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Arrancacorazones (jacegan)

Summary:

En medio de la inminente guerra, los rumores son tan letales como las espadas. Un príncipe dragón y el guardián del Norte no pueden exponerse sin arriesgar el honor de sus casas y el destino de miles. Por eso, lo que sienten debe ocultarse bajo capas de silencio y pasión, entre pasillos helados y miradas robadas que arden más que cualquier fuego.

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Mala para las descripciones como siempre. Pero en resumen, es la historia de como Jace y Cregan se enamoraron en Invernalia, tratando de ser fieles al canon. Más o menos.

Chapter 1: Introducción

Chapter Text

CREGAN

 

El sol del invierno apenas se levantaba sobre los torreones de Invernalia, filtrando una luz pálida que se deslizaba por los muros cubiertos de escarcha. El aire era denso, cortante, y cada respiro dejaba una estela blanca que se desvanecía en cuestión de segundos. A esa hora, cuando la mayoría aún dormía o buscaba la tibieza de las pieles, Cregan Stark ya estaba despierto. No recordaba haber dormido bien en muchos meses; el descanso le parecía un lujo que su mente ya no era capaz de concederle.

Recorría los patios silenciosos, las botas resonando sobre la piedra húmeda, mientras la fortaleza lo observaba como un testigo perpetuo. Había crecido allí, jugando entre los corredores, escuchando la voz de su madre que lo llamaba con dulzura desde las almenas. Tenía apenas diez años cuando la perdió, arrebatada por una enfermedad que devoró lentamente sus fuerzas hasta extinguirla por completo. Aún recordaba el silencio que siguió a su muerte: las doncellas caminando con los ojos bajos, su padre sumido en un mutismo sombrío, y él, un niño obligado a comprender demasiado pronto que incluso las más fuertes raíces podían quebrarse.

La ausencia de su madre había abierto una herida que nunca terminó de cicatrizar. Y cada vez que su mirada se posaba en los ventanales helados, recordaba aquella última tarde junto a ella: la mano cálida acariciando su cabello oscuro, la voz fatigada que le pidió ser fuerte, ser siempre el escudo de su casa. Esa promesa, hecha con un nudo en la garganta, se había convertido en el norte de su vida.

Mucho tiempo había pasado desde entonces, pero las pérdidas no cesaron.

Había otra sombra, más discreta pero igualmente amarga: su hermano, cuyo nombre aún se negaba a pronunciar en voz alta. Había partido demasiado pronto, víctima de la fragilidad humana en un mundo que no perdonaba. Cregan lo recordaba con una mezcla de nostalgia y furia: había compartido juegos con él en los bosques nevados, había confiado en su risa, y luego lo había perdido como a todos los demás. Esa soledad, la de ser el último sostén de su linaje inmediato, lo perseguía incluso en sus noches más tranquilas.

Y luego, años más tarde, la muerte lo golpeó de nuevo con la fuerza de una tormenta, cuando su esposa falleció al dar a luz a su hijo. Aquella noche lo persiguió desde entonces: el llanto desesperado de las parteras, el olor metálico de la sangre, el silencio eterno que quedó en el lecho, contrastando con el llanto débil de un recién nacido que no sabía aún el precio que había cobrado su vida.

Rickon.

El pequeño dormía ahora en sus aposentos, protegido entre pieles, respirando con el ritmo tranquilo de la infancia. Apenas tenía un año, tal vez algo más, pero ya era todo el mundo de Cregan. A menudo lo tomaba en brazos y lo observaba con una mezcla de ternura y dolor, pues en sus ojos veía destellos de su madre perdida y de la esposa que jamás volvería a sonreírle. Ser padre, tan joven, era a la vez un honor y una condena. No había día en que no se preguntara si podría protegerlo de todo lo que acechaba más allá de aquellas murallas.

Cregan siguió caminando por el patio de entrenamiento, observando cómo los hombres empezaban a reunirse con espadas de madera y escudos simples. El acero real quedaba reservado para las guerras, pero en el Norte siempre se entrenaba, pues las guerras llegaban incluso cuando uno no las buscaba. Él mismo tomó una espada de práctica y se movió con la destreza de quien lleva el peso de su casa en cada golpe. No luchaba solo contra hombres, sino contra sus propios recuerdos. Cada estocada era un intento de apartar las sombras, de mantener a raya esa soledad que amenazaba con consumirlo.

A medida que avanzaba el día, se dirigió al bosque de dioses. El gran arciano lo recibió con sus ramas extendidas y su rostro rojizo tallado en la corteza, cuya mirada parecía escudriñar hasta lo más profundo de su alma. Allí, en ese lugar de silencios antiguos, Cregan solía encontrar un respiro. Recordaba cómo su padre lo llevaba de niño, enseñándole a inclinar la cabeza en respeto. Ahora, con la mano apoyada en la corteza húmeda, murmuró un pensamiento que rara vez pronunciaba en voz alta: que las raíces le dieran fuerzas, que los dioses antiguos cuidaran de su hijo.

El día transcurrió entre deberes y silencios, entre consejos con los señores menores y miradas largas hacia las montañas que cercaban el Norte. Invernalia estaba en paz, pero esa paz era frágil como el hielo sobre un río en deshielo. Lo sabía en sus huesos: el mundo no permanecía quieto, y tarde o temprano, lo que sucedía en el sur llegaría hasta ellos.

Esa noche, cuando tomó a Rickon en brazos para arrullarlo, el niño estiró su pequeña mano hacia su barba incipiente y soltó un balbuceo apenas reconocible. Cregan lo sostuvo con más fuerza de la necesaria, como si temiera que la vida misma pudiera arrebatarle también a su hijo. No podía permitirse más pérdidas; lo poco que le quedaba era demasiado precioso.

Fue entonces cuando el rugido llegó.

No fue el bramido de un viento común, ni el crujir del hielo resquebrajado. Fue un sonido profundo, gutural, que hizo temblar las piedras de Invernalia y erizó el vello de todo hombre y mujer que lo escuchó. Los cuervos levantaron vuelo en bandadas negras contra el cielo gris, y los lobos aullaron en la lejanía, inquietos. Cregan se quedó inmóvil, con Rickon en brazos, mientras el niño abría los ojos con un gesto de desconcierto.

Los guardias corrieron a las murallas, las antorchas encendiéndose de golpe. Y allí, en la distancia, contra la cortina de nubes, se perfiló una silueta que no pertenecía a la tierra. Alas descomunales surcaban el cielo, y cada batir removía el aire con la fuerza de una tormenta. El fuego y el hielo se encontraron en un solo instante: un dragón descendía hacia Invernalia.

El silencio que lo envolvía todo fue absoluto, como si incluso los dioses contuvieran el aliento.

Cregan dejó rápidamente a Rickon en la cuna, aún dormido, y con un gesto llamó a una de las nodrizas para que lo vigilara, sumando además a un guardia que permaneciera firme en la puerta. No podía arriesgarse a que nada le ocurriera a su pequeño. Su paso fue firme, aunque en su interior sentía un peso creciente; salió del castillo con prisa y se dirigió hacia donde la criatura había descendido.

El murmullo de la gente lo alcanzó incluso antes de llegar. Hombres y mujeres del Norte se habían reunido, inquietos, algunos con temor en los ojos, otros con el deseo de contemplar lo que sus abuelos habían contado en historias de hoguera. Dragones. Bestias de fuego y alas. Cuando lo vieron avanzar, las filas humanas se abrieron con reverencia y respeto; Cregan era su señor, y en momentos de incertidumbre, sus pasos eran la guía.

No dejó que su preocupación se delatara en su rostro, aunque sus ojos grises analizaban con detalle cada expresión de los suyos: miedo, asombro, duda. Soldados ya aguardaban alrededor del claro, portando antorchas, espadas y escudos, que apenas servían como consuelo frente a una criatura de semejante tamaño. El cielo nocturno, oscurecido y pesado, parecía aún más imponente con la presencia de la bestia.

Y entonces lo vio.

El dragón era imponente, incluso en reposo. Sus escamas brillaban con un verde oliva que parecía absorber la luz de las antorchas, y sus alas, plegadas como velos colosales, mostraban membranas de un naranja pálido, translúcido, como si ardieran desde dentro. Su pecho subía y bajaba lentamente, exhalando vapor en el aire frío de Invernalia. Nunca, en todos sus años, Cregan había contemplado algo tan majestuoso ni tan amenazante.

Pero lo que realmente lo detuvo no fue el dragón, sino la figura que descendía de su lomo.

Un joven.

La antorcha más cercana iluminó su piel pálida, suave como mármol bajo la luna. Su cabello negro, rizado y rebelde, caía sobre su rostro, contrastando con las pecas que se agrupaban delicadamente alrededor de una nariz respingona. Sus labios se movieron al respirar, y cuando alzó la mirada, Cregan quedó atrapado por el oscuro fulgor de sus ojos, profundos y enigmáticos.

Sus ropajes hablaban por él antes siquiera de que abriera la boca: negro y rojo, los colores de fuego y sangre, el blasón de dragón bordado en hilos brillantes, cadenas de oro y hierro que terminaban en pequeñas cabezas dracónicas. Era imposible no reconocer el linaje de aquel muchacho.

El joven avanzó con seguridad, y su voz, clara y fuerte, rompió el silencio cargado de expectación:

—Soy Jacaerys Velaryon, príncipe de Rocadragón, hijo de la reina Rhaenyra Targaryen, heredera legítima al Trono de Hierro.

Las palabras cayeron como brasas entre los norteños, que se miraron entre sí, murmurando. Un príncipe Targaryen, un dragón en sus tierras, una prueba viviente de que las viejas canciones eran ciertas.

Cregan lo observó, y por un momento olvidó incluso a la bestia alada. Había escuchado historias de la belleza casi irreal de los Targaryen, pero nunca había visto una que lo dejara tan desarmado. Había algo en aquel joven que parecía no pertenecer del todo al mundo de los hombres: un aire de fuego contenido, de nobleza natural y de peligro, como si en su sola figura se condensara lo majestuoso y lo mortal.

El lobo del Norte se encontró, contra su voluntad, asombrado y fascinado. Las leyendas eran ciertas. Y ahora esa belleza imposible, ese príncipe de dragón, estaba frente a él.

Cregan apartó de su mente cualquier distracción sobre la belleza del joven. No podía permitirse perder el control, ni siquiera un instante. Sus ojos grises se posaron en Jacaerys con la firmeza que acostumbraba mostrar frente a sus hombres, mientras evaluaba cada detalle: la postura, los movimientos, la respiración contenida. Fue entonces cuando el joven rompió el silencio.

—He volado al Norte para solicitar el apoyo de las Casas —dijo Jacaerys, su voz clara, fuerte, resonando con autoridad natural-. Mi madre, la reina Rhaenyra Targaryen, necesita asegurar que los Señores del Norte respalden su derecho al Trono de Hierro.

Cregan asintió levemente, sin apartar los ojos de él, y mientras escuchaba, los recuerdos y conocimientos sobre los conflictos del sur se desplegaban en su mente como un tapiz sombrío. Sabía lo que estaba ocurriendo más allá de Invernalia: la sucesión disputada, la sombra de la guerra que se cernía sobre Poniente. Rhaenyra había sido públicamente designada heredera por el rey Viserys I, a pesar de la existencia de su hijo varón, Aegon, pero tras la muerte de Viserys, Aegon se coronó a sí mismo precipitadamente. Se habían apresurado a afirmar su poder, negando el derecho de la Princesa, y ya se escuchaban rumores de conflictos armados que recorrían el continente.

Cregan permaneció en silencio, evaluando la situación, reconociendo la importancia de este juego de poder más allá de sus fronteras. Pero su lugar era aquí, en el Norte. Poco le importaba que los Targaryen se mataran unos a otros; su deber era con su tierra, con su gente, con su hijo recién nacido que dormía a salvo bajo la vigilancia de la nodriza.

Fue entonces que notó algo que casi lo hizo fruncir el ceño: la ropa del príncipe. Ligera, casi ceremonial, nada adecuada para la noche helada de Invernalia. El frío se reflejaba en los hombros tensos de Jacaerys, en el temblor apenas perceptible que intentaba disimular con firmeza. Por un momento, Cregan maldijo su propia mente distraída, recordando que, más allá de toda política y conflicto, debía mantener la compostura y el respeto que un invitado de tal rango merecía. Su deber era mantener la formalidad, no dejarse llevar por la preocupación personal.

Se aclaró la garganta, y su voz retumbó firme y autoritaria:

—Habitantes del Norte, habitantes de Invernalia -comenzó, y todos los murmullos se silenciaron al instante—. Dad la bienvenida a Jacaerys Velaryon, príncipe de Rocadragón, hijo de la reina Rhaenyra Targaryen. Nuestro invitado. 

Su mirada recorrió a la multitud; hombres y mujeres se inclinaban levemente, algunos asintiendo con respeto, otros murmurando con cautela. Las antorchas proyectaban sombras largas sobre los muros de piedra, y el aire frío de la noche parecía perder fuerza frente a la solemnidad del momento. Cregan mantuvo su expresión imperturbable, pero en su interior cada pensamiento se debatía.

El príncipe permaneció unos pasos delante, firme a pesar del temblor que todavía lo sacudía, y el dragón, aún en lo alto, parecía atento a cada movimiento. La magia de aquel linaje se percibía en cada detalle, y Cregan lo sabía; debía manejar la situación con cuidado, mantener la autoridad sin quebrantar la cortesía, sostener la hospitalidad sin dejar de ser firme.

Mientras la multitud observaba en silencio, Cregan se volvió ligeramente hacia Jacaerys y asintió con un gesto casi imperceptible. Era tiempo de llevarlo al calor del castillo, dejar que los muros de piedra y la leña ardiendo compensaran la dureza de la noche, y permitir que el joven príncipe respirara antes de que comenzaran las discusiones que inevitablemente vendrían.

Cuando comenzaron a avanzar unos pasos hacia la gran puerta del castillo, el príncipe se detuvo de repente. Cregan, atento, frunció el ceño, pero no dijo nada, evaluando el gesto con la calma que le era característica. Jacaerys giró levemente sobre sus talones, sus ojos oscuros fijos en la silueta del dragón que aún permanecía suspendido en la brisa nocturna, como un guardián silencioso sobre el claro de Invernalia.

Entonces habló, sus labios moviéndose con cuidado, y la melodía de las palabras sonaba extraña y ajena en los oídos de Cregan, como un eco de un mundo que jamás había conocido.

El Stark arqueó ligeramente las cejas. No comprendía ni una sola sílaba, pero percibió en ellas un peso y una autoridad que trascendían el idioma. Fue entonces que lo vio: el majestuoso dragón reaccionó. Sus alas se desplegaron con un batir poderoso y preciso, levantando una ráfaga de viento que agitó las capas de los guardias y la nieve seca sobre el suelo. Con un rugido que resonó como truenos lejanos, el dragón ascendió hacia el cielo, elevándose más y más hasta desaparecer entre las nubes y la oscuridad, dejando solo el silencio y un leve eco de alas sobre el claro.

Un murmullo recorrió a la multitud, creciendo en sorpresa y asombro. Otros intercambiaron miradas llenas de miedo y admiración. Cregan mantuvo la postura firme, los ojos grises fijos en el punto donde el dragón había desaparecido, intentando medir la reacción de su gente y la del príncipe.

Jacaerys volvió a girar hacia él, sereno, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, aunque sus hombros mostraban un leve temblor que delataba la tensión de su conexión con la criatura. Cregan sintió un estremecimiento propio; aquella escena, majestuosa y aterradora a partes iguales. Todo estaba frente a sus ojos, tangible, y no podía apartarlo de su mente.

—Podemos continuar, mi señor —dijo Jacaerys, su voz firme, recuperando la compostura, aunque la chispa de poder que emanaba del joven aún flotaba en el aire.

Cregan asintió con gravedad. Guiando al príncipe con pasos seguros, avanzaron hacia el castillo, dejando atrás el claro que aún resonaba con los murmullos y suspiros de la gente. La noche seguía siendo fría. 

Mientras caminaba, Cregan no podía evitar que su mente se debatiera entre el joven y la urgencia de su propio deber. Rhaenyra, Aegon, los conflictos del sur: todo se agolpaba en su interior como una tormenta silenciosa. Pero ahora no era el momento de debatirlo. Ahora debía guiar a su invitado hacia refugio, mostrar la hospitalidad del Norte sin ceder un ápice de su autoridad.

El dragón había desaparecido, pero la impresión que dejó seguía flotando en el aire. Los ojos grises de Cregan se clavaron en el príncipe, y por primera vez en mucho tiempo sintió que el futuro, incierto y cargado de sombras, había entrado a Invernalia con pasos firmes y peligrosamente hermosos.

 

 

Chapter 2: CAPÍTULO I

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

JACAERYS 

 

El aire del Norte era un filo imposible de ignorar. No se parecía al viento salobre de Rocadragón ni al aire templado de los jardines de Desembarco del Rey. No. Aquello era distinto. Como una cuchilla que se filtraba incluso bajo las pieles más gruesas, que no pedía permiso para morder los huesos y recordarle a todo aquel que se adentrara en estas tierras que el invierno no era un rumor, sino una presencia viva.

Jacaerys lo sintió con crudeza en cuanto las palabras en alto valyrio abandonaron sus labios. 

