Chapter Text
Por cierto en una parte van a leer que hay soldados extranjeros entrenando en Paradise y es porque Paradise bajo el poder de Erwin se volvió una potencia militar que enseña a las demas naciones a enfrentar titanes para crear alianzas.
si solo están aquí por la escena explicita es casi hasta el final. :)
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Eren


Levi

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- ¡SOLDADOS AL ATAQUE!
El grito aún estaba en el aire.
La carga era un caos de polvo y cascos golpeando tierra, de caballos que relinchaban y soldados que morían antes de poder gritar. Las rocas caían como meteoritos desde las manos del Titán Bestia, despedazando cuerpos, borrando nombres. Erwin Smith avanzaba al frente de todo eso, siendo salpicado por la sangre de sus hombres, viendo su propia muerte dibujarse en cada proyectil que pasaba cerca.
No le importó. Siguió avanzando.
- ¡SIGAN AVANZANDO!
Zeke vio la carga humana con la indiferencia de quien observa hormigas correr hacia el fuego. Levantó los brazos para una nueva ráfaga y fue en ese momento que notó algo.
Varios de sus titanes estaban muertos.
Frunció el ceño, rastreando el campo con la mirada hasta que lo encontró: un soldado solitario moviéndose entre sus titanes con una velocidad que no parecía humana. Sin titanes alrededor que lo detuvieran. Sin miedo visible en su trayectoria.
"Debe tener cuidado con un soldado. El Capitán Levi es peligroso." Recordó la advertencia de Reiner demasiado tarde.
Zeke no terminó el movimiento. Levi ya estaba sobre él. No hubo tiempo para reaccionar.
Las rocas dejaron de caer y el campo entero se quedó en un silencio que fue casi ensordecedor.
Levi derrotó al Titán Bestia con la misma velocidad con la que hacía todo, empujado por el odio y la sed de venganza. A sus pies, el gigante que había estado masacrando a sus soldados durante horas yacía en el suelo, inmóvil.
Desde el suelo, Erwin lo vio todo. El dolor era suficiente para nublar la mayoría de sus pensamientos, pero no ese. No el de ver a Levi de pie entre cuerpos, humo y sangre, buscando sobrevivientes con una desesperación que muy poca gente habría reconocido en su postura rígida.
Cuando los ojos grises lo encontraron, Erwin no pudo evitarlo. Sonrió.
-...Erwin, maldito suicida. - No era un insulto, ambos lo sabían.
Ese segundo de distracción bastó. De entre el humo espeso surgió un titán moviéndose sobre sus manos y rodillas, rápido como no debería serlo algo de ese tamaño, y antes de que Levi pudiera reaccionar se llevó en la boca el cuerpo mutilado del portador del Titán Bestia.
La voz de Zeke llegó distorsionada y furiosa desde algún lugar entre los árboles, prometiendo venganza, ordenando a los titanes restantes que atacaran.
Levi apretó la mandíbula.
Ser el más fuerte de la humanidad, le dejaba demasiados dolores de cabeza pensó mientras volvía a levantar sus espadas.
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Cuando pudieron cruzar de vuelta hacia la muralla, cargando a los pocos sobrevivientes y a Erwin, Levi fue recibido por la escena de Eren con una espada en el cuello de Bertholdt. Y el maldito mono parado frente a él como si tuviera algún derecho a seguir respirando.
En cuanto el barbudo lo vio, salió corriendo.
“Bien”, pensó Levi, sin bajar la guardia. “La próxima vez no tendrá esa suerte”.
Se sentó y fue porque las piernas simplemente dejaron de responder. No sabía cuántos titanes había matado hoy. Todo le dolía, esa clase de dolor sordo que llega cuando la adrenalina finalmente abandona el cuerpo.
—¡Capitán Levi, el suero!
Dios Eren gritaba tanto. En cualquier otra circunstancia le habría dicho algo al respecto, pero tenía un dolor de cabeza que amenazaba con dividir el cráneo en dos y no tenía energía para el sarcasmo.
Miró el suero en su mano y después miró a Erwin a su lado.
El hijo de puta seguía respirando. Seguiría respirando sin un brazo, eso Levi lo sabía mejor que nadie porque Erwin Smith era demasiado terco para morirse en un campo de batalla sin saber la verdad sobre los titanes y lo que había más allá de las murallas. Y no se imaginaba, bajo ninguna circunstancia, a ese mismo hijo de puta convertido en el Titán Colosal. Ya era suficientemente insoportable con su altura normal.
La manera en que Eren lo estaba mirando, no con la desesperación histérica que podría haber esperado, sino con algo que se parecía demasiado a la confianza. Como si ya supiera cuál iba a ser la respuesta antes de que Levi la diera.
Eso lo irritó, pero de igual manera extendió el suero sin decir nada.
Ver después como los mocosos se abalanzaban sobre Armin con lágrimas en los ojos hizo que algo en su pecho se apretara un momento. Una cosa pequeña y rápida que no pensaba examinar ni mencionar jamás bajo ningún concepto.
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La habitación estaba en silencio.
Erwin había leído muchos informes en su vida. Había procesado pérdidas, traiciones, verdades que reescribían todo lo que creía saber, pero, esto era diferente. Esto no era un informe. Era el diario de un padre, y lo que contenía era suficiente para hacer temblar los cimientos de todo aquello por lo que habían luchado.
Hay un mundo exterior. Marley es el enemigo. Los titanes eran humanos. Todo el tiempo estuvieron matando personas convertidas en titanes.
Dejó el diario sobre la mesa con más cuidado del necesario, como si depositarlo bruscamente pudiera romper algo que ya estaba roto.
-Esto es una mierda. - Expreso Levi. Erwin exhaló algo que en otras circunstancias podría haber sido una risa.
—Sí —fue todo lo que respondió.
-Oye, Erwin - Levi se recostó contra la pared con los brazos cruzados y esa expresión suya que podía significar veinte cosas distintas dependiendo de quién lo estuviera leyendo. - Necesito un aumento después de todo esto. Un maldito té y en estos momentos mataría por un baño porque huelo a mierda.
Fue entonces que escuchó la risa.
Todos voltearon al mismo tiempo. Eren estaba sobre sus rodillas, la cara entre las manos, con lágrimas cayéndole por las mejillas y los hombros sacudiéndose en una risa que claramente no había planeado tener. La clase de risa que llega cuando estas en shock.
—Oye, mocoso. ¿Qué carajo te pasa?
—¿Capitán Levi...— Eren levantó la vista, con los ojos brillantes y rojos y la risa todavía sacudiéndole el pecho — ¿Eso es lo más importante que tiene por decir en un momento como este? ¿Que huele a mierda?
Nadie respondió por un momento y después, como si alguien hubiera roto algo, la risa se contagió. Primero Eren, después Armin, después Jean aunque claramente no quería, después todos.
Erwin miró a Levi.
Y pudo notarlo. No era algo que hubiera visto antes en ese rostro. Levi observaba a Eren reír con una expresión que había abandonado por completo su neutralidad habitual. No era ternura exactamente, Levi no funcionaba en ternura, sino algo más parecido al reconocimiento. Como quien ve algo que llevaba tiempo buscando sin saber que lo buscaba. Sus ojos grises seguían cada movimiento de Eren con atención, parecía embelesado.
“No puede ser. ¿Cómo no me di cuenta antes?”
Fue eso lo que lo hizo reír. No el caos colectivo de sus soldados perdiéndose en una risa sin fondo. Sino eso. El más fuerte de la humanidad, el hombre que imponía temor con solo entrar a una habitación, completamente perdido mirando a un chico llorar de la risa.
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El salón del reino estaba en silencio cuando Eren terminó de hablar.
Erwin había escuchado confesiones difíciles en su vida. Había sentado a hombres rotos frente a él y había extraído verdades que nadie quería decir en voz alta. Pero esto era diferente. Esto no era una confesión, era una sentencia, y el que la pronunciaba era un chico que temblaba con la cara entre las manos mientras los sollozos le sacudían los hombros.
Los recuerdos de Kruger. La capacidad de ver el futuro y el pasado. El Retumbar. La destrucción total.
El Eren de ese futuro no había encontrado salida. Eso era lo que más pesaba en el aire, el horror de lo que había hecho, la soledad que lo obligó decidir.
Nadie sabía qué decir. Erwin tampoco, y eso era suficientemente inusual como para reconocerlo. Miró a su alrededor: Jean con la mandíbula apretada, Mikasa con los ojos fijos en Eren y las manos cerradas sobre sus rodillas, Armin con esa expresión suya de quien está procesando demasiado información muy rápido. Hange mordía el extremo de su pluma sin escribir nada.
La vergüenza en el llanto de Eren era casi insoportable de observar. Lloraba como quien pide perdón por algo que todavía no ha hecho, que quizás nunca hará, pero que lleva grabado en la memoria como una cicatriz de otro tiempo.
Fue Levi quien se movió primero.
No hubo anuncio. No hubo mirada al resto de la sala, simplemente se levantó de su silla con esa cara de póker que tenía para todo y cruzó la habitación en silencio. El espacio se abrió a su paso sin que nadie lo decidiera conscientemente, como si la sala entera supiera que era mejor no interrumpirlo.
Se detuvo frente a Eren.
Con una calma que no admitía negociación, tomó las manos de Eren y las apartó de su rostro. No fue brusco pero, tampoco fue suave, fue simplemente firme, la clase de firmeza que no pregunta sino que se establece, y Eren lo dejó hacer sin resistencia, como si algo en él también supiera que era mejor no interrumpirlo.
Las mejillas de Eren estaban mojadas. Sus pestañas encrespadas por las lágrimas hacían que sus ojos, parecieran más grandes, más brillantes, como gemas que de alguna manera seguían captando la luz. Era casi irritante, pensó Erwin, lo injusto que resultaba que alguien pudiera seguir viéndose así de bien después de llorar.
Por la mirada de Levi, era evidente que pensaba exactamente lo mismo.
—De la única manera en la que podrías matar a alguien sería con tus gritos, mocoso —dijo Levi, en voz suficientemente baja para que sonara casi privada en medio de la sala llena. — Manejas unos decibeles peligrosos para el oído humano.
Eren parpadeó. Una vez. Dos veces. Como si su cerebro necesitara varios segundos para procesar que eso era lo que el capitán había elegido decirle en ese momento.
-¡Capitán Levi! - Entonces Eren se levantó y lo abrazó.
El silencio que siguió fue de una tensión completamente distinta a la anterior. Jean parecía a punto de relinchar. Armin tenía los ojos abiertos como platos. Incluso Hange había dejado de morder su pluma.
Erwin miró a Levi por encima de la cabeza de Eren y vio algo que muy poca gente habría reconocido en esa postura rígida: el instante brevísimo en que el más fuerte de la humanidad no supo qué hacer con sus manos.
Después las movió. Con una lentitud completamente deliberada, como si estuviera tomando una decisión, posó una mano sobre el cabello de Eren y lo despeinó con suavidad. Esa fue su manera de abrazarlo, porque Levi Ackerman no sabía brindar afecto de ninguna otra forma, o si lo sabía, no pensaba demostrarlo aquí.
—Eren —dijo, con el mismo tono con el que habría dado una orden—, como dejes mocos en mi chaqueta te voy a patear el culo.
Eren se separó de golpe. Se tapó la nariz con ambas manos y miró al capitán con el terror genuino de alguien que sabe perfectamente que esa amenaza no era vacía.
—Ves a lo que me refiero —continuó Levi, sin moverse—. Un genocida no tendría miedo de llenarme la chaqueta de mocos.
Como si fuera magia, la tensión que había estado aplastando la sala durante la última hora se disolvió. La risa llegó primero de Armin, después de Jean, después de todos, esa clase de risa que no es alegría exactamente sino alivio.
Mikasa fue la primera en moverse hacia Eren, y después de ella fueron todos, envolviéndolo en un abrazo colectivo y ruidoso que lo hizo desaparecer entre sus compañeros.
Erwin se acercó a Levi junto con Hange mientras los chicos estaban distraídos.
—Qué manera de subir el ánimo, Levi —dijo Hange, pegándole en las costillas con el codo y con una sonrisa que no prometía nada bueno. — ¿Me abrazarías a mí también si yo llorara un poco?
—Inténtalo y te mato, cuatro ojos.
—Parece que tus abrazos solo son merecedores de ciertas personas —dijo Hange, con un énfasis innecesariamente dramático en las últimas dos palabras.
Levi la miró. Y en ese rostro que había aprendido a leer en años de campaña, Erwin vio algo que no esperaba: una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que llegó y se fue en menos de un segundo.
—Me largo.
Erwin y Hange se quedaron mirando su espalda mientras salía del salón. Después se miraron entre ellos.
Cuando Erwin volvió la vista hacia los chicos encontró a Eren mirando la puerta por donde Levi había salido, con una expresión que era difícil de nombrar, pero fácil de reconocer.
—Parece que nuestro capitán es correspondido —murmuró Hange, guiñándole un ojo.
“Qué interesante”, pensó.
Iba a disfrutar mucho de esto.
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TRES AÑOS DESPUES
Paradis cambió.
No de golpe, no con el estruendo de una revolución declarada en plaza pública. Cambió de la manera en que cambian las cosas que importan: despacio, con intención, en los márgenes donde nadie estaba mirando.
Los trenes llegaron primero. Líneas de acero trazadas sobre tierra que hasta hace poco solo había conocido el peso de los cascos de los caballos y la sombra de los titanes.
Después vinieron los fuertes, construidos en puntos estratégicos que Armin había marcado en mapas durante noches que se extendían hasta el amanecer, con Erwin observando por encima de su hombro y sugiriendo ajustes que el muchacho incorporaba sin preguntar de dónde venían. Aprendía rápido. Demasiado rápido para no reconocer en él al comandante que algún día tendría que ser.
Las armas fueron cosa de Hange.
Nadie en Paradis había visto a Hange Zoë trabajar con un objetivo claro hasta entonces, y resultó ser algo entre fascinante y aterrador. Con los conocimientos que Eren había vertido de los portadores anteriores como materia prima, y con Nicolo aportando una perspectiva exterior que ninguno de ellos podía replicar, el taller se convirtió en el lugar más ruidoso y peligroso de toda la isla. Hubo tres explosiones el primer mes. Hange las documentó todas con el mismo entusiasmo.
El subsuelo fue cosa de Levi.
Erwin nunca lo habría admitido en voz alta, pero esa había sido su jugada más inteligente: darle a Levi no solo el mando militar sino un propósito que fuera más allá de las espadas.
Los asilos, los orfanatos, la reinserción de personas que el resto de Paradis prefería no ver, todo eso pasó por sus manos. Y Levi, que no sabía hacer nada a medias, lo construyó con la misma precisión metódica con la que limpiaba sus hojas después de cada combate.
Historia firmaba los decretos. Levi se aseguraba de que se cumplieran.
Nadie discutía con ninguno de los dos.
Annie Leonhart fue otro asunto.
Erwin había observado durante semanas a la muchacha después de que la sacaron del cristal, calculando cuánto tiempo necesitaría y quién era la persona correcta para dar el primer paso. La respuesta a lo segundo fue obvia antes de que terminara de formularse la pregunta: Armin. Siempre Armin, con esa capacidad suya para encontrar humanidad donde otros solo veían enemigos.
Las conversaciones fueron largas. Erwin no estuvo en todas, no necesitaba estarlo, pero conocía los puntos de quiebre de una negociación lo suficientemente bien como para saber cuándo intervenir y cuándo retirarse. Armin plantó la semilla. Eren, para sorpresa de más de uno, fue quien la regó, sentándose frente a Annie con una honestidad descarnada que Erwin sospechaba que la muchacha no había recibido de nadie en mucho tiempo.
Le hablaron de la maldición de Ymir. De lo que estaban buscando. De la posibilidad, todavía frágil y sin forma definida, de encontrar una salida que no requiriera que el mundo ardiera.
Annie escuchó. No respondió de inmediato, porque Annie Leonhart no hacía nada de inmediato si podía evitarlo. Pero Erwin había aprendido a leer los silencios, y el de ella no era el silencio de alguien que rechaza sino el de alguien que está recalculando.
