Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Categories:
Fandoms:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2024-12-30
Updated:
2025-12-30
Words:
166,916
Chapters:
19/?
Comments:
67
Kudos:
30
Bookmarks:
1
Hits:
815

Caravana

Chapter 19: Días De Rodaje—Construção Capitulo 6

Summary:

Buenas :3

Acaso creían que no iba a montar un capitulo por el aniversario de Caravana, pues aquí estoy con otro nuevo capitulo

—Ahora debo de poner en las etiquetas Original House? XD Modificar el resumen? Creo que por el momento será lo primero, pero bueno ya sabía yo que el canon de la serie vendría a mover los cimientos—pero me ha encantado como va hasta el momento— y por si no les queda claro respeto el canon, pero la me la suda apegarme estrictamente a el xD

—Las letras en cursiva son el flasblack
—El Pegaso fue un carro de carreras español, chulada de auto el Pegaso Z-102 Spider
—Gracias por los Kudos, bienvenidos nuevos lectores y a los antiguos como siempre gracias.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Otro baño y otro cambio de ropa. Esta vez, House llevaba apenas una camiseta blanca y un pantalón de franela a cuadros negros y verdes que Cooper le había prestado. Eran casi de la misma altura, aunque Cooper era apenas un poco más alto —y que constara con énfasis ese poco— pensó House con una mezcla de fastidio y diversión. Se acomodó en la cama del actor, cuidando que el lado de su rostro lastimado y cubierto de ungüento no rozara la almohada. La sábana fresca acariciaba sus pies aún tibios por la ducha, mientras Roos se acurrucaba a su lado, el peso del perro convertido en un consuelo familiar. 

Desde allí, observaba a Cooper moverse por la habitación con pasos silenciosos, apagando las luces una a una hasta dejar solo la lámpara de la mesilla de noche. Con un giro cuidadoso, Cooper atenuó la luz hasta convertirla en un resplandor suave, apenas un murmullo ámbar que bañaba la habitación. 

Por un instante, House se sintió otra vez como un niño. El recuerdo lo atrapó sin aviso: sus padres, tras una pesadilla, dejando alguna luz encendida en la casa —el pasillo, la cocina— para ahuyentar los terrores nocturnos que lo acechaban, las mascotas de la familia acurrucándose a su lado para brindarle calor con sus cuerpos pequeños y peludos.  

La tenue claridad de la lámpara de Cooper evocaba esa misma seguridad, un eco lejano de protección que lo envolvía mientras la respiración calmada de Roos, profunda y rítmica, resonaba a su lado en la cama. El perro estaba estirado, su hocico rozando el cuello de Robert, un ancla silenciosa en la quietud de la habitación. 

—¿Qué sigue, Cooper? ¿Dejarme un vaso de leche en la mesa? —preguntó House con un tono burlón, alzando una ceja mientras giraba la cabeza hacia Cooper, que terminaba de ajustar la lámpara. Aunque la pulla era ligera, en el fondo empezaba a encontrarle cierto gusto a que Cooper cuidara de él. En poco más de veinticuatro horas había compartido aspectos de su vida que lo desnudaban emocionalmente —Anthony, su familia y sus pesadillas— y, lejos de sentirse expuesto o incómodo, Robert descubrió una extraña paz al dejar que Cooper viera esas grietas.  

La vergüenza por el episodio de la pesadilla aún le picaba, como un pinchazo leve en el orgullo, pero aceptar el cuidado de Cooper le resultaba sorprendentemente fácil. Y Cooper, por su parte, parecía hecho para eso: cuidar y proteger era algo que fluía de él con una naturalidad casi instintiva. 

—La leche, claro, ya vuelvo —dijo Cooper, esbozando una sonrisa burlona que arrugó las comisuras de sus ojos. Sin embargo, salió del cuarto con un paso rápido, casi teatral, dejando tras de sí el eco de sus pisadas en el pasillo. 

House lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta y dejó escapar un suspiro, mitad divertido, mitad resignado. Sacudió la cabeza ligeramente, los mechones de su cabello rozando la almohada, mientras la luz ámbar de la lámpara seguía bañando la habitación con un resplandor suave, como si quisiera recordarle que, al menos esa noche, estaba a salvo. 

—Eres incorregible —dijo Robert cuando lo vio regresar, apenas unos instantes después, con un vaso de agua en la mano y una sonrisa socarrona que parecía gritar victoria. 

Cooper le tendió el vaso y se dejó caer en su lado de la cama, el colchón hundiéndose apenas bajo su peso, mientras mantenía aquella sonrisa tranquila. 

—Puede que aún nos asusten las pesadillas como cuando éramos niños, pero a nuestra edad debemos cambiar la leche por el agua. 

House tomó el vaso, sus dedos rozando los de Cooper por un breve segundo, y dio un sorbo pequeño, dejando que una risa ligera se le escapara.  

—Y no tomar alcohol antes de dormir. 

—Pudo haber sido el helado —replicó Cooper, alzando una ceja con un aire juguetón, inclinándose un poco hacia él como si estuviera compartiendo un secreto. 

—No metas al helado en esto, Cooper. Ahora mejor acuéstate —dijo House, dejando el vaso en la mesita de noche con un leve tintineo. Se acomodó de nuevo en la cama, deslizándose bajo la sábana al lado de Roos, cuyo ronquido suave llenaba el espacio—. Aunque no comprendo por qué no quieres que duerma en la habitación de invitados. 

—Ya te dije, no tengo más sábanas. No me quisiste dar tu tarjeta de crédito y estas son las consecuencias —respondió Cooper, encogiéndose de hombros con un aire exagerado de inocencia mientras se dejaba caer en la cama. El colchón rebotó ligeramente bajo su peso, y Roos levantó la cabeza por un instante antes de volver a acomodarse, como si aprobara la decisión de que ambos compartieran la misma habitación. 

—Mañana salimos de compras —dijo House, girándose hacia Cooper con una expresión de resignación que no lograba ocultar del todo el brillo divertido en sus ojos. 

—¿Tan mala es la idea de dormir conmigo y Roos? —preguntó Cooper, deslizando una mano para acariciar al perro, que estaba acurrucado entre ambos, su pelaje cálido rozando sus cuerpos. El tono era ligero, pero había una chispa de curiosidad genuina en la pregunta. 

—Con Roos, nunca, pero yo... —murmuró Robert, bajando la mirada un instante, algo avergonzado, sus orejas enrojecidas—. No soy muy bueno para dormir con otra persona. Tiendo a robar las sábanas y tengo pesadillas. 

—A Courier le encanta dormir contigo —replicó Cooper, alzando una ceja mientras notaba que, efectivamente, Robert ya se había apoderado de la única sábana disponible. La tela estaba perfectamente envuelta alrededor de él, dejando apenas un borde arrugado a la vista. 

—Courier es Courier —dijo House, encogiéndose de hombros como si eso lo explicara todo, aunque una sonrisa tímida se coló en sus labios. 

Cooper soltó una risa baja. 

—Yo también suelo tener pesadillas, y por una noche que me robes la sábana no habrá problema —dijo, acomodándose mejor en su lado de la cama. 

—¿Y si llega Courier? —preguntó Robert, frunciendo el ceño con un gesto de preocupación que arrugó las líneas de su frente. Sus dedos apretaron instintivamente el borde de la sábana. 

—Y si mejor dejas de preocuparte por la logística y tratas de descansar —respondió Cooper, girándose hacia él con la intención de parecer molesto. Pero al cruzar la mirada con la de Robert, sus ojos traicionaron cualquier intento de enfado, dejando entrever un cariño suave que no podía disimular. La luz ámbar de la lámpara acentuaba ese brillo cálido, envolviendo la habitación en una intimidad serena. 

—Ya no tengo sueño —murmuró Robert, dejando escapar un suspiro cansado, mezcla de molestia y desaliento. El aire salió de sus labios en un leve silbido, y se acomodó más hondo en la cama. 

—¿Te leo un cuento? —ofreció Cooper, curvando los labios en una sonrisa que mezclaba calidez y burla, mientras apoyaba un codo en la almohada para mirarlo mejor. 

