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¿Eres de Miami?

Summary:

Con el espacio reducido y la música a tope, los cuerpos se juntaron. Brian, ya lelo por los tragos y con las mejillas encendidas, tomó a Jordán de la cintura por pura inercia para no irse de boca. Jordán, sintiéndose minúsculo frente al metro ochenta y cinco del gringo, sonrió con malicia.

—¿Eres de Miami? —le gritó Jordán, pegado a su pecho.

Brian frunció el ceño, confundido.

—No, soy de Chicago.

Jordán soltó una carcajada.

"Lo que tiene de guapo lo tiene de pendejo", pensó, y en su mente completó "De mi amigo".

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@Sai_Kouo

Chapter 1: Ya No Tiene Novio

Chapter Text

Las luces de neón parpadeaban al ritmo del reguetón mientras el bajo retumbaba en las paredes del antro, reservado exclusivamente para celebrar la goleada de Chivas sobre los Xolos. Todo gracias a una asistencia perfecta de Brian Gutiérrez que definió Roberto "el Piojo" Alvarado. La mayoría sudaba en la pista de baile o grababa historias, pero en una mesa al fondo, Jordán Carrillo vaciaba otro caballito de tequila, compitiendo con Diego Campillo. Cuando el DJ hizo la transición de Tainy a una rola de Sebastián Yatra, Jordán solo pensó en una cosa "Pinche rola fresa" y en ese momento clavó su vista en la otra esquina del lugar.

Allí estaba Brian, el güerito 10/10 de Chicago, alto, de ojos azules y semblante decaído. No traía la pulsera roja de hilo. Hacía semanas que Armando "el Hormiga" González había aceptado la oferta del Olympiacos, empacando sus maletas, sus ojazos miel y esa personalidad dulce que había enamorado al gringo.

A Jordán le quemó el pecho, y no por el alcohol. Desde el día uno le había echado el ojo a Brian, pero se apendejó.

Aún recordaba la tarde que regresó a los vestidores por sus audífonos. Lo primero que escuchó fueron los jadeos bajitos de Armando. Al asomarse, vio a Brian cargando al Hormiga por los muslos, amasando su trasero contra los casilleros en medio de embestidas esporádicas. Armando tenía las manos enredadas en los rizos castaños de Brian, ahogando un gemido húmedo cada vez que el gringo le mordía el labio inferior.

"No coman enfrente de los pobres", les había chiflado Jordán.

Brian se separó de golpe con un chasquido pecaminoso, dejando a un Armando ruborizado escondiéndose en su cuello. Jordán se hizo el chistoso, pero por dentro se ondeó; el Hormiga le había comido el mandado.

De vuelta en la fiesta, Carrillo se pasó la lengua por sus labios pomposos. Agarró valor y caminó hacia donde Brian hablaba con el Piojo.

—Ya pasará, mi gringo —le consolaba Alvarado, dándole palmadas—. El Hormiga tomó esa decisión desde lo profesional, va a brillar en Europa. Tienes que sanar, enfocarte, y chance en un futuro te vas para allá también.

Brian solo asintió, tragándose el nudo en la garganta; había sido egoísta pedirle que se quedara, así que su despedida solo fueron besitos silenciosos en su departamento. En eso, la esposa de Roberto salió del baño. El Piojo se despidió rápidamente, alegando que mañana tocaba comprar útiles escolares, y se marcharon de la mano. A Brian se le revolvió el estómago de pura nostalgia y anhelo.

"El muerto al pozo y el vivo al gozo", pensó Carrillo y con audacia le metió un vaso de tequila a Brian en la mano.

—Póngase feliz, pa'.

Con el espacio reducido y la música a tope, los cuerpos se juntaron. Brian, ya lelo por los tragos y con las mejillas encendidas, tomó a Jordán de la cintura por pura inercia para no irse de boca. Jordán, sintiéndose minúsculo frente al metro ochenta y cinco del gringo, sonrió con malicia.

—¿Eres de Miami? —le gritó Jordán, pegado a su pecho.

Brian frunció el ceño, confundido.

—No, soy de Chicago.

Jordán soltó una carcajada.

"Lo que tiene de guapo lo tiene de pendejo", pensó, y en su mente completó "De mi amigo".

No le dio tiempo de reaccionar. Jordán se alzó, lo tomó fuerte de la nuca y estrelló sus bocas. Brian se tensó un segundo, pero el tequila hizo lo suyo. Jordán lamió la comisura ajena, pidiendo permiso, y en cuanto Brian entreabrió los labios, sus lenguas se enredaron con hambre. El gringo soltó un suspiro ronco y metió sus manos por debajo de la camisa de Jordán, rasguñando su espalda baja mientras el culichi comenzaba a moverse, generando una fricción caliente entre sus centros que los hizo jadear a los dos.

—Ya no aguanto, vámonos para mi depa —le susurró Jordán contra la boca, sin aliento.

Brian, con la cara roja y los ojos brillantes, asintió sin dudar. Jordán sonrió, entrelazó sus dedos y, satisfecho, tiró de él hacia la salida.

El aire fresco de la madrugada en Guadalajara pegó de golpe contra la cara de Brian en cuanto salieron del antro, pero el calor que llevaba por dentro gracias al tequila no bajaba ni un solo grado.