Cuando finalmente decidió luchar del lado de Paradis no lo anunció con ningún tipo de ceremonia. Simplemente apareció en el campo de entrenamiento una mañana y ocupó su lugar como si siempre hubiera estado ahí.
Erwin lo consideró una victoria suficientemente elocuente.
Erwin aprendió durante esos tres años que la manipulación más efectiva no era la que imponía sino la que dejaba espacio.
Ocupar el lugar de Zackley como comandante en jefe y máxima autoridad militar de Paradis le había dado acceso a palancas que antes solo podía intuir desde afuera. No era un puesto que hubiera buscado por ambición, o al menos eso se decía cuando tenía tiempo para cuestionarse sus propias motivaciones, sino porque alguien tenía que sentarse en esa silla y saber exactamente lo que sabían ellos. Alguien que pudiera sostener el peso de esa información sin quebrarse y usarla con precisión quirúrgica
Yelena era inteligente. Demasiado para ser subestimada, no lo suficiente para ver todo el tablero. Erwin la dejó creer durante meses que llevaba ventaja, que sus infiltrados operaban sin ser detectados, que la información que llegaba a Marley era la que ella elegía filtrar. En realidad, cada dato que salía de Paradis había pasado primero por sus manos y por las de Armin, que tenía un talento particular para construir verdades a medias que se sostenían solas.
El diario de Grisha fue su obra maestra en ese sentido.
Una hoja rasgada aquí. Un párrafo cortado allá. Lo suficiente para que las demás naciones creyeran que sabían, sin darles nunca las piezas que realmente importaban. Era un equilibrio delicado, el tipo de equilibrio que se rompe con un solo error, y Erwin pasó los primeros dieciocho meses sin dormir más de cuatro horas seguidas calculando dónde estaban los bordes.
Las demás naciones vieron a Paradis crecer y lo interpretaron como desesperación. Un pueblo pequeño aferrado a su isla, construyendo trenes y fuertes porque no tenía a dónde más ir.
Erwin los dejó pensar eso.
Era más fácil negociar con alguien que te subestimaba.
Para cuando llegó el momento de sentarse en una mesa con representantes de otras naciones, Paradis no era el territorio aislado y vulnerable que el mundo recordaba. Era una potencia que había aprendido a moverse en silencio, con una reina que hablaba con la autoridad de quien no tiene nada que demostrar, un aparato militar que ningún informe exterior había logrado dimensionar con precisión, y una red de alianzas construidas ladrillo a ladrillo durante tres años de paciencia calculada.
Erwin ocupó su lugar en la mesa como comandante en jefe y miró a los delegados frente a él.
Todo iba bien.
Hasta que no fue así.
*********
Nadie en la alianza los había visto pelear de verdad hasta entonces.
Las primeras batallas habían sido victorias limpias, suficientemente contundentes para asegurar alianzas que todavía no terminaban de creer en ellos, pero no lo suficiente para mostrar todo lo que Paradis había construido en tres años. Erwin lo había calculado así. No convenía mostrar todas las cartas de golpe.
Lo que no calcularon fue Marley.
Nadie calculó que llevarían a la portadora del Titán Martillo.
Cuando empezaron a caer titanes del cielo sobre la nación aliada los tomaron por sorpresa a todos, incluso a ellos. El Martillo, el Mandíbula, el Acorazado, el Carguero y el Titán Bestia cayendo al mismo tiempo sobre territorio aliado fue un golpe que les recordó, con una brutalidad que no admitía nostalgia, las épocas de las primeras expediciones. De los soldados que no volvían. De los nombres que se acumulaban en lápidas que nadie tenía tiempo de visitar.
Les costó soldados. Más de los que Erwin habría querido.
Pero no perdieron.
Armin fue el primero en inclinar la balanza.
El Titán Colosal emergió con ese calor devastador que convertía el aire en algo sólido e irrespirable, y las flotas marleyanas, esas mismas que habían bombardeado la nación aliada con una precisión despiadada, ardieron antes de poder reorganizarse. Desde su posición Erwin vio las explosiones encadenarse sobre el agua como una fila de dominó y supo que Armin había calculado los ángulos con la misma meticulosidad con la que hacía todo.
En tierra, Eren y Annie contenían al Martillo, al Mandíbula y al Acorazado. No era una pelea limpia, era una pelea de resistencia, de mantenerse en pie el tiempo suficiente para que el resto de las piezas se movieran. El Escuadrón Levi los cubría con una eficiencia que Erwin conocía bien: Mikasa, Jean, Connie y Sasha moviéndose en formación cerrada, cortando tendones, distrayendo, protegiéndolos con una ferocidad que los soldados aliados observaban sin poder ocultar el asombro.
Y Levi.
Levi se había encargado del Titán Bestia él solo. Como siempre.
Erwin había visto a Levi pelear cientos de veces. Había aprendido a leer sus movimientos, a anticipar sus decisiones tácticas, a reconocer cuándo estaba calculando y cuándo simplemente se dejaba llevar por ese instinto de combate que ningún entrenamiento podía replicar. Pero había ocasiones, pocas, en las que Levi cruzaba una línea que era difícil de nombrar, cuando la ira lo alcanzaba de una manera particular y algo en él cambiaba.
Esta era una de esas ocasiones.
Lo vio despedazar al Titán Bestia con una metodología que tenía más de salvaje que de táctica, cortando extremidades con la precisión de quien sabe exactamente cuánto dolor puede infligir antes de que el objetivo pierda la conciencia, sometiéndolo con una lanza trueno cuando ya no quedaba nada que cortar. Sacó el cuerpo de Zeke del cuello de su titán completamente mutilado, delirante, reducido a algo que era difícil de identificar como humano.
A su lado, uno de los líderes de la alianza había dejado de respirar con normalidad.
Erwin no podía culparlo. Había ocasiones en que pensaba que la humanidad corría más peligro en manos de Levi que del propio Eren cuando ese lado suyo salía a la superficie. Las secuelas de haber sido criado por Kenny Ackerman, supuso, no eran solo cicatrices visibles.
La cara de terror de los cambiantes marleyanos lo dijo todo. Hasta los suyos habían retrocedido un paso sin darse cuenta.
Fue el Carguero el que apareció a último momento.
Una ráfaga de balas desde un armazón encima del titán, disparadas en el instante en que Levi levantaba el brazo para el golpe final. Lo vio esquivar con esa velocidad que seguía siendo difícil de procesar para el ojo humano, pero una bala impactó en una lanza trueno.
La explosión fue seca y brutal.
Todos voltearon al mismo tiempo.
—¡CAPITÁN LEVI!
El grito de Connie cortó el campo. Erwin lo vio antes de entender del todo lo que estaba viendo: el cuerpo de Levi volando por el aire, Connie lanzándose para atraparlo, el impacto contra el suelo. Connie lo sacudía, lo llamaba por su nombre, y entonces Levi vomitó sangre y perdió el conocimiento.
El silencio que siguió duró exactamente un segundo.
Eren lo vio.
Erwin lo supo antes de que pasara cualquier cosa porque conocía esa expresión, o más bien porque nunca la había visto así de cerca en el rostro de Eren y no necesitó verla dos veces para entender lo que significaba.
Eren grito, un sonido estremecedor haciendo que tuvieran que taparse los oídos por el dolor, el cielo se ensombreció. Los rayos llegaron sin tormenta previa. El suelo tembló bajo sus pies con una frecuencia que no era natural y en la piel del Titán de Eren empezaron a brillar las venas, esa misma luz que Erwin había visto una sola vez antes, cuando Eren se había enfrentado a Annie por primera vez.
—¡ALÉJENSE!
La orden salió de su propia boca antes de que su mente terminara de formularla. Todos acataron, el Escuadrón Levi, Annie en su forma de titán, los soldados aliados que no entendían nada, pero reconocían el tono de una orden que no admitía negociación.
Lo que siguió fue difícil de describir con precisión.
Eren dejó de pelear con estrategia y empezó a destruir. Puños, patadas, mordidas, una fuerza sin dirección aparente que sin embargo encontraba a sus objetivos con una eficiencia que helaba la sangre. Los marleyanos empezaron a verse diezmados. Los cambiantes, ya agotados por horas de combate, empezaron a ceder terreno. Y cuando solo quedó el Titán Martillo en pie Erwin vio la intención en cada movimiento del titán de Eren con una claridad que le revolvió el estómago.
Iba a devorarlo.
Nadie se movió para detenerlo.
Cuando las fauces del Titán Mandíbula, forzadas por Eren contra la cristalización de la portadora, se agrietaron y explotaron, Erwin apartó la vista. Había cosas a las que nunca se acostumbraría sin importar cuántas batallas sobreviviera.
A su lado, Connie había puesto el cuerpo de Levi en el suelo.
El maldito seguía respirando. Erwin exhaló.
Al parecer había logrado esquivar la mayor parte de la explosión, pero su lado derecho había absorbido el impacto: esquirlas incrustadas en la pierna, heridas en la mano, y una que recorría su rostro desde la frente hasta el mentón con la clase de limpieza cruel que tienen las cicatrices que van a quedarse. Sangraba, pero no profusamente. Su linaje Ackerman, o su terquedad, o ambas cosas, lo habían mantenido del lado correcto de la línea.
—¡Hange!
Hange llegó corriendo y se arrodilló a su lado. Erwin leyó su expresión con la práctica de años y sintió que algo en su pecho se aflojaba. No había urgencia de vida o muerte en esa mirada, solo la concentración de quien sabe lo que tiene que hacer.
Cicatrices. Tiempo en cama. Nada que no pudiera sobrevivir.
En ese momento el titán de Eren se desplomó.
—¡RETIRADA! —El grito llegó desde las filas marleyanas, desordenado y sin dignidad, el sonido de un ejército que acababa de perder más de lo que había calculado perder.
Erwin los vio retroceder.
Fue una victoria. Una victoria cara, sucia y agotadora, del tipo que no se celebra, sino que simplemente se sobrevive.
Pero una victoria.
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Llevaba semanas en cama.
tres semanas eran demasiado. tres semanas era una eternidad. tres semanas era el tiempo suficiente para que Levi Ackerman pasara de agradecido de estar vivo a considerar seriamente si la muerte no habría sido la opción más digna.
No podía moverse sin que algo en su lado derecho protestara con una intensidad que habría doblado a cualquier otro hombre. No podía levantarse sin que apareciera alguien corriendo a impedírselo. No podía hacer absolutamente nada por sí mismo sin que una presencia alta, de ojos verdes y con una paciencia irritantemente infinita materializara a su lado antes de que terminara de intentarlo.
Eren Yeager resultó ser, contra todo pronóstico y contra toda lógica del universo, el mejor enfermero que Levi había tenido en su vida. Y eso era un problema.
La habitación olía a limpio.
Eso debería haberlo tranquilizado. En circunstancias normales lo habría tranquilizado. Pero había algo profundamente desconcertante en darse cuenta de que el responsable de que todo estuviera en orden, las vendas dobladas con precisión sobre la mesa, el suelo sin una mota de polvo, el té a la temperatura exacta que Levi prefería sin que nadie se lo hubiera dicho, era el mismo mocoso al que había pateado el culo en más ocasiones de las que podía contar.
—El té está listo —dijo Eren desde la puerta, con el mismo tono neutral con el que habría reportado el clima.
—No te pedí té.
—Lo sé. —Lo dejó en la mesa de todas formas y se sentó en la silla junto a la cama con esa postura suya, espalda recta, manos sobre las rodillas, como si estuviera en posición de firmes, pero de manera completamente natural. — Hange dice que tienes que hidratarte.
—Hange se puede meter sus instrucciones por el culo.
—Se lo voy a decir de tu parte.
Levi lo miró. Eren sostuvo la mirada sin pestañear, con esa expresión seria que últimamente Levi encontraba cada vez más difícil de leer, y después de un segundo que se extendió más de lo necesario, Levi tomó el maldito té.
Erwin apareció a media mañana con Hange pegada a su talón, lo que nunca presagiaba nada bueno.
Levi lo supo en el momento en que los vio intercambiar una mirada en el umbral de la puerta, esa clase de mirada que tenían cuando estaban a punto de disfrutar de algo a su costa.
—¿Cómo está el paciente? —preguntó Hange, dirigiéndose a Eren con una solemnidad completamente fingida.
—Difícil —respondió Eren, con la misma seriedad—. Intentó levantarse esta mañana.
—Traidor —dijo Levi.
—Esta mañana y ayer —corrigió Eren, sin mirarlo.
—Qué dedicación la tuya, Eren —murmuró Erwin, y había algo en su tono que Levi no terminaba de identificar pero que le generaba un instinto inmediato de lanzarle algo a la cabeza—. La habitación está impecable. El té está servido. Casi parece un hogar.
—Es que Eren es muy hogareño —añadió Hange, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que no prometía nada bueno—. Muy atento. Muy... dedicado a los cuidados domésticos.
—Cuatro ojos.
—Dime, Levi, ¿a qué hora es la cena? ¿La prepara también él?
Eren, que había estado ignorando el intercambio con una concentración sospechosa, levantó la vista.
—A las seis, es sopa—Hizo una pausa. — ¿Se quedan?
El silencio que siguió duró exactamente el tiempo suficiente para que Erwin y Hange se miraran de reojo con una expresión que Levi había visto antes. La misma que tenían en el sótano, la misma del salón de reuniones, esa que significaba que estaban archivando información para usarla después con fines que no iban a ser de su agrado.
—Qué amable —dijo Erwin finalmente—. Pero creo que los dejaremos descansar.
—Si, solo por esta vez pasamos, Eren —concordó Hange.
Se fueron antes de que Levi pudiera decir nada. Sus risas llegaron desde el pasillo con una claridad innecesaria.
Levi miró el techo.
—Si vuelven a hacer eso —dijo, en voz perfectamente plana—, los mato a los dos.
—Ajá —dijo Eren, y tomó las vendas limpias de la mesa.
Cambiar las vendas era el momento que Levi había estado evitando reconocer que esperaba, lo que era un problema en sí mismo y una información que pensaba llevarse a la tumba.
No era por el dolor. El dolor era manejable, era la clase de ardor sordo al que un cuerpo entrenado aprende a ignorar. Era por otra cosa. Por la proximidad. Por la manera en que Eren se movía cuando trabajaba, sin el nerviosismo que habría tenido cualquier otro, con esa calma suya que resultaba desconcertante viniendo de alguien que cuatro semanas atrás había destruido medio campo de batalla en un arranque de furia.
—Quieto —dijo Eren, sin levantar la vista, cuando Levi tensó el hombro involuntariamente.
—Estoy quieto.
—Estabas a punto de no estarlo.
Levi apretó la mandíbula y no respondió.
Eren retiró la venda con una lentitud deliberada, con cuidado en cada centímetro, y Levi mantuvo la vista fija en algún punto neutral de la pared porque mirarlo trabajar era peor. La herida que recorría su rostro desde la frente hasta el mentón estaba cerrando bien, eso lo sabía por la expresión de Hange cuando la revisaba, pero bajo los dedos de Eren cada centímetro de esa cicatriz se sentía de una manera que Levi no podía nombrar.
—Va bien —dijo Eren, en voz baja. No era una pregunta.
—Lo sé.
—Te van a quedar cicatrices.
—Lo sé.
Eren levantó la vista entonces, y por un momento sus ojos estuvieron demasiado cerca y demasiado quietos, con esa expresión que Levi había aprendido a identificar en los últimos días como la que Eren ponía cuando estaba pensando algo que había decidido no decir en voz alta.
—¿Qué? —dijo Levi.
—Nada. —Eren volvió a bajar la vista y empezó a colocar la venda limpia con la misma precisión de siempre—. Te queda bien.
El silencio que siguió fue completamente distinto a todos los anteriores.
Levi no respondió. Eren no agregó nada más. Y los dedos de Eren terminaron de asegurar la venda con una delicadeza que era completamente innecesaria para ser solo un vendaje, y que Levi sintió mucho después de que Eren hubiera retirado las manos.
—La pierna —dijo, sin mirarlo—. Hange dijo que hay que cambiarlas
Levi lo miró.
—Yo puedo hacerlo solo.