Robert respondió abrazando a Roos con más fuerza, envolviéndose aún más en la sábana hasta que solo quedaban visibles sus ojos, que lanzaban una mirada de fastidio contenida, y un pie desnudo que sobresalía por el borde. El perro soltó un gruñido suave de protesta, pero no se movió. Cooper no pudo evitar reírse, una risa baja y genuina que reverberó en el cuarto, antes de dejar caer la cabeza hacia atrás y fijar la vista en el techo, donde las sombras danzaban tenuemente. 

—De niño solía tener sueños donde me encontraba con alguien igual a mí —dijo Cooper, su voz adoptando un tono reflexivo mientras sus dedos tamborileaban distraídamente sobre el colchón—. A veces los sueños eran inquietantes, pero me sentía seguro al lado de mi doble, como si no estuviera solo. Otras veces, encontrarme con él me daba bastante miedo, como si supiera algo que yo no. 

—¿Un Doppelgänger? —preguntó House, asomando la cabeza un poco más por la abertura de la sábana. Sus ojos, antes cargados de fastidio, ahora brillaban con una curiosidad genuina que la luz ámbar de la lámpara resaltaba, proyectando pequeñas chispas en su mirada. Roos gruñó suavemente, ajustándose a su lado. 

—No sé —respondió Cooper, con la vista aún perdida en el techo, donde las sombras parecían moverse en un baile lento—. Siempre pensaba que era alguna clase de demonio, de esos que mencionaba el predicador en la misa de los domingos, con voz grave y todo el sermón sobre el fuego eterno. No me acordaba de que soñaba esas cosas hasta que mencionaste lo que soñabas de niño. Sin embargo, sí me he sentido en más de una ocasión como una persona dividida —añadió, su voz bajando a un tono más introspectivo. Sus dedos dejaron de tamborilear y se detuvieron sobre el colchón, como si la confesión pesara en sus manos. 

El silencio que siguió fue espeso, pero no incómodo. La lámpara proyectaba sombras que se alargaban y encogían sobre las paredes, como si quisieran dar forma al doble invisible del que hablaba Cooper. House lo observó con atención, percibiendo que aquella confesión no era solo un recuerdo infantil, sino un reflejo de una fractura más profunda, un eco de la dualidad que aún lo acompañaba. 

[¿Le dirás por fin a alguien que estás loco, vaquero?] 

Cooper volvió a ignorar la voz y centró su atención en la reacción de House, quien asintió lentamente, su curiosidad creciendo como una chispa que se avivaba. 

—A veces se te nota en la mirada —dijo, su voz suave pero cargada de una observación que hizo que la sábana resbalara un poco más, revelando su rostro bajo la luz ámbar. Sus ojos se encontraron con los de Cooper, firmes y atentos. 

Cooper giró la cabeza hacia él, sorprendido, una ceja arqueándose mientras el colchón crujía bajo el leve movimiento. 

—¿Qué quieres decir? —preguntó, intrigado, su tono oscilando entre la duda y un interés genuino. 

—Por ejemplo, cuando te encontré en el almacén, la mirada que tenías no era tuya —explicó House. Su voz era calma, pero había una precisión en sus palabras que cortaba el aire. 

—¿Mi Doppelgänger? —preguntó Cooper, entre asustado y cínico. Una risa breve y nerviosa se le escapó, pero sus ojos se estrecharon, buscando en el rostro de House alguna pista de lo que realmente quería decir. 

House lo miró un momento antes de responder, su expresión suavizándose. 

—Si nos vamos por el camino lógico, todo se debe a los traumas por los que pasaste. Cuando estás en alguna crisis o un momento de tensión emocional, recurres a protegerte en lo que crees que es tu otro yo más violento. La muerte de tu madre, la guerra, la pérdida de tu núcleo familiar… todo pasa factura —dijo, con una voz tranquila que contrastaba con el peso de sus palabras. Sus dedos se hundieron ligeramente en el pelaje de Roos, como si buscara anclarse en algo sólido mientras hablaba. 

[Era de suponer que el sabelotodo nos saliera psicólogo] 

—Y no, no soy psicólogo. Solo soy un buen observador y un sabelotodo que lee mucho sobre lo que le apasiona —agregó House, esbozando una sonrisa suave que suavizó las líneas de su rostro. Sus dedos dejaron de hundirse en el pelaje de Roos y los volvió a cubrir con la sábana. 

—¿Y me lees a mí? —dijo Cooper, girándose de lado con una sonrisa juguetona, aunque su mirada mostraba el asombro por la forma en que Robert lo había leído. Apoyó la cabeza en una mano, el codo hundiéndose en la almohada, para mirar mejor esos ojos observadores que, bajo la luz ámbar, parecían atrapar cada detalle con una intensidad cautivadora. 

House rio suavemente, un sonido que vibró en el aire como un eco cálido. 

—Una que otra vez. Pero despreocúpate, he visto la locura y tú no estás loco, solo perfectamente desequilibrado. 

—Qué alivio —dijo Cooper, frunciendo el ceño con un sarcasmo exagerado que no ocultaba del todo el brillo divertido en sus ojos. 

—Todos tenemos un mundo en nuestras cabezas. Por ejemplo, desde hace un tiempo mi conciencia ha estado muy activa —dijo House, su tono volviéndose reflexivo mientras sostenía la mirada de Cooper. 

—¿Y tiene la voz de Courier? —preguntó Cooper, levantando una ceja con un aire burlón, aunque la curiosidad genuina asomaba en su voz. 

—Sí, es más, intento recordar cómo sonaba antes y solo escucho la voz de ese diablillo —respondió House, sacudiendo la cabeza con una mezcla de derrota y afecto. 

Cooper soltó una carcajada, el sonido resonando en la habitación y haciendo que Roos abriera un ojo con pereza, como si el perro también se diera cuenta de que aquella confesión era menos inquietante de lo que parecía, y más bien una muestra de la confianza que ya estaba instalada entre ellos. 

—¿De qué iba tu pesadilla, Robert? 

El rostro de Robert emergió completamente de la sábana, la tela deslizándose hasta sus hombros. Su cabello, revuelto por el roce, se erizó en todas direcciones, un caos adorable que atrapó la mirada de Cooper. Este sintió una tentación repentina, un impulso cálido de pasarle la mano por el cabello. Ya sabía que era suave, lo había sentido antes, y el deseo de volver a tocarlo lo recorrió como una corriente silenciosa bajo la piel. 

—Varias cosas. Como dije, fue como una convención de mis peores pesadillas, pero en esta ocasión a una de mis peores pesadillas se unió algo nuevo y perturbador —dijo Robert, dejando escapar un suspiro pesado que pareció hundir sus hombros. Sacó una mano de debajo de la sábana y la extendió hacia Cooper, la palma abierta hacia arriba en un gesto vulnerable—. Ha pasado mucho tiempo, pero aún se pueden ver las cicatrices de las quemaduras. 

Con cuidado, Cooper tomó la mano de Robert entre las suyas, sus dedos rozando la piel con una delicadeza casi reverente. La observó detenidamente bajo el resplandor ámbar de la lámpara, inclinando la cabeza para captar cada detalle. La piel era áspera en algunos puntos, con callos endurecidos en los dedos y la palma, testigos de años de trabajos duros que habían moldeado esas manos. 

Sin embargo, al mirar con atención, podían distinguirse las finas cicatrices de quemaduras que surcaban la superficie. Eran como hilos de plata, apenas perceptibles bajo la luz adecuada, formando patrones irregulares que recordaban una red de fracturas sutiles. Las marcas, descoloridas y lisas al tacto, parecían susurrar una historia de dolor y recuperación, un mapa íntimo de batallas pasadas que Cooper leía con una mezcla de respeto y ternura. 

Cooper, por experiencia, supo que, aunque ahora las cicatrices se veían tenues y bien sanadas, en su momento debieron ser heridas brutales. Las ampollas habrían ardido con un dolor abrasador, y como mínimo, algunas zonas habrían quedado en carne viva, expuestas y palpitantes. Con una delicadeza casi instintiva, pasó el pulgar sobre la palma de Robert, trazando las líneas plateadas con un roce lento y cuidadoso. 

Robert tragó saliva con fuerza, el sonido resonando en su garganta mientras la piel de su brazo se erizaba en respuesta. Había extendido la mano esperando un vistazo superficial, un comentario pasajero, pero la atención meticulosa de Cooper —sosteniendo su mano como si fuera algo frágil, observando las cicatrices con una intensidad silenciosa— lo desarmó. Sus dientes se clavaron en el labio inferior, reabriendo la herida hasta que un hilo de sangre tibia brotó de nuevo, tiñendo su boca con un sabor metálico. 

