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El amor está en la lluvia

Summary:

Bajo la lluvia de un atardecer universitario, Zoro y Sanji se cruzan por primera vez. Una libreta amarilla olvidada, un paraguas que se convierte en excusa y miradas que dicen más que las palabras despiertan sentimientos inesperados. Torpezas, silencios y corazones acelerados marcan el inicio de un vínculo que ninguno de los dos sabe manejar.

Entre estudiantes despreocupados, apuestas tontas y secretos personales, Zoro empieza a descubrir que amar puede ser confuso, frustrante… y completamente inevitable.

Notes:

Nota importante: Este AU se desarrolla en un contexto historico distinto al nuestro, en un pais ficticio post dictadura, con todas las restricciones que vienen después de eso.
Toques de queda.
Saludos a la bandera.
Y cosas que hacen dificil el romance en la juventud.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: El paraguas amarillo

Chapter Text

La lluvia había terminado.
Y eso era gran cosa después de tantas horas de agua cayendo sin parar, pero Zoro continuaba apoyado en el vidrio del taller.
Delantal sucio, restos de pintura en la cara, y sus ojos pegados desde hacía varios minutos a un joven que se había sentado en una banca del jardín del otro lado del campus.

Zoro no podía despegar sus ojos de él y sus manos picaban por agarrar el carboncillo.
Él era…
Esa imagen de aquel joven, anotando con ansiedad en su libreta amarilla, mordiendo el lápiz con esos labios tan rosados y vivos.
Él era la inspiración que Zoro había estado esperando toda la tarde, y aun así no podía dejar de mirarlo.
Admirarlo.

En un movimiento perezoso pero lleno de ímpetu, Zoro agarró el carboncillo como si fuera lo único que pudiera rescatarlo de lo que sentía.
Mariposas en el estómago.
Literal.
Su estómago se sentía lleno de ellas como nunca, y pronto comenzó a captar en el lienzo cada detalle que la distancia le permitía:
sus pestañas largas,
la caída de su cabello rubio,
la forma de sus labios,
la sonrisa que aparecía cuando se detenía a mirar la libreta y dejaba de escribir, lo que fuera que estaba plasmando allí.

¿Era esto por la belleza de la escena… o el amor a primera vista era realmente posible?
Zoro no sabía de amor.
Sabía de pinturas.
Sabía de katanas.
Sabía de sake.
Sabía de mantener un perfil bajo y vivir su vida.

Pero enamorarse…
Si una noche en el baño de un bar con un omega audaz había sido amor, esto era totalmente nuevo.
Y, de alguna forma, instintivamente, notó un leve temblor en los hombros del rubio, un pequeño signo que hizo que su corazón de alfa se acelerara y despertara un impulso protector que no podía ignorar.

La escena se vio interrumpida por la llegada de una chica de falda corta y poca vergüenza.
Cabello largo, color naranja.
Sostenía algunos libros consigo.

Ella y el rubio comenzaron a hablar, un intercambio que no duró más de cinco minutos.
Ella señaló su reloj de pulsera, como si la hora fuera importante.
Y lo era.

Él empezó a recoger sus cosas con rapidez, asentía y la miraba con atención.
Ella lo llevó casi arrastrando del brazo.
Tenía que ser una broma.
Una jodida broma.
Una muy cruel.

Zoro no podía permitir que se lo llevara.
Más controlado por las mariposas en su estómago que por un pensamiento racional, dejó el lienzo boca abajo junto con otros, para que nadie lo viera, y salió corriendo hacia el jardín.
Pero al llegar, no había rastro de ninguno de los dos.
Casi como si todo hubiera sido más una visión que una realidad.

Miró a todos lados, buscando un atisbo de aquella cabellera rubia.
Pero se habían ido.
Y las mariposas… las jodidas mariposas no pensaban irse.

𑁋¡Ooooi, Zoro!

El peliverde volteó hacia la voz.
Usopp.
Parecía haber corrido hasta allí.

𑁋Oye, si vas a venir a comer con nosotros, este es el momento… A las nueve empieza el toque de queda.

Mierda.
El jodido toque de queda.

Zoro asintió, resignado, mientras un ligero cosquilleo de ansiedad recorría su estómago, mitad por las mariposas y mitad por la regla absurda que siempre lo alcanzaba a última hora.

