Chapter 1: Prólogo
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¡Brillante!
¡Tan… tan… dolorosamente brillante!
¿A quién diablos se le había ocurrido la idea de robar el sol para esconderlo en su alacena? Se quejó en silencio, mordiéndose los labios con fuerza para reprimir el lastimero gemido que amenazaba con escapar; aún estaba demasiado dolorido para soportar otra de las palizas del tío Vernon. Esta vez, probablemente, no sobreviviría.
Mientras lo pensaba, un balbuceo gutural proveniente del costado de la cama lo obligó a centrar su atención en el presente. Un momento… el colchón de su alacena definitivamente no era así de suave. ¿Tenía una manta encima? ¿Y quién estaba hablando?
«Dios mío, ¿dónde estoy?», se preguntó. No podían ser tan piadosos como para haberlo admitido en un hospital, ¿o sí? ¿Finalmente alguien lo había descubierto? ¿Acaso la policía se lo había llevado?
Su monólogo interno fue interrumpido por una voz áspera, cargada de consonantes duras, que preguntó:
—¿Señor Harry? ¿Puede oírme?
¿Qué? ¿Quién era ese? El hablante no sonaba muy… humano. ¿Estaba soñando?
En lugar de preguntar, Harry respondió con un quejido. Escuchó una risa ronca antes de que el individuo comenzara a ladrar en un idioma extraño que no lograba comprender. Quiso luchar y despertar, de verdad lo intentó, especialmente al sentir cómo le abrían la boca para verter un líquido frío a la fuerza. Tal vez no debería beber lo que sus captores no-humanos le daban; tal vez debería escupirlo. Sin embargo, tenía tanta sed que no protestó; al contrario, bebió el líquido —espeso como la miel— con profunda avidez.
Tan pronto como el brebaje pasó por su garganta, sintió que bajaban su cabeza con cuidado mientras un calor reconfortante se extendía por todo su cuerpo. Después de eso, todo se volvió negro.
La siguiente vez que despertó, su cuerpo se sentía entumecido y con un ligero rastro de dolor en los costados, lo cual solo podía significar que sus heridas estaban sanando. Se sentía extrañamente descansado, un pensamiento que lo hizo fruncir el ceño mentalmente: ¿qué hora era? No era posible que hubiera tenido tiempo suficiente para que su escuálido cuerpo reposara y sanara, pues la tía Petunia siempre se encargaba de evitarlo. ¿O tal vez se habían ido todos de viaje el fin de semana y lo habían dejado encerrado en la alacena?
Alimentado por esa esperanza, abrió los ojos lentamente. Notó que el resplandor era soportable y parpadeó mientras su vista se ajustaba a la luz. Sus ojos recorrieron el lugar con extrañeza al notar un techo blanco que estaba muy lejos de su alcance. Volvió a parpadear; la inusual claridad se redujo a la bruma borrosa de siempre, pero el techo no se volvió gris ni la distancia se acortó. Un momento… ¿acaso no estaba en su alacena?
Parpadeó una vez más mientras su mano tanteaba cerca de la almohada en busca de sus gafas para poder ver con claridad, solo para encontrarse con que no estaban allí.
«Maldita sea, ¿dónde están?», pensó. No era posible que las hubiera puesto en otro sitio, ya que jamás las dejaba en un lugar que no fuera junto a su almohada; de hecho, no tenía ningún otro lugar donde ponerlas. Fue entonces cuando reparó en la suavidad del colchón.
¿Entonces no estaba alucinando? ¿Realmente no estaba en su alacena?
¿Dónde se encontraba? ¿Sería algún tipo de hospital? Nada más podría describir aquella habitación de paredes blancas, y además, no es como si tuviera otro lugar a donde ir.
«Ah, un hospital, entonces».
—Ah, veo que finalmente has despertado.
El niño parpadeó y levantó la vista para ver quién había entrado. Se trataba de dos pequeñas criaturas humanoides, similares a duendes, con rostros planos, narices anchas, orejas puntiagudas, bocas grandes y colmillos pequeños y afilados. Uno de ellos permanecía cerca de la puerta mientras el otro, que parecía alguien importante, se acercaba a él.
«¡Dios mío! ¿Es esto algún tipo de alienígena? ¿Acaso un ovni vino y lo secuestró de Privet Drive? ¿O los Dursley lo habían vendido?». Pero si lo habían secuestrado o vendido, ¿por qué le habían dado un lugar mejor de lo que los Dursley jamás le ofrecieron?
—¿Quién es usted? —graznó con voz ronca, como si no la hubiera usado en mucho tiempo. Por dentro entró en pánico y sus ojos se dilataron por el miedo.
El alienígena sonrió con suficiencia.
—No temas, pequeño Harry. Soy el sanador duende Sharptooth y, por ahora, estás bajo mi cuidado.
El niño se quedó helado. ¿Acababa de decir “duende”?
Pero los duendes eran criaturas mitológicas, no eran reales. No existía nada parecido a la magia, los duendes, los vampiros o los hombres lobo en la vida real… ¿verdad? Entonces, ¿qué…? ¿Cómo…?
Pero lo más importante de todo…
—¿Quién es Harry?
Chapter 2: Soy un... ¿qué?
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El duende lo miró fijamente y Harry le sostuvo la mirada. El duende intensificó la vista, así que él hizo lo mismo. Finalmente, resoplando, la criatura apartó la mirada, haciendo que Harry casi sonriera en señal de victoria… hasta que el duende le ladró una orden a otro compañero en la sala. De repente, ambos se abalanzaron sobre él y comenzaron a pincharlo con sus largos y puntiagudos dedos.
—¡Oye! —protestó Harry, retrocediendo al sentir que algo extraño sucedía a su alrededor. Una especie de ondas surgieron del aire, rodeándolo y envolviéndolo en sus tentáculos—. ¿Qué está pasando? —gritó, intentando esquivar los ataques y sentarse.
—Deja de luchar contra la magia, niño —ordenó el sanador Sharptooth, empujándolo de nuevo hacia la cama—. Intento lanzar un encantamiento de diagnóstico para saber cuánta memoria has perdido.
—Mi memoria está perfectamente —replicó Harry con brusquedad—. ¿Y de qué habla? ¿Qué encantamiento? La magia no existe.
Al decir aquello, se detuvo en seco. ¿Por qué demonios su voz sonaba siseante, como si estuviera ceceando de nuevo? Agradeció que sus tíos no estuvieran allí para escucharlo; por la mirada inexpresiva de los duendes, supuso que ellos tampoco lo habían entendido. Suspiró y repitió las palabras, asegurándose de hablar en español esta vez. Nadie le entendía cuando cambiaba involuntariamente a ese lenguaje siseante, algo que solía provocar que los Dursley le pegaran con más fuerza tras tacharlo de "anormal".
El duende se quedó helado, dejando de pincharlo por un momento e ignorando su siseo inicial.
—¿Quién dice que la magia no existe?
—No existe —confirmó Harry—. Mi tío Vernon lo dice.
El duende le dedicó una sonrisa desagradable mientras lo observaba con ojos afilados.
—Ya veo. Entonces, ¿cuál es tu nombre, niño?
—Soy Fenómeno.
El sanador Sharptooth se tensó y entrecerró los ojos.
—¿Perdón?
Harry se aclaró la garganta.
—Mi nombre es Fenómeno. Fenómeno... er, Dursley, supongo —añadió con un encogimiento de hombros desolado. No sabía si tenía apellido, pero al ser el de sus tíos, le pareció lógico compartirlo.
Sus palabras parecieron inquietar al duende, quien se removió incómodo e intercambió miradas significativas con sus colegas.
—Escúchame, Harry —dijo Sharptooth con firmeza—. Primero que nada, tu nombre es Harry, no "Fenómeno". Tu tío es un estorbo para la sociedad que debería estar encerrado en Azkaban —gruñó, provocando un escalofrío en la espalda del niño.
—Harry… —murmuró él con asombro—. Mi nombre es Harry —repitió, demasiado aturdido por el descubrimiento como para procesar lo que Sharptooth había dicho sobre su tío.
—Sí, eres Harry —confirmó el duende con paciencia—. En segundo lugar, la magia sí existe. Simplemente está bien escondida de la gente no mágica por el bienestar de ambos mundos.
—¿De verdad? —interrumpió Harry, incapaz de contenerse—. ¿La magia existe? ¿Y el bienestar de quién? No entiendo nada, me temo.
—Lo entenderías mejor si no te hubieran dejado con esa basura de muggles —escupió Sharptooth con desprecio—. Por la forma en que te golpean y te matan de hambre cada vez que manifiestas magia accidental.
El cerebro de Harry trabajaba a toda marcha intentando seguir el ritmo.
—¿Muggles?
—Muggles es como llamamos a las personas que no tienen magia.
—Entiendo… —Harry tragó saliva, mirándose las manos—. Entonces, ¿está diciendo que soy un... qué? ¿Un mágico? ¿Un hechicero?
—Mago es el término correcto —dijo Sharptooth con una leve sonrisa—. ¿Seguro que recuerdas haber hecho algo extraordinario? Algo que no podías explicar a los demás.
—Sí —asintió Harry—. Recuerdo que mi tía Petunia intentaba cortarme el pelo una y otra vez, y siempre me crecía de la noche a la mañana. También recuerdo que ayer mismo, mientras huía de Dudley, aparecí de repente en el techo de la escuela. El tío Vernon no se puso muy contento.
—Ya veo —dijo Sharptooth sombríamente—. Dime, Harry, ¿recuerdas algo de lo que pasó después de la paliza que te dio?
Harry frunció el ceño, intentando hacer memoria.
—Eh, no, la verdad. Lo último que recuerdo es que me lanzaron contra la pared —explicó con voz monótona, como si hablara de otra persona. No tenía sentido ocultarlo si el sanador Sharptooth parecía saberlo todo—. ¿Por qué lo pregunta?
El sanador pareció sorprenderse por su tono respetuoso. —Bien, permíteme explicarte algunas cosas. A veces, algunos miembros de familias mágicas muestran una "herencia de criatura" cuando alcanzan la madurez, especialmente aquellos con un núcleo oscuro. No es algo extraño ni aterrador; de hecho, se celebra. Sin embargo, algunos magos, la mayoría nacidos de muggles, los consideran malvados e intentan matarlos porque no entienden cómo funciona la magia. ¿Me sigues?
—Sí —asintió Harry, preguntándose a dónde quería llegar.
—Normalmente esto ocurre al madurar, pero en condiciones extremas, como situaciones de peligro de muerte, la magia de un mago puede forzar al cuerpo a alcanzar esa herencia prematuramente para sobrevivir. La noche que tu tío te golpeó, casi mueres, Harry —dijo Sharptooth con una voz sorprendentemente suave—. Pero tu magia se negó a dejarte ir; buceó en lo profundo de tu alma y trajo un don para salvarte la vida.
—¿Está diciendo que he pasado por una especie de… transformación en criatura? —preguntó Harry con voz incrédula.
—Eso parece —asintió Sharptooth.
Harry frunció el ceño.
—Pero me sigo sintiendo humano. ¿Cómo puedo ser un animal?
Sharptooth sonrió con suficiencia.
—Es que aún no te has visto por completo, Harry.
Harry abrió mucho los ojos e intentó incorporarse. Sharptooth levantó una mano para detenerlo.
—Con calma —dijo, antes de hacer aparecer un espejo de cuerpo entero de la nada.
Harry se quedó boquiabierto.
—¿Eso fue magia?
—Sí —respondió el duende, divertido.
—Vaya… ¿Podría enseñarme?
—Aprenderás las artes más refinadas de la magia en Hogwarts —explicó Sharptooth—. Antes de que preguntes, es una escuela británica para magos a la que asistirás cuando cumplas once años.
—Ya veo —asintió Harry.
Aceptó sus gafas de vuelta, recordando de pronto la razón por la que habían aparecido los espejos. Se movió con dificultad, incorporándose bajo la mirada expectante de los duendes. Intentó mover las piernas, pero sintió que estaban unidas; frunció el ceño y sus manos entraron en contacto con lo que solo pudo describir como una superficie lisa, fría y de una textura extraña bajo la manta.
—¿Qué…? —susurró, tirando de la sábana blanca para destaparse.
En lugar de encontrarse con sus piernas atadas por algún tipo de cuero escamoso, vio un objeto largo y tubular que se extendía desde su cintura hasta el final de la cama, donde terminaba en una punta fina. El inicio de esa superficie texturizada estaba un par de pulgadas por debajo de su ombligo; la transición de la piel a las escamas era perfecta, totalmente plana y natural. Era una cola.
Una cola de serpiente que se movía y latigaba desde su cintura hasta la punta.
—¡¿QUÉ?! —gritó Harry en un susurro, intentando mantener el control de su voz.
—Tranquilo —soltó Sharptooth con una carcajada, visiblemente divertido por su pánico.
—No está ayudando —sentenció Harry con voz plana, mientras el terror aumentaba.
Era una… ¡una serpiente! ¡Una especie de mitad serpiente!
—Un naga, eso es lo que eres —le informó Sharptooth, rodando los ojos—. Alégrate, niño. El naga es una herencia de criatura verdaderamente poderosa y muy rara de obtener.
—Entiendo —masmuró Harry, acariciando la suave textura de su cola mientras miraba el espejo, dividido entre la fascinación y el horror—. ¿Y qué se supone que haga? No tengo padres… me dijeron que murieron en un accidente de coche.
—Oh, no. Tus padres están muy vivos —soltó Sharptooth con una sonrisa maliciosa.
—¡¿QUÉ?! —chilló Harry tan fuerte que todos en la habitación, incluido él mismo, se sobresaltaron.
Sharptooth le ladró una orden a uno de los duendes, quien salió corriendo y regresó con un portafolio. El sanador lo revisó hasta extraer un… ¿pergamino? Se lo tendió a Harry.
—Es el resultado de tu prueba de herencia de sangre.
Harry arrebató el pergamino al instante, se ajustó las gafas y comenzó a leer.
Nombre: Harry James Sin Apellido (Potter de nacimiento) (RENEGADO)
Estatus: Mago
Estatus de sangre: Mestizo (Por nacimiento)
Familiar: Desconocido
Núcleo mágico: Oscuro
Habilidad mágica: Metamorfomago
Criatura: Naga
Familia
Padre biológico: James Fleamont Potter
Madre biológica: Lily Potter de soltera Evans
Hermano biológico: James Charlus Potter Jr.
Madrina: Alice Longbottom de soltera Fortescue
Padrino: Sirius Orión Black (RENEGADO)
Frank Longbottom
Padre del alma: Tom Sorvolo Ryddle
Herencia
Heredero de:
Potter (RENEGADO)
Black (RENEGADO)
Gryffindor (RENEGADO)
Lord de:
Ryddle (Muggle) (Por derecho de conquista)
Gaunt (Por derecho de conquista)
Slytherin (Por derecho de conquista)
Peverell (Por derecho de conquista)
—¿Renegado? —murmuró Harry con un tono vacío, ocultando su incredulidad y el dolor que sentía.
—Supongo que tienes una larga charla pendiente —dijo Sharptooth encogiéndose de hombros—. ¿Tienes hambre?
El estómago de Harry rugió, respondiendo por él.
Tras devorar las frutas que le ofrecieron mientras escuchaba las historias sobre el llamado "Señor Tenebroso", sus conquistas y su supuesta derrota a manos de su hermano gemelo, Harry se hundió en su asiento con una expresión de tristeza empañando su joven rostro.
—No te confundas, niño: la magia nunca miente. Sí, todos hemos escuchado las historias de que tu gemelo, Jim Potter, es el "Niño que sobrevivió", pero si la magia dice que fuiste tú quien lo derrotó, entonces así fue.
—¿Cómo puede estar tan seguro? Ni siquiera sé nada de magia, ¿cómo podría haber matado a ese "Señor Tenebroso"?
—Ese "Señor Tenebroso", como tú dices —bufó Sharptooth con desdén—, es la razón por la que estás vivo ahora mismo, así que deberías mostrarle el respeto que merece. Además, solo ha sido derrotado temporalmente; no está muerto.
—¿Cómo? —susurró Harry—. ¿Cómo es él la razón de…?
—¿Por qué crees que logramos rescatarte tras recibir la alerta de tu herencia de criatura? "Señor Tenebroso" no es un simple título; él es el Señor de la Oscuridad, lo que significa que vela por cada mago de núcleo oscuro y cada criatura tenebrosa. Él se encargó de inventar encantamientos que nos avisan sobre nuevas herencias de criaturas y su ubicación para rescatarlas antes de que el bando de la Luz pueda matarlas.
—Ya veo —reflexionó Harry, echando un vistazo a su propio documento de herencia, que confirmaba que él también era de núcleo oscuro—. Entonces, ¿por qué me atacó? Siendo que él también sería milord.
—Me temo que eso solo él podría decírtelo.
Harry suspiró y se frotó los ojos; estaba demasiado cansado para pensar en ello.
—¿Quién es Tom Sorvolo Ryddle?
—Ese es el nombre de nacimiento del Señor Tenebroso.
—¡¿Qué?! —gritó Harry, boquiabierto—. Pero… aquí dice que él es mi, esto… —Entornó los ojos hacia el pergamino—. "Padre de alma". ¿Qué es un padre de alma?
—Parece que hay formas de magia que ni siquiera nuestro antiguo conocimiento puede comprender —reveló Sharptooth con gravedad—. Me temo que, a pesar de los cuentos, las almas gemelas no existen. El Señor Tenebroso debe tener un conocimiento extensivo de la magia de alma; lo que deducimos es que la práctica constante de sus rituales ha creado una parte de tu alma que lo identifica a él como su creador.
—Entiendo —suspiró Harry, aunque sin comprender del todo—. Básicamente dice que probablemente soy el resultado de algún tipo de experimento mágico. ¿Quizás por eso los Potter me desheredaron aunque me dieran la vida? ¿O tal vez él intentó reclamarme esa noche y algo salió mal?
Dios, ¡todo aquello sonaba tan complicado!
—No podemos decir qué salió mal exactamente esa noche, pero no fue por eso que te desheredaron —negó Sharptooth—. Lo hicieron porque pensaron que eras un squib.
Harry frunció el ceño.
—¿Y qué es un squib?
—Es una persona no mágica nacida de magos —explicó el duende—. La gente los considera una vergüenza para la familia y existe la vieja tradición de repudiarlos y enviarlos al mundo muggle para que se las arreglen solos.
—Pero… —Harry entró en pánico—. Usted dijo que yo soy mágico.
—Y lo eres —confirmó Sharptooth—. Ellos simplemente asumieron que no lo eras y te desecharon sin confirmarlo primero con nosotros.
—¿Cómo sabe tanto?
—Está escrito en tus papeles.
—Está escrito en tus papeles. —Sharptooth abrió de nuevo el portafolio y extrajo el documento de repudio—. Era un contrato cerrado, pero para conocer tu identidad tras la prueba de sangre, tuvimos que reabrirlo.
Harry asintió y comenzó a leer, sintiendo cómo el pecho le ardía por el dolor. Podría haber tenido padres y un hermano gemelo, pero no: tuvieron que echarlo declarándolo…
Harry forzó la vista.
—¿Quién es Albus Dumbledore?
—El Señor Luminoso —escupió Sharptooth con asco—. Director de Hogwarts y la fuente de nuestros problemas. Él es quien se interpone entre nosotros, las criaturas oscuras, y nuestros derechos.
—Aquí dice que él confirmó que yo era un squib —murmuró Harry sombríamente—. ¿Podría ser porque sabía que soy un "hijo de alma" del Señor Tenebroso?
—Poco probable. De haberlo sabido, habría preferido manipularte o, tal vez, matarte.
—Ya… veo… —Harry suspiró, cerrando los ojos con resignación—. Así que parece que, para seguir sobreviviendo, tendré que acudir al Señor Tenebroso… es decir, a mi padre.
Chapter 3: Deslizamiento
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Harry Ryddle suspiró suavemente, frotándose la frente mientras cerraba el libro y dejaba que su vista se perdiera en el jardín a través de la ventana. Había pasado una semana desde que despertó en Gringotts para descubrir que pertenecía a un mundo completamente diferente: un mundo mágico. Tras enterarse de que tenía un "padre de alma" y revisar las propiedades de este —que técnicamente ahora le pertenecían por derecho de conquista, aunque prefería pensar que era simplemente por ser el hijo de Lord Slytherin, alias Tom Sorvolo Ryddle—, Harry había elegido instalarse en la mansión de los Ryddle.
Siguiendo el consejo de Sharptooth, este era el lugar más seguro. Pocos conocían el verdadero nombre del Señor Tenebroso y menos aún la ubicación de esta mansión, lo que le permitiría estar a salvo mientras su padre siguiera desaparecido.
Harry observó el jardín, donde Bailey, una elfa doméstica libre que Sharptooth le había recomendado, trabajaba con esmero. Tras pronunciar las "palabras de vinculación" para reclamarla, Harry se había asegurado de que Bailey estuviera bien provista; ahora vestía una blusa color bígaro, una falda floral y guantes de trabajo que él mismo le sugirió, reemplazando la vieja y sucia funda de almohada que solía usar. Los duendes se habían encargado de los trámites muggles para despedir al antiguo jardinero y habían renovado los potentes encantamientos de privacidad alrededor de la propiedad. Gracias a Bailey, la mansión de los Ryddle estaba recuperando rápidamente su antigua gloria.
Debido a los cuidados de la elfa y a las pociones de los sanadores, Harry —quien prácticamente no podía moverse de la cama al llegar— estaba mejorando. Sus órganos internos y sus huesos sanaban correctamente y, a medida que recuperaba la salud, sus escamas esmeraldas brillaban con más intensidad. Bailey lo mimaba en exceso, obligándolo a guardar reposo absoluto, saturándolo de pociones y presionándolo para que comiera hasta reventar. Incluso se encargaba de sus necesidades básicas con una bacinica, algo que Harry encontró mortificante tras el vergonzoso descubrimiento de cómo funcionaba ahora su sistema digestivo y urinario.
«Tengo ocho años, maldita sea. ¡No necesito un orinal!», pensaba con amargura, pero el destino y Bailey opinaban lo contrario.
