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Yo no te quería

Summary:

La guerra esta comenzando, y como mortífago, debe cumplir una misión imposible mientras sus padres languidecen como prisioneros en su propia mansión.

Draco está al límite, abrumado por su vida, por el temor al Señor Oscuro y por el eterno asedio de Potter, quien parece incapaz de dejarlo en paz. Cansado de las preguntas y celos de Theo, su ambivalente amigo y amante, Draco finalmente se rebela contra el peso de ser quien es. En una celebración descontrolada tras una victoria de Slytherin sobre Gryffindor, Draco se deja llevar por el alcohol y la inercia de una mala decisión. El resultado: se encuentra en un aula desierta, robando la castidad de San Potter en un encuentro apasionado y desenfrenado.

Lo que Draco no anticipa es la reacción de Potter. En lugar de olvidar aquella noche, Harry se asegura de que todos sepan lo que pasó, clamando abiertamente que se hará responsable de Draco. Ahora, mientras el mundo mágico arde, ambos deberán enfrentar las consecuencias de esta peligrosa y pública "promesa". ¿Podrán mantenerse a flote en medio del caos, o este romance prohibido los arrastrará a su perdición?

Notes:

Esta historia explora temas oscuros y contiene contenido que puede ser sensible para algunos lectores. A lo largo de la trama, encontrarás escenas de tensión emocional y psicológica, conflictos internos, y relaciones complejas que bordean lo obsesivo.

La historia incluye representaciones de abuso de alcohol, y escenas íntimas donde el consentimiento a veces es ambiguo.

También se abordan temas de guerra, presión familiar extrema, y traumas relacionados con el contexto de la guerra mágica, así como auto-sabotaje emocional y relaciones que pueden interpretarse como tóxicas o no saludables.

Se recomienda discreción, especialmente para aquellos lectores que pueden ser sensibles a estas temáticas. La historia puede ser abandonada si no recibe una aceptación.

Chapter 1: Solo necesito un poco de tiempo

Chapter Text

Draco Malfoy caminaba rápido, casi corriendo, aunque sin atraer miradas; Necesitaba llegar al último carruaje, a cualquier carruaje que lo llevara hasta el castillo. Su respiración era errática, sus manos temblaban. Acababa de bajarse del tren, no sin antes lanzarle una patada a la cara a Potter, sintiendo el crujido satisfactorio de la nariz de su eterno rival bajo su pie. Por un breve instante, una chispa de euforia recorrió su cuerpo al imaginario a Potter arrastrándose, incapaz de devolver el golpe. Pero ese destello pronto se desvaneció, dejando a Draco alerta, mirando a su alrededor, esperando que algún amigo de Potter, algún profesor, apareciera para cobrarse venganza.

Sin embargo, nadie vino. Draco siguió su camino, y el silencio de esa amenaza que nunca llegó se convirtió en un recordatorio más cruel. Sus nervios, antes exaltados, se desmoronaron como arena en un reloj roto. Subió al carruaje y dejó que el traqueteo rítmico lo meciera, aunque cada movimiento del carruaje no hacía más que reavivar sus pensamientos más oscuros, aquellos que había tratado de enterrar desde hacía meses.

No había querido regresar a Hogwarts. No este año, no ahora que sabía lo que lo esperaba en cada esquina del castillo. No ahora que el destino había caído sobre su familia como una sentencia irrevocable. La misión. Un encargo del Señor Oscuro, como si se tratara de algún tipo de regalo retorcido, algo que Draco entendía que no podría cumplir, algo que todos sabían que fallaría. El mismo Señor Oscuro sabía que Draco no era más que un peón desechable en ese macabro juego, y eso era lo que más le dolía. Todos ya daban por hecho su fracaso; ni siquiera su madre albergaba la ilusión de que él podría salir victorioso.

