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Claire casi nunca enfermaba, pero cuando enfermaba, siempre era de una forma grave. Muchas veces Chris dijo que Claire siempre hacía las cosas a lo grande, sin medias tintas: que la expulsaban del colegio, era durante un mes en vez de una semana, que rompía una ventana, la rompía del todo, que se chocaba con su moto, quedaba totalmente inutilizada. No era de extrañar que, cuando aquella mañana comenzó a encontrarse mal, no pudiera ni levantarse de la cama ni articular palabras alguna.
Le dolía la cabeza, la garganta y notaba su cuerpo arder. Los ojos le lloraban y notaba que le costaba respirar. Hizo memoria de la última vez que enfermó… Sí, fue cuando sus padres murieron y ella estaba en casa de sus abuelos. Estaba sola en la cama y sus abuelos se habían ido con Chris a llevarlo al instituto. Como Claire se había quedado dormida, la dejaron sola, pero nunca pensaron que se despertaría tan pronto.
La niña comenzó a llamar entre sollozos a sus padres, presa seguramente de algún delirio que la engañaba, haciéndola creer que ellos seguían vivos. Cuando se dió cuenta de la realidad y de dónde estaba (no era su casa), comenzó a llorar más fuerte y a intentar llamar a su hermanito, pero tampoco estaba en la casa.
No podía moverse, no podía gritar. Le dolía todo el cuerpo, tenía muchos mocos y tenía muchísimo calor.
Tenía mucho miedo.
¿Es que no había nadie allí? ¿Es que la habían olvidado? ¿Dónde estaban sus abuelitos? ¿No iban a cuidar de ellos?
—Por favor… No quiero estar sola…
Ante esta suplica, notó cómo una enorme mano se posaba sobre su frente.
Claire dio un respingo en la cama y la mano se apartó rápidamente.
«No, no. No te vayas, por favor.»
Cuando se habituó a la oscuridad de su habitación, vislumbró dos ojos rojos con la pupila rasgada, mirándola fijamente.
La joven nunca se asustaba tan fácilmente, pero dio gracias de no poder moverse de la cama o su compañero podría haber sufrido algún ataque con un zapato o con la lámpara de noche.
—¿Albert? —consiguió articular a pesar de la sequedad que sentía en la garganta.
No dijo nada. Seguramente habrá asentido. Oyó que anotaba algo en una hoja.
—Por fin despiertas, Redfield. 2 días enteros en cama.
No esperaba oír su tono de voz tan contento, aunque notó cierto matiz al principio… ¿Preocupación? Vamos, tenía mucha fiebre, pero ni con esas se creería que Wesker estaba preocupado por ella.
Poco a poco, empezó a ver su silueta. Estaba encorvado, apuntando varias cosas en una libreta que llevaba. El hombre alzó la vista de pronto, encontrándose con los ojos azules de la joven.
—La temperatura.
—¿Perdón?
—Apunto la temperatura que has tenido cada hora —abanicó el cuaderno—. Para evitar desgracias.
—¿Desgracias? Solo es un pequeño catarro…
—Corrijo: es una nasofaringitis aguda.
Dios, eso sonaba muy grave. La última vez fue una gripe grave con la que casi termina en el hospital.
—Comúnmente conocida como gripe.
No sabía si había sido un intento de chiste para que se riera, pero ojalá no lo volviera a hacer. Por favor y gracias.
Volvió a mirar el cuaderno que tenía en la mano y recordó que tenía registrada ahí su temperatura de dos días y actualizada cada hora… ¿Es quiere decir que la había estado cuidando todo ese tiempo?
—¿Has estado aquí desde que enfermé?
Wesker se movió un poco de su sitio y pareció dudar un poco sobre qué decir. ¡Que pena no poder verle mejor la cara ahora que parecía dudar tanto en decir que había hecho algo bien por primera vez!
—Sé que he roto el contrato, pero… Era una emergencia.
Oh, el dichoso contrato. Aparte del formal, cuando vino a vivir con ella, crearon un contrato aparte para la convivencia en el apartamento. El primer punto era respetar la habitación del otro y no entrar bajo ninguna circunstancia sin permiso.
Wesker había quebrantado aquella norma para poder ayudarla…
Claire sonrió y alargó el brazo, acariciándole la barbilla. Notó lo tenso que se ponía bajo su roce y cómo sus ojos se volvían más brillantes.
—Los has hecho muy bien, Albert.
La respiración del BOW se cortó durante unos segundos. Seguramente, era la primera vez que alguien le daba la enhorabuena de corazón…
Claire sentía mucha lástima por eso.
Gracias a su enfermedad, había comprendido que Wesker, si no llegan a convertirlo en lo que era, hubiera sido un hombre francamente bueno.
—Tenía que hacerlo —contestó sin separarse del roce la joven—. Si mueres, me encerrarán de nuevo. No puedo permitir eso.
Qué guapo estaba cuando se callaba. ¿Cómo había podido olvidarse de la personalidad ególatra de aquel hombre? Estaba claro que todavía le quedaba mucho por aprender.
Claire bajó la mano y suspiró.
—Dentro de poco tendrás que afeitarte —comentó mientras se dormía.
No oyó la contestación de Wesker ni cuándo se marchó, pero cuando se despertó de nuevo, vio un caldo caliente en su mesita de noche junto a unos antigripales.
Días más tarde y tras interrogar al hombre para saber si había salido sin vigilancia del piso para ir a la farmacia (algo que negó varias veces rotundamente), fue Rebecca quién le dio la respuesta: la había llamado el primer día diciendo que estaba enferma y que sí podía llevarle unos antigripales ya que él no podía salir sin vigilancia.
—Y Claire… Tuvo que ser muy grave lo tuyo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque se le notaba muy preocupado.
Lo sabía. No se había imaginado su tono preocupado en la voz. De verdad que lo estaba.
Albert Wesker de verdad estuvo preocupado por Claire Redfield.
¿La razón? Qué más daba. Lo que tenía claro es que el BOW se había ganado esa noche cenar un trozo de su tarta favorita.
—¿Qué celebramos? —preguntó mirando sospechosamente la tarta en la mesa.
Claire sonrió.
—Que aún eres humano.