Carrillo lo llevaba tomado de la mano, jalándolo con una prisa casi desesperada entre el estacionamiento hasta llegar a su camioneta. Desactivó la alarma con un pitido seco, abrió la puerta del copiloto y Gutiérrez se dejó caer en el asiento con la cabeza echada hacia atrás y los ojos azules fijos en el techo.

Jordán no perdió un segundo. Se metió al vehículo, cerró la puerta de un manotazo y activó los seguros. El espacio reducido olió de inmediato a su perfume combinando, al alcohol que tomaron y a su piel tibia. Antes de que el culichi pudiera poner las llaves en el encendido, Brian estiró su brazo largo, lo agarró por el cuello de la playera y lo trajo hacia él.

—Come here —murmuró Brian con la voz espesa y el acento extranjero remarcado por la borrachera.

Jordán cayó gustoso sobre su pecho. Los labios de Gutiérrez volvieron a buscar los suyos en un beso torpe pero cargado de una urgencia acumulada. La boca del alto comenzó a recorrer un camino lento y húmedo batiendo desde la comisura de Jordán hacia su mandíbula marcada. Subió por su mejilla llena de lunares y bajó directo a su cuello donde descansaba uno de sus tatuajes.

Ahí, Brian fijó su objetivo. Presionó sus labios con fuerza en su piel y comenzó a succionar con ganas, sacándole un gemido ahogado al de Culiacán. El mordisco suave con los incisivos remató la marca, dejando un chupetón rojo y marcado que mañana seguramente tendría que deshacer con hielo.

—Mmh... ¡Puta madre, Gutiérrez! —jadeó el culichi, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo los escalofríos le bajaban por toda la espina dorsal.

Brian no se detuvo ahí. Su boca descendió hasta la nuez de Adán de Jordán. Abrió los labios y la mordió con delicadeza pero con la suficiente firmeza para hacer que a Carrillo se le fuera el aire por completo y sus ojos negros de se cerraron con fuerza, apretando sus hombros para buscar un punto de apoyo.

"Gracias Dios por los sagrados alimentos", pensó el culichi con el corazón latiéndole en la garganta, sintiendo la boca de Brian caliente y demandante sobre su garganta.

—Ya, ya, espérate, güero... —dijo Jordán entre jadeos, logrando separarlo unos centímetros mientras sonreía de lado, completamente encendido—. Que si nos quedamos aquí te voy a comer antes de llegar al departamento y la idea es hacerlo bien.

Carrillo encendió el motor con el pulso tembloroso y metió el acelerador a fondo. La camioneta rugió al salir del estacionamiento y se incorporó a la avenida a una velocidad peligrosamente alta. Las luces de la ciudad pasaban como ráfagas doradas a través de los cristales. Jordán manejaba con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, rezando internamente para que a Brian no se le bajara el pedo ni se le ocurriera arrepentirse en el camino.

Pero Brian no tenía ninguna intención de arrepentirse. Reclinado en el asiento, con la mirada ligeramente perdida por el alcohol, estiró su mano grande y tibia. La posó directamente sobre el muslo descubierto de Jordán. Este venía en unos shorts deportivos que dejaban ver bastante piel, y la palma de Brian abarcó casi todo el ancho de su pierna.

Gutiérrez empezó a hacer círculos lentos, firmes y pausados con su pulgar sobre el músculo tenso de Jordán.

—Güero... bájale dos rayitas a tu desmadre —soltó Jordán con una risita nerviosa, apretando las piernas al sentir la presión—. Que si chocamos por tu culpa, no vamos a coger ni en la clínica.

—Tú dijiste que tenías prisa —respondió Brian con una sonrisa perezosa, deslizando la mano unos centímetros más arriba por el borde del short cada vez que el semáforo los obligaba a frenar. Su pulgar rozaba peligrosamente la entrepierna de Jordán.

—¡Aah, qué bárbaro! —suplicó Jordán entre dientes, soltando un suspiro ronco mientras aceleraba de nuevo en cuanto la luz cambió a verde—. Estás desatado, gringo. Te tenía bien guardadito lo mañoso.

—Es que ya hacía falta... —murmuró Brian, mirando la silueta de Jordán en la penumbra del auto—. Me hace mucha falta.

Esa frase flotó en el aire con un peso amargo que Jordán entendió de inmediato. Sabía a quién se refería, pero no iba a dejar que el fantasma del Hormiga se metiera en su camioneta.

—Pues ya no te va a hacer falta nada, pa' —sentenció Carrillo apretando el acelerador hasta el tope—. Ahorita te desquitas de todo.

Llegaron al complejo de departamentos en tiempo récord. Jordán estacionó casi de lado, apagó el motor y ambos bajaron casi corriendo. Entraron al elevador en silencio, donde Jordán no dejaba de ver la marca roja en su propio cuello reflejada en el espejo del ascensor, sintiendo un orgullo descarado.

En cuanto las puertas de su piso se abrieron, Jordán jaló a Brian de la mano por el pasillo hasta llegar a la puerta de su departamento. Torpemente metió la llave, abrió, empujó al gringo hacia adentro y cerró la puerta de una patada, poniéndole el seguro sin dejar de mirarlo.

La oscuridad de la sala solo estaba iluminada por las luces de la avenida que entraban por el ventanal. Brian no esperó a que encendieran las luces; acortó la distancia y volvió a atrapar la boca de Jordán.

