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La muerte no fue el frío vacío que esperaba. Para ella, el final tuvo el sabor metálico de la enfermedad y el calor salado de las lágrimas ajenas
— No se preocupen, amigos... Estaré bien —susurró con la voz rota.
A su alrededor, el aire vibraba con el lamento de quienes habían sido su verdadera familia. Gardevoir sostenía su mano con delicadeza, mientras Lucario permanecía firme, aunque su aura emanaba un dolor punzante que hería el ambiente.
Sobre la camilla, el pequeño Zigzagoon se acurrucaba contra su costado, buscando un calor que se desvanecía por segundos.
Swampert y Aggron montaban una guardia silenciosa, como estatuas de piedra en un mausoleo, mientras Dragonite y Haxorus la observaban con ojos empañados; eran gigantes heridos por lo inevitable.
En las sombras, Breloom, Zweilous y Bagon asomaban sus rostros por el borde de la cama, testigos mudos del último aliento de su entrenadora.
— Por favor... cuídense mucho, ¿sí?
El monitor cardíaco se convirtió en un pitido largo y monótono, una nota final que rasgó el silencio. Su último pensamiento fue una promesa: Los amo.
Esperaba encontrarse con la luz de Arceus, pero la muerte resultó ser una experiencia viscosa, asfixiante y ruidosa. Voces ásperas cortaban el silencio del más allá.
— ¡Puje, mi Lady! ¡Ya se ve la cabeza!
¿La cabeza de qué?, pensó, aturdida por la confusión. De pronto, la presión cedió. Se sintió deslizar hacia un mundo frío y húmedo. El aire entró en sus pulmones como fuego líquido y su primer impulso no fue una palabra, sino un llanto instintivo y desgarrador.
¿Dónde estaban ellos? ¿Dónde estaba la escamosa calidez de Dragonite o la serena presencia de Gardevoir? Solo había manos extrañas y telas rústicas.
— Una niña, mi Lady.
Rhea Royce, la Señora de Piedra de Runa, observó a la criatura. Aquella niña era el fruto de un pacto amargo, concebida en una noche de vino y desprecio para asegurar una herencia. La bebé tenía los rasgos marcados de la Casa Royce, pero sobre su frente y pestañas brillaban mechones de un blanco tan puro como la nieve de los picos del Valle. Un recordatorio de la sangre valyria que corría, muy a su pesar, por sus venas.
— Eres mía —susurró Rhea con una mezcla de triunfo y alivio—. Tu padre no podrá reclamarte... Serás Rowena Royce.
Los primeros meses fueron un torbellino de sensaciones básicas: hambre, el calor del pecho materno y la frustración de una mente adulta atrapada en un cuerpo de infante. Rowena notaba que este mundo estaba "vacío". No había rastros de la energía vital que conocía.
Rhea observaba a su hija con una fascinación inquieta. La pequeña Rowena rara vez lloraba, salvo por necesidad. Pero sus ojos eran lo más inquietante: ambos de un marrón profundo, pero el derecho estaba marcado por un fragmento de azul eléctrico, como un cristal roto o un rayo atrapado en el iris.
Cuando Daemon Targaryen llegó a Piedra de Runa tres meses después, su decepción fue casi cómica. No había un varón que asegurara su reclamo al trono.
— ¿Es esta? —ni siquiera se molestó en cargarla. Se limitó a observar con desdén aquel cabello con destellos de plata y el extraño brillo azul en su ojo.
Rowena, desde su cuna, lo observó con un juicio implacable. ¿Este es mi padre? ¿En serio mi madre no pudo encontrar algo mejor que este tipo con aires de grandeza?
Tras una mirada indiferente, el Príncipe Canalla dio media vuelta. Rowena lo vio marcharse y solo pudo pensar: Eso es, cobarde, vete. Vete por el cartón de leche y no vuelvas.
Para Daemon, Rowena no era digna de un huevo de Pozo Dragón. Ella era una Royce; un "bronce" más, sin el fuego de los jinetes.
Rowena comprendió rápido su realidad. No había Pokémon, solo animales comunes: ciervos, caballos y los halcones que su madre usaba para cazar. Y luego estaban los dragones, las bestias de fuego de la familia de su padre. Criaturas que ella, según los susurros de los sirvientes, jamás poseería.
Pero el universo tenía otros planes.
Una noche, cuando la luna plateada bañaba la guardería, Rowena despertó sintiendo un peso inusual a los pies de su cuna. En la penumbra, vio un huevo. No era rugoso ni de colores volcánicos como los de los Targaryen; era liso, grande y moteado, con una elegancia que desafiaba la lógica de Poniente. Al estirar su pequeña mano, notó algo más: un símbolo dorado brillaba débilmente en sus nudillos, una "X" entrelazada que reconoció al instante.
El sello de Arceus.
A la mañana siguiente, el caos se apoderó de Piedra de Runa. Rhea intentó retirar el extraño objeto, pero Rowena estalló en un llanto tan feroz que las paredes parecieron temblar. El Maestre no halló explicación; no había registros de huevos de ese tamaño, forma o textura.
Rowena protegió su tesoro durante casi un año. No permitía que se alejara de su vista, obligando a las criadas a cargarlo en una cesta de seda cuando la sacaban de la habitación. Hasta que, finalmente, las grietas aparecieron.
Ella esperaba a Mudkip, su primer compañero de antaño, pero el destino —o el Dios Pokémon— fue más poético. De la cáscara no emergió una criatura de agua, sino una pequeña forma serpentina de color azul zafiro. Tenía ojos grandes y expresivos, y raras aletas blancas en los costados de su cabeza.
Un Dratini.
Porque una princesa con sangre de dragón necesitaba un dragón, pero no uno de fuego y sangre, sino uno de escamas de seda y lealtad infinita. La criatura se enroscó alrededor del cuerpo de la bebé, frotando su hocico contra su mejilla con una ternura que ningún dragón de Poniente poseería jamás.
Rowena sonrió, y sus primeras palabras fueron un susurro que dejó al Maestre y a su madre sin aliento:
— Dra... ti... ni...