El dragón lo obedeció sin resistencia, el aleteo retumbó en su pecho como un tambor de guerra y, cuando el dragón desapareció en el mar de estrellas, Jacaerys sintió un escalofrío seco, clavándosele en los huesos. Su dragón nunca lo abandonaría, lo sabía con certeza; sin embargo, la visión de ese lomo poderoso alejándose, perdiéndose en la noche del Norte, lo dejó desnudo, casi indefenso. Vermax no apreciaba aquel frío que quemaba las alas, nunca lo había hecho, y sin duda iría a buscar un refugio más cálido, quizás cerca de los manantiales de vapor que se decía surgían de la misma tierra. 

Y sin él, Jacaerys no era jinete ni heredero de un legado de fuego. Sin él, era solo un muchacho de carne y hueso, pequeño en un lugar que no conocía.

Giró la cabeza, buscando sostén en lo familiar, y lo que encontró lo desarmó aún más.

A su lado, Cregan Stark lo guiaba al castillo con la seguridad de quien jamás ha dudado de su lugar en el mundo. Era un gigante. No de esos que se narraban en los cuentos, sino algo aún más intimidante: un hombre de su misma edad, pero forjado en otro molde. Alto hasta lo absurdo, ancho como un portón de hierro, cada pisada suya parecía clavar raíces en la tierra helada. Las pieles gruesas que cubrían sus hombros, la capa oscura que arrastraba tras de sí como la sombra de un lobo, solo lo hacían parecer aún más colosal.

Jacaerys se obligó a no inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo, como un niño haría frente a un adulto. Pero la tentación estaba allí. Y el fuego de las antorchas que portaban los guardias solo contribuía a remarcar las aristas de su rostro: la mandíbula cuadrada, la barba que comenzaba a poblarlo, los ojos claros y fríos que parecían no perder detalle de lo que lo rodeaba.

Un lobo, pensó Jacaerys, y el pensamiento lo hizo sentir todavía más pequeño. Un ratoncillo frente a la boca de la fiera.

El silencio acompañó sus pasos. Apenas roto por el crujido de la escarcha bajo las botas y el eco lejano del viento colándose entre los muros del castillo. Dos guardias norteños caminaban tras ellos, llevando parte del equipaje del príncipe. El resto se encargaría de subirlo más tarde.

Fue Cregan quien habló primero, su voz grave, casi como el rugido contenido de un río bajo el hielo:

—Un baño será preparado inmediatamente. Y también ropa más adecuada.

Jacaerys parpadeó, sorprendido por lo directo del ofrecimiento.

—El baño lo aceptaré con gratitud -respondió, cuidando que su voz no temblara tanto como su aliento, visible en el aire-. Pero la ropa no será necesaria. Traigo suficiente conmigo... aunque no la llevo puesta.

Cregan giró apenas el rostro hacia él, arqueando una ceja. Jacaerys, incapaz de contenerse, añadió con un dejo de orgullo:

—Quería ver cuánto lo soportaba.

Por primera vez desde que lo vio, la severidad de Cregan se quebró en una carcajada breve, seca, pero genuina.

—Valiente -dijo, negando con la cabeza-. O imprudente. El Norte siempre cobra sus deudas, príncipe. No se burla del invierno sin pagar un precio.

Jacaerys sonrió y dejó escapar una risa baja que no había planeado. Caminaron en silencio un momento más hasta que Cregan, sin apartar la vista del camino, murmuró:

—No es común ver un dragón en nuestras tierras.

No era pregunta, era afirmación.

—Tampoco es común ver tierras como estas -replicó Jacaerys, intentando sonar firme, aunque sabía que el vapor de su respiración y el leve temblor de sus labios lo delataban-. Todo es... vasto. Y frío.

Cregan inclinó la cabeza apenas, evaluándolo como quien mide el temple de una espada recién forjada.

—El frío forja carácter. Nos recuerda que nada se nos da. La comida, el calor, el techo... todo debe ganarse. Aquí no se sobrevive siendo débil.

Jacaerys enderezó la espalda, buscando no quedar atrás.

—Un dragón tampoco sobrevive si es débil.

El Stark lo miró de reojo, y por un instante, una sombra de sonrisa curvó sus labios bajo la barba.

-Tal vez. Pero aquí los dragones no mandan. Aquí manda el invierno.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era pesado, sí, pero lleno de un entendimiento tácito. Avanzaron hasta que el sendero se abrió y, ante ellos, se alzó el coloso de piedra.

Invernalia.

Las torres se recortaban contra la luna como dientes de un lobo antiguo. Sus muros, gruesos y toscos, no eran ornamento ni proclamación de poder, sino la evidencia de siglos resistiendo asedios y hielos. Nada en Rocadragón ni en Desembarco se le parecía. Esto no era un castillo hecho para ser bello. Era un castillo hecho para sobrevivir.

—Imponente... -susurró Jacaerys, sin querer.

—Invernalia no busca impresionar -replicó Cregan, y esta vez su voz cargaba un orgullo sutil, casi secreto-. Busca proteger a quienes viven bajo su sombra.

Jacaerys apartó la mirada, incómodo con el golpe de admiración que había dejado escapar sin proponérselo. Se recordó, con firmeza, por qué estaba allí. No para maravillarse. No para sentirse pequeño junto a un señor de otra edad, de otra madera. Estaba allí como mensajero. Como heredero de la causa de su madre.

Recordó a Rhaenyra. Su voz firme pero amorosa, instándolo a mostrarse fuerte, a llevar con dignidad el peso de su linaje. Su madre, traicionada por el usurpador Aegon, despojada del derecho que su padre le había dado. Recordó a sus hermanos, la responsabilidad que sentía sobre sus hombros.

Pero aun así, sus ojos volvieron a Cregan. La manera en que su capa ondeaba, la seguridad inquebrantable de su andar. Tenían casi la misma edad, y sin embargo Jacaerys se sentía como un pajarillo frente a un roble milenario.

Respiró hondo, como quien se prepara para empuñar un arma.

—He venido como mensajero, lord Stark. Mi madre confía en que entenderás la importancia de lo que tengo que decirte.

Cregan asintió, sin detener su andar.

—Y lo escucharemos, príncipe. Pero antes tendrás calor y comida. En el Norte nadie habla de política con el estómago vacío ni los huesos entumecidos.

La frase fue hospitalaria y autoritaria a la vez. Una orden disfrazada de cortesía. Jacaerys no pudo hacer otra cosa que asentir, aunque notó algo inesperado en su pecho: no incomodidad, sino una extraña paz. Como si el invierno mismo hubiera tomado forma de hombre y caminara ahora a su lado.

Las puertas de Invernalia se alzaban frente a ellos. Con ellas, el inicio de la misión que definiría el futuro de su casa... y quizás algo más, algo que ni siquiera un príncipe de dragones había previsto.

 


El calor del agua aún le cosquilleaba en la piel. Había salido del baño hace ya un buen rato, pero el contraste con el frío del Norte lo hacía sentir como si lo llevara prendido en los huesos. Los criados lo habían atendido con esmero, más atentos de lo que había esperado: pieles gruesas tendidas cerca del fuego, paños secos para envolverle los hombros, una copa de vino caliente que no había rechazado. El banquete aún rondaba en su cabeza, una mezcla de rostros desconocidos, risas ásperas y la imponente figura de Cregan, siempre ahí, siempre al alcance de su mirada.

Sus aposentos eran amplios, aunque no tanto como los de Rocadragón ni los dorados salones de Desembarco. Invernalia no buscaba la ostentación. Una gran chimenea rugía en un costado, llenando la estancia de un calor áspero y vital. La cama era grande, cubierta con pieles de oso y de lobo, pesadas y cálidas. En una mesa cercana reposaban un candelabro y un jarro de vino. Todo tenía ese aire de funcionalidad severa, sin adornos innecesarios, y aun así, de algún modo, era acogedor.

Jacaerys se dejó caer en la cama, sintiendo cómo las pieles lo atrapaban, hundiéndolo en un refugio que olía a humo, a cuero y a resina. Cerró los ojos unos instantes, dejando que el murmullo del fuego le devolviera escenas de lo ocurrido en el salón principal.

El banquete había sido abundante, rebosante de carnes, panes y vino. Los norteños comían con una franqueza brutal, sin preocuparse por la etiqueta de los salones del sur. Había risas fuertes, golpes de jarra sobre la mesa, y una calidez que contrastaba con la severidad de las murallas exteriores. Jacaerys, al principio, se había sentido fuera de lugar, pero luego… luego estaban las miradas de Cregan.

Las recordaba bien. No eran miradas prolongadas, no era descaro, sino la clase de atención que un cazador le presta a algo que despierta su interés. Entre bocados de carne y sorbos de vino, Cregan lo había interpelado con frases simples pero cargadas de significado. Hablaron de dragones, de las tierras heladas, de lo que significaba crecer bajo el fuego o el hielo. Había risas, incluso, risas sinceras que nacían cuando las palabras chocaban entre ellos como espadas y terminaban en un punto medio. Jace no recordaba la última vez que había reído así, con alguien que no fuera su madre o sus hermanos.

Sacudió la cabeza, enterrándola en la almohada. No debía distraerse. Pero el recuerdo del banquete se enredaba con las imágenes de su familia, y poco a poco la calidez del salón se transformaba en nostalgia. Cerró los ojos, y las risas del Norte dieron paso a los rostros de quienes había dejado atrás.

Su madre. Le dolía pensar en ella rodeada de enemigos, con su trono usurpado, obligada a luchar contra la misma sangre de su sangre. Rezó por ella en silencio, pidiendo que la mantuvieran a salvo, que le dieran fuerzas para lo que venía.

Sus hermanos. Oh, cuánto los extrañaba. A Joffrey, aún tan pequeño, incapaz de entender por completo el torbellino que se cernía sobre su familia. Y a Luke… a Luke lo pensaba más que a ninguno. Pronto partiría también, con una misión semejante a la suya. El simple pensamiento lo hizo estremecer. Rezó por él, por su viaje, por su regreso seguro.

La ansiedad lo consumía, un peso en el pecho que parecía no darle tregua. Quería gritar, quería golpear la piedra fría de las paredes hasta romper los nudillos. Quería que alguien le dijera que todo estaría bien.

Y en medio de esa tormenta interior, una imagen surgió en su mente: la de Daemon. Su padrastro. Su espada y sombra constante. Apoya a Jacaerys como heredero de Rhaenyra, reconoce su valor como jinete de dragón y su importancia. Pero no era un padre, aunque era lo más cercano a ello que había tenido desde la muerte de Harwin. Y podía verlo con claridad, sonriendo de esa forma cruel que tenía. No porque no entendiera el peso que cargaba, sino porque así era Daemon. 

Pero Jace lloraba. Al menos cuando nadie lo veía.

Recordaba bien la muerte de Harwin Strong. Su verdadero padre. El hombre que lo había protegido como un muro de carne y acero, que lo había levantado en brazos, que lo había hecho sentir seguro en un mundo donde todos lo señalaban como bastardo. Nunca lo admitieron en voz alta, pero él lo supo desde niño. Lo había visto en las miradas, en los susurros, en la forma en que Harwin siempre estaba ahí, más padre que Laenor jamás había sido.

Y cuando murió, lo lloró en secreto. Lo lloró como un niño que pierde a su protector, a su refugio.

“Eres un Targaryen”, le repetía Rhaenyra, con ternura pero con firmeza. “Eso es todo lo que importa”. 

Palabras que no lograban llenar el vacío, pero que lo sostenían de alguna manera frente al mundo.

Jace cerró los ojos con fuerza. Sí, era un Targaryen. Jinete de dragones. Heredero de una reina. Príncipe de la sangre del fuego. Pero en esa cama, en esa habitación fría, con el viento del Norte golpeando las murallas, lo único que sentía era que era un muchacho que extrañaba a su padre.

Finalmente, dejó que el peso del cansancio lo venciera. Las lágrimas, contenidas y reprimidas, no lograron asomar, pero el corazón sentía cada golpe como un recordatorio de lo que había perdido y de lo que todavía debía proteger. Rezó en silencio nuevamente, no solo por su madre y sus hermanos, sino también por la fuerza para enfrentar el vacío dejado por su padre verdadero, por la determinación para sobrellevar las ausencias y las injusticias que se avecinaban, y por la claridad para cumplir con la misión que había traído al Norte.

 

 

Notes:

Vendrán capítulos más largos, lo prometo jajaja.
Esto simplemente es el comienzo.

Chapter 3: CAPÍTULO II

Chapter Text

CREGAN

 

Una semana bastó para que Jacaerys se convirtiera en algo más que "el príncipe dragón" ante los ojos de Cregan Stark. El muchacho del sur, con su porte distinguido y aquella manera cuidadosa de hablar, había demostrado ser más resistente de lo que cualquiera habría esperado. No se quejaba del frío, aceptaba las rutinas norteñas con una sonrisa terca, y hasta se había lanzado a la caza sin vacilar, siguiendo el rastro de ciervos por entre la espesura nevada.

Bebieron en el gran salón, hombro con hombro. Entrenaron espada contra espada bajo el cielo gris, los aceros chocando en un ritmo que atrajo miradas. Y aunque Cregan, más fuerte y alto, solía imponerse con facilidad, había en Jacaerys una ferocidad inquebrantable, una voluntad que lo obligaba a levantarse y arremeter una y otra vez. Ese temple lo recordaba a su hermano menor, muerto hacía ya años, aquel que también sonreía con valentía incluso cuando las probabilidades estaban en su contra.

La semejanza lo desarmaba. Y al mismo tiempo, lo confundía.

Porque más allá del honor, más allá de la política y del deber, había algo en ese chico que lo retenía en silencio cuando creía no ser observado.

El príncipe era otra cosa. Algo que Cregan no lograba apartar de sus pensamientos. Lo veía en la manera en que el viento agitaba su cabello castaño oscuro, en el modo en que la luz del sol arrancaba destellos cobrizos a cada mechón, en esas pecas que salpicaban su rostro dándole un aire de inocencia engañosa. Era hermoso, innegablemente hermoso. Y aunque los rumores de bastardía corrían como lobos hambrientos por los pasillos, la sangre Targaryen brillaba en él como fuego bajo la nieve. 

Una belleza peligrosa, afilada igual que la sangre que ardía en sus venas. 

 

Cregan se decía a sí mismo que no era más que atracción. Que no significaba nada. Le gustaban las mujeres; había compartido lecho con varias, y siempre con entusiasmo. Pero no le resultaba extraño, en las largas noches del Norte, buscar compañía también entre hombres. Cuerpos jóvenes, labios suaves. Pasajeros, sin peso en el corazón.

Así debía ser también con Jacaerys.

¿No?


 

La tarde de aquel séptimo día, cabalgaban juntos a lo largo de un sendero nevado que bordeaba el bosque. El silencio del lugar estaba solo roto por el resoplar de los caballos y el crujido de la escarcha bajo los cascos. Jacaerys hablaba, ligero, con esa voz clara que se elevaba en el aire helado.

—...aunque no puedo negar que hay un mundo de diferencia entre montar a caballo y montar a Vermax. —rio suavemente, con ese dejo de orgullo—. El caballo se mueve como una extensión de uno mismo. Pero un dragón ... un dragón requiere paciencia. Aprender a sentirlo. Y, supongo, respeto. Una vez que un jinete lo reclama, sólo la muerte es capaz de separarlos. 

Cregan lo oía. Pero en verdad, no lo escuchaba. Su atención se había desviado peligrosamente hacia la boca del príncipe.

Aquellos labios, humedecidos con el frío y suavizados por un bálsamo que brillaba bajo la tenue luz del sol. Rosados, perfectamente delineados. Besables, pensó con brusquedad, maldiciéndose de inmediato. No debía pensar así. No del primogénito de la reina, no del príncipe que había llegado para sellar un juramento.

Pero no podía apartar la vista.

Aquellos labios se curvaban en sonrisas repentinas, se humedecían con la lengua al hablar, dibujaban palabras que Cregan no oía porque lo único que veía era el movimiento, el roce imaginario de esa boca contra la suya.

Y Jacaerys continuaba, sin advertirlo, hablando con animación de la diferencia entre alas y cascos. Hasta que sus ojos se posaron de golpe sobre Cregan.

—...pero los caballos importan tanto como los dragones, ¿no es así?

Cregan parpadeó, como si lo hubieran arrancado de un trance. El silencio que dejó en el aire fue demasiado largo, demasiado evidente. El príncipe detuvo su caballo, girando para mirarlo con leve suspicacia.

—¿Me está prestando atención, lord Cregan?

Jacaerys lo miraba, expectante.

El lobo del Norte carraspeó, incómodo.

—Perdonadme. Mis pensamientos... se extraviaron por un instante.

Jacaerys arqueó una ceja. Sonrió, con esa chispa que siempre parecía desafiarlo.

—No se preocupe. No era un tema muy relevante. -pero sus ojos, oscuros e inquisitivos, se clavaron en él con fuerza—. Aunque... me gustaría saber qué podía ser tan absorbente como para distraer a un Stark en plena conversación.

Cregan dudó. Podría inventar cualquier excusa: el camino, los bosques, una distracción cualquiera. Pero las palabras se escaparon antes de que pudiera detenerlas.

—Sus labios, mi príncipe.

El aire pareció congelarse en torno a ambos. Cregan sintió el peso de su propia voz como si fuera una confesión lanzada al vacío. Se maldijo en silencio: soy un descarado. Pero continuó rápidamente intentando justificarse.

—Me llamó la atención que estén tan... bien cuidados, incluso en este frío. —La voz le sonó más baja, más grave.

El rostro de Jacaerys se tiñó de un rubor inmediato, marcado sobre su piel clara. Y, para colmo, rió. Una risa breve, nerviosa, que hacía brillar aún más sus labios enrojecidos.

—Cera de abeja —respondió con ligereza, aunque su voz tembló apenas-. Proporcionada por mi madre. Se podría decir que... es un cuidado habitual. Y más en un frío como este.

