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Bruce is... Pregnant?!

Summary:

Bruce Wayne said he had everything under control.
Clark Kent said he could handle it.
Neither of them was right.

Now they’re both dealing with consequences.

And in the middle of the mess, the love, and the chaos that only Gotham can contain, something starts to take shape.
Something small.
Something impossible.
Something that might change everything.

...

Or Clark accidentally impregnated Bruce.

Notes:

Esta historia es una secuela directa de Batman Thighs.
Por favor, lean esa primera parte si quieren que el caos emocional (y físico) tenga sentido.
Confíen en mí —me lo van a agradecer después.

Chapter 1: LA DISTANCIA Y EL TIEMPO.

Chapter Text

Dos meses antes, lunes 11:54 AM.

Clark Kent odiaba los lunes.

No por las razones convencionales que hacían que el resto de la humanidad arrastrara los pies hacia sus trabajos con expresiones de zombies recién levantados. No era por el tráfico infernal de Metrópolis, que para él era irrelevante cuando podía volar por encima de todo. No era por el café aguado de la máquina del Daily Planet, aunque objetivamente era una mierda. No era ni siquiera por las reuniones matutinas donde Perry White gritaba sobre plazos y exclusivas con una vena palpitante en la frente que Clark monitoreaba discretamente por si explotaba.

No.

Clark odiaba los lunes porque significaban que había pasado todo un fin de semana sin ver a Bruce Wayne. Porque eso acordaron, Batman estaba bien con que Superman lo acompañe, pero estableció límites en donde solo él quería vigilar Gotham, sin ayuda, sin visitas. 

Dos días completos. Cuarenta y ocho horas. Dos mil ochocientos ochenta minutos de no escuchar esa voz grave y ronca modulada por el filtro de Batman, de no ver esa figura envuelta en kevlar moviéndose por los tejados de Gotham como si la gravedad fuera opcional, de no compartir esos momentos extraños de silencio después de desarmar a una banda de traficantes cuando se sentaban en el borde de algún rascacielos y Bruce sacaba una barra energética de su cinturón mientras Clark flotaba a su lado, hablando de nada y todo a la vez.

El fin de semana había sido una tortura autoimpuesta. La Justice Gang no había tenido emergencias, Gotham había estado sorprendentemente tranquila según los reportes policiales que Clark monitoreaba compulsivamente, y Bruce... bueno, Bruce hacía lo que fuera que Bruce Wayne hacía cuando no era Batman. Probablemente algo relacionado con empresas, donaciones benéficas, o encerrarse en esa mansión gigante a hacer Dios sabe qué.

Clark había intentado mantenerse ocupado. Había volado alrededor del mundo tres veces el sábado por la mañana, deteniéndose para ayudar con un terremoto en Indonesia, rescatar a unos escaladores atrapados en el Everest, y desviar un asteroide pequeño que NASA ni siquiera había detectado. El domingo había visitado a su madre en Smallville, y Martha lo había mirado con esa expresión que solo las madres pueden hacer, esa que dice "sé exactamente en qué estás pensando y no me gusta".

— ¿Estás bien, cariño? — le había preguntado mientras le servía más pastel de manzana que no necesitaba pero comía de todas formas porque era de mamá.

— Perfectamente — había mentido Clark, con una sonrisa que probablemente no la engañó ni un segundo.

Ahora era lunes, nueve de la mañana, y Clark estaba sentado en su escritorio del Daily Planet con una taza de café que no iba a tomar, mirando fijamente la pantalla de su computadora donde tenía abierto un documento titulado "CORRUPCIÓN EN EL DEPARTAMENTO DE OBRAS PÚBLICAS - BORRADOR".

Llevaba cuarenta y cinco minutos mirando el cursor parpadear en la primera línea.

No había escrito ni una sola palabra.

Su superoído, ese don maravilloso y maldito que le permitía escuchar un grito de auxilio desde el otro lado del planeta, estaba sintonizado en una frecuencia muy específica. Gotham City. La Mansión Wayne. La Baticueva bajo ella. Cualquier lugar donde Bruce pudiera estar.