Para mantenerlo ocupado, la elfa le traía libros básicos de magia y herencias de criaturas comprados con el oro de las bóvedas de su padre. Sin embargo, no pudo encontrar nada sobre los nagas; al ser considerados criaturas tenebrosas con órdenes de "ejecución inmediata", los libros sobre ellos estaban prohibidos. Ni siquiera Sharptooth podía decirle mucho, más allá de que su dieta consistiría inicialmente en carne y vegetales crudos, y que eventualmente podría recuperar sus dos piernas y ocultar sus escamas una vez que terminara de sanar, aunque no sabía explicarle el proceso exacto.
También descubrió que era un metamorfomago. Según Sharptooth, que el pelo le creciera una vez podía ser magia accidental, pero hacerlo repetidamente era un don genético. Harry quedó maravillado. Tan pronto como el duende se fue, le pidió un espejo a Bailey e intentó cambiar su cabello. Cambiar el color resultó tan natural como respirar, pero el problema surgió con la longitud. Al concentrarse demasiado, sintió un cosquilleo en el cuero cabelludo y, al abrir los ojos, su pelo era tan largo que sobrepasaba con creces su cintura.
Harry quiso esconderse y no salir nunca más.
Para su sorpresa, Bailey se mostró encantada y le ofreció un corte profesional. Aunque Harry desconfiaba —el trauma de los trasquilones de tía Petunia seguía fresco—, decidió darle una oportunidad. La elfa preparó todo con maestría y el resultado fue impecable. Ahora el cabello le llegaba a los hombros en ondas suaves, aportando volumen a su rostro delgado y ayudando a controlar aquel "nido de pájaros" que solía tener en la cabeza. Harry le agradeció tanto que la elfa rompió a llorar de alegría.
Tras ese pequeño incidente, decidió no usar más sus habilidades hasta encontrar a su padre. Estaba convencido de que un mago tan brillante sabría guiarlo, especialmente siendo él mismo un naga. Los duendes habían prometido buscarlo a cambio de oro, pero la duda lo asaltaba: nadie lo había visto en siete años. ¿Podrían encontrarlo?
«Claro que sí», se decía Harry, negándose a pensar lo contrario. Los duendes eran poderosos y conocían secretos que los magos ignoraban. Pero entonces, una duda más oscura lo asaltaba: ¿y si el Señor Tenebroso no quería saber nada de él? Al fin y al cabo, como dijo Sharptooth, él no era más que el producto no planificado de un experimento mágico.
Harry sacudió la cabeza, negándose a pensar en ellos. Había pasado toda su vida solo, sobreviviendo con sobras, y estaba seguro de que podría hacer lo mismo hasta que supiera suficiente magia para valerse por sí mismo. Si el Señor Tenebroso realmente velaba por las criaturas tenebrosas, ¿acaso no podría ofrecerle un pequeño techo bajo el cual vivir y, al menos, un poco de carne? De lo contrario, tendría que aprender a cazar y quizás construir una cabaña cerca del bosque; tal vez Bailey podría ayudarlo con la construcción y traerle comida hasta que él aprendiera a valerse por su cuenta.
Sin embargo, antes de cualquier plan, necesitaba aprender a desplazarse. Durante su recuperación la semana anterior, Harry había tenido tiempo suficiente para explorarse a sí mismo. Su gran cola medía al menos un metro y medio de largo y estaba cubierta de escamas de un profundo color esmeralda con bordes oscuros y brillantes. Bajo la luz, cada escama centelleaba en distintas tonalidades verdes, como si estuvieran cubiertas de polvo de esmeralda cada vez que movía un músculo. Además, tenía escamas salpicadas por los costados, alrededor del ombligo y en parches sobre sus brazos, clavículas, cuello y espalda. También descubrió que poseía garras retráctiles capaces de cortar madera y metal con facilidad, y notó que sus pupilas se habían vuelto más anchas y oscuras.
Otro descubrimiento inquietante ocurrió cuando se asustaba o se enfurecía —como cuando Sharptooth le explicó lo que el bando luminoso le haría si lo descubrían—: unos colmillos largos y delicados cargados de veneno descendían de unos orificios en sus encías. Al principio, la idea de tener veneno lo aterrorizó, pensando que moriría si llegaba a tragárselo, pero Sharptooth le aseguró que ahora ese veneno era parte de su organismo y que incluso le ayudaría a digerir los alimentos. Además, el duende le confirmó que ningún otro veneno —a excepción del de basilisco, una especie casi extinta— podría hacerle daño a un naga. Al menos ahora tenía un arma para defenderse.
A pesar de sentirse mucho mejor, Harry aún no había intentado "caminar" o, mejor dicho, reptar. Aunque seguía estando tan delgado como una vara, los duendes le aseguraron que con las pociones y la alimentación adecuada estaría bien en unos meses; de haberse quedado con los Dursley, su crecimiento probablemente se habría atrofiado de forma permanente.
Decidido, dejó los libros a un lado, se sujetó del marco de la ventana y empujó su cola fuera de la cama con las manos. Era una sensación extraña intentar ponerse de pie sin piernas; ¡jamás pensó que las echaría de menos! Apoyándose contra la pared, intentó colocar su enorme cola debajo de él para impulsarse. Controlar un apéndice tan largo y musculoso era increíblemente difícil, aunque Harry agradecía que su cola lo hiciera ver mucho más grande y alto que Dudley.
En un intento de deslizarse, se impulsó desde la pared tratando de lanzarse hacia adelante, imitando el movimiento de las serpientes que veía en el jardín de los Dursley. El resultado fue un golpe seco contra el suelo que le dejó la nariz aplastada contra el piso.
«¡Dios mío! ¿Cómo es que las serpientes hacen que esto parezca tan fácil?», pensó frustrado. Supuso que nacer con cola era muy distinto a tener que adaptar un par de piernas a una.
Su experimento no pasó desapercibido para los ojos vigilantes de Bailey, quien apareció con un estallido, casi histérica.
—¡Amo Harry! ¿Cuántas veces tiene Bailey que decirle que no se levante de la cama? —reprendió la elfa, agitando su pequeño puño—. El amo Harry debe descansar.
Con un chasquido de sus dedos, Harry, su larga cola y su dignidad herida flotaron de regreso a la cama.
—¿Por qué se hace daño, amo? —sollozó ella.
Harry quiso esconderse bajo las mantas.
—Necesitaba aprender a reptar, Bailey —murmuró con culpabilidad y un poco de temor; aquel puño cerrado le recordaba vagamente a su tío Vernon, aunque Bailey no se le pareciera en nada más.
La elfa lo miró con los ojos entrecerrados, soltó un bufido y, con otro chasquido, hizo aparecer un vial frente a él.
—El amo necesita su poción ahora.
Harry la bebió sin protestar, sabiendo lo persistente que podía ser ella.
—Antes de caminar, primero debe sanar —sentenció Bailey antes de desaparecer.
Harry supuso que Bailey no se equivocaba, pero al menos ahora puede intentar practicar moviendo su cola. ¿Quizás podría mover su cola, digamos, hacia la pared frontal? ¿Cerca de la puerta?
Tenía razón, pero al menos podía practicar el movimiento de los músculos. Sin embargo, cuando intentó mover la cola hacia adelante, el apéndice solo se agitó y se retorció torpemente sobre la cama. Notó que cuanto más cerca estaba de la punta, menos control parecía tener; requería un esfuerzo enorme mover el extremo final. En un momento dado, su cola terminó enredada sobre sí misma en un nudo complicado, obligándolo a suspirar con frustración y desatarla manualmente. Tras varios minutos de lucha contra los espasmos de su propio cuerpo, finalmente lo logró.
Suspiró y decidió que ya había sido suficiente por hoy. Para aprender a dar "deslizarse", primero tendría que ir de poco en poco.
Durante la semana siguiente, Harry se enseñó a sí mismo, con lentitud pero con firmeza, a usar su cola para desplazarse. Para su sorpresa, reptar requería mucho más trabajo que simplemente mover la cola de un lado a otro sobre el suelo, como había imaginado al principio. Tras mucha práctica y exploración, descubrió que necesitaba iniciar el movimiento en las caderas y dejar que la onda se desplazara hacia el final de su cola escamosa. Además, su cola no permanecía plana sobre el piso; se elevaba un poco a intervalos y descendía para impulsarlo hacia adelante. Era un movimiento involuntario, pero no por ello menos fascinante.
Había tantos pequeños movimientos involucrados que, cada vez que Harry intentaba analizarlos para controlarlos a voluntad, terminaba tropezando y cayendo de bruces con los brazos agitándose en el aire. Esto provocaba que una Bailey semi-histérica apareciera de la nada para regañarlo mientras lo devolvía a la cama. Le tomó varios días aprender a dejar de pensar en sus músculos; simplemente debía desear moverse, pues el análisis excesivo solo lograba confundirlo más.
Había elegido una habitación en la planta baja de la mansión de los Ryddle, prácticamente la primera que encontró habitable. Aunque el cuarto era inmenso —al menos el triple del tamaño de su alacena—, resultaba demasiado pequeño para que un naga principiante practicara el arte de reptar. Por ello, aunque ya dominaba el movimiento dentro de la estancia, sus desplazamientos seguían siendo lentos y rígidos. Aun así, Harry no se quejaba; comparado con su antigua vida, aquel lugar era un lujo lleno de espacio, luz y aire puro.
Con el paso de los días, Harry descubrió que tenía un mejor control si se contoneaba y balanceaba las caderas de lado a lado, de forma similar a como lo hacían las mujeres en las series de televisión que solían ver los Dursley. Era un método funcional que lo hacía sentir más feliz y optimista respecto a su situación. Sabía que mejoraría con la experiencia y, para obtenerla, ¡necesitaba explorar el jardín!
Afortunadamente, logró persuadir a Bailey para que lo dejara salir, e incluso el sanador Sharptooth aprobó que tomara algo de sol por salud. Sabiendo que los duendes habían colocado potentes encantamientos de privacidad que mantendrían alejados a los muggles o visitantes indeseados, Harry se sintió seguro para vagar sin miedo a ser descubierto.
Un día, al notar que Bailey no estaba a la vista, Harry aprovechó la oportunidad para levantarse de su silla de jardín. Comenzó a balancear las caderas para poner su cola en movimiento y sintió una euforia extraña al percibir el roce de sus escamas contra la tierra. Eran tan sensibles que podía sentir cada brizna de suciedad, cada hoja, cada rama y cada pequeño desnivel del terreno. Notaba la rugosidad de los guijarros y los leves arañazos que dejaban a su paso, mientras las ramas secas crujían bajo su peso. Al alejarse de la fuente y ganar confianza, cruzó el jardín y se dirigió hacia el bosque, sabiendo que las protecciones mágicas también cubrían esa zona.
Se adentró en la espesura mientras el aleteo y el canto de los pájaros llenaban el ambiente. Cerca de unos árboles, un tronco caído captó su atención y, de repente, sintió el impulso de treparlo. Al fin y al cabo, ni tío Vernon ni tía Petunia estaban allí para castigarlo por seguir sus instintos. Las escamas de su cola rasparon la madera húmeda y, movido por la curiosidad, Harry se inclinó para envolver el tronco con su enorme cola, queriendo probar su fuerza. Una vez que estuvo bien enroscado, tensó sus músculos con todas sus fuerzas.
La madera muerta crujió y se astilló de forma espectacular bajo la presión de su esbelta cola. Harry no pudo evitar aplaudir y sonreír con entusiasmo ante los restos destrozados; nunca antes se había sentido tan fuerte. Sentir que podía aplastar cosas lo llenó de un orgullo electrizante. «Si tan solo pudiera aplastar a los Dursley así», pensó con malicia.
Si estaba destinado a ser una criatura, al menos era una fuerte, capaz de protegerse con sus músculos y su veneno mortal. Se preguntó cuánto más fuerte sería cuando estuviera sano y fuera un adulto, especialmente contando con la magia para respaldarlo. Se quedó mirando el tronco, estudiando su grosor y preguntándose si podría hacer lo mismo con un árbol vivo, aunque decidió que eso tendría que esperar: no quería destruir los nidos de los pájaros solo por un experimento.
Harry contempló los trozos de madera astillados con una sonrisa de satisfacción antes de buscar con entusiasmo otro tronco similar para repetir el proceso; quería comprobar qué tan gruesa podía ser la madera antes de que su fuerza fallara. Hasta el momento, había logrado triturar seis troncos de diversos grosores, siendo el más ancho uno de unas veinte pulgadas. Sin embargo, al intentar constreñir uno de treinta pulgadas, se cansó rápidamente y no pudo seguir apretando. Se preguntó si la limitación se debía a su complexión delgada o a su delicado estado de salud.
Encogiéndose de hombros, Harry descartó la pregunta por el momento, sintiéndose feliz con su fuerza actual y dispuesto a tomarse un respiro. Sabía que, una semana atrás, habría colapsado tras el primer tronco, pero ahora estaba mejorando a pasos agigantados. No podía esperar a alcanzar su salud óptima para descubrir de qué más sería capaz con su nuevo poder y su magia; las posibilidades eran infinitas y le emocionaba pensar si algún día podría triturar ese tronco de treinta pulgadas. ¡Sería increíble!
Sin ganas de regresar a casa todavía, se deslizó más cerca del suelo y se sentó sobre los anillos de su propia cola, disfrutando del sol en su rostro. Nunca había tenido la oportunidad de tomar el sol adecuadamente; lo más parecido habían sido las horas de trabajo forzado bajo el calor en Privet Drive. En ese momento, Bailey apareció con un estallido para ofrecerle una bandeja llena de guayabas y manzanas, la cual Harry aceptó sin protestar, comiendo con gusto mientras se relajaba.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, pero abrió los ojos al sentir ese familiar hormigueo en la nuca que le advertía que alguien había cruzado las protecciones. Agitó la lengua para saborear el aire y sonrió al reconocer el rastro de su amigo duende; se había acostumbrado a su esencia tras tantas visitas desde aquel primer encuentro en Gringotts. Se desenroscó y comenzó a reptar de regreso a la mansión.
—Sanador Sharptooth —saludó Harry con una amplia sonrisa, apoyándose contra un cerezo—. Que tu oro crezca siempre.
—Y que tus arcas se desborden, pequeño Harry —respondió Sharptooth con un asentimiento y una sonrisa suave.
En las últimas semanas, el duende le había tomado cariño al joven mago. Harry siempre era educado, respetuoso y humilde, cualidades difíciles de ignorar. Además, para Sharptooth, Harry era mucho más que un simple mago: era un naga con una mente curiosa e inteligente, y una personalidad fuerte que los muggles no habían logrado quebrantar.
—Veo que has aprendido a desplazarte por tu cuenta con éxito —observó el duende.
—Supongo que sí —respondió Harry, mirando de reojo su cola y enviando pequeñas ondas de movimiento a través de ella para ver cómo brillaban sus escamas. Nunca se cansaba de verlas relucir.
—Te traigo buenas noticias.
Harry contuvo el aliento, mirándolo fijamente. Solo podía haber una noticia que encajara en esa descripción en aquel momento.
—¿Han encontrado a mi padre?
Sharptooth sonrió ampliamente.
—En efecto.
Chapter 4: El homúnculo
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—¿Qué? —soltó Harry con voz inexpresiva, mirando fijamente a la criatura que tenía delante.
Era algo de aspecto escamoso, pálido como el papel, con la piel en carne viva y un matiz azulado. Sus brazos y piernas eran delgados y débiles, y su rostro, similar al de una serpiente, no tenía ni un solo pelo. Unos ojos de un rojo carmesí brillante le devolvieron la mirada. Por instinto, Harry agitó la lengua para saborear el aire; parpadeó sorprendido al percibir la oscuridad, el magnetismo de su aura —que ahora sabía que era su magia—, el dolor y una desconfianza extrema. Y, sin embargo, se sentía tan familiar.
Era de su propia estirpe.
Realmente era su padre mágico, dada la similitud en sus esencias y su actitud comprensiblemente cautelosa. Para ser honestos, ¿acaso Harry no desconfiaba también? Después de todo, eran extraños. Tal vez el hombre ni siquiera sabía que tenía un hijo.
—Esta es la forma de homúnculo del Señor Tenebroso, que ayudamos a crear mediante magia a partir de su espectro —explicó el rey de los duendes con paciencia ante el horror del niño.
Harry apartó la vista del homúnculo para mirar al Rey.
—No sabía que mi padre se había convertido en un espectro; el sanador Sharptooth dijo que fue derrotado, no asesinado —dijo Harry con evidente frustración, rascándose la cicatriz que no había dejado de punzarle desde que llegaron. ¿Por qué se comportaba así? Nunca antes lo había hecho.
—Oh, el Señor Tenebroso está muy vivo; solo ha perdido su cuerpo. Únicamente necesita crear uno adecuado.
Claro, lo decía como si crear un cuerpo fuera un juego de niños para un pequeño de ocho años que apenas un mes atrás ni siquiera sabía que la magia existía. ¡Rayos, si ni siquiera dominaba el arte de reptar todavía!
—Pero… —El pánico de Harry alcanzó niveles astronómicos y su voz se volvió aguda e histérica—. ¿Cómo va a crear un cuerpo en este estado de indefensión? Yo aún no sé suficiente magia. ¿Y si lo arruino? ¿Y si lo mato por accidente otra vez? ¿Y si yo…?
—No te preocupes, niño —gruñó el rey de los duendes, cortando su divagación—. Estoy seguro de que cuando esté sano y tenga suficiente energía, compartirá su conocimiento con nosotros. Bailey y el sanador Sharptooth te ayudarán a cuidarlo hasta que eso ocurra.
Harry asintió sintiéndose torpe e inútil. Observó la forma desvalida de su padre mientras el Rey y su guardia se marchaban por la red flu. No pudo evitar sentir simpatía; no hacía mucho él estaba en la misma posición, golpeado y sin saber siquiera cómo caminar. Volvió a agitar la lengua. Su padre emanaba confusión, una desconfianza creciente y dolor. Mucho dolor.
—¿Padre? ¿Puedes entenderme?
Los ojos rojos parpadearon lentamente, mirando hacia el frente. Harry suspiró antes de sentarse sobre los anillos de su cola frente al cómodo asiento, similar a una silla de ruedas, donde habían depositado a su padre.
—Eh, ¿Bailey? —llamó, y su leal amiga apareció con un estallido—. ¿Crees que mi padre necesite algo? Solo percibo dolor en él.
—¿Quizás el amo Harry quiera darle un poco de sopa? Los duendes sanadores dicen que el amo Señor Tenebroso necesita sopa con pociones varias veces al día.
—Probablemente sea una buena idea. ¿Puedes traerme un poco? Intentaré alimentarlo. Y revisa la lista que te dieron, mira si hay algún analgésico… quiero decir, una poción para el dolor.
Bailey hizo una reverencia y desapareció. Harry volvió a mirar el fuego crepitante de la sala, sin notar a la gigantesca serpiente que entró reptando y levantó la cabeza hasta quedar a la altura de sus ojos. Cuando el animal habló, Harry soltó un chillido de sorpresa y se giró rápidamente, siseando de forma amenazante. Sus colmillos estaban fuera y el veneno goteaba de su barbilla en densas gotas.
—Guarda eso, cría, y responde a mi pregunta.
Los ojos amarillos de una víbora de más de cuatro metros de largo lo miraron con igual amenaza. Harry no pudo evitar admirar sus escamas de un negro azabache brillante; era realmente hermosa.
—Me temo que no escuché tu pregunta.
Harry sintió cómo sus colmillos se retraían y se limpió el rastro de veneno con el dorso de la mano. No conocía a su padre, y ciertamente no quería ganarse la enemistad de su mascota. ¿Podría ser otra naga? ¿Quizás su esposa? Maldición, ¿su padre estaría casado?
—Pregunté: ¿quién eres? He oído que llamas a Tom “padre”, pero Tom no tiene hijos,
—No sabía que las serpientes entendían el español.
Vaya, su padre tenía una serpiente exigente que lo llamaba por su nombre de pila y lo conocía lo suficiente como para saber que no tenía descendencia. Definitivamente era una naga, probablemente su madre.
Al parecer, ella no apreció su respuesta impertinente, pues siseó con furia. Harry suspiró.
—No soy su hijo biológico, sino algo así como su… hijo del alma.
La serpiente ladeó la cabeza, confundida. «Dios mío, ¿es normal que una serpiente parezca confundida?», se preguntó Harry. Pero, ¿desde cuándo su vida era normal? Se encogió de hombros.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Me temo que yo mismo no lo entiendo. Los duendes hicieron una prueba y confirmaron que soy el hijo del alma de Tom Sorvolo Ryddle. Como no tengo a nadie más, pedí su ayuda para traerlo de vuelta
Fue todo lo que pudo decir antes de que Bailey apareciera con una bandeja, un gran cuenco de sopa cremosa de pollo, una cuchara y dos viales de poción, indicándole que debía darle el analgésico después de la comida. Harry asintió agradecido mientras Bailey conjuraba una mesita para colocar la bandeja frente a su padre. Él cambió de posición, se enroscó cómodamente y tomó el primer vial.
—¿Padre? ¿Podrías intentar abrir la boca? Necesitas beber la poción y luego algo de sopa; después te daré algo para el dolor.
La forma de homúnculo de su padre lo observó con un brillo calculador, probablemente juzgando si era digno de confianza. Tras un largo minuto, abrió la boca lentamente. Harry sonrió y vertió con delicadeza la poción, masajeando su garganta para ayudarlo a tragar, tal como había visto hacer al sanador Sharptooth cuando él mismo no podía ingerir nada. Tras varios intentos, la poción llegó finalmente a su estómago. Harry celebró el éxito en silencio y tomó el cuenco de sopa humeante.
La serpiente gigante lo vigilaba como un halcón mientras él alimentaba a su padre con paciencia, limpiándole la comisura de los labios con una servilleta cuando el líquido se escurría. Cuando el cuenco estuvo a la mitad, el homúnculo giró la cabeza, negándose a comer más. Harry limpió su rostro, le dio el analgésico y llamó a Bailey, quien apareció al instante para llevarse la bandeja.
—¿Debería intentar llevarlo a una cama? —preguntó Harry, volviendo al lenguaje de las serpientes sin darse cuenta.
