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Summary:

Nakamura Okuto es un científico reconocido por encontrar la cura para la infertilidad de los Omegas. Es una lástima que esa cura se extrajera de una criatura extraña, la buena noticia es que ahora es el rostro del proyecto "Renaissance", aunque eso solo lo atormenta noche a noche.
Aiki Hirose es la estrella pop más importante de la década. Odia el sistema, odia las galas, pero en especial odia a los Alfas, aunque todo cambia cuando en una gala parece haber encontrado un aroma un tanto... particular.
El problema es que Nakamura no puede permitirse amar a nadie, no cuando su conciencia está manchada con la sangre de lo sagrado, no cuando el gobierno tiene sus manos alrededor de su cuello. Y ciertamente no cuando el vínculo que los une podría ser la chispa que lo haga tener una debilidad.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: take me into your deep

Chapter Text

«L'homme qui a une âme n'obéit qu'à l'univers.» | Nakamura Okuto.

  ¿Podría un bello orden existencial sobreponerse a una de las imágenes más aberrantes que el ser humano puede encontrar en este mundo? ¿Existe acaso una armonía cósmica capaz de absorber y perdonar la monstruosidad de la razón cuando esta se desborda sobre los indefensos? ¿O es que el orden del universo es, en sí mismo, una maquinaria indiferente que observa con pasividad el despiece de lo sagrado bajo el ojo de la ciencia?

  En noches como estas, cuando la Madre Luna alcanzaba su punto más alto de esplendor y su luz ilumina tanto la penumbra como el destino de aquellos que se sacrifican por amor, esos que solo siguen los ideales ambiguos los que les impiden pensar con claridad al ver a su destinado en peligro, guiando hacia su final a quienes, valga la redundancia, siempre estuvieron destinados a él.

  Nakamura Okuto observaba a través del cristal reforzado del laboratorio subterráneo, no podía apartar la mirada, no podía dejar de mirar los ojos verdosos de esa criatura, aunque sus entrañas se retorcieran en unas náuseas que le corrompían el alma, aunque bien lo sabia, sus feromonas estaban a tope y el olor ácido del disgusto y el asco por si mismo, inundaba toda la habitación, no era capaz de ocultarlo pero era hipócrita de su parte sentir eso, cerro fuertemente los ojos al escuchar un chillido de dolor del otro lado del cristal.

  Lo que él consideraba un regalo sagrado del universo, una manifestación sublime e incomprensible de la vida silvestre, estaba siendo viviseccionado por un grupo de científicos que, desprovistos de cualquier vestigio de piedad o asombro, le arrancaban partes del cuerpo de manera sistemática. Los bisturís cortaban la carne solo para encontrarse con un hecho insólito y divino: una sola gota de la sangre de aquella criatura cautiva poseía la virtud de eliminar cualquier rastro de la "emergencia nacional" que por ahora la sociedad atravesaba.

    " — En el entramado genético de los jóvenes Omegas modernos, el colapso de la fertilidad es una respuesta evolutiva y psicológica al hacinamiento urbano y a la desnaturalización del lazo con su lobo. Las células germinales y las glándulas de feromonas de los Omegas se niegan a madurar, encapsulándose gracias a una consecuencia inducida por el estrés del sistema.—  unos cuantos días antes, Nakamura estaba exponiendo frente al auditorio una universidad. Las caras de los alumnos estaban inmersas en la información que Nakamura les estaba brindando pues todos estaban lo suficientemente interesados en esta nueva mutación que afectaba tanto a Omegas como a Alfas que querían formar una familia."

  Nakamura sabía que era un cambio a nivel celular, sin embargo, la sangre de la criatura con la que habían experimentado contenía un agente bioquímico único, un vector hormonal libre de las mutaciones de la civilización que al ser sintetizada e inoculada en un organismo Omega, esta sangre actuaba como un catalizador que despertaba los receptores celulares durmientes, forzaba la reconfiguración del sistema endocrino y obligaba al cuerpo a recordar su función principal. La sangre de la criatura era, literalmente, la restauración forzada de la naturaleza sobre la carne marchita. Un milagro extraído mediante el suplicio y, sobre todo, aquello que el gobierno combatía con tanta propaganda no era otra cosa que la mayor amenaza para la supervivencia de la especie: la infertilidad en los jóvenes Omegas, una crisis de reproducción que amenazaba con colapsar los cimientos mismos de la estructura social y económica vigente, privando a las fábricas de futuros trabajadores y a los ejércitos de futuros soldados.

  —Debería estar feliz, joven Nakamura —pronunció el general Mochizuki, haciendo una mueca de desagrado al sentir el fuerte olor a "podrido" salir del cuerpo de Nakamura, mientras encendía un cigarrillo cuyo humo denso empañaba el cristal—. No hay razón para estar de tal humor cuando ha hecho usted el descubrimiento del siglo. Su nombre aparecerá en todas las revistas científicas, su prestigio quedará inmortalizado en los anales de la medicina moderna y, en unos meses, presentaremos el tratamiento definitivo en un evento de gala y la historia recordará su ingenio como el faro que salvó a nuestra especie de la extinción.

