Chapter Text
No vi a SeoJun durante las horas libres, ni tampoco durante el momento en que se suponía que tomaba su almuerzo. No me importó demasiado. Continué con normalidad con todos mis quehaceres del día y, con el paso de las horas, terminé olvidando aquel pequeño incidente de la mañana. Si para SeoJun representaba algo importante, para mí no era más que una molestia pasajera.
Durante una de esas horas libres, el único que se acercó a felicitarme personalmente fue Mun HyeonJun, el compañero con el que mejor me llevaba desde que había entrado a la carrera.
—Felicidades, MinSeok —dijo, y supe de inmediato que hablaba con total sinceridad—. Sabía que te iban a elegir. Eres el mejor.
—Muchas gracias —respondí, levantando la vista de mi libro por primera vez—. Aunque creo que a muchos no les agradó demasiado la idea… ¿no?
HyeonJun soltó una pequeña risa y se encogió de hombros, como si aquello no tuviera mayor importancia.
—No te fijes en eso —dijo con naturalidad—. Siempre habrá gente que se moleste cuando alguien destaca más que ellos.
Luego apoyó los codos sobre el escritorio y me miró con curiosidad.
—¿Qué harás después de clases? Quería invitarte al nuevo PC Bang que abrió la semana pasada.
—Hoy no creo poder ir a ningún lado —respondí—. El profesor Jin me pidió que me quedara un rato más para hacer el papeleo correspondiente a la competencia. Hay varios documentos que llenar antes de enviar la inscripción oficial, y también quiero adelantar algunas otras cosas. Probablemente termine saliendo bastante tarde.
—Ah, ya veo —dijo HyeonJun, asintiendo—. Entonces lo del PC Bang tendrá que esperar.
—Sí. Podemos ir el fin de semana si quieres.
HyeonJun sonrió con facilidad, como si el plan ya estuviera hecho.
—Perfecto. El fin de semana será.
La conversación terminó ahí, y ambos volvimos a nuestras cosas. Sin embargo, cuando levanté la vista una vez más por encima de mi libro, noté algo que no había visto antes.
A unos cuantos asientos de distancia, uno de los amigos habituales de SeoJun estaba mirándome fijamente. No era una mirada casual. Sus ojos permanecían clavados en mí con una atención extraña, como si estuviera observando cada uno de mis movimientos desde hacía rato.
Cuando nuestras miradas finalmente se cruzaron, pareció sobresaltarse. Apartó la vista de inmediato y fingió concentrarse en su cuaderno, pasando las páginas con una rapidez torpe que dejaba bastante claro que lo habían descubierto. Lo observé durante un segundo más, intentando encontrar alguna explicación en su comportamiento, pero al final decidí no darle demasiada importancia. Si quería mirar, que mirara. Simplemente regresé mi atención al libro que tenía frente a mí, pasé la página con calma y continué leyendo como si nada hubiera ocurrido.
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El papeleo con el profesor Jin tomó más tiempo del que había imaginado. Entre formularios de inscripción, autorizaciones y varios documentos que debían enviarse a la organización del concurso, las horas pasaron con rapidez. Cuando finalmente salí del edificio de la facultad, la noche ya había caído por completo sobre el campus. Las luces exteriores iluminaban tenuemente los caminos de piedra, proyectando sombras largas sobre el suelo, y el aire era mucho más frío que durante el día. A esa hora, la mayoría de los estudiantes ya se había marchado; el lugar estaba casi vacío, salvo por uno que otro grupo que aún salía de las bibliotecas o caminaba apresuradamente hacia la salida principal.
Saqué el teléfono de mi bolsillo mientras caminaba por uno de los senderos que atravesaban el campus y le envié un mensaje rápido a mi madre para avisarle que ya iba de regreso a casa y que no tardaría demasiado. Después de eso guardé nuevamente el celular y continué mi camino con tranquilidad. Mi casa no quedaba demasiado lejos de la universidad, así que muchas veces prefería caminar en lugar de tomar el autobús. Aquella noche no era diferente. Las calles estaban mucho más silenciosas de lo habitual, y el sonido de mis propios pasos acompañaba el trayecto mientras avanzaba bajo la luz amarillenta de los faroles que se alineaban a lo largo de la acera.
Para acortar camino, decidí atravesar uno de los callejones que conectaban dos de las calles principales del barrio. No era la primera vez que pasaba por ahí; durante el día solía estar lleno de estudiantes y pequeños negocios, aunque por la noche quedaba casi completamente vacío. Apenas entré en el callejón, el ambiente pareció cambiar. Las paredes altas a ambos lados bloqueaban parte de la luz de los faroles de la calle, dejando el lugar sumido en la penumbra. Fue entonces cuando escuché algo más que mis propios pasos.
Al principio fue apenas un sonido leve, como el roce de un zapato contra el pavimento detrás de mí. Pensé que quizá era el eco de mis propios pasos rebotando entre las paredes del callejón, así que no me detuve. Sin embargo, tras avanzar unos metros más, lo escuché de nuevo. Esta vez era más claro. Había otro ritmo además del mío.