Sus ojos bajaron un instante, quizá incómodos, quizá divertidos. Luego alzó la vista otra vez con media sonrisa juguetona.

—Si lo desea, podría darle un poco, mi lord.

El Stark sintió cómo su corazón martillaba en su pecho. El ofrecimiento era inocente, seguramente. Inocente... y seductor. Imaginó por un instante tomar aquel bálsamo de los propios dedos del príncipe, y tuvo que desviar la mirada al horizonte. Rió con aspereza para cubrir su agitación.

—Os lo agradezco, mi príncipe, pero no es común ver a hombres de esa manera.

Las palabras salieron como un hierro mal forjado, torpes y duras. Y apenas las dijo, supo que había cometido un error.

El silencio que siguió fue como un muro levantado entre ambos. La sonrisa de Jacaerys se borró de golpe, y en su lugar quedó una decepción casi infantil, tan honesta que dolía mirarla.

Cregan quiso morderse la lengua hasta sangrar. Maldición. Lo arruiné.

El resto del trayecto transcurrió bajo un manto de quietud pesada. El viento soplaba, la nieve crujía, y las torres de Invernalia se alzaban en la distancia. Pero nada de eso lograba acallar el latido feroz en el pecho de Cregan, ni el recuerdo ardiente de unos labios que, aun negándose, seguía deseando con toda la fuerza que no quería admitir.

Cregan apretó los puños sobre las riendas, sintiendo que el frío ya no era lo único que le mordía la piel.

 


 

La noche había caído sobre Invernalia con su silencio denso. El frío entraba por las hendiduras de la piedra y se adueñaba de los pasillos, obligando a cada llama a parpadear como si luchara por sobrevivir.

En el despacho del Guardián del Norte, el fuego rugía en la chimenea, proyectando sombras largas sobre los muros. Cregan Stark permanecía inclinado sobre la mesa, la frente apoyada en una mano mientras repasaba cartas, informes de aldeanos y quejas de los vasallos menores. Firmaba con trazo fuerte, seco, intentando perderse en las responsabilidades que lo mantenían atado al presente.

Pero, en el fondo de su mente, el príncipe dragón no lo dejaba en paz.

No habían cruzado palabra desde aquel incómodo momento en el sendero nevado. Jacaerys había mantenido la cortesía, sí, pero había envuelto su trato en una capa de distancia gélida. Y Cregan, hombre acostumbrado a la franqueza, lo resentía. Había cometido el error de intentar justificar lo injustificable. De dejar entrever que los cuidados y hábitos del príncipe lo volvían… menos hombre. Como si la hombría fuese cuestión de labios agrietados o piel endurecida por el frío.

Una estupidez. Lo sabía.

Se reclinó en la silla, exhalando con fastidio.

Él mismo no podía negarlo: adoraba aquella piel impecable, tan clara que la luz de las antorchas parecía resbalar en ella. Adoraba el perfume sutil que desprendía su cabello, cuidado con esmero, como si cada hebra hubiera sido peinada por manos pacientes. Adoraba el destello de las joyas que colgaban en su cuello o dedos, adornos que en cualquier otro hombre del Norte serían ridiculizados, pero que en Jacaerys parecían naturales, inevitables, parte de su esencia.

Cregan cerró los ojos, con una sonrisa amarga. Sí, había sido torpe. No había hablado como el hombre de mente abierta que decía ser.

Él conocía la diferencia entre fuerza y apariencia. Y, joder, el príncipe tenía fuerza. Lo había visto entrenar hasta quedar jadeante, levantar la espada una y otra vez a pesar del cansancio. Había visto la terquedad con que soportaba el frío, sin una queja, aunque su sangre fuese de sol y no de nieve.

Ese chico era fuego, aunque su belleza lo envolviera como seda.

Lo que más le arrancaba una carcajada amarga era imaginar lo que pensaban los suyos.

Los hombres del Norte no eran delicados en sus juicios. Se reían de lo que consideraban blando, femenino, impropio. Y, sin embargo, el Guardián del Norte sabía leer miradas. Sabía reconocer el brillo en los ojos cuando Jacaerys entraba al gran salón.

Porque sí, había burla en algunos. Comentarios velados, sonrisas socarronas. Pero había también otra cosa: deseo.

Más de uno lo miraba como quien contempla un manjar prohibido.

Más de uno, aunque se riera en su interior, se imaginaba qué sería probar esos labios, esa piel. El príncipe despertaba hambre incluso en quienes lo despreciaban.

Y las mujeres del Norte tampoco eran ciegas. “Muy hermoso”, decían. “Bondadoso.” Algunas lo observaban con esa fascinación que solo despierta lo extraño, lo distinto. Jacaerys parecía sacado de una canción, un príncipe de los viejos relatos que llegaba del sur con la gracia de los dragones.

Cregan había escuchado a más de una doncella suspirar tras verlo pasar.

Y cómo no. Si la madre de Jacaerys, Rhaenyra, había sido descrita en su juventud como la Delicia del Reino, ¿por qué su hijo mayor no habría heredado ese don devastador?

Era hermoso. Sí.

Pero lo que lo hacía insoportable de mirar no era solo la belleza heredada de su madre.

Era la fuerza. Esa sangre de dragón que lo envolvía, ese brillo orgulloso en sus ojos que recordaba constantemente que no era solo un príncipe: era heredero, guerrero, futuro rey

Cregan dejó la carta que sostenía y apoyó los codos en la mesa, llevándose las manos al rostro.

Era absurdo que se sintiera así. Él era un Stark. Los Starks no suspiraban como doncellas tras una figura imposible. Y, sin embargo, lo hacía.

Recordaba sus labios con claridad enfermiza. Recordaba el rubor de sus mejillas. Recordaba la forma en que había reído para cubrir su vergüenza, y cómo esa risa lo había vuelto aún más deseable.

Pensó en lo que sucedería si sus hombres lo supieran. ¿Qué dirían si supieran que el mismísimo Guardián del Norte, aquel que debía encarnar la fortaleza, ardía en deseos por el príncipe dragón?

¿Se reirían de él? ¿O acaso lo envidiarían?

El lobo sonrió para sí mismo, con un destello de arrogancia. Quizá ambas cosas.

Porque una verdad era clara: Jacaerys Velaryon, príncipe de Rocadragón, podía ser deseado por todos. Pero era él, Cregan Stark, quien lo tenía a su lado. Bajo su techo. Bajo su mirada.

Y, aunque el príncipe no lo supiera aún, también bajo su sombra.

El fuego crujió en la chimenea, arrojando chispas.

Cregan tomó una copa de vino y bebió largamente, como si pudiera apagar con alcohol la imagen ardiente del muchacho. Pero no se apagaba. Nunca se apagaba.

En el fondo, lo sabía: había algo entre ellos que no era solo diplomacia. Algo que el deber no iba a contener para siempre.

Y esa certeza le hizo sonreír, sombrío, con la calma peligrosa de un hombre que sabía lo que quería.

El vino ya no lo calmaba. Cregan lo dejó a un lado, con un golpe seco sobre la mesa, y se levantó de la silla. Sintió el peso del deber aferrado aún a sus hombros, como cadenas invisibles, pero el encierro lo estaba asfixiando. Tomó su capa y salió al corredor, buscando aire, buscando despejarse.

Los pasillos de Invernalia eran vastos y silenciosos a esas horas; solo el eco de sus pasos resonaba entre las piedras. Avanzó hacia la sala más alta del castillo, donde el ventanal permitía contemplar la extensión blanca del Norte. El viento golpeaba con furia contra los muros, y su aullido se filtraba entre las rendijas, recordándole que allí, en esas tierras, la naturaleza siempre estaba al acecho.

 

Pero al entrar, descubrió que no estaba solo.

 

Una figura se erguía frente al ventanal, recortada contra la oscuridad de la noche. El fuego de las antorchas bañaba su silueta: Jacaerys. No parecía haberlo escuchado entrar, o quizá lo había hecho y simplemente no le importaba. Estaba inmóvil, con las manos apoyadas en el mármol, la mirada perdida en la nieve que caía del otro lado del cristal.

Cregan se detuvo, observándolo. La espalda del príncipe era recta, la postura casi regia incluso en la soledad. La luz resaltaba los mechones de su cabello, arrancando reflejos cobrizos. El Stark pensó, con una punzada violenta: fuera de lugar en esas tierras, y sin embargo imposible de ignorar.

Finalmente, rompió el silencio.

—Mi príncipe.

Jacaerys giró de inmediato, sorprendido. Sus labios se entreabrieron como si hubiera sido atrapado en un secreto.

—Perdonadme, mi lord. No lo había escuchado llegar…

Cregan avanzó un paso, la capa arrastrándose sobre la piedra.

—No hay de qué disculparse. Soy yo quien interrumpe. ¿No es así?

El príncipe no respondió. Volvió la vista al ventanal, ocultando algo detrás de esa serenidad ensayada. El Stark se acercó a su lado, quedando hombro con hombro, y juntos contemplaron la inmensidad blanca. Desde allí podía ver su reino: las torres, las murallas, las casas donde su gente dormía. Cada piedra, cada hombre, cada vida que debía proteger.

—El invierno se acerca —dijo Cregan, con voz grave.

Jacaerys lo miró de reojo, antes de responder con una claridad que atravesaba como espada.

—El invierno no es lo único que se acerca, lord Cregan. Más allá de estas murallas, hay una guerra que pronto arderá. Y cuando estalle, los Siete Reinos la sentirán. Desde el Norte hasta el último rincón de Dorne.

Cregan asintió, sin apartar la vista del horizonte.

—Quizá. Pero mi deber está aquí, en el Norte. Cuando llegue el invierno a estas tierras, no importará quién se siente en el Trono de Hierro. Solo importará la supervivencia. El calor será un recuerdo. Así como lo serán los conflictos de tu familia.

—Le recuerdo que los Stark juraron lealtad a mi madre cuando el rey Viserys I la nombró heredera legítima al trono. Aegon y los verdes le arrebataron lo que por derecho le pertenece. —replicó Jacaerys, firme.

Cregan giró entonces el rostro hacia él, y en su tono había un respeto severo:

—Y el Norte recuerda, mi príncipe.

El silencio volvió a caer entre ellos. Un silencio cargado, expectante, como si el viento que rugía fuera incapaz de entrar en esa estancia.

Cregan respiró hondo, la mandíbula tensa.

—Me disculpo por lo de esta tarde. No fue correcto.

El príncipe rió apenas, con una ligereza que ocultaba mucho más.

—No se preocupe, lord Cregan. Había sido advertido de que los norteños tienen cierta… mentalidad. No tiene nada de malo; cada tierra la suya.

—Eso no lo hace justificable —contestó el lobo, con seriedad—. Además…

Las palabras se apagaron en su boca. Porque los ojos del príncipe lo habían atrapado.

Oscuros, brillantes, llenos de un fuego desafiante. Esa mirada no pertenecía a un muchacho. Era la mirada de alguien que conocía su valor y lo lanzaba como un desafío silencioso.

Cregan sintió un impulso recorrerle el cuerpo, como un golpe. Antes de pensarlo demasiado, dejó que su mano se alzara. Grande, firme, curtida por el frío y las armas, se posó sobre el mentón del príncipe. Lo sostuvo con suavidad, pero con fuerza suficiente para que Jacaerys no pudiera apartarse de inmediato.

El contacto fue un rayo. La piel del príncipe era suave, tibia pese al invierno, y esa cercanía reveló el perfume tenue de especias y cera dulce que siempre lo envolvía.

Jacaerys se quedó quieto. Desconcertado, sí, pero sin retroceder. Sus ojos lo buscaban con una chispa nueva, un fuego creciente. Había sorpresa en su gesto, pero también… aceptación. Expectativa. Como si hubiera estado esperando a que el lobo se atreviera a hacer lo que ambos llevaban días callando.

Cregan lo sostuvo allí, devorándolo con la mirada.

Era hermoso, demasiado hermoso. Y dolía. Dolía como una tentación que lo arrancaba de sus propios principios. Qué descaro, pensó con un estremecimiento. Qué pecado caminar con esa belleza entre hombres de carne y hueso.

El corazón del Stark latía con violencia. En su pecho, se debatía entre el deber y el deseo, entre la prudencia y la urgencia salvaje de apoderarse de aquello que lo llamaba sin voz.

Y Jacaerys, en silencio, no apartaba la vista.

El aire entre ellos ardía, aunque la nieve siguiera cayendo del otro lado del cristal.

Cregan aún mantenía su mano firme en el mentón del príncipe, con esa mezcla de dominio y cuidado que lo caracterizaba. Podía sentir la respiración de Jacaerys chocar contra su propio rostro, entrecortada, nerviosa, como si en cualquier momento fuera a retroceder. La cercanía era insoportable. Había una línea invisible entre ellos, tan delgada que un simple gesto bastaría para romperla.

Con voz grave, baja, casi un murmullo que ardía más que un grito, Cregan inclinó su rostro hacia el del príncipe y pronunció:

—No haré nada que tú no desees, mi príncipe.

Las palabras no eran una pregunta, sino una promesa. Una confesión contenida en un susurro. Y Jacaerys, aunque la tensión lo hacía tambalear, aunque sus ojos parecían debatirse entre el deber y el deseo, no apartó el rostro. No protestó. No lo detuvo.

Cregan sintió cómo ese leve titubeo se transformaba en rendición cuando el joven Targaryen bajó la mirada y, con un movimiento mínimo, casi imperceptible, asintió. La comisura de los labios de Stark se curvó en una sonrisa fugaz, satisfecha.

El beso que dejó sobre él al principio fue suave… apenas un roce que se atrevía a tocar lo prohibido. Pero ese primer contacto supo a gloria, a algo largamente esperado y condenado desde el inicio. Fue, para Cregan, lo más cercano al cielo en demasiado tiempo.

Y entonces, ya sin contención, el lobo lo devoró.

Cregan lo besó con fiereza, con hambre, con el vino ardiendo todavía en sus venas y el fuego del deseo empujándolo a romper toda regla. El príncipe respondió con jadeos temblorosos, con labios que intentaban resistirse mientras al mismo tiempo se rendían al fervor de aquel ataque.

—Esto… esto está mal… —balbuceó Jacaerys contra su boca, con los ojos cerrados, con el cuerpo ya enredándose al suyo.

Cregan lo apretó más contra él, arrastrando los labios por la línea de su mandíbula, inhalando el aroma inconfundible de dragón que lo envolvía.

—A la mierda lo correcto, Jace —gruñó, casi con rabia—.

Su mano recorrió con lentitud el cuerpo esbelto del príncipe, tomándose su tiempo para sentir cada centímetro bajo las telas. El pecho firme, el torso joven y marcado por los entrenamientos, la cintura estrecha que parecía hecha para caber en la palma de su mano. Descendió hasta el trasero bien formado, sujetándolo con un descaro que arrancó un jadeo ahogado de los labios de Jacaerys.

El más bajo temblaba, dividido entre la culpa y el ardor. Cada toque encendía un fuego que ni su sangre podía contener. Cregan notaba ese temblor, lo sentía en cada respiración acelerada, en cada gemido contenido que escapaba contra su boca.

—Dime que me detenga —susurró Cregan con los labios apenas rozando los del príncipe, mientras sus manos seguían explorando con ferocidad su silueta—. Dímelo, y me aparto ahora.

Pero Jacaerys no dijo nada. Solo jadeó, cerró los ojos y lo buscó de nuevo, con un beso desesperado que hablaba más que cualquier palabra.

Cregan lo tomó como la única aprobación que necesitaba. Lo estrechó con más fuerza, besándolo como alguien que había decidido finalmente reclamar un dragón.

El choque de labios se volvió más desatado. Los jadeos se mezclaban con el sabor del vino todavía golpeando en sus venas. El calor del fuego y el peso de lo prohibido convertían la atmósfera en algo insoportablemente denso.

La lengua de Cregan recorría con desesperación la boca del príncipe, saboreando cada rincón con una voracidad que solo el vino y el deseo podían justificar. El contraste lo enloquecía: Jacaerys, aunque evidentemente inexperto, trataba de seguirle el ritmo; sus movimientos torpes, dubitativos, solo lograban avivar aún más las ansias del Stark. Esa lucha tímida por no quedarse atrás era, en sí misma, irresistible.

Se separaron un instante, jadeando. La respiración entrecortada llenó el salón como un eco salvaje. Fue entonces cuando Cregan lo vio de verdad: el príncipe bajo la tenue luz de las antorchas, el rostro encendido por el esfuerzo y el sonrojo, los labios húmedos entreabiertos como pidiendo más, la piel pálida brillando a medias bajo la sombra. 

—Mi lord… —susurró Jacaerys con voz baja, casi un ruego.

Cregan entrecerró los ojos, con esa sonrisa peligrosa que apenas dejaba ver colmillos.

—¿Qué sucede, mi dulce príncipe?

Las palabras resonaron graves en el pecho de Jacaerys. El sonrojo en sus mejillas se intensificó y, para sorpresa de Cregan, el dragón se inclinó sobre él. De puntillas, le robó un beso breve, casi infantil en su rapidez, pero cargado de una ternura que lo desarmó. Fue ese gesto inocente, mezclado con todo el fuego que había entre ellos, lo que arrancó de Cregan una sonrisa sincera.

No resistió más. Lo aferró con fuerza contra su cuerpo, apretando con brutalidad posesiva. Sintió cómo el príncipe se abandonaba, entrelazando los brazos alrededor de su cuello, colgándose de él como si fuera lo único firme en ese mundo que temblaba.

