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Of the courage to live

Summary:

Alsan sobrevive a la batalla de los Siete.

Desearía no haberlo hecho, porque entonces no tendría que cargar con esa culpa que le pesa a cada paso, no le deja respirar y hace que le duela el corazón. No tendría que soportar el dolor de mirar de nuevo a los ojos de quienes hirió. Quiere enterrar su consciencia bajo rocas, escombros y el poder de siete dioses, destruir su cuerpo y sus recuerdos para olvidarlo todo.

Pero está vivo, y considera que su castigo es seguir viviendo con las consecuencias, con la culpa, porque es un castigo peor que la muerte y lo que merece: recordar lo que hizo. Así que, por primera vez en la vida, cuando la vergüenza lo abruma se obliga a vivir. Huye, porque cree que eso ya es algo tan innato como respirar, pero no busca la muerte, no está vez.

Esta vez se obliga a vivir.

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Playlist del fic para quien le interese:
https://music.youtube.com/playlist?list=PLddmf2k4MIsFBpAdr98LSApSGsaOw7kY9&si=08uhh_8kupBlmKGv

Chapter 1: I'm prepared to sacrifice my life (I would gladly do it twice)

Chapter Text

“Enterró la cara en su hombro y lloró, como la noche en que se conocieron, allá, en Limbhad; lloró por el amigo perdido, por Alsan, rey de Vanissar, que había muerto por ayudar a salvar el mundo, que se había sacrificado para enmendar su terrible error. Por Alsan, rey de Vanissar, en cuyo pecho había latido el corazón de un héroe.”

Memorias de Idhún III: Panteón. 

 


 

Sus manos estaban ardiendo. 

Se encontraba en el fin del mundo. Un calor como nunca antes lo había sentido le subía desde sus manos, cerradas en torno a Sumlaris, y se enroscaba en su piel. Parecía quemarle hasta la médula, destrozarle por dentro hasta no dejar nada, pero él se limitaba a apretar los dientes, inamovible por mucho que el dolor le desgarrara; sujetar a Sumlaris para que el portal no se cerrara se había convertido en un juego de voluntades y él no pensaba soltarla. Cada latido duraba una eternidad, y cada respiración era una tortura.

La corriente venía de la espada, cargada por la energía de la Puerta, pero también del aire mismo, de la tierra, de su propio interior. Estaba en todas partes, y si algo tenía claro era que su cuerpo mortal, insignificante y efímero como sus dioses le habían hecho ver, no estaba hecho para soportarlo.

Y sin embargo seguía allí, manteniendo el portal abierto, esperando a que pasara un segundo más sin haber muerto, aguantando a lo que parecía el fin del mundo, solo para obligarse a aguantar otro segundo más, solo otro más…

La decisión de permanecer allí era férrea, sabía con absoluta certeza que ese era el sitio en el que estaba destinado a estar. Y si, durante algunos aterradores segundos, Alsan se preguntaba por qué estaba haciendo esto, por qué no podía simplemente apartar las manos de la espada para que el dolor cesara… entonces no tenía más que recordar el Alsan que había sido los últimos meses, todo lo que había hecho, y sabría entonces que, destino o no, esto era lo menos que podía hacer para enmendar todo el daño que había causado.

Un segundo más, solo un segundo más, se decía.

Y entonces, todo se detuvo. 

Un segundo, una respiración, un latido… Y Siete dioses cayeron sobre él.

Le aplastaron bajo todo su poder, infinito y aterrador, se estrellaron contra él, aplastándolo bajo su lucha eterna y divina, y lo supo.

Era su fin.

Y sin embargo se sintió… completo. Él no saldría vivo de la batalla final porque era lo justo, era el precio a pagar. A cambio, no tendría que vivir con su culpa, el horror de lo que había hecho, así que desterró esos recuerdos un momento, durante ese último latido, y se sintió como él mismo por primera vez en mucho tiempo. Porque moría por enmendar su error, por salvar a quienes había herido, a quienes quería. A su familia. 

A su Yandrak y a Victoria.

Los dioses cayeron sobre él creando un destello cegador, pero él se limitó a cerrar los ojos, tranquilo, sabiendo que Alsan de Vanissar había tomado su última decisión, sabiendo que ninguna piedra o Madre Venerable la había tomado por él, sabiendo que sus amigos vivirían, y que con eso le bastaba.

Alsan de Vanissar cerró los ojos, aceptando su destino, entendiendo que solo ahora era digno de su título y su espada, y murió con la imagen de su familia grabada en su mente: Shail, Jack y Victoria.

No lo pronunció con palabras, pero lo último que pensó fue “Os quiero”

 


 

Alsan le había mentido, y sólo ahora, después de todo, Shail entendía hasta qué punto su promesa rota le había destrozado

Cuando, tras la bendición de lazos de Jack y Victoria, Yandrak y Lunnaris, había aparecido Yohavir, se había desatado el caos. Luego, Irial se le había unido, y el mago había estado demasiado ocupado poniendo a todo el mundo a salvo como para darse cuenta de que Alsan no estaba hasta que ya había sido demasiado tarde. Y, sin embargo, en medio del caos, había habido un momento en el que sus miradas se habían cruzado y Shail había mirado esos ojos de color avellana sin saber qué sería la última vez. En ellos había visto muchas cosas, pero la práctica la da el tiempo, y tras todo lo que habían compartido las leyó como si fuera su lengua materna.

“Ponte a salvo”

“Voy a arreglar esto”

“Haré que acabe pronto”

“Lo prometo”

Por primera vez en meses, la mirada de Alsan había hablado de futuro. Hablaba de que, cuando todo aquello acabara, lo que les esperaba sería mejor, y el propio Alsan se encargaría de ello. Y Shail le había creído. A pesar de lo mucho que había cambiado en los últimos meses, le había creído, y por eso cuando se dio cuenta de que esa promesa era ya imposible de cumplir, su alma se rompió con ella. Y es que ese futuro se había hecho añicos, se había desvanecido como si no hubiera sido más que una ilusión, un sueño, incluso antes de existir siquiera. En ese momento, Shail no había podido contestarle, y supo que esas palabras y muchas otras se quedarían atrapadas en su garganta para siempre.

Porque luego, el monarca se había esfumado del castillo, y Victoria, misteriosamente, también. Cuando Jack le había mostrado que había sido Alsan quien se la había llevado, casi había agradecido que no se encontrara allí. Había querido gritarle, increparle, golpearle hasta que despertara, de lo profunda que había sido la ira que había sentido. Ellos siempre habían estado juntos en eso, siempre habían sido Alsan, Shail, Jack y Victoria contra el mundo. Pero desde que el vanissardo se había convertido en rey se había vuelto alguien irreconocible, y Shail sentía que todo lo que quedaba de los años en Limbhad, de sus planes para el futuro, eran sueños sin cumplir. Si Alsan hubiera estado allí, hubiera buscado las palabras más hirientes que hubiera sido capaz de pronunciar para hacerle sentir una fracción del dolor que él le estaba provocando a sus seres queridos. 

Jack se marchó con Kirtash para rescatar a Victoria, y él tuvo que quedarse atrás para mantener los hechizos de oscuridad, así que fue la ira lo único que le acompañó en esos momentos de incertidumbre, mientras la batalla final tenía lugar lejos de allí. Se revolvía en su interior, enredándose entre sus entrañas, y cuando vio a Zaisei con la mirada vacía y los ojos lechosos se avivó, como un fuego descontrolado, y lo quemó todo. Lo odiaba todo y a todos, y se odiaba también a sí mismo por no poder hacer nada.