—La última vez que dijiste eso no fuiste capaz de hacerlo—Eren levantó la vista entonces, con esa expresión suya que no preguntaba, sino que establecía—. Lo haré yo.
Levi apretó la mandíbula y no respondió. Lo que era, si alguien se lo hubiera preguntado, una respuesta en sí misma.
El problema era que Eren se había acomodado en el piso con las vendas en la mano y ahora estaba inclinado sobre su regazo con una concentración absoluta, con el ceño levemente fruncido y los dedos moviéndose con esa delicadeza infernal que Levi había aprendido a odiar en los últimos días, y la distancia entre ellos era completamente irrazonable para ser solo un vendaje.
Levi fijó la vista en el techo.
El techo era seguro. El techo era neutral. El techo no tenía ojos verdes ni pestañas largas ni una expresión de concentración que resultaba, por alguna razón que Levi se negaba a examinar, completamente devastadora a esa distancia.
Los dedos de Eren rozaron el borde interno de su muslo al retirar la venda vieja y Levi controló su respiración con la misma disciplina con la que controlaba cualquier otra cosa.
—Está cerrando bien —murmuró Eren, más para sí mismo que para él.
Levi no respondió.
Eren no se daba cuenta. Eso era lo peor.
No se daba cuenta de la manera en que estaba inclinado, con el cabello cayéndole levemente hacia adelante y los hombros tensos de concentración, ni de la posición que ocupaba entre sus piernas. No se daba cuenta de que cada vez que cambiaba el ángulo para alcanzar mejor la herida su mano rozaba territorio que no era estrictamente necesario rozar.
O al menos eso era lo que Levi se estaba diciendo.
Porque la alternativa era que sí se daba cuenta, y esa era una línea de pensamiento que Levi no podía permitirse seguir en las circunstancias actuales. No con la sábana cubriéndole apenas la mitad y el boxer siendo la única barrera entre su falta de control y una situación completamente irreversible.
Pensó en informes. En reuniones. En la cara de Erwin dando instrucciones burocráticas durante tres horas seguidas, pensó en Hange, pensó en Zeke y lo horrible que era en comparación a Eren.
Eren rozó la cicatriz más profunda con la yema del pulgar, comprobando que estaba cerrando bien, y Levi exhaló por la nariz con más fuerza de la necesaria.
—¿Te duele? —Eren levantó la vista.
Sus ojos estaban demasiado cerca. Su rostro estaba demasiado cerca. Y había algo en esa expresión, esa mezcla de concentración y cuidado genuino que Eren ponía, que era considerablemente peor que cualquier dolor físico que Levi hubiera experimentado en su vida.
—No —dijo Levi. Su voz salió perfectamente plana. Estaba orgulloso de eso.
Eren sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario y después volvió a bajar la vista hacia la venda. Y fue en ese momento que Levi notó algo que no había notado antes.
El color en las orejas de Eren.
Ese rosa sutil que subía desde el cuello y se instalaba en las puntas de sus orejas y en el borde de sus pómulos con la discreción de quien esperaba que nadie lo viera. Las manos de Eren seguían moviéndose con la misma precisión de siempre, pero había algo levemente diferente en su respiración, algo más contenido.
Así que sí se daba cuenta.
Esa información no ayudó en absoluto.
Levi volvió a mirar el techo con una urgencia renovada y pensó en Zeke. En tres horas de burocracia. En informes, en el maldito Nile. En todo lo que no fuera la temperatura de las manos de Eren a través de la venda limpia o el ángulo exacto de su mandíbula cuando estaba concentrado o el hecho de que llevaba días cuidándolo sin que nadie se lo hubiera pedido y sin pedir nada a cambio.
—Listo —dijo Eren, en voz suficientemente baja para que sonara casi privada.
No se movió de inmediato. Siguió con la vista sobre la venda recién colocada, con las manos todavía sobre su muslo, y el silencio entre ellos tenía una densidad que no había estado ahí al principio de la escena y que ninguno de los dos estaba nombrando.
Después Eren retiró las manos, se incorporó, y recogió las vendas sucias de la cama con una eficiencia que parecía ligeramente más apresurada de lo habitual. El rosa en sus orejas no había desaparecido.
Y eso, decidió Levi mirando la espalda de Eren mientras ordenaba la mesa con movimientos más cuidadosos de lo necesario, era un problema que no iba a poder seguir ignorando mucho más tiempo.
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Eren no estaba teniendo una buena tarde.
Había empezado de forma completamente normal. El comedor, la mesa de siempre, sus amigos de siempre. Sopa que no era terrible para variar. Una conversación que debería haber sido completamente inofensiva sobre los turnos de entrenamiento de la semana siguiente.
Y entonces Jean abrió la boca.
—Oye, Eren, ¿el Capitán ya te dijo a qué hora es tu entrenamiento mañana o te lo va a decir esta noche durante el ajedrez?
Eren lo miró.
—Tenemos ajedrez los martes y jueves —dijo, con la misma naturalidad con la que habría dicho cualquier otra cosa—. Mañana es lunes.
El silencio que siguió fue de la variedad diseñada para hacerlo sentir incómodo.
Armin miraba su sopa con una concentración sospechosa. Connie tenía la expresión de alguien conteniendo algo desde hace días. Mikasa, que estaba a su lado, no dijo nada, lo que en el lenguaje de Mikasa significaba que tenía una opinión muy formada que había decidido estratégicamente no compartir todavía.
Jean, en cambio, sonreía.
—Martes y jueves —repitió—. Qué específico.
—¿Y? —Eren frunció el ceño—. El Capitán juega ajedrez. Yo juego ajedrez. No es complicado.
—El Capitán —dijo Connie, con una solemnidad completamente fingida— no juega ajedrez con nadie más que contigo.
—Eso es porque ninguno de ustedes sabe jugar.
—Jean sabe jugar —señaló Armin, todavía mirando su sopa.
—Armin.
—Es un dato hay que darlo.
Eren volvió a su comida con la intención firme de cambiar el tema, lo que habría funcionado en cualquier otra mesa con cualquier otro grupo de personas que no llevaran años aprendiendo exactamente cuándo estaba intentando cambiar el tema.
—También comparte su té contigo —dijo Sasha, con la misma energía con la que habría comentado el clima—. El té de los oficiales. El bueno.
—Me lo ofreció una vez.
—Eren. —Sasha lo miró con una expresión de paciencia infinita—. He intentado robarle el té al Capitán Levi en tres ocasiones distintas. Las tres veces casi no lo cuento.
—Eso es porque lo robaste.
—Tú lo recibes en una taza. Él lo hace y te lo sirve.
Connie hizo un sonido que era inequívocamente una risa disfrazada de tos.
—La postura —dijo Jean entonces, con el tono de alguien presentando evidencia ante un tribunal—. Cuéntanos sobre la postura, Eren.
Eren dejó la cuchara.
—Es entrenamiento.
—Sí. Entrenamiento en el que el Capitán Levi, que normalmente corrige la postura de sus soldados gritándoles, se toma el tiempo de corregirte tocándote.
—Es para que lo haga bien.
—A mí me lo dijo desde el otro lado del campo a gritos —dijo Connie—. Puedo darte los detalles exactos de lo que me dijo si quieres comparar metodologías pedagógicas.
Eren miró a Armin, que era siempre su última línea de defensa en situaciones como esta.
Armin levantó la vista de su sopa.
—La comida de oficiales también es un punto válido —dijo, con la gentileza de quien clava un cuchillo con mucho cuidado—. Nos la has compartido varias veces. Nos dijiste que el Capitán te la mandaba porque necesitabas más calorías por el entrenamiento.
—Es verdad.
—También nos manda a nosotros más calorías por el entrenamiento —continuó Armin—. En forma de la misma sopa de siempre. —Hizo una pausa—. La tuya tenía pollo.
El comedor completo estalló.
Eren abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—Eso no significa nada.
—Eren —dijo Jean, recostándose en su silla con la satisfacción de un hombre que ha estado esperando este momento desde hace semanas—, escúchame con atención porque lo que te voy a decir es importante. El Capitán Levi, el hombre más intimidante de Paradis, el mismo que hace llorar reclutas con una sola mirada, comparte contigo su té, juega ajedrez contigo dos veces por semana, te corrige la postura con sus propias manos, y te manda comida con pollo. —Hizo una pausa dramática—. ¿Sabes lo que eso significa?
—No —dijo Eren, aunque su voz había perdido aproximadamente el cuarenta por ciento de su convicción anterior.
—Que eres su favorito.
—O algo más que su favorito —murmuró Sasha.
—Sasha.
—¡Es lo que todos estamos pensando!
Eren miró la mesa.
No quería mirar la mesa. Mirar la mesa significaba que no tenía a dónde más mirar, que las palabras de Jean estaban haciendo algo que no tenían permiso de hacer, que estaban alineando cosas en su cabeza con una lógica irritantemente difícil de ignorar.
El té. Los martes y jueves. La postura. La comida con pollo.
El hecho de que Levi no hacía ninguna de esas cosas con nadie más. Eren lo sabía porque vivía en el mismo edificio y tenía ojos, y en ningún momento en los últimos tres años había visto al Capitán ofrecerle su té a otra persona, invitar a otro soldado a jugar ajedrez, o mandar comida de oficiales a ningún otro miembro del escuadrón.
Solo a él.
Mierda.
—Además —dijo Jean, que claramente no había terminado y no tenía ninguna intención de terminar—, si lo piensas bien, tiene todo el sentido del mundo.
—Jean, te lo advierto—
—Levi es básicamente el papá de todos nosotros. Serio, intimidante, nos hace correr hasta vomitar, pero en el fondo nos quiere y nos protege. —Jean hizo una pausa calculada—. Y tú, Eren, llevas días limpiando su habitación mientras estaba herido, preparando su té, haciendo sus comidas, manteniendo todo en orden. —Otra pausa—. Eres la mamá, Eren.
Connie se dobló sobre la mesa de la risa.
—¡La esposa perfecta del Capitán Levi! —logró decir entre carcajadas—. ¡Cumple todos los estándares de limpieza!
—¡Los supera! —agregó Sasha—. ¡El Capitán debería estar orgulloso!
—Los voy a matar a todos —dijo Eren, con una dignidad que habría sido más convincente si no tuviera las orejas completamente rojas.
Armin, a su lado, no reía. Lo miraba con esa expresión suya de siempre, tranquila y demasiado perceptiva para el bien de nadie.
—¿Eren? —dijo, en voz suficientemente baja para que solo él escuchara.
—No digas nada, Armin.
—Solo iba a preguntar si ya habías pensado en la posibilidad de que—
—No digas nada.
Armin cerró la boca. Pero su expresión decía todo lo que no estaba diciendo, con esa claridad amable e implacable que Eren había aprendido a temer más que cualquier otra cosa.
Esa noche, solo en su habitación, Eren miró el techo.
Pensó en el té. En los martes y jueves. En la mano del Capitán sobre sus hombros corrigiendo su postura con una paciencia que no tenía con ningún otro soldado. En la comida con pollo. En los días cambiando vendas sin que nadie se lo pidiera y en la manera en que Levi lo había dejado hacerlo, lo que en el idioma particular de Levi Ackerman era probablemente equivalente a dejar entrar a alguien a un lugar donde normalmente no entraba nadie.
Pensó en el color que subía a sus propias orejas cada vez que estaba demasiado cerca.
Pensó en la cicatriz que recorría el rostro del Capitán y en lo que había dicho sin pensar mientras la vendaba.
Te quedan bien.
Se tapó la cara con la almohada.
Mierda
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Lo vio venir desde el otro lado del comedor.
No porque estuviera mirando a Eren específicamente. Levi no estaba mirando a Eren. Estaba tomando su té y revisando mentalmente los turnos de entrenamiento de la semana siguiente como hacía todos los mediodías, y si su vista había caído sobre la mesa donde Eren comía con sus amigos era simplemente porque estaba en su línea de visión directa y no porque tuviera ningún interés particular en monitorear con quién hablaba el mocoso.
El soldado era de la rama de infantería. Nuevo, o relativamente nuevo, lo suficiente para no conocer ciertos límites no escritos que cualquiera con más tiempo en Paradis habría aprendido a leer. Caminaba hacia la mesa de Eren con una expresión que Levi identificó en aproximadamente medio segundo: nervioso, decidido, con algo que había estado ensayando mentalmente desde hace días.
Levi dejó la taza sobre la mesa.
Se levantó.
No había prisa. No había ninguna razón para tener prisa. Simplemente se dirigió a la línea de servicio con el mismo paso de siempre, pidió una ración extra del estofado que sabía perfectamente que era el favorito de Eren porque el mocoso era completamente predecible en sus preferencias alimenticias, y se encaminó hacia su mesa.
El soldado ya estaba ahí.
Perfecto.
Jean fue el primero en verlo venir.
Llevaba suficiente tiempo en el escuadrón como para desarrollar un instinto casi animal para detectar cuándo algo estaba a punto de volverse extraordinariamente interesante, y la imagen del Capitán Levi cruzando el comedor con una bandeja en la mano y esa expresión suya de póquer absoluto mientras un soldado desconocido se inclinaba sobre Eren para hablarle en voz baja activó todos sus sistemas de alerta simultáneamente.
Le dio un codazo a Connie sin apartar la vista.
Connie siguió su mirada. Su cuchara quedó suspendida a mitad de camino entre el plato y su boca.
Sasha, que tenía un radar sobrenatural para cualquier cosa que involucrara comida o drama, levantó la vista de su propio plato y evaluó la situación en menos de dos segundos. Después siguió comiendo, pero con la postura levemente reorientada hacia el centro de los acontecimientos, como un girasol siguiendo el sol.
Annie, en el extremo opuesto de la mesa, no dijo nada. Pero dejó de comer.
—Oye, Yeager, ¿tienes un momento? Me gustaría hablar contigo a solas si no te importa.
Eren levantó la vista del plato. El soldado que tenía frente a él era de infantería, lo reconocía vagamente de los entrenamientos conjuntos de la semana anterior. Tenía una expresión que Eren no terminaba de descifrar, nerviosa y decidida al mismo tiempo, y estaba a punto de responder que sí, que claro, cuando una bandeja aterrizó frente a él con la precisión y la autoridad de algo inevitable.
Estofado. El bueno. Con pan tostado.
—Come —dijo la voz del Capitán, completamente plana, desde algún punto sobre su hombro derecho.
Eren miró el estofado.
Miró al soldado.
Miró el estofado otra vez.
El estofado ganó.
Levi se quedó de pie junto a la mesa.
No se sentó. No había ninguna razón para sentarse, y quedarse de pie le daba una línea de visión directa sobre el soldado que resultaba, en las circunstancias actuales, considerablemente más intimidante.
El soldado lo había mirado en el momento en que la bandeja tocó la mesa. Y Levi le devolvió la mirada con la misma expresión con la que había mirado a titanes, a generales enemigos y a cualquier otra cosa que se hubiera interpuesto entre él y un objetivo en batalla.
No dijo nada.
No necesitaba decir nada.
El silencio de Levi Ackerman tenía su propio vocabulario, y lo que estaba comunicando en ese momento era suficientemente claro para cualquiera con instinto de supervivencia básico.
Jean había dejado de comer.
Connie también. Los dos miraban el intercambio de miradas entre el Capitán y el soldado con la expresión de hombres presenciando algo que estaba fuera de su categoría de peso, como observar una tormenta desde una ventana y agradecer estar adentro.
Eren, completamente ajeno a todo, emitió un sonido de satisfacción genuina con el primer bocado del estofado y murmuró algo sobre que estaba buenísimo sin levantar la vista del plato.
Nadie respondió.
El soldado sostuvo la mirada del Capitán exactamente cuatro segundos, que era aproximadamente tres segundos más de lo que la mayoría de personas lograban. Después carraspeó, dijo algo sobre que ya hablaría con Yeager en otro momento, y se retiró con una velocidad que era técnicamente dentro de los parámetros de caminar normal pero que se acercaba peligrosamente a correr.
Annie lo siguió con la vista hasta que desapareció por la puerta.
—Eso fue muy intenso —dijo, en el tono completamente neutro con el que habría comentado el estado del campo de entrenamiento.