—Podríais ser mi perdición, mi príncipe… —murmuró Cregan, con la voz ronca, rozándole la mejilla con los labios—. Darte todo lo que deseas, sin protestar.

Su gran mano se cerró contra el rostro delicado de Jacaerys nuevamente. Estaba a punto de reclamar otra vez sus labios, de hundirse de nuevo en esa condena gloriosa, cuando un sonido repentino rompió la burbuja que habían creado. Un crujido no proveniente del fuego, un eco breve en la entrada del salón.

 

Ambos se tensaron de inmediato.

 

—¿Qué fue eso? —preguntó Jacaerys, con un hilo de temor en la voz.

Los ojos grises de Cregan se desviaron hacia la penumbra cercana a la puerta. Frunció el ceño, su semblante endureciéndose al instante. Pasó de amante a guardián en un segundo.

—¿Alguien… nos vio? ¿Nos vieron, mi lord? —la voz de Jacaerys tembló apenas, revelando una inseguridad que pocas veces dejaba ver. Su respiración se había vuelto corta y nerviosa.

—Shhh… —Cregan lo calló suavemente, colocando una mano en su rostro para calmarlo, acariciándole apenas con el pulgar antes de dejarla caer. Su gesto buscaba transmitir seguridad, aunque por dentro el Stark sentía el mismo escalofrío helado que atenazaba al príncipe.

La severidad volvió a su voz cuando se irguió, el ceño fruncido, y se dirigió con pasos firmes hacia la entrada.

—¿Quién anda ahí? —su voz retumbó como un trueno, grave y dura, el eco golpeando contra las paredes de piedra.

Nadie respondió.

Con la mandíbula apretada, Cregan salió al pasillo. La fría realidad lo recibió como una bofetada, despejándole aún más la mente. Recorrió los pasillos con pasos amplios, girando hacia las esquinas, inspeccionando los alrededores con la precisión de un cazador. Pero fuera lo que fuera que habían oído, ya se había escurrido entre las sombras.

Mierda.

El Stark apretó los dientes. Su gente era leal, sí, pero la lealtad a veces era frágil cuando los rumores corrían más rápido que el viento. Y un rumor de este tipo no era un simple chisme. Podría ser un veneno mortal. No solo para él, sino para Jacaerys.

Sus manos se cerraron en puños, los nudillos blancos. No importaba. No permitiría que nadie mancillara al príncipe con palabras. Si era necesario, mataría a cualquiera que se atreviera a hablar de lo que había visto. 

Respiró hondo, obligándose a serenarse, y giró sobre sus talones. El sonido de sus botas retumbaba en las piedras mientras regresaba al salón. Cada paso lo acompañaba un único pensamiento: debía volver junto a Jacaerys. No podía dejarlo solo, con la duda recorriendo su cuerpo.

Cuando Cregan volvió a entrar en el salón, su mirada buscó de inmediato al príncipe. Lo encontró ahí, frente al ventanal, la espalda erguida y las manos juntas, como si se hubiese armado a sí mismo en esos breves instantes de soledad. Jacaerys no parecía ya el muchacho temeroso de segundos atrás, ni el joven arrebatado en un beso, sino el heredero del linaje de dragones, con la firmeza templada de quien había nacido para mandar.

—No deberíamos volver a hacer esto, mi lord. —soltó Jacaerys con un tono seco, casi cortante.

La severidad en su voz golpeó a Cregan como el filo de una espada. En un abrir y cerrar de ojos, había pasado del miedo a la firmeza. Y Cregan, que lo había visto vulnerable hacía apenas unos instantes, no pudo evitar sonreír, dejando escapar un bufido ronco que llenó el aire.

—Jace… —dijo en un murmullo grave, cargado de algo que no era simple reproche, sino también ternura.

Pero el príncipe no le permitió continuar.

—Esto fue un error —replicó con dureza, aunque el temblor en sus labios lo traicionaba—. Un grave error, lord Cregan. Me disculpo rotundamente. Fue estúpido de mi parte…

—Jacaerys— intentó de nuevo el Stark, pero el joven dragón no se detuvo.

—Estoy comprometido, mi lord. Yo… yo vine aquí con una misión, yo—

El rugido de Cregan lo cortó de golpe, imponiéndose como un martillo contra la piedra:

—¡Escúchame!

La palabra resonó en el salón, silenciando incluso al viento que golpeaba contra los ventanales. Jacaerys parpadeó, sorprendido, y por un instante el príncipe de Rocadragón se vio reducido de nuevo a un joven que buscaba equilibrio entre lo que debía hacer y lo que deseaba.

Cregan avanzó, con la mirada ardiendo en intensidad, y su voz, aunque firme, descendió a un tono bajo, casi íntimo:

—Escúchame, mi príncipe. No permitiré que nada te suceda. Cortaré cabezas si es necesario, haré callar a cualquiera que ose mancillar tu nombre. —Su mano, grande y fuerte, volvió a sostener el rostro del muchacho—. No tienes que disculparte por algo que ambos deseamos.

Los labios de Jacaerys se entreabrieron, como si quisiera protestar, pero no salió palabra alguna. Bajó la mirada. Y en esos ojos oscuros, que tantas veces brillaban con convicción, Cregan vio algo que no esperaba: miedo. 

El lobo apretó un poco más sus dedos contra la delicada mandíbula, obligándolo a alzar de nuevo la vista.

—No temas, mi príncipe. —Su voz fue un murmullo, una plegaria disfrazada de orden—. Y por favor… no hagas que esto que recién empezó termine.

El silencio los envolvió. Apenas el sonido lejano del viento contra las piedras, y el latido violento de sus corazones.

Cregan tragó saliva, consciente de que estaba confesando algo que no debería decir en voz alta:

—Te he deseado más de lo que me gustaría admitir.

Jacaerys lo miró, titubeando, debatiéndose consigo mismo. La duda lo atravesaba, podía notarse en el ligero temblor de su respiración, en el parpadeo acelerado, en los labios húmedos que aún no habían olvidado el beso. Y sin embargo, no hubo reproche, ni negación. Hubo un asentimiento. Pequeño, breve, pero definitivo.

Cregan cerró los ojos un instante, soltando un suspiro de alivio que le quemó en el pecho. Y entonces lo sintió: un cuerpo más pequeño, más cálido, aferrándose a él con una súplica muda. Jacaerys lo rodeaba con sus brazos, apretándose contra su torso amplio, enterrándose en él como si buscara refugio.

El lobo no dijo nada. No había necesidad. Lo único que hizo fue corresponder al abrazo, con la fuerza protectora que siempre había mostrado hacia los suyos. Una de sus manos, se perdió entre los cabellos oscuros y suaves del príncipe, acariciándolos con delicadeza imposible de imaginar en un hombre como él.

En esa cúpula solitaria de Invernalia, en medio de las sombras y la nieve, dos jóvenes con cargas demasiado pesadas se permitieron, por un instante, soltarlo todo. Olvidar compromisos, olvidarse de guerras, de tronos, de deberes. Solo quedaba el calor del otro, un calor que luchaba contra la noche helada del Norte.

El viento rugía con fuerza allá afuera, como un lobo hambriento, pero dentro del salón solo se escuchaban dos corazones latiendo al unísono. Y así, entre susurros de piel y respiraciones entrecortadas, Cregan Stark y Jacaerys Velaryon encontraron un instante de paz en medio del caos que los rodeaba.

 

 

Chapter 4: CAPÍTULO III

Chapter Text

JACAERYS

El amanecer de Invernalia llegó frío y sereno, con el viento colándose entre las torres de granito y los muros ennegrecidos por el tiempo. El sol, pálido y tímido como siempre en el Norte, apenas iluminaba la estancia donde Jacaerys Velaryon abrió los ojos.

La primera sensación que lo recibió no fue el frío, ni el murmullo lejano del viento contra las murallas: fue el peso ardiente de los recuerdos de la noche pasada.

El príncipe se incorporó lentamente, llevando la mano a su rostro, intentando borrar el calor que lo invadía al recordar la boca de Cregan Stark devorando la suya, la firmeza de aquellas manos recorriendo su cuerpo con un descaro que nadie antes había tenido con él. El hormigueo en su vientre volvió como un eco cruel, haciéndole morderse el labio. No… no debía pensar en eso.

—Tranquilízate… —murmuró para sí, como si con esas palabras pudiera calmar la tormenta en su interior.

Jacaerys nunca imaginó verse bajo los brazos del Guardián del Norte. La altura del lord, su espalda amplia, su pecho duro como las murallas mismas… cada detalle regresaba con fuerza, encendiendo en él un deseo que luchaba contra su sentido del deber. Esto está mal. Mal. Estoy comprometido con Baela, tengo un reino que salvar, una madre que espera de mí fortaleza, no flaquezas.

Pero por más que lo repitiera, no podía negar lo que había sentido. El roce de aquellos labios aún estaba presente, y su cuerpo, aunque él lo negara, lo ansiaba otra vez.

Sacudió la cabeza. No. No podía permitirse caer tan fácilmente en esas memorias. Tenía que levantarse, alistarse, cumplir con sus responsabilidades. Con pasos lentos pero decididos, dejó la cama y vistió sus ropas. Si quería mantener la cabeza despejada, necesitaba aire.


Al salir al patio de Invernalia, la brisa de la mañana revolvió su cabello oscuro y lo hizo estremecerse. El bullicio del castillo lo recibió con naturalidad: los herreros golpeaban el hierro ardiente, los niños jugaban en los rincones, las mujeres cargaban cántaros de agua caliente y los guardias inclinaban la cabeza en señal de respeto cuando el príncipe pasaba.

Por primera vez desde que llegó al Norte, Jacaerys decidió caminar solo. Sin la sombra imponente de Cregan a su lado, sin guardias ni escoltas. Necesitaba pensar, despejarse, y al mismo tiempo, conocer mejor aquella tierra que, de una forma extraña, comenzaba a sentir como parte de sí.

Mientras avanzaba, sus pasos lo llevaron a observar los muros, las torres y las callejuelas estrechas. Recordó las lecciones aprendidas en esa semana junto a lord Stark: la historia de la Casa Stark, tan antigua como la misma tierra que pisaban; la complejidad de su castillo, con sus dobles murallas de granito y sus patios a distintos niveles; las fuentes termales que mantenían con vida los muros y los invernaderos en pleno invierno.

Todo en Invernalia hablaba de resistencia. De supervivencia. De un pueblo que había aprendido a vivir con el invierno clavado en los huesos.

Pero mientras dejaba que sus pensamientos lo distrajeran, no notó el cuerpo que se interpuso en su camino hasta que el choque fue inevitable.

Una mujer.

El golpe fue leve, pero suficiente para que la canasta que llevaba se volcara en el suelo, esparciendo manzanas y pan entre el barro húmedo.

—¡Lo siento mucho, mi príncipe! —se apresuró a decir la joven, con el rostro encendido de vergüenza—. Perdonadme, no os vi… yo…

—Las disculpas deberían ser mías —respondió Jacaerys de inmediato, agachándose para ayudarla—. Bajaba distraído y os he chocado. ¿Os encontráis bien? No os he lastimado, espero.

La muchacha negó con la cabeza, nerviosa.

—No, no, para nada… sólo la canasta… se ha caído, pero no importa, mi príncipe.

Jacaerys la miró con seriedad suave, aquella que tantas veces había heredado de su madre.

—Permitidme reponeros lo perdido —dijo, y aunque lo formuló con cortesía, su tono no dejaba lugar a discusión.

Caminaron juntos hacia el mercado de la ciudad invernal. La muchacha mantenía los ojos bajos, todavía sonrojada, mientras el príncipe sostenía parte de la carga. A cada paso, la gente los reconocía: vendedores inclinaban la cabeza, mujeres murmuraban entre sí con sonrisas tímidas, y los niños lo observaban.

Una vendedora, al verlos acercarse, exclamó con entusiasmo:

—¡La casa invita, mi príncipe! No hay necesidad de pagar.

Jacaerys sonrió, pero negó con firmeza, colocando el pago en las manos de la mujer.

—Para nada. No aceptaré. Vuestro esfuerzo merece su precio.

La vendedora bajó la mirada, agradecida, y la joven a su lado lo observó con una sonrisa sincera.

Cuando terminaron de reponer los víveres, la muchacha habló al fin, con voz temblorosa pero clara:

—Eso es todo… mi príncipe… no sé cómo agradeceros.

—No hay de qué —respondió él, con una sonrisa amable—. Fui yo quien cometió el error.

La norteña lo miró un momento más, con ojos brillantes, como si quisiera grabar en su memoria aquel instante. Pero entonces, una voz grave resonó tras ellos.

—¡Ahí estabas! ¿Dónde te habías metido, niña? ¡Qué estás…!

Un hombre mayor, de barba canosa y hombros anchos, se acercaba con paso firme. Sus palabras se cortaron en seco al ver al príncipe.

—Mi príncipe… —dijo de inmediato, inclinando la cabeza—. Perdonad mi rudeza, no os había visto. ¿Cómo os encontráis?

Jacaerys abrió la boca para responder, pero el hombre ya se había vuelto hacia la muchacha.

—¡Y tú! ¿Qué haces molestando al príncipe? ¡Disculpad su audacia, vuestra gracia, os aseguro que mi hija no suele…!

—No se moleste, buen hombre —lo interrumpió Jacaerys con calma, aunque su voz sonaba firme, casi como un rey en potencia—. Solo acompañé a vuestra hija a reponer el alimento que se estropeó por mi culpa. Ella fue respetuosa en todo momento. No hay necesidad de regaños.

El hombre quedó en silencio, visiblemente turbado. Se inclinó con torpeza, murmurando agradecimientos mientras la joven lo imitaba con un sonrojo aún más evidente.

—Ahora, si me disculpan —concluyó Jacaerys, inclinando levemente la cabeza—, debo continuar con mi día.

Mientras se alejaba, escuchó la voz de la muchacha a lo lejos, hablando con su padre:

—¡Fue tan dulce! tan bondadoso…

Las palabras lo hicieron sonreír sin darse cuenta.

Por unos instantes, los recuerdos de la noche pasada parecieron difuminarse bajo esa otra faceta de sí mismo: la del príncipe que no solo debía luchar por un reino, sino también ganarse el corazón de un pueblo entero.

Y sin embargo, en lo más hondo de su pecho, seguía ardiendo el fuego que Cregan Stark había encendido en él.


Cuando el recorrido de Jacaerys por Invernalia terminó, ya no quedaba mucho del día. Llevaba bajo el brazo una pequeña bolsa de cuero con algunas cosas que había comprado en el mercado pensando en sus hermanos pequeños y en su madre. No eran regalos dignos de reyes ni princesas, pero había algo genuino en ellos, algo que transmitía la esencia de aquel lugar.

El sol ya se escondía tras los muros cuando se acercó a las puertas del castillo. El viento era más frío, y se colaba con fuerza en su abrigo, obligándolo a subir el cuello de la capa. Al llegar, un guardia lo reconoció de inmediato y abrió los ojos con sorpresa.

—¡Su gracia! —exclamó, acercándose a toda prisa—. No lo habíamos visto desde la mañana. Lord Cregan os estaba buscando.

Jacaerys asintió con calma, ocultando la sonrisa traviesa que le provocó escuchar aquello.

—Lo imagino —dijo simplemente, dedicándose a cruzar los corredores hasta el gran salón.

El ambiente allí era distinto al habitual. Más bullicioso. Había un número mayor de personas que en las cenas pasadas: soldados, sirvientes, algún consejero de Stark. La gran chimenea crepitaba con fuerza, llenando el lugar de un calor áspero y el olor a leña y grasa. Y allí, en medio de todo, estaba Cregan.

El señor de Invernalia hablaba con dos guardias, con voz baja pero firme, indicándoles algo con gestos decididos. Cuando sus ojos se alzaron y se encontraron con los del príncipe, Cregan se interrumpió apenas un instante. Terminó la frase, y con un gesto de su cabeza los despidió. Los hombres se inclinaron y se retiraron con presteza, dejando un espacio que parecía abrirse solo para ellos.

La mirada de Cregan, cuando volvió a posarse en Jacaerys, era severa.

El príncipe se detuvo en el umbral, divertido por aquella expresión.

—Por los siete infiernos, ¿dónde estabas? —soltó Cregan, caminando hacia él con paso largo.

Jacaerys no se inmutó. Su sonrisa se encendió en su rostro juvenil.

—Recorriendo.

—¿Sin avisar? —la voz de Cregan era un gruñido contenido—. Nadie volvió a verte desde la mañana.

—Me disculpo —respondió el príncipe con calma, aunque sus ojos brillaban de travesura—. Tal vez me entretuve más de lo que debía. Pero me dijeron que me buscabas… ¿sucedió algo?

Cregan suspiró, y por primera vez esa dureza se suavizó apenas un poco.

—Solo quería hablar. No te he visto en todo el día, mi príncipe. Y partir sin compañía alguna es arriesgado.

Jacaerys ladeó la cabeza, alzando el mentón con arrogancia juguetona.

—Tu gente no me haría daño, mi lord. Los norteños son orgullosos y territoriales, sí… pero honorables también. Además, ¿qué podría sucederme bajo vuestra protección? —y al decir esto, alzó la vista hacia él con esa chispa en la mirada, una picardía inoportuna que iluminó su sonrisa.

Cregan lo observó unos segundos, en silencio, con esos ojos grises como acero fijo en él. Y de pronto, una carcajada grave y cálida se le escapó, reverberando en el salón vacío de conversaciones, aunque solo para los dos.

Ladeó la cabeza, acercándose apenas un paso más.

—Te tomaría aquí mismo si me lo permitieras.