Era patético. Clark lo sabía. Era espeluznante, invasivo, y probablemente calificaba como acoso si alguien se enteraba. Pero no podía evitarlo. Su oído se dirigía hacia Gotham como una brújula apuntando al norte magnético, buscando esa voz, ese latido cardíaco específico que podía distinguir entre millones.

— Kent.

Clark casi saltó de su silla. Perry White estaba parado junto a su escritorio, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la preocupación y la irritación.

— Jefe — Clark se enderezó, ajustándose los lentes con ese gesto nervioso que Clark Kent hacía cuando lo atrapaban distraído—. Lo siento, estaba... pensando en el artículo.

— ¿Pensando? — Perry miró la pantalla en blanco con una ceja arqueada—. Porque desde donde estoy parado, parece que estabas mirando fijamente al vacío como si tuvieras una lobotomía. ¿Estás enfermo? ¿Tienes problemas? ¿Necesitas hablar con alguien?

— No, no, estoy bien. Solo... bloqueado creativamente.

Perry resopló, un sonido que dejaba claro lo que pensaba sobre los "bloqueos creativos".

— Mira, Kent, necesito ese artículo para mañana. La historia de corrupción es importante. La gente necesita saber cómo se están robando sus impuestos. Así que desbloquéate y escribe algo antes de que tenga que dárselo a Lane.

La amenaza de perder una historia ante Lois Lane normalmente habría encendido el espíritu competitivo de Clark. Pero hoy solo asintió débilmente.

— Lo tendré listo, Perry. Lo prometo.

Perry lo miró durante un momento más, como si estuviera evaluando si Clark necesitaba una palmada en el hombro o una patada en el trasero. Aparentemente decidió que era un poco de ambos.

— Bien. Y Kent... — se inclinó más cerca, bajando la voz—. No sé qué está pasando contigo últimamente, pero pareces... distraído. Más de lo normal. Si hay algo que quieras hablar, mi puerta está abierta. ¿Entendido?

— Entendido, jefe. Gracias.

Perry asintió y se alejó, probablemente hacia su oficina para gritar por teléfono a alguien más. Clark suspiró y miró nuevamente la pantalla en blanco.

Concéntrate. Escribe. Es tu trabajo. Es lo que haces.

Sus dedos se posaron sobre el teclado. Escribió: "La corrupción en el Departamento de Obras Públicas de Metrópolis ha alcanzado niveles sin precedentes, con millones de dólares desapareciendo en proyectos fantasma mientras las calles—"

Su mente se desvió.

Bruce probablemente ya está despierto. Son las nueve aquí, así que son las nueve en Gotham también. ¿Habrá dormido? Probablemente no. Bruce no duerme como una persona normal. Duerme en bloques de dos o tres horas, maximizando eficiencia, entrenando su cuerpo para funcionar con menos. Clark lo sabía porque una vez, después de una patrulla particularmente larga, Bruce había mencionado casualmente que había estado despierto durante treinta y seis horas y que "no era gran cosa".

¿Estaría en Wayne Enterprises ahora? ¿Sentado en alguna sala de juntas con ese traje de tres piezas que probablemente costaba más que el apartamento de Clark, fingiendo interés en gráficos de ganancias trimestrales mientras secretamente planeaba cómo desmantelar la siguiente operación criminal?

¿O estaría en la Baticueva, analizando muestras de sangre o revisando grabaciones de cámaras de seguridad con esos ojos grises enfocados en la pantalla, esa mandíbula tensa, esa postura perfecta incluso cuando estaba sentado?

Clark se dio cuenta de que había dejado de escribir de nuevo. Miró la pantalla. Una oración. Una puta oración en una hora.

— Mierda — murmuró para sí mismo.

— ¿Problemas en el paraíso?

Clark levantó la vista. Lois Lane estaba apoyada contra el borde de su cubículo, con una taza de café en una mano y esa expresión de "sé algo que tú no sabes" que usaba cuando estaba a punto de meterse en sus asuntos.

— Lois. Hola. No, ningún problema. Solo... ya sabes, el artículo.

— Ajá. — Lois tomó un sorbo de su café, estudiándolo con esos ojos que habían desenmascarado a políticos corruptos y criminales de guerra—. Has estado raro últimamente, Smallville.

