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PRÓLOGO
Me revolví inquieta sobre el desgastado colchón. Primero una vuelta. Después otra. Encogí el cuerpo bajo el edredón. Me era imposible entrar en calor. Sentía la punta de la nariz totalmente necrosada. ¿Cuál había sido mi última noche durmiendo de continuo?. Ya no lo recordaba…
Me incorporé sobre los codos contemplando el pequeño termostato de la pared, iluminado por una tenue luz parpadeante. Aquel maldito cacharro volvía a estar estropeado. No era capaz de enviar la señal correcta hacia la caldera instalada en la cocina. Solté un resoplido. Aun así tampoco me podía permitir mantener la calefacción encendida varias horas. A duras penas me podía permitir disfrutar de una comida caliente.
- Se te va a secar la leche – dijo la funcionaria entregándome la bolsa de deporte con mis escasas pertenencias – si no te alimentas bien el niño se te va a quedar canijo.
Firmé mis papeles. Hacia la libertad. Hacia la incertidumbre. Irónicamente durante mi breve estancia en la prisión de Oregón disponía de un techo bajo el que cobijarme. Gratis. Y también tres platos al día.
Ahora me veía obligada a coger aire, arrastrando los pies durante varios tramos de escaleras angostas con el bebé acurrucado contra mi pecho en la mochila de porteo. Un quinto piso sin ascensor, ubicado en la villa de Plainfield, el único lugar donde pude alquilar un apartamento sin ser sometida a un incómodo interrogatorio por parte del casero. Trescientos dólares en mano el primer día de cada mes. A él le daba igual como me ganase la vida, con la condición de no retrasarme con los pagos. Leila Reyes, así me conocían mis vecinos de rellano. Un matrimonio de mediana edad que de vez en cuando se acercaban hasta mi puerta para obsequiarme con una cazuela de estofado recién hecho.
Al final había optado por escoger el apellido de mi madre. No me apetecía que nadie averiguase mi pasado. No quería tener que dar demasiadas explicaciones.
- Ten cuidado con el inquilino del primer piso. Un ruso muy alto de cabeza rapada – me advirtió la señora Roberts en un susurro – no parece muy de fiar. Los rumores de escalera dicen que mató a otro hombre en un ajuste de cuentas. Apenas cumplió cinco años de cárcel.
Tragué saliva. Si ella supiera…
- Este es un barrio muy tranquilo… de gente humilde, pero trabajadora. Aunque de vez en cuando ciertos extranjeros indeseables aparecen de la nada. Desconfía… una chica joven y guapa como tú… sola…
No le hizo falta terminar la frase.
Asentí, agradeciendo en silencio sus oportunas recomendaciones. Lo cierto es que no me había dado cuenta. Vivía acelerada… vivía cansada… cada minuto era una fotocopia del anterior. Penurias, y más penurias.
Las viejas ventanas crujieron bajo el aullido del viento. El gélido frío de Illinois se colaba por las rendijas.
Me ajusté el gorro de lana sobre las orejas levantándome de la cama. Me parecía increíble verme obligada a dormir con bufanda como si estuviese a la intemperie. Un llanto agudo justo a mi lado me hizo sobresaltarme. Me incliné sobre la destartalada cuna de segunda mano sintiendo una desazón en el pecho difícil de describir.
- Shhhhh… no llores cariño…
Arrullé el pequeño cuerpo de mi bebé mientras intentaba calmarlo. Parecía estar bastante incómodo envuelto en aquel buzo forrado de pelo sintético. Pero no tenía otra opción. Hacía tantísimo frío en el cuarto que me era imposible mantener su delicada temperatura corporal con otro tipo de prenda.
Me senté en la cama con él en brazos, bajándole la capucha. Parecía tener hambre. Se enganchó al pezón con una rapidez pasmosa en cuanto me subí el jersey. Sentí un ligero tirón. Siempre me dolía un poco al principio, aun no conseguía acostumbrarme…
Acaricié aquella suave cabecita cubierta por una mata de pelo oscuro. Sonreí con desánimo. A mi parecer, el bebé estaba demasiado delgado. El pediatra me había tranquilizado diciendo que no me preocupara. Que era un niño sano con mucha vitalidad. No pude contradecirle. Mis noches solían ser horrorosas. Charlie era una criatura nocturna. Siempre parecía activarse al caer el sol.
Dos meses de puro agotamiento, tanto físico como mental.