Pero no había opción, y cada vez que cerraba los ojos podía ver la cara de su madre, Narcissa, destrozada pero decidida, dispuesta a vender hasta su última gota de orgullo para protegerlo. Su padre, Lucius, reducido a un ruego constante, al borde de la desesperación, lanzando súplicas sin descanso al Señor Oscuro, algo que jamás se habría permitido en otros tiempos. La humillación de su padre era su carga, pero también su protección. Draco sabía que Narcissa habría dado todo por él, habría muerto, habría soportado cualquier tortura, pero Lucius, quizás por primera vez en su vida, había entendido la crueldad de la situación. En su cumpleaños número dieciséis, Draco había descubierto la magnitud de las consecuencias, una verdad que prefería no haber conocido jamás.

Narcissa Malfoy estaba como una salva. Su madre, su única constante, había sido preservada de la ira del Señor Oscuro. Pero la condición era clara: el precio de su seguridad sería él mismo. Draco Malfoy era el sacrificio, y la marca que llevaba en el brazo no era un símbolo de lealtad, ni siquiera de terror; era una marca de humillación, la señal de que su vida ya no le pertenece. Se la había ganado un cambio de su libertad, y el Señor Oscuro se la había grabado para asegurar que todos vieran que Draco no era nada más que un símbolo de la sumisión de su familia. Era una sentencia de muerte disfrazada de obediencia, un acto de poder cruel y sin propósito.

"¿Qué esperas conseguir?", se preguntaba a sí mismo en esos momentos de insomnio, noches interminables donde el silencio era roto solo por el eco de sus propios gritos en su cabeza. Escuchaba el sollozo de su madre, los gritos furiosos de su tía Bellatrix cuando comprendió la verdad: Draco había sido marcado para morir, para fallar. Las sombras de esas noches quedaron grabadas en su memoria como tinta indeleble, y aunque su madre trataba de calmarlo y Bellatrix intentaba soportarlo, el peso de esa responsabilidad se iba transformando en un abismo. Cada día, Draco perdía un poco más de sí mismo, hasta que casi nada quedaba aparte de una fachada vacía y fracturada.

Con el carruaje avanzando, los recuerdos lo envolvían, imágenes borrosas y voces ahogadas. Veía a su padre con el uniforme gris de Azkaban, los ojos hundidos, mirándolo con un horror que Draco jamás había presenciado en él. Había sido tan extraño ver a su padre quebrarse, pero el horror en sus ojos cuando Lucius descubrió la marca en su brazo era inconfundible. Habían sido años, años incontables en los que Lucius Malfoy había ostentado la Marca Oscura como un distintivo de honor. Su padre, que alguna vez fue temido y respetado, ahora era una sombra de sí mismo, aterrado por la idea de que el mismo destino al que él había brindado lealtad ahora consumiría a su propio hijo.

El carruaje se detuvo, y el vacío en su pecho se hizo más denso, más palpable. Hogwarts, su refugio de infancia, se había convertido en una prisión. Ya no sentí la emoción que alguna vez sintió al regresar al castillo; ahora se sentía como un intruso, como si el suelo mismo supiera que él era una anomalía, algo corrupto, un objeto roto que no pertenecía allí. Sabía que en el fondo, nadie de su familia quería que él llevara la Marca Oscura, nadie deseaba verlo en esa situación. Era un reflejo de la impotencia de los Malfoy, la confirmación de que habían sido derrotados. No era la Marca que su padre había recibido en los días de gloria, cuando ser mortífago significaba poder; era la Marca de la sumisión, el castigo.

Draco bajó del carruaje y, por un momento, la urgencia de huir casi lo venció. "Solo necesito un poco de tiempo", pensó, sintiendo cómo su respiración se aceleraba y sus ojos se humedecían sin su permiso. ¿Tiempo para qué? Sabía que el tiempo no le ofrecería soluciones, pero cada fibra de su ser clamaba por unos momentos de paz, por un respiro en medio de la tormenta que amenazaba con consumirlo.