—¿Cómo? —preguntó Cooper a medias, su voz apenas un murmullo, sin despegar la mirada de la mano que sostenía. Sus ojos seguían cada marca como si intentara descifrar la historia grabada en ellas. 

House se pasó la lengua por los labios, intentando limpiar la sangre antes de que Cooper lo notara, y respondió con una voz grave que temblaba ligeramente en los bordes. 

—Vaquero, creo que es el momento perfecto para una historia antes de dormir. 

El aire en la habitación se espesó, cargado de un silencio que vibraba entre ellos. La luz ámbar de la lámpara proyectaba sombras suaves sobre el rostro de Robert, resaltando el leve brillo de sus labios húmedos, mientras Roos roncaba ajeno al peso del momento. Cooper dejó de mover el pulgar, pero no soltó la mano, sus dedos quedándose quietos sobre la piel áspera como si temiera romper algo al apartarse. En ese instante, el gesto se convirtió en un pacto silencioso: la promesa de escuchar, de sostener, de no dejar que la historia se contara en soledad. 

 

Lunes, 21 de junio de 2032 7:00 am 

Robert, con doce años recién cumplidos el día anterior, se despertó de un salto en la casa de sus padres adoptivos. Por una vez, había abierto los ojos antes que el sol terminara de asomarse y, más sorprendente aún, antes que su hermano menor, Stanley, quien dormía plácidamente a su lado. 

La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana, pintando rayas doradas sobre las paredes desordenadas, cubiertas de posters de naves espaciales y héroes de cómics. 

La noche anterior, Gerard y Ada habían cedido a la petición de los chicos, dejándolos acostarse tarde entre risas, películas, un pastel de chocolate con demasiada crema y helado que había dejado manchas pegajosas en la mesa del comedor. 

—¡Golpe termonuclear! —gritó Robert, lanzándose sobre su hermanito con todo el peso de su cuerpo. El colchón rebotó bajo el impacto, y Stanley soltó un chillido que era mitad susto, mitad dolor, sus brazos agitándose como aspas descontroladas. 

—¡Eso es juego sucio, Robert! —protestó Stanley, retorciéndose bajo el peso de su hermano mayor. Intentaba quitárselo de encima, empujando con las manos mientras las risas se le escapaban entre jadeos, llenando la habitación de un caos alegre. 

—Es mi semana y se me vale cualquier cosa —dijo Robert, esbozando una sonrisa triunfante mientras se erguía sobre Stanley, alzando los brazos como un rey proclamando su victoria. 

—¡Espera a que cumpla años dentro de cinco meses y verás! —respondió Stanley, con una determinación feroz brillando en sus ojos. Se retorció hasta liberarse, sus mejillas rojas por el esfuerzo y la risa, dispuesto a no rendirse tan fácilmente. 

Los hermanos no tardaron en enzarzarse en una batalla campal de almohadas, sus gritos y carcajadas llenando la habitación mientras el relleno escapaba de las fundas y flotaba como copos de nieve rebeldes. 

Las estadísticas de superpoderes —minuciosamente calculadas durante los largos y calurosos días de verano de aquel año, anotadas en un cuaderno lleno de garabatos y manchas de helado— eran gritadas con fervor entre golpe y golpe. 

“¡Rayo galáctico!” exclamaba Robert, lanzando una almohada con fuerza torpe. 

“¡Escudo invencible!” replicaba Stanley, esquivando y contraatacando con una precisión sorprendente para su tamaño. 

Las almohadas volaban por el aire, chocando con las paredes y derribando un cohete de juguete olvidado en la esquina. 

—¡Quieren dejar dormir, pequeños demonios! —gritó Ada, irrumpiendo en la habitación con un golpe seco al abrir la puerta. Recién levantada, su rostro era una máscara de sueño interrumpido y mal humor, el cabello revuelto cayendo en mechones desordenados sobre los hombros. 

Tras ella venía un séquito disparejo: un gran pastor alemán, con las orejas alertas y un paso firme; dos cachorros rottweiler que tropezaban entre sí con sus patas torpes; y una gata calicó que, tras lanzar una mirada altiva al alboroto, giró sobre sus talones y se marchó con la cola erguida como una bandera de desdén. 

—Pero maaa, es mi semana. Ya tengo doce —protestó Robert, molesto, sosteniendo la almohada en alto como si fuera un trofeo de guerra. En su mente, esa nueva edad le otorgaba derechos especiales: ir al cine solo, o, cuando llegara la feria, subirse por fin a todas las atracciones veloces sin que nadie le dijera que era demasiado pequeño. Su voz se alzó con una mezcla de orgullo y desafío. 

—Sí, es la semana de mi hermanooo —secundó Stanley, abrazando su almohada contra el pecho como un escudo. Aunque su tono intentaba imitar la valentía de Robert, sus ojos vacilaron al cruzar la mirada con la de Ada, aún no del todo seguro de enfrentarse a su madre como su hermano mayor solía hacer. 

Dogmeat soltó un ladrido grave, casi en apoyo a la reprimenda de Ada, mientras los cachorros correteaban alrededor de sus pies, ajenos a la tensión. 

—¡Puede ser la semana del papa e igualmente le diría al anciano ese que dejara dormir! ¡Giro termonuclear definitivo! —gritó Ada, lanzándose hacia Robert con una chispa de furia juguetona en los ojos. Aunque tenía doce años y se creía invencible, Robert sabía bien que su madre jugaba en otra liga, una fuerza imparable disfrazada de ama de casa despeinada. Apenas había dado dos pasos para escapar cuando Ada lo atrapó en sus brazos, levantándolo del suelo como si no pesara más que una almohada. 

Comenzó a girar velozmente, los brazos de Robert colgando mientras el mundo se convertía en un borrón de colores. Por un instante, apretó los ojos y mantuvo la boca cerrada, decidido a hacerse el fuerte, el rey de su semana de cumpleaños. Pero la velocidad no cedía; al contrario, aumentaba con cada giro, el aire zumbando en sus oídos, hasta que finalmente abrió los ojos y soltó un grito agudo: 

—¡Mamá! ¡Basta! ¡Stanley, ayuda! 

—¡Gira más rápido, mamá! —gritó Stanley, saltando en el lugar con pequeños brincos de emoción, sus manos aplaudiendo mientras los perros se unían al frenesí. El pastor alemán ladraba con entusiasmo, y los cachorros rottweiler correteaban en círculos, tropezando entre sí, como si la casa entera celebrara la victoria de Ada en aquella batalla matutina. 

De pronto, Ada se detuvo, su respiración entrecortada pero una sonrisa triunfal en el rostro. Con un movimiento lento y teatral, como si estuviera presentando un gran final, lanzó a Robert con cuidado hacia la cama. Para él, sin embargo, fue como ser arrojado como un saco de arena al infinito, el aire escapándose de sus pulmones hasta que aterrizó con un rebote dramático sobre el colchón revuelto. En su mente, ese era su último lecho, el fin épico de un guerrero derrotado por la increíble trotamundos solitaria: había caído ante la mejor guerrera. 

—Que sepas que has matado al más joven de la dinastía House —murmuró Robert, hundiendo la cabeza en la almohada y extendiendo los brazos en cruz, entregando su mejor actuación de moribundo hasta la fecha. Su voz tembló con un dramatismo exagerado, como si estuviera recitando el final de una tragedia épica. 

Ada soltó una carcajada, el sonido llenando la habitación mientras se acercaba y plantaba un beso ruidoso en la frente de Robert. Él frunció el ceño al instante, arrugando la nariz en una mezcla de disgusto y exageración. 

—Vamos, pequeño rey del drama acepta tu derrota —dijo ella, apartándose con una sonrisa que aún bailaba en sus labios. 

—Aquí yace Robert Edwin House, gran hermano —proclamó Stanley, corriendo hacia la cama y dejándose caer al lado de su hermano con un rebote que hizo crujir el colchón. 

Robert yacía postrado, un brazo colgando teatralmente por el borde, pero el dramatismo se veía socavado por los cachorros rottweiler, que treparon sobre él con lengüetazos insistentes en la cara. Su risa brotó entre intentos de apartarlos, el cuerpo retorciéndose bajo las pequeñas lenguas húmedas. 