Jacaerys abrió los ojos un instante, su sonrisa desapareció sorprendido por la franqueza y el descaro, y miró a su alrededor de inmediato, asegurándose de que nadie hubiese escuchado esas palabras que habían sonado más fuerte de lo esperado.

—Estás loco… —susurró, acercándose apenas para reprenderlo con voz baja—. ¡No sueltes algo así como si nada!

Pero Cregan no parecía inmutarse. Su sonrisa era amplia, mostrando los dientes blancos, incluso los colmillos que parecían más marcados bajo la luz del fuego. Sus ojos no se apartaban de él.

—Mi príncipe tira la piedra y esconde la mano… —murmuró, la voz cargada de deseo y diversión.

Jacaerys sintió el calor treparle al rostro, y aunque se esforzó en mantener la compostura, no pudo evitar reír, bajando la cabeza un instante, avergonzado.

—Que terrible… —dijo entre risas, aunque en su voz había más ternura que reproche.

Cregan lo miraba como si quisiera devorarlo allí mismo, como si la tensión del día entero se hubiera acumulado solo para desbordarse en ese instante. Pero se contuvo. El Guardián del Norte era un hombre de disciplina férrea… y aun así, ante Jacaerys, parecía olvidar las reglas.

El príncipe, aún sonriendo, lo empujó suavemente, un gesto ligero que apenas si movió el cuerpo del lobo.

—Tendrás que aprender la paciencia, mi lord —le dijo mirándolo, aunque en sus ojos se leía la misma confesión muda que la noche anterior.

Cregan inclinó la cabeza, acercándose lo suficiente como para que el calor de su aliento rozara la oreja del joven príncipe.

—La paciencia nunca fue mi virtud, mi príncipe…

Un escalofrío recorrió la espalda de Jacaerys. Sus labios se entreabrieron, pero no respondió de inmediato. Se limitó a reír suavemente, con ese aire juguetón que ya se había convertido en un lenguaje propio entre ambos.

El gran salón, con toda su gente y su ruido, parecía desvanecerse alrededor. Lo único real, lo único vivo, era el espacio reducido entre los dos.


El vapor del baño aún envolvía a Jacaerys cuando se vistió, dejando atrás el alivio del agua caliente. Había dejado correr sus pensamientos bajo la superficie de aquella tina, como si el agua pudiera disolver no solo el cansancio, sino también la duda que le corroía desde la noche anterior. Una duda que tenía nombre y un par de ojos grises clavados en su memoria.

Se vistió lentamente, con las prendas oscuras que combinaban el frío del Norte con la elegancia Targaryen y la impronta Velaryon. Cada botón, cada cierre era un recordatorio de su posición, de su obligación. Salió de sus aposentos. En sus labios aún reposaba la tentación de ir a buscar a Cregan, de atravesar sin más la distancia que los separaba y presentarse en sus habitaciones, aunque sabía que sería imprudente.

El eco de un llanto infantil lo detuvo en seco: pequeño, agudo, doliente… un llanto que se metía por los huesos y los agitaba desde dentro.

Siguiendo el sonido, Jacaerys llegó a una puerta cercana a los aposentos de Cregan. Por un instante dudó. “¿Debo interrumpir?” pensó. Pero el llanto se intensificó, quebrando cualquier otra consideración, y su mano terminó apoyándose suavemente sobre la madera. El crujido del hierro y la madera anunció que la puerta se abría lentamente, y allí estaba Cregan.

Su rostro era tan severo y rígido como siempre, casi letal en su dureza. Sin embargo, cuando vio a Jacaerys, la tensión pareció deshacerse ligeramente. Sus ojos grises, se suavizaron, y un instante de vulnerabilidad atravesó su semblante.

—Perdón, mi lord… os interrumpí? —preguntó Jacaerys con respeto y cautela.

Cregan negó con la cabeza, haciendo un gesto para que el príncipe entrara.

El interior de la habitación golpeó a Jacaerys con la fuerza de un impacto inesperado. Allí, en el centro, estaba una cuna. La habitación no era lujosa, ni tampoco fría o desordenada; estaba organizada con cuidado, con detalles que revelaban amor y atención. Cada elemento hablaba de un niño amado.

Cregan volvió hacia la cuna —No deja de llorar —murmuró, con voz grave, cargada de impotencia—. Le están saliendo los dientes. Le duele.

Jacaerys se acercó con cautela, observando al niño. Sus pequeños ojos húmedos, rojizos por el llanto, le recordaban a su propia infancia y a la de sus hermanos. El bebé era notablemente parecido a Cregan, con la intensidad de su mirada, aunque suavizado por la posible ternura femenina de su madre.

Cregan levantó al pequeño entre sus brazos. La visión sacudió a Jacaerys más de lo que esperaba. El hombre que la noche anterior había despertado su deseo, que lo había marcado con la intensidad de su cuerpo y su presencia, era también un padre. Y un viudo.

Tenía al niño en sus brazos, arrullándolo con movimientos torpes pero llenos de amor. Esa imagen hizo arder un rincón olvidado en el corazón de Jacaerys. Recordó cómo su padre, en aquellos pocos años de paz, había cargado a Lucerys y a Joffrey. Recuerdos que ahora dolían como cuchillos.

La voz de Jacaerys rompió el silencio.

—¿Tenéis… un paño de seda limpio? Preferiblemente húmedo. La seda calmará el dolor en sus encías…

Cregan levantó la vista, sorprendido por aquella sugerencia, y asintió. Lo miró un instante, y luego habló con firmeza:

—Ven aquí. Sostenlo.

—¿Estás seguro? Yo…

—Es una orden.

El tono no admitía réplica. Jacaerys dudó apenas un segundo antes de asentir. Se acercó y recibió al pequeño en sus brazos. El niño lloraba aún, pero al sentirse rodeado por la calidez distinta del príncipe, pareció ceder un poco.

Jacaerys lo sostuvo con naturalidad. Había aprendido a hacerlo, después de todo, desde pequeño: era el hermano mayor de cuatro. Había calmado los berrinches de Lucerys, mecido a Joffrey, protegido a Aegon y acunado a Viserys. Esa experiencia se reveló en la suavidad de sus movimientos, en la ternura instintiva de su arrullo.

Cregan lo observó, y cuando estuvo seguro de que el bebé estaba bien en sus brazos, se giró hacia un mueble, rebuscando entre cajones. Mientras tanto, Jacaerys se dedicó a consolar al pequeño. Su llanto fue apagándose, reducido a sollozos entrecortados. El niño levantó la manita hacia el rostro del príncipe, y sus dedos se enredaron en los rizos oscuros.

Jacaerys soltó una risa suave, una de esas que iluminaban su rostro.

Siempre hacen eso... mis hermanos me jalaban el cabello igual: pensó con ternura, liberando al niño y dejando que ahora sujetara su dedo.

En ese instante, Cregan volvió con un paño húmedo en la mano.

—Aquí.

Jacaerys tomó el paño y lo colocó en la boca del bebé, que lo mordisqueó con ansia. Poco a poco, el llanto se apagó del todo, transformándose en pequeños balbuceos y jadeos cansados.

—Eres bueno en esto —dijo Cregan al fin, rompiendo el silencio.

Jacaerys levantó la vista hacia él, con una sonrisa ligera.

—Bueno… ser el hermano mayor de cuatro niños da sus frutos, ¿no crees?

Cregan devolvió la sonrisa, pero había en ella algo distinto. Una sombra de tristeza que Jacaerys, absorto en el niño, no alcanzó a notar por completo.

—Rickon —murmuró Cregan, como si pronunciara una plegaria.

Jacaerys levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Rickon Stark. Mi heredero.

El príncipe asintió suavemente, volviendo su atención al niño.

—Pobre bebé… parece que ya está mejor, ¿no, pequeño Rickon? —susurró, hablándole con voz alegre.

El bebé respondió con un balbuceo suave, su manita aún aferrada al dedo del príncipe. Y cuando el cansancio lo venció, cerró los ojos en paz. Jacaerys, con delicadeza, lo devolvió a los brazos de su padre. Cregan lo sostuvo unos instantes, antes de depositarlo en la cuna.

La habitación quedó en silencio. Silencio de hogar, de pérdida y de ternura.

Cregan lo miró y dijo con voz baja:

—Gracias.

—No es nada —respondió Jacaerys, aunque en su interior ardía una espina: la curiosidad por la madre del niño. La difunta esposa. La mujer que había compartido la vida de Cregan antes que él.

No se atrevió a preguntar. Pero no fue necesario.

—Ella murió en el parto —dijo Cregan, con voz seca y dura. Como si arrancara las palabras de una herida aún sangrante.

Jacaerys tragó saliva, sorprendido.

—Mis más sinceras disculpas, mi lord… lo lamento mucho.

Cregan asintió lentamente, clavando sus ojos en la cuna.

—No se sienta mal por mí, mi príncipe. Los dioses actúan por un motivo. Ella descansa en paz —respondió Cregan, y Jacaerys comprendió la magnitud de lo que había perdido.

El silencio se instaló, pesado y reconfortante a la vez. Entonces, sin previo aviso, Cregan lo atrajo hacia su pecho. Jacaerys no dudó. Se hundió en sus brazos, sintiendo el calor, la fuerza y la seguridad de aquel hombre. El olor de cuero, madera y hierro que definía a Cregan llenando su olfato. Entonces, con sus narices rozándose, escuchó el suspiro cansado del lobo.

El príncipe respondió con pequeños besos sobre su rostro: en la mejilla, en los labios, en la línea de la mandíbula. Besos suaves, casi infantiles, que arrancaron una sonrisa leve al hombre endurecido. Mientras los suspiros del hombre recorría su cuerpo, un sonido lleno de melancolía y alivio.

—Podrías arrancarme el corazón —susurró Cregan con voz ronca.

Jacaerys rió suavemente.

—Y tú podrías comerte el mío —respondió con voz baja.

Sus labios se encontraron en un beso cargado de significado, de deseos y de emociones que iban más allá de la pasión. Cregan correspondió, aferrándose a él con la fuerza de alguien que teme perder lo que ama.

Cuando finalmente se separaron, el lobo hundió su rostro en el cuello de Jacaerys, inhalando profundamente. El príncipe, por su parte, no podía dejar de pensar en lo cruel y hermoso que era el mundo: hombres que habían perdido tanto aún podían dar calor y amor, y él, aunque solo un observador de la vida de Cregan, podía sentir ese calor como si le perteneciera.

El silencio los envolvió. Silencio de hogar, de pérdida, de ternura, y de un vínculo que se fortalecía más allá de lo físico, más allá de la pasión: un vínculo que empezaba a tocar lo profundo del corazón de ambos.

Chapter 5: CAPÍTULO IV

Notes:

tw: acoso sexual

Es muy denso este capítulo, por lo tanto no es para todo el mundo.

btw, se explora bastante la sexualidad de Jacaerys.

Chapter Text

 

JACAERYS 

 

Jacaerys no recordaba cuándo había comenzado a disfrutar tanto de las cenas en Invernalia. Tal vez porque el vino era fuerte y cálido, tal vez porque la comida era simple pero abundante. Allí los hombres bebían, reían y se golpeaban los hombros como hermanos de armas, y Cregan, siempre tan serio en privado, se mostraba relajado, conversando animadamente con Lord Cerwyn, a quien Jacaerys ya había identificado como su amigo más íntimo.

La risa de Cregan era un sonido extraño para el príncipe, poco común, pero fascinante. Le gustaba verlo así, fuerte y a la vez ligero, como si llevara el Norte entero sobre sus hombros y aun así pudiera regalarse un instante de alivio.

Pero Jacaerys no se quedó hasta el final. Cuando los cánticos comenzaron y las copas se vaciaban con demasiada rapidez, se levantó con educación, inclinó la cabeza y pidió retirarse. Nadie lo tomó a mal: era príncipe, extranjero y joven aún, y el vino del Norte podía tumbar hasta al más fornido.

No fue a sus aposentos.

En vez de eso, sus pasos lo llevaron hacia la biblioteca de Invernalia. Quizá no fuera tan majestuosa como la de Desembarco del Rey, con sus interminables torres de pergaminos y rollos, pero era nueva, distinta. Libros encuadernados en cuero, crónicas del Norte, leyendas de lobos y antiguos relatos de los Primeros Hombres se desplegaban ante él. Era un refugio silencioso, un lugar en el que el frío no alcanzaba, protegido por las paredes gruesas y el olor a papel viejo.

Recorrió los estantes con calma, pasando los dedos por los lomos ásperos de los volúmenes. Uno de ellos, particularmente gastado, llamó su atención. Lo sacó y comenzó a hojearlo con curiosidad.

El chirrido de la puerta interrumpió la quietud.

Jacaerys alzó la cabeza, pero en vez de mostrarse, se escondió instintivamente entre dos estanterías altas. No supo por qué lo hizo, solo sintió que debía hacerlo. Quizás fue la manera apresurada en que las voces entraron, dos hombres conversando con desparpajo.

—Te lo digo, la actitud de lord Cregan con aquel príncipe da mucho de qué hablar. —Era una voz joven, impetuosa, con tono de burla.

—¿Qué dices, hombre? Lord Cregan nunca se atrevería, sería poco honorable de su parte. —La otra voz era más áspera, rasposa, mayor.

Jacaerys sintió un vuelco en el estómago. Se tensó, apretando el libro contra el pecho.

—Te lo estoy contando por algo. Joder, Ben, que no soy el único que lo dice.

El corazón de Jacaerys golpeaba fuerte, demasiado fuerte.

—¿Y qué crees tú? ¿Lord Cregan se estará follando aquella boquita o no?

El príncipe se heló. La crudeza de las palabras lo golpeó como un latigazo.

—¡Por los dioses, imbécil, baja la voz! Podrían cortarte la lengua por ello. -La voz de Ben, indignada, como si buscara calmar a su compañero.

Pero el más joven rió, divertido.

—Hombre, estás muy nervioso, aquí no hay nadie a estas horas. Además... no culpo a lord Cregan. Ese rostro es más bonito que el de muchas de por aquí, ¿no lo crees?

—Pff, yo prefiero unas tetas grandes y un buen coño. —El mayor bufó.

—En el invierno cualquier calor es bienvenido, joder. Y más el de un príncipe apretado.

Las palabras lo atravesaron. Como si lo hubieran desnudado con la lengua, como si su piel se volviera transparente bajo el peso de esa vulgaridad.

—Preferiría a su madre, la reina. A esa sí la llevaría al lecho con gusto.

Jacaerys apretó la mandíbula. Rhaenyra siempre había sido objeto de deseos desde su juventud. Pero de igual forma, ese tipo de comentarios a su querida madre... le hervían la sangre de ira.

—Pues lo habrá heredado de ella, ¿no crees?

El joven volvió a reír, descarado.

—Se sabe de la lujuria de los Targaryen. Pero dudo que el príncipe sea así. La gente habla maravillas de él. Y las mujeres lo adoran. -El mayor intentaba redimir el tono, pero el otro no se detenía.

—¡Qué va! Estoy seguro de que se metería una polla hasta que su garganta no pueda más. Y si me pidiera luchar por su madre, el precio sería follarlo hasta llenarle el culo. Imagino que el mismo precio que impuso nuestro señor, ¿no es así?

Jacaerys contuvo el aliento. Su cuerpo ardía. El descaro de esas palabras lo indignaba, lo hería, lo enojaba. Pero al mismo tiempo, una chispa, oscura y peligrosa, lo recorría por dentro.

"Imagínalo."

Su mente lo traicionó. Se imaginó de rodillas, la mano de Cregan en su cabello, la fuerza contenida de su voz ordenándole abrir la boca. Se imaginó el peso del lobo, la rudeza, la crudeza del acto. Y su piel se erizó, no de miedo, sino de excitación.

La culpa lo golpeó enseguida.

"¡Basta! ¡No pienses eso, maldita sea!"

Pero no podía evitarlo. Cada palabra vulgar que había escuchado parecía resonar en su cabeza, mezclándose con los recuerdos de aquella noche: las manos de Cregan aferrando su rostro, sus labios en el cuello, su voz grave susurrando que lo deseaba.

El joven que había hablado rió otra vez, como un diablo burlón.

—Algún día te enseñaré a comer de todo, Ben. Los viejos necesitarán más calor en el invierno.

—Ni una palabra más, niñato. -El mayor bufó—. Y qué sabrás tú del invierno. Vamos, la guardia nos espera.

El chico gimió con frustración, pero terminó arrastrado hacia afuera. La puerta se cerró y el silencio volvió a la biblioteca.

Jacaerys dejó escapar un suspiro tembloroso. Por un momento creyó que el corazón le estallaría en el pecho. Se dejó caer contra la estantería, con el libro aún en la mano, los labios entreabiertos.

"Mierda."

Sentía la garganta seca, la respiración agitada. No sabía qué lo ofendía más: el atrevimiento de aquellos hombres, la vulgaridad de las palabras... o la forma en que lo habían excitado.

El príncipe pasó una mano por su rostro, cubriéndose los ojos.

Su mente lo traicionó de nuevo. Lo imaginó con Cregan, pero no con la ternura de antes. No con besos suaves ni caricias. Sino con la rudeza de los comentarios que había escuchado: su boca ocupada hasta no poder respirar, su cuerpo doblegado, tomado, marcado como un territorio conquistado.

Y lo peor era que no le repugnaba. Lo quería. Lo deseaba. Y al mismo tiempo, la culpa lo devoraba.

Abrió los ojos, enderezándose. Guardó el libro que tenía en las manos sin siquiera mirar el título. Caminó hacia la puerta con pasos firmes pero cautelosos, como si temiera que aún hubiera alguien ahí.