El contraste físico entre los dos era brutal y profundamente excitante. Brian tenía que doblar la espalda y bajar muchísimo la cabeza para alcanzar la boca del culichi. Entre el alcohol y la adrenalina del momento, a Gutiérrez, esa diferencia le pareció jodidamente caliente. Saber que Jordán medía apenas metro sesenta y seis, que era tan chiquito comparado con él, le dio una sensación de dominio que le encendió la sangre. Podía manejarlo a su antojo, levantarlo, doblarlo y hacer con él lo que quisiera.

Carrillo, por su parte, tenía que ponerse de puntitas, estirando los gemelos hasta que le dolían con tal de mantener el contacto. Los labios pomposos de Jordán se abrían hambrientos, recibiendo la lengua de Brian en un choque desordenado y caliente.

Se separaron apenas unos milímetros por la pura necesidad de respirar. Un fino hilo de saliva quedó uniendo sus labios en la penumbra antes de romperse.

—Estás bien chiquito —se burló Brian con una voz ronca, una sonrisa ladina apareciendo en sus labios mientras lo contemplaba desde arriba—. Pareces labubu.

—Vete a la verga, güero de mierda —respondió Jordán agitado, pero sin un atisbo de estar enojado con la comparación, pasándose la lengua por el labio inferior—. A ver si muy machito, levántame pues.

Brian soltó una risa grave y, sin pensarlo dos veces, bajó las manos hasta los muslos y el trasero de Jordán. Con una facilidad pasmosa, como si Carrillo no pesara nada, lo levantó del suelo. Inmediatamente el de Culiacán se colgó de él, enredando sus piernas firmemente alrededor de su cintura, metiendo las manos entre sus rizos castaños, justo como lo había imaginado decenas de veces en sus fantasías más descaradas.

Brian caminó un par de pasos hacia atrás hasta prensar la espalda de Jordán contra la pared junto a la entrada. El impacto fue seco y delicioso.

Sin la barrera de la altura, sus torsos y sus pelvis quedaron alineados perfectamente. Brian comenzó a embestir suavemente con su cadera contra la de Jordán, sintiendo la dureza que crecía rápidamente detrás de la tela de sus pantalones. El roce entre sus ropas era caliente y constante. Brian buscó instintivamente la redondez de su trasero, hundiendo los dedos en la tela blanda de sus shorts para apretarlo con ganas, amoldándolo contra su propio cuerpo.

—Mmmh... ¡ah, Brian! —gemía Carrillo muy bajito contra el oído del gringo, sintiendo la firmeza de la erección de Brian empujándose con ritmo contra su centro—. Mierda... qué rico te mueves, cabrón...

—Te ves bien petite así... pegado a mí —murmuró Brian contra su cuello, perdiéndose en el olor del perfume del de Culiacán y en el calor de su piel—. Eso me gusta.

—Dime que más te gusta... Dime —respondió Jordán, hablando entre besos cortos y húmedos que le daba en la mandíbula.

Brian no respondió con palabras porque la mente no le daba para elaborar frases complejas por el tequila, pero la respuesta física fue inmediata. Metió la mano por debajo de su short, tocando la piel desnuda, suave y caliente de su glúteo. Jordán dio un brinco en sus brazos y soltó un jadeo fuerte al sentir la palma fría y grande de Brian directamente sobre su piel desnuda, amasándolo con fuerza.

El roce de la tela contra sus miembros erectos los estaba volviendo locos a los dos. La respiración de Brian era errática y caliente sobre el cuello de Jordán, y las embestidas se volvieron más rápidas, más necesitadas, haciendo que la espalda de Jordán se frotara contra la pintura de la pared.

—Mierda, Brian... —balbuceó Carrillo separándose apenas unos centímetros, con los ojos entreabiertos, los labios hinchados y las mejillas encendidas por el rubor de la excitación—. Vamos al cuarto...

Jordán indicó con un movimiento rápido de cabeza hacia la puerta entreabierta que daba a su recámara al fondo del pasillo.

Brian no dijo nada. Se limitó a dejar una trayectoria de besos mojados e intensos por la barbilla de Jordán, bajando por su garganta hasta donde le permitía su agarre, y asintió con la cabeza totalmente perdida. Sin bajar a Jordán de su cintura, dando pasos pesados y decididos, el gringo caminó a pasos largos y torpes por el pasillo del departamento, cargándolo como si fuera un bulto ligero pero hirviente.

En cuanto cruzó el marco de la recámara, ni siquiera se molestó en acomodarlo, lo soltó directamente sobre el colchón. El cuerpo de Carrillo rebotó con un sonido seco sobre las cobijas. Cualquier otra persona se habría molestado por el trato brusco, pero el culichi, lejos de encabronarse, soltó una carcajada ahogada que se convirtió en un suspiro lleno de morbo. Sentir la fuerza bruta de Gutiérrez dominándolo le encendió la sangre a niveles peligrosos.

—Órale, salvaje... me hubieras avisado y me aviento un clavado —se burló Jordán con la voz rasposa, incorporándose sobre los codos mientras sus ojos negros brillaban en la penumbra.

Sin perder un solo segundo, Jordán se agarró el dobladillo de la playera y se la quitó de un jalón por la cabeza, aventándola hacia algún rincón a ciegas. Los shorts cayeron igual de rápido, quedándose únicamente en ropa interior. Brian, parado a un lado de la cama, imitó la acción y se quitó la camiseta, dejando al descubierto su pecho amplio, los hombros marcados y la piel blanca que empezaba a sudar por el alcohol y el calor del momento.