—Gran inventor —añadió Robert, adoptando un tono más solemne mientras lograba sujetar a los cachorros en un abrazo torpe, sus patas agitándose contra su pecho. 

—Herido a traición —continuó Stanley, alzando una mano como si narrara una balada heroica, sus ojos brillando con complicidad. 

—Muy a traición. Que sepas que te oí, Stanley —respondió Robert, abriendo un ojo con una mirada de molestia que apenas ocultaba la diversión. Los cachorros aprovecharon para lamerle la mejilla de nuevo, arrancándole otra risita que deshizo su pose solemne. 

—Y que brille para Robert la luz perpetua. Iré a decirle a sor Gertrude las buenas noticias —dijo Stanley, trazando una cruz torpe en el aire con los dedos, como si impartiera una bendición solemne. Luego saltó de la cama y caminó hacia la puerta con pasos exageradamente alegres, esquivando a Dogmeat, que montaba guardia con las orejas tiesas y una mirada curiosa. 

—¡Ey! Nada de hacer feliz a esa monja en mi semana —protestó Robert, incorporándose a medias sobre el colchón, liberando a los cachorros que empezaron a morder las almohadas al menos hasta que Dogmeat les ladró amonestándolos. 

—Más respeto, diablillo —dijo Ada, acercándose y jalándole suavemente una oreja con un tirón cariñoso pero firme. Se sentó a su lado en el borde de la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, y comenzó a arreglarle el cabello revuelto con dedos pacientes. 

—Nada de hacer feliz a sor Gertrude en mi semana. ¿Mejor? —preguntó Robert, levantando una ceja en ese gesto desafiante que solía probar la paciencia de los adultos. Pero Ada, ya curtida por las travesuras de su diablillo, solo le devolvió una sonrisa tranquila, sus ojos brillando con un cariño que no necesitaba palabras. 

—Mucho mejor. Ahora, arreglen este desastre mientras les preparo el desayuno —dijo Ada, levantándose con un crujido de la cama. Antes de irse, se inclinó y plantó un beso sonoro en la mejilla de Stanley, quien, a diferencia de su hermano mayor, soltó una risita feliz por el gesto, frotándose la cara con la mano como si quisiera guardar el calor del cariño. 

La luz del amanecer seguía colándose por las rendijas, iluminando el desorden de la guerra de almohadas y las sábanas arrugadas, mientras los cachorros rottweiler correteaban alrededor de Dogmeat, que permanecía inmóvil como un centinela en la puerta. 

—¡Y luego iremos con papá a terminar de armar su Pegaso! —gritó Robert, levantándose de la cama de un salto, como si sus “heridas mortales” se hubieran curado mágicamente con la sola mención del proyecto de intervenir el carro de su padre. Sus ojos brillaron con entusiasmo. 

—Gerard tuvo que ir a cubrir un turno en la fábrica —explicó Ada con calma, postergando su marcha mientras se agachaba para recoger una almohada del suelo. Se la pasó a Stanley con un gesto suave, quien la tomó y la abrazó contra su pecho como si aún quisiera usarla de arma. 

—¡¿Qué?! —gritó Robert, deteniéndose en seco. La sorpresa y la decepción se dibujaron en su rostro, sus hombros hundiéndose como si el entusiasmo se hubiera evaporado. La palabra quedó flotando en la habitación, y Dogmeat, desde la puerta, ladeó la cabeza con curiosidad silenciosa. 

—Cosas de adulto, diablillo, pero solo serán unas cuantas horas —dijo Ada, enderezándose con otra almohada en las manos. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora, sus ojos suavizando la noticia—. Para mediodía, iras con Stan a la fábrica y luego todos partirán al taller. Hasta entonces, te dejaré comer helado mientras ves televisión. 

—Acepto tu soborno, pero que sepas que lo hago ofendido —dijo Robert, enderezándose con un tirón firme a su pijama arrugado. Adoptó esa postura arrogante que solía llevar a los adultos al borde del colapso, haciéndolos terminar en una discusión absurda con un niño de doce años. Para sorpresa de la mayoría, ese niño de doce años solía ganar, armado con una lógica irritante y un razonamiento que desarmaba hasta al más paciente. 

Stanley lo miraba con una mezcla de admiración y diversión, como si su hermano mayor fuera un héroe capaz de desafiar incluso las reglas del mundo adulto. Ada, en cambio, solo suspiró con una sonrisa cansada. 

—Si estás muy ofendido, donaré al orfanato tu gran tarro de helado de ron con pasas —replicó Ada en un tono despreocupado, recogiendo otra almohada del suelo y lanzándola al montón que Stanley ya sostenía. A diferencia de muchos, Ada no solo toleraba la personalidad de Robert, sino que la adoraba. Sabía cómo navegar sus desplantes, ponerle límites firmes y, al mismo tiempo, dejarlo florecer como el pequeño genio mandón que era. 

—¿Dije ofendido? Perdón, quise decir agradecido por mis alimentos —respondió Robert, cambiando al instante su tono a uno meloso de niño bueno. Sus ojos se agrandaron en una expresión de inocencia fingida, las manos juntándose frente a él como en una súplica teatral. 

Ada lo observó con una mirada escéptica, una ceja arqueada que dejaba claro que no se tragaba del todo el cambio repentino, aunque una sonrisa contenida asomaba en sus labios. Finalmente, le revolvió el cabello con un gesto rápido, como si desarmara su actuación con un simple toque. 

 

—Incorregible y manipulador desde pequeño, ¿por qué no me sorprende? —dijo Cooper, con una sonrisa divertida curvando sus labios. Seguía sosteniendo la mano de Robert entre las suyas, el pulgar descansando suavemente sobre las cicatrices plateadas. Robert, por su parte, se la dejaba sostener con una mezcla de comodidad y deleite, sus dedos relajados en el agarre cálido de Cooper. 

—Me vuelves a interrumpir y te muestro cómo he mejorado mi golpe termonuclear —respondió House, levantando una ceja en un gesto desafiante. Sus ojos se entrecerraron con una chispa de picardía, y la sábana resbaló un poco, dejando ver la piel de sus brazos. 

Cooper soltó una risa baja, el sonido reverberando en la quietud de la habitación. 

—Está bien, está bien. No quiero enfrentarme a tu golpe termonuclear mejorado —dijo, alzando las manos en fingida rendición, aunque una de ellas seguía rozando la palma de Robert, reacia a soltarlo del todo. 

House sonrió, satisfecho con la capitulación de Cooper, un brillo triunfal iluminando su rostro. 

—Eso pensé —replicó, acomodándose un poco más en la cama, el crujir del colchón acompañando el movimiento mientras Roos roncaba plácidamente entre ellos. 

 

Lunes, 21 de junio de 2032 12:30 pm   

Llegado el mediodía, Robert y Stanley salieron de casa bajo un sol que ya calentaba las calles polvorientas de Westside. Stanley cargaba un pequeño bolso de lona con el almuerzo de su padre, el peso haciendo que se balanceara ligeramente al caminar. Los hermanos avanzaron entre saludos rápidos a los vecinos y conocidos, mientras el polvo se levantaba bajo sus zapatillas gastadas. 

Robert lideraba el camino con paso firme, el mentón en alto como si fuera el dueño del barrio, hasta que llegaron a la entrada de la fábrica de herramientas H&H. Allí se detuvo en seco, no por haber llegado a su destino, sino por el grupo de cinco niños en bicicleta que les cortaron el paso con un chirrido de llantas. 

—Hola, ñoños —saludó el líder del grupo, un chico de cabello negro que se bajó de su bicicleta con agilidad felina. Aaron sonrió a Robert, una sonrisa torcida que prometía problemas, mientras apoyaba un pie en el pedal como si marcara territorio. 

—Aaron, ¿no te basta con verme en la escuela? Ahora me acosas en vacaciones. Si quieres algo, habla rápido o lárgate. Tengo cosas que hacer —dijo Robert, cruzando los brazos y mirándolo con desafío. Sus ojos se entrecerraron, y el polvo que levantaba una ráfaga de viento le hizo parpadear, pero no cedió terreno. 

