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Parte Dos
Capítulo 17
La Montaña de la Muerte se alzaba imponente ante Link mientras la contemplaba desde lo alto de la torre Lanayru. El volcán se alzaba imponente en medio de una masa continental roja y escarpada. El color verde de la Región de los Zora y la llanura de Hyrule se desvanecían, dando lugar a tierra y rocas rojas. El camino, por lo que podía ver, conducía a una serie de curvas cerradas que serpenteaban por el terreno montañoso hasta llegar, finalmente, a la base del volcán.
Pudo divisar a la bestia divina Vah Rudania. No la había visto antes debido a la lluvia que había caído sobre la Región de los Zora. Pero ahora podía verla mucho mejor—se trataba de una gigantesca estructura con forma de lagarto que caminaba sobre la superficie con pendientes pronunciadas de la Montaña de la Muerte como si nada. La corrientes de lava que caían desde la boca del volcán hasta la base parecían no hacerle nada.
Mientras Link observaba, la bestia se detuvo, levantó la cabeza y lanzó un rugido silencioso. Eso lo puso a pensar. Ruta había controlado el clima sobre la Región de los Zora y—hace unas pocas semanas atrás—había comenzado a actuar de manera extraña. ¿Era mera coincidencia o había algo más siniestro detrás de eso? ¿Rudania estaba actuando igual de extraño? Y de ser así, ¿qué tipo de poder tendría?
Link suspiró y tomó el pequeño paquete en el suelo junto a él sobre la torre sheikah. Lo abrió con cuidado, revelando su contenido, el cual se trataba de tiras secas de cordero y unas cuantas zanahorias. Preparó esa comida en Kakariko varios días atrás, antes de partir de la Región de los Zora. Se preguntó si debía ir de vez en cuando a Kakariko o Hatelia ahora que había desbloqueado la torre de esa región, permitiéndole viajar de manera rápida. Pero no se le ocurrió nada que necesitara ahora mismo y aún era muy temprano como para ir a dormir en su nueva casa, la cual compró, claro, con un préstamo de rupias de una sheikah muy vieja en el cuerpo de una niña.
Mientras comía una zanahoria con una mano, usaba la otra para navegar por el menú de la tableta sheikah para activar el módulo de telescopio. Levantó la tableta y miró a través de la pantalla transparente el camino que llevaba hacia la Montaña de la Muerte. Unos segundos después encontró lo que andaba buscando. Un pequeño asentamiento al pie de las colinas, justo antes de que el camino se convirtiera en una serie de curvas cerradas.
Ahí era donde, según había oído Link, se realizaba la mayor parte del comercio entre la Montaña de la Muerte y el resto de Hyrule. Los goron solían transportar orbes y gemas preciosas hasta la base, donde las intercambiaban por ropa resistente al fuego, especias y otros materiales imposibles de conseguir dentro o en los alrededores de la montaña. O al menos, así era antes del cataclismo. Ahora, nadie con quien Link había hablado sabía qué encontraría allí. Desde la torre, no alcanzaba a ver a nadie en el asentamiento. Sabía que aún se realizaba algo de comercio, así que supuso que debía de haber alguien. Pero cuántos quedaban allí era otra historia.
Puso la tableta a un lado y terminó su comida. Se levantó, juntó su equipamiento y provisiones y miró una última vez alrededor de la torre. Sus ojos se posaron en el castillo de Hyrule. Por un brevísimo instante, vio una imagen en su mente—un bello castillo bajo un claro cielo azulado—pero luego se esfumó. Eso le estaba pasando bastante últimamente, a excepción del único lugar del cual esperaba ver algo: su hogar.
Había comprado aquella casa en Hatelia, evitando que la demolieran, porque había descubierto que alguna vez perteneció a su familia antes del cataclismo. Esperaba que, al estar dentro, despertaran algunos recuerdos de su padre, de su madre o de la vida que había tenido al crecer allí. Pero, lamentablemente, esos recuerdos seguían encerrados tras la barrera en su mente, impuesta por el Santuario de la Vida.
Link apartó esos pensamientos y respiró hondo, colocándose al borde de la torre. A lo lejos, más abajo, al otro lado del río Zora, pudo ver a Valorio. El caballo seguía, como de costumbre, cerca del lugar donde lo había dejado, bebiendo del río y mordisqueando el pasto. Link abrió su paravela y la sostuvo sobre su cabeza. Aún le daba ansiedad saltar desde una altura como esa.