— No he estado raro.

— Sí has estado raro. Distraído. Ausente. El otro día te pregunté sobre las fuentes del artículo de los vertederos tóxicos y me miraste como si acabara de hablar en mandarín.

— Lo siento, he tenido mucho en la mente.

— ¿Mucho qué? — Lois se cruzó de brazos, y Clark supo que no iba a dejarlo ir—. ¿Problemas de superhéroe? ¿Alguna invasión alienígena que el resto de nosotros mortales no podemos ver? ¿O es algo más... personal?

Clark sintió cómo sus mejillas se calentaban ligeramente. Maldita fisiología kryptoniana que lo hacía sonrojarse como un adolescente.

— No es nada, Lois. En serio.

— Mmm. — Lois lo miró durante un momento más, y Clark tuvo la horrible sensación de que ella podía ver directamente a través de él, no como visión de rayos X, sino con esa intuición periodística que era casi tan invasiva—. Está bien. No voy a presionar. Pero si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarme.

— Gracias, Lois.

Ella asintió y se alejó, pero no sin antes darle una última mirada que decía claramente "sé que me estás mintiendo pero lo dejaré pasar por ahora".

Clark volvió a mirar la pantalla. El cursor seguía parpadeando, burlándose de él.

Cerró los ojos y, contra su mejor juicio, dejó que su oído se expandiera. Filtró el ruido de Metrópolis primero: las conversaciones en la calle, el tráfico, las sirenas, el zumbido de millones de personas viviendo sus vidas. Luego expandió el radio. Nueva York. Filadelfia. Baltimore.

Gotham.

La encontró fácilmente. Era como si su oído supiera exactamente dónde buscar, sintonizándose automáticamente en esa frecuencia oscura y caótica que era la ciudad de Bruce. El sonido de Gotham era diferente al de Metrópolis. Más áspero. Más violento. Las sirenas sonaban con más frecuencia, los gritos tenían un tono diferente, incluso el viento que soplaba entre los edificios parecía más frío, más amenazante.

Y entonces, entre todo ese ruido, encontró lo que buscaba.

Un latido cardíaco. Fuerte. Constante. Un ritmo que Clark había memorizado sin darse cuenta, que podía distinguir entre millones de otros.

Bruce.

Estaba... Clark se concentró más, filtrando capas de sonido. Estaba en Wayne Enterprises. Piso ejecutivo. Su oficina privada. Clark podía escuchar el leve crujido de cuero cuando Bruce se movía en su silla, el tenue tictac de un reloj caro en la pared, el zumbido casi imperceptible de las computadoras.

Y entonces, la voz de Bruce. Estaba hablando con alguien.

—...no me importan las proyecciones, Fox. Si ese proyecto contamina el río, no va a suceder. Encuentra otra manera o cancélalo.

Lucius Fox. Clark reconoció la voz del director ejecutivo de Wayne Enterprises cuando respondió.

— Por supuesto, señor Wayne. Revisaré las especificaciones nuevamente con el equipo de ingeniería.

— Bien. ¿Algo más?

— Solo la reunión con los inversores japoneses a las dos. Y su cita con el dentista a las cuatro, aunque sospecho que cancelará esa también.

— Cancélala.

— Ya lo suponía.

Hubo una pausa, y luego Bruce agregó con un tono ligeramente más suave:

— Gracias, Lucius. Por todo.

— Es mi trabajo, señor Wayne. Y... permítame decir que se ve cansado. ¿Cuándo fue la última vez que durmió más de tres horas?

— Dormiré cuando esté muerto.

— Ese es precisamente mi temor.

Clark escuchó lo que sonaba como una sonrisa en la voz de Bruce, algo raro y precioso.

— Estaré bien, Lucius. Siempre lo estoy.

— Si usted lo dice, señor.

La conversación terminó, y Clark escuchó cómo Lucius salía de la oficina, la puerta cerrándose con un suave clic. Silencio. Solo Bruce ahora, solo en su oficina.

Clark debería dejar de escuchar. Era invasivo. Era incorrecto. Era exactamente el tipo de cosa que haría que Bruce lo mirara con esos ojos fríos y le dijera que nunca confiara en él otra vez.