—Ese tonito, Robert. Acaso por estar cerca de esta mugrosa fábrica, se te sube el ego en esa cabeza de ñoño que tienes —respondió Aaron, acercándose a Robert con una sonrisa arrogante. 

Stanley se acercó a su hermano con pasos rápidos, interponiéndose como una barrera pequeña pero decidida. Sus ojos nerviosos recorrían todas direcciones, deteniéndose especialmente en los otros cuatro niños que seguían sobre sus bicicletas, las manos en los manubrios y los pies apoyados en el suelo polvoriento. 

Ellos le devolvieron una sonrisa amistosa, poniendo los ojos en blanco y señalando a Aaron con un leve movimiento de cabeza, como diciendo que no venían a buscar problemas, solo a acompañar a su líder en su ritual diario —ya casi legendario— de enfrentarse a Robert. Stanley les respondió con una sonrisa tímida y un suspiro de alivio que le aflojó los hombros, pero no se apartó de su hermano. No confiaba en Aaron, por mucho que todos en el barrio insistieran en que esa rivalidad entre él y Robert era más un juego de niños que una amenaza real. 

—¿Y por qué no puedo estar orgulloso? —replicó Robert, enderezándose aún más, su voz firme como el acero—. Puede que nunca vea un solo céntimo de este lugar, pero si no fuera porque mi padre fundó esta fábrica, tu familia no habría venido a Las Vegas a trabajar y, por lo tanto, no tendría el placer de trapear el piso contigo en cualquier competición. 

Aaron miró furioso a Robert, sus ojos oscuros brillando con una furia que parecía chispear bajo el sol del mediodía. Se irguió con una postura confiada, la chaqueta de mezclilla gastada crujiendo al moverse, las mangas subidas hasta los codos para mostrar unos antebrazos bronceados. Su cabello, oscuro y brillante por la pomada, caía en mechones rebeldes sobre la frente, peinado hacia atrás con un desdén estudiado que apenas contenía el desorden.  

Robert le sostuvo la mirada con igual intensidad, los puños apretados y el mentón en alto, desafiándolo en silencio. Pero por un instante, un pensamiento lo traicionó: Aaron era atractivo. Esa actitud despreocupada, el modo en que el cuello de su camiseta blanca asomaba bajo la chaqueta, la curva arrogante de su sonrisa —todo eso lo golpeó como un puñetazo inesperado. El pánico lo inundó, frío y rápido, acelerándole el pulso. Él solo encontraba atractivos a los vaqueros de las películas, con sus sombreros polvorientos y botas gastadas, no a un tipo como Aaron, con ese aire de rebelde. Tragó saliva, aplastando el pensamiento antes de que echara raíces.” 

En la penumbra de la habitación, bajo la luz ámbar de la lámpara, la mirada burlona y pícara de Cooper lo sacó del recuerdo. Robert alzó el puño en un gesto amenazante, los ojos entrecerrados en advertencia. 

Cooper, con una risa baja y traviesa, levantó su mano libre para cubrirse la cara en una rendición exagerada, el cuerpo inclinándose hacia atrás contra la almohada. El mensaje era claro en su lenguaje corporal: se rendía, al menos por ahora, dejando que Robert continuara su relato sin más interrupciones. 

La mano de Cooper seguía sosteniendo la de Robert, un contacto cálido que anclaba el momento, mientras Roos dormía patas arriba moviendo ocasionalmente la cola. 

 —¡Niños, despejen la puerta! Hay gente que necesita entrar y salir. Aaron, si mal no recuerdo, tu padre te mandó por unos refrescos para la comida de todos, así que muévanse, muévanse —interrumpió George, el viejo guardia de seguridad, emergiendo de su garita con un cigarrillo colgando entre los labios. Su voz ronca cortó el aire caliente, y el crujido de sus botas sobre la grava sonó como un martillo marcando el fin de otra de esas eternas discusiones entre Robert y Aaron, que parecían incapaces de cruzar dos palabras sin encenderse. 

Aaron giró la cabeza hacia George, la chaqueta de mezclilla gastada susurrando al ajustar su postura. Luego clavó los ojos en Robert con una sonrisa torcida. 

—Te has salvado gracias al bueno de Georgie —dijo mientras montaba su bicicleta con un movimiento ágil, el cabello brillante de pomada reluciente bajo el sol. Se apoyó en los pedales, listo para partir—. Mañana hay carrera, así que no faltes, cerebrito. 

—Ahí estaré, aún no me aburre ganarte —dijo Robert, sacando pecho con una sonrisa altiva, como si ya estuviera en el podio. El polvo se levantaba a su alrededor, arrastrado por el viento seco del mediodía, como si la escena necesitara efectos especiales. 

Aaron soltó una risa corta, casi un bufido, y pedaleó con fuerza, su figura recortándose contra el horizonte mientras el resto del grupo lo seguía. Los otros chicos, aún en sus bicicletas, levantaron las manos en despedidas amistosas, sus voces alegres contrastando con la tensión que Aaron dejaba tras de sí. 

Robert permaneció inmóvil unos segundos, el sol golpeándole la frente y el corazón latiendo con fuerza. Stanley lo miraba con mezcla de orgullo y nerviosismo, consciente de que la carrera del día siguiente no sería solo un juego: era el escenario donde se decidiría quién dominaría el barrio, al menos hasta el fin de semana donde seguro habría otra carrera que volvería decidir el destino de todos los chicos. 

Una vez solos, Robert y Stanley se acercaron a George, quien apagó el cigarrillo contra la reja y les dedicó una sonrisa amplia, las arrugas de su rostro profundizándose con un cariño rudo pero genuino. 

—Stanley, Robert. Gerard está en el comedor esperándolos. Me dejó la razón de decirles que ni se les ocurra pasar por las oficinas ni por el área de soldadura —dijo George, apoyando una mano en la reja mientras el humo del cigarrillo recién apagado aún flotaba a su alrededor. Su voz tenía ese tono grave y paternal que solía calmar las aguas, incluso en un día caluroso como aquel. 

—Genial, ¿entonces debemos entrar por la zona de descargue? —preguntó Stanley, frunciendo el ceño y pateando una piedrita con la punta de su zapatilla. La idea de dar un rodeo por el polvoriento patio trasero de la fábrica le arrancó un resoplido molesto, el bolso del almuerzo balanceándose en su hombro. 

—Sí, Stan —respondió Georgie, esbozando una sonrisa ante la pequeña rabieta del menor. Las arrugas alrededor de sus ojos se profundizaron, mostrando un cariño curtido por años de lidiar con niños y obreros por igual. 

—¿Otra vez problemas con el área de soldadura? —preguntó Robert, cruzando los brazos y frunciendo el ceño con una mezcla de curiosidad y preocupación—. ¿Ya retiraron el material inflamable y las botellas de gas? 

Georgie asintió, su expresión volviéndose más seria mientras se rascaba la barbilla con dedos manchados de nicotina. 

—Solo las botellas de gas, pero aún están haciendo reparaciones en el sistema de ventilación que volvió a fallar. Por eso es mejor que entren por la zona de descargue. No queremos correr ningún riesgo —explicó el anciano, una chispa de orgullo asomando en su mirada al ver que al menos un House seguía interesado en los entresijos de la fábrica, aunque fuera el más joven. 

—¿Otra vez? Y ni hablar de que estén pensando en cambiar el sistema eléctrico que sostienen con cinta y mucha fe, ¿cierto? —dijo Robert, soltando un suspiro cargado de molestia mientras se ponía las manos en la cintura, los hombros tensos bajo su camiseta de rayas. El polvo del camino se pegaba a sus zapatillas gastadas, mientras la sombra de la fábrica era un recordatorio de lo cerca que estaba de ese lugar, que su difunto padre había construido—. Dime que ya han llamado a una reunión del sindicato. 

—Sí, hay reunión el próximo sábado en la sede —confirmó Georgie, asintiendo con una calma que contrastaba con el fuego que empezaba a arder en los ojos de Robert. 

—¿El sábado? Debería ser para mañana a más tardar. La junta directiva se está burlando de todos. Estoy seguro de que cada reporte de seguridad que le han pasado a esos imbéciles no lo han leído. Debemos tomar acciones —dijo Robert, su voz subiendo de tono, la frustración burbujeando en cada palabra. La fábrica H&H era un legado que sentía suyo, grabado en su mente como algo que debía proteger, y le hervía la sangre saber que unos incompetentes la manejaban mal mientras su medio hermano —siempre indiferente— dejaba que se deteriorara. 