—Sería una buena idea —coincidió la gigantesca serpiente.
Pero eso planteaba otra duda.
—¿Pero dónde lo pongo? No quiero que esté lejos por si necesita algo.
—Entonces llévalo a tu nido; los tres estaremos en la misma habitación.
Harry asintió; le parecía un buen plan. Tomó con cuidado el bulto de mantas con su padre en brazos y comenzó a reptar hacia su dormitorio. Nagini lo siguió de cerca y, tras observar sus movimientos, habló:
—Mueves la cola de forma incorrecta. No eres un gusano arrastrándose por el fango ni un pez dando coletazos. Imagina tu cola como una onda que nace en tu columna, subiendo y bajando contra el suelo y extendiéndose desde tu centro.
Harry arqueó una ceja sorprendido, pero tuvo cuidado de no soltar a su padre mientras lo depositaba en el centro de su cama. Una vez que lo arropó, se giró hacia la serpiente.
—¿Ah, sí? ¿Podrías enseñarme a reptar perfectamente, entonces?
—Hmpf —ella lo evaluó de arriba abajo—. Eres muy flaco, ¿acaso no comes lo suficiente?
—Ya te lo dije, no tuve a nadie que me cuidara. Después de que mi guardián muggle me golpeara casi hasta matarme, mi magia despertó mi herencia de criatura y los duendes me rescataron. Así fue como supe de mi padre de alma.
La serpiente lo miró fijamente antes de asentar lentamente.
Está bien, te enseñaré a ser una verdadera serpiente, cría. ¿Cómo te llamas?
—Harry.
—Hola Harry. Yo soy Nagini.
Harry sonrió radiante, encantado de tener la aprobación de la mascota de su padre.
—¿Tienes hambre? Podría pedirle a Bailey que te traiga un conejo. ¿Te gustan?
—El conejo está bien —respondió Nagini ladeando su cabeza triangular—, pero prefiero cazar mi propia presa; no te preocupes por mí. ¿Y dónde está tu ropa? Sigues siendo humano, es impropio andar así.
—Lo sé —Harry se encogió de hombros, sentándose sobre sus anillos cerca de la chimenea—. Tengo ropa vieja de mi primo muggle, pero hace que mis escamas y la piel de alrededor me piquen y se pongan rojas.
—Ah —Nagini asintió con un gesto pensativo muy poco común en un reptil—. Recuerdo cuando Tom empezaba como naga. Las escamas son demasiado sensibles al algodón barato. Necesitarás ropa hecha de seda pura de duende, comprarla en las tribus naga o crearla tú mismo según tus necesidades.
Harry parpadeó asombrado.
—Vaya, sabes mucho para ser una serpiente. A menos que seas una naga también…
—No soy una naga —Nagini negó con la cabeza mientras se enroscaba en la alfombra frente al fuego—. Soy una maledictus.
Harry frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Una “maledictus” es portador de una maldición de sangre que, en última instancia, lo destina a transformarse permanentemente en una bestia; en mi caso, una serpiente.
Harry se quedó boquiabierto.
—Espera, ¿dices que eras humana y te maldijeron para ser una serpiente?
—Sí.
—¡Eso es horrible! ¿Quién pudo hacerte algo así?
—Un mago malvado en el que prefiero no pensar —sentenció Nagini con una mirada que le advertía no seguir por ahí.
Harry asintió, comprendiendo perfectamente lo que era no querer hablar de quienes te hicieron la vida miserable.
—¿Es por eso que odias a los magos? ¿Entonces por qué estás con mi padre?
—Tom —dijo Nagini mirando hacia la cama— es diferente. Cuando nos conocimos, la maldición aún no era permanente. Él fue lo bastante amable como para ofrecerme protección y un lugar cálido cuando más lo necesitaba. Le estaré agradecida hasta mi último aliento.
Nagini no miró a Harry al terminar su relato. Él, por su parte, se giró lentamente hacia la chimenea, dejando que el crepitar de la leña llenara la habitación con un calor que acompañaba sus reflexiones sin interrumpirlas. Harry no pudo evitar sentir una profunda lástima por ella; no lograba imaginar lo que significaba estar atrapado en el cuerpo de una serpiente por el resto de la vida, especialmente cuando él, siendo apenas mitad serpiente, ya se encontraba en una etapa de duelo casi histérica por la pérdida de sus piernas.
—Amas a mi padre, ¿verdad? —preguntó Harry de repente.
Nagini se tensó ante la pregunta y giró la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué piensas eso?
—Solo una corazonada —dijo él encogiéndose de hombros—. Digo, si no estuvieras atrapada como serpiente, tú y mi padre podrían haberse casado, ¿no?
Nagini resopló, volviendo la vista al fuego.
—No apostaría mis estrellas a eso; Tom es asexual.
—¿A-qué?
—¡Por el amor de…! —suspiró ella sacudiendo la cabeza—. Es un término que aprenderás cuando seas mayor.
—… entendido —Harry la miró con escepticismo, pero decidió dejarlo pasar—. Cuéntame más sobre él.
Tras alimentar a su padre con la poción y la sopa por segunda vez, Bailey trajo el almuerzo. Aunque Harry consideró ir al comedor, finalmente prefirió que le sirvieran en la estancia. Nagini levantó la cabeza y observó los platos mientras agitaba la lengua.
—Cría, ¿solo vas a comer carne?
—He comido suficientes frutas de bocadillo —se defendió Harry, sintiéndose como un niño regañado.
—No es suficiente. Pídele a la elfa que te traiga huevos crudos, leche y al menos un poco de ensalada —siseó Nagini, disgustada.
—¿Leche?
Harry arrugó la nariz, con desagrado; por alguna razón, detestaba su olor.
—Eres solo una cría, necesitas mucha leche —sentenció ella con una mirada que le prohibía negarse.
Harry se encogió de hombros a la defensiva.
—Nunca he tomado leche; era lo único que me alegraba que tía Petunia no me diera —añadió Harry a la defensiva antes de pedirle a Bailey que actualizara su dieta.
No notó cómo Nagini se tensó ante su confesión, pero la elfa, encantada con los cambios, trajo todo en menos de cinco minutos.
Harry observó el huevo crudo, dudando de si le gustaría el sabor. Decidió cascar un extremo con la cuchara y beberlo directamente. Para su sorpresa, aquella sustancia viscosa y ligeramente dulce no sabía tan mal como esperaba. Se lamió los labios y tomó un vaso de zumo de calabaza para quitarse el sabor, pero Nagini, que seguía cada uno de sus movimientos, lo reprendió:
—El zumo no; bebe la leche, cría.
Harry hizo una mueca al percibir el olor, pero Nagini le aconsejó:
—Come un trozo de carne justo después; eso te quitará el mal sabor.
—¿Por qué te preocupas tanto por mí, Nagini? —preguntó él mientras sostenía el vaso.
—Bueno, si eres la cría de Tom, entonces también eres la mía —respondió ella con un gesto equivalente a un encogimiento de hombros—. Y ya que Tom fue y se hizo explotar a sí mismo, no puede darte los cuidados que necesitas para reparar el daño que esos muggles te hicieron. Es mi responsabilidad cuidar de ambos y de nuestro nido.
Harry se quedó helado, con los ojos muy abiertos y profundamente conmovido. Nadie había querido cuidar de él antes. ¿Realmente lo decía en serio? "Nuestro nido". A Harry le encantó cómo sonaba aquello.
—Entonces… ¿serás mi mamá? —su voz se quebró por la emoción y sus ojos brillaron.
Agitó la lengua de forma involuntaria, percibiendo el aroma terrenal de Nagini: un rastro a madera quemada que sabía a seguridad y a familia. No le importaba que fuera una Maledictus; no cuando se le había negado el afecto toda su vida.
Nagini, que inspeccionaba la comida, se quedó inmóvil.
—Termina la leche, cría.
No era un sí, pero tampoco un no. Harry sonrió para sus adentros y decidió bromear:
—Sí, mamá.
Nagini rodó los ojos de una forma muy poco reptiliana y se deslizó hacia la cama para enroscarse junto a su padre. Harry terminó su comida rápidamente, observando la elegancia de sus movimientos; nunca había podido ver a una serpiente tan de cerca.
—Vamos, Harry. Las crías necesitan siesta —le informó ella.
Él asintió sin energías para discutir; el sueño lo vencía y la cama se veía acogedora. Mientras Bailey hacía desaparecer los platos, Harry reptó hacia el dormitorio.
—Más tarde te enseñaré a usar tu cola como una verdadera serpiente.
—Sí, mamá —respondió Harry feliz por tener finalmente una guía.
Nagini se tensó de nuevo al oír el apelativo, pero para alivio de Harry, no hizo ningún comentario. Al captar su rastro, Harry supo que, a pesar de la frialdad propia de los reptiles, ella se sentía complacida y decidida.
Harry se acomodó en la cama, enroscándose alrededor de la gran víbora y ajustando las mantas para que los tres estuvieran calientes. Su cicatriz había dejado de doler desde que su padre se durmió. Aunque pensó que sería extraño compartir cama con un homúnculo y una serpiente gigante, cuando los anillos de Nagini lo envolvieron con suavidad para acercarlo a ellos, no pudo evitar ronronear de felicidad.
Familia. Calor.
Lo último que recordó antes de quedarse profundamente dormido fue una gran cabeza triangular descansando sobre su pecho.
Chapter 5: Una pequeña familia de cuatro
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Harry masculló algo incoherente mientras se removía entre sueños, hundiendo el rostro en una almohada suave y cálida. Estaba a punto de darse la vuelta cuando sintió un peso que lo inmovilizaba contra el colchón. Ante la resistencia, frunció el ceño aún dormido, cobrando conciencia lentamente de que la cama era mucho más mullida que su viejo colchón en la alacena. Se sentía seguro, envuelto en un calor reconfortante y con el aroma de su estirpe flotando en el aire. Harry se sintió confundido; no todos los días se despertaba sintiéndose tan pleno y satisfecho.
Entonces, los recuerdos lo golpearon de golpe. ¿Todo aquello había sido real?
Giró la cabeza para inspeccionar su entorno y descubrió que el peso muerto sobre su pecho era la cabeza de Nagini. O mejor dicho, de "mamá". Harry sonrió, regocijándose en la palabra. Ahora tenía una madre y pensaba llamarla así siempre. Recordaba cómo tía Petunia mimaba a Dudley cuando él la llamaba "mamá"; se preguntó si todas las madres serían así. No lo sabía, pero Nagini parecía lo bastante cariñosa, a juzgar por cómo lo abrazaba mientras dormían. Al fin y al cabo, los Dursley solo eran muggles corrientes, no una familia de nagas y maledictus.
Hablando de otros nagas…
Harry se giró para observar la figura de su padre, que aún dormía. Queriendo saber si se sentía mejor, Harry respiró hondo para captar su rastro: ya no percibía dolor, solo un poco de entumecimiento. «Qué bien», pensó mientras observaba los anillos de la serpiente, gruesos como el muslo de un hombre adulto, y comenzaba a acariciar las escamas brillantes. Sin darse cuenta, empezó a rascar suavemente, lo que provocó un siseo de placer en su madre.
—Buena cría —balbuceó Nagini somnolienta, agitando la lengua para rozar la mejilla de Harry como si le diera un beso.
Él soltó una risita suave y se concentró en explorar las escamas de Nagini, hasta que su atención se centró en la punta de la cola, que se movía ligeramente.
Curioso, intentó atraparla, pero Nagini la movió justo a tiempo. Harry volvió a reír, entretenido, e intentó de nuevo, pero la cola se le escapó entre los dedos con un giro rápido. Nagini, que ahora lo observaba con diversión en sus ojos rasgados, movió la cola una vez más y Harry estalló en carcajadas.
—Vuelvan a dormir, ustedes dos —dijo una voz suave, ronca y desconocida que sonaba exhausta.
Tanto Harry como Nagini se quedaron helados en medio de su juego, parpadeando el uno hacia el otro. De inmediato, ambos recordaron al tercer integrante de su nido.
—¡Tom!/¡Padre! —exclamaron al unísono, girándose hacia la forma de homúnculo del Señor Tenebroso, quien los observaba con sus vibrantes ojos rojos llenos de irritación y exasperación.
—¡Ya puedes hablar! —celebró Harry. Pensó que tardaría días en recuperar la voz.
—Sí, pero no mucho; me canso con facilidad —respondió su padre, observándolo todavía con recelo.
—Oh —Harry asintió, sintiéndose un poco rechazado, aunque no podía culparlo—. Por cierto, soy Harry. Soy tu hijo de alma.
El Señor Tenebroso lo miró con sospecha y exigió:
—Explícate.
—El sanador Sharptooth dice que tus experimentos mágicos con el alma crearon una parte de la mía. Eso te convierte en el padre de mi alma.
El Señor Tenebroso se le quedó viendo y extendió una mano pequeña y temblorosa hacia la cicatriz de su frente.
—Harry Potter… uno de los gemelos Potter.
Al contacto, Harry se tensó y soltó un siseo agitado, retrocediendo bruscamente cuando su cicatriz pulsó como si alguien le hubiera clavado un puñal en la cabeza. Empezó a rascarse furiosamente hasta que la piel se inflamó, y solo se detuvo cuando Nagini envolvió su muñeca con la cola para inmovilizarlo. Harry soltó un gemido, debatiéndose débilmente en la cama; su complexión delgada y su salud aún frágil no eran rival para una víbora de cuatro metros. El dolor intenso lo sobrepasaba.
—Intrigante —comentó su padre, aunque no intentó tocar la cicatriz de nuevo.
Harry se desplomó sobre su propia cola, exhalando un suspiro de alivio cuando el dolor desapareció de repente. Se quedó allí jadeando durante unos minutos, concentrado en Nagini, que le pasaba la lengua por las mejillas para calmarlo. Cuando se recuperó, vio a su madre mirándolo con preocupación y a su padre estudiándolo con fijeza. Entonces, recordó la pregunta.
—Nací como un Potter, sí, pero ellos me desheredaron declarando que era un squib. Lo cual no soy, por cierto. Puedo hacer magia, así que soy un "hechicero", igual que tú —sentenció, y de inmediato cambió el color de su cabello a un rosa vibrante, ignorando la reacción de desconcierto de su padre ante el término—. ¿Ves?
—:¡Vuelve a tu color, cría! —exigió Nagini, irguiéndose y ensanchando su capucha, ofendida por aquel tono—. ¿Acaso intentas dejarme ciega?
—Lo siento, mamá —Harry se mordió los labios para no reír y devolvió su cabello al color original. Luego miró a su padre expectante, quien suspiró.
—Me temo que solo podré confirmar eso cuando recupere mi salud. Estoy cansado.
—Creo que necesitas otra dosis de poción y sopa, espera —dijo Harry, antes de cambiar al español—. ¿Bailey?
—Eres una mamba verde —le informó el Señor Tenebroso al pequeño naga mientras lo observaba practicar su desplazamiento en el jardín junto a Nagini, discutiendo sobre quién poseía el veneno más peligroso.
—¿De verdad? —Harry lo miró con los ojos muy abiertos antes de volverse hacia la víbora—. ¿Oíste eso, mamá? ¡Soy una de las serpientes más mortíferas, una mamba! —exclamó con orgullo.
Nagini rodó los ojos y le dio un suave coletazo en la frente.
—Concéntrate en mover solo la cola sin agitar todo tu cuerpo. Y las víboras también somos letales, ¿verdad, Tom? —Ella se giró hacia él, quien los observaba con una mezcla de diversión y fijeza.
Ante la mención de su nombre, él no tardó en defenderse:
—No me miren a mí; yo mismo era una cobra albina. Todos somos letales y poseemos venenos extremadamente potentes.
Ante sus palabras, tanto madre como hijo se irguieron con orgullo y se entregaron de nuevo a la práctica. Nagini comenzó a enseñarle cómo abalanzarse sobre una presa utilizando su agilidad y velocidad.
Habían pasado días desde que Tom Sorvolo Ryddle regresó en esa forma de homúnculo. Desde el primer día, Harry se había ocupado de él con una dedicación que ninguno de sus seguidores habría mostrado jamás; sin vacilaciones ni muecas de asco. Probablemente, Harry sabía mejor que nadie lo que se sentía al estar atrapado e indefenso. Los cuidados constantes, sumados a los estabilizadores de magia y las pociones nutritivas que los duendes prepararon específicamente para él, habían dado resultados: ahora Voldemort podía hablar durante más tiempo e incluso realizar formas simples de magia. Aun así, se agotaba rápido, por lo que las tardes bajo el sol del jardín resultaban fundamentales para estabilizar su núcleo.
Si tan solo tuviera su varita…
Se sentía expuesto y vulnerable sin ella. Sabía que debía contactar a Colagusano para recuperarla, pero no tenía forma de localizar a esa rata asquerosa. Necesitaría a alguien con la marca para convocarlo, pero ¿en quién confiar? No sabía quién seguía siendo leal y quién intentaría aprovecharse de su debilidad. Todo se había desmoronado desde aquella noche de Samhain.
Voldemort alzó la vista hacia el niño naga, que reía mientras perseguía a Nagini. Ella lo tentaba y lo llamaba, como una madre que anima a su pequeño a dar sus primeros pasos. Sabía, sin rastro de duda, que aquel era el verdadero niño de la profecía. Ni el otro gemelo Potter ni el hijo de los Longbottom; podía sentir el nivel de poder en él. Solo había sentido algo similar en una persona en toda su vida: en sí mismo. No cabía duda de que Harry crecería para ser su igual.
¿Y aun así el niño se atrevía a reclamarlo como su padre?
Voldemort aún recordaba lo que había visto en la mente de Harry. El chico no tenía intención de traicionarlo; de hecho, planeaba construir una cabaña cerca del bosque para vivir allí cuando Tom recuperara su cuerpo. Aquella información lo había desconcertado, provocando una extraña opresión en su pecho que Voldemort decidió ignorar con recelo. Observó cómo Harry derribaba a Nagini y ambos rodaban por el suelo entre risas tras el impacto. «Tan rápido como una mamba de verdad. Impresionante», pensó. Además, nunca había visto a Nagini tan… feliz.
«Concéntrate, Voldemort», se reprendió a sí mismo mientras una imagen de otro joven de cabello oscuro y ojos verdes cruzaba su mente. Tan parecido a él… pero sacudió la cabeza. Debía ser su imaginación.
En ese momento, Bailey apareció con una bandeja de comida y conjuró una mesa frente a él.
—Es hora de la cena. Amo Harry, ¿debería alimentar yo al amo Señor Tenebroso esta vez?
El niño levantó la vista, con los ojos aún brillantes de risa.
—No, lo haré yo —dijo, intentando desenredar su cola de un nudo accidental.
Nagini, lejos de ayudar, siseaba con diversión ante su mirada frustrada, dificultándole el trabajo a propósito. Voldemort sabía que ella lo hacía para que Harry ganara más control sobre sus músculos; ella había hecho lo mismo con él cuando era un naga novato.
—Concéntrate en tu propia comida; ella puede ayudarme con una comida o dos —decidió Voldemort, permitiendo que la elfa se hiciera cargo.
Harry murmuró un asentimiento a regañadientes y se sentó frente a su padre tras lograr desenredarse. Mientras Nagini se ocupaba de su propia cena —una vaca traída por Bailey—, Harry enroscó su cola alrededor de la silla y bebió sus pociones. Entonces, se giró hacia la elfa.
—Oye, Bailey, ¿por qué no te unes a nosotros?
La elfa, que estaba terminando de alimentar a Voldemort, sufrió un ataque de hipo por la sorpresa. Voldemort también se quedó mirando, no tanto por el hecho de invitar a una elfa doméstica, sino por la amabilidad desinteresada de Harry hacia alguien tan insignificante. ¿Acaso no le recordaba a…?
—¿El amo Harry quiere que Bailey cene con ustedes?
—¡Claro! —dijo Harry con alegría—. Eres de la familia. Y la familia come junta, ¿no?
Bailey abrió los ojos como platos, conmovida y en estado de shock, antes de empezar a retorcerse la oreja con nerviosismo.
—Eh… gracias, Amo Harry, pero Bailey es solo una elfa doméstica, señor. Bailey no debería…
Voldemort interrumpió el drama de la elfa, deseando terminar de una vez su propia cena.
—Puedes unirte a nosotros. Después de que termines de alimentarme.
Bailey se quedó aún más boquiabierta antes de tartamudear:
—B-Bailey se siente muy honrada, amo Señor Tenebroso, señor.
Voldemort fingió no notar la enorme sonrisa que Harry les dirigía. En su lugar, decidió observar al niño mientras terminaba de comer. Bailey conjuró una silla pequeña y un plato extra para ella, comenzando a servirse con delicadeza.
—¿Deseas volver a tener dos piernas? —interrumpió él la conversación que mantenían el naga y la elfa.
Harry lo miró sorprendido, ya que Voldemort nunca solía iniciar una charla. Luego, procesó sus palabras y su rostro se iluminó de esperanza.
—Me encantaría, pero no sé cómo… —Se interrumpió, mostrando una vulnerabilidad tan similar a la de alguien que Voldemort conoció en el pasado que le resultó inquietante.
—Yo puedo enseñarte —se ofreció Voldemort, ignorando los susurros de su propia mente. Podía hacer al menos esto, dado que el niño estaba haciendo mucho por él—. Pero antes de eso, necesitarás ropa adecuada.
Harry se encogió de hombros mientras tomaba un trozo de carne con la mano y le daba un mordisco, para disgusto de Voldemort.
—Puedo usar mi ropa vieja cuando cambie. Para entonces ya no tendré escamas que me piquen.
—No, no puedes; para entonces tendrás la piel muy sensible —le informó Voldemort, observando con desagrado su forma de comer—. Y necesitarás lecciones de decoro, modales en la mesa y etiqueta. No permitiré que comas como una bestia en mi hogar.
Ante eso, Harry detuvo su mano a pocos centímetros de su boca, mirándolo con culpabilidad y timidez. Voldemort suspiró.
—Intenta no mostrar tus emociones tan abiertamente, niño. La gente las usará para convertirte en su blanco. Necesitarás lecciones de oclumancia.