Pero la ansiedad desapareció una vez saltó, y su paravela atrapó el viento. Podía volar. O al menos, así se sentía mientras flotaba sobre el río. El aire se precipitó a través de su cabello, agitando sus patillas sueltas y haciendo que su túnica azul de campeón revoloteara ligeramente.
Cruzó el río con facilidad y ajustó su dirección ligeramente, haciéndolo girar de forma lenta. Desde su posición sentía como si pudiera verlo todo. Vio un conejo saltando al otro lado del camino se paralizó del miedo cuando su sombra pasó por encima. Vio un zorro olfatear con curiosidad el césped en busca de comida. Incluso vio un majestuoso ciervo con una cornamenta de múltiples puntas que montaba guardia en un prado bordeado de árboles.
Sonriendo, Link volvió a girar contra el viento. Podía ver peces nadando en el río. De repente, una mancha gris pasó volando junto a él y se sumergió en el agua. Un momento después, un pájaro gris y blanco salió disparado del agua, batiendo sus amplias alas. Se elevó del agua, llevando un gran pez verde en sus garras. Asombrado, observó cómo el pájaro ganaba altitud con dificultad, mientras luchaba por controlar al pez, que se retorcía violentamente. Eso le dio ideas sobre cómo podría utilizar la paravela en una emboscada.
Finalmente, planeó hacia abajo, aterrizando con un leve tropiezo en el camino, a unos pocos metros de donde Valorio pastaba vagamente. Cuando sus pies tocaron el suelo, su caballo alzó la mirada, mirándolo a la cara y rechinando para luego volver a comer pasto. Link sonrió, doblando su paravela y caminando hacia Valorio para guardarla en su montura. Tendría que decidir qué llevar y qué dejar cuando subiera hacia la Montaña de la Muerte. No podrá llevar a Valorio consigo al extremo calor del volcán. Ya le costaría bastante llevar agua suficiente para él como para intentar encontrar una forma de alimentar y dar de beber al caballo.
Una columna de humo gris se elevaba desde el volcán, mezclándose con las nubes dispersas que cubrían el cielo. Que extraño debe ser vivir en un lugar tan volátil.
“Quiero decir , no solo sus hogares—sino también sus vidas—están en constante riesgo. Un rio de lava inesperado, un terremoto o incluso una erupción—cualquiera de esas cosas podría pasar en cualquier momento”
Link miró hacia quien había hablado. La princesa Zelda estaba vestida con su vestuario azul normal de viaje, aunque se había remangado las mangas se su camisa blanca hasta los codos. Aun así, el calor del sol de verano caía sobre ellos, dejando un ligero brillo de sudor en su frente. Esperaron poder escapar de tal calor al salir del desierto gerudo, y fue así por un tiempo. Sin embargo, la primavera dio lugar a un anormal verano caluroso. Link pensó que pudieron haber planeado su visita a Daruk y Rudania un poco mejor.
Pero cuando la princesa fijaba su atención en algo, no había forma de hacerla cambiar de opinión. Era tan testaruda como una gerudo. O quizá como un goron. Mantuvo esa comparación para sí mismo. Dudaba que a la princesa le hiciera mucha gracia.
“Tendremos que dejar los caballos pronto, ¿verdad?” preguntó ella, colocando una mano sobre el cuello de su corcel blanco. Últimamente no se llevaban muy bien. Link pensó que el caballo real, que igualaba a su ama en orgullo y terquedad, podría haberse ofendido cuando lo dejaron en el establo, fuera del desierto, en lugar de permitirle continuar con ellos. Desafortunadamente, la situación de aquel entonces era similar a la de ahora—hacía demasiado calor y había muy poca agua como para arriesgar la vida de los caballos. Tendría que encontrar la manera de darle algún consejo sobre cómo aliviar el orgullo herido del animal… si lograba hacerlo sin herir el de ella.
“¿Y bien?” su voz se volvió más aguda, atrayendo su atención a ella. Arqueó una ceja, sus ojos verdes irritados claramente exigían una respuesta. Link estaba a punto de responder.
Y luego ella desapareció.