Cuando salió al pasillo, el aire helado le golpeó la cara y lo devolvió a la realidad. Nadie lo esperaba. Nadie sabía lo que había oído, ni lo que había pensado.

Con paso seguro, se encaminó hacia sus aposentos. Pero en el fondo, bajo el silencio de los muros de piedra, sabía que esa noche no dormiría tranquilo.

Porque ni bien cerró la puerta de su habitación tras de él, se percató de la notable erección que traía entre las piernas. El bulto tensaba la tela y dolía con cada movimiento. Fue un milagro no toparse con alguien en el camino en ese estado, porque cualquiera habría notado la urgencia con la que avanzaba hacia sus aposentos, casi encorvado sobre sí mismo, deseando solo encerrarse y dejarse llevar.

Jacaerys soltó un largo suspiro, apoyando la espalda contra la puerta cerrada, con una mano acariciando por encima de su ropa. Su polla palpitaba, dura, necesitada, y las palabras vulgares que había escuchado no dejaban de martillarle el cerebro. Se mordió el labio al desabrocharse la hebilla del pantalón, sacando su miembro erecto, grueso y húmedo en la punta. Lo sostuvo en su mano y empezó a acariciarse despacio, dejando que el placer lo dominara poco a poco.

"...Se metería una polla hasta que su garganta no pueda más."

Joder. Claro que lo haría.

El joven príncipe gimió apenas al imaginarlo. Sentir la virilidad de un hombre, esa fuerza incontrolable, pensó que quedaría siempre relegado a sus fantasías más oscuras, aquellas que no debía confesar ni siquiera en un susurro. Pero ahora, aquí, lejos de su familia, de su hogar y de la vigilancia constante, en el frío y recóndito Norte… sentía que podía cumplirlo.

"El precio sería follarlo hasta llenarle el culo."

El eco de esa frase lo atravesó como un latigazo. Para Jacaerys, cualquier precio que le pusieran en ese momento sería bienvenido. No sabía si era por lo caliente que estaba, o porque había reprimido esos pensamientos durante tanto tiempo que escucharlos en voz ajena, tan crudos y vulgares, había derrumbado todas sus defensas. Su cuerpo no podía contenerlo ya.

Apretó los dientes y comenzó a bombear su polla con más fuerza, los jadeos escapando de su garganta. Rogaba en silencio que Cregan entrara por esa puerta en ese mismo instante y lo hiciera suyo de una vez por todas. Pero la necesidad era tan grande que, incluso, se permitiría ser follado por cualquier hombre que se atreviera a cruzar. Estaba desesperado, enajenado por su propio deseo.

Por un instante, un pensamiento fugaz apareció: otros hombres fuertes, cuerpos masculinos y decididos, podrían tomarlo, sostenerlo y reclamarlo sin contemplaciones. Pero la imagen duró apenas un parpadeo; su excitación lo traía de vuelta a Cregan, a sus brazos anchos, su espalda musculosa y su fuerza imponente. Era el único cuerpo que realmente deseaba.

Nadie podría compararse con la fuerza, la altura y la virilidad de Cregan. Ninguno podía hacerlo sentir vulnerable y seguro al mismo tiempo como lo hacía el norteño.

Se bajó los pantalones y la ropa interior hasta la rodilla, liberando por completo su cuerpo, y se colocó en cuatro patas sobre la cama. El aire frío rozaba su piel caliente, erizándola. Su polla goteaba contra las sábanas mientras, con los dedos empapados en su propio líquido preseminal, buscaba su entrada. Un gemido bajo resonó en la habitación cuando se penetró a sí mismo. 

Uno. Dos. Tres dedos.

Los movía dentro de sí con violencia, buscándose, abriéndose más, como si quisiera probar hasta qué punto podía prepararse para la idea de recibir algo mucho más grande. Su respiración se volvió desordenada, y los jadeos entrecortados se transformaron en gemidos descarados.

Había hecho aquello antes, más veces de las que le gustaría admitir. En silencio, en soledad, en momentos donde la necesidad lo consumía. Y siempre, después, llegaba la culpa. Pero esta noche era diferente. Esta noche, su mente estaba inundada de imágenes de Cregan: su torso marcado, sus manos fuertes sujetándolo por la cadera, su voz grave ordenándole rendirse bajo él.

Jacaerys gimió más fuerte, con la frente pegada a las sábanas, empujando los dedos más profundo, hambriento de sensaciones. Había pensado que al cumplir la mayoría de edad esa lujuria desenfrenada disminuiría, que crecer lo haría más frío, más controlado. Pero el tiempo solo la había intensificado. Su cuerpo pedía más, exigía más.

"¿Cómo se sentirá tener la polla de Cregan dentro de mí?"

El pensamiento lo rompió por completo. Un estremecimiento recorrió su columna y, cuando sus dedos rozaron ese punto dulcemente sensible en su interior, su cuerpo se arqueó. La descarga lo sacudió sin aviso: se corrió fuerte, con un grito ahogado, sintiendo cómo su semen empapaba las sábanas y su propio vientre.

—Mierda… —jadeó, temblando, exhausto.

El sudor le recorría la espalda, pegándole el cabello húmedo a la frente. Cerró los ojos, con la respiración todavía agitada, y sonrió con cansancio. Se había sentido tan bien. Libre, sin cadenas, sin expectativas, solo un joven chico dejándose arrastrar por sus deseos.

Adoraba sentirse así.

Pero ahora la habitación olía a sexo, a sudor y a culpa. Cuando su pulso volvió a calmarse, se dejó caer sobre la cama, mirando el techo en penumbra. Poco a poco, la razón regresó, y con ella, la incomodidad de estar cubierto de su propio desastre.

Con un suspiro resignado, se levantó sacándose la ropa y buscó un paño húmedo en la palangana cercana. Pasó el trapo tibio por su piel, limpiando con cuidado cada rastro de semen y calor, bajando la temperatura que aún lo dominaba. También repasó las sábanas, cambiándolas por una nuevas. Intentando borrar al menos la huella más evidente de su arrebato.

Finalmente, se colocó prendas limpias, suaves contra su cuerpo ya fresco, y se dejó caer en la cama con un suspiro largo. El deseo seguía allí, dormido bajo la piel, pero al menos su cuerpo estaba limpio, relajado, y podía entregarse al descanso.

Y aun así, mientras sus párpados se cerraban, lo último que pensó fue en Cregan. En sus manos, en su fuerza, en su cuerpo. Ningún otro hombre podría ocupar ese lugar en su mente. 

Ninguno.

 


 

Jacaerys despertó de golpe. Un jadeo escapó de su garganta reseca mientras se incorporaba en la cama. El cuerpo frío, las manos temblorosas. La chimenea estaba apagada hacía ya horas, dejando el aire helado y pesado en la habitación. Se llevó las manos a la cara, intentando despejarse, pero el frío no cedía.

Se levantó despacio, buscando un abrigo más adecuado entre sus ropas. El tacto de la tela áspera sobre su piel desnuda lo hizo estremecerse de nuevo. Encendió la chimenea con torpeza, soplando hasta que las brasas revivieron con un tímido fulgor rojizo. Después tomó la jarra de agua que descansaba en una pequeña mesa de madera. Bebió con ansia, el líquido fresco calmando la sequedad de su garganta.

Suspiró. ¿Volver a la cama? ¿Intentar dormir otra vez? La idea le parecía absurda. El sueño se había marchado con el calor de la chimenea, y la soledad del cuarto le resultaba ahora opresiva. Se quedó un minuto más de pie, indeciso, hasta que se decidió por salir a caminar. Quizás el silencio de los pasillos del castillo le despejara la mente.

El eco de sus pasos resonaba en las piedras heladas. Todo estaba sumido en penumbras, salvo por las antorchas apagándose en sus soportes. Caminaba lento, casi arrastrando los pies, cuando los pensamientos volvieron a él sin permiso.

Recordó la intensidad con la que se había masturbado antes de quedarse dormido. Una mueca, mitad sonrisa, mitad vergüenza, se dibujó en su rostro. Tal vez entraba en su top tres de mejores corridas. Esa sola idea lo hizo reír entre dientes, aunque el eco de su risa murió rápido en el pasillo.

Entonces, el golpe de realidad lo azotó con brutalidad. La excitación, la fiebre de los sentidos, lo habían cegado antes. Pero ahora, con el cuerpo y la mente fríos, lo veía todo con claridad.

Claro. La gente sospechaba de él y de Cregan.

—Mierda… —murmuró, apretando los dientes.

De repente, ya no era solo un recuerdo excitante. Era un riesgo. Un peligro. El heredero de Rhaenyra, el futuro rey de Poniente, expuesto por un deseo que no podía controlar.

Si su madre se enteraba… no, su madre era lo menos preocupante. Ella lo entendería, incluso tal vez lo apoyaría. Pero los demás… Los demás eran otro asunto. Daemon, por ejemplo. Su padrastro sería cruel, despiadado. No se detendría ante nada para reprenderlo, tal vez con una mezcla de burla y veneno. Y no se atrevió a imaginar la reacción del bando verde: Aegon riéndose hasta atragantarse en su vino, Otto Hightower aprovechando para ensuciar su nombre, usando aquella información como un puñal listo para hundirlo en público.

Las imágenes lo hicieron detenerse en seco en medio del corredor. Su pecho subía y bajaba con rapidez.

—Ya basta —se dijo a sí mismo, en voz baja, como si tratara de ahogar sus propios pensamientos.

No podía dejar que lo dominara el miedo. Tenía que ser cuidadoso, nada más. Más discreto, más astuto. Ese era el precio. Podía pagarlo.

El problema era cómo decírselo a Cregan. Cómo explicarle que, por más que deseara entregarse una y otra vez, había que pensar en las consecuencias. El simple pensamiento de que el lobo del Norte pudiera asustarse, de que quisiera alejarse de él por temor a lo que pudiese pasar, le recorrió la espalda como un escalofrío.

Se abrazó a sí mismo, cerrando los ojos por un momento. No, imposible. No era así. Cregan fue quien había insistido en continuar, quien lo había tentado, quien lo había llevado hasta este punto. No lo abandonaría. Lo sabía. Era imposible que lo hiciera.

Pero hasta que encontrara el valor de decirlo en voz alta, hasta que supiera que el momento era el adecuado, callaría. Guardaría silencio, esperando.

Con un último suspiro, Jacaerys retomó su andar por los pasillos vacíos. El silencio era tan profundo que podía escuchar el crujido de las antorchas consumiéndose y el golpeteo apagado de sus propias botas contra el suelo de piedra. Caminaba lento, con los brazos recogidos bajo el abrigo, aún con la sensación de frío pegada a la piel.

Giró hacia la derecha, pero no alcanzó a dar un paso completo. Algo pesado, duro, lo embistió de frente con la fuerza de una muralla. El estruendo metálico llenó el pasillo: cuero, hierro y el olor ácido del vino.

Jacaerys apenas tuvo tiempo de recuperar el aire cuando distinguió la figura: un guardia, alto, de rostro joven pero endurecido, con barba desordenada y unos ojos enturbiados por la embriaguez. Más alto que él, no tanto como Daemon o Cregan, pero lo suficiente para imponer.

El olor a vino le golpeó las fosas nasales y lo obligó a carraspear. Estuvo a punto de disculparse, pero el hombre se le adelantó, escupiendo palabras torpes.

—Mierda… mira por dónde caminas, ¿no? Maldita—

La voz se cortó de pronto, cuando por fin logró enfocar bien el rostro de Jacaerys. En lugar de enojo, lo que apareció fue una sonrisa torcida, cargada de descaro.

—Vaya… pero qué tenemos aquí… —rio entre dientes—. El pequeño príncipe.

Jacaerys forzó la voz, con educación fría:

—Sí… una disculpa, señor. Supongo que ninguno de los dos esperaba toparse con el otro.

El guardia se inclinó hacia él, demasiado cerca, invadiendo su espacio. El corazón de Jacaerys se aceleró. Su instinto lo alertó, alzando todas sus banderas rojas.

—No te preocupes, pequeña princesa —susurró el hombre, arrastrando las palabras—. Chocar con usted es un placer… además…

Su mirada recorrió el cuerpo de Jacaerys con descaro absoluto. Se lamió los labios.

—Muchos de mis compañeros están dispuestos a matar con tal de sentir un poco de su cuerpo lechoso, mi príncipe.

Levantó la botella que llevaba en la mano y bebió un trago largo, derramándose un poco en la barba. Jacaerys apenas la había notado.

—Apuestan cómo sería. ¿Es usted virgen, mi príncipe? ¿Trae el culo tan apretado que es difícil entrar? —rió de manera repugnante—. Joder… su rostro es el más bello que he visto. Demasiado femenino para mi gusto.

Hizo una pausa.

—Aunque no se confunda, sigo prefiriendo los coños mojados de las mujeres. Pero un príncipe con labios tan rosados… se sentiría bien alrededor de mi polla.

Jacaerys sintió la sangre hervir. Levantó la mano y, sin pensarlo, lo abofeteó con fuerza. El golpe resonó seco en el pasillo.

—Podría tener tu lengua por esto. Por su bien, desaparezca de- 

No alcanzó a terminar. Una fuerza brutal lo arrojó contra la pared. El aire se le escapó de los pulmones. El soldado lo inmovilizó con una facilidad aterradora: una muñeca sobre su cabeza, clavada contra la piedra, y la otra mano sacando un cuchillo afilado de su cinto.

El frío del acero rozó su garganta.

—Pequeña puta… ¿quién te crees, eh? —escupió el hombre, el aliento cargado de alcohol quemándole la piel—. ¿Crees que por tener títulos puedes levantarme la mano? Estás equivocado, príncipe. Esto es el Norte. Aquí no hay nadie cerca que pueda protegerte.

El miedo lo paralizó. Nunca se había sentido tan vulnerable, tan expuesto. Tragó saliva con rigidez.

—Un grito, mi príncipe. Y hasta aquí llego tu trayectoria.

—También acabaría la tuya —se atrevió a contestar, apenas con un hilo de voz.

El guardia soltó una carcajada ronca.

—Tal vez. Pero no me iré sin asegurarme de haberte violado hasta sangrar. —Se inclinó más cerca, casi mordiendo la palabra—. Aunque dicen que ese lugar ya lo ocupa lord Cregan… ¿no es así?

El corazón de Jacaerys se agitó con violencia. La mención de Cregan lo golpeó como una daga. Quiso gritar, pero la hoja del cuchillo volvió a presionarle la garganta. Todos esos años de entrenamiento se fueron en un abrir y cerrar de ojos.

—Quítate la ropa —ordenó el hombre, con voz áspera—. Déjame verte.

Jacaerys negó con la cabeza.

El guardia gruñó y, con rabia, rasgó la tela de su abrigo y camisa con el cuchillo, desgarrando las costuras con violencia. La tela se abrió dejando el pecho del príncipe expuesto al aire helado. Luego empujó sus pantalones a medio bajar, presionando su trasero con una mano tosca mientras le devolvía el filo a la garganta.

—No llores, princesa. —El hombre sonrió, relamiéndose otra vez—. Eres demasiado bonita, ¿no lo crees?

Las lágrimas brotaron sin que Jacaerys pudiera detenerlas. El terror le atenazaba el pecho. Intentó balbucear, suplicar:

—D-déjame, por favor… yo—

Pero no pudo terminar.

Un estruendo retumbó en el pasillo. Un golpe seco, brutal. El mundo se sacudió. El guardia salió despedido de encima de él.

Jacaerys abrió los ojos y lo vio.

Cregan.

No había palabras en su rostro, solo una furia salvaje. Se lanzó sobre el guardia caído, derribándolo de nuevo contra la piedra, y comenzó a golpearlo con puños cerrados. El crujido de huesos al partirse resonó en la oscuridad. El rostro del hombre se desfiguraba golpe tras golpe. La sangre salpicaba, y aún así Cregan no se detenía.

Jacaerys, paralizado, observaba sin poder moverse. El miedo ahora se mezclaba con un extraño alivio.

Otro golpe. Otro más. Hasta que finalmente, el silencio volvió a apoderarse del pasillo.

Solo se escuchaba la respiración agitada de Cregan, el vapor de su aliento chocando contra el aire frío. Sus puños goteaban sangre. No se atrevió a mirar el cuerpo inmóvil y desfigurado del guardia.

—Cregan… —susurró Jacaerys, con voz quebrada.

El lobo se giró. Su mirada, aún encendida, no se suavizó como otras veces al verlo. No le dio tiempo de decir nada. Lo alzó con facilidad, cargándolo sobre sus hombros, y sin mirar atrás lo llevó hacia su habitación.

Jacaerys se permitió cerrar los ojos y suspirar. Temblaba aún, pero en los brazos de Cregan supo que estaba seguro. Luego vendrían las explicaciones, los reproches, las preguntas. Pero no ahora.

Ahora, en ese instante, solo existía la certeza de que Cregan lo protegería de todo. Incluso de sí mismo.

El golpe de la puerta resonó como un trueno cuando Cregan la cerró tras de sí, echando el cerrojo con firmeza. El eco aún flotaba en el aire cuando el cuerpo de Jacaerys cayó sobre la vasta cama de pieles y mantas gruesas, suave y violento a la vez, como si lo depositara con cuidado, pero con la prisa de quien no puede perder ni un segundo más.

Jacaerys parpadeó, sorprendido. No eran sus aposentos. Era la habitación de Cregan: amplia, oscura, impregnada con el olor de madera, hierro y piel curtida. Todo en aquel lugar gritaba masculinidad y autoridad. Antes de que pudiera recorrer con la mirada aquel espacio extraño, la voz del lobo lo atravesó como un cuchillo.