No dejó de sentirla hasta que el dragón sobrevoló el castillo de Vanis.

Seguía con Zaisei cuando lo vio: dorado, volando solo, la ausencia de jinete alguno a modo de aviso silencioso de que algo se había torcido irremediablemente. El estómago le dio un vuelco, pero la simple idea de abandonar a la celeste le parecía inconcebible.

-Ve- dijo ella, sin embargo.

-No, Zaisei, no pienso dejarte sola en tu estado.

Pero ella se giró hacía él, posando sus ojos que miraban sin ver en los suyos propios, y fue como si le dijera que, si no iba a ver a Jack, si no escuchaba de sus labios lo que había pasado, se arrepentiría toda su vida.

Y Shail fue. Con el corazón encogido, se encontró con Jack en el patio del castillo, donde todo había empezado, donde había confirmado sus lazos con el último unicornio hacía lo que parecía una vida entera.

Cuando la criatura se transformó en muchacho y Shail vio la derrota en sus ojos, el miedo lo paralizó. Esa mirada verde que siempre parecía chisporrotear con fuego de dragón estaba fría, y el propio fuego de Shail se apagó. No quedó nada de la ira anterior, simplemente vacío y cenizas, preparándose para lo que supo que serían las palabras más dolorosas que iba a escuchar jamás.

-Los dioses se han ido- dijo Jack, con la voz rota - Pero…Él no está. Alsan ya no está, Shail- dijo, con simpleza. 

Las palabras aun tardaron unos segundos en calarle, en hundirse en su interior e impregnar todo su ser con la idea de que Alsan había muerto. Y en el mismo momento en que lo hicieron, fue como si su corazón hubiese dejado de latir.

No supo qué hacer ni qué decir. Un abismo se abrió en su interior, tan profundo que le impedía sentir nada, que no le dejaba llorar ni gritar porque no podía siquiera abarcar ese agujero negro que le consumía.

Lo primero en lo que pensó, aun tratando de sobreponerse a esa cosa que parecía querer tragárselo entero, fue en Jack. El muchacho, cansado y destrozado, parecía estar al borde del colapso. Acababa de perder a su mentor, a aquel que había sido su guía cuando lo había perdido todo, la persona a la que más había admirado en su vida, y aún así estaba ahí, de pie, mirándole. Y al ver que no reaccionaba, se acercó para abrazarle, a pesar de estar roto y resquebrajado él mismo, y fue la presencia del muchacho, sus brazos en torno a su pecho, lo único que mantuvo todas las piezas de su corazón en su sitio. 

Lo segundo que pensó, mirando más allá del hombro del dragón, fue que no podía ser que Alsan se hubiera ido y él no hubiera estado con él, a su lado hasta el final. Simplemente no podía ser. Desde el principio, había habido una promesa tácita entre ellos de que, si algún día uno de los dos moría, el otro estaría junto a él, y sin embargo todo lo que tenía Shail de los últimos momentos de Alsan eran las palabras de Jack.

Pensó, como si fuera la voz de otro haciendo eco en su cabeza, en todas las cosas que no habían hablado entre ellos, asuntos que no habían resuelto, verdades no dichas. Después de todo lo que habían vivido, era demasiado injusto que todo terminara así, que fuera Shail el único superviviente de la aventura que empezó el día de la conjunción astral, hacía más de diecisiete años. Se habían enfrentado a mil peligros y dificultades, juntos y separados, pero siempre acababan por reencontrarse. Y sin embargo, cuando realmente importaba, no había estado ahí para él, y Alsan había visto su final sin una mano amiga que le diera fuerzas.  Había vivido tantas cosas. Se habían visto crecer, cambiar, superar lo imposible, juntos. Simplemente no podía creerse que ya no fuera a verlo nunca más, que él seguiría creciendo y que la imagen de Alsan se quedaría estancada en el pasado, atrapada en su memoria.

La promesa del rey de que todo se arreglaría se había roto al fin, y no sabía si podría perdonárselo, porque en qué clase de futuro iba a vivir sin Alsan ahí, cómo iba a seguir adelante sabiendo que a cada paso lo dejaba un poco más atrás.

Se obligó a moverse cuando se dio cuenta de que comenzaba a dejar de sentir su cuerpo como suyo, para asegurarse al menos de que estuviera despierto. Deseaba más que nada en el mundo que todo fuera un sueño, pero ese vacío que tenía donde debería estar su corazón se sentía demasiado real como para que lo fuera. Así que se obligó a moverse, aún cuando su cuerpo parecía responder a una voluntad ajena, y se apartó del abrazo a duras penas. Jack se separó también, pero ninguno de los dos fue capaz de decir nada cuando quedaron cara a cara. No había nada que decir. Shail supuso que Jack querría descansar y llorar a solas, así que, caminando como un autómata y sin sentir su cuerpo, se alejó de allí. Y, andando sin rumbo por aquel castillo que ahora parecía frío y desconocido, acabó regresando al lado de Zaisei.

No creía que sus emociones fueran a molestarla, pues estas habían formado un nudo demasiado apretado. Quizás ni siquiera percibiera nada cuando le tuviera al lado, él no era capaz de sentir nada en cualquier caso. Pero necesitaba que alguien le hablara para asegurarse de que estaba vivo, de que simplemente no se había convertido en un fantasma

No tuvo en cuanta, claro, que Zaisei siempre había sido más rápida que él mismo en entender sus sentimientos, por muy enredadas que estuvieran. Cuando le vio, sus ojos blancos se empañaron con un velo de lágrimas.

-Oh, Shail…- dijo, con voz rota.

Y fue eso, el gemido tembloroso y hecho pedazos que soltó ella al sentir su dolor silencioso, lo que hizo que se viniera abajo finalmente. Cuando lo escuchó, la presa que había estado conteniendo su agonía se resquebrajó y fue como si nunca hubiera existido: todo el dolor que un ser humano es capaz de soportar y más se vino sobre él como una avalancha, arrasando todo a su paso. Así que, sin fuerzas ya para resistirse, dejó que todas las emociones le tumbaran y le cubrieran por completo, impidiéndole respirar. Cayó al lado de la celeste, enterrando su cara en su cuello mientras ella le envolvía con sus brazos, y Shail lo dejó salir todo.

Y es que lo supo de golpe, con una potencia tan arrolladora que era casi imposible de soportar: ese abismo que le había partido en dos era el peso de su ausencia. Un hueco en su vida y su corazón tan abrumador que sabía que nada podría llenarlo jamás. Habían arrancado a Alsan de sus vidas, se había ido sin darles tiempo ni permiso de despedirse, y ese vacío que había dejado era lo que más dolía de todo. Saber que no volvería a verle, a hablar, llorar o reír con él. Que la vida seguiría avanzando sin él en ella, sin esperarlo. Que ya no habría más reencuentros, solo una espera infinita a alguien que jamás regresaría.

La amargura y la injusticia de la situación le atravesaban como una espada. Juntos, esa había sido su promesa, deberían haber ido a esa última batalla juntos. Haber acabado con aquello hombro con hombro, igual que lo habían empezado. Pero la historia se había acabado, y solo quedaba Shail para contarla y recordarla.

Sintió que había estado llorando durante horas cuando por fin el llanto se detuvo. Sus ojos estaban rojos e hinchados, y su garganta le dolía como si hubiera gritado. Probablemente lo hubiera hecho.

-Lo siento- le dijo a Zaisei, a duras penas.-No deberías haber tenido que… soportar todo esto.

Ella negó con la cabeza.

-Déjalo salir todo, Shail. Llevas demasiado tiempo negando lo que sientes.