  Nakamura tragó saliva, sintiendo que sus cuerdas vocales estaban hechas de arena, aplastado por el peso de una verdad que no podía gritar porque efectivamente, esto era su culpa, podía sentir algo arañando y lastimando su interior, algo que sabia, no podía dejar que lo controlara.

  —Gracias, general Mochizuki —respondió en un hilo de voz, manteniendo la vista fija en el cristal, donde los reflejos de las luces fluorescentes desdibujaban su propio rostro, superponiéndolo macabramente sobre el cuerpo inerte de la criatura torturada—. Es un honor servir al progreso de la nación.

  Aquel descubrimiento... Ese maldito descubrimiento.

  ¿Cómo justificar el horror en nombre del progreso? En su mente, se repetían las advertencias sobre cómo las estructuras de poder aíslan, encierran y etiquetan como "lo anormal", "lo demente" o "lo monstruoso" a todo aquello que escapa a sus reglas rígidas de orden. Esto se hace para dominarlo, despojarlo de su soberanía y extraer de él un conocimiento que el Gobierno pueda usar a su antojo, viéndolo de esa forma, aquella criatura en la mesa de operaciones era tratado como el cuerpo exiliado de toda categoría de derechos, recluido en el nuevo espacio de encierro que era el laboratorio.

  Por ahora, no entendía como había llegado a este punto en donde la culpa era una sombra terrible que lo devoraba desde el pecho; se sentía como un habitante del subsuelo que por accidente hubiera salido al mundo exterior, contemplado la luz del sol de frente y los secretos de la existencia en el cuerpo de esa criatura, pero que ahora se veía obligado a regresar a la oscuridad de las celdas, encadenado por el miedo, sabiendo que romper el silencio equivalía a firmar su sentencia de muerte. Toda esa gente poderosa lo trituraría sin piedad en un solo parpadeo si se atrevía a revelar la terrible procedencia de la cura, pues la verdad y los secretos del gobierno se defendían con ejecuciones en los sótanos mas profundos del ministerio.


  No habían pasado más de cinco meses desde aquella noche, cuando Nakamura fue convocado oficialmente por el gobierno para la gran presentación del proyecto, bautizado cínicamente como "Renaissance". El evento era exclusivo para Alfas magnates, terratenientes, directores de corporaciones farmacéuticas y figuras Betas y Omegas de alta influencia política, militar y de la farándula, principalmente quienes intensificarían la propaganda. La alta alcurnia de la sociedad, la clase dominante que controlaba las industrias y que ahora, gracias a su investigación, controlaría también los procesos de la reproducción. Era la élite dispuesta a comprar a precios astronómicos el derecho a la continuidad de su linaje, la salvación de sus propios herederos Alfas sangre pura y Omegas, mucho antes de que la clase baja pudiera siquiera soñar con acceder a una sola dosis del tratamiento.

  Nakamura caminaba por el gran salón del Palacio de Convenciones del Gobierno, rodeado por el tintineo insoportable de las copas de cristal y el murmullo hipócrita de las risas ensayadas. Las paredes estaban decoradas con tapices de oro y las luces de las arañas de cristal cortaban el aire con una opulencia que le revolvía el estómago. 

  —¡Ah, pero si es el hombre del momento! ¡El hombre que trajo el fuego de la fertilidad a nuestra era!

  La voz estridente interrumpió sus pensamientos. Se trataba del barón Von Schill, un Alfa de sangre pura de avanzada edad, cuya familia había cimentado su fortuna en las minas de carbón del siglo pasado y que ahora dominaba el sector del transporte pesado. El hombre apestaba a un perfume importado de sándalo y a un aroma territorial denso incluso si estaba usando por supresores de alta gama. A su lado, su joven pareja, un Omega, lucía joyas que equivalían al salario de diez años de una persona.

  —Buenas noches, barón —respondió Nakamura, forzando una sonrisa cortés que sintió como una máscara que se agrietaba cada vez mas y mas.

  —Dígame, doctor Nakamura —dijo el barón, dándole un sorbo a su copa de champán mientras clavaba sus ojos amarillentos en el joven científico—. Es verdad lo que murmuran los pasillos del ministerio, ¿cierto? Se dice que el suero revierte la atrofia reproductiva en los Omegas y que restablece la fuerza original del lazo. Mi hijo mayor ha tenido problemas para concebir con su Omega debido a esta... fastidiosa epidemia de debilidad física que azota a la juventud. Dígame que sus laboratorios ya tienen la capacidad de distribución para los contratos privados. El dinero, como comprenderá, no es un obstáculo para las familias que sostenemos las finanzas de esta nación.

  Nakamura apretó el tallo de su propia copa con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Odiaba a toda esta gente que solo veía a los Omegas como incubadoras que traerían al mundo a sus próximos herederos.

  —El tratamiento es altamente efectivo, barón —explicó Nakamura—. Actúa directamente sobre los receptores del organismo, revirtiendo el colapso, sin embargo, la preparación del compuesto es extremadamente compleja. Requiere un elemento biológico único del que se nos tiene prohibido hablar. Una fuente que debe ser procesada con un cuidado minucioso para no destruir sus propiedades, la producción, por lo tanto, está estrictamente limitada por la disponibilidad de esa materia prima.