—¿Qué es la "oclunancia"?
—Oclumancia —corrigió Voldemort, entrando en modo maestro—. Es el arte mental. Protege tu mente, te escuda de ataques mentales y evita que la gente sepa lo que estás pensando; te ayuda a organizar tus ideas y te permite crear una máscara.
Harry abrió la boca con asombro mientras escuchaba.
—Vaya, ¿puedes leer mi mente?
Por alguna razón, Harry parecía encantado con esa información, a diferencia de otros que se aterrorizarían de tener al Señor Tenebroso cerca de sus pensamientos. Pero, supuso él, Harry aún era un niño de ocho años; probablemente ni siquiera entendía el concepto de privacidad. Solo estaba —Voldemort escaneó sus pensamientos superficiales y suspiró exasperado para sus adentros— encantado de aprender nueva magia de su padre. De él.
—¿Cómo aprendo eso?
—Te proporcionaré libros —dijo Voldemort. Si realmente estaba atrapado con este imprevisto niño que exigía ser su hijo, más valía criarlo para que fuera competente y apoyara su causa—. Aunque aún eres demasiado joven para entender los textos sobre oclumancia, así que yo mismo te enseñaré personalmente. Puedes ir leyendo sobre etiqueta y decoro en los libros. Ahora, termina tu comida; después aprenderás a cambiar a tu forma humana.
En cuanto Voldemort terminó de hablar, Harry comenzó a devorar su comida como un lobo hambriento. El Señor Tenebroso reprimió la carcajada que estuvo a punto de escaparse de su boca sin labios y, en su lugar, lo reprendió con severidad:
—Despacio, niño. Acabarás con náuseas si comes de esa manera.
Finalmente, cuando terminaron de cenar y Bailey desapareció con un chasquido junto a las mesas y sillas conjuradas, Harry se puso de pie en el claro, listo para recuperar sus piernas después de lo que le pareció una eternidad. Nagini los observaba atentamente desde su posición, enroscada cerca de la silla de Voldemort.
—Hmpf —exclamó Voldemort, evaluando al niño de arriba abajo, antes de llamar—: ¿Bailey?
La elfa apareció al instante.
—Trae una de mis túnicas de repuesto del dormitorio principal, ajústala al tamaño del niño y déjala aquí —ordenó Voldemort, señalando el brazo de su silla. Recordaba haber guardado varias túnicas allí para emergencias.
Bailey hizo una profunda reverencia y regresó al momento con una túnica negra, de tela costosa y ya acortada para Harry, que colgó cuidadosamente donde se le indicó.
—¿Estás listo, niño?
Harry asintió con determinación, ansioso por tener éxito en su primera lección real con su padre.
—Bien. Como habrás aprendido, todo naga posee tres formas: la serpentina, la híbrida y la humana. La mayoría prefiere la forma híbrida, aunque en la Gran Bretaña mágica se ven obligados a permanecer en su estado humano. Físicamente, esta forma no difiere de la de cualquier mago común, salvo por el hecho de conservar los instintos y un sentido del olfato agudizado. Del mismo modo, la forma serpentina es idéntica a la de una serpiente común de su especie, con la excepción de que mantienen su cerebro y mente humanos. Cambiar entre las tres puede ser difícil las primeras veces, pero con práctica será tan natural como respirar. ¿Entiendes, niño?
—Sí, padre —respondió Harry, absorbiendo cada palabra. Su padre era un maestro nato y sabía explicarlo todo con claridad.
—Bien. Ahora, para cambiar, debes concentrarte en el recuerdo de tu cuerpo sin escamas y con dos piernas; deja que tu magia fluya para transformarte. Respira hondo, aclara tu mente y enfócate.
Harry cerró los ojos e intentó calmar sus pensamientos. Con el deseo de impresionar a su padre, visualizó con fuerza sus piernas en lugar de su larga cola. Al hacerlo, sintió un tirón familiar —aunque extraño— en el ombligo; el pánico lo invadió y abrió los ojos de golpe. Recordaba esa sensación: la última vez que la sintió, terminó casi muerto.
—Estás luchando contra tu propia magia, Harry —observó Voldemort—. Esto es lo que sucede cuando alguien te castiga cada vez que realizas magia accidental. Pero no temas; esos despreciables muggles no volverán a tocarte. Deja que tu núcleo vierta la magia en tu sangre; deja que fluya hasta la punta de tus dedos.
Harry tragó saliva. Todavía temía esa sensación, pero sus instintos confiaban en el líder del nido. Volvió a concentrarse y, cuando el tirón en el ombligo regresó, el pánico lo obligó a abrir los ojos nuevamente. Su padre negó con la cabeza, pero su voz no sonaba decepcionada:
—Sigue intentándolo.
Le tomó varios intentos dejar de asustarse ante la sensación de su "magia brotando del núcleo", como decía su padre. Voldemort, aunque paciente, empezaba a dar muestras de cansancio, y Harry se sentía desesperado por lograrlo. Respiró hondo, tratando de calmarse como lo hacía cuando debía enfrentar los castigos en la escuela por culpa de los Dursley, y decidió lanzarse de lleno.
—¿Una última vez? —le suplicó a su padre cuando este sugirió dejarlo para mañana.
Voldemort lo miró un momento y, finalmente, asintió.
Harry inhaló profundamente, visualizando sus piernas humanas. Cuando el tirón en el ombligo surgió, apretó los ojos y permitió que esa sensación, ahora menos desagradable, recorriera su sangre. Sintió un calor expandirse por sus extremidades hasta los dedos. Al llegar a sus manos, un hormigueo recorrió todo su cuerpo; abrió los ojos fascinado y vio una tenue neblina verdosa fluir de sus yemas como ondas antes de desvanecerse.
—Ah, finalmente lo lograste —comentó Voldemort con una voz neutral que ocultaba un sutil matiz de orgullo—. No fue tan difícil, ¿verdad?
Harry miró hacia abajo: donde antes estaban las escamas esmeraldas a las que se había acostumbrado, ahora había dos piernas delgadas y libres de escamas. Se tocó las manos y las clavículas; todo rastro de reptil había desaparecido. Harry sonrió ante los siseos de elogio de su madre y miró a su padre, quien lo observaba con satisfacción.
—Bien. Ahora ponte la túnica y regresemos a la mansión; el sol se está poniendo.
—Sí, padre —dijo Harry, dando un paso tentativo hacia adelante.
Y entonces, cayó de bruces contra el suelo.
Harry suspiró con la cara enterrada en la tierra, deseando que el suelo se abriera y se lo tragara. Ignoró a su madre, que se retorcía sobre su vientre muerta de risa por su primer intento de caminar tras recuperar las piernas. Harry solo quería morir de la vergüenza.
¡Maldita sea la gravedad!
Chapter 6: Un sirviente leal
Chapter Text
Voldemort dobló el ejemplar de El Profeta con cuidado sobre la mesa antes de convocar la edición del día siguiente. Usaba una varita de repuesto que guardaba en la casa; no era tan fiel como su vieja aliada de tejo, pero era la mejor compatibilidad que pudo encontrar cuando Bailey le trajo una pequeña caja con varitas de reserva. Alisó el papel frente a él y comenzó a leer mientras Harry jugaba cerca de su silla.
Después de que Nagini jugara con su cría y terminaran de almorzar juntos, ella había salido a cazar por su cuenta. Se negaba a que Bailey le trajera comida todos los días, insistiendo en que debía mantenerse en forma. Así, dejó a su pequeño al cuidado de su padre.
Voldemort, deseando avanzar en sus propios asuntos, le había ordenado al niño que practicara proyectar su magia y controlarla a voluntad. Él mismo solía hacer eso de joven: creaba ilusiones y se contaba historias sencillas para entretenerse durante las frías y solitarias noches en el orfanato. Gracias a ello, había desarrollado un control excepcional sobre su poder.
El niño quedó fascinado con los relatos de su infancia. Pronto, Harry estaba proyectando su propia magia, intentando atrapar esa neblina verdosa y darle forma siguiendo sus instrucciones. Al ver que estaba bien ocupado, Voldemort retomó la pila de periódicos de la última década que Bailey le había conseguido. El Profeta le resultaba abominable, lleno de elogios al falso "Niño que sobrevivió" e informes irrelevantes sobre sus compras en el Callejón Diagon; aun así, era útil para ponerse al día con el mundo mágico, echando de vez en cuando una mirada a su hijo para asegurarse de que todo estuviera en orden.
—¿Leíste el libro que te di anoche? —preguntó Voldemort mientras convocaba el siguiente ejemplar.
Los ojos curiosos de Harry siguieron el movimiento de la varita.
—Sí, padre —respondió con entusiasmo—. He leído los tres primeros capítulos.
Voldemort asintió, buscando algún artículo sobre los juicios de sus seguidores, pero otro titular captó su atención: Muerte de Lady Crouch. Funeral privado.
Tras leer la noticia, Voldemort dejó el papel a un lado, pensativo. Algo en esa información le inquietaba. Miró de reojo a Harry, quien, ajeno a todo, creaba ilusiones coloridas de un dragón mágico que volaba por la habitación. «Hay algo extraño aquí», reflexionó en silencio. La fecha de la muerte de Lady Crouch estaba demasiado próxima a la supuesta muerte de Barty en Azkaban. Podría ser una coincidencia, pero sus instintos —que nunca fallaban— le decían que había algo más. ¿Cómo obtener información? En su estado actual, no podía convocar a nadie que portara la marca tenebrosa.
«¿Debería enviar a Tit y Tat a husmear en la casa de los Crouch? Tal vez si hablan con su elfa doméstica…», pensaba, hasta que un estrépito de madera rompiéndose interrumpió sus reflexiones.
Voldemort abrió los ojos —no se había dado cuenta de que los había cerrado— y vio a un Harry desconcertado, con varios libros sobre el regazo y frotándose la nariz enrojecida. La estantería de madera que solía estar en la esquina se estaba inclinando peligrosamente justo encima del niño.
Todo ocurrió en un instante. El niño debía haber intentado convocar los libros usando su magia pura tras verlo a él hacerlo, pero en lugar de atraer un solo tomo, su magia había tirado de toda la estantería. Harry alzó la vista y sus ojos esmeralda se agrandaron por el terror.
Sin pensarlo dos veces, Voldemort lanzó un latigazo de magia hacia el niño y lo arrastró por el suelo hacia él justo cuando la estantería caía, aplastando los libros que rodeaban a Harry un segundo antes. El pie del pequeño quedó a escasos centímetros del mueble caído.
Harry lo miró con los ojos empañados por las lágrimas, aterrorizado. Voldemort jadeaba, intentando recuperar el aliento; el esfuerzo de usar magia en su condición lo había dejado exhausto.
—Pociones… —logró murmurar, sudando profusamente.
Harry entró en pánico, olvidando su propio susto.
—¡Bailey! —la voz del niño era frenética.
Voldemort no tenía fuerzas para consolarlo.
La elfa apareció y desapareció en un parpadeo. Sintió que le abrían la boca y tragó el sabor familiar del estabilizador de magia y la poción revitalizante. Tras unos minutos, pudo abrir los ojos. Harry lo observaba con el rostro desencajado por la culpa.
—¿Padre?
—Estoy bien, niño —dijo con voz ronca—. No te asustes, esto pasa. Con práctica, tendrás mejor control. Bailey, refuerza los encantamientos de permanencia en todos los muebles y repara el daño.
La elfa se puso a trabajar de inmediato. Harry seguía pareciendo dubitativo.
—No tienes por qué sentirte culpable, Harry. De joven, yo tuve accidentes mucho más destructivos que la caída de una estantería. Solo necesitas practicar más.
Harry asintió, mordiéndose el labio. El rastro de culpa seguía allí, pero había disminuido. Voldemort suspiró, dándolo por progreso, y le ordenó que fuera a leer su libro. En cuanto el niño corrió a su habitación, Voldemort aprovechó para convocar a sus elfos gemelos más traviesos.
—¿Tit? ¿Tat?
Los elfos gemelos aparecieron con un estallido; sus idénticos ojos azules brillaron de alegría al ver a su señor.
—Amo Señor Tenebroso, señor…
—¡Está vivo!
—Tit y Tat sabían…
—¡Que no los había dejado!
Voldemort les sonrió con afecto, sintiendo una punzada de nostalgia ante su peculiar forma de hablar al unísono. Estos dos habían sido el secreto de muchos de sus éxitos en la guerra pasada y, ciertamente, los había echado de menos.
—Sí. Gracias, mis leales sirvientes. Tengo una nueva misión para ustedes, ¿se sienten capaces de cumplirla?
Ante la mención de una misión, los elfos se iluminaron de entusiasmo.
—Tit y Tat…
—Harán la misión…
—Que el amo Señor Tenebroso…
—Tenga para ellos.
—Bien —asintió Voldemort—. ¿Recuerdan a uno de mis seguidores, Barty Crouch Jr.? Me he enterado de que ha muerto. Quiero que vayan a su casa, investiguen absolutamente todo lo que puedan encontrar sobre él y me informen de inmediato.
Los gemelos hicieron una profunda reverencia al unísono y desaparecieron justo en el momento en que Harry entraba precipitadamente en el despacho con sus libros.
Estaban cenando en la sala —a excepción de Nagini, que dormitaba enroscada cerca de la chimenea— cuando Tit y Tat reaparecieron con un hombre pálido de cabello rubio cenizo que estaba inconsciente, acompañado de una elfa doméstica histérica que chillaba con una voz aguda y temblorosa, vestida con una toalla de té a modo de toga.
Harry se quedó mirando con los ojos muy abiertos por la confusión, con el tenedor a medio camino de su boca abierta; Nagini, por su parte, alzó de inmediato la cabeza. Su padre, menos sorprendido que él, sacó rápidamente su varita para aturdir a la elfa y ordenó a unas serpientes reales que la inmovilizaran.
—Solo sujétenla, no la muerdan —instruyó a los reptiles, quienes asintieron mientras se enroscaban alrededor de la elfa.
—Tit y Tat…
—Han traído al amo Barty.
—El mal padre…
—Tenía escondido al amo Barty…
—En la casa del mal padre.
—Hicieron un buen trabajo —dijo Voldemort, impresionado por la noticia—. Vigilen a la elfa.
¡Barty estaba vivo! Su seguidor más fiel y leal no había muerto. ¿Pero cómo?
—Eh… ¿por qué no se unen a nosotros para cenar? —preguntó Harry, aún algo receloso pero siempre educado. Tenía una debilidad especial por aquellas pequeñas criaturas.
Los ojos de los gemelos se agrandaron por la sorpresa y Voldemort, entre divertido y exasperado, les pidió que aceptaran la invitación. Tras presentarlos, fue evidente que los gemelos sintieron un afecto instantáneo por el pequeño; después de todo, era el hijo de su señor.
Terminaron de comer rápidamente y, mientras Bailey se llevaba los platos, los gemelos montaron guardia sobre la elfa cautiva —ahora despierta— mientras Voldemort examinaba a Barty. Harry se sentó cerca de la silla de su padre, observando todo con curiosidad, mientras su madre le siseaba suavemente que aquel hombre era uno de los seguidores de su padre.
—¡Amo Barty, Amo Barty, debe despertar! —gritaba la elfa Winky, forcejeando—. ¡Usted lo ha matado! ¡Ha matado al hijo de mi amo!
—Solo está aturdido. Ahora cállate y déjame verlo —espetó el Señor Tenebroso.
La elfa sollozó pero se quedó quieta. Voldemort detectó de inmediato el rastro de la maldición Imperius controlando a su leal seguidor, lo que le hizo gruñir de disgusto.
Harry observó al hombre pecoso y rubio que yacía ante él. Movido por la curiosidad, se acercó gateando y le tocó la mejilla justo en el momento en que su padre realizaba un Finite seguido de un Rennervate. En cuanto Barty abrió los ojos de golpe, Harry soltó un chillido y se zambulló tras los anillos protectores de su madre, siseando con los colmillos fuera y el veneno goteando, listo para atacar.
Aturdido, Barty miró a su alrededor hasta que la voz suave de Voldemort lo llamó:
—¿Barty?
Barty se incorporó alarmado; Harry notó que su antebrazo izquierdo palpitaba con un aroma mágico similar al de su padre. En cuanto los ojos de Barty se encontraron con los vibrantes ojos rojos de Voldemort, el mareo desapareció y cayó de rodillas, besando el dobladillo de la manta que cubría a su señor.
—¿M-mi Lord? No estoy alucinando, ¿verdad?
—No es una fantasía, mi fiel seguidor. Levántate. Estoy aquí —respondió Voldemort con diversión.
Barty alzó el rostro con adoración.
—¡Lo sabía! Sabía que milord no nos había dejado. Lo buscamos por todas partes… Bella, los gemelos… ese traidor de Igor —escupió el nombre como si fuera veneno—, él nos vendió al Ministerio. Por eso no pudimos seguir buscándolo, milord.
Al mencionar a su padre, la mirada de Barty se llenó de odio. En ese momento notó a Winky forcejeando.
—¡Winky! —le gritó, haciendo que Harry se tensara de nuevo—. Deja de pelear con los elfos de mi señor ahora mismo o te daré ropa.
Winky se detuvo en el acto, aterrada.
—No, amo Barty, ropa no.
—Entonces ayuda a servir a milord. Ve con ellos y haz lo que sea necesario.
Voldemort liberó a la elfa y todos los elfos desaparecieron con un estallido. Harry seguía resguardado entre las escamas de Nagini, negándose a salir a pesar de que sus instintos agresivos empezaban a calmarse.
—Dime, Barty —decidió Voldemort, sabiendo que Harry se acercaría cuando se sintiera seguro—, ¿cómo escapaste de Azkaban?
«Necesito saberlo para rescatar al resto.»
—Mi madre me salvó. Sabía que estaba muriendo y convenció a mi padre para que me rescatara como su último deseo. Él la amaba como nunca me amó a mí. Me visitaron y usamos poción multijugo; ella tomó mi lugar en la celda con mi apariencia y yo salí con la suya.
—Ya veo —reflexionó Voldemort—. Por supuesto, los dementores son ciegos; solo percibieron a una persona sana y a una moribunda entrando en Azkaban, y a una sana y a una moribunda saliendo de allí. Tu padre lo sabía y te sacó de contrabando.
«Es conveniente», pensó Voldemort. Para rescatar al resto, solo necesitaría encontrar muggles para reemplazarlos, o quizás reclutar a otros prisioneros que desearan unirse a su causa.
—Así es, milord —continuó Barty—. Mi madre murió poco después en Azkaban. Se aseguró de beber la poción multijugo hasta el final y fue enterrada bajo mi nombre y con mi apariencia. Todo el mundo creyó que era yo.
Voldemort consideró que era una buena idea. Quizás podría eliminar a los impostores usando algo incurable como la viruela de dragón... aunque recordó que ahora ya existía una cura para ello.
—¿Y qué hizo tu padre contigo cuando te tuvo en casa? —preguntó Voldemort con una voz suave y calmada.
—Simuló la muerte de mi madre con un funeral privado y discreto; esa tumba está vacía. La elfa doméstica me cuidó hasta que recuperé la salud. Después, tuve que ser ocultado y controlado; mi padre tuvo que usar una serie de hechizos para someterme.
—La maldición Imperius —espetó el Señor Tenebroso con una mueca de asco. Si él necesitaba someter a alguien, prefería el encierro antes que un Imperius tan prolongado que pudiera dañar la mente del individuo, especialmente si se trataba de alguien que le pertenecía… de su familia o de su hijo.
Al recordar esto, Voldemort miró a Harry. El niño parecía más tranquilo y asomaba la cabeza con curiosidad desde detrás de los anillos de Nagini.
—Sí, milord. Estaba bajo el control de mi padre. Me obligaban a llevar una capa de invisibilidad día y noche; siempre estaba con Winky.
—¿Alguien más descubrió que seguías vivo? —preguntó Voldemort en un susurro—. ¿Lo sabía alguien aparte de tu padre y la elfa?
—No, milord. No creo que nadie me haya visto.
—Bien. Perfecto —dijo Voldemort, satisfecho—. Entonces él no podrá delatarte ni pedir ayuda para capturarte sin arruinar su propia reputación.
—Sí, milord —respondió Barty con reverencia, con los ojos llenos de esperanza y adoración por la forma de homúnculo que tenía frente a él.
Harry había dejado de sisear hacía rato, intrigado por el relato. Al no percibir nada más que asombro y devoción pura hacia su padre, el pequeño naga se incorporó un poco más para observar al recién llegado. Los ojos color miel de mirada errática de Barty lo miraron a través de sus mechones rubios. Harry agitó la lengua, detectando curiosidad e intriga, pero ninguna mala intención.
—¿Hola? Sal de ahí, pequeño —llamó Barty—. ¿Por qué te escondes detrás de la serpiente de mi señor?
Harry le siseó, mostrando sus colmillos y el interior oscuro de su boca, negándose aún a salir. Se agachó de nuevo al notar que toda la atención de la sala se centraba en él. Voldemort decidió no revelar demasiados secretos a Barty todavía, al menos hasta estar seguro de que no intentaría matar al joven naga por una lealtad mal entendida, pues aún debía confirmar si Harry era realmente su Horrocrux.
—Él es Harry, mi hijo. Fue abandonado a manos de muggles tras mi desaparición —escupió la palabra con desprecio—. Harry ni siquiera sabía de la existencia de la magia hasta que esos muggles lo golpearon casi hasta matarlo, obligándolo a pasar por una herencia de criatura para salvar su vida. Él me encontró. Sal, hijo, y preséntate.
Ante las palabras de su padre, la confianza de Harry se disparó al verse reconocido como su hijo por primera vez. Cambió a su forma humana y rodeó los anillos de su madre, aunque todavía lucía dubitativo.
—Hola. Soy Harry —saludó, dedicándole una media sonrisa tentativa al hombre y agitando la mano con torpeza.
Barty mostraba una expresión de incredulidad y asombro absoluto ante la noticia de que su lord tenía un hijo; miraba a Harry con una reverencia tal como si fuera un ángel enviado por la divinidad. Después de todo, el bando oscuro considera a los niños como bendiciones de la Dama Mágica, y el hecho de que Harry fuera el hijo de su lord lo dejó abrumado de respeto. Barty se inclinó profundamente, casi tocando el suelo con la nariz.