- Eres… mi razón de vivir, cielo…
Le besé la frente con suavidad. Por suerte para mí había vuelto a dormirse casi sin esfuerzo. Esta vez le arropé entre las sábanas de mi cama, sin cubrirle demasiado. Me daba pánico la posibilidad de la muerte súbita. A cada rato me inclinaba sobre él para confirmar que siguiese respirando.
Un incómodo rugido me sacudió el estómago. Abrí la nevera, deprimente, para variar, y me senté en la mesa de la cocina, un espacio diminuto separado del salón por una puerta corredera. Saboreé el yogurt de fresa con avidez. Podría haberlo dejado a la intemperie y aun así, se mantendría la cadena del frío. Todavía tenía hambre. Cogí una lata de mejillones en escabeche y la vacié en un cuenco.
Me fijé en el periódico que había sobre la mesa. Varias líneas tachadas con rotulador negro me impedían avanzar en la vida.
“No tienes experiencia laboral”, “¿tienes con quién dejar al niño?”, “necesitamos una carta de recomendación…”
Una y otra vez. Día tras día…
El escaso dinero de mi cuenta se iba vaciando poco a poco. Mi hijo demandaba ropa, vacunas, pañales…
Me metí el tenedor en la boca. Una fuerte nausea me atenazaba la garganta comenzando a ver varias manchas difuminadas. Aparté el cuenco incapaz de seguir masticando. El fuerte llanto del bebé volvió a resurgir esta vez con más fuerza. Solté una maldición pasándome el dorso de la mano por las mejillas, ahora cubiertas de lágrimas.
Entré en la habitación abrochándome la amplia chaqueta hasta arriba. Las formas redondeadas del embarazo habían desaparecido por completo.
El pequeño se retorcía sobre el colchón con la cara roja.
Intenté serenarme. No era capaz de razonar con claridad. Otra vez aquellos fatídicos pensamientos atravesándome el cerebro. Sentí rabia. Sentí una ira incontrolable calentándome la sangre. Ya no podía más. Eché la vista atrás… hacia la ventana. Un quinto piso. Una caída mortal. Después… la paz más absoluta…
No sería la primera vez. Anteriormente… en Fox River… pero la salvación llegó sin previo aviso…
Me tapé los oídos.
Más llantos. Más ruido…
Puse la mano sobre la boca del bebé. Con fuerza. Solo quería que se callase. No quería seguir escuchando ese lloriqueo angustioso taladrándome la cabeza. Apreté los dientes. El niño seguía berreando agitando las piernas. Quizá eran cólicos. No lo sé. Me daba igual. Saldría por la puerta y no volvería jamás.
Vacía. Rota…
Parpadeé varias veces intentando conectar mi mente con la realidad. Había estado a punto de… hacerle daño a mi propio hijo…
No quise ni pensarlo. Sentí un fuerte ardor como la bilis recorriéndome el esófago.
Me separé del colchón y me encerré en el baño con el corazón latiendo frenético en mi pecho. Apoyé las manos en el lavabo y un escalofrío me recorrió la columna. La imagen que me devolvía el espejo era totalmente espantosa. Pálida, demacrada… con unas marcadas bolsas oscuras bajo los ojos. Mi cabello despeinado recogido de cualquier manera en un moño improvisado. Juré ver incluso algunas hebras más claras salpicando mis sienes.
Bebí varios sorbos de agua del grifo evitando volver a encontrarme con mi reflejo.
Salí del baño. El bebé gimoteaba ahora más quedamente. Lo cogí en brazos con el cuerpo aun destemplado por los espasmos sintiéndome la peor de las madres.
- Lo siento Carlitos. Siento mucho esta vida miserable que te estoy haciendo soportar…
Acomodé su cabecita en el hueco de mi clavícula y le acuné de un lado a otro. Aspiré su olor. Sentí su delicada piel… mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas mientras tarareaba frases repetitivas e incoherentes. Mis palabras consiguieron calmarle. A él… y quizá también a mí.
Intenté dejar la mente en blanco durante unos segundos.
“No quiero seguir así… siento que voy a enloquecer de un momento a otro…”
Desde luego no me hacía falta que un psicólogo me diagnosticase lo que yo ya sabía. La depresión postparto podía ser muy peligrosa si se prolongaba en el tiempo. Necesitaba apaciguar mi alma. Sanar mis heridas. Necesitaba palabras de aliento en este momento tan difícil para mí.
Aunque quizá me estaba equivocando. A lo mejor estaba a punto de cometer el error más desastroso de mi vida. El error que me empujaría hacia el abismo más profundo.
- Cariño… vamos a ver a papá…