Sabía que no había salvación para él. Su vida, su alma, su identidad... todo había sido ofrecido en sacrificio. Draco Malfoy estaba muerto desde el momento en que ganó esa Marca, solo que el mundo todavía no lo había notado. Y mientras sus pies lo guiaban hacia el castillo, su corazón latía al ritmo de un destino ineludible, una sentencia silenciosa que solo él entendía en su completa desesperación.

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Desde muy pequeño, Draco había sabido que era diferente. No solo por su nombre resonante, su brillante cabello rubio o el prestigio de los Malfoy; él era consciente de que había algo en su interior que lo distinguía.

Su madre, siempre lo protegía, le prestaba una atención que Draco interpretaba como devoción. Al principio, él pensaba que era por ser su hijo, porque él mismo era especial, único, destinado a ser grande. Su infancia transcurrió en una burbuja de mimos y privilegios, rodeada de lujos que otros solo podían soñar. Narcissa no permitió que ningún niño externo alterara la vida de Draco. Los amigos eran algo secundario, innecesario. No los necesitaba porque él, Draco Malfoy, era suficiente. Además, si había tenido una infancia solitaria, tampoco había sido una soledad amarga. Tenía a los elfos para jugar, los pavos de su padre para atormentar, y su madre siempre estaba cerca, atenta a todos sus deseos.

Con el tiempo, Draco se había convencido de que estaba destinado a grandes cosas, que un día todos lo verían y reconocerían su superioridad. Imaginaba cómo las personas lo idolatrarían, queriendo acercarse a él. En su mente de niño, Hogwarts sería el lugar donde esto sucedería, donde su brillo único lo haría el centro de atención.

Y entonces apareció él. Ese flacucho de cabello enredado y ropas terriblemente grandes que no sólo ignoró al niño su presencia, sino que lo miró con desdén.

Draco no podía entender cómo ese niño no parecía percibirlo, cómo ni siquiera le dedicaba una mirada de interés genuino. Nunca lo admitiría, pero esa indiferencia le había dejado una herida sutil y persistente. No fue el rechazo lo que le dolio; Fue que, en ese momento, Draco sintió que ese niño no lo reconocía como la figura grandiosa que él estaba convencido de ser.

Eventualmente, las cosas se hicieron más claras cuando su padre, decidió compartir una revelación familiar: el don único de los Malfoy.

"Nuestro linaje es bendecido, Draco. La diosa Hécate ha dejado una marca en nuestra sangre", le dijo su padre, con esa solemnidad casi teatral que solía usar. Draco enarcó una ceja al principio, entre la incredulidad y la curiosidad. Aquel día, Lucius le explicó que los Malfoy no solo tenían una conexión fuerte con la magia, sino que cada uno de ellos era capaz de percibir la magia de formas diferentes. Su padre, por ejemplo, podía oler la magia, como un rastro aromático que quedaba en el aire. “Es ridículo”, pensó Draco al principio, hasta que Lucius añadió: “Así es como me enamoré de tu madre. Podía sentir su esencia, la dulzura en el aire cuando ella estaba cerca”.

Draco siguió sin convencerte del todo hasta que finalmente notó la manera en la que él mismo experimentaba la magia: él la veía.

A los once años, comenzó a darse cuenta de que el mundo mágico no era un espectáculo de luces para todos. Para Draco, cada mago tenía un brillo único, algunos más vibrantes, otros apenas perceptibles, como luces suaves o cegadoras que nadie podía ver.

En su niñez, Draco supuso que esto era una característica normal, hasta que Pansy, confundida y molesta, le dijo que lo que veía era simplemente ridículo. Aun podía recordar la vez en que se burló de Weasley en el tren, comentando que era tan pobre que carecía de un brillo digno, y la reacción de sus amigos, quienes se rieron a pesar de no entender. Draco se dio cuenta entonces de que no todos percibían lo mismo. Fue, en cierta forma, un descubrimiento que lo incomodó, porque aquello que él consideraba tan normal resultaba ser una peculiaridad propia.