  El barón Von Schill soltó una carcajada ronca, palmeando la espalda de Nakamura con una familiaridad condescendiente que lo hizo estremecer.

  —¡Materia prima! Me encanta cómo hablan los científicos. No se preocupe por las limitaciones, mi querido doctor. Si el gobierno necesita más de ese recurso, se conseguirá. Lo importante es que las primeras dosis se queden en los círculos correctos. No querríamos que una tecnología tan refinada se desperdicie en los distritos marginales, donde la gente apenas tiene recursos para sostenerse, ¿no es así?

  El Omega que acompañaba al barón asintió con una sonrisa lánguida, ajustándose un collar de diamantes.

  —Por supuesto, querido. Sería un desperdicio absoluto —intervino el joven Omega, cuya voz suave ocultaba una crueldad pasiva—. El doctor Nakamura ha trabajado para proteger la excelencia de quienes lideran la sociedad, no para regalarle la vida a quienes no pueden pagarla.

  Nakamura sintió que el aire del salón se volvía denso y asfixiante. Miró al joven Omega y vio en él a un ser completamente moldeado por los valores de la clase que lo poseía, prueba definitiva de que algunos nacen con oro en el alma y otros con hierro.

  —Si me disculpan —dijo Nakamura, haciendo una breve reverencia, no podía soportar a esta gente ni un minuto más—, los evaluadores del comité médico me están buscando para la presentación oficial del protocolo. Disfruten de la velada.

  El trayecto hacia la salida del salón se convirtió en un calvario de estímulos que su propio organismo empezaba a rechazar con violencia ya que en medio del oleaje de perfumes sintéticos, risas y los densos aromas territoriales de los Alfas burgueses que inflaban sus pechos con soberbia, algo en el trasfondo de todo su ser comenzó a agitarse, esa parte animal dio un vuelco repentino; su lobo que usualmente era silencioso por los supresores, comenzó a arañar las paredes con desesperación, tensando sus músculos y acelerando los latidos de su corazón sin una causa lógica aparente. Una nota sutil, una corriente de feromonas de una dulzura punzante y abrumadora, cortó el aire saturado del palacio, filtrándose por sus fosas nasales como un imán invisible que tiraba de su espina dorsal. Era un aroma que evocaba la naturaleza virgen, la tierra mojada bajo la luna y una pureza que no pertenecía a ese entorno, ¿Quien podría ser? ¿Quien, en ese mundo en donde todo estaba prefabricado, aun mostraría su más natural olor? Era un deleite para su olfato, necesitaba más.

  «Más, quiero más»

  Apoyó las manos en la fría piedra de la barandilla, respirando el aire gélido de la noche en un intento desesperado por enfriar la extraña fiebre que comenzaba a subir por su cuello, ignorando deliberadamente cómo su lobo aullaba en el silencio de su mente, exigiéndole que girara la cabeza, que regresara al salón, que buscara la fuente de esa dulzura que seguía impregnada en la punta de su lengua. Sin embargo, ¿Qué derecho tenía él a reclamar un lazo sagrado, a buscar la plenitud del amor destinado, cuando venía de firmar la comercialización de la vida y el encierro de lo sublime?

  —Es una vista hermosa, ¿verdad? Aunque un poco triste para alguien que acaba de resolver el problema más grande de nuestra era.

  Nakamura se sobresaltó, ignorando la voz que rasgaba su interior, y giró la cabeza y vio que oculta en las sombras del balcón, sosteniendo una copa de vino tinto, se encontraba la doctora Elena, una neurobióloga de gran prestigio que trabajaba en el sector de desarrollo farmacéutico de la administración central. Era una mujer Beta, de mirada atenta y expresión seria, una de las pocas personas en el complejo de investigación con la capacidad de entender el fondo de los análisis de Nakamura, aunque siempre se había mantenido al margen de las disputas visibles del laboratorio.

  —Doctora Elena—dijo Nakamura, tratando de recuperar la calma—. No la vi salir.

  Elena se acercó a la barandilla, permitiendo que el viento de la noche moviera su cabello. Miró los edificios iluminados y luego se volvió hacia él, fijando su atención en el rostro cansado del joven científico.

  —Te he estado observando en medio de los invitados. Parecías un prisionero marchando hacia el castigo y no el salvador de la población. ¿Qué ocurre? ¿El peso de haber entregado esa tecnología es demasiado grande para alguien que viene de abajo?

  Nakamura soltó una exhalación cansada, mirando el fondo de su copa.

  —Venir de abajo es una condición que el general Mochizuki prefiere olvidar cuando revisa los contratos de financiación, Elena. Hablar de distinciones sociales en esta fiesta puede ser visto como una falta de lealtad al…

  —Por favor, Nakamura, somos personas de ciencia, sabemos cómo funciona esto—respondió ella en un susurro que se perdía con el viento—. Ambos sabemos de dónde procede ese compuesto, sé que el informe oficial que enviaste al ministerio borró cualquier rastro de la naturaleza consciente de la fuente.