Sin embargo, cuando bajó las manos hacia su cinturón para desabrocharse el pantalón, la cabeza le dio una vuelta violenta por la borrachera. Los dedos se le trabaron con el cuero del cinturón y soltó una maldición en inglés, frustrado porque la hebilla metálica no cedía.

Jordán no lo dejó batallar. Se puso de pie sobre la cama y luego bajó de un brinco, quedando justo de frente a él. La diferencia de estatura seguía siendo enorme, pero eso le daba igual. Estiró sus brazos, rodeó el cuello alto de Brian y lo jaló hacia abajo con decisión, estampando sus labios en un beso profundo, húmedo y dominante.

Mientras sus lenguas volvían a chocarse con torpeza caliente, su mano derecha bajó rápidamente por el abdomen plano de Brian, quitándole los dedos torpes de encima y tomando el control. El culichi posó la palma completa directamente sobre la entrepierna del gringo por encima de la mezclilla. La masa dura y caliente que se escondía ahí era impresionante. Jordan apretó con ganas, restregando su mano de arriba abajo, sintiendo cómo el miembro de Brian se acomodaba y crecía aún más bajo su presión.

"Algo bien", pensó Jordán sintiendo un escalofrío en la nuca. Su propia mano, cubierta de lunares y visiblemente más pequeña, apenas podía abarcar el ancho del paquete que el alto traía entre las piernas.

—Estás hasta el culo de duro, gringo... —murmuró Jordán contra los labios de Brian, rompiendo el beso para bajar la boca por su mandíbula.

Le dejó un rastro de besos mojados e impacientes por el cuello, mordisqueando levemente la clavícula y bajando a lamer la piel tibia de su pecho. Siguió descendiendo, pasando la lengua por el surco de sus abdominales mientras Brian echaba la cabeza hacia atrás, soltando suspiros pesados que retumbaban en la habitación.

Finalmente, se dejó caer sobre sus rodillas frente a la entrepierna de Brian.

Desde abajo, el de Culiacán levantó la vista. La luz tenue de la calle recortaba su rostro claro, llenito de lunares. Brian lo miró desde su altura con los ojos entreabiertos, la mente entorpecida por el tequila y el deseo. Por un segundo, a Brian se le cruzó un pensamiento ridículo y borracho. Pensó que si se ponía a contarle cada uno de los lunares que tenía en la cara, seguro le daba el amanecer y se quedaba dormido a la mitad.

Y luego, como un pinchazo amargo y traicionero, cruzó por su mente la memoria Armando, con él todo era distinto, siempre con mimos dulces y caricias suaves antes de cualquier cosa. Jordán, en cambio, era un torbellino chistoso y desenfrenado que no pedía permiso para comérselo vivo.

Pero no tuvo tiempo suficiente para ponerse melancólico. Jordán con un movimiento rápido de dedos, destrabó la hebilla del cinturón, abrió el botón y bajó sus pantalones junto con sus boxers de un solo tirón hasta las rodillas.

El miembro de Brian se liberó de golpe. Saltó hacia arriba con fuerza y la punta terminó cacheteando directo a la mejilla derecha de Jordán.

Gutiérrez sintió el aire frío de la recámara golpear su piel descubierta, e inmediatamente después, la calidez suave de la mejilla de Carrillo frotándose contra su glande. El gringo soltó un jadeo fuerte, un "Ah, fuck..." rasposo que se le escapó del pecho ante la premonición de lo que estaba por venir.

—Mira nomás lo que traías guardado, güero... —dijo Jordán con una sonrisa ladina, restregando descaradamente su piel contra la cabeza húmeda del miembro de Brian.

Brian no aguantó más la anticipación. Estiró sus manos metió los dedos entre el cabello negro y denso de Jordán, agarrándolo con firmeza para empujarlo más hacia su entrepierna.

Carrillo no se hizo del rogar en absoluto. Abrió sus labios pomposos y, de un solo movimiento fluido y hambriento, se metió la cabeza de Brian a la boca.

El sonido en la habitación se volvió instantáneamente impuro. Jordán no escatimó en saliva; envolvió el miembro grueso con la lengua, bajando la cabeza con ritmo hasta que la garganta le topó con la punta. Soltó un gemido ahogado al sentir cómo se ahogaba ligeramente, con el aire faltándole en el pecho mientras intentaba acomodar semejante tamaño. Sus mejillas de por sí sonrojadas por el alcohol se pusieron de un color carmesí encendido, y de las esquinas de sus ojos, entre las pestañas tupidas, comenzaron a brotar pequeñas lágrimas involuntarias por la estimulación de la garganta.

—Mhh... mmph... —jadeó Jordán alrededor del miembro, subiendo y bajando la cabeza con una cadencia desesperada, usando una mano en la base para masturbarlo en los tramos donde su boca no alcanzaba a cubrir.

Brian apretó las piernas, sintiendo que las rodillas le iban a temblar en cualquier momento. La sensación era demasiado buena, demasiado intensa. Ver a Jordán ahí abajo, despeinado, con los ojos llorosos mirándolo hacia arriba con esa devoción irreverente y los labios rojos succionando cada centímetro, lo estaba llevando al límite a una velocidad ridícula.

