Chapter Text
La puerta del apartamento se cerró con un clic suave.
Ese sonido pequeño, casi insignificante, siempre le producía a Beatriz la misma sensación:
afuera el mundo seguía corriendo; adentro, por fin, podía bajar la guardia.
Lucien dejó las llaves sobre la mesa de la entrada.
No hablaron al principio.
No hacía falta.
El silencio no era incómodo.
Era de esos silencios que se ganan después de un día largo.
Beatriz se quitó las botas primero, suspirando al sentir el piso frío bajo los calcetines. Luego soltó el cabello, que había pasado horas recogido. La liga quedó olvidada en su muñeca.
Lucien se aflojó la chamarra, estirando los hombros como si acabara de quitarse una armadura invisible.
—Hoy estuvo ruidoso el parque —murmuró ella.
—Hm.
—Demasiada gente.
—Demasiado algodón de azúcar —añadió él.
Beatriz rió bajito.
—Pero bonito.
Lucien la miró de reojo.
—Sí. Bonito.
La luz cálida de la sala encendía apenas los bordes de los muebles. Nada brillante. Nada dramático. Solo ese tono dorado de hogar habitado.
Ella pasó directo a la cocina por agua. Él se dejó caer en el sofá, estirando las piernas como gato satisfecho.
—Mis pies murieron hace como tres horas —dijo ella desde la cocina.
— Los míos hace cinco.
— Dramático.
— Aries. Es mi derecho.
— Excusas.
Volvió con dos vasos.
Se sentó a su lado.
Rodilla con rodilla.
Hombro con hombro.
El televisor apagado reflejaba apenas sus siluetas.
Nadie dijo “quédate”.
Nadie dijo “no te vayas”.
Pero ambos sabían que esa noche no había ningún otro lugar al que quisieran ir.
La ciudad podía celebrar todo lo que quisiera.
Ellos ya estaban donde querían estar.
Por fin solos.
Después de un rato Beatriz se levantó primero.
No por urgencia.
Por costumbre.
Siempre necesitaba “hacer algo” antes de poder sentarse de verdad.
Abrió uno de los cajones bajos del mueble de la sala.
Rebuscó sin pensar mucho.
Cables viejos. Manuales. Una linterna. Unas cartas.
Y entonces—
—Oh.
Lucien levantó la vista.
—¿Qué encontraste?
Ella sacó una caja delgada, un poco desgastada en las esquinas.
Un tablero plegable.
—No sabía que todavía tenía esto.
—¿Qué es?
— Ajedrez.
Lo abrió sobre la mesa de centro. Las piezas tintinearon dentro.
Lucien arqueó una ceja.
— ¿Juegas?
Beatriz hizo una mueca.
— Jugaba. En secundaria. Estoy oxidada.
— Perfecto.
— ¿Perfecto?
— Así no me humillas tanto.
Ella le lanzó una mirada falsa de ofensa.
— Oye.
— ¿Qué? He visto cómo planeas las cosas. Me darías mate en tres movimientos.
— Exagerado.
— Aries, no exagero. Declaro hechos.
Se miraron un segundo.
Sonrisa contra sonrisa.
Nada solemne.
Nada profundo.
Solo la naturalidad de dos personas buscando cómo pasar el rato.
— ¿Una partida? —preguntó ella.
Lucien se encogió de hombros, ya acomodándose.
— Pierde el que lava los platos mañana.
— Trato hecho.
— Te vas a arrepentir.
— Lo dudo.
Las piezas cayeron sobre la mesa con pequeños golpecitos de plástico.
Ese sonido simple tenía algo… hogareño.
Como si dijera:
esto no es guerra, esto es tiempo juntos.
— Ajedrez
El tablero quedó armado entre los dos.
Blancas para ella.
Negras para él.
— Ventaja de local —dijo Lucien.
— Ventaja de invitado —replicó Beatriz.
— No funciona así.
— Shh.
Primer movimiento.
Peón al centro.
Sencillo.
Clásico.
Lucien respondió rápido.
Sin pensar demasiado.
Ella, en cambio…
Se quedó mirando.
No al tablero.
Sino más allá.
Como si ya estuviera viendo un mapa invisible.
Lucien ladeó la cabeza.
— ¿Te trabaste?
— Estoy pensando.
— Es el primer turno.
— Precisamente.
Él soltó una risa nasal.
— Piscis.
— Estrategia.
Movió la pieza.
Luego otra.
Luego otra.
Los primeros minutos fueron torpes, relajados.
Comentarios casuales.
— Eso no iba ahí.
— Sí iba.
— No iba.
— Déjame vivir.
Pero poco a poco…
Algo cambió.
Beatriz empezó a inclinarse más sobre la mesa.
Los dedos apoyados en la barbilla.
Mirada enfocada.
Silencios más largos.
Lucien lo notó.
— Oye…
— Hm.
