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El amanecer siguiente los encontró en lo alto de una colina envuelta en neblina. El suelo todavía húmedo del rocío brillaba bajo la luz pálida del sol, y el canto de los cuervos rompía el silencio. Kara había dormido poco, con la espada apoyada sobre las rodillas, vigilando los caminos del norte. Cada crujido entre los árboles hacía que su corazón se tensara. A su lado, Lena dormía enroscada bajo un manto, el cabello oscuro extendido sobre la manta como una sombra líquida.
Kara se permitió observarla en silencio, preguntándose cómo algo tan temido por los hombres podía parecer tan frágil, tan humano. La bruja respiraba con calma, ajena por un momento al mundo que las perseguía. Kara pensó en las historias que había escuchado de niña, sobre brujas que convertían hombres en bestias, sobre hechiceras que destruían aldeas enteras con una mirada. Y pensó en Lena, que la noche anterior se había quedado sin fuerzas por liberar a desconocidos.
Nada de lo que había aprendido tenía sentido.
El crujido de una rama la sacó de sus pensamientos. Se incorporó al instante, empuñando la espada. Una figura emergió de la niebla: un hombre delgado, con una túnica raída y las manos levantadas.
—¡No dispares, por favor! —exclamó con voz trémula.
Kara relajó un poco la postura, aunque no soltó la espada.
—¿Quién eres?
El hombre tragó saliva.
—Un aldeano de Ulreck. Escapé cuando los bandidos atacaron. He visto lo que hicisteis anoche… liberasteis a mi hijo. Quería daros las gracias.
Kara lo observó, tratando de encontrar engaño en su mirada. No halló ninguno.
—No hay necesidad de agradecimientos. Hicimos lo que debíamos.
—Aun así… —el hombre dio un paso adelante, mirando con curiosidad hacia la figura dormida de Lena—. ¿Y ella?
Kara se interpuso instintivamente.
—Ella también ayudó. Sin ella no estaríais vivos.
El aldeano vaciló, incómodo.
—Dicen que esa mujer es una bruja.
—Dicen muchas cosas —respondió Kara, con un filo de advertencia en la voz—. No todas son verdad.
El hombre bajó la cabeza.
—Lo entiendo. Solo… tened cuidado. Los caballeros del rey ya han llegado al pueblo. Están registrando cada casa. Buscan a una rubia armada y a una mujer de cabello oscuro.
Kara sintió que el estómago se le contraía.
—¿Mi hermana está con ellos?
El hombre asintió.
—Una mujer pelirroja los lidera. Dijo que no descansará hasta encontraros.
Kara cerró los ojos un instante, conteniendo un suspiro. Alex. Su hermana debía creer que estaba prisionera o muerta, y que la bruja la había hechizado.
—Gracias por el aviso —dijo finalmente.
—Que los dioses os protejan —respondió el aldeano antes de perderse entre los árboles.
Cuando el silencio regresó, Kara volvió la vista hacia Lena, que acababa de despertar. Se incorporó lentamente, frotándose los ojos.
—¿Qué ha pasado?
—Nos han encontrado —dijo Kara, agachándose para recoger su bolsa—. Alex está aquí.
Lena la observó, midiendo sus palabras.
—¿Y qué piensas hacer?
Kara no respondió al instante. Se limitó a mirar hacia el horizonte, donde una columna de humo delataba la presencia de un campamento.
—No puedo luchar contra mi hermana. Pero tampoco puedo dejar que te atrapen.
Lena se levantó despacio y se acercó a ella.
—Podría esconderme. Usar magia para borrar nuestras huellas.
—No —replicó Kara con firmeza—. Te debilitarías otra vez, y si algo te pasa… —se interrumpió, mordiéndose el labio—. No puedo permitirlo.
Lena sonrió con suavidad.
—Te preocupas demasiado por mí.
—No es demasiado —susurró Kara—. Es lo justo.
Por un momento se quedaron así, mirándose en silencio. Luego Kara desvió la vista, abrochando la vaina de su espada.
—Nos moveremos al oeste. Hay una vieja torre de vigilancia cerca del valle de Durlin. Si llegamos antes del anochecer, podremos refugiarnos allí.
Lena asintió.
—Entonces no perdamos tiempo.
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El camino hacia Durlin era un sendero serpenteante cubierto de raíces. El bosque se hacía más espeso, los árboles más altos. La humedad impregnaba el aire, y el olor a tierra mojada las envolvía. Kara caminaba delante, con la mirada fija en el suelo, mientras Lena seguía sus pasos con respiraciones cada vez más cortas.