—Jordán... mierda, para... no voy a durar ni un minuto más —advirtió Gutiérrez con la voz rota, tirando levemente del cabello negro para intentar frenarlo, pero el culichi solo apretó más la succión, moviendo la lengua en círculos sobre el frenillo.

El movimiento de Jordán era una obra de arte desordenada. Cuando sentía que Brian estaba a punto de colapsar, aflojaba la boca para darle aire y usaba su mano rápida para darle pasadas firmes, para luego volver a metérselo completo, haciendo ruidos húmedos que rebotaban en las paredes.

—¡Me voy a venir! ¡Jordán, quítate! —gruñó Brian en un último aviso, con las caderas dándole sacudidas involuntarias hacia adelante.

Jordán apenas y se separó unos centímetros. Lo liberó de la boca con un pop sonoro y pecaminoso, manteniendo la cabeza inclinada hacia atrás, abriendo la boca por completo y sacando la lengua en una invitación clara y descarada.

La visión fue demasiado para la poca estabilidad que le quedaba al gringo. Brian se estremeció de pies a cabeza, soltando un gemido largo y rasposo mientras alcanzaba un clímax destructivo. Se vino directamente sobre el rostro levantado de Jordán. Los chorros gruesos y calientes salpicaron con fuerza sobre sus labios abiertos, en su lengua, bañándole la barbilla llena de lunares y la mejilla, mientras un par de gotas se escurrían por su cuello hasta caer en la alfombra de la recámara.

Brian cerró los ojos con fuerza, viendo destellos de luz detrás de sus párpados mientras el orgasmo le limpiaba de golpe la nube más densa de alcohol de la cabeza. Su corazón latía a mil por hora y sus pulmones trabajaban a marchas forzadas buscando aire.

Cuando finalmente abrió los ojos y bajó la mirada, se encontró con la estampa de Jordán. El de Culiacán estaba con la cara completamente manchada de su esencia, sonriendo con suficiencia mientras se pasaba la lengua por el labio superior para probar el desastre que le habían dejado.

Esa imagen, en lugar de calmar a Brian, tuvo el efecto completamente opuesto. La sangre que apenas iba regresando a su cerebro dio media vuelta y volvió a bajar en picada hacia su entrepierna. Su miembro, que apenas empezaba a relajarse, volvió a ponerse tenso y erguido en cuestión de segundos.

Jordán se puso de pie despacio, usando la espalda de su mano para limpiarse el desastre de hilos que comenzaban a bajar por su rostro, mirándolo con una ceja levantada.

—Verga, gringo... ni que fueras manguera de bomberos, cabrón —dijo el culichi soltando una risita corta, limpíandose los labios—. Te quedaste bien a gusto, ¿verdad?

Brian lo miró de arriba abajo, todavía con la respiración agitada y la mente procesando la velocidad de todo.

—Perdón... cutie —soltó Brian, la palabra saliendo con su natural acento estadounidense.

Jordán se frenó en seco, poniendo las manos en sus caderas desnudas y mirándolo con cara de indignación fingida.

—¿Cutie? ¿Qué mamada es esa, gringo? —saltó el culichi con su parloteo rápido—. Ya me subiste de categoría. Ahora resulta que soy tu cutie. ¿Qué sigue? ¿Qué me compres el mentado labubu o qué show?

—Es porque estás bien chiquito —se justificó Brian con una sonrisa perezosa, estirando la mano para tocarle la cintura—. Pareces un muñequito.

—Pendejo —respondió Jordán dándole un golpe juguetón en el hombro, aunque no pudo ocultar la sonrisa que se le formó en el rostro ante el apodo—. Me puedes decir cutie, mi amor o como se te pegue la gana... Pero más te vale que ahorita te portes como los hombres y me hagas justicia a esto.

Carrillo señaló hacia abajo, mostrando su propia erección firme y necesitada que demandaba atención inmediata.

Brian no se lo pensó dos veces. Con la mente encendida por la imagen de Jordán descarado y salpicado de rodillas frente a él, se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos y torpes. El pantalón de mezclilla y los boxers cayeron al piso en un montón olvidado. Se quedó completamente desnudo, mostrando su cuerpo atlético, alto y pálido bajo la luz tenue de la habitación.

Sin pedir permiso, volvió a agarrar a Jordán por la cintura, levantándolo de nuevo como si el culichi no pesara nada. Jordán soltó una risita corta y sorprendida antes de dejarse caer de espaldas sobre el colchón de su cama. La firmeza de la base cedió bajo el peso de ambos cuando Brian se acomodó entre sus piernas.

El contraste entre los dos era total, la piel blanca y pulcra de Brian contra la silueta de Jordán, mucho más pequeña y repleta de tinta. Entre besos torpes y húmedos que bajaban por la mandíbula del culichi, Brian metió las manos por debajo del elástico de los boxers de Jordán y se los bajó de un solo tirón por sus piernas delgadas.

Al liberar la piel de los muslos, las manos grandes de Brian comenzaron a manosear la carne firme del de Culiacán. Su pulgar rozó la tinta de un tatuaje detallado que Jordán tenía marcado en la parte externa del muslo.

—Tienes muchos tatuajes —murmuró Brian con la voz ronca contra la piel de su cuello, delineando el borde del tatuaje con la yema de sus dedos.

Jordán soltó una risa baja, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada y disfrutando del toque cosquilloso.