— Ya no te ves “oxidada”.
Ella no respondió.
Movió un alfil.
Le comió un caballo.
Lucien parpadeó.
— Eh.
— ¿Qué?
— Eso no estaba ahí hace dos segundos.
— Sí estaba.
— Sospechoso.
— Falta de observación tuya.
— Difamación.
Siguieron.
Las piezas empezaron a caer.
Pero no al azar.
Ella anticipaba.
Cerraba espacios.
Forzaba rutas.
Lucien empezó a fruncir el ceño.
— Espera… ¿me estás encerrando?
— Tal vez.
— Eso fue premeditado.
— Siempre.
Él la miró con más atención.
— Piensas demasiado lejos.
Beatriz sonrió apenas.
— Costumbre.
— ¿Costumbre de qué?
Ella movió una torre.
— Si no planeo… me comen.
La frase salió ligera.
Casi broma.
Pero algo en el tono…
pesaba más de lo que parecía.
Lucien no dijo nada.
Solo la observó.
Como si de pronto entendiera un pedazo invisible de ella.
Siguieron jugando.
Sus manos se rozaron un par de veces al mover piezas.
Nada teatral.
Nada lento.
Solo ese roce eléctrico y cotidiano que dice más que cualquier confesión.
Lucien perdió la reina.
Se quedó mirando el espacio vacío.
— Eso fue trampa.
— Fue estrategia.
— Peor.
Ella rió.
— No culpes al tablero.
— Estoy culpando a mi oponente.
— Ardido.
— Totalmente.
Intentó remontar.
No pudo.
Tres movimientos después…
— Jaque.
— …
— Jaque mate.
Silencio.
Lucien miró el tablero.
Luego a ella.
Luego al tablero otra vez.
— Me siento traicionado.
— Te advertí que jugaba.
— Eso no fue “jugar”. Eso fue conspirar.
— Dramático.
— Aries.
Ella extendió la mano para recoger piezas.
Él la atrapó antes.
Suavemente.
— Revancha.
— ¿Tan rápido?
— No puedo irme a dormir perdiendo.
Beatriz sonrió.
— Entonces vas a lavar los platos.
— Injusto.
— Firmaste contrato.
— Maldita abogada cósmica.
Se quedaron riendo.
El tablero seguía entre ellos.
Pero ya no era un campo de batalla.
Era solo una excusa.
Para seguir sentados juntos un rato más.
Sin prisas.
Sin misiones.
Sin salvar el mundo.
Solo dos personas compartiendo la noche.
Y eso, para ellos, ya era suficiente.
El ajedrez quedó a medio recoger.
Piezas negras mezcladas con blancas dentro de la caja, como si ninguna de las dos partidas hubiera querido declararse vencedora.
Beatriz estiró los brazos por encima de la cabeza.
— Mmm… —exhaló—. Mi cerebro ya se jubiló por hoy.
Lucien soltó una risa baja desde el sofá.
— Excusas del ganador.
— Fatiga estratégica.
— Cobardía.
— Silencio, derrotado.
Le lanzó un cojín pequeño. Él lo atrapó sin esfuerzo.
La tensión del juego ya se había diluido.
Ahora solo quedaba esa calma espesa y cómoda de las noches sin pendientes.
Beatriz se levantó.
— ¿Quieres té o más café?
Lucien la miró como si la pregunta fuera absurda.
— Son casi las diez.
— Entonces té.
— Gracias. Si tomo café otra vez no duermo hasta mañana.
— Luego te quejas de que yo planeo demasiado lejos.
Ella caminó descalza hasta la cocina.
El sonido del agua hirviendo llenó el apartamento.
Tazas chocando suave.
La bolsita de té soltando color ámbar lentamente.
De fondo, Lucien empezó a moverse por la sala.
Cajones.
Puertas.
Un clac de madera.
— ¿Qué estás buscando? —preguntó ella.
— Recursos estratégicos.
— Eso suena ilegal.
— Lo es.
Beatriz rodó los ojos con una sonrisa.
Cuando volvió con las tazas y un platito de galletas, lo encontró arrodillado frente al mueble bajo, revisando cajas viejas como si buscara un tesoro perdido.
— Sabía que lo tenía por aquí…
— ¿Perdiste algo?
— Ajá… espera…
Un segundo después levantó una caja rectangular.
Madera clara. Bordes gastados.
La agitó.
Las piezas chocaron entre sí con ese sonido hueco tan reconocible.
Beatriz parpadeó.
— ¿Eso es…?
— Jenga.
Ella sonrió de inmediato.
— No jugaba eso desde primaria.
— Perfecto. Entonces tengo ventaja.
— ¿Otra vez con tus ventajas?
— Aries. Siempre tomo la ofensiva.
— Qué miedo.
Colocaron la torre sobre la mesa de centro.