—Principito, perdóname por no reconocerte al principio. Soy Bartemius Crouch Junior, el servidor más leal y fiel de nuestro lord y, por extensión, de ti.
Al escuchar aquel título y enterarse de que ese hombre supuestamente era su "sirviente", Harry abrió sus ojos de gamo más de la cuenta. Se sintió tan avergonzado y estresado que, de repente, su cabello se tiñó de un rojo vibrante. Barty lo contempló maravillado unos segundos antes de caer de rodillas y estallar en una sonora carcajada. Voldemort no parecía muy impresionado, aunque mantuvo su rostro impasible. Harry recuperó rápidamente su color original, con las mejillas ardiendo de mortificación.
«Genial», pensó Harry, «he logrado quedar como un bicho raro frente al primer seguidor de mi padre». ¿Por qué tenía que sentirse tan inútil?
—¡Vaya, Principito, eres un metamorfomago! —exclamó Barty con admiración, volviéndose hacia su lord con una sonrisa de júbilo—. Es una habilidad bastante rara y muy útil para él, milord. Aunque no esperaba menos de su hijo. Tenía entendido que solo la sangre Black podía manifestar eso.
—¿Qué es la sangre Black? —Harry no pudo contener su curiosidad.
Barty frunció el ceño y Voldemort suspiró.
—La sangre de las personas que pertenecen a la familia Black —respondió secamente, sin dar más detalles—. Barty, tú me ayudarás a recuperar un cuerpo.
—Sí, por supuesto, milord —respondió Barty con la urgencia de siempre, ansioso por servir—. ¿Qué debo hacer?
—Hablaremos de eso más tarde; me agoto con facilidad en esta forma —suspiró el Señor Tenebroso—. Pero primero, tu varita. Sé que la antigua fue destruida, así que contactaré a un fabricante para que te haga una a medida. Después, quiero que empieces a enseñarle todo sobre nuestro mundo, comenzando por cómo controlar sus impulsos de metamorfomago. Ahora, Harry, puedes salir a jugar con Nagini.
Harry asintió y salió corriendo tras la forma de su madre, que se alejaba reptando a toda velocidad. Voldemort buscó bajo su manta y sacó la varita que había estado utilizando.
—Tu brazo, Barty.
Barty se arremangó de inmediato y levantó el brazo, mostrando con orgullo la marca tenebrosa sobre su piel pálida.
Chapter 7: Una nueva apariencia
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—¡Colagusano! —espetó Voldemort con desprecio, mirando a la rata gimoteante que tenía frente a él.
—¡Amo! —jadeó Colagusano, temblando incontrolablemente en el suelo mientras lo observaba con ojos llorosos y pequeños—. ¡Oh, amo! ¡Ha regresado con nosotros!
—Basta de dramatismos —ladró Voldemort.
Barty, que permanecía de pie apuntando con su varita a la rata regordeta, le propinó un puntapié que la hizo retroceder. Voldemort tuvo el presentimiento de que Barty quería hacerle mucho más, pero se contuvo; honestamente, no podía culparlo.
—Mi varita, Colagusano.
Colagusano gimoteó y extrajo una familiar varita blanca de entre sus ropajes sucios. Barty se la arrebató con una mueca de asco antes de hincarse de rodillas para presentársela formalmente a Voldemort. Con un ligero temblor de emoción, Voldemort rodeó con sus dedos pálidos su leal varita de tejo; sintió cómo se calentaba ante su contacto y cerró los ojos para saborear una vez más ese familiar hormigueo, deleitándose con la forma en que la magia cantaba ante su unión.
Ah, cuánto había extrañado a su leal compañera, la que nunca lo había traicionado desde que la eligió en la tienda de Ollivander.
—¡Amo, oh amo! Por favor…
Voldemort gruñó y abrió los ojos para fulminar a la rata por arruinarle el momento.
—¿Qué quieres?
—¿Puedo… puedo quedarme aquí, amo? Por favor, yo…
Voldemort apartó el dobladillo de su manta antes de que aquellas manos inmundas pudieran tocarlo. Habría castigado al cretino con un Crucio por su atrevimiento, pero prefería no agotar su núcleo mágico en ese momento. Barty, por su parte, lo fulminó con la mirada y pateó a la rata lejos de su amo.
Voldemort respiró hondo; después de todo, la rata aún era útil.
—Te quedarás en la mansión y ayudarás a Barty a crear un cuerpo para mí —ordenó—. Comerás en tu habitación y no saldrás de ella a menos que se te llame. Y si intentas dañar a alguien, y me refiero a cualquiera que viva aquí, desearás estar muerto cuando termine contigo. ¿Entendido?
—¡Oh, sí, sí, amo! —exclamó Colagusano aliviado de tener un techo bajo el cual refugiarse—. Gracias, gracias.
—¡Winky! —ladró Barty en cuanto Voldemort le hizo una señal—. Enséñale a la rata la habitación más pequeña y alejada del ala privada de mi señor.
Desde que Voldemort recuperó energía suficiente para hablar, le había ordenado a Harry trasladarse al dormitorio principal de la mansión. Agradecía el espacio extra, ya que compartir la cama con un niño y una víbora de cuatro metros resultaba estrecho, aunque Nagini se negaba a perderlos de vista hasta que alguno de los dos pudiera defenderse por sí solo.
—Sí, amo Barty. Siga a Winky, Señor Rata.
Voldemort apretó los labios para contener una sonrisa divertida ante el apelativo de la elfa. Barty ni siquiera intentó ocultar su gracia: echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. En cuanto se fueron, Barty se volvió hacia su amo y se sentó a su lado, luciendo como un niño caprichoso. Voldemort suspiró; se preguntó por qué extrañaba a este niño sobredimensionado.
—¿Qué ocurre, Barty?
—Milord —Barty lo miró con los ojos muy abiertos y un puchero—, ¿acaso no soy suficiente para ayudarlo con la tarea?
«Celos», pensó Voldemort con una sonrisa interna. «Oh, Barty… ¡sigues siendo un niño!». Ahora podía confirmarlo tras convivir con un niño de verdad, aunque este fuera mucho más alegre.
—El ritual que he estado planeando requiere la carne de un sirviente —dijo con voz suave—. No deseo que te cortes la mano para eso, Barty. Eres demasiado importante para mí.
Barty abrió los ojos de par en par y sonrió con amplitud, con la mirada brillando de pura adoración por su señor.
—¿Milord?
Voldemort emitió un sonido de asentimiento sin levantar la vista del pergamino donde garabateaba los detalles del ritual que necesitaba. Barty estaba sentado en el suelo, junto a su silla, con un libro en las manos. Todos se encontraban en el jardín, disfrutando de la luz de la mañana. Harry, sentado a su lado en una silla con las piernas encogidas, permanecía completamente absorto en su propia lectura.
—Milord, cuando finalmente recupere su cuerpo, todos lo sentirán, ¿no es así?
—La marca se oscurecerá y emitirá un pulso de magia, sí —respondió Voldemort con curiosidad—. ¿Por qué? ¿Acaso no deseas que todos sepan que he vuelto?
—Si me lo pregunta, creo que es necesario poner a prueba su lealtad antes de anunciar su presencia —reflexionó Barty—. Mire lo que hizo Karkaroff. ¿Quién le impide a él, o a Severus, informar a Dumbledore y a su Orden? —preguntó bajando la voz, cuidando de no alarmar al Principito sobre posibles amenazas; aunque no era necesario, pues Harry estaba perdido para el mundo real.
Voldemort frunció el ceño.
—Severus tiene mi confianza; trabajaba como espía para mí —dijo sin ver la necesidad de bajar el tono.
Si Harry no hubiera estado tan concentrado, lo habría escuchado de todos modos gracias a sus agudos sentidos. Incluso Voldemort estaba impresionado por la intensa capacidad de enfoque del niño, algo poco común a su edad.
—Pero milord, ¿qué hay de Karkaroff? ¿O Malfoy? ¿Nott? Todos alegaron inocencia y dijeron estar bajo la maldición Imperius tras su desaparición. ¿No cree que debería probar su lealtad de antemano?
—Lucius es escurridizo —concordó Voldemort—. Nunca se sabe qué hará. Pero tienes razón. Es preferible que nadie sepa de mi regreso hasta que recupere mi salud y poder óptimos. Pensaré en algo para mantenerlos ocupados hasta que obtenga un cuerpo y pueda absorber el rastro de la Marca antes de que lo noten. Sin una convocatoria, nadie podrá confirmar nada.
Barty se inclinó, confiando plenamente en su señor. Ambos observaron cómo Nagini se deslizaba hacia Harry tras haber digerido su comida anterior. Ella alzó la cabeza y rozó con su nariz el costado de su hijo; Harry se retorció y soltó una risita por las cosquillas, mirando a su madre con una gran sonrisa.
—Mamá —dijo alegremente.
Barty contuvo el aliento al escuchar el pársel; aunque debería haber imaginado que el hijo de su amo, siendo un naga, también sería hablante. Barty lo miró con un respeto que alcanzó niveles astronómicos.
—Cría, has estado leyendo toda la mañana. Descansa o pronto te dolerán los ojos. Ven conmigo; te enseñaré algo que te encantará.
Harry se animó de inmediato y miró a su padre con grandes ojos suplicantes. Voldemort rió para sus adentros, manteniendo el rostro impasible, y asintió, provocando que Harry saliera corriendo tras su madre.
—Barty, ven y revisa la lista de lo que necesitarás comprar para el ritual. Pero primero, tu nueva varita.
Mientras se sumergían en la discusión sobre qué fabricantes de varitas contactar sin levantar sospechas, un grito desgarrador rompió el silencio. Voldemort y Barty se tensaron; no esperaban interrupciones. La varita de tejo se deslizó a la mano de Voldemort, mientras Barty se ponía de pie con su varita de repuesto lista. Tras un asentimiento hacia su amo, Barty corrió hacia el lugar de donde provenían los gritos de auxilio.
El corazón de Voldemort martilleaba frenéticamente. Odiaba su debilidad y el no poder proteger a su hijo por sí mismo. Aunque Nagini estaba con él y el grito no parecía la voz de un niño, no podía evitar preocuparse. ¿Algún muggle se habría colado? ¿Alguien de la Orden? ¿Dumbledore?
Tras lo que pareció una eternidad, Barty regresó riendo. No era una risa común; era una carcajada histérica. Parecía a punto de colapsar del esfuerzo.
—¿Barty? —preguntó perplejo, viendo que el mago no lograba detenerse.
—M-milord… —jadeó Barty—, tiene que… —soltó otra risita— tiene que ver esto.
Voldemort lo miró confundido mientras Barty apuntaba su varita a la silla, transformando las patas en ruedas para convertirla en una silla de ruedas improvisada, y comenzó a empujarla. Llegaron a la escena rápidamente y Voldemort parpadeó, boquiabierto ante el juego del gato y el ratón que se desarrollaba ante sus ojos.
O más bien, de la serpiente y la rata.
Colagusano —Voldemort había olvidado su presencia en la casa— probablemente había cedido a sus instintos de roedor y no había obedecido la orden de quedarse en su habitación. Nagini, al encontrar a la rata deambulando por la mansión, debió de habérsela presentado a su hijo como "presa". El pequeño naga, cuyo instinto natural es el de un depredador de ratas, confió ciegamente en las instrucciones de su madre.
El resultado era Harry, en su forma híbrida, persiguiendo al hombre rata con una sonrisa de oreja a oreja mostrando los colmillos. El hecho de que Colagusano estuviera en su forma humana regordeta no ayudaba, ya que su olor y apariencia de roedor disparaban aún más el instinto de caza del naga. Y Colagusano, en su estupidez, pensó que podría escapar de alguien tan rápido como una mamba corriendo en círculos alrededor de la fuente del jardín mientras gritaba con todas sus fuerzas.
Voldemort se pellizcó el puente de la nariz, preguntándose en qué momento pensó que era una buena idea marcar a Colagusano como seguidor. Suspiró al mirar a la sádica Maledictus, quien observaba el caos que había provocado con una alegría maníaca; incluso llegaba al extremo de vitorear a su hijo cada vez que este atrapaba a la rata y fingía morderla con sus colmillos. Colagusano estaba a punto de desmayarse de terror antes de que Harry lo soltara, solo para volver a perseguirlo. A su lado, Barty se había reído tanto que finalmente se desplomó en el suelo.
Voldemort quiso esconderse en su habitación y no salir nunca cuando vio al simplón intentar trepar a un árbol para escapar del niño naga. ¿En serio creía que una mamba verde no podía trepar?
—Muy bien, es suficiente —sentenció Voldemort.
Harry, que sonreía como un gato que acaba de atrapar a un canario mientras vigilaba con paciencia de depredador los torpes intentos de Colagusano, lo miró sorprendido.
—¿Qué? ¿Por qué? —se quejó petulante.
—¡Tom! ¡No seas un aguafiestas! —le reprochó Nagini siseando con fastidio.
—Ya hasta se orinó encima, ¿no es suficiente? —añadió Voldemort.
Barty a su lado jadeaba sujetándose los costados por el esfuerzo de reír.
—¡NO! /¡NO! —gritaron madre e hijo al unísono.
Voldemort elevó la vista al cielo despejado de septiembre, implorando paciencia. ¿Quién hubiera imaginado que él sería el único cuerdo cuando finalmente tuviera una familia propia?
—Está a un segundo de sufrir un infarto. ¿Con qué jugarán mañana si se muere hoy? —decidió sobornarlos, ignorando a Barty, quien jadeaba como un perro en pleno verano, sin aire suficiente para seguir riendo.
Harry regresó a su forma humana, con las mejillas hinchadas y un gesto hosco.
—Ahora estoy triste —le informó, proyectando el labio inferior en un puchero.
—Yo también —secundó Nagini, enroscándose cerca de su hijo y fulminando a Voldemort con la mirada—. Espero que estés feliz ahora que nos has entristecido.
Voldemort los miró con total incredulidad, boquiabierto. ¿Acaso esos dos acababan de…?
—Por Merlín, pequeño —logró decir Barty entre jadeos—. Te juro que te enseñaré todo lo que sé, especialmente cómo usar la magia para cazar a la rata mucho mejor.
Ante la promesa, Harry se animó y una amplia sonrisa iluminó su rostro. Voldemort sintió que había cometido un grave error al presentar a estos dos, considerando que el dúo de madre e hijo ya le daba suficientes dolores de cabeza.
Nagini resopló y se retiró, murmurando lo injusto que había sido Tom al quitarles su juguete.
—Ven, cría —dijo mientras empezaba a alejarse—. Tom se ha vuelto un aguafiestas con la edad. Iremos al bosque a buscar algo más con qué entretenernos.
«Bueno», pensó Voldemort, observando desconcertado cómo se marchaba el dúo, «menos mal que Barty no habla pársel».
—¡Hmpf! Puedo oler a mi cría por aquí. Ahora, ¿dónde está mi pequeño?
Harry se presionó el puño contra la boca para sofocar las risitas desde su posición en el árbol, donde se ocultaba de su madre mientras jugaban a las escondidas en el bosque.
—¡Sal, sal, pequeño! ¡Sé que estás aquí! ¡Puedo oír cómo te ríes!
Harry abrió mucho los ojos y contuvo la risa. En ese momento, un pequeño zumbido captó su atención: un saltamontes estaba cerca. Sin pensarlo, actuando por puro reflejo, lo atrapó. Se quedó mirando al insecto que se agitaba impotente en su mano; una parte de su mente le decía que debía aplastarlo, morderlo e inyectarle veneno, mientras que la otra gritaba que era asqueroso y le instaba a soltarlo.
Absorto con el saltamontes, Harry no se dio cuenta de que Nagini se deslizaba sigilosamente hacia él.
—¡Bu!
Con un chillido agudo, Harry —que se había posado en una rama delgada y enroscado su cola para no caer— contrajo los músculos de forma involuntaria. La rama crujió y se astilló, y Harry terminó en el suelo, exactamente igual que la primera vez que exploró el bosque.
Nagini miró hacia abajo desde el árbol, debatiéndose entre la risa por lo cómico de la situación y la preocupación por su hijo.
—¿Harry?
El niño gruñó como respuesta, todavía hundido en el suelo lodoso, negándose a mostrar su rostro enrojecido por la vergüenza.
—Odio la gravedad —gritó con voz amortiguada.
La víbora rió mientras bajaba del árbol. Por suerte, su cría no olía a herido. Le dio un toque con la punta de la cola en la oreja, haciendo que Harry diera un respingo y sacudiera la cabeza con una mueca divertida, lo que aumentó las carcajadas de Nagini. ¡Su pequeño era demasiado entretenido!
—Yo también te odio —decidió Harry mientras se acomodaba las gafas.
Nagini iba a responder, pero se detuvo cuando Bailey apareció con la noticia de la llegada del sanador Sharptooth. Harry se animó al instante; adoraba al duende, quien había sido su primer amigo en el mundo mágico.
Al llegar al jardín, encontraron a Sharptooth y a Barty intercambiando miradas cargadas de juicio ante un exasperado Voldemort. Harry sonrió ampliamente al ver al sanador.
—¡Sanador Sharptooth! ¡Que su oro fluya siempre! —saludó, sin notar la mirada de sorpresa de su padre.
—Y que tu salud nunca se deteriore, pequeño Harry. ¿Cómo estás? —Sharptooth sonrió con suficiencia—. Veo que tienen un invitado —añadió, mirando con desprecio al mago que había tenido la audacia de intentar impedirle el paso.
—Estoy bien —dijo Harry—. Y sí, él es Barty Crouch, un seguidor de mi padre. Está aquí para ayudarlo y para enseñarme.
—Ya veo —el duende entrecerró los ojos—. Y dime, mago, ¿cómo planeas ayudar al Señor Tenebroso y al heredero Tenebroso con tu salud mental tan comprometida?
—¿Disculpa? —Barty se ofendió de inmediato y sacó su varita—. ¿Cómo te atreves…?
—Barty —advirtió Voldemort, y el mago se detuvo al instante.
—Me atrevo, mago —siseó Sharptooth—, porque uno de ellos está bajo mi cuidado. Es mi responsabilidad asegurar que no termines lastimándolo debido a tu mente inestable tras la exposición prolongada a los dementores y a un maleficio de control mental.
Barty, cuyo rostro se había tornado púrpura de rabia, se quedó helado al procesar las últimas palabras. El duende tenía razón.
—¿Acaso no deseas servir a tu señor adecuadamente?
—Yo… sí, deseo hacerlo —la voz de Barty tembló.
—Entonces contactarás a un sanador mental y cuidarás de ti primero —sentenció el duende antes de darle la espalda y dirigirse al homúnculo de Voldemort—. Señor Tenebroso, necesito pasar a la estancia para revisar al pequeño Harry.
Voldemort asintió otorgando el permiso. Un radiante Harry se marchó con Sharptooth y Nagini, hablando a mil por hora y contándole al duende todo lo que había aprendido. Barty miró a su señor con ojos suplicantes; Voldemort se rió entre dientes y le dio permiso para seguirlos. El mago salió corriendo tras ellos, mientras Voldemort intentaba concentrarse en su papeleo y no pensar en el hecho de que su hijo se sentía más cómodo con el duende que con él.
Barty llegó a tiempo para escuchar al Principito hablar con entusiasmo sobre las lecciones de metamorfomagia, mientras el duende usaba su magia para examinarlo. Barty sintió un poco de celos al ver la facilidad con la que el niño trataba al duende, mientras que con él seguía siendo cauteloso. Desde el marco de la puerta, no notó que Nagini lo observaba con frialdad; ella no pasó por alto el olor a celos y anhelo que emanaba del hombre.
—Sabes —recomendó el sanador Sharptooth—, ya que estás recibiendo lecciones, deberías considerar cambiar tu rostro para parecerte más a tu padre de alma y evitar problemas futuros.
Barty no pudo contenerse.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
Sharptooth lo ignoró por completo.
—Te estás recuperando mucho más rápido, Harry. Tal vez sea porque eres más feliz y usas tu magia adecuadamente, lo que fortalece tu núcleo. Incluso has crecido; pareces un niño de cinco años ahora, cuando antes parecías un bebé por la desnutrición. Con otros seis meses de pociones y alimentación adecuada, alcanzarás tu salud óptima y aparentarás tu edad real.
Harry sonrió emocionado; odiaba verse pequeño porque lo hacía sentir como una presa. Lo acompañó hacia el sistema de red flu conectado con Gringotts, pero antes de irse, Sharptooth se detuvo.
—Quédate aquí, pequeño Harry. Tengo una discusión importante con el Señor Tenebroso.
Barty se debatía entre seguir al duende para vigilar a su amo o preguntarle al Principito de qué estaban hablando. Sin embargo, Harry se le adelantó.
—¿Barty? —preguntó.
La atención del mago se centró de inmediato en el niño.
—¿Puedes enseñarme cómo se veía mi padre antes de perder su cuerpo?
Barty parpadeó, deseando exigir respuestas sobre la conversación anterior, pero contuvo su curiosidad. Lo primero era lo primero.
—Por supuesto.
Barty extrajo el recuerdo y conjuró un recipiente, murmurando el hechizo para darle una vista tridimensional; luego se lo mostró al Principito. Harry se acercó, todavía un poco receloso, pero la curiosidad venció al miedo. Inclinó la cabeza mientras estudiaba el rostro de su padre desde todos los ángulos y luego se volvió hacia el espejo en la esquina. Concentrándose en las instrucciones de Barty, Harry fijó su atención en el reflejo.
En segundos, unas pequeñas ondas recorrieron la superficie de su piel mientras su cuerpo comenzaba a cambiar. Su tez bronceada se aclaró varios tonos hasta igualar la palidez suave de su padre. Su cabello ya era tan oscuro como el de él y lucía ordenado tras el corte que le había hecho Bailey. Harry alisó sus rizos, dejándolos ligeramente ondulados, tal como solían ser los de su padre.
Estudió sus facciones y volvió a mirar el recuerdo. Ahora se parecían muchísimo, solo que su rostro se veía más suave y con mejillas redondeadas. Manteniendo la imagen de su padre nítida en su mente, se enfocó en el parecido hasta sentir un ligero hormigueo en la cara. Abrió los ojos y sonrió con alegría al notar los cambios.