Erwin y Hange llegaron minutos después, lo que era suficiente tiempo para que el comedor hubiera recuperado su temperatura normal pero no suficiente para que Jean y Connie hubieran procesado del todo lo que acababan de presenciar.
Hange evaluó la escena en aproximadamente dos segundos, leyó la expresión de Jean, la de Connie, la de Annie, y después miró a Levi que estaba sentado frente a su té con su expresión de siempre.
—¿Qué me perdí?
—El Capitán casi hace que un soldado de infantería se orinara en los pantalones —dijo Jean, con la solemnidad de un testigo rindiendo declaración—. Con una mirada. Sin decir una palabra.
Hange volteó a ver a Levi con una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Levi. ¿Estabas marcando territorio?
—Estaba comiendo.
—Estabas de pie.
—Puedo comer de pie.
—Fuiste a buscar específicamente el estofado favorito de Eren —dijo Erwin, sentándose con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo
—Tenía hambre.
—Tú nunca tienes hambre a esta hora —dijo Hange—. Llevas tres años comiendo a la una. Son las doce y ocho.
Levi tomó su té.
—Qué interesante reloj tienes, cuatro ojos.
—Levi, casi haces que el chico se orine —repitió Hange, con un deleite que no hacía ningún esfuerzo por disimular—. Eso ya es demasiado incluso para tus estándares de intimidación habituales. Algo te motivó especialmente.
Levi no respondió.
Erwin sonrió sobre su taza.
Eren terminó el estofado, que estaba, objetivamente, en el top tres de las mejores cosas que había comido en su vida, y levantó la vista para buscar al Capitán con la intención de agradecerle porque tenía modales, aunque Jean insistiera en lo contrario.
Levi estaba frente a él, al otro lado de la mesa, con su té y su expresión de siempre.
Eren procesó mentalmente la secuencia de eventos de los últimos veinte minutos con la lentitud de quien está rearmando un rompecabezas al que le faltan piezas. El soldado que había querido hablar con él a solas. La bandeja apareciendo de la nada. El soldado que se había ido sin decir nada más.
Miró a Jean.
Jean le devolvió una mirada que decía absolutamente todo sin decir nada.
Miró a Connie.
Connie miraba su plato con una dedicación sospechosa.
Ah.
Eren miró a Levi. Levi tomó su té. Sus ojos no se movieron hacia él, lo que en el idioma de Levi Ackerman podría significar cualquier cosa o podría significar precisamente lo que parecía significar, y Eren pensó en todo lo que sus amigos le habían dicho y sintió algo moverse en su pecho con una lentitud inevitable, como una pieza encajando en el lugar que siempre había tenido reservado.
No dijo nada de eso.
En cambio alargó la mano sobre la mesa y le tocó el dorso de la mano al Capitán, brevemente, con la misma naturalidad con la que habría hecho cualquier otra cosa.
—Gracias por la comida, Capitán. Estaba deliciosa.
El comedor no se detuvo. Los soldados seguían comiendo, las conversaciones seguían su curso, las bandejas seguían moviéndose de un lado a otro con el ruido habitual del mediodía.
Pero en esa mesa específica el tiempo hizo algo raro.
Todos vieron la mano de Levi. Todos vieron el momento exacto en que Levi, en vez de retirarla o ignorar el contacto con la indiferencia que habría aplicado a cualquier otra situación similar, giró levemente la muñeca y rozó con el pulgar los nudillos de Eren antes de separarse.
Fue menos de un segundo. Fue completamente imperceptible para cualquiera que no estuviera mirando exactamente ahí exactamente en ese momento.
Jean abrió la boca. La cerró.
Connie parpadeó.
Sasha dejó de comer, lo que era clínicamente significativo.
Annie miró la mesa con la expresión de alguien archivando información sin comentario.
Armin, que había llegado en silencio dos minutos antes y había evaluado la situación completa sin que nadie lo notara, miraba a Eren con una sonrisa pequeña y tranquila que no necesitaba decir nada porque ya lo había dicho todo semanas atrás en el comedor.
Erwin tomó su café.
Hange enterró la cara en las manos con un sonido ahogado que era mitad grito mitad jadeo.
Y Eren, que estaba mirando su bandeja vacía con las orejas completamente rojas, decidió que había llegado el momento de retirarse con lo que le quedaba de dignidad.
—Buenas tardes a todos —dijo, y se levantó con una velocidad que técnicamente seguía siendo caminar normal.
Levi tomó su té.
En su expresión no había absolutamente nada.
Excepto, si uno sabía exactamente dónde mirar, algo que se parecía peligrosamente a la satisfacción.
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Nadie esperaba que las negociaciones fueran bien.
Erwin sí. Pero no lo dijo en voz alta porque había aprendido hace mucho que la confianza declarada antes de tiempo era simplemente arrogancia con mejor presentación, y la arrogancia era un lujo que Paradis no podía permitirse en una mesa donde cada palabra tenía el peso de años de guerra acumulados.
Historia había sido la pieza clave. Erwin lo había calculado así desde el principio, pero verlo funcionar en tiempo real seguía siendo algo que apreciaba con la satisfacción tranquila de un plan ejecutado con precisión. Una reina que había sido soldado, que había peleado en los mismos campos que sus hombres y que hablaba de la guerra sin el distanciamiento de alguien que solo la había visto en mapas, era una figura que los representantes de la alianza no habían esperado encontrar. Y lo que no se espera, en una negociación, suele inclinar la balanza antes de que nadie lo note.
El cese al fuego con Marley llegó después de la batalla, como Erwin había anticipado. La pérdida del Titán Martillo era un golpe demasiado grande para ignorar, y Marley, que calculaba en términos de poder y recursos con la misma frialdad con la que Erwin calculaba estrategias, había hecho sus números.
No convenía continuar. Todavía.
Erwin también había hecho sus números. Y sabía exactamente cuánto tiempo tenían antes de que Marley recalculara.
Pero por ahora, había paz. Y con la paz habían venido cosas que Erwin no había calculado del todo, lo que era suficientemente inusual como para mantener su atención.
Entre los marleyanos heridos que Paradis acogió durante el enfrentamiento estaban Colt, Gabi y Falco.
La decisión de dejarlos con Sasha había sido, en retrospectiva, el movimiento diplomático más inteligente de toda la operación o una catástrofe de proporciones moderadas dependiendo del día de la semana. Sasha Braus tenía una capacidad casi sobrenatural para hacer que cualquier persona, independientemente de su origen, ideología o nivel de hostilidad inicial, terminara sentada a su mesa comiendo algo que ella había preparado y sintiéndose inexplicablemente bien al respecto.
Nicolo, que llevaba suficiente tiempo cocinando para Sasha como para haber desarrollado una resistencia a lo impredecible, simplemente amplió las raciones sin hacer preguntas.
Gabi fue el caso más complejo.
La niña tenía una relación con Eren que oscilaba entre la hostilidad declarada y algo que aún no tenía nombre pero que todos en el edificio podían ver construirse ladrillo a ladrillo cada vez que compartían espacio. Cada vez que lo veía se le abalanzaba encima con una energía que era mitad confrontación y mitad algo más parecido a la necesidad de ser escuchada, y Eren, con esa paciencia suya que seguía sorprendiendo a quien no lo conocía bien, la dejaba hablar.
Lo que Gabi no había calculado era al Capitán.
La primera vez que intentó su aproximación habitual hacia Eren con el Capitán Levi presente, una sola mirada gris y completamente plana fue suficiente para detenerla en seco a mitad de camino. Gabi parpadeó. Miró al Capitán. Miró a Eren. Volvió a mirar al Capitán.
Se sentó.
Falco, a su lado, exhaló discretamente.
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Los orfanatos fueron idea de Levi, lo que seguía siendo una de esas cosas que Erwin procesaba con la misma sensación de estar leyendo un mapa que no esperaba encontrar.
No porque fuera incongruente. Erwin conocía a Levi lo suficiente para saber que había capas en ese hombre que la mayoría de personas nunca tenía oportunidad de ver, y que el subsuelo había dejado marcas que no eran solo las que se podían contar. Sino porque verlo en funcionamiento, verlo moverse entre los niños de los orfanatos con esa simpleza de gestos suya que de alguna manera los niños leían como seguridad en vez de distancia, seguía siendo algo que Erwin no se cansaba de observar.
Los marleyanos los habían acompañado la tercera semana. Colt con la expresión de alguien recalibrando todo lo que creía saber. Gabi en silencio, lo que era suficientemente notable. Falco mirando todo con esa atención suya de quien está construyendo algo internamente.
Eren había ido también, porque Eren iba a donde fuera que hubiera algo que pudiera hacer, y la imagen de él sentado en el suelo con tres niños trepados encima mientras intentaba explicarles algo que claramente se le había ido de las manos era lo suficientemente doméstica como para resultar casi cómica.
Fue una niña de no más de seis años la que lo dijo primero.
—¿Ese señor es tu papá? —le preguntó a Eren, señalando a Levi que estaba de pie a dos metros con un niño de cuatro años colgado de su brazo con una determinación admirable.
Eren abrió la boca.
—No —dijo el niño que estaba trepado en el hombro de Levi, con la autoridad de quien ha resuelto una pregunta compleja—. ese es la mamá.
Señalaba a Eren.
El silencio que siguió duró exactamente el tiempo suficiente para que Eren procesara lo que acababa de escuchar y para que el color empezara a subir desde su cuello con una velocidad que no le hacía ningún favor.
—Yo no soy—
—Tiene cara de mamá —confirmó la niña de seis años, con total seriedad.
—Tiene razón —dijo Levi, sin inflexión, sin mirar a Eren, despeinando al niño de su brazo con un gesto que era técnicamente lo más cercano que Levi Ackerman llegaba a la ternura en público.
Eren volteó a verlo con una expresión que era mitad indignación y mitad algo que no sabía cómo nombrar.
Erwin tuvo que mirar hacia otro lado.
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Esa noche en el comedor, Jean tardó aproximadamente cuarenta y cinco segundos en enterarse de lo que había pasado en el orfanato.
Cuarenta y cinco segundos después Connie ya lo sabía. Treinta segundos después Sasha. Veinte segundos después el chiste había adquirido una velocidad de propagación que habría sido admirable en otras circunstancias.
—Cara de mamá —repitió Jean, con la solemnidad de quien está grabando esto en su memoria para los próximos veinte años—. Un niño de cuatro años lo vio y supo.
—Los niños tienen instinto —concordó Sasha.
—Yo no tengo cara de mamá —dijo Eren.
—Eres el más organizado del escuadrón —dijo Connie—. Siempre sabes dónde está todo. Siempre eres el mejor limpiando y sabes preparar té.
—Eso no—
—Le preparas té específicamente al Capitán.
—¡Eso es diferente!
—¿Por qué? —preguntó Armin, con genuina curiosidad.
Eren abrió la boca. La cerró.
Mikasa, que llevaba varios minutos en silencio al extremo de la mesa, levantó la vista de su plato.
—El Capitán también dijo que sí —dijo, con neutralidad —. Técnicamente lo confirmó.
El comedor completo se volvió hacia Eren.
Eren miró su sopa.
La sopa no tenía respuestas.
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El primer día de entrenamientos conjuntos nadie sabía exactamente qué esperar.
Los soldados extranjeros llegaron al campo con esa mezcla particular de tensión y curiosidad que tienen las personas que han escuchado historias suficientemente grandes como para no saber si creerlas del todo. Habían visto a los soldados de Paradis en batalla, sí, pero una cosa era verlos en el caos de un campo de guerra y otra muy distinta era estar de pie frente a ellos en un espacio controlado, sin titanes cayendo del cielo, sin el ruido que todo lo cubre, con suficiente silencio para procesar lo que tenían frente a ellos.
Levi llegó al campo exactamente a la hora que había dicho que llegaría.
Ese detalle solo ya reorganizó la postura de varios soldados.
Los que lo habían visto en batalla lo reconocieron de inmediato y se movieron instintivamente hacia atrás, lo que generó una reacción en cadena entre los que no lo habían visto y que ahora tenían suficiente información contextual para saber que retroceder era probablemente la respuesta correcta. Las mujeres fueron la excepción notable. Varios pares de ojos siguieron al Capitán desde que cruzó la puerta del campo con una atención que era completamente distinta al miedo, intercambiando susurros que Levi ignoró con indiferencia
Las nuevas cicatrices ayudaron, en el sentido más retorcido del término. La línea que recorría su rostro, lejos de suavizar su presencia, la afilaba. Era la clase de cicatriz que contaba una historia sin necesidad de palabras, y la historia que contaba era suficientemente clara para cualquiera que tuviera instinto básico de supervivencia.
Este hombre había sobrevivido cosas que habrían matado a cualquier otro.
Y seguía aquí.
A Levi no le gustaba perder el tiempo.
Había pasado suficientes años de su vida explicando cosas que podía demostrar más eficientemente en treinta segundos de práctica que en treinta minutos de teoría, y los soldados extranjeros, con toda su buena voluntad diplomática, seguían siendo soldados que necesitaban ver para creer.
Así que cuando terminó la introducción básica, que mantuvo en el mínimo indispensable porque no tenía paciencia para ceremonias, miró a Annie.
Annie lo miró de vuelta.
Había algo en la dinámica entre ellos que no era exactamente rencor pero que tampoco era neutralidad completa, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos tenía ningún interés particular en discutirlo en voz alta. Annie había matado a su escuadrón. Levi había procesado eso y convivía con ella, pero, no significaba que lo hubiera olvidado, sino que había encontrado el cajón correcto donde guardarlo para que no interfiriera con el funcionamiento diario.
Hoy ese cajón estaba entreabierto.
—¿Lista? —dijo.
Annie adoptó su postura de combate sin responder, lo que era suficiente respuesta.
Erwin cronometró desde el lateral del campo con la misma expresión de siempre, aunque internamente estaba registrando cada reacción de los soldados extranjeros con la atención de quien sabe que lo que está ocurriendo frente a ellos va a tener consecuencias diplomáticas considerables.
Los primeros treinta segundos fueron suficientes para que el campo quedara en silencio absoluto.
Levi se movía con esa velocidad que seguía siendo difícil de procesar para el ojo humano, cambiando de dirección con una gracia de movimiento que hacía que cada gesto fuera exactamente lo necesario y nada más. Annie era formidable, eso nadie en el campo lo dudaba, y durante los primeros dos minutos el intercambio fue suficientemente equilibrado para que varios soldados extranjeros empezaran a relajar la mandíbula.
Después Levi cambió de velocidad.
No gradualmente. De golpe. Como si los primeros dos minutos hubieran sido simplemente la fase de evaluación y ahora hubiera decidido que ya tenía suficiente información.
Annie cayó en cuarenta segundos.
Lo que siguió después fue, técnicamente hablando, más de lo que era estrictamente necesario para una demostración de entrenamiento. Levi la inmovilizó con una precisión que tenía demasiada memoria muscular, cortando, bloqueando, girando hasta someterla con una eficiencia que era casi quirúrgica y que dejaba muy poco espacio para interpretar como algo que no fuera absolutamente deliberado.
Annie, cuando quedó inmovilizada, miró el cielo con la expresión de alguien que había esperado algo así y que de todas formas no había podido evitarlo.
—Sigues sintiendo rencor hacia mi —dijo.
Levi no respondió.
El campo tardó varios segundos en volver a respirar con normalidad.
Erwin observó las caras. Los soldados que habían llegado con dudas razonables sobre si las historias eran exageradas tenían ahora una expresión uniforme que era la combinación de asombro y miedo que Erwin había estado esperando producir. Los que ya no tenían dudas simplemente se habían asegurado de estar un paso más atrás que antes.
Hasta él tenía que admitir, aunque solo fuera internamente, que las nuevas cicatrices de Levi combinadas con esa demostración producían una imagen que generaba algo parecido a la aprensión incluso en alguien que lo conocía hace años.
Después de eso cada vez que Levi hablaba, cada vez que se detenía frente a un soldado a corregir una postura o explicar cómo inhabilitar un titán con el mínimo de movimientos, no había un solo par de ojos en el campo que no estuviera completamente atento. No por respeto diplomático. Por algo considerablemente más inmediato.