Lucien empezó a armarla con paciencia sorprendente, alineando cada bloque con precisión casi quirúrgica.
Beatriz se sentó en el piso frente a él, cruzando las piernas, soplando su té.
— Te ves demasiado concentrado para algo que se cae solo.
— Respeto estructural.
— Es un montón de palitos.
— Es ingeniería.
— Dramático.
— Profesional.
Terminaron la torre.
Alta. Recta. Inofensiva.
Se miraron.
— Tú primero —dijo él.
— ¿Por qué yo?
— Ganaste ajedrez. Ahora te arriesgas.
— Chantaje emocional.
— Justicia cósmica.
Beatriz se inclinó.
Empujó un bloque del centro.
Se movió fácil.
Demasiado fácil.
— Oh… esto está peligroso.
— No tiembles.
— No estoy temblando.
— Estás respirando raro.
— Cállate.
Sacó la pieza.
La colocó arriba.
La torre crujió apenas.
Ambos se quedaron quietos.
Nada.
Siguió en pie.
— Sobreviví —susurró.
— Turno del valiente —dijo Lucien.
Él eligió uno lateral.
Lo empujó con el dedo.
No salió.
Probó otro.
Ese sí.
Cuando colocó la pieza arriba, la torre se inclinó un milímetro.
— Eso fue trampa —dijo ella.
— Eso fue física.
— Casi la tiras.
— Confía en mí.
— Jamás.
Se quedaron así un rato.
Turnos lentos.
Té tibio.
Galletas a la mitad.
Comentarios tontos.
— Ese no.
— Sí ese.
— No lo toques.
— Lo voy a tocar.
— Lucien.
— Beatriz.
Risas bajas.
Rodillas rozándose debajo de la mesa.
La torre creció.
Más alta.
Más inestable.
Más divertida.
El mundo afuera podía seguir con conspiraciones, incubadores, contratos y guerras invisibles.
Aquí solo existían:
una mesa,
una torre de madera,
dos tazas de té,
y ellos.
Cuando la pila ya iba por la mitad —bloques retirados, pisos tambaleantes— Beatriz soltó un suspiro largo.
— Esto ya parece accidente laboral.
— Ahora sí empieza lo bueno —dijo él, sonriendo como si fuera una misión táctica.
Ella negó con la cabeza.
— Eres terrible.
— Pero te quedaste.
— …
— Eso cuenta como victoria.
Beatriz bajó la mirada a la torre.
Luego a él.
Sonrió.
— Idiota.
Pero lo dijo suave.
Casi cariñoso.
Y la torre, milagrosamente,
siguió en pie.
La torre de Jenga ya iba por la mitad de la estructura usada para avanzar.
Las piezas sobresalían como dientes flojos, apenas sosteniéndose unas a otras.
Lucien sacó una del centro con cuidado exagerado.
—Si esto se cae, no fue mi culpa —murmuró.
—Ajá —respondió Beatriz—. Eso dicen todos antes de provocar una catástrofe.
Él arqueó una ceja.
—¿Insinúas algo?
Ella lo miró de reojo, divertida.
—No sé… esto me recuerda a cierta misión.
Lucien sonrió de lado.
—¿La del póker?
—La del póker —asintió—. Todavía no superó que ganara una concesión de armas en una mesa clandestina.
— Técnicamente fue “póker mortal”.
— Peor me lo pones.
Él soltó una risa baja.
— Yo solo iba de guarura.
— “Guarura”, dice. —Beatriz rodó los ojos—. Terminaste volando medio edificio.
Lucien encogió los hombros con descaro ariano.
— Sigo pensando que verlos explotar es más entretenido que verlos construirse.
— Eres un payaso.
— Y tú demasiado valiente.
Ella levantó la vista.
— ¿Valiente?
— Te cargué del borde del piso treinta y tú lo único que hiciste fue gritar “¡Wii!”.
Beatriz soltó una carcajada.
— ¡Porque era divertido!
— Estábamos cayendo al vacío.
— Pero contigo.
Silencio.
Pequeño. Suave.
Luego él resopló.
— Encima me regañaste.
— ¡Porque no me avisaste que ibas a detonar todo! Ni tiempo me diste de ponerme lentes de sol.
— ¿Perdón por no planear la explosión estética?
— Los fuegos artificiales se disfrutan mejor acompañada.
La frase salió simple.
Sin drama.
Sin peso.
Pero él la miró como si acabara de confesar algo enorme.
La torre crujió.
Ambos bajaron la vista.
— No te muevas —susurró Lucien.
— No me estoy moviendo.
La pieza cayó.
Toda la estructura colapsó sobre la mesa.
Silencio.
Luego risa.
De esa que sale sin permiso.
De esa que duele un poco en el estómago.
Y por un momento, no eran jefa, dragón, inventora, ni soldados.
Solo dos personas recordando que sobrevivieron juntos.