Pero no podía detenerse.

Escuchó cómo Bruce suspiraba, un sonido pequeño y cansado que probablemente nunca haría frente a otra persona. Escuchó el crujido de la silla cuando Bruce se reclinaba, el roce de su mano sobre su rostro, como si estuviera frotándose los ojos detrás de esos lentes de cobertura que usaba como Bruce Wayne.

— Kent —murmuró Bruce para sí mismo, tan bajo que casi fue inaudible.

Clark se congeló.

¿Qué?

— No puedo concentrarme en nada. Absolutamente nada. —La voz de Bruce sonaba frustrada, casi enojada—. ¿Qué mierda me hiciste, granjero estúpido?

El corazón de Clark latió con tanta fuerza que pensó que podría salirse de su pecho. ¿Bruce estaba...? ¿Estaba hablando de él? ¿Estaba Bruce pensando en él de la misma manera que Clark no podía dejar de pensar en Bruce?

Antes de que pudiera procesar esto, su teléfono celular vibró en su escritorio. Un mensaje de texto. De un número desconocido, pero Clark sabía exactamente quién era.

"Patrulla esta noche. 10 PM. Muelles del este. No llegues tarde."

Batman.

Clark miró el mensaje durante un largo momento, sintiendo cómo algo cálido y casi doloroso se expandía en su pecho. Bruce lo necesitaba esta noche. Bueno, necesitaba a Superman, pero era lo mismo, ¿no? Era una excusa para estar cerca de él, para escuchar esa voz, para volar a su lado a través de la ciudad oscura.

Escribió de vuelta: "Ahí estaré."

La respuesta fue casi inmediata: "Bien."

Eso fue todo. Una palabra. Pero fue suficiente para que Clark sonriera como un idiota en su escritorio vacío.

— Kent, ¿por qué sonríes a tu teléfono como si acabaras de recibir una propuesta de matrimonio?

Jimmy Olsen estaba parado junto a su cubículo con una cámara colgando de su cuello y una expresión de curiosidad genuina.

— Jimmy. Hola. No estaba... no es nada. Solo un mensaje de un amigo.

— ¿Un amigo? — Jimmy se sentó en el borde del escritorio de Clark con esa familiaridad que solo él podía lograr—. ¿Un amigo que te hace sonreír así? Vamos, Clark. Somos amigos. Cuéntame. ¿Es una chica? ¿Un chico? ¿Un alien? No juzgo.

Clark rio a pesar de sí mismo.

— No es... no hay nada que contar, Jimmy. Solo alguien con quien trabajo a veces.

— Ajá. Y ese "alguien" te tiene completamente distraído durante semanas. He notado, ¿sabes? Todos hemos notado. Perry piensa que estás enfermo. Lois piensa que estás escondiendo una historia. Yo pienso que estás enamorado.

— No estoy enamorado — mintió Clark, y Dios, incluso para él sonó poco convincente.

Jimmy lo miró con esa expresión sabia que parecía demasiado madura para su edad.

— Está bien, hombre. Pero sea quien sea, deberías hacer algo al respecto. La vida es demasiado corta para quedarte ahí sufriendo en silencio. Créeme, lo sé.

Antes de que Clark pudiera responder, Jimmy se levantó y le dio una palmada en el hombro.

— Ahora, vuelve a trabajar antes de que Perry tenga un aneurisma. Tengo que ir a cubrir esa conferencia de prensa sobre los nuevos semáforos. Emocionante, ¿verdad?

— Muy emocionante — dijo Clark con una sonrisa.

Jimmy se alejó, y Clark se quedó solo nuevamente con su pantalla en blanco y sus pensamientos sobre Bruce Wayne.

10 PM. Muelles del este.

Solo faltaban trece horas.

Clark podía esperar trece horas. Totalmente. Era Superman, por el amor de Dios. Tenía control sobrehumano. Podía contenerse.

 

Duró exactamente veinte minutos más antes de volver a sintonizar su oído hacia Gotham.