—Y las que te faltan por revisar, gringo —se burló Jordán, dándole un apretón en la espalda baja—. Puedes tocar y besar los que quieras. Tengo en el cuello, en la nuca, en el brazo, en el pecho, la clavícula... Tienes mapa para entretenerte toda la noche si quieres. Parezco libreta de primaria, pero a ti te van a encantar, te lo juro.

—You're crazy... —respondió Brian con una leve sonrisa, dando un beso suave sobre la clavícula tatuada de Jordán.

Instintivamente, Carrillo abrió las piernas, flexionando las rodillas y dejando su centro completamente expuesto y dispuesto para el gringo. El roce de sus pieles desnudas era un fuego lento. Brian se separó apenas unos centímetros, apoyándose en un codo para mirar hacia la mesita de noche.

—¿Dónde tienes el lubricante? Y los condones —preguntó Brian, buscando con la mirada entre la penumbra del cuarto.

Jordán se pasó la lengua por sus labios pomposos, mirando la entrepierna de Brian con una chispa de picardía descarada en los ojos negros.

—Ahí en el cajón de la mesita hay de todo, güero... —dijo Jordán con tono despreocupado, guiñándole un ojo—. Pero la neta, chingatelo a pelo, pa'. Sin condón se siente más machín. Piel con piel, ¿para qué nos hacemos pendejos?

Brian se frenó en seco. Miró a Jordán con una cara de genuino horror y disgusto, frunciendo el ceño profundamente mientras arrugaba la nariz.

—¡Puaj! No mames, Jordán, ¡qué asco! —soltó Brian sin filtro, haciendo un gesto de franca repulsión y negando con la cabeza enfáticamente—. ¿Cómo que "a pelo"? Eso es naquísimo, neta. Por salud, por higiene, por todo... no mames, qué naco eres.

Jordán soltó una carcajada escandalosa que retumbó en la recámara, divirtiéndose a lo grande con la reacción puritana del gringo.

—¡Ah, qué delicadito me salió el de Chicago! —se burló el culichi entre risas, levantando las manos en señal de paz—. Ya, ya, tranqui, mi gringo. No te me vayas a asustar. Era para meterle sazón al asunto. Saca el plástico pues, no vaya a ser que me infectes de algo por andar de humilde.

Brian rodó los ojos, soltando un resoplido molesto pero visiblemente aliviado al ver que Jordán no iba a insistir en su locura. Abrió el cajón de la mesita, sacó el bote de lubricante y un empaque de preservativo. Rasgó el sobre con los dientes, se colocó el látex con destreza y luego vertió una cantidad generosa de gel frío sobre sus dedos.

—Espero que no llores —murmuró Brian, regresando a la posición entre sus piernas.

—¿Llorar?, ya quisieras, güero —desafió Jordán, aunque soltó un jadeo agudo en cuanto sintió el primer dedo helado y empapado presionar contra su entrada.

Brian empezó a prepararlo con paciencia. Metió un dedo despacio, haciendo movimientos circulares para dilatar la zona poco a poco. Jordán apretó las sábanas con ambas manos, dejando escapar un suspiro tembloroso mientras su cadera buscaba el toque. Brian añadió un segundo dedo, trabajando con un ritmo constante pero cuidadoso, asegurándose de que la piel cediera sin lastimarlo. Cuando sintió que la presión disminuía y que las paredes internas de Jordán rodeaban sus dedos con fluidez, retiró la mano y usó la otra para masturbarse un par de veces, asegurándose de estar completamente firme y listo.

Carrillo, tumbado sobre la cama con el pecho subiendo y bajando aceleradamente, se lamió los labios. Tenía los ojos entreabiertos, ansioso por ver el momento exacto en que la imponente anatomía de Brian entrará en él. Quería ver la cara del gringo en pleno acto, quería saborear la victoria de tenerlo ahí.

Pero Brian se le quedó mirando un segundo entero.

Bajo la luz menguante, observó el rostro de Jordán, la nariz chiquita, la frente descubierta, la piel clara atiborrada de lunares y esa expresión irreverente de norteño.

Y de pronto, la cabeza le jugó una mala pasada. Nuevamente un chispazo de memoria muscular y afectiva lo atravesó como una aguja. Siempre había sido Armando. En esa posición, siempre habían sido sus ojos grandes color miel, sus mejillas sonrojadas naturalmente, sus cejas y pestañas pobladas. Ver una cara completamente distinta, ver a Jordán mirándolo con ese morbo descarado, le provocó una sacudida extraña en el estómago. Un choque de realidades que amenazaba con aterrizarle el avión por completo.

No quería arrepentirse. Deseaba a Jordán, le prendía el culichi de una forma salvaje y distinta, pero no podía hacerlo mirándolo a los ojos.

No todavía.

Antes de que Jordán pudiera reaccionar o preguntar algo, Brian estiró los brazos, agarró a Jordán por los hombros y lo giró sobre la cama con una brusquedad inesperada.

—¡Eh! ¡Aguanta, animal! —se quejó Jordán cuando su rostro terminó enterrado contra las cobijas, quedando boca abajo con la cadera levantada.

Sin embargo, en cuanto procesó la posición, la queja de Jordán se disipó. El culichi soltó un gruñido ahogado contra la almohada, ajustando la postura por su cuenta. Muy en el fondo, que lo trataran con fuerza y sin rodeos le prendía mil veces más que cualquier cortejo romántico.