Link cerró lentamente la boca mientras el recuerdo se desvanecía. Había sucedido tan de repente que, en cierto modo, ni siquiera le parecía un recuerdo. Podría haber ocurrido en ese mismo instante. Ella podría haber estado allí de pie. Había estado allí de pie. Hacía cien años.
Cerró los ojos y suspiró levemente. Recuerdos, tales como ese, comenzaron a regresar con más frecuencia luego de derrotar a la bestia divina, sobre todo dentro y alrededor de la Región de los Zora. Muchos eran de Mipha, incluso recordaba algunas de las travesuras que había compartido con los Basunes, como se habían llamado a sí mismos hacía tantos años.
Link abrió los ojos nuevamente, inhalando el dulce aroma de la primavera. ¿Cuánto más va a durar la primavera? se preguntó. Había despertado hace varias semanas, y a decir verdad, no tenía ni idea de lo avanzada que estaba la temporada. Pero tomando la actividad en los campos alrededor de Hatelia y Kakariko, supuso que aún estaban a la mitad de la temporada de plantación, así que habría tiempo antes de que el calor de verano llegara. Quizás la Montaña de la Muerte sería más llevadera cuando la visitara esta vez.
Sonriendo levemente, Link puso un pie en el estribo de Valorio y se subió al lomo del caballo. Acariciando suavemente el cuello de su caballo, chasqueó la lengua y le dio un golpecito en el costado con la rodilla. Comenzaron a avanzar a un trote suave, girando por el camino que conducía hacia la Montaña de la Muerte.
El camino llevó a Link hacia el noreste durante un tiempo, subiendo una colina bordeada de pinos. A la derecha del camino se alzaban los escarpados acantilados de las crestas y mesetas que rodeaban la Región de los Zora desde este lado, mientras que más al norte, el terreno descendía hacia un gran valle llamado Valle de Beele según la tableta Sheikah. La colina parecía marcar la frontera entre las zonas más frondosas y verdes de la llanura de Hyrule y la Región de los Zora, mientras que la tierra del valle se volvía más roja y la hierba más escasa.
Mientras cabalgaba, comenzó a notar otros indicios de presencia humana. Había huellas evidentes en el camino, dejadas por botas, pezuñas y ruedas de carros. Aunque el suelo estaba ahora seco, hasta hacía poco había sido un barro espeso, consecuencia de la lluvia de Ruta, lo que había dejado muchas de las marcas profundamente grabadas en la tierra compactada. También distinguió otras huellas, que creyó podrían pertenecer a lizalfos, bokoblins o incluso moblins, aunque estas eran más escasas y estaban más dispersas.
Ver señales de vida animó a Link mientras subía la colina. Aunque no vio a nadie más en el camino, el hecho de que otros aún lo recorrieran significaba mucho para él. ¿Cómo sería si derrotara a Ganon? ¿El reino de Hyrule resurgiría, o surgiría otra nación en su lugar? ¿Qué sería de los zora, los orni y los hylianos? Nyel y Sidon lamentaban que sus razas estuvieran tan aisladas unas de otras. ¿Cambiaría eso tras la derrota de Ganon? ¿Podría haber cambiado antes?
¿Podría hacer algo para cambiarlo? pensó mientras miraba el acantilado hacia el sur. Ahora los zora parecen ser más amables con los forasteros. ¿Serían los goron tan frío como lo fueron los zora?
Link sacó su tableta, observando la lisa superficie negra de la pantalla. Abrió la galería de imágenes y lentamente comenzó a pasar por decenas de fotografías que la princesa había dejado. Mientras pasaba por imágenes de flores y fauna, de lugares emblemáticos y de las personas que obviamente le importaban, Link se sintió sorprendido por la sensación de asombro que le producía el nivel de conocimiento que este sencillo dispositivo le proporcionaba sobre su carácter.
Aún sabía muy poco sobre ella, pero creyó poder deducir parte de su personalidad a partir de aquellas fotos. Parecía una persona paciente, amable con quienes la rodeaban. Pensó en el breve recuerdo de antes—ella era inteligente y estudiosa. Amaba su tierra y a su gente. Amaba su tierra y a su gente. A él le pareció también un tanto obstinada, pero ¿cómo no serlo? Después de todo, era una princesa. Pero, en ese breve recuerdo, le pareció que ella se había dirigido a él de un modo sencillo, sin aires de realeza. Le recordó la forma en que Sidon trataba a su séquito. ¿La princesa se había comportado con él con la misma naturalidad con la que Sidon lo hacía con sus guardias?