  El corazón de Nakamura latió con fuerza. El temor se extendió por su nuca así que miró hacia atrás de forma automática, vigilando que ningún agente de seguridad estuviera cerca de ellos.

  —No entiendo a qué se refiere, doctora—dijo, intentando recuperar la frialdad del lenguaje técnico—. El espécimen es un recurso gestionado por las autoridades bajo las leyes de salud vigentes. El procedimiento cumple con los parámetros legales que el gobierno aplica a los recursos biológicos sin clasificación humana.

  Elena sonrió y colocó su copa sobre la piedra.

  —¿Parámetros legales? No intentes engañarme con las palabras que usas para calmar tu conciencia, Nakamura. Acepta tu responsabilidad ante los hechos, pero no te escondas detrás de los documentos del ministerio. Lo que está encerrado es un ser cuya existencia misma es un peligro para las mentiras sobre las que se sostiene este gobierno y lo sabes muy bien.

  Nakamura se cubrió los ojos con una mano, sintiéndose superado por el cansancio, como si los meses de silencio hubieran acumulado un peso insoportable sobre su mente, mostrando al joven abrumado por el dolor de ver la realidad distorsionada.

  —¿Y qué alternativa tenía, Elena? —preguntó con desesperación—. ¿Rechazar el puesto? ¿Negarme a firmar los resultados? Si yo no ponía mi nombre en esos papeles, habrían traído a cualquier otro científico para hacerlo. La diferencia es que ese otro no habría tenido ningún cuidado en preservar la estabilidad de la criatura. Habrían destruido su organismo en una semana para obtener un beneficio inmediato y luego se habrían quedado sin nada. Yo... intenté convencerme de que era lo mejor, pensé que si manejaba el laboratorio, podría reducir el daño. Podría mantener el secreto a salvo hasta encontrar una manera de sacarlo de allí.

  —El argumento de siempre —dijo Elena de forma sarcástica pero aun así mirándolo con seriedad—. "Si no participo yo, vendrá alguien más cruel".  Se dice que el peor castigo para quienes tienen conocimiento y se apartan de la gestión pública es ser dirigidos por hombres peores. Pero tú no te apartaste, Nakamura. Te sentaste en la mesa y aceptaste el menú que ellos eligieron para ti. —Bebió un sorbo de vino y sus ojos se volvieron mas fríos, ahora lo miraban sin ningún tipo de empatía —. Dime, cuando sueñas con esa criatura, ¿le pides perdón? ¿O solo te mira en silencio, esperando a que recuerdes que tienes la opción de no ser un maldito esclavo? —No esperó respuesta. Dio media vuelta, pero se detuvo en el umbral—. Por cierto, el vino está adulterado, muchos omegas deberán tener cuidado esta noche. Bienvenido a la élite, doctor.

  En ese instante, las puertas del balcón se abrieron, dejando salir la melodía de los instrumentos y el eco de las conversaciones. Un joven oficial de seguridad se plantó ante ellos.

  —Doctor Nakamura, doctora Elena—anunció el guardia—. El general Mochizuki requiere su presencia en el centro del salón. El representante de las uniones comerciales está por comenzar el discurso de apertura y solicita que el responsable de la investigación esté presente para la firma de las licencias de mercado. Acompáñenme de inmediato.

  Elena miró al soldado y luego se volvió hacia Nakamura, con un gesto de amargura en el rostro. Tomó su copa e hizo una señal hacia el interior del palacio.

  —Es hora de entrar, doctor —dijo con desencanto—. No es conveniente hacer esperar a quienes financian tu tranquilidad.

  Nakamura guardó silencio. Se estiró la ropa de gala, experimentando la sensación de que las prendas eran una cadena que se cerraba sobre su piel, impidiéndole respirar, miró hacia el firmamento una última vez, buscando el reflejo de la luna, pero los potentes focos artificiales instalados para los reporteros se encendieron en ese momento, ocultando la luz natural de la noche. Así que soltó un suspiro lleno de pesadez y dio la vuelta y caminó de regreso hacia el interior de la reunión, dispuesto a mostrar una sonrisa ante los fotógrafos mientras el orden del universo, en absoluto silencio, observaba su rendición ante el poder. Observaba como se convertía en un títere, alguien sin una convicción fija, alguien que claramente, era un miserable cobarde.

  Los aplausos estallaron en cuanto la figura de Nakamura cruzó el umbral. Los flashes de las cámaras fotográficas cegaban su vista, creando manchas oscuras en su campo visual y los invitados, vestidos con sedas e hilos de oro, aplaudían celebrando cuando el general Mochizuki lo recibió en el estrado principal con una palmada en el hombro que pretendía mostrar afecto. Junto a él, un hombre gordo y calvo, vestido con un traje de corte impecable que lucía la insignia de la Gran Alianza Farmacéutica, sonreía con suficiencia

  —Damas y caballeros —declaró el representante corporativo, su voz amplificada por los altavoces instalados en las columnas del palacio—. Hoy asistimos al inicio de una nueva era de estabilidad. Gracias al esfuerzo coordinado de nuestro gobierno y al doctor Nakamura, hemos transformado una amenaza social en una oportunidad de inversión y desarrollo. El suero "Renaissance" garantizará que las familias mantengan su descendencia fuerte y capaz de liderar los desafíos del mañana. 