 

Las horas pasaron con una lentitud tortuosa. Clark logró escribir tres párrafos más de su artículo, pero fueron tres párrafos dolorosamente mediocres que probablemente tendría que reescribir completamente. Perry pasó dos veces más por su escritorio, mirándolo con una mezcla de preocupación y exasperación, pero no dijo nada.

A la una de la tarde, Clark salió a "almorzar", lo cual realmente significaba volar a Seattle para detener un atraco bancario, luego a Tokyo para ayudar con un incendio en un edificio de apartamentos, y finalmente a Brasil para rescatar a unos niños atrapados en una cueva inundada.

Todo el tiempo, una parte de su mente estaba en Gotham.

Cuando regresó al Daily Planet a las dos y media (tres minutos en tiempo real), Lois lo interceptó en el ascensor.

— ¿Dónde estabas?

— Almorzando.

— Tu sandwich sigue en tu escritorio, Smallville.

— ...fui a caminar.

— Con tu traje perfectamente planchado y sin una gota de sudor en esta ciudad que está a 30 grados. Claro.

Clark suspiró.

— Lois...

— No me digas. "Asuntos de superhéroe". Lo entiendo. Solo... ten cuidado, ¿sí? Últimamente pareces... no sé, raro en el mal sentido de alguna manera.

Eso lo tomó por sorpresa. ¿Vulnerable? Él era Superman. Literalmente invulnerable.

— Estoy bien, Lois. Lo prometo.

Ella no pareció convencida, pero asintió de todas formas.

— Está bien. Pero la oferta sigue en pie. Si necesitas hablar, estoy aquí.

— Lo sé. Gracias.

El ascensor se abrió en su piso, y ambos salieron. Clark regresó a su escritorio y trató de enfocarse en el artículo, pero sus ojos seguían desviándose hacia el reloj en la esquina de su pantalla.

3:47 PM.

Seis horas y trece minutos.

A las cinco, Perry finalmente lo dejó ir, probablemente porque se dio cuenta de que Clark no iba a producir nada útil de todas formas.

— Ve a casa, Kent. Duerme un poco. Come algo. Regresa mañana con la cabeza despejada y ese maldito artículo terminado.

—Sí, jefe.

Clark empacó sus cosas y salió del edificio, tomando el metro de vuelta a su apartamento solo para mantener las apariencias. Una vez dentro, se cambió a su traje de Superman y voló directo hacia arriba, atravesando las nubes hasta que Metrópolis era solo un conjunto de luces parpadean debajo de él.

Flotó allí durante un rato, mirando hacia el este.

Hacia Gotham.

Podría ir ahora. Era solo un vuelo corto. Quince minutos si iba a velocidad normal. Tres minutos si realmente se apuraba. Podría pasar por encima, solo para verificar. Solo para asegurarse de que todo estaba bien.

No seas espeluznante, Kent. Espera hasta las diez.

Así que esperó. Voló alrededor del mundo dos veces más, ayudando con desastres menores y rescates de rutina. Salvó a un gato de un árbol en Bélgica, lo cual fue irónicamente humillante. Detuvo un tsunami en Filipinas. Ayudó a una mujer anciana en Moscú a encontrar su perro perdido.

Todo el tiempo, el reloj en su mente seguía corriendo.

9:00 PM. Una hora.

9:30 PM. Treinta minutos.

9:45 PM. Quince minutos.

A las 9:50 PM, Clark ya estaba en Gotham, flotando a varios kilómetros de altura sobre los muelles del este, esperando.

Y entonces, a las 10 PM exactamente, lo vio.

Una figura oscura se deslizó desde un edificio cercano, la capa ondeando detrás de él como las alas de un murciélago real. Batman aterrizó en silencio en un contenedor de carga y levantó la vista hacia donde Clark flotaba.

Incluso desde esa distancia, incluso con la máscara ocultando la mayor parte de su rostro, Clark podía sentir esos ojos sobre él.

Descendió lentamente, sus botas tocando el suelo del muelle con un suave clic. Estaban a solo unos metros de distancia ahora, y Clark podía ver cada detalle del traje de Batman bajo la tenue luz de la luna: el kevlar reforzado, las placas de armadura, el cinturón utilitario con todos sus gadgets misteriosos.

Y esas piernas. Dios, esas piernas.