Pero había algo que le intrigaba, algo que regresaba a Harry Potter el centro de sus pensamientos más de lo que habría deseado. Potter no solo brillaba, sino que lo hacía de una forma que Draco nunca había visto en nadie más. Su luz era intensa, casi cegadora, tan única que resultaba imposible de ignorar. Durante su primer año, fue algo fascinante y confuso, una razón más para mantener la atención en él, a pesar de sus intentos de despreciarlo.

Sin embargo, mientras los años avanzaban, lo que Draco había percibido como curiosidad se transformó en obsesión. Los demás lo llamaban “el acosador del héroe” a sus espaldas, y Draco no podía evitarlo; Cada vez que Potter entraba a una sala, era como si su propio don lo obligara a girar la cabeza hacia él.

Y ahora, en sexto año, esa peculiaridad ya no era motivo de orgullo, sino de angustia. Draco vio la magia, el brillo de todos, pero también sintió que su propio resplandor se apagaba lentamente, como una vela consumiéndose. Su don le permitía percibir con intensidad el aura oscura de su propio hogar, el peso de una misión imposible que se cernía sobre él como una nube que parecía absorber cualquier chispa de esperanza que pudiera albergar. El don de la familia Malfoy, el que alguna vez mostró un privilegio, era ahora una maldición silenciosa que le recordaba cada día cuán oscuro se había vuelto su camino. Veía la magia, pero también veía que la suya disminuía.

Cada noche, Draco se despertaba con el eco de las palabras de su tía Bella, con la sensación de su madre abrazándolo como si intentara protegerlo de una tormenta. Recordaba cómo su tía Bella reía, no con alegría, sino con una crueldad fría, advirtiéndole que, si fallaba, toda la familia pagaría el precio. En esos momentos, deseaba perder esa capacidad de ver la magia, no quería ver la luz de sus padres parpadear. El don que antes le hizo sentir especial ahora le permitía observar, impotente, cómo la oscuridad cubría poco a poco a su familia.

Draco quería ser fuerte, de convencerse de que él podía llevar a cabo la misión. Sin embargo, cada día, cada vez que veía una carta de su madre, una parte de él temía que el final estaba más cerca de lo que quería admitir. “Solo necesito un poco de tiempo”, se decía una y otra vez, esperando que algún día pudiera creer sus propias palabras, que tal vez ese tiempo podría devolverle algo de la luz que Potter parecía tener en exceso.

La magia de Potter era el único destello en esa oscuridad asfixiante. Podía sentirla a kilómetros, brillando, haciéndole enojar y desesperarse.

¿Por qué tenía Potter que andar siempre tan… tan incandescente ? Draco había llegado a compararlo con el fuego de un dragón: Potter irradiaba una fuerza tan intensa que Draco podía imaginarlo ardiendo en llamas sin inmutarse, mientras él, por su parte, quedaba expuesto, vulnerable y, si era honesto consigo mismo, también fascinado.

“Es como si quisiera irritarme, como si me siguiera solo para recordarme su absurda existencia”, murmuraba, exasperado. Aunque claro, prefería mil veces soportar el imán que Potter ejercía sobre él que el bombardeo constante de preguntas de Theo.

Theodore Nott era una distracción que había tomado por curiosidad. En cuarto año, Draco había comenzado a verlo de una manera que él mismo no podía explicar. Los ojos de Theo, marrones, pero de un tono oscuro y profundo que a veces dejaban entrever motas verdes, le ofrecían un respiro de la rutina. Theo no era como Blaise ni como Pansy, y definitivamente no tenía el descaro de Potter. Era callado, discreto, y, en el mejor de los casos, un enigma que parecía adecuado para matar el aburrimiento. Draco, en un inicio, había asumido que Theo, con su carácter retraído y su dedicación inquebrantable a los libros, era simplemente una compañía tranquila. Pero, a la par de las clases y de los días grises, Theo se había convertido en alguien más, en una sombra con la que intercambiaría miradas en las clases, en un escape.