  Nakamura permanecía inmóvil, con el bolígrafo en la mano, observando el documento oficial que descansaba sobre la mesa presidencial. El contrato estipulaba las cuotas de distribución, las patentes de explotación exclusiva y las zonas geográficas prioritarias para la entrega del tratamiento. Los distritos industriales y las zonas periféricas de la ciudad ni siquiera figuraban en los anexos del documento; estaban marcados como "áreas de suministro secundario sujetas a excedentes de producción". El sistema buscaba salvar a los Omegas que poseían propiedades. El resto quedaría sometido a la extinción lenta o a la total dependencia de las ayudas del Estado a cambio de su sumisión absoluta.

  El bolígrafo pesaba como si estuviera hecha de plomo. Al estampar su firma en el papel, estaba entregando el suero y por lo tanto, estaba firmando el decreto de cautiverio permanente de la criatura que permanecía encerrada en el sótano del ministerio, transformando su existencia en un recurso industrial perpetuo.

  —Firme, doctor —susurró el general Mochizuki a su oído, con un tono que no admitía vacilación.

  Nakamura bajó la vista, presionó la punta de la tinta contra el papel pergamino y trazó su nombre. Los aplausos se intensificaron, la música de la orquesta reanudó su marcha triunfal y los camareros comenzaron a desfilar de nuevo con bandejas repletas de licores caros.


孤身在縲紲 胸間百憂集 只知有今朝 不知有明日

曉鴉叫屋上 旭日透獄窓 拜之空涕涙 聞之又斷腸

斷腸非恨冤 涕涙非惜命 外患迫吾君 如何此邦政

— 爲光顕田中君 録舊製 東行生


  El día de Aiki Hirose comenzó con él haciendo un terrible escándalo.

  —¡No quiero ir!

  —Por favor, Aiki, no empieces de nuevo.

  —Si tengo que sonreír para esos viejos alfas una noche más —dijo, con la voz rota por el vapor—, voy a necesitar que alguien me saque los dientes uno por uno. Porque, Mukai, te lo juro por la Luna, si mi boca se abre es para morder, no para besar a ancianos decrépitos.

  —Por Dios, Hirose, llevo días diciendo que no puedes cancelar esto —Mukai, su mánager, le arrancó las cobijas con un tirón seco para luego obligarlo a levantarse, arrastrándolo hasta la bañera.

  —¡No quiero hacer propaganda de esto! —Aiki pataleó en el mármol frío mientras el agua caliente comenzaba a llenar la tina, el vapor empañando los espejos y difuminando su reflejo en una mancha dorada y borrosa—. Sabes que va en contra de mis ideales. ¡Soy un omega libre!

  Mukai suspiró, apoyando las manos en la cadera con la paciencia gastada, tenia la misma edad que Hirose, sin embargo, parecía que alguien aun no había madurado lo suficiente—Sí, sí, claro, pero tu familia no piensa lo mismo.

  Aiki apretó los puños bajo el agua, viendo cómo las burbujas estallaban contra sus nudillos como promesas rotas. Maldito clan lleno de alfas. Maldito gobierno con sus discursos de "progreso" los odiaba con una intensidad que le quemaba el pecho, una ira profunda que se enredaba en sus costillas como hiedra venenosa. Claramente estaba en contra de promocionar ese sucio proyecto, esa farsa de "Renaissance" que no era más que la coronación de un sistema que llevaba siglos ordeñando los cuerpos de los omegas hasta dejarlos secos como pasas. Pero tenía que ir. Cumplir con las obligaciones que su familia le otorgó era su deber, su cadena dorada, el precio de haber nacido en cuna de oro y no en los distritos marginales donde los omegas se pudrían sin que nadie derramara una lágrima por ellos.

    "—Deberías mostrar un poco de agradecimiento por los beneficios que te dio haber nacido en esa cuna de oro —le había dicho su madre la noche anterior, mientras él miraba por la ventana de su penthouse, observando cómo las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas muriendo—. No todos los omegas tienen la oportunidad de ser algo más que criaderos andantes.Aiki había sonreído, esa sonrisa perfecta que ensayaba frente al espejo desde los seis años, y había asentido con la cabeza mientras por dentro su lobo aullaba con furia."

  Criaderos andantes. Eso era exactamente lo que el gobierno quería convertir a todos los omegas, pero su familia, tan astuta como siempre, había encontrado la manera de blindarlo, después de todo, quien pagaría las consecuencias serian los mas débiles, porque a él lo habían moldeado como una joya, lo habían pulido hasta que su brillo cegara, y luego lo habían exhibido en el escaparate más alto de la nación. "Mira", parecían decirle al mundo, "este omega es nuestro. Miren su belleza. Miren su talento. Pero no se acerquen demasiado, porque su vientre sagrado está reservado para los contratos de sangre pura, para los linajes que merecen perdurar". Aiki era el ejemplo perfecto de la domesticación del lobo: libre de moverse por los escenarios, libre de cantar y bailar y sonreír, pero atado por un collar invisible a las expectativas de su linaje, al final, un omega es un omega y no esta libre de ser lo que los alfas quieren que sea: una incubadora.