El entrenamiento, en términos prácticos, fue el más productivo que Erwin había presenciado en años.
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Los problemas empezaron, como solían empezar la mayoría de los problemas en Paradis últimamente, con la popularidad de Eren.
Los soldados extranjeros habían llegado con historias sobre el Titán Atacante, sobre el Titán Colosal, sobre la batalla donde el cielo se había oscurecido y el suelo había temblado. Pero las historias no habían preparado a nadie para el hecho de que el Titán Atacante resultara ser un muchacho de ojos verdes con una expresión seria que se suavizaba cuando no estaba prestando atención, y que el Titán Colosal resultara ser alguien que fruncía el ceño sobre los mapas con la concentración de un estudiante aplicado.
Armin fue el primero en notar las miradas. Eren tardó considerablemente más, lo que era completamente consistente con su historial.
Los susurros en los pasillos empezaron la primera semana. Hange los recopiló con el entusiasmo de un investigador de campo y los compartió en el desayuno con un nivel de detalle que nadie le había pedido pero que nadie interrumpió porque era objetivamente fascinante.
—Dicen que el Colosal parece una niña —reportó Hange, con su taza en la mano—. Pero una niña muy linda. Hay consenso en eso.
—Fantástico —dijo Armin, mirando su desayuno.
—Del Atacante dicen cosas más elaboradas. ¿Quieres que las lea?
—No —dijo Eren.
—Sí —dijeron Jean, Connie y Sasha simultáneamente.
Erwin vio el momento exacto en que Levi tomó la decisión.
No fue dramático. No hubo anuncio, no hubo reunión, no hubo ninguno de los mecanismos formales que Levi ignoraba sistemáticamente cuando consideraba que eran innecesarios. Simplemente un martes por la tarde, después de que Levi hubiera cortado por tercera vez en la misma semana una conversación entre un soldado extranjero y Eren con nada más que su presencia y una mirada, se detuvo en el pasillo principal donde había suficiente gente para que funcionara como declaración pública y dijo, en voz perfectamente plana:
—Yeager no tiene permitido tener contacto físico con nadie que no tenga mi autorización expresa. Es una medida de seguridad.
El pasillo procesó esto en silencio.
—Por supuesto, Capitán —dijo alguien.
Levi siguió caminando.
La noticia llegó al comedor en aproximadamente ocho minutos.
Jean fue el primero en hablar, lo que era completamente predecible.
—¿Medida de seguridad? —repitió, con un tono que sugería que estaba disfrutando esto de una manera que no tenía nada de discreta—. ¿En serio? ¿Eso fue lo que dijo?
—Textualmente —confirmó Connie.
—Medida. De. Seguridad.
—Jean —dijo Eren.
—No, espera. Quiero entender bien la amenaza táctica. ¿Cuál es exactamente el riesgo de seguridad que representa que alguien le dé la mano a Eren?
—Podría haber infiltrados con sangre real—dijo Eren, con una convicción que habría sido más convincente si no tuviera las orejas ligeramente rojas.
—Ajá —dijo Jean.
—Es una posibilidad legítima.
—Completamente —concordó Connie—. Por eso el Capitán especificó que solo él podía autorizarlo.
Eren miró su plato.
Armin, a su lado, estudiaba el techo con una atención que no era completamente genuina.
Sasha comía con la serenidad de alguien que ya había aceptado todos los aspectos de esta situación semanas atrás.
Fue Hange quien apareció en la puerta del comedor con Erwin justo en ese momento, con una expresión que sugería que ya estaba al tanto y que llevaba un rato disfrutándolo.
—¿Saben lo que me parece fascinante? —dijo Hange, sentándose sin que nadie la hubiera invitado—. Que Levi, que lleva veinte años sin explicarle sus decisiones a absolutamente nadie, sintió la necesidad de añadir una justificación.
—Medida de seguridad —repitió Jean, con reverencia.
—Es casi poético.
—No es poético —dijo Levi desde la puerta.
El comedor completo volteó. Levi estaba en el umbral con su taza de té y su expresión de siempre, y era completamente imposible determinar cuánto tiempo llevaba ahí.
Nadie dijo nada por un momento.
—Es una medida de seguridad —repitió Levi, y se dirigió a su mesa habitual con el mismo paso de siempre.
Hange enterró la cara en las manos con un sonido ahogado.
Erwin tomó su café.
Eren miró al Capitán, que estaba sentado al otro extremo del comedor tomando su té con la indiferencia de quien no acaba de declarar propiedad sobre otra persona frente a medio edificio, y sintió algo en su pecho moverse.
Medida de seguridad.
Sí. Claro que sí.
Eren miró su sopa y decidió que iba a necesitar hablar con Armin esta noche.
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Erwin nunca pensó que entendería a Levi de esta manera particular.
Lo había visto marcar territorio, lo había visto cortar conversaciones con una mirada, lo había visto aparecer con bandejas de estofado en días que no eran martes, y en cada ocasión Erwin había archivado todo con la satisfacción tranquila de quien observa un proceso desarrollarse exactamente como debería.
Lo que no había calculado era que el proceso era aparentemente contagioso.
Empezó a notarlo la segunda semana de entrenamientos conjuntos. Un soldado extranjero, joven, con la expresión de alguien que había decidido que Armin Arlert era exactamente el tipo de persona con quien quería tener una conversación prolongada, se había acercado a él después de una sesión de estrategia con un mapa en la mano y una pregunta que claramente era una excusa para algo más.
Erwin había cruzado el campo en línea recta.
No había prisa. No había ninguna razón para intervenir en una conversación completamente inocente entre dos soldados adultos sobre rutas de aproximación a territorios con presencia de titanes. Simplemente se había colocado junto a Armin con la naturalidad de quien tenía algo importante que discutir, había puesto una mano sobre el hombro de su pupilo con la autoridad de un comandante revisando el trabajo de su mejor estratega, y había sostenido la mirada del soldado extranjero con la misma expresión con la que había negociado tratados de paz y había convencido a hombres de marchar hacia su muerte.
El soldado había recordado súbitamente que tenía algo urgente que atender en el otro extremo del campo.
Armin lo había mirado con una expresión que era mitad confusión y mitad algo que se parecía sospechosamente a diversión contenida.
—¿Comandante?
—Cuéntame sobre las rutas del sector norte —había dicho Erwin, completamente plano.
Armin había abierto el mapa sin decir nada más.
Eso era lo que Erwin apreciaba de él. Sabía cuándo no hacer preguntas.
Hange lo vio todo desde el otro lado del campo.
Después buscó a Levi con la vista, encontró su expresión, y los dos sostuvieron una mirada de exactamente dos segundos que contenía un volumen de información bastante amplio.
Esa noche Hange apareció en el despacho de Erwin con dos tazas de té y una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Entonces —dijo, sentándose sin que nadie la hubiera invitado, como siempre—. ¿Medida de seguridad también?
Erwin tomó su taza.
—Armin es mi mano derecha y futuro comandante —dijo, con la misma tranquilidad con la que habría presentado un informe—. Su bienestar es una prioridad táctica.
Hange lo miró.
—Eso es lo más Levi que te he escuchado decir en veinte años de amistad.
Erwin no respondió.
Bebió su té.
Hange se rió durante aproximadamente tres minutos seguidos.
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Empezó como siempre empezaban las conversaciones importantes entre Eren y Armin: sin planearla.
Era tarde, el edificio estaba en ese silencio particular de las horas donde la mayoría de la gente ya había decidido que el día había terminado, y los dos estaban sentados en el techo con una manta entre ellos y el cielo de Paradis completamente despejado encima.
Fue Armin quien lo dijo primero, lo que era inusual porque generalmente Armin esperaba a que Eren abriera la puerta antes de cruzarla.
—Me gusta Erwin —dijo, en voz suficientemente baja para que sonara casi como si lo estuviera pensando en voz alta en vez de diciéndoselo a alguien.
Eren lo miró.
Armin seguía mirando el cielo con esa expresión suya de quien acaba de resolver un problema matemático complejo y no está del todo seguro de que le guste la respuesta.
—Desde hace un tiempo —añadió.
Eren procesó esto. Después procesó la ironía de la situación con la lentitud de quien está llegando a una conclusión que debería haber alcanzado semanas atrás.
—Armin.
—¿Qué?
—Me gusta el capitán Levi.
El silencio que siguió fue bastante esclarecedor.
Después Armin se volvió a mirarlo.
—Ya lo sabía, pero, ¿Desde cuándo?
—tres años. —Eren frunció el ceño—. ¿Desde cuándo tú?
—Hace poco.
Los dos miraron el cielo.
—Esto es un problema —dijo Eren.
—Sí —concordó Armin.
Lo que siguió fue, en términos prácticos, la conversación más honesta que Armin había tenido en meses, lo que incluía todas las reuniones estratégicas, todas las negociaciones diplomáticas y todos los informes que había redactado con una precisión que no dejaba espacio para la ambigüedad.
La ambigüedad, resultaba, era considerablemente más difícil de manejar cuando era personal.
—Me corrige la postura —dijo Eren, con el tono de alguien construyendo un argumento—. Comparte su té conmigo. Juega ajedrez conmigo. Me mandó comida con pollo.
—Erwin pone su mano en mi hombro cuando habla conmigo —dijo Armin—. Me busca cuando termina las reuniones. Ayer me trajo café sin que yo lo pidiera.
—¿Café?
—si
Eren lo miró y sonrió un poco.
Mikasa los encontró ahí veinte minutos después, porque Mikasa siempre encontraba a Eren eventualmente sin importar dónde estuviera, y se sentó a su lado con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciendo exactamente eso.
Los miró a los dos. Evaluó la situación en aproximadamente diez segundos.
—Levi y Erwin —dijo.
No era una pregunta.
—¿Tan obvio es? —dijo Eren.
—Sí —dijo Mikasa.
—Desde hace cuánto lo sabías —dijo Armin.
—Desde hace un tiempo —dijo Mikasa, restándole importancia —. Los dos los miran de una manera que no hacen con nadie más. Y ellos los miran de la misma manera.
Eren abrió la boca.
—Entonces por qué no dicen nada —dijo, con una frustración que llevaba claramente más tiempo acumulándose de lo que había admitido hasta ahora.
Mikasa consideró esto con la seriedad que le daba a todo.
—Porque son el capitán Levi y el comandante Erwin —dijo finalmente—. Y ustedes son ustedes. Y creo que eso les pesa más de lo que demuestra.
Eren estaba procesando la respuesta de Mikasa cuando escuchó pasos en la escalera y el ruido inconfundible de personas que no habían sido invitadas pero que llegaban de todas formas.
Jean apareció primero, seguido de Connie, Sasha y Annie, con la expresión colectiva de gente que había detectado que algo estaba pasando y había tomado una decisión democrática de involucrarse.
—¿Reunión secreta sin nosotros? —dijo Jean, sentándose como si el techo le perteneciera.
—No es una reunión —dijo Eren.
—Están sentados en círculo mirando el cielo con cara de crisis existencial —dijo Connie—. Eso es una reunión.
Sasha ya estaba sentada y sacaba algo de comer de algún lugar que Eren decidió no investigar.
Annie se sentó en el extremo con resignación.
Eren y Armin intercambiaron una mirada.
Después, porque era tarde y estaban cansados y porque este grupo específico de personas era imposible de contener una vez que se había instalado en algún lugar, contaron todo.
El silencio que siguió cuando terminaron fue de la variedad reflexiva, lo que era inusual para esta mesa particular.
Fue Annie quien habló primero, lo que sorprendió a varios.
—La diferencia de edad —dijo, con su neutralidad habitual—. Probablemente es eso.
—¿Veinte años? —dijo Connie.
—Aproximadamente. —Annie miraba el horizonte—. Para ustedes es solo un número. Para ellos es veinte años de guerra, de pérdidas, de construir muros alrededor de cosas que no podían permitirse sentir. No es fácil desmantelar eso, aunque quieras hacerlo.
—Annie tiene razón —dijo Armin, despacio—. Para Levi y Erwin nosotros somos sus soldados antes que cualquier otra cosa. Eso no se reescribe fácilmente.
—Aunque los sentimientos estén ahí —añadió Mikasa.
Eren miró el cielo.
Pensó en Levi corrigiéndole la postura con sus propias manos. En el té a la temperatura exacta. En el dorso de su mano rozado por el pulgar de Levi en el comedor.
En veinte años de guerra que él no había vivido y que Levi llevaba en el cuerpo de maneras que Eren apenas empezaba a entender.
—Entonces qué hacemos —dijo.
—Esperar —dijo Armin.
—O no —dijo Jean.
Todos lo miraron.
Jean tenía esa expresión suya de cuando estaba a punto de decir algo que iba a hacer que al menos tres personas quisieran tirarlo del techo.
—Miren, los entiendo —dijo, con una solemnidad completamente fingida—. La situación es compleja. Hay historia, hay jerarquía, hay veinte años de diferencia que pesan. Es un tema delicado que merece respeto y consideración.
Pausa.
—Pero también hay una solución bastante directa que ninguno de los dos está considerando.
—Jean —dijo Eren.
—Eren. Armin. Escúchenme con atención. —Jean se inclinó hacia adelante con la energía de un hombre que ha esperado este momento—. Levi tiene casi cuarenta años y lleva veinte peleando con titanes. Erwin también. Los dos han sobrevivido cosas que habrían matado a cualquier otra persona. Son perfectamente capaces de tomar decisiones en un campo de batalla en fracciones de segundo.
—¿A dónde vas con esto? —dijo Armin.
—A que si están esperando que esos dos den el primer paso van a estar esperando hasta que los titanes vuelvan. —Jean hizo una pausa dramática—. A veces el más fuerte de la humanidad necesita que alguien le haga el trabajo fácil. Si me entienden.
Connie se ahogó con algo.
Sasha dejó de comer.
—Jean —dijo Eren, con un tono de advertencia.
—Solo digo que hay maneras de comunicar interés que no requieren una declaración formal. Un roce aquí, una mirada sostenida allá, quedarse un poco más cerca de lo estrictamente necesario durante el entrenamiento de postura—
—JEAN.
—¡Es táctica de combate aplicada a situaciones sociales! —Jean levantó las manos—. Ustedes dos aprenden estrategia militar, ¿no? Pues esto es estrategia. Con mejor resultado que una batalla y considerablemente menos sangre. En teoría.
Annie miró el horizonte con la expresión de alguien que está eligiendo activamente no comentar nada.
Mikasa se cubrió la cara con una mano.
Armin miró a Jean durante un momento largo.
Después miró a Eren.
Eren lo miraba de vuelta con las orejas rojas y una expresión que era mitad indignación y mitad la de alguien que está procesando que Jean, a pesar de todo, no estaba completamente equivocado.
Fue Connie quien abrió la puerta sin querer.
—Oigan —dijo, con la expresión de quien acaba de conectar dos ideas que llevaban tiempo separadas—. ¿No es un poco raro que los dos sean sus superiores directos?
—Connie —dijo Eren.
—No, en serio. Levi es tu capitán. Erwin es el comandante en jefe. Hay como una dinámica ahí que es—
—Connie —repitió Eren, con más énfasis.
—Interesante —terminó Connie, completamente ajeno al tono.
Jean procesó esto aproximadamente dos segundos.
Eren lo vio en su cara antes de que abriera la boca y no pudo hacer nada al respecto.
—Espera —dijo Jean, con la energía específica de alguien que acaba de recibir munición que no esperaba tener—. Entonces básicamente lo que me estás diciendo es que a Eren le gusta que le den órdenes.
—ESO NO ES LO QUE—
—Y a Armin le gusta reportarle al comandante.
—Jean, te lo juro—
—Todo cobra sentido. —Jean se llevó una mano al pecho con una solemnidad completamente teatral—. Los entrenamientos de postura. El té servido a tiempo. Eren limpiando la habitación del Capitán sin que nadie se lo pidiera. No era devoción, era—
—UNA PALABRA MÁS —dijo Eren.
—Disciplina —terminó Jean, completamente imperturbable—. Iba a decir disciplina, Eren. No sé en qué estabas pensando tú.
Connie se dobló sobre sí mismo de la risa.
Sasha señalaba a Jean con una expresión de admiración genuina mientras seguía comiendo.