Brian se acomodó detrás de él, quedando arrodillado entre sus piernas abiertas. En la base de la nuca de Jordán, justo donde comenzaba el cabello negro, había otro tatuaje pequeño de alas. Brian, que por naturaleza no podía evitar ser atento y detallista, se inclinó y depositó un beso suave y tibio justo sobre la tinta de su nuca, contrastando totalmente con la brusquedad de haberlo volteado.

Le agarró las caderas con ambas manos, alzándoselas un poco más para alinear los cuerpos. Jordán entendió la indicación de inmediato, estiró los brazos, agarró una de las almohadas grandes de la cama y la abrazó con fuerza contra su pecho para dársela de soporte.

—A ver pues, gringo... Date —susurró Jordán con la voz ahogada en el colchón.

Brian posicionó la punta cubierta en la entrada preparada y empujó hacia adelante. La inserción fue lenta, firme y profunda. Brian dejó escapar un gemido grave al sentir el apretón cálido y ajustado que lo rodeó por completo. Jordán hundió las uñas en la tela de la almohada, soltando un "Ah, mierda..." largo y rasposo mientras su cuerpo se acostumbraba a la invasión.

Gutiérrez empezó a moverse con un ritmo pausado. Las primeras embestidas fueron lentas, entrando hasta el fondo y saliendo casi por completo, acompañadas de besos cortitos y dulces que le dejaba en los hombros y en el costado del cuello a Jordán.

Carrillo recibió el trato con una mezcla de sensaciones encontradas. Por un lado, se sentía increíblemente bien; la calidez de Brian, el tamaño llenándolo y la dulzura de sus besos le hacían cosquillas. Pero por otro lado, siendo la primera vez en su vida que alguien lo tomaba con semejante delicadeza y ternura, una idea amarga se le filtró por la mente.

"A Armando siempre lo trató así".

Ese pensamiento le dio un pisotón directo al orgullo. Jordán no quería ser el sustituto dulce del Hormiga. Él no era un muñeco de porcelana al que hubiera que cuidar para que no se rompiera; él era Jordán Carrillo, el cabrón de Culiacán que se le aventaba a todo sin miedo. No quería mimos melancólicos, quería que Brian se olvidara de todo a base pura metida de pito.

—¡Ey! ¡Gringo! —gritó Jordán, girando un poco la cabeza sobre la almohada para mirarlo de reojo, con los ojos ardiendo de intensidad—. ¡Déjate de mamadas! ¡Más rápido! ¡Cógeme fuerte, cabrón!

Brian se sacó de onda un segundo. La orden rasposa de Carrillo resonó en la recámara rompiendo el trance romántico en el que se estaba hundiendo. El gringo parpadeó, apretó el agarre en las caderas del culichi y decidió obedecer.

Le hizo caso por completo. Gutiérrez cambió el chip de inmediato. Agarró con fuerza la cintura pequeña de Jordán, echó el cuerpo hacia atrás y comenzó a embestir con una velocidad y una potencia destructivas.

El sonido de la piel chocando contra la piel inundó la habitación con un eco impuro y rítmico. Brian se clavaba de lleno en cada movimiento, usando todo su peso y su fuerza. Las sábanas se desordenaban y la cabecera de la cama empezó a golpear rítmicamente contra la pared.

—¡Eso, mierda! ¡Así, Brian! —balbuceaba Jordán totalmente fuera de sí, soltando groserías y disparates en dialecto norteño mientras se sacudía sobre la cama—. ¡Más! ¡Métele todo!

En una de esas embestidas profundas y en ángulo ascendente, la punta de Brian dio de lleno contra un punto interno, rugoso y profundamente sensible en el interior de Jordán.

—¡AH! —el grito de Jordán fue ahogado instantáneamente contra la almohada.

El cuerpo del culichi se tensó como una cuerda de guitarra. Su rostro se hundió de lleno en las cobijas y sus paredes internas sufrieron un espasmo involuntario, apretándose con un agarre brutal alrededor del miembro de Brian. La sensación fue tan estrecha y caliente que Brian sintió que lo estaban exprimiendo.

—Fuck, Jordán... —gruñó Brian entre dientes, sintiendo que la cabeza se le ponía en blanco.

Sabiendo exactamente dónde había pegado, Gutiérrez mantuvo el ángulo y empezó a martillar ese mismo punto una y otra vez, con embestidas cortas, rápidas e implacables. Para rematar la intensidad del momento, levantó una de sus manos y le soltó una nalgada sonora y firme en la nalga derecha a Jordán.

El golpe seco resonó en el cuarto, dejando una marca roja sobre la piel clara de Jordán y haciéndolo gemir de una forma tan alta y descarada que seguro se escuchó hasta el pasillo del edificio.

—¡Ay, cabrón! ¡Gringo loco! —chillaba Jordán, delirando de placer mientras las piernas le temblaban sin control—. ¡Me vas a deshacer, pendejo! ¡Mierda, qué rico!

La combinación del martilleo constante en su punto sensible, la nalgada y la fuerza con la que Brian lo mantenía prensado contra la cama fue demasiado para el de Culiacán. Jordán no aguantó más. Sin necesidad de tocarse, su cuerpo colapsó en un clímax violento. Un gemido largo y rasposo se le escapó del pecho mientras se venía entre las sábanas, sintiendo cómo todo su ser se desarmaba por completo.