— Llegas temprano — dijo Batman, su voz modulada por el filtro de la máscara.

— Tú también — respondió Clark, tratando de sonar casual y probablemente fallando.

— Tenemos trabajo que hacer. Hay un cargamento de armas llegando a las 11. Necesito que uses tu visión de rayos X para confirmar el contenido antes de que hagamos nuestro movimiento.

— Por supuesto. Lo que necesites.

Batman lo miró durante un momento más, y Clark tuvo la extraña sensación de que Bruce estaba estudiándolo, buscando algo en su expresión.

— ¿Estás bien? — preguntó Batman finalmente—. Pareces... distraído.

La ironía de que Bruce le preguntara si estaba distraído cuando Clark había escuchado exactamente las mismas palabras de Bruce esa mañana no se le escapó.

— Estoy bien. Solo... ha sido una semana larga.

—Mmm. — Batman se dio la vuelta, su capa moviéndose con el gesto—. Vamos. Tenemos que posicionarnos antes de que lleguen.

Y así, Clark lo siguió a través de los muelles oscuros, su corazón latiendo más rápido de lo que debería para alguien que era invulnerable.

Solo por estar cerca de él.

Solo por esto.

La patrulla había ido bien. Demasiado bien, en realidad. Habían detenido el cargamento de armas, entregado a los criminales a Gordon, y terminado antes de la medianoche.

Ahora estaban sentados en el borde de su rascacielos habitual, un edificio abandonado en el límite entre los barrios financiero e industrial de Gotham. Era su lugar, aunque ninguno de los dos lo había dicho en voz alta. El lugar donde terminaban después de cada patrulla, compartiendo unos minutos de silencio antes de separarse.

Batman había sacado una de sus barras energéticas y la estaba masticando mecánicamente, mirando hacia la ciudad. Clark flotaba a su lado, sus piernas colgando en el aire aunque no necesitaba sentarse.

— Buen trabajo esta noche — dijo Batman después de un largo silencio.

— Tú también.

— Esas armas eran de Wayne Tech. Robadas del almacén del año pasado. —Bruce sonaba molesto consigo mismo—. Debí haberlo previsto.

— No puedes prever todo, Bruce.

Batman lo miró bruscamente, y Clark se dio cuenta de su error. Había usado su nombre real. No Batman. Bruce.

— Lo siento — se apresuró a decir—. Yo...

— Está bien. — Batman volvió a mirar hacia la ciudad—. Solo... no lo hagas frente a otros.

— No lo haré.

Silencio otra vez. Pero era un silencio cómodo, el tipo que solo podías compartir con alguien con quien te sentías seguro.

— ¿Alguna vez te cansas? — preguntó Batman de repente.

— ¿De qué?

— De esto. De ser un héroe. De cargar el peso del mundo en tus hombros.

Clark lo pensó durante un momento.

— A veces. Pero luego recuerdo por qué lo hago. La gente que salvo. Las vidas que cambian. Eso hace que valga la pena.

— Optimista como siempre.

— Alguien tiene que serlo. — Clark sonrió—. Especialmente cuando trabajo con alguien tan oscuro como tú.

Batman resopló, un sonido que podría haber sido una risa si fuera cualquier otra persona.

— ¿Oscuro? Prefiero el término "realista".

— Claro. Porque definitivamente es realista vestirse como un murciélago y asustar criminales en callejones.

— Funciona.

— No estoy diciendo que no funcione. Solo que es... ya sabes, un poco extra.

— "Extra" dice el hombre que lleva una capa roja brillante y una "S" gigante en el pecho.

— Es el símbolo de mi familia, te lo he dicho.

— Lo sé. Solo te estoy molestando.

Clark sintió ese calor otra vez, esa sensación de calidez que se expandía en su pecho cada vez que Bruce le mostraba este lado suyo. El lado que hacía bromas. El lado que era casi... humano.

— Oye, Bruce — dijo Clark antes de poder detenerse—. ¿Alguna vez piensas en...?

Se detuvo. ¿Qué iba a decir? ¿"Alguna vez piensas en mí cuando no estoy aquí"? ¿"Alguna vez desearías que pudiéramos hacer esto más seguido"? ¿"Alguna vez notas cómo te miro y te preguntas por qué"?