Solo cuando Usopp se acercó lo suficiente, Zoro se dio cuenta de algo: había estado conteniendo la respiración, como si en todo ese tiempo estuviera buscando su oxígeno.

𑁋¿Zoro?

El peliverde volteó hacia él.

𑁋¿Todo bien?

Zoro asintió, aunque ni por asomo estaba todo bien.

𑁋Deja que vaya por mis cosas, espera aquí —dijo, regresando al edificio de la facultad de artes.

𑁋¡Rápido, Zoro-kuuuuuun! —gritó Usopp— No tenemos mucho tiempo antes de que cierre todo.

Afuera del campus universitario, aquel chico rubio movía la mano despidiéndose de su amiga, que ya había subido a un taxi.

𑁋¡Nos vemos mañana, Sanji-kun!

El rubio asintió. En cuanto el taxi se alejó, miró su reloj y sintió un apretón en el estómago: su autobús tardaría una hora hasta los dormitorios donde vivía.

𑁋Lo barato cuesta caro —susurró, comenzando a caminar rápido hacia la parada.

No era solo que se tardaría una hora. Era que no tendría tiempo para comer nada. Era que tendría que cocinar casi a escondidas en el dormitorio. Era que tendría que correr desde la parada hasta su habitación.

Se detuvo. Miró la hora: 19:45.

Mala broma.

Su estómago gruñó bajo. Muy mala broma.

𑁋¿Estás bien?

Sanji volteó. Un joven de cabello negro y pecas en las mejillas lo miraba con una sonrisa demasiado confiada, demasiado coqueta.

𑁋Uhm… sí —respondió Sanji, presionando sus libros contra el pecho.

Un pequeño crujido llamó su atención. Un envoltorio de chocolate. No recordaba la última vez que había comido uno.

𑁋¿Quieres?

𑁋No te conozco.

𑁋No importa —dijo el pelinegro—. Un chocolate siempre es una buena excusa para presentarse.

Sanji se mordió el labio. No había comido nada en todo el día.

𑁋Sanji…

𑁋Mucho gusto, Sanji. Soy Ace.

Le extendió la barra de chocolate y Sanji tomó un trozo.

𑁋Puedes quedarte con todo si quieres…

𑁋Un pedazo está bien —respondió Sanji, sonrojado.

𑁋¿Cuándo crees que volverás a comer chocolate gratis?

Sanji tomó el resto de la barra, con un leve rubor en las mejillas. Ace rió, bajito, suave, y miró hacia el frente, donde un cartel de una película clásica recién reestrenada se alzaba orgulloso.

𑁋¿Has visto esa película?

𑁋¿Love Story? —respondió Sanji.

Ace asintió.

𑁋Cuando era pequeño, la ví con mi mamá… es una linda historia.

Se quedó pensativo.

𑁋¿No tiene una frase famosa?

Sanji sonrió, quizás porque la conocía, quizás porque creía en ella.

𑁋“Amar significa nunca tener que pedir perdón”.

Ace lo miró fijo. Sanji sintió cómo el calor le subía por las mejillas.

𑁋E-eh… es famosa…

𑁋¿Me das tu número de teléfono?

𑁋¿Eh?

𑁋Para invitarte a verla al cine… apuesto a que la verías otra vez, con la persona correcta…

Sanji dudó. No es que Ace le pareciera desagradable o molesto. Y, bueno, Love Story quizá no volvería al cine. Pero había tenido razón: la vería… con la persona correcta.

𑁋Quizás podemos ver otra —dijo Sanji, desviando la mirada.

Ace sonrió, suave, confiado.

𑁋Me parece un buen plan.

Sanji sonrió de vuelta, un poco más relajado.

𑁋¿Tienes papel y lápiz? —preguntó, apoyando los libros contra su pecho.

Justo cuando Sanji terminó de dictarle su número de teléfono a Ace, el bus apareció perezoso al final de la calle, como si hubiera estado esperando el momento exacto para interrumpirlos.

𑁋Ese es mi autobús… —dijo Sanji, levantando la mano para hacerle una seña al chofer.

Ace frunció apenas el ceño.

𑁋¿No puedes quedarte un poco más?

Sanji se mordió el labio, dudando un segundo que se sintió más largo de lo que debía.