Shail supo que no se refería solo a lo que sentía por la pérdida de Alsan, pero no estaba listo aún para pensar en eso, para aceptar que quizás había perdido algo más que un amigo. Se dijo que había cosas que no debían de estar destinadas a pasar, porque si se lo repetía las veces suficientes quizás le diera algún tipo de sentido a su dolor.

En cambio, dijo:

-Debería odiarlo.

Era cierto. Sin embargo, esa verdad se enredaba con muchas otras y le era imposible leer cada uno de los hilos, cada una de las realidades que coexistían ahora dentro de él.

-¿Pero?- inquirió ella, tirando suavemente del nudo para desaflojarlo, aunque fuera solo por un lado.

-Pero no puedo. No puedo odiar a un muerto.- Esa palabra seguía sintiéndose ajena, se volvía arena en su boca, pero aun así se obligó a decirla- Ahora que no está, solo puedo pensar en quién era antes, en el caballero que me acompañó a la Tierra, en mi amigo - su voz se rompió- Le hizo tanto daño a Vic… la secuestró, Zaisei, se la llevó, y ni siquiera sé lo que la hizo. Y aun así me desprecio por haberlo odiado, porque pienso que si quizás hubiera estado a su lado, si no hubiéramos discutido tanto… 

-Shail, no es culpa tuya.

El mago dibujó una sonrisa triste. De nuevo, Zaisei entendía mejor que él lo que estaba sintiendo.

-Le conozco lo suficientemente bien como para saber qué morir fue decisión suya y solo suya, siempre haciéndose el héroe, maldita sea... Pero no creo que la sensación de culpa desaparezca nunca- confesó.

 


 

Entre las personas más cercanas al difunto, decidieron que Alsan merecía un entierro digno, que se debía recuperar su cadáver del campo de batalla para que yaciera con su familia. Que el cuerpo del rey no podía descansar en otro sitio que no fuera al lado de sus padres y su hermano pequeño, en Vanissar. Shail sintió cierta nostalgia, como si quisiera ser enterrado con ellos también, descansar al lado de Alsan. Se preguntó si eso quería decir que estaría dispuesto a morir en ese momento solo para reencontrarse con él. Su aturdimiento no le dejó responder a esa pregunta, y de todos modos temía demasiado la respuesta.

Shail se presentó voluntario para buscar su cuerpo y traerlo a Vanis, y con él iría Jack. El resto de nobles y personajes importantes del reino estaban muy ocupadas haciéndose cargo de los heridos por Irial y Yohavir, y ambos lo agradecieron. Shail recordó a la última vez que se había presentado voluntario para algo, cuando sus decisiones le llevaron a la Tierra con la persona que ahora estaba muerta, y enterrada bajo los escombros de una batalla de dioses y el fin de una era. 

-¿Cómo fue?- preguntó Covan en algún momento.

-Nos salvó- dijo Jack, tragando saliva y mirando a un punto lejano- Nos salvó a todos. 

-Los héroes como él mueren jóvenes- dijo el caballero, con el pesar pintado en el rostro- Solo esperé que él fuera diferente.

Para Covan, Alsan había sido su pupilo, hijo y hermano en armas, y su muerte le había dejado devastado. Había visto caer a muchos, pero Alsan, que había sobrevivido a lo imposible, que había regresado tras quince años en lo desconocido… Él debía sobrevivir. Sabía que la muerte era cruel, pero ni todos los años de guerra que había vivido podrían haberle preparado para perderlo a él también.

-Moriría luchando contra las serpientes, librándonos de su presencia- terminó, firme, porque necesitaba encontrarle sentido a aquello, una razón por la cual los dioses hubieran decidido reclamar el alma de su guerrero más brillante.

-No te imaginas cuanto- dijo Jack, amargamente.

No añadió nada más sobre los últimos momentos de vida de su mentor, pero en sus ojos se adivinaba el dolor que le causaba mentir sobre su muerte, no hacer honor al verdadero valor de su sacrificio. Shail, sin embargo, sí conocía la verdad. Antes de reunirse con Covan y los demás nobles y consejeros del reino, Jack le había apartado, y aunque hablar sobre Alsan aun parecía una tortura, le escuchó. Para quitarle ese peso de encima al muchacho, y porque él necesitaba escucharlo tanto como Jack necesitaba decirlo.

-Alsan, junto con Qaydar y Gaedalu, consiguió ponerse en contacto con los dioses -explicó, lentamente, sopesando cada palabra -pero ellos se negaron a ayudar. Y cuando supo que su mera presencia destruiría el mundo, cuando escuchó su voz y se dio cuenta de lo que había hecho realmente… -tragó saliva y miró al mago a los ojos, fijamente- Shail, se que lo que ha hecho estos últimos meses nos pareció imperdonable a todos, y se que tu has sufrido por ello, pero antes de morir él… cambió. Se enfrentó a sus dioses para salvarnos a todos, ayudando a los sheks y al Séptimo aunque los hubiera considerado enemigos toda su vida.

-¿Y… Y la piedra?- se atrevió a preguntar.

-Se la quitó- dijo Jack, serio- Se la arrancó de la muñeca como si le quemara.

Shail no sabía cómo le hacía sentir eso, ni en qué posición dejaba eso a Alsan.

-El plan del Séptimo siempre fue abandonar Idhún, llevarse a sus criaturas a otro mundo donde no los exterminaran- continuó el rubio, ahora con la mirada perdida- Y la única manera de que los Seis también se fueran era permitir que el Séptimo huyera, para que ya no tuvieran contra quién luchar en este plano. Así que él mantuvo el portal abierto, con Sumlaris enterrado en él como si fuera una llave. Los salvó. Incluso cuando seis dioses se le vinieron encima, los ayudó a escapar. No permitió que la Puerta se cerrara, salvando millones de vidas, porque así es Alsan.

Las lágrimas rodaban por las mejillas de Jack cuando terminó de hablar, y solo entonces se dio cuenta Shail de que él también estaba llorando. Le abrazó, y se quedaron así un rato, dos almas destrozadas dándose apoyo cuando nadie más sentía la pérdida de Alsan como ellos.

-Dime Jack- preguntó Shail pasado un rato- ¿Le perdonaste? Cuando se quitó esa roca y os ayudó, ¿pudiste perdonarlo todo?

Jack tardó en responder.

-No lo sé- suspiró al fin- Quizás debería decir que sí, porque ahora que se ha ido no debería guardarle rencor, pero… no lo sé, Shail.

-Yo tampoco- asintió él en un susurro.

Después de eso, habían tenido que ir a hablar con Covan y ambos habían estado de acuerdo en que, al menos de momento, no le contarían nada de lo que había pasado realmente. Jack no creía que fuera a ser capaz de volver a contar cómo le habían perdido sabiendo que el caballero no creería ni una palabra. No creía tener paciencia suficiente en ese momento como para soportar que tacharan de mentira los últimos actos de su maestro, hermano y amigo, que escupieran en su legado y en quién había sido.

Así que no habían dicho nada, habían dejado que asumieran que había muerto luchando contra los sheks en lugar de salvándolos y en cuanto habían podido habían partido. Shail se había mostrado un poco reticente a dejar a Zaisei atrás, y sola, pero la perspectiva de volver a ver a Victoria le daba fuerzas. La chica se había quedado con Kirtash, descansando y recuperando fuerzas, acampados donde había ocurrido todo. Shail se preguntó qué parte de esa decisión se había tomado también por miedo a volver a Vanis, sobre todo ahora que el embarazo de la joven estaba tan avanzado.