  No obstante, Aiki Hirose había aprendido a morder el collar sin romperlo del todo. Había entendido, desde muy joven, que la única manera de sobrevivir en un mundo construido por alfas era jugar su propio juego, pero con sus propias reglas.

  —¿Ya te tomaste los supresores? —preguntó Mukai desde la puerta del baño, revisando su tableta con la agenda del día.

  Aiki se sumergió hasta la barbilla en el agua, sintiendo cómo las sales aromáticas le picaban en la piel, y dejó que su mente vagara por los recovecos de su memoria olfativa. No, no se había tomado los supresores, al menos no de forma correcta. No lo hacía desde hacía tres meses, aunque su mánager no lo sabía pero Hirose había descubierto que si reducía gradualmente la dosis, su aroma natural comenzaba a filtrarse como un río subterráneo que busca abrirse paso entre las grietas de la roca, y eso, aunque peligroso si estaba rodeado de alfas, le otorgaba una sensación de autenticidad que ningún concierto podía darle.

  Su aroma era uno de los más cotizados en la industria del entretenimiento: una mezcla de jazmín nocturno, miel silvestre y un toque de lluvia sobre tierra seca que los críticos describían como "adictiva" y sus fans como "divina". Pero para Aiki, ese olor no era más que su verdadero yo, ese lobo que los alfas habían intentado domar durante generaciones y que aún se negaba a arrodillarse. 

  —Sí, ya me los tomé —mintió, con la voz amortiguada por el agua.

  No le gustaba mentirle a Mukai. El beta había sido su mejor amigo desde que él tenía catorce años y posteriormente se convirtió en su mánager, cuando su familia lo había lanzado al mundo del espectáculo como un cachorro al ruedo. Mukai era beta, y como tal, no podía percibir las feromonas con la intensidad de un alfa o un omega, pero al parecer tenía un olfato tan evolucionado que le permitía detectar las mentiras de sus artistas con una precisión sobrenatural, sin embargo, Aiki había perfeccionado el arte de la sonrisa falsa durante tantos años que ya era difícil distinguirla de la verdadera, incluso para sí mismo.

  —Bien —dijo Mukai, sin levantar la vista de la tableta—. A las diez tienes ensayo de voz con el coro. A las doce, sesión de fotos para la nueva campaña de perfumes. A las dos, entrevista con la revista Luna Alfa. A las cuatro, maquillaje y vestuario para la gala. A las siete, llegada al Palacio de Convenciones. A las nueve, cena con el general Mochizuki y el barón Von Schill.

  Aiki salió del agua con un chorro que salpicó el suelo de mármol, su torso esculpido por años de entrenamiento y dieta estricta brillando bajo la luz cálida del baño.

  —¿Cena con Von Schill? ¿Ese viejo alfa repugnante que huele a tabaco?

  —El mismo —respondió Mukai, sin inmutarse—. Su esposo omega es uno de tus mayores fans. Ha comprado palcos enteros en tus últimos ocho conciertos. Sería de mala educación rechazar su invitación.

  Aiki se envolvió en una bata de seda blanca que le llegaba hasta los muslos, sintiendo el peso de la mirada de Mukai sobre su nuca.

  —No me gusta cómo me mira, Mukai. Como si fuera un trozo de carne en el mercado.

  —Sabes que no es así…

  Aiki se detuvo frente al espejo empañado y pasó un dedo por la superficie, dibujando un arco que reveló su reflejo: cabello largo y castaño, cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros; ojos grandes y amielados que parecían capturar la luz y devolverla transformada en algo etéreo; labios carnosos y rojos como la sangre. Todo en él había sido diseñado para la perfección, desde la simetría de su rostro hasta la curva de sus caderas, desde el timbre de su voz hasta la gracia de sus movimientos.

  Era la jaula dorada más hermosa que el clan Hirose había construido jamás.

  —A veces pienso que soy más un objeto que una persona —murmuró, más para sí mismo que para Mukai.

  El mánager suspiró y se acercó, colocando una mano firme su hombro.

  — No dejes que esto te afecto, Hirose, ahora mas que nunca debes mantenerte fuerte.

  Aiki sonrió y asintió.

  —Eres un sabio, Mukai. Un sabio que me obliga a asistir a cenas con viejos alfas que quieren meterme las manos en el trasero.

  —Eso es parte del trabajo, querido. Y tú lo sabes mejor que nadie.

  —Lo sé —dijo Aiki, con un suspiro que era casi un lamento—. Lo sé.

  —Las diez —anunció Mukai, secándose las manos en un pañuelo de lino que siempre llevaba en el bolsillo—. Hora del ensayo.


  La sesión de fotos fue, como todas las sesiones de fotos, Aiki se dejó vestir y desvestir por los estilistas, se dejó peinar y maquillar, se dejó colocar bajo las luces del estudio como una flor bajo el sol de verano. El fotógrafo, un joven beta de veintitantos años que apenas podía contener la emoción en sus manos, le pidió que mirara a la cámara con "deseo, pero también con distancia", y Aiki, que había aprendido a expresar emociones complejas con solo un parpadeo, le dio exactamente lo que quería.

