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Alma Aferrada

Chapter 2: Dos casas, el mismo frío.

Summary:

Dos hogares, dos formas distintas de crecer, una misma lección aprendida demasiado pronto.

Este capítulo explora la infancia de Harry Potter y Ron Weasley antes de Hogwarts, mostrando cómo el silencio y el ruido pueden ser igual de fríos.

Notes:

No hay abuso espectacular en este capítulo.
Solo negligencia cotidiana.
Y eso debería incomodar más.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Privet Drive se jactaba de ser completamente normal. Cotidiano.

Las aceras perfectamente alineadas, las casas idénticas con sus fachadas de ladrillo y jardines meticulosamente cuidados, brillaban bajo el sol de la mañana con un orden casi obsesivo.

La gente llevaba vidas monótonas, tan previsibles que rozaban lo aburrido. El número cuatro era el que mejor sostenía esa fachada.

La gente que vivía allí era la típica familia de clase media alta. Podía decirse —y afirmarse— que eran absurdamente normales; que no había en ellos que desentonara con la imagen pulida que ofrecían al vecindario.

Pero tenían un secreto.

Un secreto que habían intentado enterrar profundamente. Al principio fingieron que no existía y, tal vez, hubiera funcionado… si la vida no se empeñara en demostrar que el statu quo no era sostenible para siempre. Ellos lo habían aprendido hacía siete años.

Los Dursley se habían visto obligados a recibir a su sobrino cuando apenas tenía dieciocho meses. Los padres asesinados por su gente en una guerra que no querían y no podían comprender, ¿y por qué habrían de hacerlo? Después de todo, ellos eran personas normales. Aquellos otros no.

Lo peor, y lo que más resentían, no era solo al niño, era el hecho de que no hubieran sido consultados sobre la situación. Que la decisión se hubiera tomado sin su consentimiento. Si, era su sobrino, pero eso no significaba que ellos tuvieran que quererlo, y menos aún cuando representaba todo aquello de lo que habían pasado la vida negando su existencia.

Así que hicieron lo que consideraron más conveniente para preservar su normalidad.

Le dieron un techo, lo alimentaron, lo vistieron, pero no por eso hicieron que el chico se sintiera bienvenido, porqué, después de todo, no lo era y él tenía que entenderlo.

_._._._._._._._

Un niño escuálido, de cabellos azabache y ojos color esmeralda, reprimía las lágrimas con una calma perturbadora. Tenía los puños apretados con fuerza y la mirada perdida mientras escuchaba el regaño de sus tíos.

La escuela había mandado una carta donde detallaban que lo habían suspendido por haber golpeado a otro estudiante sin ninguna provocación, y sus tíos, quienes odiaban ser molestados con cosas referentes a él, no se privaron en hacérselo notar.

Una cachetada lo sacó de su ensimismamiento.

Harry cayó al suelo y se hizo un ovillo, mientras se cubría el rostro. Eso sí, ningún tipo de sonido salió de él. Sabia que, entre más se quejara, más se prolongaría el dolor. Eso ya lo había aprendido.

—¡Responde cuanto te hablo, niño! —bramó tío Vernón. Sus grandes manos lo sujetaron del cuello de la camisa. —¿Crees que nos gusta recibir este tipo de notificaciones? ¿Qué pensara la escuela de nuestra familia al saber que tenemos un vándalo como sobrino? ¿No crees que ya es demasiado castigo tener que acogerte cuando te abandonaron tus padres, como para además soportar tu conducta criminal?

Harry no lloró cuando Vernón lo arrojo a su colchón con fuerza, y mucho menos cuando cerró la puerta de la alacena.

El golpe seco del cerrojo no fue una sorpresa; era casi esperado, puntual, como la cena que no tendría.

Se quedo mirando el techo unos segundos, siguiendo con la vista el avance lento de una araña, esperando algo que nunca llegaba. Una palabra más. Un insulto. Cualquier cosa que confirmara que todavía estaba allí.

Que él existía.

Nada.

El silencio siempre era lo peor.

Se sentó en el colchón delgado, casi obligándolo a rechinar para que hubiera ruido, y apoyó la espalda contra la pared.