Armin tenía la cara completamente cubierta con ambas manos.
—Yo tampoco pedí esto —murmuró desde detrás de sus manos.
—Armin —dijo Jean, volteando hacia él con la energía de quien no ha terminado—, tú llevas meses siendo el pupilo favorito del comandante en jefe. Reuniones privadas, hablar de estrategias a altas horas de la noche, compartir café en su despacho—
—Jean —dijo Armin, con una calma que era claramente el último recurso antes de algo irreversible.
—Solo digo que hay quienes pagan por ese tipo de atención personalizada—
Lo que siguió fue el sonido de Jean esquivando un golpe de Eren con la práctica de años, Connie rodando hacia un lado por instinto, y Sasha levantando su comida con el reflejo de quien ha aprendido a proteger sus recursos en situaciones de caos.
Annie se corrió tres centímetros hacia la derecha sin cambiar de expresión.
Mikasa no se movió porque sabía perfectamente que Eren no iba a llegar hasta ella.
—¡Es broma! —gritó Jean desde el otro lado del techo—. ¡Era un chiste! ¡La dinámica de poder es completamente válida desde un punto de vista psicológico!
—¡VOY A MATARTE!
—¡Eso también suena a algo que diría el Capitán!
El techo estalló.
Eren persiguió a Jean alrededor del espacio disponible con una determinación que habría sido admirable en un contexto diferente, Connie gritaba cosas que no ayudaban, Sasha seguia comiendo, y Armin permaneció sentado con la cara entre las manos procesando que Jean Kirstein era, objetivamente, el peor amigo que alguien podía tener.
—Para ser justos —dijo Annie, en voz suficientemente baja para que solo Mikasa la escuchara—, no estaba completamente equivocado.
Mikasa la miró.
Annie seguía mirando el horizonte.
—Sobre la dinámica —aclaró—.
Mikasa consideró esto un momento.
—No —dijo finalmente.
Annie no respondió.
Pero la comisura de su boca se movió aproximadamente dos milímetros hacia arriba, lo que en el idioma de Annie Leonhart era el equivalente de una carcajada.
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Los martes y jueves eran de ajedrez.
No había sido una decisión consciente en ningún momento particular. Había empezado como cualquier otra cosa que involucraba a Eren, gradualmente, hasta que un día Levi se dio cuenta de que era simplemente parte de la estructura de su semana y que la idea de que no lo fuera le generaba irritación.
Eren era mejor de lo que debería ser para alguien que había aprendido hace relativamente poco. Tenía una manera de jugar que era mitad instinto y mitad terquedad, que no era exactamente estrategia pero que funcionaba causando inconvenientes en Levi para estar atento, por las caras de Eren.
No sé daba cuenta que mordía sus labios o los lamía como un tic nervioso y eso mataba a Levi lentamente.
Lo que significaba que las noches de ajedrez requerían su concentración completa.
Lo que significaba que esta noche algo estaba interfiriendo con esa concentración de una manera que Levi llevaba cuarenta minutos ignorando.
Eren se había sentado al otro lado del tablero con su expresión de siempre, pero había algo levemente diferente esta noche que Levi había catalogado en los primeros treinta segundos y que no había terminado de identificar del todo. Una atención que era ligeramente más sostenida de lo habitual. Una proximidad que era ligeramente más deliberada. La manera en que cada vez que alcanzaba una pieza del tablero lo hacía con una lentitud que no era completamente necesaria para mover un caballo de una casilla a otra.
Levi movió su alfil.
Eren lo miró mover la pieza y después levantó la vista hacia él con una expresión que Levi no supo leer en el tiempo que normalmente le tomaba leer las expresiones de Eren, lo que era inusual.
—Tu turno —dijo Levi.
Eren estuvo considerando su siguiente movimiento más tiempo del necesario.
No porque la jugada fuera complicada. Levi podía ver perfectamente que tenía tres opciones razonables y que ninguna de ellas requería el nivel de deliberación que Eren estaba aplicando, con el codo apoyado en la mesa y la mejilla sobre la mano y esa manera suya de fruncir levemente el ceño cuando pensaba que hacía que el ángulo de su mandíbula fuera otro problema para la concentración de Levi.
Ese era otro pensamiento que iba directo al cajón.
—Estás tardando —dijo Levi.
—Estoy pensando.
—Llevas ocho minutos pensando tres movimientos.
Eren levantó la vista. Y ahí estaba otra vez, esa atención ligeramente diferente, sostenida dos segundos más de lo que una conversación sobre ajedrez requería.
—¿Te molesta que me tome mi tiempo, Capitán? —dijo Eren, con un tono que Levi no supo exactamente dónde clasificar.
—Me molesta la ineficiencia.
—Ajá.
Eren movió su torre.
Era la peor de las tres opciones disponibles, lo que significaba que no había estado pensando en el tablero.
Levi archivó esa información sin comentario y movió su reina.
Fue veinte minutos después, cuando el juego estaba en un punto que requería atención genuina de ambos lados, que Eren se estiró hacia el extremo del tablero para examinar la posición de una pieza desde otro ángulo y algo, el borde de la silla, su propio pie, alguna combinación de los dos, conspiró en su contra con la eficiencia característica del universo cuando Eren Yeager estaba involucrado.
Levi vio el momento exacto en que el equilibrio se fue.
No tuvo tiempo de moverse hacia atrás.
Eren cayó hacia adelante con la gravedad inevitable de algo que no había sido planeado por nadie, y el resultado fue algo completamente irrazonable en la que Eren terminó medio sentado, medio desplomado, con sus manos aferradas a los hombros de Levi y medio sentado en su regazo para no terminar en el suelo y su peso distribuido de una manera que hacía que el concepto de espacio personal fuera algo abstracto.
El tablero y la mesa auxiliar terminaron en el suelo.
Levi no se movió.
No porque no pudiera. Sino porque el movimiento más lógico en cualquier dirección requería una coordinación que su cerebro estaba procesando con una lentitud que no era habitual en él y que tenía todo que ver con la distancia actual entre la cara de Eren y la suya, que era considerablemente menor de lo que había sido en ningún otro momento de los últimos tres años.
Los ojos de Eren estaban muy cerca. Demasiado cerca para ignorar el detalle específico de su color, esa clase de verde que cambiaba de tono dependiendo de la luz y que esta noche, con la lámpara encima de ellos, tenía algo que Levi no iba a ponerse a catalogar ahora mismo en estas circunstancias.
Las mejillas de Eren eran completamente rojas.
Las orejas también.
Levi mantuvo su expresión completamente neutral con el mismo esfuerzo con el que habría mantenido una posición de combate bajo fuego enemigo.
Lo que pasó después fue culpa de Jean Kirstein.
Levi no sabía cómo ni por qué Jean Kirstein tenía responsabilidad en lo que estaba a punto de ocurrir, pero estaba completamente seguro de que la tenía, porque ese era el tipo de cosa que solo podía tener su origen en algo que Jean había dicho en algún momento que había llegado a los oídos de Eren de la peor manera posible.
Eren abrió la boca.
Probablemente iba a decir algo completamente razonable sobre el equilibrio y la silla y la posición del tablero y todo habría vuelto a la normalidad de una situación resuelta.
En cambio, dijo:
—...lo siento, papi.
El silencio que siguió fue de una tensión completamente nueva.
Eren parpadeó.
Levi no dijo nada.
Eren parpadeó otra vez, con la expresión de alguien cuyo cerebro acaba de procesar en tiempo real lo que su boca había dicho sin consultarle, y el rojo de sus mejillas alcanzó un nivel que Levi no había visto en ningún ser humano hasta esa noche.
—YO— ESO— NO ERA— —Eren se despegó de la silla con una velocidad que lo hizo tropezar— ESO NO FUE LO QUE QUISE DECIR— BUENAS NOCHES CAPITÁN—
La puerta se cerró.
Levi miró la puerta.
Miró el tablero y las piezas en el suelo.
Miró sus piernas donde las caderas de Eren habían estado hace aproximadamente ocho segundos.
Procesó el silencio de la habitación. Procesó la temperatura. Procesó la distancia a la que había estado la cara de Eren y el tono exacto de su voz cuando había dicho esas palabras.
Su entrepierna había respondido a eso con una inmediatez que no había anticipado y que estaba resultando considerablemente difícil de ignorar ahora que Eren no estaba en la habitación para requerir su atención.
Levi miró el techo.
Recogió las piezas del suelo con una calma que era completamente exterior.
Ordenó el tablero.
Se terminó el té, que estaba frío porque llevaba ahí desde que Eren lo había preparado al llegar y ninguno de los dos lo había tocado en cuarenta minutos.
Y después permaneció sentado en el silencio de la habitación procesando que tenía un problema nuevo, y que la palabra papi en la voz de Eren Yeager era información que su cerebro claramente no tenía ninguna intención de archivar en el cajón correcto.
Iba a necesitar una ducha fría.
Y posiblemente una conversación consigo mismo que llevaba demasiado tiempo postergando.
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Llevaba una semana.
Una semana en la que Eren Yeager, que había enfrentado titanes de quince metros, había sobrevivido batallas que habrían matado a cualquier otro, y que tenía en su haber la destrucción de medio campo de guerra en un arranque de furia, huía cada vez que veía al Capitán Levi en un radio de veinte metros.
No era discreto.
Era, de hecho, lo opuesto de discreto, y todo el edificio lo había notado con la misma velocidad con la que el edificio notaba todo lo que involucraba a Eren y al Capitán, que era de gran interés colectivo.
El problema era que Levi también lo había notado.
El primer día Levi había llegado al comedor y Eren había recordado súbitamente que tenía algo urgente que atender en el otro extremo del edificio.
El segundo día Levi había aparecido en el pasillo y Eren había tomado una ruta alternativa que lo llevó quince minutos más lejos de su destino.
El tercer día Eren había visto al Capitán cruzar el patio desde una ventana del segundo piso y había dado media vuelta antes de que nadie pudiera preguntarle a dónde iba.
Para el cuarto día Levi había procesado suficiente información.
Y el quinto día el entrenamiento había alcanzado un nivel que ningún soldado del edificio iba a olvidar en los próximos años.
Jean Kirstein llevaba tres días considerando seriamente si había sido buena idea abrir la boca.
La respuesta, objetivamente, era no. Pero la respuesta alternativa, que era no haber dicho nada y perderse el espectáculo de Eren huyendo de Levi por los pasillos como si le debiera dinero, tampoco era completamente satisfactoria, así que seguía sin resolver el dilema moral.
Lo que sí estaba resuelto era que el entrenamiento de esa mañana había mandado a cuatro soldados a la enfermería y que las piernas de Jean tenían una opinión muy formada sobre las sentadillas con peso que el Capitán había considerado apropiadas para un martes.
—Esto es tu culpa —le dijo a Eren en voz baja mientras intentaba estirarse sin que ningún músculo protestara.
—¿Mi culpa? —Eren lo miró con una indignación que habría sido más convincente si no estuviera también claramente agotado—. ¡Tú fuiste el que hizo el chiste!
—Tú fuiste el que lo dijo en voz alta.
—¡Fue un accidente!
—Papi —repitió Jean, en el tono de alguien que va a seguir usando esa palabra hasta el fin de los tiempos.
Eren le lanzó una toalla a la cara.
El plan surgió esa noche en la habitación de Armin, que era el lugar donde surgían la mayoría de los planes que involucraban mover piezas en un tablero que no era de ajedrez.
—No podemos seguir así —dijo Connie, que había pasado el día caminando con la rigidez de alguien cuyos muslos habían tenido suficiente—. El Capitán nos va a matar a todos antes de que Eren decida dejar de huir.
—Técnicamente el problema es resoluble —dijo Armin.
—¿Cómo?
—Encerrándolos.
El silencio que siguió fue evaluativo.
—¿En dónde? —dijo Sasha.
—La sala de reuniones pequeña del tercer piso tiene seguro por fuera —dijo Armin, con la tranquilidad de quien ha pensado en esto más de una vez—. Y las ventanas no abren desde adentro.
—Armin —dijo Eren desde el rincón donde había estado intentando volverse invisible—. No.
—Eren.
—He dicho que no.
—Eren —dijo Jean—, esta mañana el Capitán nos hizo correr con equipo completo durante dos horas porque tú decidiste tomar la escalera de servicio para evitarlo. Sasha casi se desmaya.
—¡Casi! —confirmó Sasha, sin resentimiento aparente.
—Mañana a las diez —dijo Armin.
Eren los miró a todos.
Todos le devolvieron la mirada con la unanimidad de personas que han tomado una decisión democrática y no tienen ninguna intención de cambiar de opinión.
—Los odio —dijo Eren.
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A las diez de la mañana del otro día alguien llamó a la puerta del despacho de Levi y le dijo que había un problema con el inventario de la sala de reuniones del tercer piso que requería su atención.
Levi sabía perfectamente que no había ningún problema con el inventario del tercer piso.
Fue de todas formas.
La sala estaba en silencio cuando entró, lo que era el primer indicador. El segundo fue Eren siendo empujado dentro de la habitación y mirándolo con la postura de alguien que ha sido colocado ahí en contra de su voluntad y que está evaluando activamente sus opciones de salida.
La puerta se cerró detrás de Eren.
El seguro sonó desde el otro lado.
Levi miró la puerta. Miró a Eren. Miró la puerta otra vez.
—Kirstein —dijo, en voz perfectamente plana.
—¡Fue decisión democrática! —llegó la voz de Jean desde el pasillo, con la distancia prudente de alguien que ha calculado exactamente cuánto grosor de madera necesita entre él y las consecuencias de sus acciones.
Eren no lo estaba mirando.
Estaba mirando la ventana con la concentración de alguien que está calculando si dos pisos de altura son una opción razonable, y Levi lo conocía lo suficiente como para saber que la respuesta que Eren estaba llegando era probablemente que sí.
—Yeager.
Eren se tensó. No se giró.
—Eren.
Eso sí funcionó. Eren giró la cabeza levemente, no del todo, con las orejas rojas y esa postura de quien ha decidido que la vergüenza es un estado permanente con el que simplemente tiene que aprender a vivir.
Levi cruzó la sala y se detuvo a una distancia que era suficientemente cercana para que ignorarlo requiriera bastante esfuerzo.
—Llevas una semana huyendo de mí —dijo.
—No estaba huyendo.
—Tomaste la escalera de servicio.
—Tenía prisa.
—Eren.
Eren cerró los ojos brevemente con la expresión de alguien que está aceptando su destino.
El problema era que cuando Levi decía su nombre así, sin apellido, sin rango, sin ninguno de los marcadores de distancia habituales, algo en Eren simplemente dejaba de funcionar con normalidad y no había entrenamiento en el mundo que lo hubiera preparado para eso.
—Tuve vergüenza —dijo, porque aparentemente su boca había decidido que ya era suficiente tiempo siendo cobarde—. Lo de la otra noche. Tuve mucha vergüenza y no sabía cómo mirarte a la cara después.
Levi no dijo nada.
Lo que era peor que si hubiera dicho algo, porque el silencio de Levi requería ser llenado y Eren llenaba los silencios de la peor manera posible cuando estaba nervioso.
—Y sé que fue ridículo y que fue un accidente y que claramente jean me había metido esas ideas en la cabeza con sus chistes que son horribles y sin ningún filtro y—— Eren hizo una pausa— aunque algunos tenían un poco de razón y eso es peor porque—— otra pausa—— el punto es que lo dije sin querer pero tampoco es que fuera completamente mentira porque— —sus manos estaban haciendo algo sin forma definida en el aire— llevas tres años siendo la persona más intimidante que conozco y también la más—— no sé—— la más todo—— y eso no tiene ningún sentido como oración pero es que no— —respiró— me gustas. Llevas tres años gustándome y no sé qué hacer con eso y los chistes de jean no ayudan porque resulta que me gustan un poco y eso dice muchas cosas sobre mí que no estoy listo para procesar y—
—Eren.
—¿Qué?
—Para.
Eren paró.
Levi lo miró durante un momento.