Draco recordaba con claridad la primera vez que Theo le había besado: con torpeza y una inocencia desesperada que a Draco le resultaba hasta tierna.

Theo no era como Pansy, quien parecía una experimentada y calculadora desde el principio. Tampoco como Blaise, que casi le resultaba repelente con su exceso de confianza. No, Theo había sido torpe, inexperto, pero tenía un calor extraño y auténtico que Draco no había esperado encontrar en nadie. Esa honestidad fue lo que le impulsó a continuar, como si en Theo existiera una suerte de refugio para todo aquello que él mismo no podía aceptar de sí mismo. Sin embargo, al pasar el tiempo, Theo se tornó un tanto… repetitivo, y Draco, que en el fondo anhelaba algo más emocionante, comenzó a desear que las cosas se tornaran menos predecibles.

“¿Por qué no puedes simplemente dejarlo?” se recriminaba, a veces en voz alta, mientras Theo le miraba con una mezcla de incomprensión y tristeza que a Draco le pesaba más de lo que quería admitir. No es que odiara a Theo ni que no quisiera su compañía, pero ese año, ese espantoso sexto año, todo lo que quería era desaparecer, y Theo no parecía entenderlo. Estaba tan asfixiado con Potter y sus constantes encuentros, esa atracción casi insana que no podía sacarse de la cabeza, que lidiar con Theo, sus preguntas y sus celos silenciosos, solo lo exasperaban más.

Era irónico , pensaba Draco, que mientras Potter ignoraba esa atracción que parecía unirlos como polos opuestos de un imán, Theo se mostrara cada vez más empeñado en sus preguntas, en sus silencios incómodos, en una necesidad que Draco no podía satisfacer ni entendía del todo.

"¿Por qué no puedes ser como Blaise o como Pansy? Tomarte las cosas con ligereza y dejar de hacerme sentir como si te debiera algo", murmuraba Draco con un suspiro apresurado cuando Theo le buscaba en los corredores, con su persistente mirada a la que él apenas respondía.

Lo cierto era que Theo, con su calma y su misterio, nunca podría ser el fuego que Draco anhelaba, ese fuego que se avivaba en cada encuentro con Potter, en cada vez que lo sentía demasiado cerca. Podía llamarlo odio, desprecio, una necesidad inconsciente de molestar al héroe de Hogwarts, pero sabía que era más profundo, que rozaba lo que siempre había soñado sentir ya la vez le aterrorizaba.

Durante las noches, Draco se sorprendió recordando la primera vez que había visto a Potter en el aire, volando como si nada más existiera. Era, sencillamente, una visión que le quitaba el aliento, y que deseaba con un fervor que solo podía igualar el odio que sentía por él. "Todo es tu culpa, Potter", pensaba con una mezcla de rencor y admiración. “Si no hubiera aparecido en mi vida, podría estar tranquilo, sin preocuparme por todo esto, sin sentir esta horrible incertidumbre”.

En esos momentos, Draco se odiaba a sí mismo. Despreciaba su necesidad de llenar un vacío que Theo no podía colmar, que sus padres no podían sanar, y que ni siquiera la magia, con todos sus misterios, podía satisfacer. Y peor aún, sabía que nadie debía enterarse. Ni Theo, ni Pansy, ni Blaise, y mucho menos Potter. Si alguien descubriera el desastre que Draco era por dentro, sería el fin de su control, de ese semblante de orgullo y superioridad que había construido como su propia armadura. Cada carta de su madre lo recordaba, como una advertencia constante de lo que significaba ser un Malfoy. No podía, no debía dejar que nadie viera su debilidad.

Draco estaba atrapado. La misión lo aplastaba, y sus propias emociones lo devoraban desde dentro. Y aunque intentaba convencerse de que podía cumplir, de que podía salir de este intacto, había un rincón en su mente que sabía que su vida, su futuro, no era más que una jaula de expectativas, mentiras y miedos.