  Mientras posaba, mientras el obturador capturaba su imagen desde todos los ángulos posibles, su mente vagaba hacia otros lugares. Pensaba en la luna, esa vieja amiga que siempre lo acompañaba en las noches de insomnio, y en cómo su luz plateada lograba lo que ninguna cámara podía: revelar la verdad oculta debajo de la máscara. 

  —Perfecto, Aiki—dijo el fotógrafo, bajando la cámara con una reverencia—. Esa última toma es... divina.

  Aiki asintió, aceptando el cumplido sin dejar que se posara demasiado tiempo en su piel. Los cumplidos de los betas y los alfas siempre le parecían sospechosos, como si detrás de cada palabra hubiera una intención oculta, una trampa esperando ser activada.

  —Gracias —dijo, con su voz profesional, la voz que usaba para los entrevistadores y los productores y los fans—. ¿Puedo verlas?

  El fotógrafo le mostró las imágenes en la pantalla de su computadora, y Aiki se observó a sí mismo desde fuera, era él, eran sus mismos ojos, su misma sonrisa pero no se sentía igual, como si fuese una persona completamente distinta. Allí estaba su rostro, perfecto e impenetrable, con los ojos grises brillando bajo las luces del estudio. Allí estaba su cuerpo, esculpido y ofrecido, cubierto por telas exóticas.

  La entrevista con la revista Luna Alfa fue más agotadora que la sesión de fotos. La periodista, una alfa de mediana edad, le preguntó sobre su vida amorosa con la insistencia de un depredador que olfatea el miedo.

  —Aiki, ¿hay algún alfa especial en su vida? Los rumores dicen que el barón Von Schill ha mostrado un interés... particular en usted.

  Aiki sonrió y respondió con suavidad que ocultaba el horror y el disgusto con las palabras mas encantadoras que pudiera encontrar.

  —El barón Von Schill esta casado y es un amigo de la familia, nada más. Y en cuanto a mi vida amorosa, prefiero mantenerla en privado. Usted sabe, la intimidad es como una flor rara: se marchita si se expone demasiado al sol.

  La periodista insistió, pero Aiki fue escurridizo como el agua entre los dedos, desviando cada pregunta con un chiste que desarmaba la tensión sin revelar nada y finalmente, después de casi dos horas de preguntas y sonrisas, la entrevista terminó. Aiki salió de la sala con la sensación de haber corrido una maratón, y se dejó caer en el asiento trasero de su coche con un suspiro que era mitad alivio y mitad agotamiento.

  —¿A la gala? —preguntó Mukai desde el asiento del copiloto.

  —Al maquillaje y vestuario, dijiste. A las cuatro.

  —Son las tres y media. Llegaremos justo.

  Aiki cerró los ojos y se dejó llevar por el movimiento del coche, sintiendo cómo el cansancio se aferraba a sus huesos como una segunda piel. Las calles de la ciudad desfilaban tras la ventana empañada, un desfile de luces y sombras que contaban la historia de una sociedad dividida en castas, donde los alfas gobernaban y los omegas obedecían, y los betas mantenían el engranaje funcionando con su invisibilidad.

  Pero Aiki no era un omega obediente. No podía, así como tampoco intentaba serlo. Había visto demasiado, había sentido demasiado, había saboreado la libertad en los momentos más inesperados, cuando su lobo se despertaba y exigía ser escuchado, de hecho es en parte muy extraño porque en los últimos meses, su lobo había estado más inquieto que nunca, arañando las paredes de su conciencia con una urgencia que no sabía cómo interpretar.

  —¿Qué pasa, Aiki? —preguntó Mukai, girándose para mirarlo—. Estás muy callado.

  —Nada —respondió Aiki, abriendo los ojos y enfocando su mirada en el techo del coche—. Solo estoy pensando en la gala. En lo que voy a decir si alguien me pregunta sobre el proyecto.

  —No te preguntarán. Para ellos eres una cara bonita, no una experta en bioquímica. Solo sonríe, saluda y come algo. Es todo lo que se espera de ti.

  Aiki soltó una risa amarga.

  —Eso es todo lo que se espera de cualquier omega, Mukai. Sonreír, saludar y comer algo. Esa es la historia de nuestra especie, ¿no? Sonreír mientras nos arrancan los dientes.

  Mukai guardó silencio, y Aiki supo que había tocado un nervio. A veces olvidaba que Mukai, aunque beta, también era una pieza en el tablero, también era un engranaje en la máquina que lo mantenía girando. No era un enemigo; se lo tenia que repetir varias veces, era un cómplice, un aliado a su manera, alguien que había visto lo peor y lo mejor de la industria y seguía eligiendo quedarse.

  —Lo siento —dijo Aiki, con un suspiro—. Ha sido un día largo.

  —No te disculpes —respondió Mukai—. Tienes derecho a estar cansado.