Tras horas de marcha, alcanzaron un claro. En el centro, una torre solitaria se alzaba como un dedo gris apuntando al cielo. Antiguas enredaderas trepaban por sus muros agrietados, y los restos de un puente colgaban sobre un arroyo seco.
—Aquí estaremos a salvo por un tiempo —dijo Kara entrando con cautela.
El interior estaba cubierto de polvo y telarañas, pero aún quedaban restos de mobiliario: un par de sillas rotas, una mesa carcomida, una vieja chimenea. Kara encendió fuego mientras Lena exploraba el lugar.
—Tiene encanto, a su manera —comentó la bruja sonriendo.
Kara soltó una risa suave.
—Tú puedes ver encanto en cualquier sitio.
Lena se encogió de hombros.
—Cuando pasas la mitad de tu vida siendo perseguida, aprendes a apreciar las cosas pequeñas.
Kara la miró con ternura.
—¿Cuánto tiempo llevas huyendo?
Lena se sentó junto al fuego, los reflejos dorados iluminando su rostro.
—Desde que tengo memoria. Mis padres eran magos menores, herbolarios. Vivíamos en un pequeño valle al sur. Un día, los soldados llegaron. Dijeron que estábamos malditos, que nuestras cosechas eran obra de demonios. Quemaron nuestra casa. —Se interrumpió, tragando saliva—. Desde entonces, he aprendido a esconderme. A sobrevivir.
Kara se sentó a su lado.
—Lo siento, Lena. Nadie debería pasar por eso.
La bruja giró la cabeza hacia ella.
—¿Y tú? ¿Por qué elegiste ser caballera?
Kara se quedó en silencio unos segundos antes de responder.
—Porque quería proteger a la gente. Alex siempre fue la fuerte, la valiente. Yo… necesitaba demostrarme que también podía ser útil. Que podía hacer el bien.
Lena la observó con una expresión suave.
—Y lo has hecho. Has salvado vidas. Incluso la mía.
Kara sonrió, aunque había tristeza en su mirada.
—No todos lo verían así. Cuando me encuentren, pensarán que me has hechizado.
—Entonces déjalos que lo piensen —dijo Lena, acercándose un poco más—. Que elijan creer lo que quieran. Yo solo sé que me salvaste porque creíste en mí.
Sus ojos se encontraron, y el silencio se volvió denso. El fuego crepitó, proyectando sombras danzantes sobre las paredes. Kara alzó la mano, rozando un mechón del cabello de Lena que caía sobre su mejilla.
—Tú me cambiaste —susurró—. Me hiciste ver que el mundo no es solo blanco o negro.
Lena apoyó la frente contra la de ella.
—Y tú me hiciste recordar cómo se siente confiar en alguien.
El fuego fue testigo de un segundo beso, más lento, más profundo que el primero. Kara sintió cómo el corazón le latía con fuerza, y por un instante deseó que el tiempo se detuviera allí, en aquella torre olvidada.
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El sonido de un cuerno las despertó al amanecer siguiente. Kara se levantó de un salto, buscando su espada. Desde lo alto de la torre, pudo ver el brillo metálico de armaduras moviéndose entre los árboles.
—Nos han encontrado —dijo en voz baja.
Lena se puso en pie, pálida.
—¿Qué hacemos?
Kara dudó. Sabía que no podrían huir mucho más. Si Alex estaba al mando, habría rodeado la zona. Se giró hacia Lena con resolución.
—Déjame hablar con mi hermana.
—¿Estás loca? —Lena la agarró del brazo—. Si te ve conmigo, no escuchará razones.
—Entonces confía en mí una vez más —dijo Kara, apartándole suavemente la mano—. Prometo que no dejaré que te lleven.
Lena la miró con una mezcla de miedo y admiración. Finalmente asintió.
—Te esperaré aquí. Pero si escucho tu grito… vendré.
Kara sonrió.
—Sabía que lo harías.
Salió al claro con las manos levantadas, dejando la espada clavada en la tierra. La columna de caballeros avanzaba hacia ella. En el frente, sobre un corcel blanco, Alex sostenía la lanza del estandarte de Camelot.
Cuando las miradas de ambas hermanas se cruzaron, el aire pareció detenerse.
—Kara —dijo Alex, desmontando—. Estás viva.
—Y libre —respondió Kara con una sonrisa cansada—. No fue Morgana quien me capturó. Fueron bandidos.
Alex frunció el ceño.
—¿Dónde está la bruja?
—Su nombre es Lena —corrigió Kara con firmeza—. Y no es culpable.
El murmullo entre los caballeros se extendió. Alex apretó los puños.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy diciendo la verdad. Fue ella quien me ayudó a liberar a los prisioneros, quien salvó a los aldeanos.