Por eso, cada vez que veía a Potter en los pasillos, sentía algo entre furia y alivio. A veces deseaba que Potter descubriera todo, que comprendiera la magnitud de su miseria, pero al mismo tiempo, el temor de mostrarse vulnerable lo hacía retroceder, lo hacía hacer sus comentarios afilados y sus miradas de desprecio, tratando de recordar por qué debía odiarlo. Era una batalla entre lo que quería y lo que debía, una batalla que estaba perdiendo día a día.

Así que Draco siguió. Seguía con la misión, escapando de Theo, con su finida seguridad, aferrándose a la esperanza de que algún día esa parte de él que aún no había colapsado podría salvarlo. Solo necesitaba un poco de tiempo, aunque supiera que el tiempo, más que su amigo, era su verdugo, marcando el momento en que tendría que enfrentarse a todo lo que había tratado de ignorar.

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Draco salió del aula de Pociones con una expresión fría y calculada, sosteniendo la mirada al frente para evitar que cualquiera se cruzara en su camino. No quería contacto, ni interrupciones. La clase había sido un desastre: se había mantenido despierto únicamente por la presencia de Potter, a quien podía percibir siempre que estaba a unos metros de él, como si la magia del chico se quemara en el aire a su alrededor, o tal vez simplemente lo tenía tan arraigado en la mente que su presencia lo hacía sentir que algo iba a explotar. Ni siquiera sabía cómo descifrar esa sensación, pero la frustración se intensificaba cada vez que Potter estaba cerca.

Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la tranquilidad de su sala común, Theo interceptó su paso con una mirada fija que no había visto antes en él. Theo, el chico callado y casi invisible, con sus ojos marrones que siempre parecían sin vida, se veía ahora claramente agitado. Draco no pudo evitar fruncir el ceño.

“Theo, ¿qué haces?” –preguntó con un tono de impaciencia, intentando esquivarlo.

Pero Theo no se apartó; al contrario, dio un paso adelante y se plantó frente a Draco, su rostro mostrando una emoción que rara vez le había visto.

“¿Qué es lo que pasa contigo, Draco?” Theo levantó la voz lo suficiente como para atraer las miradas de los estudiantes que salían del aula. Draco sintió un chispazo de placer mezclado con sorpresa; Theo jamás se había mostrado así de desafiante. Era irritante.

“¿Puedes no hacer esto aquí?” replicó Draco, bajando la voz y mirando de reojo, anticipando que en cualquier momento Potter podría aparecer y verlo en una escena que, a su criterio, no le hacía justicia a su imagen de heredero de los Malfoy.

"No, Draco, ya basta. ¡He intentado hablar contigo por semanas, he escrito cada día, y ni siquiera te molestas en leer lo que te envío!" Theo levantó la voz una vez más, y Draco sintió la punzada de la humillación y el enojo.

Con un suspiro de exasperación, Draco agarró a Theo del brazo y lo arrastró hacia un salón vacío en las mazmorras. A regañadientes, cerró la puerta tras ellos y cruzó los brazos, observando con desdén el rostro enrojecido de Theo.

“¿Ya puedes decir lo que sea que tanto quieres decir?” espetó Draco, sin molestarse en disimular su impaciencia. Estaba más preocupado por asegurarme de que nadie había visto el espectáculo en el pasillo que por escuchar lo que Theo tuviera que decir. Si alguien lo había visto… Salazar, ni siquiera quería pensar en lo que eso significaría.

Theo respiró hondo y lo miró a los ojos, esa mezcla de angustia y esperanza que en otro momento le habría parecido entretenida. Ahora le parecía tediosa, casi patética.

"¿Está en serio, Draco? ¿No tienes nada que decirme? ¿Ni siquiera vas a explicarme por qué de pronto decidiste... simplemente ignorarme?" Las palabras de Theo temblaban levemente, y Draco desvió la mirada hacia un rincón de la habitación, sintiendo la incomodidad crecer en él como un veneno lento.