El foco parpadeaba con una luz enferma, casi burlona.

La risa de Dudley se hizo presente. Subía y bajaba en sincronía con el volumen del televisor. El tintinear de los platos le precedía junto con los movimientos erráticos de su tío al cambiar la hoja del periódico. Harry contó los sonidos, no por distracción, sino por costumbre. Contar era una manera de existir, de formar parte.

Se toco el labio partido. No con cuidado, nunca lo hacía, sino con fuerza. El dolor lo mantenía anclado, presente. Despierto.

No pensó en sus padres. Había aprendido, por las malas, que pensar en ellos solo empeoraba las cosas. La esperanza era un lujo que no podía permitirse. No si quería no ser castigado.

En algún punto —no supo cuándo— dejó de preguntarse si estaba mal. No porque no lo estuviera, sino porque no servía de nada.

Nunca nadie venía, nadie preguntaba, nadie veía.

Entonces no había nada que esperar, y Harry dejó de hacerlo.

Agarró un pequeño trapo y empezó a restregarse las heridas de su brazo. Las heridas que su primo y amigos le habían hecho antes de culparlo y hacer que los maestros les creyeran. El dolor agudizo sus oídos, y siguió escuchando como el mundo seguía sin él. El dolor dejó ser algo que se evita y pasó a ser algo que era útil: si iba a doler igual, al menos valía la pena ser visto.

No prometió nada.

Harry no soñaba con ser amado. Soñaba con ser imposible de ignorar.

Y eso era suficiente.


La familia Weasley era una familia muy conocida en la mágica Bretaña. Desde tiempos inmemorables se habían ganado, a pulso, el reconocimiento de ser unos traidores a la sangre. Y estaban orgullosos de serlo.

Jamás hubieran imaginado que, en parte, serían impulsores de la peor guerra mágica de su tiempo. Pero ese era un asunto para después.

En la Madriguera, el día comenzaba con el sol. El ruido crecía a medida que la familia iba despertando. La casa nunca estaba realmente en silencio; incluso cuando parecía vacía, se sentía llena. O, más bien, hueca.

Ron lo sabía porque nunca había un lugar donde el ruido no llegara. Las escaleras crujían, los pisos hablaban, las paredes escuchaban. Todo parecía vivo. Todo, menos él.

Bajó cuando el bullicio ya estaba instalado.

Las voces llenaban la cocina como siempre: superpuestas, completas, seguras de sí misma. Ron se quedó en el último escalón, observando. Nadie lo vio de inmediato. Eso también era algo habitual.

La mesa ya estaba servida.

No faltaba un plato y no sobraba ninguno.

Bill y Charlie hablaban de alguna novedad de la escuela. Percy estaba atento a lo que su padre comentaba sobre su trabajo en el ministerio. Fred y George discutían entre ellos en un lenguaje que solo ellos reconocían. Y Ginny comía despreocupada mientras su madre le acariciaba el cabello con ternura que no parecía agotarse nunca.

Molly fue la primera en verlo.

Su sonrisa no desapareció del todo; simplemente cambió. Se tensó, como una receta en donde algo salió mal, aunque se siguieran todos los pasos.

—¿Dónde estabas? —preguntó, alzando apenas una ceja.

Ron abrió la boca, la cerró, y eligió la respuesta más corta, una que no fuera problemática.

—Arriba.

No dijo nada más. No es como si hiciera falta.

—Siéntate rápido. —murmuró negando con la cabeza, ya volviendo la atención a Ginny.

Ron obedeció inmediatamente.

Arrastró una silla desde el rincón y la colocó en una esquina. Al ser vacaciones, sus hermanos no estaban en Hogwarts, así que la mesa se encontraba llena.

Su llegada no interrumpió nada. La dinámica continuó intacta.

Ron estiró la mano hacia las tostadas.

—No agarres tanto. —dijo Molly sin alzar la voz—. Recuerda que hay más.

Su mano quedo suspendida en el aire. Tomó una pieza pequeña.

Masticó despacio, contemplando toda la escena. Observando.