Miró las manos de Eren que habían dejado de moverse en el aire. Las orejas completamente rojas. Los ojos que lo estaban mirando con esa expresión de quien acaba de vaciar todo lo que tenía y ahora está esperando el veredicto con la dignidad de alguien que sabe que ya no puede hacer nada al respecto.
Tres años.
Levi había pasado tres años catalogando cosas en cajones que no eran los correctos, construyendo distancia con la misma eficiencia con la que construía cualquier otra cosa, convenciéndose de que esperar era lo correcto porque Eren era su protegido y porque había veinte años entre ellos que pesaban de maneras que Eren todavía no podía entender del todo.
Había sido suficientemente difícil.
—Para mí tampoco fue fácil esperar —dijo.
Eren parpadeó.
Levi dio el paso que faltaba.
—Papi —dijo, en voz baja y en un tono oscuro—merece un premio.
El beso llegó antes de que el cerebro de Eren terminara de registrar lo que estaba pasando.
No fue suave. Levi no era suave, y tampoco era tentativo. Fue la clase de beso que se da cuando alguien sabe exactamente lo que está haciendo, cuando cada movimiento ha sido ensayado en la cabeza durante semanas, meses, y ahora solo se ejecuta. No fue una sorpresa que su capitán fuera impecable en todo lo que hacía. Levi era la clase de hombre fuerte, seguro y arrasador. Y su beso era igual.
Una mano de Levi fue colocada en su mandíbula.
Esa mano cicatrizada, callosa, pesada y venosa. La mano que lo hacía sentir débil con solo posarse sobre su piel. Esa mano que él sabía que podía destrozarlo, que había destrozado a cientos de titanes, ahora lo tocaba con suavidad. Conteniendo su fuerza. Solo sosteniéndolo. Y Eren nunca se había sentido más perdido en sus sentidos.
El pulgar de Levi se movió muy despacio sobre su mentón, trazando un camino que parecía decir “mio” y Eren no pudo evitarlo: soltó un jadeo y cerró los ojos.
Muy despacio, esa misma mano siguió subiendo como si estuviera grabando un camino. Pasó por su oreja, rozó el borde con una intimidad que le erizó la piel, y luego se ancló un poco más atrás para agarrar su cabello en un puño. Apretó con firmeza. Con autoridad.
Y Eren, que había sobrevivido a batallas y titanes y a la revelación del fin del mundo, descubrió que no tenía absolutamente ningún recurso disponible para esto.
Para el calor que sentía en su cuerpo. Su corazón galopaba como loco en su pecho, y juraba que podía sentir sus ojos blanqueando detrás de sus párpados. Cada nervio de su cuerpo estaba en llamas y cada célula vibraba.
Cuando la otra mano de Levi se asentó en la parte baja de su espalda —justo donde la curva de su columna se encuentra con la carne, ese punto exacto que nadie más había tocado nunca— y lo acercó a él, pecho con pecho, sintiendo su musculatura firme, su olor a té y a jabón de sándalo, su calor, su fuerza innegable... Eren gimió.
Fue un sonido bajo, casi vergonzoso, que escapó de su garganta sin permiso.
Levi no tenía prisa. Eso era lo más devastador. No se lanzó, no devoró. Se tomó su tiempo con una deliberación que sugería que había estado pensando en esto suficiente como para saber exactamente cómo quería hacerlo. Cada presión de sus labios era una sentencia. Besaba como combatía: con eficiencia mortal y una precisión que dejaba sin aire.
Cuando Levi profundizó el beso, cuando su lengua finalmente reclamó la entrada que Eren no sabía que había dejado abierta, Eren dejó de tener acceso a cualquier pensamiento coherente. Toda su capacidad cognitiva disponible estaba siendo requerida en otro lugar. Sintió un dolor terrible entre sus pantalones, un tirón en su miembro que era casi insoportable, una humedad que sabía que era su líquido pre-seminal empapando su ropa interior en una cantidad alarmante.
Nunca se había mojado de esa manera. Nunca.
Otro jalón en su cabello —más fuerte esta vez, como si Levi estuviera probando hasta dónde podía tirar— lo hizo emitir un sonido que no había planeado emitir. Algo entre un gemido y un sollozo.
La mordida en su labio inferior —no suave, nada suave, fue un pellizco deliberado que supo exactamente dónde dolía para convertirse en placer— lo hizo emitir otro.
Sus rodillas tomaron la decisión de dejar de sostenerlo.
Se desplomó hacia el suelo, pero Levi lo sostuvo con una de sus piernas, introduciendo su muslo entre los de Eren con una naturalidad que resultaba obscena. Lo empujó hacia atrás, hacia la pared, sin interrumpir el beso ni un segundo. Con esa gracia en cada movimiento suyo que resultaba mortífera y calculada. Prácticamente Levi sostenía todo su peso con la rodilla y sus manos. Esa rodilla que movió un poco, solo un poco, y rozó contra su erección.
Eren casi gritó.
—¡Capitán Levi!
La voz le salió rota, aguda, casi un aullido ahogado contra la boca de Levi.
Cuando Levi se separó del beso —con una lentitud que rozaba la tortura, separándose milímetro a milímetro como si quisiera que Eren sintiera el vacío—, Eren tenía los ojos húmedos. No estaba llorando, pero estaba cerca. Muy cerca. La respiración era una serie de jadeos cortos y descoordinados. Sus manos estaban aferradas a la chaqueta de Levi con una fuerza que hacía blanquear sus nudillos, porque eran lo único que tenía disponible para mantenerse orientado en el espacio.
Dios, debía de verse terrible.
Se sentía borracho. Borracho de satisfacción, de deseo.
Levi lo miró.
Miró los ojos de Eren: brillantes como gemas, húmedos, hermosos como su portador. Las mejillas encendidas en un rubor que se extendía hasta las orejas, esas orejas que ahora estaban rojas como si estuvieran ardiendo. Los labios gruesos, enrojecidos, ligeramente hinchados donde había dejado su marca. Abiertos por la respiración agitada, dejando escapar ese calor que Levi sentía golpear su propia boca. Veía el vaho exhalado en las respiraciones rápidas de Eren, como si fuera invierno dentro de la habitación.
El cuerpo de Eren estaba caliente. No tibio, caliente. Como si recién hubiera salido de su titán, como si su piel estuviera irradiando ese calor nuclear que Levi había sentido al tacto en el campo de batalla. Y también temblaba. Un temblor que recorría sus hombros, bajaba por sus brazos, se extendía hasta sus piernas temblorosas. Todo su cuerpo vibraba en una frecuencia que solo Levi podía sentir.
Mentiría si dijera que esa no era la imagen más erótica que había visto en su vida.
Sentía la erección de Eren contra su rodilla. Joder. Era la parte más caliente de su cuerpo, un calor húmedo que atravesaba la tela de ambos pantalones. Y en ese momento se le vinieron mil pensamientos nada puros a la mente. Imágenes. Escenarios. Maneras de hacer que Eren hiciera sonidos otra vez, y otra, y otra.
Pero luego se dio cuenta.
La forma en que Eren había temblado. La ingenuidad con la que había recibido el beso, como si fuera la primera vez que alguien lo besaba de verdad. La sorpresa en sus ojos cuando Levi tiró de su cabello. Eren no sabía. No sabía lo que estaba pidiendo. No sabía lo que Levi podía hacerle.
Viejo sucio, pensó en sus adentros, y fue un pensamiento cargado de culpa y de deseo en igual medida.
Se obligó a respirar. A controlar el ritmo de su propio corazón, que latía más rápido de lo que había latido en años. A ignorar su propia erección, dura e insistente dentro de sus pantalones, que pedía atención con una urgencia que él se negaba a conceder. No quería asustar a Eren. No todavía. No con todo lo que quería hacerle.
Pero tampoco podía soltarlo.
Así que hizo lo que mejor sabía hacer: controlar la situación.
—Pensé que era papi —dijo, y su voz salió más grave de lo que pretendía, más ronca—. No «capitán Levi».
Vio cómo las mejillas de Eren se encendían aún más, si eso era posible. Cómo sus ojos se abrían y se cerraban en un parpadeo desorientado. Cómo sus manos se aferraban con más fuerza a su chaqueta.
Se inclinó despacio, sin apresurarse, y posó la boca en el cuello de Eren con la misma deliberación con la que había hecho todo lo demás. Primero sintió el pulso. Acelerado, saltando bajo su labio como un animal atrapado. Luego el sabor de su piel, ligeramente salada por el sudor, caliente como una superficie expuesta al sol. Y finalmente, el momento justo. El punto exacto donde la curva del cuello se encuentra con el hombro. Donde sabía que iba a importar.
Mordió.
Con fuerza. Con precisión. Con la intención clara de dejar una marca que durara días (si Eren no activaba su regeneración)
La reacción de Eren fue inmediata.
—¡Papi!
El sonido quedó atrapado entre su garganta y la chaqueta de Levi, donde Eren había enterrado la cara para ahogar el grito. Pero Levi lo oyó. Lo oyó perfectamente. Y lo sintió también: el temblor en el cuerpo de Eren empeoró, se convirtió en algo que parecía una convulsión. Las manos de Eren se aferraron a su chaqueta como si fuera un salvavidas. La fuerza abandonó sus piernas de una manera que no dejaba lugar a interpretación: Eren se había venido.
Levi cerró los brazos a su alrededor. Más fuerte. Lo sostuvo cuando sus rodillas fallaron del todo, cuando todo su peso se rindió y se entregó. Lo sostuvo como si pesara nada, como si fuera lo más frágil y valioso que hubiera tenido nunca entre las manos.
Sintió la humedad en su rodilla.
Y tuvo una curiosidad repentina, casi obscena, por saber cuánto líquido había liberado Eren. Si había manchado su propia ropa interior por completo.
Pero eso era para otro momento.
Lo que sí decidió en ese instante —con Eren temblando contra su pecho, con su propio corazón latiendo desbocado, con el nombre papi resonando todavía en sus oídos— era que la cara de Eren en ese momento no iba a ir a ningún cajón.
Los ojos entrecerrados y húmedos, como si acabara de despertar de un sueño del que no quería salir. Las mejillas completamente encendidas, ardientes. Los labios entreabiertos sobre su hombro mientras intentaban recordar cómo funcionaba la respiración. El rubor bajando por su cuello, desapareciendo bajo el borde de la camisa. Esa expresión de completa aniquilación, como si un beso hubiera bastado para desarmar al titán más peligroso de la humanidad.
Esa era información que no iba a olvidar.
Joder.
Iba a guardar esa imagen a fuego en su mente. En este momento, su mocoso se veía precioso. Y lo más aterrador de todo es que Levi sabía que no era solo el deseo hablando.
Era algo mucho más peligroso.
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Llevaban días así. Besándose en cada rincón donde nadie pudiera verlos. En la despensa. En el almacén. En el maldito pasillo a las tres de la mañana cuando todos dormían.
Pero Eren ya no quería solo besos.
Y esa noche, decidió pedir lo que realmente quería.
La habitación de Levi está a oscuras, salvo por la pálida luz de la luna que se cuela por las cortinas mal cerradas. Han estado así durante horas. Besándose. Y siempre es lo mismo, siempre esa contención que a Eren lo vuelve loco.
Cada beso es un pequeño terremoto que le nubla la vista, que le hace olvidar su propio nombre, el mundo, el futuro. Pero hay algo más, algo que vibra bajo la superficie de esa boca perfecta, y Eren lo percibe con cada fibra de su ser.
Levi lo besa como si temiera romperlo.
Sus manos —esas manos que Eren ha visto destrozar titanes con una violencia quirúrgica, que han empuñado cuchillas y han arrancado nucas humeantes— ahora recorren su espalda con una suavidad casi exasperante. Pero Eren las siente temblar. Siente cómo los dedos de Levi se curvan, cómo las uñas amenazan con clavarse en su piel para dejarla marcada, poseída, y en el último segundo se relajan.
Lo mismo ocurre con su boca: a veces Levi muerde su labio inferior con una intensidad que le arranca un jadeo, y Eren percibe el instante exacto en que su capitán quiere morder más fuerte, hundir los dientes hasta sacar sangre, saborearlo desde dentro, pero se frena.
—Levi… —susurra Eren contra su boca, separándose apenas lo necesario para mirarlo a los ojos.
Levi tiene los párpados entornados, sus pupilas oscuras como pozos sin fondo. Su pecho sube y baja con una respiración controlada, demasiado controlada. Está sudando. La camisa blanca está arrugada por los puños de Eren, y aun así se mantiene a una distancia de seguridad, como si hubiera una línea invisible que no se atreve a cruzar.
—¿Qué? —responde Levi, con esa voz grave que le hace cosquillas en el estómago y más abajo también.
Eren lo observa. La mandíbula tensa, la forma en que se muerde el interior de la mejilla para no soltar lo que realmente quiere decir. Y entonces lo entiende. No es que Levi no quiera. Es que Levi está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejarse llevar.
—Te estás conteniendo —dice Eren, y no es una pregunta.
Levi deja de respirar un segundo. Demasiado largo.
—No sabes de lo que hablas, mocoso.
—Lo sé. —Eren se incorpora sobre un codo, mostrando su cuello cubierto de marcas rojas que Levi ni siquiera recuerda haber hecho. ¿O sí? ¿Cuándo perdió el control? —. Te siento. Cada vez que me besas, quieres morderme más fuerte. Cuando me agarras la cadera, tus dedos quieren apretar hasta dejarme una marca permanente. Pero te detienes. ¿Por qué?
Levi desvía la mirada. Es tan extraño ver al más fuerte de la humanidad evitar sus ojos.
—Porque sé lo que soy —responde, y su voz suena ronca, rota por algún lado, como si llevara años sin decir esas palabras en voz alta—. No soy… bueno, Eren. Las únicas veces que he estado con alguien, he sido yo quien lleva el control. El que castiga. El que… rompe. Y tú… —Niega con la cabeza, y hay algo de autodesprecio en el gesto—. No tienes ni puta idea de lo que pides.
Eren siente un escalofrío que le recorre la columna hasta la base del coxis. No es miedo. Es deseo. Es hambre.
—Entonces muéstramelo.
Levi lo fulmina con la mirada.
—No.
—Muéstrame lo que le haces a alguien que te ruega —insiste Eren, y su voz tiembla, pero no de miedo, sino de una excitación tan abrumadora que siente la piel arder, que siente cada vello de su cuerpo erizarse—. Quiero que dejes de tratarme como si fuera de cristal. ¿Crees que no puedo soportarlo? ¿Crees que no he soñado con esto todas las noches desde que te vi por primera vez?
—Eren…
—Dices que no soy bueno pidiendo lo que quiero —lo interrumpe Eren, y ahora se sienta del todo, enfrentándolo. Las sábanas caen, y no le importa. Su pecho sube y baja agitado, y puede sentir su propio corazón latiendo en la garganta—. Pues te lo pido ahora. Quiero todo. Quiero que me muerdas hasta sangrar. Quiero que me agarres tan fuerte que mis caderas se acuerden de tus dedos durante una semana. Quiero que me grites, que me rompas, que me hagas tuyo de todas las formas que sabes. Porque eres el más fuerte, ¿no? Pues dame esa fuerza. Todo lo que quieras darme. Porque yo puedo soportarlo. Yo quiero soportarlo.
Levi lo mira fijamente. Su mandíbula se tensa tanto que parece que va a astillarse. Su pecho ahora también sube y baja rápido. Demasiado rápido. Y en sus ojos hay una guerra civil: el hombre que quiere proteger contra la bestia que quiere poseer.
—Eres un maldito idiota —sisea, pero su voz se quiebra como un cristal viejo.
—Sí —sonríe Eren, y es una sonrisa temblorosa, húmeda, llena de deseo y de algo más profundo que el deseo—. Pero soy tu idiota. Y quiero que el más fuerte de la humanidad me muestre todo lo que puede hacerle a un monstruo como yo. ¿No quieres destruirme, capitán? ¿No te mueres por saber cómo sueno cuando te ruego?
Levi se abalanza sobre él.
Pero no para besarlo. Para embestirlo contra la cama, para inmovilizar sus muñecas sobre la almohada con una sola mano, para encajar su cadera entre las piernas de Eren con una violencia que hace crujir el colchón y las maderas de la cama. Su cara está a centímetros de la suya, y sus ojos ya no son humanos. Son los ojos de alguien que ha matado, que ha destrozado, que ha visto el infierno y ha decidido habitarlo.