—¡No! —protestó Nagini de repente.
Harry la miró con extrañeza
—No pierdas la grasa de bebé de tu cara; eso desaparecerá naturalmente con la edad.
Harry asintió, confiando en el juicio de su madre, y recuperó la redondez de sus mejillas. Nagini lo estudió y asintió satisfecha.
—Bien. Ahora cambia el color de tus ojos.
Harry hizo una pausa.
—¿Quieres que los tenga rojos como mi padre?
Nagini negó con la cabeza.
—No, eres una mamba verde, tendrás ojos verdes. Me refiero a que cambies el tono.
—¿Cuál me recomiendas?
Nagini lo pensó un momento.
—Pídele a ese "cría crecida" que te muestre el Avada Kedavra.
Harry se mordió los labios para no reír y se volvió hacia Barty.
—¿Puedes mostrarme el… —Harry repitió lo que dijo su madre— ¿Abada Kadavra?
Barty abrió mucho los ojos al comprender lo que pasaba y sonrió con malicia.
—Se dice ¡Avada Kedavra! —corrigió mientras lanzaba el hechizo sobre un conejo que había conjurado.
Harry estudió el color, parpadeando cuando el tono le trajo un recuerdo difuso: era el mismo color que había visto destellar en sus sueños muchas veces.
Harry tarareó, apartando esos pensamientos, y volvió al espejo. Se concentró en aclarar sus ojos verde esmeralda unos cuantos tonos más. Inclinó la cabeza antes de mirar a su madre.
—¿Qué te parece?
—Excelente —siseó Nagini—. A Tom le encantará. Es su maldición favorita.
Harry sonrió y miró a Barty moviendo las cejas. El mago lo observaba con asombro.
—Te ves increíble, Principito. Lo que más adorará mi señor serán tus ojos.
—Vamos a pedirle su opinión, entonces —propuso Harry.
Barty asintió entusiasmado.
—Te recomiendo que te quites las gafas para que mi señor pueda verte bien.
Harry rió y se quitó los anteojos.
—Estoy medio ciego —advirtió mientras seguía el rastro de su madre y el aroma de Barty hacia el jardín, donde su padre estaba absorto entre libros—. ¿Padre? —preguntó Harry, parándose frente a él.
Voldemort emitió un sonido de asentimiento, levantando perezosamente la vista. Entonces se quedó petrificado; sus ojos carmesí se abrieron de par en par, cargados de una extraña emoción que Harry no lograba comprender.
—¿A-Adriano? —susurró Voldemort, todavía boquiabierto.
Harry frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Quién es Adriano?
Chapter 8: Realizaciones agridulces
Chapter Text
—¿Quién es Adriano?
Voldemort se quedó petrificado, boquiabierto, incapaz de creer lo que veía. Su mente se bloqueó. ¿Era posible? ¿Estaba soñando? Y esos ojos… por Merlín, esos ojos. No podía ser.
Técnicamente, Voldemort sabía que el niño seguía siendo Harry. Hablaba como Harry, olía como Harry y su magia se sentía como la de Harry; probablemente solo había alterado sus rasgos para copiarlo usando su habilidad de metamorfomago. ¿Era esto una especie de broma cruel? Harry no podía saber nada sobre él. ¡Nadie lo sabía! Nadie, excepto…
Voldemort miró a Nagini y sintió que su furia crecía como una tormenta. Ella era la única que lo sabía. Mantuvo una calma gélida para ocultar el ciclón de rabia que lo consumía mientras veía a Nagini deslizarse alrededor de Adri… de Harry, acercándose a él con una sonrisa de suficiencia y alegría maliciosa.
—¡Nagini! —rugió Voldemort, con los ojos destellando en carmesí y temblando de ira—. ¡Mujer necia y malvada! ¿Te atreves a crear una imitación? ¿Es esto una broma absurda tuya?
—¿Yo soy la necia y malvada? —replicó Nagini—. ¿Estás ciego o eres simplemente estúpido? Deja de negarlo; solo observa y siente su magia. Recuerda cómo se sentía la magia de "él" y compáralas.
Voldemort tragó saliva; su máscara de serenidad se había hecho añicos y su presión arterial subía sin control. No era capaz ni de levantar la vista para mirar al niño. Se veía exactamente como lo recordaba; como se habría visto de pequeño. Por Merlín, no podía... simplemente no podía. Él solo era una alucinación, ¿verdad? Tenía que serlo. No podía ser real. Había buscado por todo el mundo a…
—No me importa —escupió Voldemort, siseando—. No cruces la línea, Nagini, o los mataré a ambos por semejante osadía.
—Cierra la boca, Tom —dijo Nagini con un suspiro profundo y cansado, el suspiro de quien ha sido la voz de la razón durante décadas—. Lo has buscado por todo el mundo. Viajaste por todo el planeta y ahora que está frente a ti, ¿lo niegas?
—Mamá… —murmuró Harry con los ojos empañados en lágrimas—. Está bien. A mi padre no le gusta. Volveré a mi forma anterior.
—No, no te atrevas —le espetó Nagini a su hijo, aunque se suavizó cuando vio a Harry estremecerse—. Tu padre simplemente es tonto, mi pequeña cría, no le hagas caso. Ahora vete y llama a Bailey; pídele que traiga tu cena.
—Sí, mamá.
Harry dio media vuelta, le arrebató sus gafas a Barty y salió disparado. La pareja que discutía no notó que Harry, en lugar de entrar en la mansión, corrió hacia el bosque.
De repente, algo hizo clic en la mente de Voldemort.
—Bailey… cena… —susurró mientras un recuerdo cruzaba su mente—. Bailey debía traerme la cena…
El corazón de Voldemort casi se detuvo cuando las piezas encajaron y finalmente hizo todas las conexiones. ¿Qué acababa de decir Nagini? "Recuerda cómo se sentía la magia de él y compáralas". Voldemort parpadeó, comprendiendo por fin lo que su magia y su corazón le habían estado susurrando. Había sido él todo este tiempo, ¿no? Había notado las similitudes: la forma de hablar, su naturaleza alegre, su determinación, su debilidad por los elfos domésticos, la tendencia de ambos a llamar a los magos "hechiceros". Y, sobre todo, su magia. La manera en que ambas esencias mágicas lo llamaban, ese inmenso poder innato que guardaba un parecido asombroso con la firma de Voldemort, como si en ambos habitara una parte del propio Señor Tenebroso. O tal vez por el Horrocrux.
¡Y no hay que olvidar a la mamba verde! Ese pequeño pícaro no lo corrigió cuando Voldemort asumió que era su forma animaga. Harry no había adoptado su forma de naga completa ni una sola vez, ni siquiera cuando Voldemort le sugirió practicar tras descubrir qué criatura era. Pero Voldemort ahora sabía que fue él mismo quien estuvo en negación; no quería mirar esa silueta familiar que le traía demasiados recuerdos que prefería ignorar como fragmentos de su imaginación infantil.
Por eso Harry le resultaba tan familiar; por eso su magia reclamaba al niño. Era una de las razones por las que simplemente había aceptado la presencia del impune muchacho en su vida en lugar de luchar contra ella. Tenía todas las pistas… ¿cómo no había llegado a la conclusión final?
¡Había estado viviendo con Adriano durante un mes entero! ¡Finalmente había encontrado al niño que tanto buscó! Y entonces, lo rechazó.
—Tom, ¿todavía crees que es posible tener ojos del color exacto de la maldición asesina sin ayuda mágica? —preguntó Nagini en voz baja.
Voldemort odiaba que le demostraran que estaba equivocado, pero tras buscar por todo el mundo, incluso él tenía que admitir que Nagini tenía razón. Ningún ojo podía ser del color exacto del Avada Kedavra a menos que fuera un metamorfomago.
—¿Dónde está? —preguntó Voldemort, buscando al niño. Si recordaba bien, Nagini le pidió que buscara a Bailey, ¿no?
—Se fue llorando —le informó Nagini secamente, frunciendo el ceño mientras probaba el aire—. Pero no huelo su presencia en la mansión. ¿A dónde fue?
Él soltó una maldición en voz alta.
—¿Barty?
—¡Milord! —Barty lo miraba alerta y preocupado—. ¿Se encuentra bien?
—Sí, estoy bien —respondió Voldemort impaciente—. ¿Dónde está el niño?
—Yo… —Barty se rascó la nuca con timidez—. Salió corriendo cuando su magia comenzó a agitarse con furia.
Nagini giró la cabeza bruscamente hacia Barty, conmocionada por sus palabras. Voldemort también se incorporó de golpe, clavándole una mirada venenosa. ¿Qué? ¿Había huido? ¿Cómo podía dejarlo ir ahora que finalmente lo tenía?
—¿Hacia dónde?
—Eh… no me fijé… estaba preocupado por usted…
—¡¿No te fijaste?! —la voz de Voldemort subió varios octavos, furiosa—. ¡Y yo que pensé que habías jurado cuidarlo!
—Pero… el duende dijo que él no era realmente su hijo... así que pensé que…
«¡CÓMO SE ATREVÍA!»
—¡ÉL ES MÍO! —rugió Voldemort—. ¡ES MI HIJO! ¡¿CÓMO TE ATREVES A DECIR LO CONTRARIO?! ¡CRUCIO!
Barty soltó un grito de agonía que resonó por todo el jardín. Duró solo unos segundos antes de que Voldemort se tambaleara, sintiendo el agotamiento extremo de su núcleo inestable.
—¿Bailey? —jadeó, levantando la maldición—. Mis pociones.
—En seguida, amo Señor Tenebroso, señor.
Bailey apareció con las pociones y un tazón de sopa. Voldemort tragó el contenido de los frascos, pero apartó la sopa de un empujón. No descansaría ni un segundo hasta tener a su hijo frente a sus ojos otra vez. Con la mirada maníaca y aferrando su varita con fuerza, siseó con tono asesino:
—Mi hijo… mi Adriano… lo tenía —sentenció—. Y luego se fue. Y tú lo permitiste.
—Le pido perdón, milord —alcanzó a decir Barty, logrando ponerse de pie, aunque de forma temblorosa y con un gesto de profunda culpa. Como debía ser—. Iré a buscar a su hijo.
—¡No, no lo harás! —le espetó Nagini irritada—. Eres un "hechicero" necio, estúpido, celoso y prejuicioso. Yo misma encontraré a mi cría.
—Eh… —Barty se sintió perdido ante los siseos, aunque intuyó que la serpiente acababa de regañarlo seriamente.
—Llévame y síguela —ordenó Voldemort, con la voz cargada de frustración y rabia. ¿Pero con quién estaba realmente frustrado?
—¿Llevarlo, milord?
—¡¿ACASO TARTAMUDEÉ, MALDITA SEA?!
Las lágrimas nublaban sus grandes ojos de gamo, pero Harry ni siquiera lo notó mientras corría y corría, sin importarle hacia dónde iba ni a qué velocidad. Simplemente se dejó llevar por sus instintos, permitiendo que sus piernas lo guiaran. La experiencia de recorrer el bosque con su madre le resultó útil ahora; esquivaba ramas bajas, saltaba sobre piedras y troncos caídos, y evitaba las arenas movedizas que ella le había enseñado a reconocer por el olor, todo sin detenerse a pensar.
«¡¿Te atreves a crear una imitación?! ¡¿Es esto una broma absurda tuya?!»
Corrió aún más rápido, si eso era posible, mientras las palabras de su padre resonaban en su mente. Su padre lo odiaba. Odiaba tanto su nueva apariencia que quiso matarlo. Incluso había amenazado con matar a su madre.
Pronto, su salud aún debilitada y el agotamiento lo alcanzaron, anulando sus instintos y abrumándolo. Harry se desplomó en el suelo, hiperventilando; su corazón latía tan rápido que sentía que se detendría en cualquier momento. Tragó saliva con dificultad y cerró los ojos, limitándose a descansar y respirar. Las emociones desbocadas y la adrenalina comenzaron a disiparse. El bosque profundo, sumido en la oscuridad del anochecer, se sentía vivo y despierto. Harry sabía que no estaba a salvo allí y que debía seguir adelante, pero en ese momento estaba exhausto, demasiado cansado incluso para llorar. Se sentía entumecido. Tenía calambres en las piernas, estaba hambriento y tenía frío.
Mucho tiempo después, su ritmo cardíaco comenzó a disminuir y su respiración se estabilizó. Los calambres remitieron. Lentamente, Harry se puso de pie, se acomodó las gafas y miró a su alrededor. Pudo oler una fuente de agua cercana y, por el sonido, supo que era un río. Sediento, se dirigió hacia allí en la penumbra. Gracias a sus sentidos agudizados y su visión nocturna, podía ver y oler perfectamente, a diferencia de cuando era un humano común. La luna brillaba con fuerza sobre el espacio despejado alrededor del río, que fluía pacíficamente.
En cuanto llegó a la orilla, bebió profundamente para saciar su sed; el hambre disminuyó un poco al llenar su estómago con agua. Por ahora, bastaría. Miró sus pies, que estaban sucios y sangrando, llenos de barro y todavía con algunos calambres. Harry se encogió de hombros y comenzó a lavárselos.
Mientras lo hacía, captó su propio reflejo en la superficie del agua. Se quedó mirando fijamente. Su rostro no había cambiado realmente, solo se habían afilado algunas facciones. El único cambio importante eran sus ojos. En realidad, le gustaba su nueva apariencia.
Sin embargo, su padre se había enfurecido al verlo así.
Una gran parte de él quería volver a su forma anterior, no deseaba parecerse a aquello que hacía que el Señor Tenebroso —no, ya no quería llamarlo su padre— se sintiera triste y furioso. Tan furioso como para querer matarlo. Pero tampoco quería volver a verse como antes, sabiendo que se parecía a su padre biológico. ¿Para qué? Su padre biológico tampoco lo quiso.
No, sería su propia persona. Pensaría en algo y cambiaría. Pero, ¿cómo quería verse?
Harry frunció el ceño, mirando el río mientras reflexionaba. Ojalá supiera cómo se veía su madre biológica, pero ya no podía saberlo. Tampoco había visto a muchas personas en su vida. Tal vez mañana podría acercarse a algunos humanos, observar cómo se veían y decidir basándose en lo que le gustara. Quizás se dirigiría al mundo muggle donde podría…
Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando un aroma llegó a su nariz. Harry olfateó el aire y abrió mucho los ojos. Había peces en el río. Nunca había probado el pescado.
Se le hizo agua la boca al percibir el olor fresco. Tal vez podría probar comida nueva, si es que lograba atrapar algo. El problema era que no sabía nadar; su madre aún no le había enseñado. Y ahora ya no la tendría a ella, ¿verdad?
Sintió una punzada en el pecho al pensarlo. Quiso rendirse, hacerse un ovillo y llorar desconsoladamente otra vez, pero el hambre era más fuerte. Lloraría cuando tuviera el estómago lleno y estuviera a salvo. Tras casi dos meses de comidas regulares, ahora tenía bastante apetito. Observó el agua desde donde estaba; probablemente no era lo suficientemente profunda como para ahogar a un hombre adulto.
Pero Harry no era un hombre adulto.
Un recuerdo cruzó su mente. ¿Qué había dicho su madre? Las serpientes son nadadoras por naturaleza, ¿no? Ella nunca se equivocaba. Tal vez solo necesitaba superar su miedo e intentarlo.
Se quitó la túnica, temblando un poco por el frío, dejó sus gafas en el suelo sobre una piedra grande y frotó sus manos sudorosas alrededor de ella para poder encontrarla después por el olor. Un destello verde brilló y Harry se transformó en su forma completa de mamba verde. En su forma híbrida podía usar ropa, pero en su forma de serpiente, las prendas humanas no servían de nada.
Vaciló un instante. «¡Bueno, qué más da!», pensó, decidiendo arriesgarse. Respiró hondo y se deslizó hacia el río. Cuando el agua fría golpeó su delgado cuerpo, Harry se estremeció; una parte de su mente quería retroceder, pero la otra lo instaba a no acobardarse y continuar. Después de todo, la temporada de frío se acercaba, y tarde o temprano haría mucho más frío que ahora.
Así que Harry avanzó. De manera involuntaria, comenzó a mover su cuerpo con desplazamientos laterales y ondulantes, formando una especie de patrón en "S" con su esbelto torso. Estas ondulaciones nacían en su cabeza y se extendían por todo su cuerpo, el mismo tipo de movimiento que utilizaba para desplazarse por las superficies lisas de la mansión. Tras practicar un poco más, y una vez seguro de que dominaba la técnica para nadar, comenzó a buscar peces y se sumergió.
Descubrió que los olores son un poco más tenues bajo el agua que en el aire, pero notó que al cubrir sus ojos con su membrana protectora, podía ver perfectamente en las profundidades. Respiró hondo y se hundió, aguardando detrás de una gran roca entre la vegetación acuática. Sus escamas verdes le proporcionaban un camuflaje excelente bajo la luz de la luna.
Harry no tuvo que esperar mucho. Pronto, una gran trucha marrón apareció frente a él. Usando todo su entrenamiento, se lanzó y la atrapó. La sujetó por un momento e inyectó su veneno. El pez se sacudió, obligándolo a soltarlo mientras intentaba alejarse, desorientado. Harry lo siguió con calma, agitando la lengua; el veneno actuó rápido y el pez se quedó rígido, paralizado. Cuando dejó de moverse, Harry lo tomó con la boca y nadó de regreso a la orilla.
Con el pez paralizado colgando de sus fauces, Harry se refugió detrás de una gran piedra y decidió tragarlo tal como había visto hacer a su madre muchas veces. La roca le brindaba una protección necesaria contra la brisa fría. Dejó al pez en el suelo y lo examinó, tratando de descubrir cómo comerlo sin lastimarse con las aletas; concluyó que empezar por la boca era la mejor opción. Así, comenzó a tragarlo lentamente, asegurándose de que no tendría que regurgitarlo después.
Tras engullir el pez entero, se sintió bastante lleno; su vientre se abultaba notablemente. Comenzó a deslizarse con lentitud en busca de la piedra donde recordaba haber dejado su túnica y sus gafas. Agitando la lengua repetidamente, pronto descubrió por qué no podía encontrarlas.
Estaba en el lado opuesto del río.
Harry soltó un pequeño suspiro de serpiente. Se sentía demasiado pesado y letárgico. Además, por el momento estaba más seguro en su forma animal que en la humana, aunque la túnica le habría proporcionado un calor muy necesario. Decidiendo regresar por sus pertenencias al día siguiente, comenzó a probar el aire en busca de un lugar cálido para pasar la noche. No muy lejos había un árbol viejo con varios huecos que parecía acogedor, pero Harry sabía que no debía trepar con el estómago lleno, pues podría afectar su digestión; su madre lo había mencionado alguna vez. Así que siguió buscando.
Encontró un tronco caído a pocos metros. Tras analizar el aire para asegurarse de que no hubiera otras serpientes o depredadores cerca, se deslizó lentamente hacia él. Al examinarlo, halló un hueco que parecía cálido, cubierto con alas de insectos muertos y restos de pelaje.
¿Sería el hogar de otra serpiente?
Pero ya no tenía energías para buscar otro refugio, así que vigiló los alrededores para confirmar que el dueño no estuviera cerca. Mientras lo hacía, un pequeño zumbido captó su atención. Olfateó el aire y sus ojos se agrandaron ligeramente al reconocer algo familiar: ¡saltamontes, otra vez!
Harry gimió internamente cuando algo en su interior le pidió atacar y atraparlos también, pero estaba demasiado lleno. Ya no podía comer más. Además, los insectos eran olorosos y asquerosos. Ignorándolos, se metió en el hueco y se enroscó sobre sí mismo, deseando con todo su corazón que nadie lo molestara mientras dormía y digería su comida.
Al cerrarse sobre sus anillos, los eventos del día cruzaron por su mente.
Realmente había pensado que finalmente tenía una familia: una madre cariñosa que cuidaría de él y un padre endurecido por la vida que le enseñaría sobre la magia. Pero, obviamente, no lo merecía. Era un fenómeno. Dudley siempre decía que los fenómenos no merecen nada. ¿Y no había dicho Barty que ser metamorfomago era una habilidad rara incluso entre los magos? De hecho, no había ningún otro en Gran Bretaña en ese momento.
Realmente era un fenómeno, ¿verdad?
En ese instante, Harry juró mentalmente que nunca le diría a nadie más que era un metamorfomago, ni usaría ese poder frente a personas que no lo supieran ya. No podía cambiar lo que había pasado, pero al menos podía evitar que se repitiera.
Tal vez, solo tal vez, podría quedarse en su forma de serpiente y comer peces, ranas y otras pequeñas presas del bosque, y construir una choza cuando saliera el sol. ¿Le ayudaría Bailey con su magia si se lo pidiera amablemente? Se había cuidado solo desde que tenía memoria, incluso se encargó de toda la familia Dursley, excepto por los últimos dos meses. Harry estaba seguro de que podría hacerlo de nuevo. No era para tanto, ¿cierto?
Harry pidió protección una última vez y se quedó dormido.
Chapter 9: Eres mi hijo
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Nagini ignoró al estúpido "hechicero" que cargaba al "hechicero" más estúpido mientras se deslizaba lo más rápido posible tras el rastro de su cría. Se maldecía internamente por haberse centrado solo en Tom, olvidando que su hijo podía entender perfectamente lo que decían; y así lo hizo, interpretándolo de la peor manera. Su pobre pequeño debía de pensar que lo estaban rechazando. Que su padre lo rechazaba. Tenía ganas de golpear su cabeza contra el árbol más cercano. ¿Cómo pudo olvidar que su cría era tan propensa a sentirse culpable?
Nagini suspiró para sus adentros mientras pasaba junto a otras arenas movedizas, agradecida de haberle enseñado a identificarlas. ¿Qué tan rápido puede correr una mamba asustada? Nagini sabía que una mamba verde alcanza las 12 millas por hora, ¿pero un niño con instintos de mamba y dos piernas para saltar como un mono? Al menos de 15 a 18 millas por hora, especialmente si ese niño corría impulsado por la adrenalina hasta agotar sus fuerzas.