Alex dio un paso hacia ella.
—¿Qué te ha hecho? ¿Qué hechizo ha usado?
Kara negó, sintiendo una punzada de dolor al escuchar el tono desconfiado de su hermana.
—No me ha hecho nada. Solo me ha mostrado que el mundo es más grande que las mentiras del miedo.
Alex suspiró, bajando la mirada.
—Kara, sabes que si el rey se entera de esto, serás juzgada. Y yo también. No puedo protegerte si no cooperas.
—No necesito protección. —Kara levantó el mentón—. Necesito que me escuches.
El silencio se volvió tenso. Alex abrió la boca para responder, pero una voz interrumpió la escena.
—Demasiado tarde para eso.
Los árboles del flanco oeste se abrieron, y un grupo de hombres armados con arcos apareció, apuntando hacia el claro. No llevaban los colores de Camelot ni las marcas de los bandidos. Eran mercenarios. Lena apareció detrás de Kara, sus ojos dorados brillando de ira.
—¡Apartaos! —gritó, alzando las manos.
Kara giró, atónita.
—¡Te dije que te quedaras!
—Y te dije que vendría si estabas en peligro —replicó Lena.
Una lluvia de flechas cayó sobre ellas. Kara se lanzó hacia Alex, empujándola al suelo. Las flechas se clavaron en el tronco detrás. Lena alzó las manos, creando una barrera de luz dorada que desvió los proyectiles. El bosque se iluminó con el fulgor de la magia.
Los caballeros reaccionaron al instante, cargando contra los atacantes. El sonido del metal y los gritos llenó el aire. Kara se levantó, buscando a Lena entre el caos. La bruja estaba en el centro del claro, sosteniendo el hechizo con esfuerzo.
—¡Kara! —gritó Alex—. ¡Protégete!
Pero Kara corrió hacia Lena. La tomó por la cintura justo cuando una flecha rompía la barrera y rozaba su brazo. La sangre salpicó la hierba.
—¡Lena!
—Estoy bien —jadeó ella, aunque su voz temblaba.
Alex apareció a su lado, blandiendo su espada.
—¡Tenemos que retirarnos!
Kara miró a su hermana.
—Ayúdala, Alex. Por favor.
Por primera vez, Alex la miró sin rabia, solo con preocupación. Asintió. Entre ambas la sostuvieron hasta la torre, mientras los caballeros repelían el ataque.
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Horas después, el bosque volvió al silencio. Los mercenarios habían sido derrotados, pero Lena estaba débil, con el brazo vendado y el rostro pálido. Kara no se separaba de su lado. Alex observaba desde la entrada, sin saber qué pensar.
—¿Por qué la proteges tanto? —preguntó finalmente.
Kara la miró, con lágrimas contenidas.
—Porque es buena. Porque la he visto arriesgar su vida por gente que la odia. Y porque… —titubeó—. Porque la amo, Alex.
El silencio que siguió fue absoluto. Alex tardó varios segundos en procesarlo.
—¿La amas?
Kara asintió.
—Y no pienso negarlo.
Alex suspiró, pasando una mano por su cabello corto.
—Eres la persona más testaruda que conozco, ¿lo sabías?
Kara sonrió débilmente.
—Lo sé.
Alex se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—No prometo entenderlo. Pero te creo. Si dices que es inocente, la ayudaré.
Kara se sorprendió.
—¿Lo harías?
—Por ti —respondió Alex con una media sonrisa—. Siempre.
Kara la abrazó con fuerza. Por primera vez en días, sintió alivio. Cuando se separaron, miró a Lena, que las observaba desde la manta con una sonrisa cansada.
—Parece que tu hermana no es tan terrible como creías —bromeó Lena.
—Solo cuando se lo propone —replicó Kara, riendo entre lágrimas.
Lena extendió la mano, y Kara la tomó.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó la bruja en voz baja.
Kara la miró con determinación.
—Iremos a Camelot. Juntas. Les mostraremos la verdad.
Lena alzó una ceja.
—¿Y si no escuchan?
—Entonces —dijo Kara con una sonrisa desafiante—, tendrán que aprender.
La bruja apretó su mano, y sus ojos se encontraron. En ellos había miedo, pero también valor.
El futuro era incierto, pero por primera vez, no estaban solas.
El fuego crepitó suavemente, reflejándose en los muros de piedra. Afuera, el viento traía el aroma del bosque y la promesa de un nuevo amanecer.
Y mientras la noche caía sobre la vieja torre, Kara y Lena comprendieron que su historia apenas acababa de comenzar.