El viaje transcurrió en silencio pues no había nada de qué hablar en aquella situación, y finalmente llegaron al lugar. Los Picos de Fuego. Esa cordillera debía de estar maldita, pues había visto morir a Jack y a Alsan, y en ninguna de las dos ocasiones él había sido capaz de hacer algo para evitarlo. En el suelo, Shail atisbó las figuras que pertenecían al unicornio y al shek, los último de sus especies en Idhún, mirándolos desde abajo, viéndoles aterrizar. Ambos compartían una mirada de cansancio y derrota, estaban sucios y parecía que Victoria hubiera estado llorando durante los dos días que Jack había tardado en llevarle allí. No se sorprendió. Él lo había hecho, y sabía que Jack había llorado también, durmiendo en la cama que un día había sido de Alsan.

Las palabras no fueron necesarias cuando Shail se bajó del dragón, simplemente dejándose caer en los brazos de Victoria, su Lunnaris, y la abrazó allí, en el fin del mundo.

-Lo siento tanto Vic -lloró- Yo les dije cómo podían invocar a los dioses, a Talmannon. Si no lo hubiera hecho todo podría haberse evitado.

La confesión le quemó la garganta mientras la pronunciaba. Victoria, sin embargo, se apartó de él y le miró a los ojos, destrozada.

-Shail, ya estás sufriendo suficiente, ni se te ocurra culparte y añadir más cargas a tu espalda. Había muchas fuerzas, más grandes que tú y que yo, participando en este juego, y esto había ocurrido de una manera u otra- Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas entonces, y a Shail se le partió el corazón.- Solo desearía que  no hubiera acabado así. Traté de salvarlo pero… no me dio tiempo a extender el escudo…- el llanto cortó sus palabras de cuajo, y volvió a abrazarle, enterrando su rostro en su hombro

El mago no supo qué decir, pero asintió mientras la estrechaba entre sus brazos. Desear que todo hubiera sido diferente era algo con lo que todos tendrían que vivir, por lo visto.

Su vista se dirigió entonces hacia Kirtash, quien asintió en su dirección, también con aspecto derrotado. Como si le hubieran pasado Seis dioses por encima, pensó Shail amargamente.

-Hemos venido a buscarle- explicó, con la voz tomada, cuando se separaron.

-No hará falta- dijo Victoria, acercándose a Jack y aferrando su mano con la suya como para darle fuerzas- Es ahí.

Y señaló el lugar donde el mundo se había acabado y había empezado una nueva era. Una herida aún abierta y supurante en su mundo, que emanaba una fuerza y una energía desbordantes, recuerdo de que seis deidades habían pasado por ese lugar. Shail se obligó entonces a acercarse, a ir a buscar lo que quedaba de su compañero porque aunque no creía que pudiera ser cierto que estuviera muerto, por otro no se imagina que fuera nadie más quien rescatara su cuerpo de entre los escombros y llorara su pérdida en primera fila.

La búsqueda no fue rápida, ni fácil, ni bonita. Tuvieron que apartar rocas, plantas con espinas capaces de atravesar a un humano de parte a parte, escombros aún ardientes y ascuas que no se apagaban. Se ensuciaron, sangraron, sufrieron, y aún así no se detuvieron, la anticipación o el miedo de levantar una piedra y que su cuerpo se encontrará allí empujándolos a seguir, paso tras paso. Así hasta encontrarse en el mismo lugar en que se había encontrado el portal y dónde los Siete dioses habían colisionado. 

Y en el centro de todo, como si fuera el principio y el fin de todo aquel caos, estaba él.

Shail le encontró tirado como un muñeco al que le hubieran cortado los hilos, pero aún se aferraba a Sumlaris. Sus puños se encontraban cerrados con fuerza en torno a su mango, como si no hubiera querido que ni la muerte le hiciera soltara, como si su último deseo hubiera sido sujetarla y no dejar que ese portal se cerrara. Según se iba acercando, iba apreciando los estragos que sus dioses habían causado en su cuerpo. Estaba completamente cubierto de polvo y una energía extraña emanaba de él. La sangre se encontraba también por todas partes, especialmente en sus manos, en carne viva, destrozadas, como si simplemente se hubieran comenzado a deshacer poco a poco. La sangre cubría también su ropa, su rostro, relajado al fin, y hacía difícil ver cuanta era suya y cuánta no, dónde estaban realmente las heridas.

Temblando, Shail se acercó, cada paso más doloroso que el anterior, como si le estuvieran clavando un cuchillo en las entrañas al ver el cuerpo de Alsan inerte de esa manera. Sintió la presencia de la triada detrás de sí como si estuvieran a miles de kilómetros de distancia, como si él estuviera apartado de la realidad y lo viera todo a través de un sueño.

Y entonces, se detuvo.

Porque el pecho de Alsan se movió.

Lágrimas de rabia comenzaron a acumularse en sus ojos, furioso con su propia imaginación por traicionarlo de esa manera, por hacerle creer que había esperanza. Cerró los puños, reuniendo fuerzas para seguir acercándose, diciéndole que eso no podía detenerle, que no podía derrumbarse ahí mismo… cuando volvió a verlo.

Tan leve que costaba apreciarlo, el pecho del guerrero subía, y bajaba unos segundos después. Pero eso era imposible.

-Es imposible- repitió Jack detrás de él.

Y fue su voz, la confirmación de que alguien más lo había visto, lo que le hizo salir corriendo hacia el cuerpo y arrodillarse ante él. Lo que le hizo buscar su pulso frenéticamente, lo que le hizo ignorar el polvo, las heridas, la sangre, porque tenía que tocarlo, asegurarse de que era real. Su nombre se le atascó, aún demasiado aterrorizado de no recibir respuesta, de que todo aquello no fuera más que un delirio, de volver a perder a Alsan sin poder hacer nada…

Pero ahí estaba, leve y errático pero real. Un latido. Otro. Tenía pulso.

-Es imposible- volvió a decir el dragón.

Shail se apartó unos centímetros, las manos sin llegar a rozar el cuerpo del rey, intentando obtener algo de perspectiva sobre el milagro que acababa de tener lugar. Y así se dio cuenta de que su espada, Sumlaris, irradiaba energía propia. Dejó escapar un suspiro entrecortado, incrédulo, y, a pesar de que no quería dejar de admirar la escena, cerró los ojos. Extendió su magia, estirándola hacía el arma, y fue cuando lo sintió: la espada irradiaba vida. Y una especie de manto de esa esencia que impregnaba la espada cubría el cuerpo entero de Alsan, como un escudo contra cualquier adversidad… y tan fuerte como para resistir en poder de Siete dioses. La energía de una puerta interdimensional que, en un último acto de agradecimiento a quien la había mantenido abierta, había otorgado a cambio al arma el don de proteger a su portador. 

Sumlaris le había salvado.

Jack cayó a su lado, con lágrimas ya corriendo libremente por su rostro, pero nadie dijo ni hizo nada durante unos minutos, o una eternidad quizás. Hasta que algo verdaderamente mágico ocurrió.

Comenzó como un leve temblor tras su párpado, luego una especie de espasmo en su rostro, y de pronto, sin que nadie hubiera tenido tiempo para prepararse, para creérselo siquiera, Alsan abrió los ojos. Ni el día en que el unicornio le había tocado había sentido Shail la magia de ese modo. Ningún momento de su vida se compararía nunca al instante en que volvió a ver esos ojos marrones y cálidos.