—¿Qué ocurrió? —su tono fue bajo, grave, pero cargado de una severidad que Jacaerys nunca había escuchado dirigida hacia él.

El príncipe sintió cómo se le cerraba la garganta. Tragó saliva, inseguro de cómo comenzar. La escena aún ardía en su piel: el cuchillo en la garganta, las manos toscas desgarrando su ropa, el asco del aliento a vino tan cerca. 

¿Cómo contarlo sin desmoronarse? ¿Cómo contarlo sin mancharse de vergüenza? Y sobre todo: ¿cómo haría Cregan para justificar la muerte de uno de los suyos sin que todo se volviera un escándalo?

El silencio se hizo insoportable. Finalmente, Jacaerys abrió la boca y las palabras empezaron a salir, entrecortadas primero, pero cada vez más firmes. Narró lo sucedido, paso a paso: el tropiezo, la insolencia, las obscenidades, el intento brutal de abuso. No omitió nada, ni siquiera los detalles que lo hacían estremecerse, porque sabía que ocultar la verdad pondría a Cregan en peligro.

Cuando terminó, el aire se sintió más pesado. Jacaerys no había levantado la mirada ni una sola vez, el rubor de la vergüenza ardiéndole en las mejillas. Se sentía desnudo otra vez. Pero se obligó a reunir valor y alzó la vista.

Y lo vio.

Nunca en su vida había visto a Cregan tan colérico. Sus cejas tensas, los ojos como brasas, la mandíbula apretada con tal fuerza que parecía dolerle. La figura imponente del Señor del Norte se erguía frente a él como una montaña, el poder y la rabia personificados.

Un escalofrío recorrió la espalda de Jacaerys. No de miedo hacia Cregan, sino de la magnitud de lo que ese hombre era capaz de hacer.

Entonces, Cregan suspiró. El sonido fue áspero, como el resoplido de una bestia que intenta contener su furia. Y en un movimiento súbito, se lanzó hacia Jacaerys.

El príncipe se tensó, pero lo único que ocurrió fue que lo envolvieron los brazos de Cregan, fuertes, firmes, aplastándolo contra su pecho. Ese contacto lo quebró. El aire regresó a sus pulmones, y las lágrimas que había contenido finalmente se derramaron.

—Perdóname —susurró Cregan contra su cabello, con una voz cargada de rabia y dolor—. Juré protegerte, y ocurre esto… bajo el mismo techo que te estoy dando, con los hombres que deberían velar por tu seguridad.

Besó su frente con ternura.

Jacaerys sollozó, incapaz de soportarlo más.

—Tuve tanto miedo, Cregan… yo…

—Shhh. —Cregan lo calló con un beso en los labios, suave primero, como un bálsamo.

Ese beso, tierno y profundo, era más poderoso que cualquier promesa. Y sin embargo, cuando se separó, la voz de Cregan volvió a sonar con la furia de un lobo a punto de morder.

—Mataré a cualquiera que ose ponerte la mano encima de nuevo. Los aniquilaré yo mismo, con mis propias manos.

Jacaerys tembló, no por miedo, sino por la intensidad de esas palabras. Fue entonces cuando percibió un matiz en su aliento. Vino.

—Estás tomado… ¿no es así? —murmuró, aún con lágrimas en las pestañas.

Cregan rió suavemente, la primera grieta en aquella máscara de rabia.

—Tal vez la cena se nos fue un poco de las manos.

Jacaerys no pudo evitar una risa temblorosa. Lo miró, y de pronto sus rostros estaban tan cerca que apenas había un suspiro entre ellos. El cuerpo de Cregan seguía presionándolo suavemente contra la cama, su calor envolviéndolo. Sin pensarlo, el príncipe se inclinó para besarlo de nuevo.

Cregan respondió de inmediato, con una pasión que se encendía como fuego. Fue un beso distinto al primero: hambriento, profundo, desesperado. Amor, posesión, necesidad. En ese beso, Jacaerys encontró algo más fuerte que el miedo: seguridad absoluta.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. Cregan se incorporó de golpe, y Jacaerys lo miró desconcertado.

—¿Qué haces? —preguntó, casi con un tono de súplica.

Cregan lo miró fijo, con decisión.

—Tengo que poner orden. Debo reportar lo sucedido antes de que alguien encuentre el cuerpo y el revuelo estalle.

La sangre de Jacaerys se heló. La imagen del cadáver desfigurado del guardia regresó a su mente. Bajó la mirada, inseguro.

—¿Qué… qué dirás?

Cregan se acercó de nuevo, con voz firme.

—No te preocupes, mi amor. No diré nada que pueda humillarte. Diré que intentó atentar contra tu vida. Y lo pagó con la suya.

El corazón de Jacaerys palpitó con fuerza. No solo por el alivio de no ser expuesto, sino porque Cregan lo había dicho tan natural, tan sincero: mi amor.

Se sentó al borde de la cama, aún tembloroso.

—Vuelve pronto, por favor.

Cregan lo miró con intensidad. Dio un paso hacia él y se arrodilló frente a la cama. Tomó sus manos entre las suyas, ásperas y aún manchadas de sangre, y las llevó a sus labios, besándolas una y otra vez.

—Espérame justo aquí, mi adorado príncipe. Volveré tan pronto pueda. Aunque… no te prometo que sea rápido.

Jacaerys asintió, aunque la inseguridad aún lo corroía.

Cregan sonrió, y antes de levantarse lo besó de nuevo. Lento, profundo, un beso que parecía sellar un juramento. Otro, y otro más. Hasta que finalmente se levantó y abrió la puerta.

La figura del lobo desapareció en la oscuridad del pasillo, dejando a Jacaerys solo en la cama inmensa, con el pecho latiendo a toda prisa. El eco de las palabras de Cregan aún vibraba en su mente.

Mi adorado príncipe.

El silencio de la habitación se volvió pesado una vez que la puerta se cerró tras Cregan. Por primera vez desde aquella pesadilla, Jacaerys estaba realmente solo. El fuego crepitaba en la chimenea, el único sonido que lo acompañaba, pero el calor que desprendía parecía incapaz de borrar el frío que aún se le había quedado pegado a la piel.

Fue entonces cuando bajó la vista hacia sí mismo. Su ropa.

Un nudo de rabia y vergüenza se le formó en el estómago. El abrigo grueso, rasgado por la mitad con el filo de un cuchillo. La camisa, desgarrada en tirones que habían dejado su pecho expuesto como si fuese un animal para sacrificar. El cinturón partido, colgando sin vida en su cadera. Todo era un recuerdo vivo, una herida abierta en tela.

—Asco… —murmuró con la voz quebrada.

Se levantó bruscamente, como si la tela ardiera al contacto con su cuerpo. Una a una, fue arrancándose las prendas con movimientos violentos, cada gesto cargado de repulsión. El abrigo primero, luego la camisa destrozada, los pantalones sin cinturón, hasta que solo quedó en su ropa interior, vulnerable pero libre. Con cada capa que caía al suelo sentía que también se arrancaba el recuerdo de esas manos que lo habían mancillado, de ese cuchillo contra su piel.

Cuando terminó, respiraba agitado, los ojos enrojecidos. Miró el montón de telas muertas sobre la alfombra y algo dentro de él se quebró. Las recogió con rabia, con desesperación, y las arrojó dentro de la chimenea. El fuego rugió al recibirlas, devorando los restos de lo que había sido esa humillación. El olor de la lana y el cuero quemándose llenó el aire, áspero y penetrante, pero Jacaerys no apartó la vista  hasta que el fuego terminó por reducir a cenizas lo que había sido su vestimenta.

Se abrazó a sí mismo, temblando frente a las llamas. Tal vez había sido extremista, pensó, quizá esas prendas podían haberse remendado. Pero sabía la verdad: no quería volver a verlas jamás. No quería que cada costura rota le recordara ese instante. Era mejor que se convirtieran en humo, que desaparecieran para siempre en la hoguera.

Alzó la vista. El cuarto de Cregan lo rodeaba, imponente, desconocido pero extrañamente cálido. Fue entonces cuando sus ojos se fijaron en los cajones de un gran arcón de madera. Se acercó con pasos lentos, dudosos, como un ladrón en territorio ajeno, y los abrió. Adentro encontró prendas gruesas, de lana oscura, abrigos de piel, capas pesadas. Todo olía a Cregan. Todo tenía su esencia, ese aroma a tierra, hierro y bosque.

Tomó una manta negra, de pelo suave y cálido. Se la envolvió alrededor del cuerpo, casi como si se estuviera protegiendo con la piel del propio lobo. El calor lo rodeó.

Se sentó en uno de los sillones frente al fuego. El crujir de la leña era hipnótico, y durante un largo rato no se movió. El tiempo transcurrió sin medida. A lo lejos, por los pasillos, alcanzaba a oír los pasos y las voces de los guardias que iban y venían, agitados. La noticia del hombre muerto ya estaría corriendo. El castillo, que al inicio de la velada había estado sumido en banquetes y risas, ahora debía de ser un hervidero de rumores.

Pero ahí dentro, en esa guarida que era la habitación de Cregan, había calma.

Cuando el cansancio se hizo insoportable, Jacaerys se puso en pie y caminó hacia la enorme cama que ocupaba el centro de la habitación. El colchón era blando, las sábanas pesadas y densas, impregnadas en ese mismo olor masculino que ahora lo envolvía. Todo, absolutamente todo, gritaba Cregan.

Dejó caer su cuerpo sobre la cama, hundiéndose en ella con un suspiro que fue casi un lamento. El peso de las mantas lo protegió. Cerró los ojos, aspirando profundamente. El corazón le latía con fuerza, pero no por el terror. Era por la certeza de que Cregan volvería.

Los párpados le pesaban. La respiración se hizo lenta. Y al fin, en paz, se entregó al sueño.

 

 

Chapter 6: CAPÍTULO V

Notes:

edité el capítulo anterior y también este, por lo cual recomiendo leer de nuevo el pasado para entenderlo mejor.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

CREGAN

 

Al cerrar la puerta tras de sí, dejando a Jacaerys dentro de la habitación, Cregan Stark avanzó con pasos firmes por los pasillos de piedra. No se permitió ni una sola mirada atrás. No podía. Su deber en ese instante no era consolar al príncipe, aunque cada fibra de su cuerpo se lo exigía, sino asegurarse de que el peso de la justicia recayera con fuerza sobre aquel que había osado mancillarlo.

A medida que caminaba, las sombras de las antorchas se alargaban en las paredes, danzando con la misma violencia que bullía en su pecho. Y entonces, al llegar a la esquina donde todo había comenzado, lo vio: el cadáver del guardia, tendido como un animal muerto. Todavía estaba allí, con el rostro desfigurado hasta lo irreconocible. Cregan no apartó la mirada. No se lo permitía. Debía recordar que su justicia era dura, que su furia era implacable.

Esta criatura disfrazada de hombre, que se atrevió a poner sus manos sobre el príncipe. Intentó abusar de él, y pagó el precio. Sí, lo pagó con creces.

Ahora, con la cabeza un poco más despejada, Cregan sabía que hubiese sido mejor noquearlo, dejarlo vivo, atarlo y preparar una ejecución pública, un ejemplo eterno para cualquiera que siquiera soñara con desafiar a los Stark o con tocar a Jacaerys. 

Pero en aquel momento no había espacio para tales pensamientos. Lo único que había sentido era la necesidad inmediata de destrozarlo, de arrancarlo de la faz de la tierra. Y lo hizo con sus puños, con la misma brutalidad con la que un lobo despedaza a su presa.

No mentiría: aquella noche había salido de la cena con el corazón ligero. Había disfrutado reencontrarse con Cerwyn, con viejos amigos y vasallos, y el vino corría generoso en las copas. La velada se extendió más de lo debido, pero a él no le importó. Estaba pleno. Feliz, incluso. Tal vez era el vino el que le calentaba las venas, o tal vez era el deseo ardiente de regresar junto a Jacaerys, de entrar en su habitación y besarlo con la desesperación acumulada, de entregarse al muchacho que había removido sus cimientos.

Había deseado hacerlo suyo aquella misma noche, si el príncipe lo permitía.

Pero jamás, ni en sus más oscuros presagios, pensó que al dirigirse a su habitación se encontraría con semejante escena.

La luz de las antorchas apenas iluminaba el pasillo, todo envuelto en sombras y silencio. Cregan avanzaba tranquilo, hasta que distinguió dos siluetas forcejeando. El corazón le dio un vuelco. Y cuando sus ojos reconocieron el rostro de Jacaerys, las lágrimas en sus mejillas, su cuerpo tembloroso, la ropa destrozada, comprendió todo en un solo instante.

No necesitó oír palabras. No necesitó escuchar la amenaza. El cuchillo en el cuello del príncipe, la manera en que aquel bastardo lo sujetaba, hablaba más fuerte que cualquier confesión.

Y entonces el mundo se apagó. Sus oídos dejaron de percibir los gritos, los sonidos, los murmullos. Solo había un rugido, el rugido de su propia sangre latiendo con fuerza. Sus ojos se fijaron en el guardia y nada más. Todo lo demás desapareció.

Cuando sus puños se estrellaron contra aquel rostro, ya no hubo vuelta atrás. Golpe tras golpe, hasta que los huesos cedieron y la carne se convirtió en barro sangriento. Cregan apenas era consciente de lo que hacía, solo que no era suficiente. Hubiera querido descuartizarlo en ese mismo momento, abrirlo en canal, arrancarle los miembros uno por uno y después cortarle la cabeza con Hielo, para clavarla en lo alto de una lanza. 

Quería que todos, absolutamente todos, comprendieran lo que ocurriría si alguien osaba tocar lo que él juraba proteger.


 

Las siguientes dos horas fueron un suplicio. El cuerpo fue retirado, y con él empezaron los trámites que solo un lord conocía. 

Lord Cerwyn permaneció a su lado, aconsejando con voz grave y templada. Juntos elaboraron el relato oficial: ejecución inmediata, muerte justificada por intento de atentar contra la vida del príncipe Jacaerys Velaryon. Todo debía quedar en regla. Cada palabra, cada pergamino, cada declaración.

La familia del guardia fue llamada. La madre y la hermana lloraron desconsoladas, los gritos de dolor resonaron en los muros de piedra como un lamento de espectros. El padre, en cambio, apenas habló. Solo asintió, rígido, con el rostro endurecido. Sus ojos decían más que cualquier palabra: vergüenza. Vergüenza por un hijo que había traicionado su deber, que había mancillado el honor de servir en Invernalia.

Cregan los miró a todos sin pestañear. No ofreció disculpas ni consuelo. La justicia del Norte era clara, y los dioses eran testigos. Aquel hombre mereció su destino. Y si las lágrimas de su familia eran el precio, que así fuera.

Con el cadáver y las pertenencias ya bajo custodia, otros se encargarían de los restos. Cregan, por fin, pudo retirarse.


 

El viento nocturno lo golpeó en el rostro al cruzar el patio nevado de Invernalia. Caminaba con paso lento, pero cada zancada pesaba como si llevara cadenas. Y en ese silencio blanco, escuchó pasos acercarse por detrás.

Al girar la cabeza, vio a Cerwyn. El hombre lo miró, y sus ojos descendieron de inmediato a las manos de Cregan.

Rió, breve, incrédulo.

—Se sabe que es Lord Cregan Stark el encargado de dictar la ejecución en casos como este... -dijo Cerwyn con voz grave, casi burlona—. Pero no es común que el mismísimo lobo lo tome con sus propios puños.

Cregan bajó la vista hacia sus nudillos. Estaban hinchados, amoratados, cubiertos de cortes y costras de sangre seca que ni el agua había logrado arrancar. Cada marca gritaba lo que había hecho.

Bufó con desprecio.

—Lo sé.

Cerwyn suspiró, y volvió a hablar.

—No mentiré: me sorprendió verte así. Aunque, maldita sea, no era para menos. No quiero imaginar qué hubiese pasado si aquel príncipe hubiera muerto esta noche. Un dragón es letal... pero una madre dragón, con furia en el corazón, es mucho peor. Que los dioses nos apiaden si Rhaenyra hubiese recibido la noticia de un ultraje consumado.

Cregan apretó los dientes.

—Tendrías que haberlo visto para entenderlo, Cerwyn. -Su voz era grave, casi un gruñido—. Y tal vez el vino en mis venas... ayudó a que no tuviera paciencia.

Cerwyn soltó una breve carcajada.

—Una velada con un final poco satisfactorio, ¿no crees? -dijo, y luego añadió—. Aunque... este acto, créeme, será venerado. No solo por su familia, sino por todos los que lo aprecian.

Cregan ladeó la cabeza, murmurando con una especie de duda:

—Los que lo aprecian...

Cerwyn lo observó con atención, arqueando una ceja.

—¿Acaso mi lord no sabe de las actividades del príncipe en sus propias tierras? -preguntó con tono cómplice. Ante la mirada dura de Cregan, rió y prosiguió—. No te preocupes, me pusieron al día en cuanto llegué.

—Escúpelo de una vez, Cerwyn.

El hombre sonrió.

—Nuestro príncipe, según dicen, ha ayudado particularmente a una muchacha. Cabello negro, ojos azules. Hija de un herrero. Lo han visto rondando con ella por los mercados, ofreciéndose a comprar cada objeto que miraba. Además, ha sido amable y atento con los niños, con los vendedores, con el mismo padre de la joven. En fin... ha dejado una huella en Invernalia.

Las palabras se clavaron en Cregan como una espina. Rió, pero con amargura.

—Eso es bueno de escuchar... -dijo con tono cortante, y luego añadió—. Ahora, si me disculpas, Cerwyn. Voy a descansar.