“No sé de qué hablas, Theo”, dijo Draco, con una sonrisa de suficiencia, descubriendo que el interés de Theo le parecía una simple anécdota sin importancia. “No creí que esto fuera tan… trascendental para ti”.

Theo dejó escapar una risa amarga y sacudió la cabeza. "¿Que no creíste que era tan trascendental? ¿Te das cuenta de lo ridículo que suena eso viniendo de ti? Fuiste tú quien empezó esto, Draco. Fuiste tú quien aparecía en mi cama cada noche, quien me escribía, quien..."

“¿Te escuchas?” Cortó Draco, con una expresión de aburrimiento evidente. "Estás haciendo un escándalo por... nada. Francamente, Theo, estás empezando a aburrirme".

Theo se quedó en silencio por un momento, como si la dureza de esas palabras lo hubieran golpeado severamente. Su expresión de asombro y tristeza mezclada se volvió casi insoportable para Draco, que empezaba a tamborilear los dedos contra su brazo con impaciencia.

“No entiendo cómo cambias tanto en tan poco tiempo”, dijo Theo finalmente, con un tono apenas audible. “Es como si de un día para otro… yo dejara de ser alguien para ti.”

Draco suspir, perdiendo rpidamente la poca paciencia que le quedaba. "¿Es que no lo entiendes, Theo? Todo esto... tú... era solo una distracción. No sé en qué momento pensaste que era algo más."

Theo lo miró con una mezcla de incredulidad y dolor. “¿Entonces para ti, todo lo que tuvimos no significó nada?”

"Exactamente", dijo Draco, con una expresión indiferente. "Fue interesante al principio, sí. Pero ahora..." miró a Theo de pies a cabeza, dejando claro su desdén. "Ahora es solo aburrido. Tú... estás aburrido, Theo".

Theo apretó los puños, y por un momento, Draco pudo ver la rabia y la tristeza entrelazadas en su mirada. Sin embargo, Theo no respondió, no elevó la voz ni intentó contradecirlo. Solo lo miró con una desolación que habría sido impactante para cualquiera… menos para Draco.

“Draco”, dijo Theo, en un tono mucho más bajo, lleno de una tristeza resignada, “pensé que yo… que nosotros…”

"¿Tú qué, Theo? ¿Pensaste que éramos algo?" Draco soltó una carcajada burlona. "Mira, me diste lo que necesitaba en ese momento, ¿de acuerdo? Te lo agradezco. Pero ya se acabó. No necesito que estés siguiendome, haciéndome perder el tiempo. Y, si te soy honesto, lo que menos necesito es tener que escuchar tus reclamos. No tengo tiempo ni interés en darte explicaciones."

Theo se quedó callado, y por un momento Draco pensó que finalmente lo había comprendido. Sin embargo, cuando Theo dio un paso hacia él, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa, la frustración en Draco se hizo palpable.

“Yo… solo quería saber si en algún momento fui algo para ti”, murmuró Theo, casi en un susurro.

Draco lo miró, agotado, y esbozó una media sonrisa, una sonrisa amarga y vacía. "Lo siento, Theo. Nunca fuiste nada".

Ese fue el golpe final, y Theo lo sintió como una puñalada. Pero Draco ya no estaba ahí para verlo. Giró sobre sus talones y salió del salón sin mirar atrás, con una mezcla de alivio y desdén en su rostro. Al pasar de nuevo por el pasillo, percibió el brillo característico de Potter, siempre a una distancia segura, siempre sin tocarlo, sin acercarse más allá de lo necesario. Por alguna razón, esa sola presencia le pareció más significativa, más intensa, más vital que toda la conversación que acababa de tener con Theo.

“Al menos él sí tiene algo de vida”, murmuró para sí mismo, con una sonrisa amarga, mientras se alejaba, dejando a Theo solo en el salón, con el corazón destrozado y sin ninguna respuesta.