—¿Por qué tienes que ser tan terco? —gruñe, y su voz es un rugido contenido, un terremoto a punto de estallar—. ¿Por qué no puedes simplemente… quedarte quieto y dejar que te cuide como mereces?
—Porque no quiero que me cuides —responde Eren, y sus ojos brillan con lágrimas que no caen, que arden en el borde de sus pestañas—. Quiero que me tengas. Quiero que me uses. Quiero sentir todo lo que has guardado. Todo lo que nadie más ha visto.
Levi suelta un sonido gutural, algo entre un gemido y un gruñido de animal acorralado, y aprieta las muñecas de Eren con más fuerza. Justo lo que Eren quería. La presión duele, los huesos crujen, y se siente tan bien.
—No soy bueno —repite Levi, pero ahora su frente toca la de Eren, sus narices se rozan, y su aliento es fuego puro—. No soy el hombre que crees. Cuando me dejo llevar… no hay vuelta atrás. He visto cómo se me quedan mirando después. Con miedo. Con asco.
—Yo no te temo —susurra Eren, y lo dice con una certeza tan absoluta que le rompe algo a Levi por dentro, algo que ni siquiera sabía que seguía intacto—. Te deseo. Y quiero que me des todo. Cada golpe que has contenido. Cada mordida que te has tragado. Cada grito que has silenciado. Dame todo, Levi. Porque yo puedo recibirlo. Yo quiero recibirlo. Siempre te he querido a ti. No a una versión suave. No a una versión controlada. A ti.
Levi cierra los ojos con fuerza. Todo su cuerpo tiembla. Es la primera vez en años que alguien lo mira así: no con miedo, no con ingenuidad, sino con una aceptación total de su monstruosidad, con devoción, con hambre devuelta. Y es aterrador. Y es liberador. Y es la droga más adictiva que ha probado nunca.
—Maldito mocoso terco —masculla, y cuando abre los ojos, las barreras han caído.
Entonces lo besa.
Pero no es como antes. Antes era un hombre conteniéndose. Esto es un hombre soltándose.
Hay dientes. Hay lengua y desesperación y un sabor metálico a sangre cuando Levi muerde su labio inferior con una ferocidad que rompe la piel. No suelta. Lo mantiene atrapado, succionando la herida, bebiendo el sabor de Eren como si fuera el primer trago de agua después de un siglo en el desierto. Eren gime, y ese gemido —agudo, roto, entregado— es todo lo que Levi necesita para perder el último hilo de control.
Las manos de Levi bajan, le agarran las caderas con una fuerza que hace que Eren jadee contra su boca, que arquee la espalda buscando más. Los dedos se clavan en la piel con una intensidad que sin duda dejará moretones. Diez marcas redondas que dirán Levi estuvo aquí. Y Eren sabe que mañana se mirará al espejo, las acariciará, y no activará su regeneración. Nunca. Quiere que duren. Las ha deseado durante tanto tiempo que le parece mentira estar viviendo esto.
—Así —jadea Eren, arqueando la espalda, ofreciéndose—. Así quería que me tocaras.
—Cállate —gruñe Levi, pero no es un insulto. Es una súplica. Es un hombre al borde del abismo.
Pero Eren lo empuja.
—Papi —susurra, y es tan bajo que casi no se oye sobre el latido de sus propios corazones—. Castígame.
Levi se queda helado. Sus ojos se abren de par en par, y en ellos hay algo primitivo, algo que Eren no ha visto nunca. Algo que lo enciende. La pupila de Levi se dilata hasta casi borrar el azul.
—¿Qué dijiste? —pregunta Levi, y su voz es peligrosamente calmada. Es la calma antes de la tormenta, el silencio antes del terremoto.
—Que quiero que me castigues —responde Eren, sosteniendo su mirada sin pestañear, con los ojos verdes brillando como esmeraldas —. Señor.
Esa palabra. Señor. Hecha de entrega y de sumisión voluntaria. Levi siente que algo se quiebra en su pecho, algo que ha estado sosteniendo con alambres durante meses. Años. Toda su vida.
—Vas a arrepentirte —advierte Levi, pero ya está bajando la cabeza hacia su cuello, ya está mordiendo donde late su pulso con una ferocidad que hace que Eren se retuerza de placer, que sus caderas se levanten buscando fricción—. Te lo juro, Eren. Vas a arrepentirte de haberme pedido esto.
—No —gime Eren, y sus manos se enredan en el cabello de Levi, tirando, guiando, pidiendo más—. Nunca.
Y Levi cae.
Porque, después de todo, el más fuerte de la humanidad siempre ha sido débil para una sola cosa: un par de ojos verdes que lo miran como si fuera el final del mundo y quisieran correr hacia él.
Después de hacer que Eren blanquee los ojos y moje su ropa interior con un beso—Dios, el líquido preseminal empapa la tela oscura, y Levi desea con cada fibra de su ser ver cuánto líquido puede llegar a salir de él, cuánto puede exprimirle—, Levi rompe la camisa de Eren con un solo tirón. Los botones vuelan por la habitación como pequeñas balas, y el sonido de la tela rasgándose es obsceno en el silencio de la noche.
Porque si Eren quiere todo de él, se lo va a mostrar. Sin contenerse. Sin ser el hombre civilizado que finge ser.
Con los pedazos rotos de la camisa —esa camisa blanca que ahora esta hecha jirones en sus manos— amarra las muñecas de Eren sobre su cabeza. Las ata al cabezal de la cama con nudos que Eren no podría deshacer ni aunque quisiera. Y luego lo voltea boca abajo, sin siquiera pestañear, con una facilidad que hace alarde de su fuerza. Sabe que a Eren le gusta. Sabe que cada muestra de poder lo empapa más.
—Papi te va a dar un castigo por ser un chico muy malo —dice Levi, y su voz es grave, ronca, apenas un susurro cargado de promesas.
Baja los pantalones de Eren con una brusquedad que rompe el botón y desgarra el cierre. La tela cede como si fuera papel. Y entonces puede ver esa espalda: morena, musculosa pero no abultada, libre de marcas y cicatrices —porque Eren borra todas—. Suave al tacto, pero no débil. Esa espalda que ha visto alzarse entre nucas humeantes, que ha visto cargar con el peso del mundo.
Eren no tiene los músculos tan gruesos como él. No es tan macizo, tan ancho de hombros. Es más delgado, más grácil, con un cuerpo casi femenino en sus curvas, en la cintura estrecha que se abre hacia unas caderas perfectas. Y Levi no puede evitarlo: besa su espalda. Suavemente al principio, como si pidiera perdón por lo que está a punto de hacer. Pero luego las mordidas se vuelven fuertes, desesperadas, rompiendo la piel, haciendo sangrar a Eren en pequeños puntos rojos que Levi lame con devoción.
Escucha gemidos. Gemidos hermosos, desgarrados, que salen de lo más profundo de Eren.
Y toca también con veneración, porque es hermoso. Todo en Eren es hermoso. Sus omóplatos que se mueven como alas bajo la piel. La curva de su columna. Esos hoyuelos en la parte baja de la espalda que Levi quiere lamer durante horas. Y se siente tan afortunado, tan indigno, de que este chico —tan guapo, tan vibrante, tan fuerte, tan joven— se haya fijado en él. En él, con sus cicatrices en el cuerpo, con su hosca personalidad, con su pasado de mierda.
Levi hace una promesa en silencio: le va a dar tanto placer que lo hará enloquecer. Va a grabar su nombre en cada centímetro de la piel de Eren. Va a hacer que nunca pueda olvidar esta noche.
Cuando finalmente baja del todo los pantalones y puede ver el culo de Eren —Dios, qué culo tan perfecto—, Levi se queda sin aire un segundo.
Color caramelo uniforme, como si tomara el sol desnudo porque no tiene diferente tonalidad. Redondo, firme, grande. Con esos hoyuelos en la espalda baja que forman un triángulo perfecto apuntando hacia abajo, hacia el lugar que Levi ya está imaginando.
Y Eren, al notar que Levi lo mira tan fijamente, decide arquear la espalda. Abre las piernas. Ofrece su culo como si fuera una perra en celo, como si no hubiera orgullo en su cuerpo, solo deseo y entrega.
Levi lo aprieta con fuerza con sus dos manos, los dedos hundiéndose en la carne, y después golpea. Fuerte. La mano queda marcada en la mejilla derecha: roja, inflamada, con la forma exacta de sus dedos. El culo rebota, una onda que sube por la espalda de Eren.
Eren grita.
No es un gemido. No es un quejido. Es un grito obsceno, lleno de desesperación y ruego, un sonido que sale de sus entrañas y llena la habitación. Fue un grito hermoso, y Levi nunca lo admitiría en voz alta, pero que Eren fuera tan gritón lo ponía más caliente que cualquier otra cosa.
Y entonces puede evidenciarlo. Lo mucho que le gustó a Eren el golpe. Porque en esa posición, con las piernas abiertas y el culo en alto, Levi puede ver finalmente lo mojado que está su miembro. Hay un hilo de líquido preseminal que baja desde la punta, y cae hasta las sábanas formando un pequeño charco brillante.
Por primera vez en su vida, Levi piensa que podría convivir con ese tipo de suciedad. Si es de Eren. Solo si es de Eren.
—Como has sido un chico tan malo —dice Levi, y su voz tiembla de deseo —, creo que tendrás que recibir quince azotes. ¿Entendiste?
Dios. No podía esperar a ver cuánto semen podría sacar de Eren. Cuánto podía hacerlo correrse solo con dolor y autoridad.
Eren solo asiente. La cabeza hundida en la almohada, las manos todavía atadas al cabezal, el cuerpo vibrando de anticipación.
Levi golpea de nuevo. Más fuerte.
—En voz alta —ordena.
—¡Sí, papá! —grita Eren, y el título resuena en la habitación como un disparo.
Levi siente un escalofrío. Debería revisarse la cabeza. No es normal que ese título lo excite tanto. No es normal que se le ponga tan dura solo de oírlo.
—Cuéntalos —dice Levi, la voz ronca, apenas controlada—. Y si te equivocas, empezamos de nuevo.
Golpea con fuerza. La mano impacta contra el culo de Eren con un sonido húmedo, obsceno, que se mezcla con el gemido de Eren.
—¡Unooo! —Eren lo grita en un gemido alargado, casi cantando, llevando la *o* arrastrada hasta que se convierte en un sollozo.
Levi puede ver su cara de lado: las mejillas encendidas, los ojos en blanco, las lágrimas de excitación deslizándose por sus sienes. El cuerpo de Eren vuelve a temblar, como si convulsionara, como si cada golpe enviara electricidad por todo su sistema nervioso.
Con cada golpe, Levi aumenta la fuerza. Midiendo. Siempre midiendo las reacciones de Eren. Viendo su cuerpo temblar, escuchando sus gritos y súplicas: «Más fuerte», «Por favor más, señor», «Merezco el castigo, papi». Cada palabra es una caricia en el ego oscuro de Levi.
Decir que está asombrado por la cantidad de líquido preseminal que no deja de salir del pene de Eren es quedarse corto. Con cada golpe, el líquido se esparce más. Parece que bajaran pequeños riachuelos por sus piernas, por la parte interna de sus muslos. Las sábanas están empapadas. Desde donde está arrodillado, Levi siente la humedad en sus propias rodillas. Joder. Sus sábanas están arruinadas.
—¡Quince! —Eren grita el último número con la voz rota.
Y entonces ocurre.
Con el último golpe, Levi puede ver por fin cómo Eren eyacula.
Pensó que no sería mucho, por la cantidad de líquido preseminal que había visto salir de él. Pero cuando Eren grita —un sonido que no es humano—, de su cuerpo tembloroso sale un vapor caliente. Y Levi lo siente. Esa electricidad que conoce bien. Esos pequeños rayos que recorren la piel de Eren antes de la transformación en titán. La misma estática. La misma promesa de destrucción. La misma energía cruda que hace que los pelos de Levi se ericen.
Y entonces aparece el líquido blanco.
Empieza a salir de Eren en chorros. Uno. Dos. Tres. Cada contracción de su cuerpo expulsa más semen, espeso, caliente, que cae sobre las sábanas ya empapadas y forma un charco espeso bajo su pene.
Eren se desploma. Cae sobre esa suciedad que él mismo ha creado, su cuerpo hundido en el charco de su propio semen, y ni siquiera parece importarle.
Jadea como si se hubiera transformado en titán veinte veces seguidas. Su cuerpo está bañado en sudor, cada poro abierto, la piel brillante y pegajosa. Tiembla como un maldito terremoto, haciendo vibrar la cama no solo por su temblor muscular sino por esa electricidad que todavía recorre su cuerpo. El vapor sale de él en oleadas, como si fuera un maldito sauna. Quema. El calor que desprende Eren es tan intenso que Levi siente que su propia piel se sonroja.
Y para rematar: su culo rojo, inflamado, marcado con las huellas exactas de la mano de Levi. Sangrando un poco por los golpes más fuertes.
Levi no puede evitar pensar que está viendo la imagen más obscena y caliente de su vida. Algo que grabará en su memoria para siempre.
—Oye, mocoso —dice, y su voz sale más suave de lo que pretendía—. ¿Estás bien?
Dios. No sabía cómo iba a sobrevivir a esto. Los pensamientos intrusivos no dejaban de atacarlo: qué tan caliente estaría Eren por dentro, cómo se sentiría ese calor alrededor de su pene, cuánto podría hacerlo correrse. Cuántas veces.
Eren prácticamente quema su mano cuando Levi lo toca con suavidad en la espalda, en el culo, en los muslos temblorosos. Le da besos suaves, casi pidiendo perdón por haberlo sometido a ese estado, por haberlo llevado al borde del desmayo solo con sus manos y su voz.
—Nunca he estado mejor —responde Eren.
Y cuando voltea la cabeza para mirarlo —con esa sonrisa, con esos ojos apagados por el cansancio pero felices, brillantes, llenos de una devoción que a Levi le parte el alma—, Levi sabe que nunca podrá volver a ver a alguien igual. Nunca. Eren ha marcado algo en él que ningún otro ser humano podrá alcanzar.
Vuelve a besar a Eren. Con suavidad. Tocando y venerando cada parte de su hermoso cuerpo. Los omóplatos, la columna, los hoyuelos, el borde de la cadera. Cada centímetro de piel es un altar.
Y entonces Eren empieza a gemir de nuevo.
Levi siente su erección —otra vez dura, ya dura, ¿cómo es posible?— chocando contra la suya. Y tiene un pensamiento un poco preocupante: ¿cuántas erecciones podría tener Eren antes de agotarse? ¿Cuántas veces podría correrse? ¿Cuánto tardaría su pene en no poder levantarse más?
—Quiero más —susurra Eren. Y ya parece como nuevo. Recuperado. Pero sigue teniendo esa mirada en los ojos. Esa felicidad de animal satisfecho que pide otra ración.
La noche se llena de gemidos, de mordidas, de susurros roncos que piden «otra vez, señor» y «más, papi, más fuerte, capitán, más». Las sábanas estaban completamente empapadas. El colchón está arruinado.
Y cuando finalmente Eren no puede más —cuando su cuerpo es un mapa de marcas, de mordidas, de sangre seca y semen; cuando su voz está rota de tanto gritar, de tanto rogar, de tanto decir por favor—, Levi lo sostiene contra su pecho. Sus manos ahora son suaves. Casi tiernas. Acarician su cabello enredado, su nuca sudorosa.
—Idiota —murmura Levi contra su cabello, y su voz es un susurro roto—. Vas a ser mi muerte.
—Lo sé —sonríe Eren, agotado, feliz, temblando todavía—. Pero qué forma de morir, ¿no?
Y en la penumbra, Levi ríe por primera vez en mucho tiempo. Es una risa ronca, oscura, humana. Y Eren piensa que no hay sonido más hermoso en todo el mundo.
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Les dije que abusaría de los poderes de regeneración de Eren, no? jajajajaja soy culpable de todos los cargos, espero les agrade.
Por favor dejen un Kudo!