Se abrieron despacio, y la mirada de Alsan tardó aún unos segundos en enfocarse. Miró primero a Shail, largo y tendido. Después se desviaron para posarse en Jack. Ninguna expresión cruzó su rostro, y su cuerpo no se movió ni un ápice, aún demasiado destrozado, pero el reconocimiento brilló detrás de esos ojos y para el mago y el dragón fue más que suficiente. Rompieron a llorar, dejando salir un sonido roto, herido, y cayeron sobre Alsan, abrazándolo, aferrándose a él con todo lo que tenían porque se encontraban en el fin del mundo, donde el tiempo se había parado, y sin embargo todo ese caos había engendrado vida. Se la había regalado a aquel que había estado dispuesta a darla libremente, y le había dado una segunda oportunidad.

 


 

Alsan estaba soñando.

Soñaba con volver a abrazar a alguien, un recuerdo borroso de un ser querido, creía. Soñaba con un mundo en que todos a los que quería estaban vivos.

Soñaba con un mundo en el que no era un monstruo, en el que no era culpable de la destrucción de todo lo habían construido, en el que era dueño de su cuerpo y no tenía que huir para ocultarse…

Pero por eso sabía que estaba soñando. Porque era un monstruo.

Porque había huido. De sí mismo, de sus acciones y sus consecuencias.

Porque su cuerpo nunca fue suyo, porque juró vivir para alguien, el recuerdo de un ser dorado, una luz, y sin embargo destruyó a su familia. 

Pero al menos había muerto haciendo algo bueno, recordaba. Algo noble finalmente.

El sueño comenzó a desvanecerse, pero una sensación de calidez permaneció mientras su conciencia volvía a desaparecer poco a poco.

 


 

Alsan durmió durante dos noches y dos días. 

Con un cuidado que rozaba la veneración, Jack y Shail le habían transportado de vuelta a su castillo y ahora descansaba en la cama de sus aposentos. Cuando habían llegado, el revuelo había sido considerable, y es que, para algunos, su rey simplemente había regresado herido de la batalla, pero para los que sabían lo que realmente había ocurrido, su rey había resucitado. Covan había movilizado inmediatamente a sus mejores magos y curanderos, y había hecho todo lo que habían podido. Le habían lavado, curado sus cortes y reparado sus huesos. Solo por sus manos fueron incapaces de hacer nada, declarando que las quemaduras le acompañarían toda su vida.

Victoria y Kirtash habían regresado a Vanissar también, aunque este último se quedó fuera del castillo, como un ángel protector, por si las cosas se torcían. Entre Shail, Jack y Victoria se aseguraron de que Alsan no pasara solo ni un momento, mientras Covan se encargaba de dirigir el reino hasta que despertara

Y cuando lo hizo, fue como si hubiese vuelto a nacer.

Abrió los ojos y miró a su alrededor, sin decir ni una palabra, solo escaneando el lugar. Vio la ventana abierta, con las cortinas de seda agitándose por la ligera brisa que entraba, vio la mesa que se encontraba en la pared frente a él, llena de documentos inacabados, vio la propia cama en la que se encontraba. Pero no reconoció nada de ello, no supo dónde se hallaba. 

-¿Alsan?- dijo una voz.

Recordó que ese era su nombre, y que quien había hablado era Shail. Al mago, ni la muerte podría haberle hecho olvidarlo.

Todo fue volviendo a él entonces, poco a poco, como si tuviera que luchar por atravesar la neblina que aturdida su mente y embotaba sus sentidos. Cuando lo recordó todo, lo primero en lo que pudo pensar era en cómo su corazón seguía latiendo en su pecho y sus pulmones se llenaban y vaciaban de aire. Estaba vivo.

Algo terrible, doloroso y con voluntad propia se abrió paso en su interior, cortando con garras brutales, rompiéndole a su paso, partiéndole en dos. Porque se suponía que tendría que estar muerto.

-¿Por qué estoy aquí?- fue lo primero que logró decir, con la voz ronca, sobreponiéndose al dolor que le producía pronunciar cada palabra. 

Shial le miraba con los ojos muy abiertos y Alsan odió con todo su ser la lástima que había en ellos, la compasión. Lo odió todo.

-Te trajimos hasta aquí, Jack y yo. ¿No te acuerdas de…?

-¿Por qué estoy vivo?- gruñó, dejando que toda su rabia, que esa cosa que lo destruía por dentro hablarán por él. 

-La espada, Sumlaris te salvó …- trato de explicar Shail, pero él aborreció cada palabra, como si le quemara. No, no. Él tendría que haber muerto, esto no tendría que estar pasando. Y sin embargo respiraba y sentía y vivía, vivía, vivía

-Tendríais que haberme dejado allí- interrumpió, furioso, lo más furioso que recordaba haber estado nunca. Un rugido llenó su mente.- Tendríais que haber dado media vuelta y no haber vuelto a poner un pie en ese lugar maldito, y haberme dejado morir.

-¿Crees que de verdad habríamos hecho eso?- preguntó Shail, y Alsan creyó que eso que había en su rostro era horror, pero le daba igual. Apenas podía soportar escucharle, mirarle.

-¡Sí! -rugió, incorporándose de golpe.- ¡Es lo que yo hubiera hecho! ¡Es lo que hice! ¡Sólo quería morir, maldita sea, y por vuestra culpa estoy vivo!

Respiraba entrecortadamente, y detestaba cada inhalación que daba, pero se olvidó de ello cuando Shail dio un paso hacia atrás. Retrocedió.

Alsan le gruñó para que se quedará ahí, para que no diera ni un paso más, ni hacia él ni hacia la puerta, cuando se dio cuenta. Porque sus labios, retraídos en una mueca de ira, mostraban cuatro colmillos. Porque sus rasgos se habían deformado para dejar de ser completamente humanos. Porque sus uñas, ahora largas y afiladas como cuchillas, se clavaban en la cama, cómo si estuviera a punto de impulsarse hacía delante y atacar.

Miró hacia abajo, a su muñeca. Vio sus manos, cubiertas de cicatrices hasta el antebrazo, pero no se fijó en eso. Se fijó en la falta de un brazalete, una piedra pulida que controlara lo que era, a esa bestia que albergaba en su interior.

Pero el rugido permanecía, el lobo se alimentaba de su ira y quería salir…

-Alsan…

-Fuera de aquí- dijo, con un gruñido gutural que ocultaba un aullido lobuno de triunfo.

-Alsan- repitió el mago, más firme esta vez.

-¡Fuera de aquí!- gritó con la voz ronca, una amenaza implícita en el grito.

Alsan no lo vio, demasiado concentrado en mantener a la bestia a raya, pero supo que se había ido. La ira embestía contra él a oleadas, y su alrededor desapareció, solo estaba el gruñido animal mezclado con sus propios pensamientos, demasiado poderosos como para acallarlos.

“Tendrías que estar muerto” gritaban. “Si lo estuvieras, no tendrías que enfrentarte a esto” 

“Volveré a ser un monstruo el resto de mi vida”, se decía. “El dolor no se irá nunca” “Me han negado el descanso de la muerte” 

Un gruñido bajo sonaba por toda la habitación, por su cabeza, retumbando en todos sus huesos. Su cuerpo se transformaba y destransformaba a capricho, el pelo le crecía, su cara se deformaba hasta convertirse en un hocico, para luego volver a su forma humana. Reprimiendo gritos de agonía, Alsan intentó abrirse paso a través de la bruma de rabia e ira y aullidos en su cabeza, intentó respirar… Sabía que, en algún momento, en otra vida tal vez, había podido controlarlo, había aprendido a manejar al otro espíritu que infestaba su cuerpo… Pero aquello parecía tan lejano que no parecía poder recordarlo.