𑁋El toque de queda… —murmuró.

Ace asintió, comprendiendo.

𑁋Vives lejos…

Sanji volvió a asentir, acomodándose el bolso en el hombro mientras el bus se detenía con un suspiro de frenos.

𑁋Nos vemos, Ace.

𑁋Hasta luego, Sanji.

Las puertas se cerraron y, por un instante, mientras el autobús arrancaba, Sanji no pudo evitar mirar por la ventana. Ace seguía ahí, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa que prometía algo más.

Había un café donde todos los estudiantes se reunían.

Lo llamaban Thousand Sunny. Buena música. Buen ambiente.

Por un rato, las normas parecían olvidarse: el toque de queda, los códigos, la vigilancia social… todo desaparecía entre el aroma del café y el murmullo de conversaciones libres.

El coqueteo era permitido, incluso bienvenido.

El baño del Thousand Sunny tenía sus historias; muchos sabían que allí pasaban cosas que nadie contaría en voz alta.

Franky y Robin, los dueños, se encargaban de que todo funcionara sin problemas: miradas cómplices, bromas internas, y un servicio de limpieza impecable que mantenía el lugar impecable para los estudiantes que buscaban un respiro.

El café estaba casi dentro del campus. La universidad Grand Line era tan grande que parecía absorber todo el barrio, así que resultaba cómodo para quienes entraban y salían sin parar. Además, era un punto de encuentro para un grupo demasiado popular dentro de la universidad.

Aunque cierto peliverde siempre llegaba más tarde de lo habitual.

Al parecer sí es fácil perderse en un lugar donde pasas casi todo el día.

Para Zoro, esa era la explicación:

El café… se había movido.

Se había movido, como todos los edificios del campus solían moverse, según él.

Usopp se revolvió en su silla en la barra mientras Luffy devoraba papas fritas.

Miró hacia la puerta, como si alguien lo estuviera persiguiendo.

—¡Incluso le dibujé un mapa! ¡Tres años estudiando aquí y todavía se pierde! —chilló Usopp, dramático.

Luffy rió.

—Shi, shi, shi ~ Yo supe que lo perdió.

—¿¡Pero qué!? —exclamó Usopp.

—¿El espadachín viene tarde otra vez? —preguntó una hermosa mujer de cabello negro apoyándose en la barra, dejando frente a Usopp una taza de té.

—¡El problema no es que venga tarde! ¡El problema es la apuesta!

—¿Apuesta? —dijo Franky desde la cocina.

—¡Shhhh! —susurró Usopp cubriéndose la boca—. ¡Se supone que es un secreto!

Robin sonrió divertida.

—No le diremos a nadie…

Luffy se rió de nuevo.

—Una apuesta sobre quién es mejor en kendo: Zoro o Ace…

Franky frunció el ceño.

—Eso no tiene mucho sentido.

—¿Ah, no? —dijo Luffy, pasándose un dedo por la oreja—. 

—Que se sepa, Ace no sabe pelear con un shinai…—dijo Robin pensativa.

Luffy se encogió de hombros.

—Él dijo que podía…

Franky y Robin se miraron entre sí. No parecían notar que esto iba a ser más humillación pública que una apuesta justa.

—¿Y quién lleva las apuestas? —preguntó Robin, ajustando la música.

—Yo —dijo Usopp, inflando el pecho con orgullo.

Franky suspiró.

—Entonces es una suuuuper estafa.

—¡Oi! —protestó Usopp.

Afuera comenzó a lloviznar, suave, típico de la temporada estival. Entre el murmullo del rocío, la puerta se abrió y Zoro entró, seguido de Ace.

Ace agarró a Zoro por los hombros, girándolo ligeramente como quien mueve una ficha en un tablero.

—¡Oí, ya estamos aquí! —gruñó el peliverde, frunciendo el ceño mientras miraba de reojo la barra.

Ace rio, dejando que un mechón de su cabello cayera sobre sus ojos antes de apartarlo con un gesto rápido.

—Me estoy asegurando de que no te pierdas de camino a la barra…

—¡Zoro! ¡Ace! —exclamó Luffy, moviendo los brazos como un molino y dejando caer unas papas fritas que casi aterrizan en el hombro de Usopp.