—¡Huelga! —gritó Stanley, levantando un puño pequeño pero decidido en el aire. Su entusiasmo infantil arrancó una risa ronca a Georgie, que resonó sobre el zumbido lejano de las máquinas. 

—Si tan solo tu hermano mayor se interesara por este lugar, todo sería diferente —dijo Georgie, mirando a Robert con una mezcla de nostalgia y esperanza. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, se suavizaron—. Sé que me pensionaré antes de que llegues a manejar este lugar, pero cuando lo haga, señor House, estaré muy feliz por usted y por todos. 

—Cuando sea dueño de este lugar, serás recordado como el empleado del mes vitalicio y haré temblar a los de la junta directiva —declaró, su voz firme como si ya estuviera firmando el decreto—. Andando, Stanley, mientras iremos a convencer a papá de que el sindicato se debe reunir antes del sábado. 

—¡Huelga! —gritó Stanley otra vez, levantando el puño con un entusiasmo que arrancó risas y aclamaciones de algunos empleados que salían del edificio, sus overoles polvorientos brillando bajo el sol del mediodía. Un par de ellos silbaron en apoyo, mientras otro gritó un “¡Eso, Stan!” desde la distancia. 

Los dos hermanos apenas habían dado tres pasos, el polvo aun levantándose bajo sus zapatillas, cuando un estruendo ensordecedor desgarró el aire. La fábrica H&H explotó en una bola de fuego y humo negro, el impacto sacudiendo la tierra y lanzando a Robert y Stanley al suelo. 

El rugido fue tan brutal que pareció arrancar el aliento del mediodía. Las ventanas estallaron en fragmentos brillantes que volaron como cuchillas de cristal, y una ola de calor abrasador barrió el patio, quemando el polvo en un resplandor cegador. Robert cayó de espaldas, el pecho golpeado por la onda expansiva, mientras Stanley rodaba a su lado, el bolso del almuerzo desgarrado y abierto, su contenido esparciéndose entre la grava como un símbolo grotesco de la rutina rota. 

 

Cooper, con la garganta seca y un nudo apretándole el pecho, apretó la mano de Robert con más fuerza, como si quisiera anclarlo al presente.  

—Dios, Robert… —murmuró, su voz apenas un hilo ronco que se quebró en el silencio de la habitación. 

Robert le devolvió una sonrisa escueta, sin vida, sus ojos opacos por el peso del recuerdo.  

—Me pasé todo el periodo de hospitalización tratando de reconstruir el minuto a minuto de aquel día —dijo, con voz baja y temblorosa, como si cada palabra le costara arrancarla del fondo de su garganta—. Pero mi mente siempre me situaba en medio de la explosión. Me veía arrancándome la camiseta y pegándola al rostro para no respirar los gases tóxicos que se mezclaban con el humo negro, gritando por mi padre entre el metal fundido que chisporroteaba a mi alrededor, el calor abrasador quemándome la piel… y cuerpos esparcidos como si nada. 

No sé cuánto tiempo busqué. Para mí fue eterno, una pesadilla sin fin. Después, entre Stanley y mi padre, calculamos que fui uno de los primeros en llegar al centro de la explosión, que estuve gritando y buscando entre los escombros unos cuatro o seis minutos hasta dar con los primeros sobrevivientes. Ellos, aunque heridos —sangrando, con cortes profundos o huesos rotos—, seguían ayudando a sus compañeros atrapados bajo vigas retorcidas. 

El resplandor ámbar de la lámpara apenas alcanzaba a iluminar el rostro de Robert, donde las sombras parecían hundirse más profundas en sus facciones. Sus dedos, aún entre los de Cooper, temblaron ligeramente, y el silencio que siguió se llenó con el ronquido suave de Roos, un contraste frágil contra la brutalidad del relato. 

Cooper tragó saliva, el sonido resonando en su garganta seca mientras sus dedos seguían aferrados a la mano de Robert.  

—¿Estaba tu padre entre ellos? —preguntó, su voz cargada de preocupación, los ojos fijos en él como si temiera la respuesta. 

Robert negó con la cabeza, un movimiento lento y pesado.  

—Pero estaba el padre de Aaron —dijo, su tono apagado pero firme—. Siempre repitió que me parecía al diablo en persona, pero más bajito. Dijo que les di órdenes de cómo salir, que hice un torniquete que salvó la vida de uno de ellos y que le mordí la mano cuando intentó detenerme al querer adentrarme más para seguir buscando a mi padre. 

Cooper lo miró con una empatía que suavizó las líneas de su rostro, aunque sus cejas se fruncieron con un dolor silencioso. 

—Tu mente bloqueó muchas cosas de ese día —murmuró Cooper, su pulgar rozando instintivamente una de las cicatrices plateadas en la palma de Robert, como si intentara aliviar un dolor que no podía tocar. 

—Sí —admitió Robert, dejando escapar un suspiro que lo desinfló un poco más contra la almohada—. Recuerdo vagamente encontrarme con ellos, sombras moviéndose entre el humo y los escombros. No recuerdo el torniquete, aunque tiene sentido. Puede que nunca haya sido un apasionado de las charlas de supervivencia y primeros auxilios de mi madre, pero siempre las escuché… supongo que algo se me quedó. En cuanto a morder a alguien, siempre lo he refutado —añadió, esbozando una sonrisa escueta, casi automática, que no alcanzó sus ojos. 

Cooper alzó una ceja, un destello divertido brillando en sus ojos mientras apretaba los labios para contener una risa ante la afirmación de Robert. En ese gesto, descubrió con cariño que no era el único capaz de encontrarle humor a sus propios traumas, un eco de su propia manera de enfrentar el pasado. Su mano seguía sosteniendo la de Robert, el roce de su pulgar deteniéndose por un instante como si quisiera saborear esa conexión silenciosa. 

House suspiró, un sonido que salió de él como un viento cansado, y continuó su relato, su voz retomando el hilo con determinación. La luz ámbar de la lámpara proyectaba sombras suaves sobre su rostro, y el ronquido de Roos seguía siendo el único testigo tranquilo en la habitación. 

 

Lunes, 21 de junio de 2032 1:20 pm     

El dolor al respirar era una cuchilla constante para Robert: cada inhalación le raspaba la garganta como si tragara brasas encendidas. Caminar se volvía un tormento, las piernas temblándole bajo el peso de la adrenalina y el cansancio, mientras el ardor en los ojos le nublaba la vista con lágrimas imposibles de contener.  

Pero lo que más lo aplastaba, como una losa sobre el pecho, era el miedo visceral de no encontrar a su padre. El calor lo envolvía como una muralla sofocante, y el humo denso, mezclado con gases tóxicos, teñía el aire de un gris venenoso que apenas le permitía ver más allá de sus manos extendidas. 

—¡Papá! —gritó, su voz quebrándose antes de que una tos violenta lo doblara por la mitad. Tropezó con un trozo de metal retorcido y cayó de rodillas, las lágrimas corriendo libres, mezclándose con el sudor y el hollín que le manchaba la cara. 

—Robert… hijo —un susurro débil, apenas audible entre el crepitar de las llamas y el gemido del acero colapsando, bastó para que se levantara de un salto. El dolor se desvaneció por un instante, reemplazado por una chispa de esperanza que tensó todos sus sentidos. 

Sabía que la vista no le serviría: el humo era demasiado espeso, un velo que lo cegaba. Cerró los ojos con fuerza, el ardor disminuyendo apenas, y se aferró a lo que podía escuchar: el crujido de los escombros, el eco de gritos lejanos, el latido ensordecedor de su propio corazón. Inspiró despacio, un esfuerzo consciente para domar el pánico, aunque cada inhalación le quemaba los pulmones como fuego líquido. 

—Robert —la voz de su padre otra vez, frágil pero real, cortando a través del caos. No estaba alucinando. 

—¡Papá, sigue hablando!... por favor —murmuró el niño, su voz apenas un hilo entre el rugido del fuego. Intentó que su corazón no se desbocara, que no lo traicionara con el tamborileo del miedo o la emoción. Tenía que ser racional, tenía que encontrarlo. Sus manos tanteaban el aire, guiadas solo por el sonido, mientras el calor seguía lamiéndole la piel como una amenaza viva. 