Acabó encontrando la imagen de ella vestida de blanco, de pie frente a la piscina de agua. Se la veía triste, pero aun así sonreía. ¿Qué pasaba por su mente en ese momento? ¿Pensaba en un futuro sin Ganon? ¿Sentía miedo ante la confrontación que se acercaba? ¿Qué veía cuando miraba a Link? ¿A un héroe? ¿A un guardián? ¿A un amigo?
Se preguntó si ella podía verlo ahora.
La mañana dio lugar a la tarde para cuando Link llegó a la bifurcación en el camino. Seguía sin haber visto a nadie por el camino a medida que avanzaba, pero eso ya no era sorpresa para él luego de todo lo que recorrió desde que despertó. Luego de revisar el mapa por un largo rato, Link dirigió a Valorio para la derecha, alejándose de la Montaña de la Muerte y dirigiéndose hacia la sierra de Akkala.
Prunia no pudo reparar la espada de guardián cuando se la llevó. Según él, podría hacerlo, pero se negó, explicando que su investigación estaba centrada en la antigua tecnología sheikah y en los guardianes, no en armaduras ni armas. Entonces ella le sugirió que fuera a ver a Rotver si quería que repararan su espada.
Es como si no tuvieran prisa en que salve el mundo, pensó Link con una sonrisa sarcástica. Pero ese desvío tomaría una semana, según sus estimaciones en el mapa. Pero su habilidad de poder dañar a las creaciones de Ganon sin una de esas armas extrañas lo preocupaba. No estaría bien ir a la batalla sin estar preparado, asumiendo que una criatura similar a la de Ruta ocupaba a Rudania.
Poco después de la bifurcación, el camino paso de uno hecho de tierra a uno hecho de piedra. Muchos de los ladrillos estaban cubiertos de hierba o tierra desde hacía mucho tiempo, pero aún se podían ver muchos de los ladrillos grises debajo de la maleza. Las pezuñas de Valorio resonaban, haciendo eco por el acantilado a la derecha de Link. Mientras seguían subiendo la colina, Link vio un lago que se extendía a sus pies y, a lo lejos, el puesto de comercio al pie de la montaña.
Con una repentina y abrupta certeza, Link supo que había viajado por este camino antes. Si bien no vio ningún recuerdo fugaz para sustentar esa sensación, supo que había recorrido ese camino junto a la princesa Zelda. Casi podía verla sobre su caballo blanco, cabalgando a su lado. Quizá estaría tomando fotos con la tableta. Por curiosidad, sacó su tableta y buscó alguna fotografía de esa ubicación, pero no encontró ninguna. Aun así, satisfecho con esa sensación estar bien, siguió su camino con la frente en alto.
Esa noche acampó justo después de otra bifurcación en el camino, entre unas antiguas ruinas que, pensó, en algún momento podrían haber sido algún tipo de puesto de vigilancia. Halló un escudo oxidado y lanzas rotas que confirmaban sus sospechas. También encontró los restos descoloridos y destrozados de una bandera casi enterrada bajo los escombros, los restos de una vieja cama y un telescopio cilíndrico roto. Peor aún, descubrió señales de habitantes recientes. Viejas fogatas, esqueletos de animales y un garrote de madera toscamente tallado. Claramente, un grupo de bokoblins había acampado ahí también.
De solo de pensarlo, a Link se le ponía la piel de gallina, y dio otra vuelta por su pequeño campamento, agachándose y buscando señales frescas de los monstruos. Si bien no encontró nada que fuera reciente, encontró muchos indicios de que habían estado ahí. Pero esa noche Link estaba completamente solo, a excepción de su caballo.
También descubrió qué le había pasado al puesto de vigilancia. Mientras rebuscaba en busca de cualquier rastro reciente de bokoblins, se topó con una pierna rota de un guardián. Era solo una pierna, pero bastó para decirle todo lo que necesitaba saber. Por qué aquel lugar había sido reducido a nada más que escombros y ruinas antiguas.