—¡Yo! —dijo Ace, sentando a Zoro con un empujón ligero pero firme, asegurándose de que permaneciera de pie sin perder el equilibrio en ese metro de espacio.

—¿Por qué tardaron tanto? —se quejó Usopp, golpeando suavemente la barra con los dedos—. ¡Saben con cuánta gente tuve que hablar para que me prestaran el gimnasio!

—Perdón, perdón. Encontré a Zoro perdido dentro del edificio de su taller, por eso tardamos —explicó Ace, encogiéndose de hombros y levantando una ceja.

—No estaba perdido, solo… no conocía ese pasillo —murmuró Zoro, cruzando los brazos y mirando al techo como si eso resolviera todo.

Ace rio de nuevo, dejando escapar un leve codazo amistoso a Zoro.

—Claro, como tú digas…

Luffy rio, dejando caer un par de papas más en su plato.

—Entonces, ¿quién le patea el trasero a quién?

Ace alzó una ceja, con una media sonrisa que desafiaba al peliverde.

—Es obvio que esto terminará rápido; Zoro no va a saber quién lo golpeó.

—Lo dice alguien que cree que un shinai es un palo de bambú… —resopló Zoro, pasando la mano por su nuca y evitando mirarlo directamente.

—Oh, vamos, es como un palo de bambú… —Ace se encogió de hombros, dejando que su sonrisa se ensanchara mientras jugaba con la punta del shinai que llevaba bajo el brazo.

Zoro suspiró y dejó que su mirada se suavizara por un instante, un gesto casi imperceptible.

—¿Estás seguro de que quieres seguir con esta apuesta? No va a ser bonito…

—Esta apuesta determinará quién de los dos es el mejor… —dijo Ace, apoyando la mano en la cadera y girando la cabeza con aire confiado.

Luffy los miró fijamente, inclinando la cabeza y entrecerrando los ojos.

—¿Mejor en qué?

Ace dejó escapar una media sonrisa, mordiendo apenas el labio como quien guarda una broma traviesa.

—Compórtense, jóvenes —dijo Robin, apoyando la barbilla en la mano y arqueando una ceja, fingiendo autoridad pero claramente divertida.

—Perdón, perdón, Robin-chan —soltó Ace entre risas, inclinándose levemente hacia ella como un niño travieso pillado en el acto.

El grupo siguió hablando.

Sobre la apuesta. Sobre kendo. Sobre cómo Usopp era un estafador, aunque él lo negaba. Y Ace aseguraba que podía ganar.

Pero la atención de Zoro se desvió hacia las ventanas.

Por un instante, le pareció ver al chico rubio que había quedado grabado en su cabeza… y en su corazón.

Se levantó de golpe, lo suficiente para interrumpir al grupo, que lo vio salir afuera.

Ace lo siguió, y Luffy también.

—¿Zoro? —preguntó Ace, divertido.

El peliverde miraba a todos lados, buscando.

Si al menos supiera cómo olía…

La lluvia comenzó a mojarlo.

—¿A qué se debe esta conducta poco común? —dijo Ace, sonriendo, disfrutando del espectáculo.

Zoro pensó en responder. Pero algo en su pecho, quizá miedo, quizá inseguridad, quizá celos, lo detuvo.

—Nada… yo… solo creí ver algo, pero no era nada —dijo, dejando escapar la frase con voz tensa.

Luffy se quedó mirando el camino. A lo lejos, vio al chico rubio pasar caminando, libros apretados contra su pecho.

No dijo nada. No supo por qué, pero algo en su cabeza le indicó que era mejor callarse.

Sanji se resguardó en uno de los pasillos de la biblioteca y se quedó mirando la lluvia.

La temporada estival no era su favorita.

Siempre se olvidaba del paraguas.

Y, como siempre, sus libros terminaban mojados.

Y, claro, su libreta amarilla…

—¡Sanji-kun!

El rubio volteó, sonriendo.

—¡Nami-swan!

La pelinaranja se acercó, tomándolo del brazo mientras ambos miraban cómo las gotas de rocío caían del cielo.

—Tenemos que ir al gimnasio en media hora —dijo, más como una orden que como una invitación.

Sanji alzó una ceja.

—¿Cómo?

Nami asintió con firmeza.