—¡Vente adentro, Brian! —alcanzó a balbucear Jordán con las últimas fuerzas que le quedaban, apretando el trasero contra él—. ¡Vente en el condón, métemelo todo ahí adentro!

Brian no esperó más. Escuchar la orden desesperada de Jordán fue el detonante final. Dio tres embestidas finales, profundas y desesperadas, hundiéndose hasta la base, y se vino con fuerza dentro del preservativo. Un gemido grave y prolongado salió del pecho del gringo mientras se quedaba congelado sobre la espalda del culichi, sintiendo las pulsaciones de su propio clímax retumbar dentro del cuerpo ajeno.

Durante varios segundos, solo se escuchó el sonido de dos respiraciones agitadas y el latido desbocado de sus corazones en el silencio de la habitación.

Lentamente, Brian comenzó a retirarse. Salió de Jordán con un sonido húmedo que hizo que el culichi soltara un suspiro satisfecho. Brian se puso de pie a un lado de la cama, se quitó el condón lleno con cuidado, le hizo un nudo ciego y lo envolvió en un pedazo de papel de la mesita antes de tirarlo al bote de basura.

En la cama, Carrillo quedó completamente exhausto. Estaba sudado, despeinado, con la cara hundida de lado sobre la almohada y las piernas abiertas. Sin embargo, con una sonrisa perezosa en los labios pomposos, estiró sus brazos delgados sobre la cama, abriendo el espacio a su lado en una invitación clara.

—Ven p'acá, gringo... cáete con el abrazo —murmuró el culichi con la voz raspada por tanto gritar, esperando que Brian se acostara a su lado para acurrucarse como correspondía.

Pero Brian no se movió.

Parado a un lado de la cama, completamente desnudo, el efecto del alcohol y la neblina del deseo se habían disipado por completo de su cerebro, dejando paso a una sobriedad helada y a una claridad mental aplastante.

Post-nut clarity en su estado más puro.

Brian miró la escena, miró a Jordán estirado en la cama, y de repente, una ola gigantesca de culpa lo golpeó directo en el pecho, quitándole el aire.

Se sintió sucio. Sintió que le había fallado a algo sagrado. El recuerdo de Armando volvió con una violencia destructiva, la forma en que se despedían, las promesas no dichas, el dolor de la separación hacía apenas unos días. Acababa de acostarse con un compañero de equipo, en una noche de borrachera, usando a Carrillo para tapar un hueco enorme que llevaba en el corazón.

El rostro de Gutiérrez se transformó. Sus ojos azules se llenaron de una angustia transparente y sus labios se apretaron en una línea fina mientras el tono de su piel se ponía pálido.

Jordán, que no era ningún tonto y leía las expresiones con la astucia propia de alguien de Culiacán, notó el cambio drástico en el aire de la habitación. Vio la mirada de Brian fija en el vacío y entendió todo al instante. El fantasma Armando González acababa de entrar a la recámara y se había sentado justo en medio de los dos.

A Carrillo le dio una punzada amarga en el pecho, una mezcla de tristeza y orgullo herido, pero fiel a su costumbre de no engancharse y hacerse el fuerte con pura irreverencia, decidió romper la tensión helada con un chiste para no ponerse a llorar.

—Tampoco me mires con esa cara de velorio, gringo... ni que te fuera a cobrar el hospedaje —soltó Jordán con una risita forzada, bajando los brazos lentos y acomodándose sobre las cobijas—. Pareces que viste a un aparecido.

Brian reaccionó, parpadeando rápidamente mientras la culpa se le notaba en cada rasgo.

—Jordán... lo siento —dijo Brian con la voz quebrada y sumamente seria, sin devolverle la broma—. Yo... no debí. Yo... perdón.

—Ya, ya, tranqui, pa' —lo interrumpió Jordán rápidamente, ondeando la mano en el aire como si no le importara, aunque por dentro se le estaba revolviendo el estómago—. No te mal viajes. Fue un acoston, andábamos pedos los dos y ya. Tampoco te me pongas sentimental que no es para tanto.

Brian no dijo nada más. Caminó hacia el baño de la recámara, mojó una toalla pequeña con agua tibia y regresó a la cama. Se inclinó sobre Jordán y, con delicadeza lo limpió, quitándole los restos de semen de la cara, el cuello y la pierna. Fue un gesto dulce, extremadamente respetuoso, pero que le dolió más que si le hubiera dado un puñetazo, porque sabía que era la forma en que Brian intentaba redimir su culpa.

—Gracias... —murmuró Jordán en voz baja cuando Brian terminó.

Gutiérrez asintió en silencio. Se vistió en un tiempo récord, poniéndose los boxers, los pantalones, la playera y los tenis sin mirar a Jordán directamente. Agarró su celular y su cartera de la alfombra.

—Te veo en el entrenamiento del lunes... cuídate, Jordán —dijo Brian en un susurro pesado, parado en el marco de la puerta.

—Arre, gringo. Con cuidado en el camino —respondió Carrillo desde la cama, viendo cómo la silueta alta del de Chicago desaparecía por el pasillo.

Escuchó el sonido seco de la puerta principal al cerrarse. Jordán se quedó solo en la penumbra de su habitación, escuchando el silencio pesado del departamento, sintiendo el aroma del perfume de Brian aún flotando en las sábanas y el sabor amargo de saber que, por más bien que se lo hubiera hecho, el corazón del gringo se había quedado del otro lado del mundo.