Quizá los soldados que estuvieron allí lucharon—tal vez incluso lograron cortarle una pierna al guardián—pero no fue suficiente para detener su ola de destrucción. No era como el Templo del Tiempo o la Muralla de Hatelia; no había cuerpos de guardianes esparcidos por el lugar. Le dolía pensar en aquellos soldados olvidados, luchando, quizá, para proteger sus hogares, tal como él lo había hecho todos esos años. Probablemente perecieron, tal como él.
Link regresó a su campamento, llevando consigo los trozos de madera rotos que pudo encontrar entre las ruinas. Cocinó en su olla el último pescado salado que le había dado zora, añadiendo unas cuantas especias y hierbas que había recogido en la aldea de Hateno. La comida salió bien, aunque pensó que podría mejorar la mezcla de especias. En cualquier caso, aparte de algunas de las raciones de viaje que había preparado en Hatelia, tendría que empezar a cazar carne de nuevo al día siguiente, si quería comer algo más que cecina y setas.
Le tomó tiempo quedarse dormido esa noche; su mente estaba plagada de pensamientos sobre soldados asustados intentando desesperadamente detener el avance de los guardianes. Estaban tan lejos del castillo que quizá nunca supieron que había caído. Probablemente se preguntaron dónde estaría su princesa y el campeón de la espada legendaria.
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“¿Puedo verla?”
El soldado era apenas unos años menor que Link. Era un poco más bajo que él, con pecas y una mata de pelo rojo. Había dejado su lanza apoyada contra la pared de la barricada, ansioso por conocer al hombre portador de la espada maestra.
Lo cierto era que Link prefería no tener que mostrarla a cada chico o chica que soñaba con convertirse algún día en héroe de Hyrule, pero tampoco le parecía correcto decirle que no al muchacho. Después de todo, Link también fue alguna vez como él. Nunca fue soldado, más bien un escudero al servicio de un caballero, pero alguna vez también soño con ser un héroe.
Oh, cómo soñaba con volver atrás y darle una bofetada a su yo del pasado.
Link extendió el brazo por encima del hombro y desenvainó la Espada Maestra. Como siempre, la hoja se deslizó con facilidad, casi ansiosa por liberarse. Los ojos del muchacho brillaron de asombro al contemplar la reluciente espada de empuñadura púrpura. Era un arma magnífica, impecable y eternamente afilada. Estaba perfectamente equilibrada, tenía el peso y el largo ideal, justo para él. Era una lástima, pues, que llevarla resultara ser una carga para su portador.
“¿Quieres sostenerla?” preguntó Link con una voz tenue.
El joven miró a Link con asombro y luego de un momento, dijo que no con la cabeza. “Oh no, no podría, Sir Link. No creo que la espada me considere digno, y he oído leyendas sobre lo que ocurre cuando la espada te considera digno”
Simples mitos. Hasta ahora, en su corto tiempo como portador de la Espada Maestra, Link nunca había visto a nadie morir al tocarla. Pero aun así, no le iba a insistir. Asintiendo, guardó la espada otra vez en su vaina. El muchacho la siguió con la vista con avidez. Parecía como si quisiera hacerle más preguntas, pero se contuvo la ganas, le dio las gracias y recogió su lanza.
Link suspiró ligeramente y caminó hacia la entrada del puesto de guardia sur de Akkala. Afuera caía una lluvia torrencial y los rayos bifurcaban el cielo nublado. Él y la princesa Zelda habían estado en Ciudad Goron la semana pasada, ayudando a Daruk a controlar su bestia divina. Dos días antes de partir, un hombre había llegado trayendo un mensaje para la princesa, informando del nuevo descubrimiento que los doctores Prunia y Rotver habían hecho en la sierra de Akkala. Su plan original era visitar a Mipha en la región de los zora para ver los avances en su dominio sobre Ruta, pero parecía que eso tendría que esperar.
Link esperaba llegar a la fortaleza y pasar allí la noche, pues era mucho más segura que el pequeño puesto de guardia. Al menos la princesa Zelda había aceptado dormir en los aposentos del capitán. Link había hablado con él, y el hombre accedió a hacer guardia fuera de la habitación. Más tarde, ya entrada la noche, Link tomaría su puesto, cuando un ataque resultaba más probable. A ella seguramente le disgustaría encontrarlo de guardia al despertar por la mañana. Después de todo, odiaba verlo apostado frente a su puerta.