“Si hubiera muerto, no tendría que enfrentarme a esto otra vez”

Con ese pensamiento, una determinación fría se abrió paso a través de él, calmando un poco su mente y creando una brecha. Porqué no tenía por qué aguantar aquello, no otra vez. No quería tener que hacerlo. Las mutaciones continuaron, pero se sobrepuso al dolor, la idea desarrollándose y creando a su paso una especie de muro de contención contra el lobo. Pensó en un cuchillo, una espada, un objeto afilado… un corte en el lugar adecuado… Había estudiado en Nurgon y sabía muy bien cómo hacer que un hombre se desangrara en segundos. Nunca se le había ocurrido que ese hombre pudiera ser él mismo, pero esos eran otros tiempos. 

Trató de levantarse de la cama, tambaleándose, el animal cada vez enterrado a más profundamente en su psique, todo su ser enfocado en su cometido, cuando una imagen lo atravesó todo, nublándole la vista.

Eran unos ojos castaños que brillaban con luz propia, como una estrella, como un cuarto sol. Y sabía a quién pertenecían. 

Victoria.

Los recuerdos se amontonaron, de todas las cosas que había querido olvidar y borrar con el beso de la muerte. Recuerdos de traición y promesas rotas, de odio a las personas equivocadas. De orgullo e intolerancia y violencia y crueldad.

La imagen del cuchillo cortando su piel desapareció. Se dejó caer en el suelo, a escasos centímetros de la cama, respirando entrecortadamente por el peso de la culpa que le comprimía el pecho. Cerró los ojos, tratando de contener las lágrimas, sin éxito. Así que Alsan, soberano del reino de Vanissar, lloró.

Por primera vez en no sabía cuánto tiempo, se rompió.

Lo dejó salir todo. La desesperanza, la culpabilidad que le retorcía las entrañas y le quemaba por dentro, la pérdida de todo lo que había creído y los valores en los que se había sostenido. Las transformaciones se detuvieron poco a poco, de tan humano que era lo que sentía, y aun así apenas sentía su cuerpo ya humano. Todo su entorno se evaporó mientras lloraba y lloraba, sumido en recuerdos. Recordando a aquellos a los que había dañado, los actos imperdonables que había cometido, todo lo que había querido olvidar porque era más fácil. Pero hubiera sido un insulto a todos sus seres queridos, a los que él también había amado, porque lo único que había querido había sido huir de las consecuencias.

No supo cuando dejó de llorar, no supo cuando se detuvo. Simplemente se encontró a sí mismo tirado en el suelo de su habitación, de la que había sido anteriormente de su padre, completamente vacío salvo por una pequeña semilla: la voluntad de vivir.

No vivir para sí mismo, porque eso ya no sabía cómo hacerlo ni si lo haría algún día, pero vivir para disculparse con quiénes había dañado, vivir por ellos. Para ser un recordatorio viviente de que esos actos no quedarían sin castigo, sin consecuencias. Y que el castigo sería su mera existencia, rota y penosa.

Agotado como si siete dioses acabaran de pasarle por encima, logró regresar a la cama. Luego, casi sorprendiéndose a sí mismo, mandó que llamaran a Covan. Al poco, como si el caballero lo hubiera dejado todo para acudir a su llamada, apareció por la puerta.

Covan encontró a Alsan de pie, porque aunque acababa de derrumbarse aún se sentía incapaz de mostrarse débil ante el resto del mundo. Se apoyaba contra el marco de la ventana, intentando evitar que viera que se aferraba a él para no temblar.

Alsan le observó atentamente y vio en sus ojos un cansancio profundo. Aun así, le saludó con una sonrisa, esa sonrisa aprobatoria que tanto había buscado él de niño. Covan había sido para él un maestro, un padre y un hermano de batallas y penalidades. Se había mantenido a su lado incondicionalmente, pero se preguntó si ahora le aceptaría, roto y cambiado por lo que había vivido, por las consecuencias de la guerra.

-Covan- saludó, intentando devolverle la sonrisa, aunque no creyó conseguirlo.

-Me alegro de que ya estés en pie, chico- dijo él, con sinceridad. Alsan se sorprendió ante la última palabra. Sabía que era joven, pero se sentía mucho más mayor que eso. Debería ser mayor.- Recé a los Seis para que despertarás.- siguió- Me alegro de que estés vivo.

-Los dioses no te escucharon- aseguró Alsan, seco, amargo.- Nunca lo han hecho.

Covan se le quedó mirando, y Alsan tenía que admitir que a pesar de que acababa de decir la mayor blasfemia de su vida, el hombre se mostraba más pensativo que escandalizado.

-He oído eso antes- admitió- La gente habla. Se dice que la Madre Venerable ha perdido su fe y ha abandonado su puesto en la Iglesia. Por algo que vio, en Gantadd. Tu estuviste con ella, ¿no es cierto?

Alsan asintió, despacio, pensando bien qué iba a decir y qué iba a omitir.

-Invocamos a los dioses. Son seres que no están hechos para verse de cerca- confesó, escueto.

-Los planes de los dioses pueden parecernos extraños a los mortales- tranquilizó Covan- Estoy seguro de que simplemente no estabais capacitados para entender lo que os querían decir. Al fin y al cabo, se dice que en las Salas de Oyentes sólo se oían gritos últimamente. Su presencia es demasiado grandiosa para nosotros.

-Querían aniquilarnos.

Covan le miró, realmente le miró.

-Estas cansado- dijo- Está guerra no ha acabado aún y ya te ha arrebatado demasiado. Descansa.

El pánico trepó por la garganta de Alsan. Un recordatorio físico de los horrores que había vivido. Covan tenía que equivocarse…

-La guerra ha acabado- dijo, no sabía sí para sí mismo o para Covan.

-Aún quedan serpientes con las que acabar, bastardos que expulsar de este planeta. Pero ahora preocúpate de recobrar fuerzas, ya hablaremos en otro momento de dirigir ejércitos.

El pánico fue reemplazado por la ira, esa vieja conocida. Casi había muerto por ayudar a todos los sheks a escapar de ese planeta y aún quedaba gente empeñada en buscarlos y matarlos aunque se hubieran ido todos. Sin embargo, prefirió no decir nada, no cuando tirar de ese hilo probablemente le llevara a tener que explicar que no pensaba dirigir otro ejército, ordenar a ningún hombre más a ir a una guerra imaginaria. Así que dijo:

-Descansaré Covan, descuida.

Alsan creyó que Covan dudaba si decir algo más o no, pero al final se fue en silencio. Y Alsan, cumpliendo su palabra, descansó. Volvió a tumbarse en la cama y a los pocos segundos ya estaba dormido. Esta vez no soñó con nada.

Cuando se despertó, Shail le estaba esperando.

Se encontraba frente a la misma ventana donde se había apoyado Alsan horas antes, mirando por ella y de espaldas a él. Se levantó, sintiéndose de pronto bastante torpe.

-Lo siento- dijo al fin, rompiendo el silencio.

Shail se giró, pero se quedó en el mismo sitio.

-¿Y por qué lo sientes, exactamente?

Alsan reprimió una risa triste. Tendría que haber sabido que Shail no se lo pondría tan fácil.

-Lamento muchas cosas- admitió- Pero me refiero a lo que pasó ayer. Por enfadarme contigo y… lo de después. 

Nombrar en voz alta su casi transformación, como casi le había atacado, le provocaba un nudo en la garganta. Shail asintió, aceptando la disculpa.

-Yo siento haberme ido- admitió.

-Te pedí que te fueras- replicó, encogiéndose de hombros.