Lord Cerwyn bajó la cabeza y asintió con respeto.

—Que tenga un buen descanso, mi lord. Buenas noches.

Cregan no respondió. Siguió caminando. 

En su pecho aún ardía la rabia, el sabor de la sangre, la sensación de los huesos partiéndose bajo sus puños.

Y un único pensamiento lo empujaba hacia adelante: regresar a su habitación. Regresar a Jacaerys.


 

El caminar de Cregan era pesado. El eco de sus botas contra la piedra retumbaba en los pasillos vacíos con un ritmo lúgubre, que acompañaba la maraña de pensamientos en su mente. Sentía el cansancio en cada fibra de su cuerpo: los nudillos le ardían, rígidos y agrietados por los golpes, y la tensión de sus músculos se manifestaba en punzadas ásperas, recordándole lo que había hecho. Pero más que el dolor físico, lo que lo atormentaba era la voz de Cerwyn resonando en su cabeza, y la mención de aquella mujer.

Lo sentía como una espina enquistada. No era nada del otro mundo, pero molestaba, recordándole una verdad que lo irritaba en silencio: Jacaerys era joven, con la inquietud natural de quien busca su lugar en un mundo que a veces lo rechaza. Necesitaba demostrar que podía encajar, que podía ser aceptado incluso por quienes lo miraban con recelo, que era capaz de adaptarse al Norte y ganarse su respeto.

Cregan lo sabía. Sabía que Jace no lo hacía movido por lujuria ni por vacío, sino por necesidad de pertenencia, por honrar al pueblo al que ahora debía acercarse. 

Y, en el fondo, eso lo enorgullecía. Sí. Que su príncipe comprendiera la dureza del Norte, que se ganara su cariño, que aprendiera a ser amado más allá de su linaje. Pero aun así, la espina no dejaba de escocerle.

Sacudió la cabeza, como quien se quita la nieve de la capa antes de cruzar el umbral. No debía pensaría en ello ahora.

Subió los interminables tramos de escaleras que se alzaban como montañas dentro de la fortaleza. Cada escalón parecía más largo que el anterior, era como si el castillo mismo se burlara de su agotamiento. El aire estaba helado, y el viento silbaba por las rendijas como un lamento lejano. El silencio absoluto lo envolvía todo, roto únicamente por el eco de sus pasos.

Finalmente, tras aquella lenta procesión, alcanzó su puerta. Posó la mano sobre la madera y la empujó con un movimiento pesado. Al cerrarla detrás de sí, exhaló un suspiro profundo, liberando en ese gesto todo lo que lo había quemado esa noche: la violencia, la tensión, la rabia.

Lo primero que percibió fue el calor. El fuego de la chimenea crepitaba suavemente, proyectando reflejos anaranjados sobre las paredes. Aquel refugio parecía otro mundo, un rincón donde la tormenta quedaba atrás. Y entonces lo vio.

En la vasta cama, bajo las mantas gruesas, Jacaerys dormía. Estaba encogido, hecho un ovillo pequeño en medio del lecho enorme. Había algo desarmante en esa imagen: el príncipe, el dragón que debía ser fiero y majestuoso, se veía tan frágil como un niño que buscaba amparo después de un mal sueño. Por un instante, Cregan sintió una ternura peligrosa, un estremecimiento que lo atravesó.

Sin prisa, comenzó a quitarse el peso que lo oprimía. Su capa cayó con un susurro apagado, luego el abrigo, después el cinturón. Cada prenda que dejaba atrás era un lastre menos. Hasta quedar en ropa más cómoda y ligera.

Avanzó hasta la mesa, sirvió agua de la jarra y bebió. El líquido fresco le alivió la garganta reseca por el vino y por la furia. El calor de la chimenea lo abrazaba, y por primera vez en horas, sus labios se curvaron en una sonrisa cansada.

La velada había sido buena, realmente buena. Y aun así, bastó la vileza de un hombre para torcerla.

—Hijo de puta... -murmuró con los dientes apretados.

Dejó el vaso sobre la mesa y caminó hacia la cama. Cada paso lo acercaba al silencio tibio del lecho, y cuando por fin apartó las mantas para acomodarse junto al príncipe, se encontró con una visión que lo dejó inmóvil.

Jacaerys estaba casi desnudo. Solo la tela de su ropa interior cubría su cuerpo. Todo lo demás había desaparecido.

¿Por comodidad? ¿Por impulso? Poco importaba.

Por un instante, el aire se volvió denso. Cregan sintió cómo el calor le ascendía por el pecho, encendiendo su sangre como brasa. 

Apretó la mandíbula. No. Jacaerys dormía. No iba a profanar su descanso ni a usar esa vulnerabilidad como pretexto. Y sin embargo, tenerlo tan cerca, respirar el mismo aire, sentir su calor, era casi insoportable.

El placer de aquella visión era cruel. "Qué dulce condena...", pensó, y sonrió.

Se deslizó bajo las mantas con el mayor sigilo, aunque su tamaño y peso hacían imposible pasar inadvertido. Y, como era inevitable, el príncipe abrió los ojos.

—¿Cregan? -susurró con voz ronca, arrastrada por el sueño.

—Sí, mi príncipe. Soy yo. -respondió con firmeza, aunque por dentro el corazón le retumbaba.

El muchacho bostezó, giró dándole la espalda y se acomodó de nuevo para dormir. Pero Cregan no pudo apartar la vista. El fuego iluminaba suavemente su piel desnuda, revelando un secreto que hasta ahora había pasado por alto: las pecas no se limitaban a su rostro, sino que se extendían como un mapa oculto por sus hombros, sus brazos, su espalda.

"A la mierda", pensó. Nunca había sido un hombre de mirar sin tocar. Nunca. Y ahora, con la felicidad a un palmo de distancia, ¿iba a limitarse a contemplar?

Se rió para sí mismo, con amargura y deseo entremezclados. Y en un impulso, lo rodeó con sus brazos, abrazándolo por la espalda.

Jacaerys se sobresaltó apenas, pero pronto sonrió, todavía medio dormido.

—Hace frío... -murmuró.

—Sin ropa, cualquier sureño lo sentiría, mi príncipe. -le respondió Cregan en voz baja, con un tono que era tanto reproche como ternura.

El príncipe pareció caer en cuenta de su estado. Rió suavemente, con una timidez que lo enrojecía.

—Perdón... fue un impulso. No quería volver a verlas.

Cregan comprendió al instante. Jacaerys no se deshizo de simples prendas, sino de malos recuerdos. Y en su sonrisa no hubo burla, sino dolor y ternura.

Lo apretó más contra sí. Sus manos descubriendo lo que antes había imaginado: la cintura estrecha, el abdomen marcado, la tibieza vibrante de su piel. Jacaerys encajaba en él como si hubiese sido hecho para ese abrazo.

—¿Qué sucede? -preguntó Cregan, percibiendo la angustia que aún se escondía en su respiración—. ¿Qué está mal, mi amor?

Le besó la nuca, obligándolo a girar hasta quedar frente a frente. Tomó el rostro de Jacaerys, sosteniéndolo con miedo a quebrarlo, y lo besó suavemente en los labios. Apenas un roce, un gesto más protector que pasional.

Los ojos de Jacaerys temblaban, llenos de dudas.

—¿Está... todo en orden? -preguntó con un hilo de voz, como si temiera que el mundo siguiera desplomándose.

—Sí, mi príncipe. -Cregan lo dijo con la firmeza de una montaña—. Todo está en orden. Ya no hay nada que temer.

El dragón exhaló, hundiendo el rostro en su pecho. Lo estrechó fuerte, acariciando su espalda, dejando que el calor de sus cuerpos se mezclara. Jacaerys era un torbellino de emociones. Y aun así, allí, en sus brazos, parecía por fin descansar.

Cregan cerró los ojos. El sonido de aquella respiración tranquila fue embriagadora, más poderosa que el vino. Y así, se permitió entregarse al sueño. 


 

El amanecer llegó más tarde de lo que Cregan estaba acostumbrado. Cuando abrió los ojos, la claridad que se colaba por los ventanales ya era más fuerte de lo que debería. Lo primero que sintió fue el peso inusual de un descanso demasiado largo; lo segundo, la ausencia.

Se giró hacia el costado, buscando con la mano un cuerpo que ya no estaba allí. La sábana estaba fría, sin rastros del calor que debería haber quedado impregnado en ella. Un vacío extraño lo atravesó al comprenderlo. Por un instante, se quedó recostado, los ojos fijos en aquel espacio desierto, como si pudiera convocarlo de vuelta con solo desearlo.

No tardó en maldecirse en silencio. No era propio de él quedarse dormido así, mucho menos en esas circunstancias. Debería haber estado despierto antes que todos, atento y vigilante, cumpliendo con el deber. Aquello lo incomodó más de lo que quería admitir.

Se incorporó de golpe, con movimientos bruscos. Pasó una mano por el rostro, intentando despejarse, y luego comenzó a vestirse con la rapidez de quien siente que ya perdió demasiado tiempo. Ajustó la ropa con manos firmes, se calzó las botas y se ciñó el cinturón más fuerte de lo necesario.

Mientras se colocaba el abrigo, un pensamiento punzante se deslizó en su mente: ¿Se habrá marchado en silencio para no despertarme o... porque prefería no mirarme más? La duda le arañó el pecho de forma absurda, pero no pudo evitarla.

Se aseo el rostro con agua fria y sacudió la cabeza, queriendo expulsar aquella inseguridad impropia de un Stark, y salió de sus aposentos con pasos largos y resueltos.

El castillo ya estaba vivo. El sonido de botas en los pasillos, de criados con bandejas y jarros, de las brasas siendo avivadas en los hogares, le devolvió la sensación de normalidad. Pero Cregan no se permitió relajarse.

Su primer destino fue la habitación de Rickon. No necesitaba más razones: proteger a su heredero era instinto, casi reflejo. Dos guardias montaban guardia frente a la puerta, con rostros duros y hombros erguidos. Más que nunca, parecían conscientes de su deber. Una nodriza aguardaba a pocos pasos, lista para entrar en cuanto el niño despertara.

Cregan se detuvo lo suficiente para asegurarse de que todo estaba en orden. Observó los rostros de los hombres, el modo en que sostenían las lanzas, la atención puesta en cada sonido. Nada parecía fuera de lugar. Su hijo estaba seguro.

Sin perder más minutos, se encaminó a la otra puerta más lejana: los aposentos de Jacaerys. No dudó demasiado al llegar; golpeó con los nudillos hasta escuchar la voz clara que le dio permiso para entrar.

Jacaerys estaba sentado junto a la mesa, con un libro entre las manos. Delante de él, el desayuno ya vacío: frutas mordidas, pan deshecho en migas, un jarro casi seco. Su cabello aún húmedo caía en rizos oscuros sobre la frente, y la fragancia fresca que impregnaba la habitación lo delataba: había tomado un baño poco antes. La luz matinal que se filtraba por la ventana jugaba con sus facciones, resaltando la suavidad de sus pómulos, la calma en su mirada, que contrastaba con todo lo que habían vivido en tan poco tiempo.

Cuando levantó la vista y lo vio entrar, una sonrisa sencilla se dibujó en sus labios. Nada rebuscada, nada forzada. Una sonrisa que arrancó de Cregan toda la tensión que aún le quemaba por dentro.

El norteño cerró la puerta tras de sí, avanzó hasta él y, sin palabras previas, inclinó la cabeza para depositar un beso breve en sus labios. No hubo sobresalto: Jacaerys lo recibió con la calma de quien se siente seguro, como si ya hubiera estado esperándolo.

—¿Cómo te encuentras? -preguntó el príncipe en voz baja.

Cregan arqueó una ceja, y en su voz resonó un reproche cargado de ternura.

—Esa pregunta debería hacerla yo, mi príncipe.

Jacaerys sonrió, ladeando apenas los labios. Dejó el libro sobre la mesa y se incorporó con elegancia. Sus pasos eran ligeros, aunque firmes, y pronto estuvo frente a él, elevando el rostro hasta encontrar sus ojos.

—Mejor -admitió el príncipe—. Hace tiempo que no encontraba un sueño tan profundo y cálido.

Cregan asintió, y esta vez fue él quien sonrió con un leve alivio.

—Eso es bueno de oír. Y debo confesar... que podría decir lo mismo.

Ya que estaban frente a frente, las miradas volvieron a encontrarse. Jacaerys rodeó con suavidad el cuello de Cregan, mientras este correspondía ciñendo su brazo a la cintura estrecha del príncipe. La diferencia de cuerpos era palpable: uno ancho, pesado y firme; el otro más ligero, pero no menos fuerte, flexible como el fuego.

—Gracias, Cregan... yo realmente... -la voz de Jacaerys se cortó un instante, y el muchacho suspiró antes de continuar—. Recordaré esto hasta mis últimos suspiros. Lo que el señor de Invernalia hizo por mí.

El norteño soltó una risa contenida, grave, que vibró en el pecho de ambos.

—Y yo, el señor de Invernalia, prometo defender al príncipe heredero... no importa qué.

Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, y Cregan bajó la voz hasta hacerla casi un murmullo.

—Pero dejemos a un lado la cordialidad, ¿no es así?

Rozó su nariz contra la de Jacaerys, arrancándole una risa breve, que llenó la habitación de calidez. Y el beso que siguió fue distinto: cargado de un entendimiento silencioso que iba más allá de palabras o promesas. 

Cregan amaba besar aquellos labios. No lo había descubierto de inmediato, sino poco a poco, a fuerza de probarlos una y otra vez como si fueran un manjar del que jamás se saciaba. Antes de Jacaerys, besar había sido para él un acto accesorio, una formalidad en los juegos de cama con alguna mujer o algún amante pasajero. Lo había hecho, sí, pero nunca con devoción, nunca con necesidad. Con Jacaerys, en cambio, cada beso era un tormento y una recompensa, abismo al cual se lanzaba sin pensar. 

Mientras lo estrechaba entre sus brazos, su lengua se hundía en aquella boca tibia y húmeda, saboreando la dulzura que parecía brotar únicamente de él. Su cuerpo ardía y todo en Cregan exigía arrancar hasta el último suspiro del príncipe. Estaba destinado a devorarlo con los labios, tal vez esa fuera la única manera de aplacar el hambre que lo corroía desde dentro.

Jacaerys no se quedaba atrás, respondía con la misma entrega. Sus manos, temblorosas y suaves, se movían sobre el pecho amplio de Cregan. Por instantes, parecía incitarlo, como si esas caricias fueran una invitación a tomar más, a no detenerse. Y Cregan, por los dioses, quería obedecerlas.

Y se dejó llevar. El beso se volvió más feroz. Sintió los dedos de Jacaerys aferrándose a la tela de su túnica. El joven dragón temblaba en sus brazos, pero no de miedo: era entrega, su vulnerabilidad convertida en deseo. La calidez de su cuerpo, la respiración entrecortada contra su boca… todo lo arrastraba hacia un borde peligroso.

El corazón de Cregan latía con fuerza desbocada. Lo sostuvo más fuerte, demasiado fuerte, quería marcarlo, y por un momento pensó que no podría detenerse. Que esa misma mañana lo tomaría allí mismo, en esa cama, sin importarle el deber ni el decoro. Pero algo en su mente, un destello de racionalidad, lo frenó. El deber lo esperaba. La jornada sería larga, cargada de asuntos que no podían postergarse, y si no ponía un límite en ese mismo instante, no habría retorno.

Entonces con un gruñido bajo y frustrado, rompió el beso, aunque no del todo. Su mano grande se enredó en los rizos húmedos del príncipe y tiró de ellos hacia atrás con firmeza, obligándolo a alzar el rostro. No lo lastimaba, pero lo dominaba, y el gemido suave que escapó de la garganta de Jacaerys lo hizo estremecerse. El sonido fue provocación pura.

Lo miró. Jacaerys tenía los labios enrojecidos e hinchados, los ojos oscuros y brillantes, las mejillas encendidas de un calor febril. Demasiado hermoso, era un sueño encarnado que lo tentaba a romper todas sus reglas. Cregan maldijo entre dientes, con la voz cargada de furia contenida.

—Que los dioses me perdonen por lo que podría hacerte ahora mismo.

Jacaerys apenas sonrió. Su voz salió quebrada, entre un ruego y un reto.

—¿Y qué estás esperando, mi lord? —susurró, con el pecho agitado—. Por favor...

Las palabras golpearon a Cregan y lo observó en silencio, dejando que la tensión se espesara entre ambos, que el aire mismo se volviera insoportable. Y cuando habló, su voz fue grave.

—Esta noche te tomaré. Y nada, absolutamente nada, podrá impedirlo. Reclamaré tu cuerpo hasta el cansancio. Me pertenecerás entero.

Los ojos de Jacaerys se abrieron un poco más, tal vez no había esperado tanta crudeza. Sus labios entreabiertos trataron de decir algo, pero el pelinegro no encontró palabras.

Cregan soltó su cabello con brusquedad, aunque sin violencia, y retrocedió un paso. Se obligó a apartarse, un segundo más sería su condena. 

No miró atrás y tampoco se permitió contemplar la reacción final de Jacaerys, aunque en su interior lo imaginaba. 

El norteño se dirigió hacia la puerta con pasos firmes y salió de la habitación sin girarse.

Pero dentro de sí lo sabía. No había lanzado una amenaza vacía ni un juego de palabras. Cregan Stark no mentía. Y al caer la noche, lo que había prometido se cumpliría.

 

Notes:

tranquilos ya follarán, jajaja sorry.
btw la dinámica de estos dos es muy morticia y gomez.