Pero el era su caballero elegido y no eludiría sus obligaciones, incluso si estaban en un lugar supuestamente seguro. Si la princesa odiaba su presencia, entonces tendría que decírselo a su padre. No pudo evitar sonreír levemente al pensar eso, sabiendo muy bien que ella ya lo había hecho. En repetidas ocasiones.
“¿Sir Link?” La nueva voz a sus espaldas lo hizo suspirar ligeramente antes de darse la vuelta. Se encontró con otro soldado—este, al menos dos décadas mayor que él—que miraba con cierta esperanza la empuñadura que sobresalía detrás de su hombro. “¿Me permitiría echarle un vistazo a su espada?”
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A la mañana siguiente tuvo la oportunidad de ver lo que no pudo ver anoche. Al norte de las ruinas en las que durmió, pasando el puente que llevaba a la región de Akkala, se alzaba un castillo.
Al principio le pareció como si el castillo fuera ridículamente alto, con docenas de pisos de altura. Pero mirando bien, entendió que no era así, más bien, el castillo había sido construido sobre una montaña, la cual constituía la mayor parte de su altura. Sacó su tableta sheikah para ver más de cerca, y tal fue su sorpresa al notar que no fue construido sobre una montaña, sino dentro de la montaña. Paredes de piedra y estructuras habían sido erigidos alrededor de la montaña—en su base, a sus costados y en la cima. Y en el centro del castillo se alzaba una brillante torre sheikah.
Atónito, Link bajó la tableta y la enganchó a su cinturón. En el mapa podía ver el nombre del castillo, aunque este no indicaba nada sobre su importancia ni su magnificencia. La Fortaleza de Akkala. Se sintió casi mareado al verla. Se preguntó si alguna vez vivió gente adentro. ¿Por qué los refugiados de hace cien años no se habrían establecido en un castillo como ese? Si bien aún estaba muy lejos como para distinguir los detalles con claridad, la idea de encontrar un grupo de hylianos lo emocionaba.
Rápidamente recogió sus cosas, se montó sobre Valorio y galopó hacia el norte, cruzando el puente que se extendía sobre un profundo cañón. Le tomó más de una hora llegar a un antiguo pueblo al pie de la Fortaleza. La montaña sobre la que se alzaba la Fortaleza surgía desde lo profundo de un largo cañón, y la única manera de alcanzarla era cruzando el puente que lo atravesaba. Este pequeño pueblo se encontraba al otro lado del puente, frente a la Fortaleza—un hogar para las familias de los soldados y un mercado para que estos disfrutaran cuando no estaban de servicio.
O al menos, así fue como el viejo pueblo de Kasuto1 solía ser cien años atrás. Ahora, mientras Link se desviaba del camino que pasaba por el pueblo y atravesaba la puerta destrozada que una vez lo había protegido, se encontró con un pueblo fantasma, sin vida.
Era igual que las otras ruinas que había visto durante sus viajes. Muchos de los edificios se habían destruido, imposibles de reconocer, mientras que los que aún permanecían en pie no estaban en condiciones de ser habitados.
¿Pero qué hay de la Fortaleza? ¿Se mantuvo en pie cuando Ganon atacó? Las esperanzas iniciales de Link habían comenzado a desvanecerse al ver el estado en el que había quedado Kasuto, pero se desvanecieron por completo cuando se detuvo al pie del puente que conducía a la Fortaleza. El puente que cruzaba el cañón había colapsado hace tiempo, impidiendo inspeccionar la Fortaleza en persona. Pero desde donde estaba pudo ver lo que necesitaba saber.
Al igual que el Templo del Tiempo, cuyos lados lo hacían verse intacto, la Fortaleza impecable por un lado, pero el otro mostraba la destrucción que había sufrido. Guardianes muertos se veían por toda la Fortaleza. Algunos yacían amontonados en el fondo del cañón, mientras que otros habían quedado congelados en su ascenso por la montaña, con sus piernas aracniformes aún aferradas de alguna manera a la roca después de cien años.