Shail le miró en silencio. Observó esos ojos que volvían a ser ámbar, pero que habían sido castaños de nuevo por un tiempo.

-A veces,- habló el mago- alejamos a la gente cuando lo único que queremos es justo lo contrario.

Alsan no contestó. Supuso que tenía razón, pero no sabía que decir a eso, así que en cambio preguntó:

-¿Cómo fue? ¿Por qué… Qué me salvó?

Hablar de eso le dolía, todavía le sabía la boca a derrota por encontrarse allí, pero le aterraba que la conversación muriera y que Shail se fuera, dejándole de nuevo solo con sus pensamientos. Aún no creía poder fiarse de sí mismo.

-Hasta donde yo sé, Sumlaris te salvó- explicó el mago, con la vista perdida como si no se encontrara allí en realidad, como si volviera a ver su cuerpo destrozado, tirado en mitad de la desolación como un muñeco de trapo- Cada espada legendaria posee una virtud, igual que el fuego es la de Domivat y el hielo la de Haiass. Supongo que no sabíamos la de Sumlaris hasta ahora: absorber energías. Quizás como un último favor por mantenerla abierta tanto tiempo, la Puerta te cedió parte de su poder, que la espada absorbió y creó un escudo protector que te salvó la vida. 

Alsan cerró los ojos, asimilando la información. Recordaba el dolor que había sentido, el miedo, al encontrarse en presencia de los dioses. De todo aquello ahora solo quedaba la magia de su espada y las cicatrices de sus manos. No creía que fuera a pedir que un mago se las curara, si es que no lo habían intentado ya. Las heridas eran un recordatorio de por quienes había estado dispuesto a morir y por quienes tenía ahora que vivir.

-¿Qué harás ahora?- preguntó entonces Shail, y él abrió los ojos.

-Me marcho- confesó, porque si quería que alguien fuera el primero en enterarse, ese era Shail. 

-Alsan…- imploró él.

-No puedo volver a sentarme en el trono. Este reino se merece un mejor soberano, alguien que no les empuje a una guerra, alguien que no se sienta perdido en su propia tierra- trató de justificar, casi suplicando por que le entendiera.

-Lo comprendo, de verdad que lo hago- dijo Shail, pero Alsan dudaba que lo hiciera realmente- Está guerra nos ha quitado demasiado, a todos, y tu ya has dado más que suficiente. No tienes por qué ser rey, pero no lo hagas por culpa, no lo hagas para alejarte.

-Shail, sabes muy bien en qué me convertí siendo su rey. Vanissar es mucho mejor que eso, no se merecen tenerme a mí en su trono.

-Alsan, eso no…

-Asesiné a su anterior soberano- dijo, las palabras traicionándole y saliendo sin pedir permiso siquiera. - Embarqué en una guerra abocada al fracaso a caballeros y pilotos de dragones porque tenía demasiado miedo a que todo lo que me habían enseñado desde niño, a que todo en lo que creía, estuviera mal. Y mi egoísmo costó vidas Shail, vidas, y aun así yo estoy aquí.

La vergüenza se abrió paso en su interior ante el recuento de todos sus errores.

-No tienes que ser rey de nada si no quieres, puedes no ser nadie, pero no te alejes- repitió el contrario- No vuelvas a convertirte en un desconocido.

Sus últimas palabras se clavaron en él como una flecha, recordando el ser que había sido en los últimos meses, su crueldad. No se reconocía y aún así había sido él quien había hecho todas esas cosas y no tenía modo de escapar de aquello.

-Si por mi hubiera sido, no me hubiera despertado después de que los siete se echaran sobre mí- confesó- Shail, no estuviste allí, pero eso fue como el fin del mundo. Quería que fuera el fin del mío, al menos. Y ahora creo que tengo que aprender a vivir de nuevo, pero tengo que hacerlo solo. No puedo quedarme aquí.

Shail tenía una mirada de derrota que le partía el corazón a Alsan, pero no podía dejar que eso le hiciera cambiar de opinión. No cuando la alternativa tenía forma de lobo, o de un cuchillo cortando sus propias venas.

-Ya está decidido- dijo-Solo quiero hablar con Covan antes de irme, y disculparme con Jack y Victoria, si aceptan verme. Luego me iré.

Shail asintió, un simple gesto que al mago le provocó un dolor tan lacerante que pareció que moriría. Alsan le estaba pidiendo que le dejara marchar tras recuperarle, pero sabía que no le iba a hacer cambiar de opinión. Parecía demasiado cruel tratar de retenerlo allí cuando el hombre que tenía delante estaba tan derrotado y atormentado.

-Puedo hablar con ellos para que escuchen lo que tengas que decirles,- se ofreció- pero no puedo prometerte que querrán.

-Lo comprendo Shail, y te lo agradezco- asintió él, como si esa verdad le pesara. Se decía que, si no podía disculparse, estaría bien. No lo hacía por él, para quitarse un peso de encima, si no por ellos, para darles la posibilidad de cerrar ese capítulo de sus vidas.

Shail se marchó después de eso. Alsan se dio cuenta entonces de que había conocido al mago hacía nada más que siete años. Parecía demasiado poco, cuando él sentía que se habían conocido desde siempre y le costaba tanto imaginar una vida sin él. Ni siquiera habían pasado todos esos años juntos, la vida les había separado una y otra vez; pero de alguna manera siempre habían estado ahí el uno para el otro. De alguna manera, siempre encontraban el camino de vuelta a ellos, a eso que habían creado entre ambos y que Alsan nunca había sabido nombrar. Quizás ese fuera el fin, se le ocurrió de pronto, quizás había acabado matando el lazo que había habido entre ellos. De todos modos, ya nada retenía a Shail en Vanis, y él se iría pronto también. Supuso que iría con Zaisei a cualquier lugar remoto donde pudieran vivir tranquilos.

Esperó en esa habitación hasta que le trajeron noticias de la decisión de Jack y Victoria. Se reunirían con él.

Los encontró en un salón que había servido para reuniones y donde más de una vez ellos habían estado presentes y Alsan les había echado en cara muchas cosas. Se le encogió el estómago aún más cuando vio como la chica apoyaba la mano sobre su vientre, su embarazo más visible que nunca. Tuvo que inspirar hondo al entrar a la habitación, el peso de sus errores haciéndose más patente, imposible de ignorar, como si fuera a provocar que se hundiera bajo él de un momento a otro.

-He venido aquí a pediros perdón, - explicó, cuando ambos se giraron a mirarle, y él les devolvió la mirada porque era lo mínimo que les debía - pero sin esperar que me lo deis. He venido a deciros que os he fallado, que me fui a la Tierra esperando protegeros, ser un mentor y un guía para vosotros, un hermano, y sin embargo al volver no hice más que poneros en peligro. Fui egoísta, me hundí en la autocompasión por haberme convertido en un monstruo e intentando acabar con él me convertí en otro mucho peor. Preferí depositar mi fe en una religión corruptas y en dioses sanguinarios y cometí el mayor error de mi vida. - La verdad salió con facilidad, pero no por ello dolió menos. Era imperdonable y aún así se obligó a seguir hablando- Nunca me he equivocado tanto, y fuisteis vosotros quienes lo pagasteis. Debería haber luchado más por vosotros, por vencer mis creencias y creeros a vosotros en cambio, los salvadores de mi mundo a pesar de que nunca os hemos dado nada a cambio. Pero no lo hice y os he fallado- su voz se rompió, abrumado. Pero de nuevo, eso no se trataba de él-. No tenéis que contestarme ahora; ni nunca, si no queréis. Pero os debía una disculpa, y aunque sé que nunca será suficiente no podía dejar que eso fuera una excusa para no hablar con vosotros.