Todo el trayecto transcurrió en silencio, salvo por el crujir de los troncos secos y el roce de las hojas muertas bajo el cuerpo de Nagini, además de la respiración pesada del estúpido humano que trotaba tras ella cargando a Tom en brazos.
Tras horas siguiendo el rastro, ya casi era medianoche cuando llegó a la orilla del río. Seguía el olor, y así fue como descubrió lo que su cría había dejado atrás. Se deslizó hacia el lugar, bajando su cabeza triangular para observar la túnica y las gafas, que habían recuperado su tamaño original. La ropa olía a la brisa del bosque y se sentía fría, lo que significaba que habían sido abandonadas hacía al menos tres o cuatro horas.
Nagini maldijo en voz alta mientras alzaba la cabeza, escudriñando el bosque oscuro. ¡Maldición! ¿A dónde se había ido su pequeño?
Ignoró a Barty cuando este recogió la túnica y las gafas para mostrárselas a su señor. Tampoco prestó atención a Voldemort, cuya mano temblaba al aceptarlas, estrechándolas contra su pecho como si fueran un tesoro perdido hace mucho tiempo.
Nagini bajó de la gran roca, recuperó el olor y lo siguió. Pronto se dio cuenta de que el rastro se volvía más tenue hasta desaparecer por completo al llegar al borde del agua. ¿Habría entrado al río en su forma de serpiente completa?
—¿Le enseñaste a nadar? —preguntó Voldemort, llegando a la misma conclusión que ella.
—No, no lo hice —respondió Nagini desconcertada, mirando el río como si fuera culpa del agua que su cría no estuviera con ella.
Harry no sabía nadar. ¿Y si su delgado cuerpo de serpiente había sido arrastrado por la corriente? Sabía que las serpientes son nadadoras por naturaleza, así que Harry no se ahogaría, pero no podía evitar que la preocupación la oprimiera por dentro. Nagini intentó rastrear el olor en la superficie del agua, pero maldijo internamente al darse cuenta de que el flujo constante del río había borrado cualquier rastro. ¿Quizás solo bebió un poco de agua y se marchó?
Pasó más tiempo olfateando los alrededores de la orilla, ignorando el frío de principios de invierno que se filtraba en sus huesos. No había ningún otro rastro que indicara que hubiera regresado del agua. Eso solo significaba una cosa: no volvió tras entrar al río. ¿Quizás cruzó al otro lado?
Solo había una forma de saberlo.
Nagini probó el agua y se estremeció al notar lo fría que estaba. ¿Su cría se había metido en este frío glacial? ¿Por qué haría algo así? ¿Qué tan desesperado estaba? ¿Lo habría perseguido algún otro depredador?
Este último pensamiento le recorrió la columna como un escalofrío y, sin perder un segundo, saltó al río. ¡Por Merlín, estaba helado! Nagini ignoró el frío y cruzó nadando con movimientos elegantes, concentrada únicamente en buscar a su pequeño.
Miró hacia atrás y vio al humano transfigurar un tronco en un puente improvisado para cruzar el río y seguirla, aún cargando al silencioso Señor Tenebroso. Bajo sus instrucciones, Barty lanzó un encantamiento de calefacción sobre ella; Nagini lo agradeció internamente, pero su corazón se encogió de dolor al recordar que su cría no había tenido ese mismo privilegio.
—Está cerca —dijo Voldemort en voz baja, con la voz empapada de esperanza—. Puedo sentirlo aquí.
Nagini abrió mucho los ojos y agitó la lengua rápidamente para captar cualquier rastro. Tras una búsqueda minuciosa, descubrió restos de sangre de pescado seca, consumida hacía no más de un par de horas. Tenía el olor de la saliva y el veneno de su cría.
—Comió pescado —dijo Nagini entre el asombro y el orgullo—. ¡Su primera caza exitosa, y además bajo el agua! ¡Y me la perdí! —En ese momento, su ira regresó con toda su fuerza—. ¡Todo por culpa de tu estupidez! —le espetó a Tom.
Voldemort observaba la sangre del pez con una mezcla de sorpresa, orgullo y esperanza. Ante el arrebato de Nagini, parpadeó y desvió la mirada con aire culpable. Realmente no tenía excusa.
Nagini resopló antes de centrar su atención en la sangre seca. El olor de su cría era muy débil, casi imperceptible. Tuvo que agitar la lengua repetidamente para captar los rastros. Se dio cuenta, un tanto sobresaltada, de que Harry probablemente no había recuperado su forma humana tras comer. Era normal; debía sentirse lleno y letárgico, y seguramente fue a buscar un lugar cálido para dormir. Pero, ¿a dónde se había ido?
Nagini probablemente lo habría descubierto si tuviera energía, pero sentía que sus fuerzas se agotaban. Había viajado durante al menos cinco o seis horas por el bosque oscuro y frío, cruzado un río gélido y, antes de eso, todos habían tenido un día bastante ajetreado.
—Usa el encantamiento localizador —suspiró Nagini. Si Tom podía sentir la presencia de su cría, debía de estar lo suficientemente cerca para que el hechizo funcionara.
—Barty, lanza Señálame. —ordenó Voldemort.
Barty asintió.
—¡Señálame a Harry Ryddle!
Su varita se elevó en el aire y apuntó hacia un tronco caído. Nagini se deslizó hacia allí; efectivamente, el lugar emanaba la magia de Harry por todas partes. Probó el aire y examinó el tronco con cuidado hasta que, bajo la luz de las dos varitas, vislumbró el brillo de las escamas verdes. Su pequeño dormitaba plácidamente, enroscado con fuerza.
Allí estaba. Su rayito de sol.
Nagini suspiró aliviada mientras lo observaba con orgullo a través del pequeño hueco. Su cría había aprendido muy bien: incluso nadó y cazó pescado por primera vez, se lo comió y luego encontró un lugar cálido para descansar y hacer la digestión.
—¿Está aquí? —la voz de Voldemort estaba cargada de esperanza y anticipación.
Nagini asintió mientras intentaba meter la cabeza por el agujero, pero era demasiado pequeño incluso para ella.
—¿Cría?
Los anillos verdes se tensaron y se pusieron rígidos un momento antes de relajarse, mientras Harry seguía durmiendo. Nagini se vio incapaz de despertar al niño exhausto; el día había sido agotador para él y ni siquiera había dormido su siesta de la tarde. Sugirió que podrían excavar la tierra alrededor para ampliar el espacio y acercarse, y Voldemort le ordenó a Barty que lo hiciera. Sin embargo, pronto descubrieron una barrera mágica que les impedía acercarse al hueco donde descansaba el pequeño naga.
—Su magia está protegiendo el área —notó Voldemort—. Un encantamiento repelente muy fuerte, probablemente conjurado mediante magia accidental o de deseo.
—¿Debería cancelar el hechizo o quizás lanzarle un Accio? —ofreció Barty con nerviosismo.
—Solo si quieres morir por la mordedura de una mamba enfurecida y asustadiza —espetó Voldemort, irritado—. Cualquiera de las dos cosas lo despertará y, sin el descanso adecuado, será una mamba verde desorientada e irritable.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Nagini miró el hueco una vez más, luego trepó a lo alto del tronco caído y se enroscó, usando su propio cuerpo para mantener caliente la pequeña entrada. Voldemort la observó, comprendiendo perfectamente su plan. Con un suspiro, lanzó un encantamiento de calefacción sobre toda el área y le hizo una señal a Barty para que lo colocara dentro de los anillos de Nagini.
—Ahora, esperamos.
Cuando Harry despertó, siseó y gruñó con sueño mientras un dolor punzante martilleaba dentro de su cabeza. Bueno, eso era lo que ganaba por quedarse en el frío y llorar hasta quedarse dormido. «Tal vez deba acostumbrarme», reflexionó mientras asomaba lentamente la cabeza, estirándose un poco y agradecido de estar en su forma de serpiente. Esta forma mitigaba el dolor; Harry sabía que, de haber sido humano, probablemente se habría sentido abrumado por el malestar. Elevó la cabeza con lentitud, sorprendido al notar lo cálido que se había mantenido el refugio.
Harry suspiró, mirando hacia afuera mientras salía el sol. ¿Debería ir por su ropa y sus gafas, y luego reunir leña para improvisar una tienda donde vivir? No se alejaría del río; le había gustado mucho la cena de la noche anterior. Podría pasar el resto de su vida comiendo eso.
Decidido, asintió para sí mismo y agitó la lengua, probando el aire en busca de algún depredador cercano. En cuanto lo hizo, casi salta de sorpresa al detectar a su madre… y al Señor Tenebroso… y, ¿era Barty? ¿Qué hacían afuera de su escondite? No estarían esperando a que saliera para matarlo, ¿verdad? No, mamá no le haría daño.
—Cielos, ¿qué debo hacer? —se preguntó.
Harry vaciló. Por muy tentador que sonara, sabía que no podía esconderse en ese hueco para siempre. Quizás podría encontrar una forma de escabullirse por otro lado sin hacer el menor ruido. Sí, eso sonaba mejor.
Con cautela, Harry asomó la cabeza y analizó el entorno. Se sorprendió al ver que los tres adultos dormían alrededor de su tronco. Determinado a escapar lo más rápido posible, se deslizó hacia afuera en dirección al río. Sin embargo, para su consternación, apenas salió al frío clima del amanecer, el homúnculo del Señor Tenebroso se movió y abrió los ojos. Sin que Harry lo supiera, había activado el encantamiento que Lord Voldemort había lanzado para alertarlo en cuanto el niño saliera.
Harry se quedó paralizado, como un ciervo ante los faros de un auto, mientras el Señor Tenebroso parpadeaba y lo miraba. «Tal vez si no me muevo, no me notará», pensó. Pero Harry sabía que ya lo había visto. Tragó saliva antes de girarse y ganar velocidad para huir.
—¡No me dejes solo, hijo mío!
Harry se detuvo en seco. Sus ojos, ya de por sí grandes, se abrieron aún más al ser llamado "hijo mío". Sabía que el Señor Tenebroso se dirigía a él. Giró lentamente la cabeza para mirarlo, agitando la lengua con rapidez, todavía receloso después de lo ocurrido la noche anterior.
Voldemort lo miraba con suavidad. Nagini también había despertado. Mientras Harry lo observaba, evaluando el ambiente, Voldemort volvió a hablar:
—Este anciano no fue capaz de reconocerte antes. ¿Puedes perdonarlo y volver a casa?
Harry se quedó boquiabierto. El aire a su alrededor olía a tristeza, arrepentimiento y esperanza. Miró a Nagini, quien mantenía la vista fija en él.
—No me mires así, cría —dijo Nagini con determinación—. Si te vas, iré contigo. No me quedaré con este viejo tonto.
Harry la miró incrédulo antes de erguirse y recuperar su forma humana.
—Pensé que no quería una imitación, Lord Slytherin —dijo, evaluando su reacción y la de Barty, que empezaba a despabilarse.
El corazón de Voldemort casi se detuvo al verlo lucir exactamente como debía. Al oír cómo lo llamaba, algo brilló en sus ojos, una emoción desconocida.
—Llámame padre, Adriano.
Ante ese nombre, Harry se mostró desconcertado. La sonrisa de Voldemort se ensanchó.
—Este es tu nuevo nombre, hijo mío: Adriano Sorvolo Slytherin.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Es… mi nombre? —preguntó impactado.
—Sí. Harry es un nombre demasiado común para alguien tan único como tú; te fue dado por un padre biológico que no te merecía. ¿Te gusta tu nuevo nombre, hijo mío?
Una sonrisa iluminó su rostro.
—Adriano Sorvolo Slytherin —probó el nombre y luego intercambió una mirada emocionada con su madre—. Me gusta. ¿Significa algo?
Voldemort lo miró con auténtico afecto y el alivio de finalmente tenerlo de vuelta. Realmente pensó que lo había perdido. ¿Quién diría que convencer a un niño sería tan sencillo? Pero no permitiría que nadie más lo manipulara; lo entrenaría para evitarlo. Se permitió sonreír por primera vez en décadas.
—Sí. Adriano significa "rico".
—¿Rico? —Adriano parpadeó.
—Rico en estética, en ingenio, en magia, en conocimiento y en poder.
Adriano asintió, aunque se veía algo aturdido y empezó a temblar cuando el frío lo alcanzó.
—Suena bien.
Voldemort tuvo que estar de acuerdo. «Sí, muy bien», pensó mientras lo observaba como si lo viera por primera vez. Pronto notó que el niño tiritaba y entrecerraba los ojos para ver. Con un suspiro, le devolvió sus gafas y su túnica, sonriendo para sus adentros cuando vio al niño iluminarse al ponérselas. Miró las gafas sucias y remendadas con desdén; eso tendría que cambiar pronto.
—Regresemos a casa —dijo, mirando a Nagini, que se había enroscado alrededor de su cría como si le diera un fuerte abrazo.
—¿Podría aparecernos en casa, milord? —ofreció Barty, deseando no tener que caminar más.
—Esa sería una buena idea —acordó Voldemort.
Barty lo tomó en brazos y, siguiendo sus instrucciones, Adriano y Nagini se acercaron y se sujetaron de su brazo. Barty giró sobre sus talones y Adriano sintió como si lo obligaran a pasar por un tubo de goma muy estrecho. En cuanto volvió a pisar suelo firme, Adriano gimió y cayó de rodillas, con arcadas. Por suerte, la mayor parte de su cena de la noche anterior ya se había digerido, así que no llegó a vomitar.
—Solo respira profundo por la nariz y suelta el aire por la boca —aconsejó Barty, entregándole un trozo de chocolate.
Adriano asintió, aceptando el dulce y siguiendo sus instrucciones; sintió que su estómago revuelto empezaba a calmarse. Comió un poco de chocolate y se puso de pie, sintiéndose mucho mejor. Entraron en la mansión y se sentaron en la sala de estar. Adriano se acomodó entre los anillos de su madre, acurrucándose con ella sobre la alfombra frente a la gran chimenea. Barty colocó a Lord Voldemort en su sillón.
—Milord —Barty captó su atención de nuevo, tomando una lista de la mesa—. Ahora que el Principito ha vuelto con nosotros, me gustaría hacer una pregunta.
—¿Sí? —respondió Voldemort, imaginando lo que diría.
—¿Cuándo planea realizar el ritual? —preguntó Barty en su lugar, sorprendiéndolo.
—En Samhain —contestó Voldemort.
El solsticio de invierno estaba demasiado lejos y se negaba a permanecer como un homúnculo tanto tiempo. Barty asintió, luciendo extasiado ante la perspectiva, como si el ritual de recreación corporal le emocionara más que cualquier otra cosa.
O tal vez era por la devoción a su amo, o porque su Ravenclaw interno ya salivaba ante la idea de adquirir nuevo conocimiento.
—Entonces debo ir a comprar los ingredientes y empezar a elaborar la poción lo antes posible —señaló Barty, revisando la lista.
—En efecto —dijo Voldemort, observando cómo Barty sacaba su varita y comenzaba a lanzarse un encantamiento de apariencia.
Adriano lo miraba con total fascinación mientras el cabello y el color de ojos de Barty cambiaban ante sus ojos, junto con sus rasgos faciales principales, como la nariz y las orejas. Barty hizo una profunda reverencia ante su amo, tomó una manzana del plato que Winky les había llevado y se marchó.
Adriano habló mientras merendaba:
—¿Padre? ¿Mi habilidad de metamorfomago es algo parecido a lo que hizo Barty?
—La metamorfomagia —explicó Voldemort— no es un encantamiento de apariencia. Lo que él hizo es lo que podrías llamar una ilusión. En cambio, un metamorfomago cambia su rostro según su voluntad. Un encantamiento puede ser eliminado en contra de tu deseo o desvanecerse con el tiempo; pero el cambio de un metamorfomago nunca desaparece, solo se transforma cuando tú lo decides activamente.
Adriano asintió, masticando rodajas de pepino con aire pensativo.
—Y Samhain… es la versión más tenebrosa que tienen los hechiceros para Halloween, ¿verdad?
Voldemort lo miró exasperado. ¿Acaso tenía que hablar siempre así? Tendría que corregir y mejorar su vocabulario urgentemente.
—Podrías decir que sí.
Adriano asintió.
—Por cierto, hay algo que nunca entendí. ¿Por qué tu cuerpo se comportó así? Quiero decir, si las personas hacen estallar su cuerpo, mueren, ¿no? —Adriano guardó silencio un segundo y luego se iluminó como si acabara de resolver un rompecabezas difícil—. ¿Es porque tienes magia?
Voldemort acarició su varita con gesto pensativo.
—En cierto modo, sí, mi magia ayudó. Como ya sabes, he realizado experimentos de magia de alma que me hacen inmortal.
A Adriano se le desencajó la mandíbula.
—Espera, espera, espera… —dijo con los ojos desorbitados—. ¿Acabo de oírte decir que eres inmortal?
—Sí —los labios de Voldemort se curvaron ligeramente.
—¡Vaya! ¡Pensé que era una idea mitológica o un cuento de hadas!
—Bueno —sonrió Voldemort con suficiencia—, vives en un mundo donde los seres de los cuentos existen; los llamamos pixies.
—¡Increíble! —Adriano parecía maravillado—. Es… mucha información para procesar. —Tragó saliva y reflexionó—: Entonces, por ejemplo, si alguien te disparara, ¿no te desangrarías ni morirías?
—Como ya sabes, mi cuerpo puede "estallar", como tú dices, pero mi alma permanecerá anclada al mundo de los vivos.
—Pero… ¿cómo? Es decir, ¿cómo evitarías que Lucifer viniera a recoger tu alma?
Voldemort frunció el ceño ante el nombre antes de recordar quién era "Lucifer". Después de todo, había pasado suficiente tiempo en el mundo muggle para saberlo.
—No, la muerte no puede tocarme.
—¡Eso es… genial! —Adriano sonrió—. ¿Cómo lo hiciste?
—He puesto fragmentos de mi alma en anclajes y los he ocultado.
Adriano parpadeó, inclinando la cabeza mientras procesaba la información.
—Espera, ¿estás diciendo que cortaste tu alma como un pastel de cumpleaños y le diste pedazos a varias cosas para que la mantuvieran escondida de la muerte?
Voldemort se sintió horrorizado al ver su alma comparada con un postre azucarado, pero tuvo que admitir que la mente inocente de un niño de ocho años había simplificado todo mejor de lo que él mismo podría haberlo hecho.
—Podrías decir que sí —soltó otro suspiro profundo. Iban a ser unos años muy largos.
Adriano se quedó pensativo.
—¿Eso significa que a mí también me diste un pedazo?
—Sí —Voldemort lo miró sorprendido. El niño era increíblemente inteligente para su edad.
—Oh —Adriano estaba intrigado y esperanzado—. ¿Eso significa que tengo más hermanos? ¿O hermanas? ¿Cuándo podré conocerlos, padre? ¿Y dónde están?
Voldemort parpadeó al darse cuenta de lo que el niño pensaba: que había puesto todos sus Horrocruxes en seres vivos.
—No, Adriano. Tú eres el único que es un ser vivo.
—¿Ellos… murieron? —Los ojos de Adriano se agrandaron, visiblemente horrorizado.
—¡No, no, no! —Voldemort sacudió la cabeza, poniendo sus manos sobre el cabello de su hijo para tranquilizarlo al ver que sus ojos empezaban a brillar ante la posibilidad de tener "hermanos muertos"—. Cuando dije que eres el único vivo, quise decir que los otros están a salvo dentro de objetos, no en otras personas.
—Ah —Adriano asintió, aunque todavía lucía algo desanimado y preocupado. Frotó sus mejillas contra las escamas de su madre mientras miraba la chimenea, perdido en sus pensamientos.
«¿Qué estará pasando por esa cabecita de mamba?», se preguntó Voldemort, divertido por la escena.
Voldemort estaba a punto de retomar sus pergaminos cuando Adriano habló de nuevo:
—¿Padre? ¿Y qué hay de tu propia alma? ¿Está bien? ¿No se está desangrando ni nada parecido? —Adriano murmuró—: ¿Estás seguro de que tu cuerpo explotó porque necesitaba el alma completa?
Voldemort se detuvo en seco. Nunca se había detenido a pensar en su fragmento de alma principal. Estaba viviendo con… ¿menos del uno por ciento de su alma? Se sintió estupefacto ante ese pensamiento. ¡Maldita sea!
Adriano siguió balbuceando:
—Tal vez deberías hornear más trozos de "pastel de alma" para llenar los huecos, padre. Solo por si acaso… —Se encogió de hombros mientras terminaba su plato, antes de agarrar la cola de su madre para empezar a jugar con ella.
Los vibrantes ojos de rubí de Voldemort se abrieron aún más mientras escuchaba a su hijo. Rituales de reposición de alma. Sí, definitivamente había leído sobre ellos y estaba seguro de que aún conservaba los libros. Pero jamás se le ocurrió aplicarlos en sí mismo.
Bueno, la segunda opción sonaba mejor. Tendría su propio cuerpo para prepararse para un ritual tan complejo. Después de todo, sería incluso más difícil que el de recreación corporal. ¿Quizás para Yule?
Con ese plan en mente, Voldemort asintió para sí mismo, complacido.
Chapter 10: Hermano o padre
Chapter Text
Dos apariciones casi silenciosas captaron la atención de Voldemort. Levantó la vista del libro, señaló con la cabeza al niño que dormía a su lado y se llevó el dedo índice a los labios para ordenar en silencio a los elfos gemelos que no hicieran ruido. Los gemelos asintieron y cerraron la boca con fuerza. Voldemort arqueó una ceja inexistente en señal de pregunta; los elfos levantaron los pulgares, confirmando el éxito de su misión. Voldemort asintió y los despidió.
Se aseguró de que su hijo estuviera profundamente dormido antes de mirar a Nagini. Su leal Maledictus asintió y comenzó a desenroscarse lentamente de alrededor de ellos, con cuidado de no despertar a la pequeña cría. Una vez que ella estuvo a una distancia segura, Voldemort hizo levitar una hermosa pluma de águila y la colocó frente a ella. Nagini presionó su nariz contra la pluma y desapareció al activarse el traslador.