Pudo ver guardianes muertos en medio de paredes destruidas, habiendo penetrado las defensas de la fortaleza antes de ser finalmente derrotados. Eso de por si no significaba que la Fortaleza estaba perdida, claro, pero la presencia de la sustancia que Impa llamaba Malicia decía lo contrario.
Suspirando, Link se preparó para dar la vuelta y seguir su camino cuando vio movimiento en la Fortaleza, deteniéndolo. Observó con atención algo sobrevolando por el aire cerca de la torre sheikah. Era difícil distinguir bien qué era donde estaba, así que sacó su tableta sheikah y activó el módulo del telescopio para tener una mejor imagen del objeto.
Era una especie de gólem hecho de metal negro que sobrevolaba gracias a tres hélices giratorias. Tenía un único ojo azul colgando de la punta de su largo cuerpo cilíndrico, girando y observando su entorno. La estructura y el diseño de su cuerpo indicaban que claramente era de origen sheikah, y brillaba con las mismas luces rojas que habían infestado a Ruta.
Era un guardián. Diferente, claro, a los que había visto hasta ahora, pero su diseño era inconfundible. Y, además, aún estaba funcionando.
El miedo se apoderó de él mientras observaba al guardián volando alrededor de las ruinas de la Fortaleza, protegiéndola de cualquiera que intentara reclamarla o, quizá, buscando señales de vida en ella. Luego de ver a los guardianes en la gran meseta y la Muralla de Hatelia, asumió que todos estaban destruidos, o derrotados. Pero esta era la prueba de que al menos quedaba uno vivo y bajo el control de Ganon.
Link dio vuelta a su caballo, tomando las riendas con fuerza. Sintió como el pelo en su nuca se erizaba mientras se alejaba de la cosa que lo había matado hace cien años. ¿Podría el guardián verlo de tan lejos? ¿Lo seguiría si así fuera? Link espoleó a su caballo para que galopara, inclinándose para adelante y exigiéndole ir tan rápido como pudiera. Pasó por el pueblo tan rápido como pudo, temiendo que, en cualquier momento, sintiera un calor abrasador en la espalda.
Cuando Valorio salió disparado por las puertas de Kasuto, Link miró hacia atrás. Nada ni nadie lo perseguía. El guardián no lo había visto. Detuvo al caballo y desmontó, apoyando las manos sobre las rodillas. Se sacudió y cerró los ojos, intentando contener la oleada de náuseas que amenazaba con derribarlo. Era demasiado.
Tomó la tableta y navegó por el mapa de la pantalla. Colocó sus dedos por encima del icono que lo llevaría de vuelta a Hatelia, de vuelta a su propia casa. ¿Pero qué lograría con eso? Tarde o temprano, Prunia sabría que estaba ahí y le exigiría respuesta del porqué. ¿Entonces a dónde sino, la Región de los Zora? No, los ancianos lo mirarían con desprecio otra vez. Acabo colocando el dedo sobre el icono de la Gran Meseta, a la torre. Podría teletransportarse ahí, lejos de todos. Nadie podría tocarlo allá arriba.
La tableta sheikah temblaba en sus manos. Al final, suspirando profundamente, ancló la tableta a su cinturón. Se sentó sobre la tierra roja de la sierra de Akkala, respirando hondo e intentando tranquilizarse. El guardián no lo estaba persiguiendo. No lo iba a atacar. No lo volvería a matar. Cerró los ojos con fuerza, tratando de sacar la imagen del guardián de su cabeza. ¿Por qué no podía olvidarlo tal como olvidó lo demás?
Link sintió algo cálido presionando contra su nuca. Un segundo después, sintió una ráfaga de aire caliente en su cuello cuando Valorio resopló. Link exhaló lentamente, extendiendo la mano y acariciando la nariz cálida del caballo. Abrió los ojos y se puso de pie, sacudiendo la tierra de su pantalón. Se dio la vuelta y pasó la mano por la nariz de Valorio. “Gracias amigo”.
Luego de sacar una manzana de su bolsa y dársela al caballo, remontó y regresó al camino, dejando atrás la fortaleza olvidada.
Esa noche, Link acampó en una pequeña hendidura al pie de una larga cresta. Poco después de dejar atrás la Fortaleza, la tierra descendía hacia un valle profundo, encajado entre la cresta y una serie de colinas empinadas y collados. Habría acampado tranquilamente bajo un árbol, pero una ligera lluvia comenzó a caer poco después del ocaso, acompañada por un brusco descenso de la temperatura. No le resultó difícil encontrar un sitio donde resguardarse y encender una fogata.