Arthur se reía ante un comentario de Charlie. Bill resolvía las dudas de su hermano Percy sobre unos exámenes que aún estaban lejos. Ginny soltó una carcajada por un chiste de los gemelos, y Molly negó divertida ante la historia que George relataba sobre lo que planeaban hacer ese día.

Nadie le preguntó cómo estaba. No porque no importara, sino porque nadie pensó en hacerlo.

Fred movió su vaso para alcanzar más tocino y lo volcó. El liquido se derramó por la mesa. Molly suspiró.

—Ay, Ronald.

Solo su nombre basto. Fue casi instintivo.

—Lo siento. —dijo él, aunque no había sido su culpa.

Ella ya estaba limpiando el desastre.

—Siempre estas distraído. —comentó. —Así no llegarás a nada.

No lo dijo con enojo. Lo dijo con cansancio.

—Ve a tu cuarto. Luego comerás. —dijo ella, ya girándose hacia otra cosa.

Ron asintió.

No discutió. No preguntó que había hecho mal. Ya sabía que la verdad no importaba. No pidió quedarse. Había aprendido qué cosas funcionaban y cuáles no llevaban a ningún sitio.

Subió las escaleras sin mirar atrás. No esperaba que nadie lo siguiera.

En su habitación, el silencio era como una dosis de anestesia. No dolía como en la cocina. Allí no había risas que no le pertenecían, ni conversaciones que nunca serían para él.

Se dejó caer en la cama y miró el póster torcido de los Chudley Cannons.

No se sintió triste. Se sintió pequeño.

Y entendió algo con una claridad un tanto incómoda: el amor tenía condiciones.

Que el cariño tenía jerarquías y que ser ignorado era el precio de no destacar. De no ser importante.

Ron se levanto de la cama y enderezó el póster con cuidado.

Si no iba a ser el primero en nada… entonces se aseguraría de no ser el último.

Y si hacía falta, se aseguraría de que la línea de meta fuera destruida.

Ron no quería destruir el mundo. Quería verlo arder lo suficiente como para que todos quedaran al mismo nivel.


Interludio.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

La magia y el destino tenían un retorcido sentido del humor. Hacían conexiones donde nadie más vería similitudes. Y rara vez se equivocaban.

No se parecían en nada.

Uno creció donde se usaba el silencio como castigo, el otro, donde el ruido era una forma de hacer que desaparecieras.

Privet Drive tenían el orden como ley, mientras la Madriguera, el caos como norma.

Harry era ignorado porque su existencia estaba mal, y Ron porque existía demasiado.

Uno aprendió que el dolor directo era preferible al vació, y el otro entendió que el vacío podía doler más que cualquier golpe.

Harry contaba sonidos para saber que seguía allí, mientras Ron contaba risas ajenas para confirmar que no eran para él.

A uno le enseñaron que pedir atención era una provocación, al otro, que pedirla era un estorbo.

Ambos aprendieron la misma verdad incómoda: el afecto era una recompensa, no un derecho.

Lamentablemente, ellos no cumplían con los requisitos.

Harry fue moldeado con la certeza de que nadie vendría, y Ron, por la evidencia de que siempre había alguien antes.

No hubo conspiraciones, ni siquiera maldad a consciencia. Solo adultos negligentes y sistemas cómodos. Familias que funcionaban… excepto para el niño que sobraba.

Y así, sin conocerse, sin tocarse, sin compartir un solo recuerdo, ambos llegaron a la misma conclusión desde extremos completamente opuestos: esperar no servía de nada.

Harry decidió que el dolor sería útil si lo volvía visible, y Ron decidió que la igualdad solo existía cuando nadie estaba arriba.

Ninguno pensó en redención, ninguno soñó con salvarse.

Y cuando el mundo, años después, los empezara a llamar monstruos, ambos sabrían la verdad: no nacieron así.

Fueron entrenados.

Notes:

Nadie en este capítulo creyó estar haciendo algo mal.

Notes:

Este fic está basado en mi historia publicada en FF.net bajo el mismo nombre de autora y obra, obviamente con sus respectivas correcciones.