Me detuve.
El sonido también lo hizo.
Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda mientras giraba ligeramente la cabeza, lo suficiente para mirar por encima del hombro. Bajo la débil luz que llegaba desde la calle, pude distinguir una figura al fondo del callejón. No era más que una silueta oscura recortada contra la luz distante, inmóvil por un instante, como si hubiera quedado congelada al notar que yo había dejado de caminar. Durante un segundo dudé si había visto bien o si la penumbra me estaba jugando una mala pasada. Fruncí ligeramente el ceño y comencé a girarme por completo, dispuesto a enfrentar a quien fuera que estuviera detrás de mí.
No alcancé a terminar el movimiento.
Un golpe seco y brutal impactó contra la parte posterior de mi cabeza, tan repentino que apenas tuve tiempo de entender lo que estaba pasando. El mundo pareció inclinarse de golpe bajo mis pies y mis rodillas cedieron casi de inmediato. Perdí el equilibrio y caí al suelo con un golpe sordo contra el pavimento frío del callejón. Durante unos segundos todo se volvió confuso: las luces se distorsionaron y un zumbido comenzó a llenar mis oídos.
Intenté incorporarme, pero no me dieron la oportunidad.
Sentí el primer golpe en el estómago antes siquiera de poder levantarme. El aire escapó de mis pulmones de forma violenta, arrancándome un jadeo ahogado. Luego vino otro golpe, y después otro más. Cada impacto se hundía en mi abdomen con una fuerza que me hacía encogerme sobre mí mismo en el suelo, incapaz de recuperar el aliento.
Intenté levantar los brazos para protegerme, pero mi cuerpo reaccionaba demasiado lento. La cabeza me daba vueltas por el golpe inicial y apenas podía enfocar lo que ocurría a mi alrededor. Solo distinguía sombras moviéndose cerca de mí mientras los golpes continuaban cayendo, uno tras otro, pesados y despiadados, como si quien los daba estuviera descargando una rabia acumulada desde hacía mucho tiempo.
Traté de alzar la mirada, intentando ver el rostro de la persona que me estaba atacando, pero no lo logré. La figura frente a mí era demasiado confusa entre la penumbra del callejón y el mareo que me nublaba la vista. Aun así, había algunas cosas que resultaban imposibles de ignorar. Quienquiera que fuera, no parecía alguien que yo conociera. Su complexión era grande, mucho más robusta que la de la mayoría de los estudiantes de la universidad que yo conocía, y su altura lo hacía verse todavía más imponente mientras se erguía sobre mí. Llevaba además un cubrebocas oscuro que cubría gran parte de su rostro, ocultando cualquier rasgo que pudiera identificarlo. La poca luz que llegaba desde la calle tampoco ayudaba; las sombras del callejón se tragaban los detalles y convertían su figura en algo casi irreconocible.
Antes de que pudiera reaccionar o siquiera intentar incorporarme, el extraño cambió la dirección de los golpes.
El primero impactó directamente contra mi cara. Sentí el golpe estallar contra mi mejilla y mi cabeza se sacudió hacia un lado. Apenas tuve tiempo de recuperar el equilibrio cuando otro golpe llegó inmediatamente después, esta vez más fuerte, haciendo que mi visión se llenara de puntos de luz. Intenté cubrirme con los brazos, pero mi cuerpo seguía respondiendo con lentitud, torpe por el dolor y el mareo.
Los puños continuaron cayendo, ahora dirigidos a mi rostro, cada impacto más violento que el anterior, como si el atacante estuviera decidido a no dejarme siquiera la oportunidad de defenderme.Sentí otro golpe estallar contra mi nariz, luego uno más cerca del pómulo, y después todo comenzó a mezclarse en una secuencia confusa de dolor, luces y sombras. Mi cabeza golpeó el pavimento cuando intenté apartarme y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca.
Intenté mantener los ojos abiertos, pero el mundo a mi alrededor empezaba a oscurecerse poco a poco, como si alguien estuviera apagando la luz del callejón. El zumbido en mis oídos se volvió más fuerte y los sonidos comenzaron a llegar distorsionados, lejanos, como si estuvieran ocurriendo bajo el agua. Mi cuerpo ya no respondía; apenas podía mover los brazos y cada intento de respirar dolía más que el anterior.
Fue entonces cuando sentí que todo empezaba a desvanecerse.
La última imagen que recuerdo es la silueta del hombre erguida frente a mí, oscura y borrosa contra la poca luz que entraba desde la calle. Mis párpados pesaban demasiado y mi visión se quebraba en fragmentos cada vez más difusos. Entre ese estado extraño, a medio camino entre el sueño y la conciencia, alcancé a escuchar su voz.
—Está hecho.
No supe si hablaba con alguien más o si simplemente estaba informando a través de algún teléfono. Su voz llegó hasta mí como un eco lejano, arrastrado por el zumbido que llenaba mi cabeza. Después de eso, todo se volvió negro.
Y perdí el conocimiento.