Mientras el fuego chispeaba, Link se recostó contra la pared de su refugio. A su alrededor, sus armas y equipamiento estaban colocados uno al lado del otro. Había intentado afilar su espada Zora, pero halló que su filo seguía intacto. De igual manera, su arco se encontraba en óptimas condiciones y no requería mantenimiento. Se había reabastecido de flechas en la Región de los Zora, por lo que contaba con un carcaj lleno de flechas normales y unas cuantas flechas eléctricas que le sobraron. Su escudo había sufrido algo de daño al luchar con el monstruo dentro de Ruta, pero aún parecía lo suficientemente resistente, aunque el ojo rojo Sheikah ahora tenía un profundo corte en el iris.
De forma inconsciente, tomó la espada de guardián e intentó activarla de nuevo. Al igual que antes, soltó unas cuantas chispas, pero seguía sin funcionar. Suspirando, Link la colocó en el suelo junto a sus demás armas. Recuesto la cabeza contra la fría roca.
Algo no andaba bien. No estaba cansado, y no creyó que tuviera algo que ver con haber visto al guardián de antes. En su lugar, creyó que se trataba de sus viajes con la princesa. Había algo sobre ese camino que había tomado al terminar el día —uno que llevaba por el norte hacia el bosque— que le hacía ruido en la cabeza.
Estaba seguro de que había viajado por ese mismo camino junto a la princesa Zelda, y que había sido un viaje importante. Cerró los ojos e intentó identificar la fuente de su malestar. Sentía… ansiedad. Nervios. Miedo. ¿Pero por qué?
Tomó la tableta y revisó las fotos, buscando algo que le diera una pista sobre qué pudo haber ocurrido allí para haber asociado aquellos sentimientos con ese lugar. Llegó a la imagen de la princesa Zelda, vestida de blanco, con una expresión triste pero esforzándose por sonreír. Detrás de ella se veía la estatua de una diosa erguida sobre una piscina de agua. Paredes de piedra rodeaban el estanque y un par de cascadas caían a ambos lados de la estatua.
Link frunció el ceño y dejó la tableta sobre su regazo. Se sentía atraído a esa imagen con frecuencia, en especial en noches como esta, cuando se ponía a pensar en introspectiva. Pero de qué servía hoy que en otras noches? Aun sentía esa sensación de inquietud. Quería hacer algo, pero no sabía que. Fuera de la pequeña grieta en la roca, la lluvia seguía cayendo, oscureciendo la noche por completo fuera del pequeño círculo de luz anaranjada de la fogata.
Finalmente, cayó en un sueño inquieto, con la cabeza ladeada hacia un lado y la tableta sheikah todavía en las manos. Afuera, la lluvia cesó y las nubes se disiparon, revelando una brillante constelación de estrellas en el cielo sin luna.
En la distancia, más allá de la Fortaleza caída, más allá del volcán enfurecido y del gran río, a través de colinas y campos verdes, una princesa observaba a su caballero durmiente todo lo bien que podía desde el lugar al que llamaba hogar y prisión. La bestia que la mantenía allí se agitó ante la destrucción de sus monstruos—una pieza de sí misma que había separado y dejado en la bestia divina durante su resurgimiento.
Tanto ella como la bestia eran conscientes de su entorno, pero ella creía que la criatura solo podía ver dentro del castillo. Si bien muchas cosas seguían bajo el dominio de Ganon, su propio poder había logrado mantenerlo alejado de la conexión directa que él sintió al renacer. Ella hacía lo posible por percibir la presencia de Link, temiendo que la ira que Ganon desataría al reconocer a su viejo enemigo fuera suficiente para liberarse de su control.
Para Ganon, él había ganado hacía tiempo—la muerte de Link y la supuesta destrucción de la Espada Maestra habían asegurado su victoria, tal como lo haría la muerte de ella. Los poderes de Zelda no podrían retenerlo para siempre, y Ganon era paciente. Constantemente empujaba contra su poder, poniendo a prueba sus límites, esperando el momento adecuado de debilidad. Pero ella seguiría firme.