  Aiki bajó la mirada hacia sus propias manos. Los anillos de plata que llevaba en los dedos valían más que la casa de cualquier Omega en los distritos marginales. Los había elegido él mismo, y le gustaban. Le gustaba el peso del metal en su piel, el brillo frío que proyectaba cuando los movía bajo la luz. Y ese gusto le provocaba náuseas, un vómito que se atascaba en su garganta, porque, aunque odiaba a los Alfas que lo compraban con suspiros, amaba el terciopelo que envolvía su cuerpo. Amaba el rugido del público, el poder de ser deseado. ¿Qué derecho tenía a hablar de resistencia cuando su cama era de seda y la de otros era de cartón? Cerró los ojos y apretó los puños. 

  No era hora de pensar en eso.

  Llegaron al estudio de maquillaje y vestuario en menos tiempo del esperado, y Aiki se dejó caer en la silla demasiado resignado porque esta era la vida que había elegido. Las manos expertas del maquillador se movieron sobre su rostro como pinceles sobre un lienzo, resaltando sus pómulos, alargando sus pestañas, dándole a sus labios un tono rojo que combinaba a la perfección con el traje que había sido elegido para él: un conjunto de terciopelo negro con bordados dorado, cada prenda, cada joya, cada hilo de oro era una capa de protección contra el mundo exterior, una barrera que le recordaba a los demás (y a sí mismo) que él no era cualquier omega, que él era Aiki Hirose, el ídolo, la estrella, el objeto de deseo de millones.

  Cuando el reloj marcó las siete de la noche, Aiki se encontraba en el asiento trasero de un coche blindado, con las palmas de las manos ligeramente sudorosas y el corazón latiendo más rápido de lo normal. La gala era un evento que llevaba semanas organizándose, y los periodistas ya habían acampado en las puertas del Palacio de Convenciones para capturar las primeras imágenes de los asistentes.

  —Recuerda: sonríe, saluda, y no digas nada polémico —le recordó Mukai mientras el coche se detenía en la alfombra roja.

  —Sí, mamá —respondió Aiki, con un tono que ocultaba su nerviosismo.

  La puerta del coche se abrió, Aiki emergió al mundo como una estrella fugaz, iluminado por los flashes de las cámaras y los gritos de los fans que se habían congregado para verlo. Sonrió, una sonrisa ancha y perfecta, y comenzó a caminar hacia la entrada del palacio, saludando con la mano derecha mientras la izquierda sujetaba el borde de su chaqueta con una elegancia ensayada hasta el más mínimo detalle.

  Algo se movía en el aire, algo que no debería estar allí. Aiki se detuvo en medio de la alfombra roja, ignorando los gritos de los fans y los destellos de las cámaras, y su lobo se irguió dentro de él como un animal que olfatea el peligro.

  «¿Qué es esto?»

  Miró a su alrededor, buscando el origen, pero solo encontró rostros sonrientes y manos que lo saludaban. El aroma que habia percibido, ese que se parecia al chocolate amargo, se desvaneció tan rápido como había llegado, dejándolo con una pregunta clavada en el pecho como una espina que seria muy dificil de eliminar.

  —¿Aiki? —la voz de Mukai lo trajo de vuelta—. La prensa te está esperando.

  Aiki parpadeó, recuperó su sonrisa y continuó caminando aunque en el fondo de su ser, el lobo seguía olfateando el aire, buscando esa nota perdida que había hecho vibrar algo que creía que estaba dormido.

  «Quién eres?»

  Su lobo que llevaba años durmiendo en el fondo de su pecho, se había despertado con la ferocidad de un depredador que olfatea su presa. Las garras arañaban las paredes de su conciencia, exigiendo, rogando, aullando con una desesperación que Aiki nunca había sentido.

  «Acércate. Acércate ahora. Es él. Es él. ES ÉL.»

  Aiki tragó saliva. Sus manos comenzaron a sudar dentro de los guantes de seda. Giró la cabeza, lentamente, como si el movimiento pudiera romper el hechizo, sus ojos barrieron el mar de rostros hasta encontrar una silueta en uno de los balcones del palacio.

  Un hombre joven, de hombros caídos, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y un traje de gala que le quedaba un poco grande, como si hubiera perdido peso en las últimas semanas. Sus manos descansaban a los costados y su mirada —Aiki podía verla aunque estuviera a cincuenta metros de distancia— estaba fija en la Luna, como si el peso del mundo entero descansara sobre sus párpados.

  —Mukai —susurró, sin apartar la vista del desconocido—. ¿Quién es ese hombre?

  Mukai siguió su mirada y frunció el ceño.

  —¿Quién? ¿El de traje negro? Parece ser que es el doctor Nakamura Okuto. El científico que desarrolló el suero Renaissance.

  El mundo se detuvo.

 —Mukai —dijo, con la voz más dulce que su mánager le había oído en meses—. Necesito que me consigas una copa de champán. Y que me digas dónde está el doctor Nakamura cuando termine la firma del proyecto.

  Mukai lo miró con sospecha.

  —¿Por qué?

  —Porque voy a presentarme, por supuesto —respondió Aiki, ajustándose el cuello de la chaqueta —. No todos los días se conoce al salvador de la nación, ¿verdad?