección consciente. Cuando queda frente a él, la diferencia de altura obliga a una intimidad incómoda, cargada. Clark inclina la cabeza. No toca.
—No debería —admite—. Pero lo hago.
El universo de bolsillo aprende rápido a guardar secretos.
Clark lo empuja contra la pared, no con fuerza, sino con intención. La superficie cede lo justo. Lex aspira con un sonido que se le rompe antes de poder corregirlo. Sus manos suben al pecho de Clark, no para apartarlo, sino para medirlo, para asegurarse de que no es una alucinación química.
Clark inclina la cabeza, sin besarlo...todavía. Pasa la nariz por la línea de la mandíbula, lento, probando, como quien amenaza con algo que sabe que va a cumplir. Lex deja escapar una risa breve, rota, que no tiene nada de humor.
—No sabes lo que estás tocando.
—Lo sé.
La certeza con que Clark lo dice le quita a Lex el último punto de cordura.
Las manos de Clark recorren su espalda con una firmeza que no pide permiso. No buscan; delimitan. Lex arquea el cuerpo sin querer, como si una corriente interna lo atravesara. Cada roce es una chispa. Cada pausa, una forma de presión. Clark descubre que no necesita apresurarse: estirar el tiempo es otra manera de poseer.
El olor se intensifica. Clark se tensa entero, sorprendido por la violencia controlada de su propia respuesta. Durante años había contenido cada gesto como si el mundo fuera de cristal. Aquí no. Aquí el universo lo sostiene, permite. Lex se aferra a él, las uñas marcando sin herir, como si necesitara comprobar que Clark no va a desaparecer si aprieta demasiado.
La mesa queda atrás. El suelo recibe el peso de ambos. Hay jadeos ahogados, fricción constante, cuerpos demasiado cerca para fingir distancia. Clark se inclina sobre él, cubriéndolo, una sombra densa y protectora. Lex tiembla, atravesado por un celo que no quema: exige. Es como fuego contenido bajo la piel, dulce y peligroso. Clark responde sin pensarlo, acercándose más, anclándolo con una mano firme, territorial.
—Así… —murmura Lex, sin terminar la frase.
Clark apoya la frente en la suya. Comparten el aire como si compartieran un pulso. No hay ternura. Hay ritmo, presión, un lenguaje nuevo hecho de silencios cargados y sonidos rotos. Por primera vez, Clark no mide cada movimiento como si fuera una bomba. Por primera vez, no tiene que contenerse del todo. Lex lo siente y sonríe, breve, insolente incluso en la vulnerabilidad.
Cuando todo desacelera, no hay colapso. No hay palabras inmediatas. Clark permanece ahí, cubriéndolo parcialmente, la mano aún firme, reclamando presencia. Lex recupera el control pieza por pieza, visible en la forma en que regula la respiración, en cómo vuelve a sostener la mirada. No se aparta.
—Esto no es… —empieza.
—No es romance —termina Clark—. Lo sé.
Se miran. El acuerdo se forma sin nombrarse. No habrá promesas. No habrá explicaciones. Solo una posesión mutua, cruda, funcional, que no pide permiso al sentimiento.
En el universo de bolsillo, la realidad vuelve a quedarse quieta.
Pero la línea ya no existe.