Con cuidado, evitando riesgos innecesarios, Robert avanzó a paso lento pero firme, guiado por la voz de su padre como un faro en la tormenta. Sus pies tanteaban el suelo cubierto de escombros, el calor mordiendo sus tobillos, hasta que llegó al lugar donde Gerard yacía atrapado. Varios pedazos de metal retorcido y vigas quebradas aprisionaban sus piernas, el polvo y la sangre formando una mezcla oscura bajo él. 

—Papá —dijo Robert, su voz quebrándose en un sollozo que apenas logró contener—, te encontré. 

Gerard, que por un momento había creído que sus últimos segundos estaban contados, que el dolor punzante y la pérdida de sangre lo estaban haciendo delirar, alzó la mirada. Al ver a Robert, sus ojos nublados por el humo se aclararon con un brillo de incredulidad y alivio. 

Extendió los brazos temblorosos hacia su hijo, las manos manchadas de hollín y sangre. Robert corrió hacia él, cayendo en su abrazo, y ambos se aferraron el uno al otro, llorando varios segundos. Las lágrimas de Robert trazaban surcos limpios en el hollín de su rostro, mientras las de Gerard caían silenciosas, mezclándose con el sudor y la mugre. 

—Hijo, aquí estoy, me encontraste —dijo Gerard, su voz ronca pero firme. Con una mano temblorosa limpió las lágrimas de Robert, dejando un rastro húmedo en su mejilla ennegrecida—. Ahora debemos trabajar en equipo. Saldremos juntos de este lugar y… y —su voz se quebró, y volvió a abrazarlo con más fuerza, como si temiera que el momento se desvaneciera—. Quiero verte crecer, quiero ver cómo tú y tu hermano se convierten en buenos hombres. Así que vamos a quitar estos escombros. 

—Sí, papá —respondió Robert, asintiendo con una determinación que contrastaba con sus ojos enrojecidos. 

Durante varios minutos, padre e hijo se dejaron el alma y la piel de sus manos en la tarea. Robert empujaba y tiraba con todas sus fuerzas, las uñas raspando contra el metal ardiente, mientras Gerard levantaba lo que podía desde su posición, gruñendo por el esfuerzo y el dolor. La sangre seguía brotando alrededor de sus piernas, un charco oscuro que crecía lentamente, y el camino por donde Robert había llegado estaba otra vez en llamas, las lenguas de fuego crepitando como una barrera viva. 

En medio del caos, por instantes, Robert imaginaba que un robot gigante y poderoso, como los de sus cómics, irrumpía entre el humo para rescatarlos, sus pasos metálicos aplastando los escombros con facilidad. Pero la realidad era solo ellos dos, luchando contra el acero y el fuego con nada más que sus manos y su voluntad. 

—Estás sangrando mucho, papá —dijo Robert, su voz temblando mientras miraba el charco oscuro que se extendía bajo las piernas de Gerard. Sus manos, ya enrojecidas y raspadas por el esfuerzo, dudaron un instante sobre una viga retorcida, el miedo asomando en sus ojos al ver la sangre brillar bajo la luz parpadeante de las llamas. 

—Ignóralo, hijo. La sangre suele ser más escandalosa que la propia herida —respondió Gerard, forzando una calma que no sentía en su tono ronco. Sus manos temblaban mientras empujaba un trozo de metal, el sudor corriéndole por la frente y mezclándose con el hollín—. Estoy consciente, vamos, falta poco —añadió, su mirada fija en Robert, rogando en silencio a Dios no desmayarse. La debilidad lo acechaba, un mareo nublaba los bordes de su visión, pero se aferró a la idea de mantenerse lúcido. No podía permitirse colapsar; no quería que su hijo muriera a su lado, atrapado en ese infierno de fuego y acero. 

El crepitar de las llamas llenaba el aire, y el humo espeso seguía girando a su alrededor, un velo que apenas dejaba ver sus rostros agotados. Robert asintió, tragando el nudo en su garganta, y volvió a tirar con todas sus fuerzas, decidido a no rendirse mientras el calor seguía quemándole la piel. 

 

Si a Cooper otra persona le estuviera relatando esa historia, a ese punto estaría convencido de que quienes la protagonizaban estaban completamente condenados. Habría cruzado los brazos, fruncido el ceño y soltado un resoplido escéptico si le dijeran que padre e hijo habían sobrevivido a semejante infierno. 

La lógica, el puro sentido común, le gritaba que era imposible salir vivo de un caos de fuego, metal fundido y sangre. Pero allí estaba Robert, acostado frente a él, vivo, con esas pequeñas cicatrices plateadas surcando sus manos —manos que ahora sostenía entre las suyas, ásperas y cálidas, un testimonio tangible de lo imposible hecho real. 

—¿Cómo es posible…? —alcanzó a preguntar Cooper, su voz ronca y quebrada por la mezcla de asombro y empatía. Sus dedos apretaron un poco más la mano de Robert, como si necesitara confirmar que no era un espejismo. 

Robert cerró los ojos, un gesto lento que lo hundió en las sombras proyectadas por la lámpara ámbar. En sus pesadillas, esas visiones lo acechaban sin misericordia, presentándole una realidad alterna donde no encontraba a su padre, donde su voz se perdía entre los escombros; o, peor aún, un escenario en el que lo veía morir frente a sus propios ojos, sus manos demasiado pequeñas, demasiado débiles para mover las vigas retorcidas a tiempo. El eco de esos “y si” resonaba en su pecho, y su respiración se volvía más pesada, como si el humo de aquel día aún le apretara los pulmones. 

—Lo encontraste, lo salvaste, te ha visto crecer —dijo Cooper, su voz suave pero firme, cortando el aire con una certeza que parecía provenir de un instinto afilado por la experiencia. Sabía, sin necesidad de más palabras, que la mente de Robert estaba atrapada en esos “y si” que lo perseguían, y su tono buscaba traerlo de vuelta. 

Robert soltó una risa hueca, un sonido seco que resonó como un eco vacío en la habitación. 

—No he sido el mejor hijo ni la mejor persona —murmuró, los ojos aún cerrados, como si al decirlo en voz alta pudiera exorcizar la culpa que llevaba dentro. 

—Nadie lo es —respondió Cooper, inclinándose un poco más cerca, una sonrisa cálida curvando sus labios—. Aunque puedo afirmar que estoy ante la mejor versión de Robert House. El padre amoroso, el hermano que protege, el amigo que aprecio. 

Robert cerró los ojos con más fuerza, las arrugas en su frente profundizándose mientras respiraba pausado y profundo, como si intentara contener una marea que amenazaba con desbordarlo. El aire entraba y salía de sus pulmones con un silbido leve, un esfuerzo por mantener la compostura ante palabras que lo golpeaban más de lo que esperaba. 

—Y yo pensando que solo veías el mundo en blanco y negro —dijo, su voz teñida de un sarcasmo débil, un intento de recuperar el control. 

—Tus halagos son raros, pero los tomaré encantado —replicó Cooper, su sonrisa ensanchándose con un brillo juguetón en los ojos. 

—Exasperante —disparó Robert, entrecerrando los ojos al abrirlos. 

—Engreído —respondió Cooper, sin perder el ritmo, su mirada encontrándose con la de Robert. 

En ese instante, al ver la intensidad en los ojos de Cooper —una mezcla de cariño, desafío y algo más que no podía nombrar—, el corazón de Robert se aceleró, un latido desbocado que resonó en su pecho. Lo deseó con una fuerza que lo sorprendió, un calor que le subió por la nuca y le apretó la garganta. 

Pero al mismo tiempo lo odió, una rabia sorda contra esa facilidad con la que Cooper despertaba tantas emociones contradictorias en él. Era injusto, pensó Robert, que alguien pudiera revolverlo así y no asumiera la responsabilidad de las tormentas que dejaba a su paso. La mano de Cooper seguía sosteniendo la suya, un punto de contacto que ardía tanto como lo calmaba. 

—Me desmayé —dijo Robert, retirando con delicadeza sus manos de las de Cooper y deslizándose hacia arriba para sentarse contra la cabecera de la cama. El movimiento fue lento, casi calculado, como si buscara recuperar el control sobre sí mismo, sobre las emociones que lo habían sacudido momentos antes. Apoyó la espalda en la madera, el crujir del colchón rompiendo el silencio mientras sus dedos se cerraban sobre la sábana—. Fue cuando apenas habíamos logrado liberar una de sus piernas. 