— ¿En qué? — preguntó Batman, girándose para mirarlo.

— En... nada. Olvídalo.

Batman lo estudió durante un momento más, y Clark tuvo la horrible sensación de que Bruce sabía exactamente lo que había estado a punto de decir.

— Deberías irte — dijo Batman finalmente, poniéndose de pie—. Es tarde.

— Tú también deberías dormir.

— Dormiré cuando termine de analizar las muestras de esas armas.

— Bruce...

— Buenas noches, Clark.

Y con eso, Batman disparó su garfio y desapareció en la oscuridad de Gotham.

Clark se quedó allí flotando durante varios minutos más, mirando el lugar donde Bruce había estado, sintiendo ese vacío familiar que siempre llegaba cuando se separaban.

Luego voló de regreso a Metrópolis, a su apartamento vacío, a su cama fría.

A soñar con ojos grises y kevlar negro.

 

 

Martes, 11:37 AM.

 

 

Clark parpadeó, arrancándose del recuerdo. Había estado divagando otra vez, perdido en pensamientos sobre la noche anterior.

Miró su pantalla. Dos oraciones. Dos malditas oraciones en casi tres horas.

Perry iba a matarlo.

Peor aún, iba a darle el artículo a Lois, y Clark nunca lo escucharía del final de eso.

Concéntrate. Concéntrate. Concéntrate.

Puso sus dedos en el teclado y forzó a su cerebro a funcionar.

"La corrupción en el Departamento de Obras Públicas de Metrópolis ha alcanzado niveles sin precedentes, con millones de dólares desapareciendo en proyectos fantasma mientras las calles de la ciudad se desmoronan. Documentos obtenidos por el Daily Planet revelan un patrón sistemático de sobornos, contratos inflados, y—"

Y entonces lo oyó.

Un quejido. Bajo, gutural, desde Gotham. Desde la oficina de Bruce.

Clark se congeló, su superoido amplificando el sonido como si estuviera en la habitación de al lado. El latido de Bruce se había acelerado, no en pánico, pero sí en algo intenso. Otro quejido, esta vez más largo, como si estuviera conteniendo el aliento contra algo doloroso.

—Rayos, Bruce — murmuró Clark, levantándose a medias de su silla antes de recordar dónde estaba. Miró alrededor, nadie lo notaba, el bullpen del Planet era un caos de teclados y llamada, pero su mente ya estaba en modo héroe. ¿Estaba herido? ¿Algún veneno residual de la última pelea con Ivy? ¿O peor, uno de esos ataques silenciosos que Bruce nunca admitía, como un músculo desgarrado que ignoraba hasta que colapsaba?

El quejido se repitió, pero esta vez... esta vez vino con un jadeo. Un jadeo que no sonaba a dolor. Sonaba a... placer.

Clark se sentó de golpe, sus mejillas ardiendo mientras su cerebro procesaba lo que estaba pasando. Bruce. Solo en su oficina. Puerta cerrada. Y ese sonido, ese gemido bajo y ronco que se escapaba entre dientes apretados, acompañado del roce de tela, pantalones, quizás, bajándose, el leve clic de un cinturón, y luego un suspiro que era puro alivio mezclado con urgencia.

No estaba herido. Estaba... joder, estaba masturbándose.

Clark sintió cómo su propia polla se endurecía al instante, traicionera y jodidamente inoportuna, presionando contra la tela de sus pantalones como si quisiera romperla. El calor se extendió por su bajo vientre, un pulso insistente que hacía que sus bolas se apretaran, que su piel se erizara. No aquí, pensó, no en medio del maldito Daily Planet, con Lois a dos cubículos de distancia y Perry gritando sobre plazos. Pero el sonido de Bruce, otro jadeo, más profundo, seguido de un sollozo ahogado, como si estuviera luchando contra el placer que lo invadía, era como una droga directo en su vena, amplificado por su oído kryptoniano hasta que llenaba cada rincón de su mente.