Ninguno de los dos dijo nada cuando terminó. Jack le miró con los ojos húmedos, y por un momento pareció que diría algo, pero finalmente apretó los labios y asintió, acercándose más al cuerpo de ella. Alsan no pudo culparle. Había ido allí sabiendo que no tenían por qué aceptar sus palabras, pero al menos sí habían querido escucharle, le habían dado la oportunidad de decir lo que quería decir, y con eso debía bastar.

Victoria le miraba también, como si le estudiara, calibrando su sinceridad. Su muñeca estaba libre de todo brazalete, pero aun así no podía borrar el daño que había causado: su desconfianza estaba justificada. No dijo nada tampoco, pero asintió hacia él, y algo se suavizó en sus ojos. Para Alsan eso fue suficiente.

Iba a abandonar la sala, cuando Jack habló. 

-Alsan- su voz salió débil- Shail dijo que te marchabas.

-Así es- fue todo lo que pudo decir. Creía que ellos lo entenderían. Como rey, se había convertido en un monstruo peor que el lobo que se decía que intentaba suprimir. 

-Nos salvaste, en la batalla- habló el chico- Luchaste por los sheks porque era lo correcto, y no te importó morir por ellos. No dejes que eso se te olvide. Ese eres tú, Alsan, no el de los últimos meses.

-Gracias Jack- respondió.

A continuación, sin dejar que las emociones del momento le calaran, obligándose a avanzar, fue a hablar con Covan. Ya se daría tiempo de sentirlo todo cuando estuviera lejos de allí, cuando hubiera hecho lo que tenía que hacer.

Covan le recibió en seguida, satisfecho de ver que ya se había levantado de la cama, pero su expresión se borró cuando vio la cara de Alsan, la seriedad grabada en sus facciones, la de alguien que ha visto demasiado en muy poco tiempo.

No se extendió mucho. Dijo que se marcharía, y que renunciaba a la corona oficialmente en aquel mismo momento, que aunque sabía que así su estirpe, una de reyes y reinas, acabaría con él, lo prefería a ver a su pueblo dirigido por alguien tan poco digno como él. Le habló entonces de su legado, de la verdadera causa de su presunta muerte. Le habló, en un tono firme y claro, que había estado dispuesto a sacrificarse por los sheks, las mismas criaturas que había aborrecido toda su vida, porque era lo correcto. De cómo había elegido la paz en lugar de la guerra y de cómo quería eso para el futuro de Vanissar. Le habló de los dioses, de su verdadera naturaleza y de cómo habían estado a punto de destruir todo Idhún por rencor, el mismo rencor que le había infectado a él por tanto tiempo, y por eso había querido morir por combatirlo.

Alsan fue testigo de cómo la mirada de Covan cambiaba, como sus hombros se hundían y su rostro se ensombrecía. No sabía si era por la pérdida de sus valores o por la de su más brillante pupilo, pero en ningún momento le interrumpió ni trató de llevarle la contraria. Cuando terminó, no se atrevió a mirarle a los ojos, porque para ver desaprobación no tenía más que mirarse al espejo. Abandonó la sala en silencio.

Se retiró a sus aposentos, pero acabó durmiendo en la habitación que había sido de su hermano, y cuando despertó y las lunas brillaban sobre el cielo, la abandonó para siempre y nunca más volvió allí.

Sintiéndose un fantasma, recorrió el palacio que había considerado su hogar en su infancia, recordando cada rincón como si fuera la primera vez que los veía y a la vez como si jamás se hubiera marchado. El único pedazo de esa vida, de su yo pasado, que se atrevió a llevarse con él, fue Sumlaris. Se la colgó al hombro para recordarse que a partir de entonces sería una carga, nada más que un recordatorio de quién había sido, y de que nunca más sería digno de volver a empuñarla. No cubrió sus manos, otro recordatorio. De por qué seguía vivo y por quiénes casi había muerto.

Así que se puso las ropas más humildes que encontró y salió así del castillo. Estaba a punto de atravesar las puertas y alejarse al fin de allí cuando una figura le interceptó: Shail. 

Sentía que no podía ser de otra manera, que siempre había tenido que ser él quien le viera marcharse, y al mismo tiempo le odió por hacerle las cosas más difíciles. Ambos simplemente se miraron, como calibrándose, luchando por no ser el primero en hablar, hasta que fue Shail quien se rindió.

-Alsan, no te vayas aún- imploró - No hace ni tres noches que despertaste, te acabamos de recuperar…- su voz se rompió, y el corazón de Alsan con ella, pero no podía cambiar de opinión- De verdad pensamos que te habíamos perdido- siguió el mago- No nos dejes así, por favor.

-Tengo que irme- dijo, como llevaba repitiéndose a sí mismo todas esas horas, como si fuera lo único que evitaba que se desmoronara de nuevo, lo único que le hacía seguir siendo humano.

-No te vayas cuando sabes que no puedo seguirte- pidió de nuevo.

Zaisei se había quedado ciega, recordó Alsan entonces, tras la aparición de Irial en el castillo. Y sabía que Shail moriría al tener que elegir entre los dos, en el fondo siempre lo había sabido, pero ahora la decisión no le pertenecía al mago.

-Tengo que irme -repitió. Dejó que parte de su desesperación se filtrara en su voz- Victoria está a punto de dar a luz y yo… no creo que quieran tenerme cerca cuando nazca, y yo no creo que pueda mirarle a los ojos. Ni a ella ni al bebé. 

No le había dicho lo que pasó cuando secuestró a la chica, ni lo hizo ahora, la vergüenza callándole, demasiado desgarrador como para poder respirar siquiera.

-No huyas, Alsan- Y las palabras escocieron porque eso era justamente lo que hacía- Deja que te ayudemos. Todos sabemos que te estás odiando con una intensidad desgarradora. No hagas esto solo. 

-No soy una compañía alegre ahora mismo- dijo, con una sonrisa triste- Te dije que tengo que aprender a vivir de nuevo, a dominar lo que llevo dentro desde cero, y es algo que prefiero hacer solo.

Shail negó, y Alsan vio cómo trataba de retener lágrimas de derrota y frustración.

-Alsan…

Y algo se rompió dentro de él cuando escuchó ese nombre pronunciado de esa manera, como una súplica. Cómo si significara algo.

-Alexander.

Y Shail se enderezó. Supo entonces que ya no tenía nada que hacer, que el hombre de verdad renunciaba a todo su pasado como Alsan de Vanissar aquí y ahora, y que ni él sería capaz de convencerle de quedarse.

Dio un paso al frente, y luego otro, acercándose a él. Alsan se tensó, sin saber qué esperar, pero el mago simplemente agarró una de sus manos surcadas de quemaduras con las suyas y depositó algo en ella. Sin soltarle aún, habló.

-No desaparezcas, Alexander- escupió.- No te atrevas a convertirte en un desconocido- Luego dio un paso atrás y dejó un objeto de madera en sus manos.- Esto es un tótem, está ligado a ti por mi magia. Así que cuando te canses de tu soledad, de huir, úsalo. Solo tiene que tocar tu sangre, aunque sea una gota, y me llevara hasta ti, por lejos que te encuentres. Lo prometo.

Asintió, procesando la información. Guardó el amuleto, sin apenas mirarlo, en el único morral que llevaba. No pensaba usarlo, pero no le quedaban fuerzas para devolvérselo a Shail. Al menos así tendría algo que le recordara a él.

-Adiós, Shail.

Y Alexander abandonó el castillo sin mirar atrás.