Me desperté tres días después en el hospital. Más adelante, mi padre me contó que verme caer desmayado le dio tal desesperación que no supo cómo logró liberar la otra pierna y arrastrarse fuera de esa sección conmigo, con las piernas destrozadas, hasta toparse con los primeros bomberos siendo guiados por mamá. Ellos venían abriendo un camino hacia nosotros gracias a las indicaciones que el padre de Aaron les había dado desde fuera. 

—Debió dolerte mucho las quemaduras —dijo Cooper, su voz suave y contenida, dejando que Robert marcara la distancia. Sus manos quedaron vacías sobre la cama, pero no hizo ademán de seguirlo, respetando el espacio que Robert necesitaba. Sus ojos, sin embargo, permanecían fijos en él, cargados de una empatía silenciosa 

—Bastante —admitió Robert, mirando las cicatrices plateadas en sus manos como si las descubriera por primera vez—. También tuve algunas en el resto del cuerpo, quemaduras superficiales en los brazos y el pecho, pero mis manos se llevaron la peor parte. Era joven, sané rápido, al menos en la piel. Lo que más odié fue todo lo que trajo esa explosión —su voz bajó, ensombreciéndose—. Empecé a sufrir ataques de pánico que me dejaban temblando en cualquier rincón, y me tomó casi dos años que mis pulmones dejaran de sentirse como si aún tuvieran humo dentro. Papá quedó con una lesión en la pierna que desde entonces lo hizo cojear, un recordatorio que nunca se borró. Georgie fue uno de los diez trabajadores que murieron ese día. Todos en Westside conocíamos a los que se fueron, y fue la primera vez que vi a mi medio hermano, casi un mes después de la explosión. 

—¿Nunca lo habías visto hasta entonces? —preguntó Cooper, sorprendido, inclinándose ligeramente hacia adelante, las cejas fruncidas mientras procesaba la idea. 

—Solo en fotografías —respondió Robert, alcanzando el vaso de agua en la mesita de noche. Sus dedos rodearon el cristal con un leve temblor antes de llevárselo a los labios y dar un sorbo largo, el líquido frío deslizándose por su garganta como un intento de lavar el amargor de las palabras—. Lo vi desde lejos, escondido mientras hablaba con mis padres adoptivos, porque él nunca tuvo interés en verme. Ni antes, ni después. 

Cooper suspiró, un sonido suave pero cargado de comprensión. Intuyó, por la forma en que Robert apretó el vaso y la sombra que cruzó su rostro, que ese medio hermano, aunque apenas presente, había sido una especie de espectro en su vida. Una figura difusa que se cernía sobre él, le gustara admitirlo o no. Volverlo a ver tantos años después debió remover viejas pesadillas, como un viento que levanta polvo olvidado. 

Cooper dejó que el silencio se asentara un instante antes de preguntar, su voz baja pero firme: 

—¿Qué fue lo nuevo y perturbador que se unió a tu pesadilla del accidente de la fábrica? 

Robert dejó el vaso medio vacío en la mesita con un tintineo suave y deslizó una mano sobre Roos, que seguía dormido a su lado. Sus dedos se hundieron en el pelaje cálido del perro, un gesto mecánico que parecía buscar consuelo mientras hablaba. 

—Corría de nuevo entre las ruinas —comenzó, su voz tornándose distante, como si las imágenes se proyectaran en la pared frente a él—. Entre un millar de muertos y lamentos, buscaba a mi padre. Finalmente lo encontré y corrí a retirarle los escombros. El ladrillo y el metal estaban hirviendo, quemándome las manos como hace tantos años, pero no sentía dolor, solo el frío helado de mi desesperación. Cuando por fin quité el último escombro, me encontré a mí mismo —hizo una pausa, tragando saliva—. Completamente en los huesos, esquelético, con la mirada hundida y demencial, mirándome desde el suelo como si me hubiera estado esperando. 

Ambos quedaron en silencio durante varios segundos, el peso de las palabras suspendido en el aire como el humo de una fogata que se niega a disiparse. La luz ámbar de la lámpara titilaba, proyectando sombras danzantes en las paredes, mientras el suave respirar de Roos ofrecía un murmullo constante, casi reconfortante, en medio de la quietud. 

—Supongo que nuestro mayor miedo, para ambos, es en lo que podríamos convertirnos —dijo Cooper al fin, rompiendo el silencio con una voz baja, casi reflexiva, mientras se sentaba también—. Tú con tu temor a terminar con una enfermedad mental, y yo como un ser violento sin raciocinio. 

—¿Ese es tu peor miedo, Cooper? ¿Perder el control? —preguntó Robert, girando la cabeza para mirarlo directamente, buscando en sus ojos una respuesta que ya intuía. 

—Perderlo y dañar a las personas que amo —admitió Cooper, su voz grave y contenida, como si confesarlo en voz alta le costara un pedazo de sí mismo. Sus manos descansaban sobre las rodillas, los dedos apretándose contra la tela de sus pantalones—. Eso es lo que me aterra. 

—No eres un asesino a sangre fría —dijo Robert, su tono firme, casi desafiante, como si quisiera grabar esas palabras en la mente de Cooper. 

—Y tú no eres un enfermo terminal —respondió Cooper, inclinándose un poco hacia él, una chispa de calidez asomando en su mirada—. Morirás rodeado de tu familia y de gente que te quiere, empezando porque Courier nunca te dejará solo. 

House hizo una leve mueca ante la mención de Courier, un tic casi imperceptible que arrugó la comisura de su boca. 

—Cooper, Courier no sabe sobre el accidente —dijo, su voz bajando un poco, como si temiera que el nombre resonara más allá de la habitación—. Bueno, sabe que ocurrió, pero no hasta qué punto estuvimos implicados. Quiero contárselo algún día, pero reunido junto a… 

—Junto a tu familia, entendido —interrumpió Cooper, asintiendo con una seriedad que contrastaba con el brillo travieso que aún bailaba en sus ojos—. No diré ni una sola palabra. Supongo que no es fácil para ustedes contar aquella experiencia. 

—No —admitió Robert, dejando escapar un suspiro que alivió parte de la tensión en sus hombros—. En realidad, no sé cómo terminé contándote mis miedos y las experiencias más traumatizantes de mi vida en tan poco tiempo. 

—Es porque sé escuchar —respondió Cooper, esbozando una sonrisa ladeada mientras se recostaba contra la cabecera de la cama, las manos cruzadas detrás de la cabeza con una confianza relajada. 

—Más bien eres un entrometido —replicó Robert, entrecerrando los ojos con un dejo de burla, aunque una chispa de diversión brilló en su mirada. 

—No te vuelvo a invitar a cenar ni mucho menos a helado —disparó Cooper, fingiendo ofenderse mientras levantaba una mano en un gesto dramático de rechazo. 

—¿Dije entrometido? Perdón, quise decir qué buen amigo eres. Tengo mucha suerte de que seas mi amigo, Cooper —corrigió Robert, su tono meloso y exagerado, acompañado de una sonrisa que intentaba ser inocente pero no engañaba a nadie. 

—¡Incorregible y manipulador! —exclamó Cooper, soltando una carcajada que llenó la habitación, el sonido rebotando contra las paredes mientras Roos abría un ojo con pereza, molesto por la interrupción de su sueño. 

Notes:

Mientras que el segundo arco permanecerá intacto, el tercer arco sí creo que se vera más afectado por la segunda temporada, pero tampoco mucho, como les digo hace tiempo que termine el segundo arco y el tercero va llegando a la mitad, y la vida sigue y sigue.

Gracias por leer y desde el mítico Bodegón Balderrama, donde la zamba despierta al alba, y nos preguntamos con voz temblorosa qué sería del canto si se apaga Balderrama, me despido deseándoles un feliz día cualquier día que ese sea.
Y un feliz año nuevo

 

Y en realidad este es el capítulo de enero, Caravana volverá en Avengers: Doomsday, digo a finales de febrero :D

Notes:

Desde Macondo, gracias por leer y para ustedes, feliz día cualquier día que ese sea.

Lléname de amor,
esta es la hora del valiente.