Se levantó con torpeza, ajustando su chaqueta para ocultar la tienda de campaña en sus pantalones, y murmuró algo sobre ir al baño a quienquiera que lo mirara (nadie, en realidad, todos demasiado ocupados en su propio caos). Caminó rápido, pero no a supervelocidad, no podía arriesgarse a que alguien notara el borrón. El pasillo del Planet parecía eterno, con el olor a café rancio y papel viejo mezclándose con el sudor que empezaba a perlar su frente. Cada paso hacía que su polla rozara contra la tela interior, enviando chispas de placer que lo hacían apretar los dientes.

Llegó al baño de hombres en el piso de abajo, el que nadie usaba porque estaba junto al archivo viejo, polvoriento y olvidado. Empujó la puerta con más fuerza de la necesaria, la cual casi la arranca de las bisagras, mierda, control, y se metió en el cubículo más alejado, cerrando con pestillo. Sus manos temblaban mientras bajaba la cremallera, liberando su verga hinchada, roja y goteante de presemen que ya manchaba sus boxers. Era enorme, carajo, esa maldita biología kryptoniana que lo hacía todo más grande, más sensible, palpitando en su palma como un animal vivo.

Y Bruce... Dios, Bruce no paraba. Clark sintonizó de nuevo, su oído clavado en esa oficina lejana, captando cada detalle obsceno. El sonido húmedo de la mano de Bruce deslizándose por su polla, arriba y abajo, con un ritmo que empezaba lento pero se aceleraba, como si estuviera persiguiendo algo desesperado. Un jadeo entrecortado, seguido de un sollozo bajo, casi un lloriqueo, como si el placer lo estuviera rompiendo por dentro. Bruce, el maldito Batman, el hombre de hierro que nunca se quebraba, ahora gimoteando como un cachorro necesitado, su respiración convirtiéndose en retratos irregulares, entrecortados por gemidos que salían de lo más profundo de su garganta.

Clark no pudo resistirlo más. Envolvió su mano alrededor de su verga, apretando con fuerza, sintiendo las venas pulsar bajo sus dedos. Empezó a bombear, rápido, a una velocidad enferma que solo un kryptoniano podía mantener, su puño subiendo y bajando en un borrón que hacía que el aire silbara levemente. Apretaba en la base, retorciendo en la cabeza, exprimiendo cada gota de presemen que lubricaba el movimiento, haciendo que el sonido húmedo y sucio llenara el cubículo. Cielos, era tan grande que su mano apenas lo abarcaba, y el placer era brutal, como un rayo directo a sus bolas, haciendo que sus caderas se sacudieran involuntariamente.

Pero tenía que callarse. Morderse el labio inferior hasta que saboreó sangre, o hundir la lengua contra sus dientes para ahogar los gemidos que querían escapar. Porque Bruce seguía, joder, seguía jadeando, sollozando ahora con más urgencia, sus gemidos convirtiéndose en lloriqueos entrecortados, como si estuviera al borde, luchando por no venirse demasiado pronto. Clark imaginaba esa mano elegante, callosa de años de entrenamiento, envolviendo su propia polla, pálida, probablemente, con venas marcadas, goteando como la suya, y el pensamiento lo empujaba más rápido, más duro, su puño un vicio que apretaba hasta el dolor placentero.

Los sonidos de Bruce se volvieron más crudos, más desesperados: un gemido largo y ronco que terminaba en un sollozo ahogado, el slap-slap húmedo de piel contra piel acelerándose, su respiración un caos de vulnerable que hacía que Clark se imaginara esa mandíbula tensa, esos labios entreabiertos, quizás mordiéndose el puño para no gritar. Clark bombeaba con furia, su mano un pistón implacable, apretando la base para retrasar lo inevitable, pero el placer lo traicionaba, subiendo por su espina como lava, haciendo que sus bolas se contrajeran, listas para explotar.

Y entonces ocurrió, Bruce soltó un último lloriqueo roto, un gemido que se quebró en el clímax, y Clark se vino con él, mordiéndose la lengua hasta el punto de casi cortarla, su semen salpicando la pared del cubículo en chorros calientes y abundantes, mientras el mundo se reducía a ese eco lejano de placer compartido, prohibido, que lo dejaba temblando y vacío, anhelando más que nunca esa noche que aún no llegaba.