Entonces, él cerró los ojos.
Mediante la práctica avanzada de la oclumancia, Voldemort buscó el vínculo con su Horrocrux serpiente. Mientras lo buscaba activamente, notó un vínculo muy débil que reconoció como su séptimo horrocrux. El rastro era tan diminuto que fácilmente lo habría pasado por alto si no supiera de su existencia; quizás, si tuviera más que un fragmento de su alma, lo habría detectado antes. Voldemort sonrió para sus adentros y tomó nota mental de explorar este nuevo vínculo más tarde. Ahora debía concentrarse en Nagini y su misión.
Al presionar su magia contra el vínculo, pronto se encontró habitando el cuerpo de la víbora de cuatro metros y medio. La sonrisa de Voldemort fue nostálgica y melancólica, extrañando su propia herencia y, especialmente, el tener un cuerpo propio. Permitió que ese anhelo se convirtiera en motivación y se enfocó en el trabajo.
Observó la mansión de los Malfoy bajo la luz de la luna a través de los ojos de Nagini. No sabía si confiar en Lucius o no; el rubio era escurridizo y nadie sabía qué haría si descubría al Señor Tenebroso en ese estado de debilidad. Sin embargo, necesitaba recuperar su diario para el ritual de recreación corporal. Podría haber usado otro horrocrux si solo quisiera un cuerpo, pero ahora tenía un objetivo adicional: necesitaba recuperar su cordura, al menos hasta poder realizar el ritual de reposición del alma. El diario, al ser su primer horrocrux, albergaba la mitad de su alma original.
Voldemort probó el aire. Con la habilidad de Nagini y su propia magia, sus sentidos se agudizaron magníficamente. Pudo detectar fácilmente la presencia de tres personas en las alas privadas. Incluso si merodeaba por la mansión libremente, nadie podría detectarlo, gracias a la potente poción de sueño sin sueños que Lucius había consumido sin saberlo, cortesía de los elfos gemelos. Además, los elfos domésticos de los Malfoy habían sido advertidos sobre Nagini, así que no interferirían.
Dejó que Nagini se deslizara por las tuberías de la mansión hasta encontrar la cámara oscura bajo el suelo del salón, donde sabía que estaban ocultos todos los artefactos tenebrosos junto con su diario. Lo que a un mago común le habría tomado toda una noche o más, el poder combinado del olfato de Nagini y la magia de Voldemort lo redujo a un viaje de media hora. Voldemort observó cómo Nagini regurgitaba el trozo de pluma en el suelo antes de sujetar el diario con la boca y tragárselo. Regresó a su propio cuerpo en cuanto Nagini presionó su nariz contra la pluma, susurrando:
—A casa.
Voldemort abrió los ojos justo a tiempo para ver a Nagini aparecer en medio del dormitorio principal de la mansión de los Ryddle. Una mirada le confirmó que su hijo seguía profundamente dormido. Colocó suavemente su mano sobre el cabello del pequeño naga, peinándolo con los dedos mientras Nagini regurgitaba el diario.
—Las cosas que tengo que comer por ti —siseó Nagini con asco mientras se deslizaba hacia ellos.
Voldemort lanzó varios encantamientos de limpieza y secado sobre el diario antes de convocarlo hacia él y examinarlo en busca de daños. El diario se calentó bajo su tacto, reconociendo a su fragmento de alma principal.
Voldemort sonrió, recordando con nostalgia la época en que lo creó. Ah, los viejos tiempos, cuando tenía su propio cuerpo y no lo valoraba lo suficiente. Bueno, pronto lo tendría de nuevo.
—Buen trabajo, Nagini —siseó suavemente, con ojos afectuosos fijos en la víbora—. Ahora descansemos mientras esperamos el regreso de Barty.
—Milord.
Tanto Voldemort como Adriano levantaron la vista de su desayuno cuando Barty finalmente regresó. Su rostro resplandecía de emoción mientras tomaba asiento junto al Principito, quien le dedicó una sonrisa. Barty saludó a Adriano con un gesto igual de amplio antes de dirigirse a su amo para mostrarle su nueva varita:
—Lo logré.
Los labios de Voldemort se contrajeron con diversión al ver al mago inquieto por una alegría contenida y un anhelo sádico.
—¿De qué es?
—Madera de tilo plateado con núcleo de pelo de unicornio —exclamó Barty radiante—. Al principio pedí una igual a la anterior, pero siento que el tilo plateado encaja conmigo de forma mucho más perfecta.
—Esas son, de hecho, buenas noticias —asintió Voldemort complacido. Terminó su sopa y le dio permiso a Barty para retirarse a donde sabía que deseaba ir. Gracias al régimen de pociones y nutrición, ya era lo bastante fuerte para beber por su cuenta.
Barty le entregó una bolsa de espacio infinito, tomó una manzana y salió disparado, sonriendo con anticipación. Mientras esperaba a que su hijo terminara de comer, Voldemort revisó los ingredientes que le había encargado. Sacó un paquete cuidadosamente envuelto y miró de reojo a Adriano, quien intentaba escabullirse de la mesa con el mayor silencio posible.
—Termina tu leche antes de irte, Adriano —lo reprendió suavemente.
Adriano gruñó y se hundió en su silla con gesto hosco.
—No me gusta la leche.
—Y a mí no me gusta pelear contigo por la leche todos los días —Voldemort lo miró con severidad mientras el niño intentaba evitar el vaso.
Adriano suspiró y tomó el cristal. Voldemort lo vigiló como un halcón mientras el niño se tapaba la nariz para evitar el olor y bebía todo de un trago. Voldemort rodó los ojos; ¡su hijo era demasiado dramático!
«Aprendió del mejor», susurró una vocecita traicionera en su mente.
Voldemort ignoró el pensamiento y se centró en el paquete.
—Toma, algo para quitarte el sabor —abrió un pequeño frasco de vidrio, tomó una porción de esferas negras con una espátula y las puso en el plato vacío de Adriano. El niño inhaló profundamente para captar el aroma.
—No hagas eso —Voldemort sacudió la cabeza—. Solo necesitas abrir un poco la boca para probar el aire.
Adriano asintió y cerró la mandíbula con un clic audible.
—¿Sabe a pescado? ¿A huevos? No entiendo, ¿qué es?
—Son huevas de pescado —explicó Voldemort—; específicamente huevos de esturión sin fertilizar. Se llama caviar. Estoy seguro de que te gustará.
Adriano tomó una cucharada grande.
—Adriano —Voldemort sonrió—, es una comida para saborear, no para engullir. Toma un bocado pequeño y no lo mastiques, o perderás el sabor.
Adriano obedeció y se llevó una pequeña cantidad a la boca. Abrió mucho los ojos cuando la grasa mantecosa y ligeramente salada se derritió en su lengua. Sabía un poco a mar, era cremoso y exquisito. Miró a su padre, quien lo observaba divertido, mientras disfrutaba del manjar por primera vez.
—Veo que te gustaron —Voldemort soltó una risita ante el enérgico asentimiento de Adriano—. Me alegra. Ahora, cuando termines, quiero que leas este libro antes de ir a jugar con tu madre. ¿Está claro?
Adriano asintió, aún maravillado por el sabor en su plato.
—¿Bailey? Llama a Barty.
Barty apareció con un aspecto delirante y emocionado. «Alguien ha estado lanzando imperdonables», pensó Voldemort al mirarlo. Adriano estaba demasiado absorto en su festín gourmet como para notar el estado de Barty.
—Llévame allá.
Barty asintió, transfiguró las patas de la silla de Voldemort en ruedas y lo empujó hacia las mazmorras. Llegaron pronto; Barty cerró la puerta con llave y lo condujo hasta una celda específica. Voldemort miró hacia adentro: Crouch Sr. yacía en el suelo, sangrando y jadeando pesadamente mientras miraba al techo.
—No grita lo suficiente, milord —se quejó Barty con un puchero.
Voldemort rió entre dientes.
—Sé rápido con tu venganza, Barty, necesitaré su alma.
—Puede tomarla ahora mismo, milord. Eso es más importante —respondió Barty, entregándole una pluma común mientras aturdía rápidamente a su padre.
Voldemort dejó la pluma en el suelo.
—Necesitaré la poción en cuanto termine.
Barty le mostró un pequeño vial. Voldemort asintió, apuntó su varita a la pluma y comenzó a recitar las maldiciones necesarias. El proceso apenas duró cinco minutos, pero al terminar, Voldemort jadeaba de cansancio. El drenaje de energía era masivo en su forma de homúnculo; en su cuerpo normal, ni siquiera se habría fatigado. Barty se apresuró a verter el estabilizador de magia en su boca.
Cuando finalmente abrió los ojos, Barty ya había lanzado un Rennervate y un Imperius sobre Crouch Sr. El anciano estaba sentado en el suelo, obediente. Voldemort sonrió con malicia y levitó la pluma maldita, el tintero y el diario hacia él. Bajo el efecto del Imperius, Crouch tomó los objetos y comenzó a escribir.
—Levanta la maldición ahora, Barty.
Barty vaciló, no quería que su progenitor dañara el diario de su maestro, pero confiaba en su amo más que en nada. Si se lo pedía, era porque la trampa ya estaba lista. Barty retiró la maldición.
En cuanto los ojos de Crouch Sr. recobraron la lucidez, intentó dejar de escribir y arrojar la pluma, pero era tarde. Ya había comenzado. El hombre soltó un grito de angustia mientras sentía que su sangre ardía, pero sus manos seguían escribiendo sin parar todos sus secretos más oscuros, vertiendo su corazón y su alma en las páginas del diario.
Barty gritó de alegría mientras observaba con avidez al monstruo que tuvo la mala suerte de llamar padre; el hombre que había arruinado su vida. Si ese bastardo no hubiera sacrificado a su propio hijo en el altar de su ambición, Barty probablemente habría llegado a ser profesor en Hogwarts. Pero no importaba; ahora su venganza estaba completa.
—¿Qué tipo de maldición es esta, milord? —preguntó Barty con entusiasmo, mostrando su faceta más curiosa de Ravenclaw.
Voldemort rió entre dientes.
—Es uno de mis propios inventos de cuando asistía a la escuela. Creé este diario como un respaldo para mi cuerpo, y esta maldición obliga a la víctima a verter su alma en él.
De esta manera, no solo recuperaría su esencia, sino que también conocería todos los secretos sucios del Ministerio.
—Ya veo —respondió Barty con una enorme sonrisa.
Ambos permanecieron observando cómo el antiguo jefe del Departamento de Cooperación Mágica Internacional gritaba y se retorcía, sin dejar de escribir ni un segundo, salvo para recargar su pluma con tinta. Pronto, una tenue forma corpórea comenzó a manifestarse: un adolescente de unos dieciséis años, alto, de cabello negro ondulado y facciones familiares. Su silueta aún estaba borrosa en los bordes, como si se le viera a través de un cristal empañado.
Tom Ryddle bajó la mirada hacia Crouch Sr., quien se tambaleó y cayó hacia atrás en cuanto la aparición cobró forma. El joven recogió el pequeño diario negro y miró a su alrededor, dándose cuenta de que estaba en una celda. Afuera, de pie, había un hombre desconocido junto a una criatura que… ¿qué era eso?
Tom Ryddle se quedó helado cuando sus ojos se encontraron con los de la criatura, reconociéndolo al instante.
—¿La parte principal?
—Sí —Voldemort sonrió—. Ven, tenemos mucho de qué hablar.
—¿QUÉ? —exigió Tom desde donde estaba, mirando por la ventana.
Habían pasado horas hablando y poniéndose al día. Los bordes brumosos de su cuerpo se habían despejado y ahora era sólido, lo que indicaba que había recuperado su forma física. Crouch había muerto en el proceso, y Voldemort le había ordenado a Barty que hiciera lo que quisiera con el cadáver.
Voldemort suspiró, apartando la vista de la ventana desde donde podía ver a Adriano sentado, leyendo bajo la luz del sol mientras se acurrucaba entre los anillos de Nagini.
—De todo lo que te he contado, ¿la noticia de que Adriano es nuestro hijo adoptivo es lo que más te sorprende?
No es que lo culpara; incluso a él mismo le había costado creerlo al principio.
—Pues sí —dijo Tom con vehemencia—. Quería que fuera mío en carne, sangre, alma y magia.
—Ya es mío en alma y magia —Voldemort volvió a mirar a su hijo—. Y lo reclamaré en mi sangre después de que realicemos el ritual de fusión final.
—Aún olerá a esa asquerosa sangre sucia y al traidor a la sangre —le recordó Tom—. Hablando del ritual de fusión, ¿cuándo lo haremos?
—Samhain es en diez días; lo haremos en esa fecha.
Tom tarareó pensativo.
—¿Y qué planeas decirle sobre mí?
—La verdad.
Tom parpadeó, mirando de nuevo a su parte principal.
—¿Estás seguro?
—Sí —asintió Voldemort—. Se lo merece.
—En eso —coincidió Tom— tienes razón.
—Pero no ahora —Voldemort miró la mano de Tom, que aún sostenía el diario—. Ahora necesito que vayas al Castillo de Slytherin y me traigas algunos libros y otros objetos. También necesitaré el anillo de los Gaunt.
Tom asintió.
—Los traeré, ¿pero cómo? No sé dónde está ese castillo. Todo lo que sé es que el anillo está en la cabaña de los Gaunt.
—Y está maldito —advirtió Voldemort—. Asegúrate de convocar algunas ratas y deja que la maldición se concentre en ellas antes de tocarlo. En cuanto al castillo de Slytherin, poseeré tu cuerpo para recuperar todos los artículos que necesito.
Tom se encogió de hombros. Si cualquier otra persona le ofreciera poseerlo, lo habría maldecido en el acto; pero confiaba en sí mismo, y en nada más.
Poseer el cuerpo de su propio horrocrux fue tan sencillo como lo había sido con el de Nagini. Pudo sentir la emoción de Tom al descubrir el vínculo de su horrocrux con Adriano. Sin embargo, recuperar todos los objetos necesarios para el ritual no resultó tan fácil; especialmente al darse cuenta de que necesitaban grabadores de runas, gemas, cristales y otros ingredientes para la poción totalmente nuevos, además de algunos recolectados durante la luna llena.
Por ello, se desviaron hacia el Callejón Knockturn y regresaron unas horas más tarde, satisfechos pero con unos cuantos cientos de galeones menos en sus arcas. Al menos ahora tenían cada ingrediente necesario para el ritual. Solo faltaba trazar las runas y esperar a que llegara Samhain.
En cuanto regresaron a la mansión de los Ryddle y llegaron a su despacho, sus leales elfos gemelos, Tit y Tat, aparecieron ante ellos. Voldemort lanzó un encantamiento de privacidad y los miró inquisitivamente. Tit y Tat hicieron una profunda reverencia y comenzaron a informar con su peculiar forma de hablar sincronizada:
—Tit y Tat…
—…han estado espiando a Iggy, Lucy y Sevvy.
—Tit y Tat vieron…
—…que Lucy e Iggy, los hombres del amo, beben…
—…whisky de fuego antes de dormir.
—Y Sevvy…
—…no bebe antes de dormir.
—Lo han hecho bien —asintió Voldemort—. Será fácil engañar a Lucius y a Karkaroff; Severus es quien requiere planificación. Yo me encargaré de ello. Por ahora, sigan vigilando a Severus y a Karkaroff por mí.
Tom frunció el ceño mirando a su parte principal mientras los elfos hacían una reverencia y desaparecían.
—¿Qué planeas hacer con tus seguidores?
—Planeo mantener un perfil bajo tras mi renacimiento. Trabajaremos en lo que necesitamos de forma encubierta. Como Lord Slytherin, no como Lord Voldemort.
—Voldemort es nuestro pasado, presente y futuro —sentenció Tom.
—Lo fue —coincidió Voldemort—. Pero luego perdí la integridad de mi alma y, con ella, mi cordura y estabilidad; me convertí en lo que el bando luminoso decía que yo era. Voldemort es un monstruo ante los ojos del pueblo. En la noche de Samhain, no será Voldemort quien se alce.
—¿Entonces quién lo hará?
Él sonrió.
—Sorvolo Salazar Slytherin.
—Ya… veo —asintió Tom pensativo—. En realidad es una idea brillante. La única desventaja es Dumbledore, quien sabrá la verdad al instante.
—No si yo tengo algo que decir al respecto —reflexionó mientras convocaba su agenda—. He estado planeando esto durante mucho tiempo, analizando todos los pros y los contras. Primero, deberé visitar a Karkaroff en cuanto recupere mi cuerpo para poner a prueba su lealtad. Si descubro que realmente carece de ella, lo destituiré y nombraré a alguien de mi confianza como director de Durmstrang. Después de eso, estableceré todos los antecedentes necesarios: mi "antiguo hogar" en Alemania, mi vida escolar en Durmstrang y alguna historia trágica que me obligó a mudarme de Alemania para establecerme donde supuestamente está la casa de mi padre.
—¿Y resulta que tu "supuesto" padre soy yo?
Voldemort se echó a reír.
—No, Tom Ryddle será mi primo segundo. Mi supuesto abuelo es Morfin Gaunt, quien tuvo un hijo con una bruja de sangre pura que se marchó de Gran Bretaña. Ese hijo es mi padre, quien se casó con otra sangre pura.
Tom asintió.
—Así que vas a ser un sangre pura, pero sin los traumas paternales. ¿Y qué hay de tu pareja? ¿La progenitora de Adriano?
—Nagini.
Tom parpadeó.
—¿Perdón?
—El instinto de Adriano se ha vinculado con Nagini como su cría. Ella está haciendo un gran trabajo criándolo y enseñándole todo lo que puede. Por eso, será mejor para todos si registro el nombre de Nagini como mi esposa. Al menos no tendré que tolerar a alguna cobarde simplona como mi pareja ficticia. —Voldemort se encogió de hombros mientras ambos miraban hacia el jardín, donde veían a un pequeño medio mamba correr y reír mientras su madre víbora lo perseguía.
Tom tarareó, procesando la información con la mirada perdida.
—Conviértela en tu historia trágica.
Voldemort parpadeó, mirando a su versión adolescente.
—¿Cómo dices?
—Necesitas un trasfondo trágico para explicar por qué te mudaste de Alemania. Nagini es una Maledictus, tal como la describiste; ni siquiera puede traicionarte debido al vínculo del horrocrux. Podrías inventar una buena historia con eso. Di que no quieres criar a tu hijo en un lugar donde maldijeron a tu "esposa".
—Es una buena idea. Lo pensaré —acordó Voldemort mientras volvían a observarlos.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que Bailey apareció para anunciar la cena, ya que ambos se habían saltado el almuerzo.
—¿Regresó Barty? —le preguntó a la elfina.
Barty se había ido para escenificar la muerte de su padre.
—El señor Barty no ha regresado —respondió Bailey—. Bailey quería decirle al amo Señor Tenebroso que Bailey y Winky no cenarán con ustedes; Bailey ayudará a Winky con su duelo.
Voldemort asintió.
—No menciones la muerte de Crouch frente a Adriano —advirtió.
Bailey asintió y desapareció en cuanto él la despidió. Miraron hacia afuera justo en el momento en que Bailey aparecía frente al niño para informarle lo mismo. Adriano pareció confundido, pero asintió de todos modos. En realidad, era mejor así; con Barty y los elfos ocupados, tendrían la privacidad necesaria para una conversación importante.
—Es hora de presentarte a Adriano.
Tom asintió, manteniendo su máscara de neutralidad, aunque secretamente estaba emocionado. Voldemort ocultó una sonrisa al sentir la agitación de su yo adolescente a través del vínculo de sus almas.
Salieron al jardín, donde Bailey había preparado la mesa de la cena; a todos les gustaba cenar juntos disfrutando de la puesta de sol sobre los vastos valles. Voldemort vigilaba al pequeño naga, así que vio el momento exacto en que el niño notó la nueva presencia en la mesa y abrió los ojos de par en par.
—Hola, Adriano —dijo Tom, sonriéndole al niño mientras le tendía la mano—. Soy Tom Ryddle. He oído mucho sobre ti.
—Hola —respondió Adriano, estrechándole la mano un poco confundido mientras lo observaba—. Te pareces a mí. Y tienes el nombre de mi padre.
«Ah, qué niño tan listo», pensó Voldemort.
—No, tú te pareces a mí —corrigió Tom con una sonrisa burlona.
Adriano lo observó fijamente durante unos segundos antes de abrir aún más sus grandes ojos de gamo.
—Espera, tú eres un "pedazo de pastel" como yo, ¿verdad?
—¿Qué? —Tom parpadeó, boquiabierto—. ¿Pedazo de pastel? ¿A qué te refieres?
—Ejem —Voldemort tosió para ocultar su risa—. Se refiere a un fragmento de alma. Según él, corté mi alma como si fuera un pastel de cumpleaños. —Voldemort sonrió, mirando a su hijo con orgullo. Era tan inteligente para su corta edad; ahí estaba, entendiéndolo todo sin necesidad de explicaciones elaboradas—. Sí, Adriano, él es una parte de mí. Fue necesario traer una parte de mi esencia a la vida para poder recuperar mi cuerpo. Él es básicamente yo, como puedes ver. En unos días, ambos nos fusionaremos mediante un ritual y volveremos a ser uno solo.
Tom se sintió horrorizado, indignado y a la vez asombrado de ser presentado como un "pedazo de pastel". ¿De verdad su parte principal lo estaba alentando a decir eso?
—Oh —Adriano se quedó pensativo, mirando su plato vacío.
Voldemort dio una palmada suave y la comida apareció frente a ellos con el sonido distante de la magia de los elfos. Tom acercó el pastel de carne y riñones y el estofado de salchichas para servirse a sí mismo y a Adriano, ya que el niño seguía absorto en sus pensamientos. Voldemort aceptó su tazón de sopa.
—Tengo una pregunta —dijo Adriano de repente, justo cuando Tom terminaba de servir.
—¿Cuál es?
—Ambos somos pedazos de "pastel de alma", ¿verdad, padre? —le preguntó Adriano a Voldemort, quien asintió. Entonces, Adriano miró a Tom y le preguntó—: Entonces, ¿eres mi hermano o mi padre?