—Sí, porque apostaste al encuentro de kendo de los Mugiwara y tienes que estar ahí para pagar…

Sanji parpadeó dos veces, desconcertado.

—¿Lo qué?

Nami sonrió y dijo:

—Sí, apostaste al ganador, así que nos va a ir muy bien.

Traducción: Nami había usado dinero de Sanji para apostar en algún evento estudiantil no oficial y ahora quería cobrar su premio.

—Nami, si nos atrapan haciendo apuestas… —dijo Sanji, preocupado, frotándose la sien.

Nami chasqueó la lengua, confiada.

—No te preocupes, tengo todo cubierto. La apuesta está a mi nombre; tú solo tienes que poner el dinero…

Sanji sintió que el bolsillo le dolía… si eso era posible.

—Ok.

Por algún motivo, Sanji simplemente no sabía decir que no. Nunca lo había hecho, y no iba a probar ahora, aunque afectara su economía.

Nami era su amiga. Su mejor amiga.

—¿Entonces vamos? —dijo ella, con una sonrisa traviesa.

Sanji asintió.

—Solo espero que no haya ningún inspector ni alguien que nos meta en problemas —insistió, preocupado.

Nami lo tironeó por el pasillo, ligera pero firme.

—Ya te dije, todo estará bien…

Sanji la miró. Quería creerle.

Y, por no ir mirando al frente…

Mierda.

Sanji vio cómo todos sus libros y apuntes se desparramaban por el suelo y no pudo evitar maldecir por lo bajo.

Nami miró al causante: un peliverde que parecía algo perdido, pero que no se movía, como si de repente se hubiera quedado absorto.

—¿Acaso solo te vas a quedar mirando? —le riñó la pelinaranja.

Sanji lo miró con fastidio.

—Nami, está bien —dijo, terminando de recoger sus cosas… o casi todas.

Cuando Zoro atinó a moverse, Sanji pasó por su lado, dándole un débil golpe con el hombro mientras murmuraba:

—Marimo tonto.

Tan fugaz como cada vez que lo veía, el rubio se marchó con Nami, perdiéndose por el pasillo. Zoro se quedó con las palabras atrapadas en la boca:

Que lo había visto por la ventana de su taller.

Que era lo más hermoso que había visto nunca.

Que su corazón latía como loco cada vez que lo sentía cerca o pensaba en él.

Que lo dibujaría cada día por el resto de su vida.

Que tal vez lo amaba.

Corrección. Lo amaba.

Volteó, quizás para seguirlo.

Pero ya no estaba.

En el suelo, la libreta amarilla había quedado olvidada en un rincón. Zoro se acercó y la recogió lentamente. Solo abrió la primera hoja.

No es que fuera chismoso. Solo… una hoja.

"Sanji Vinsmoke" y, al lado, un pequeño dibujo de un corazón.

Zoro se grabó ese nombre con fuego en la mente.

Quiso ir tras él. Buscarlo. Esa libreta era su excusa.

Pero en cuanto dio un paso…

—¡Oooooi, Zoro! —gritó Luffy desde lejos.

Se detuvo en seco.

—Al gimnasio, nos están esperando.

Mierda. Mierda. Mierda.

Apretó la libreta contra su pecho, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

Con un suspiro que sabía a derrota, dio media vuelta y se dirigió hacia Luffy.

Jodida apuesta.

Si había dioses en el cielo —y aunque Zoro no creyera en ellos—, por un momento deseó con todas sus fuerzas, mientras miraba la lluvia, que Sanji también estuviera en el gimnasio.

El gimnasio estaba repleto.

Ni siquiera él esperaba tanto alboroto por una apuesta con Ace.

El pelinegro sostenía un shinai con torpeza mientras lo esperaba en el centro del gimnasio.

Los comentarios y chillidos de emoción se oían desde las gradas, llenando el aire con adrenalina y ruido.

Por primera vez, Zoro se preguntó por qué siempre terminaba aceptando meterse en estos líos.

Miró al grupo de gente… pero antes de poder fijarse con más atención:

—¿Zoro, todo bien? —preguntó Luffy, acercándose.

El peliverde miró al joven, asintiendo.

—Todo bien…

Luffy echó un vistazo a la libreta que Zoro apretaba con fuerza.

—¿Quieres que te guarde eso?

Zoro la apretó un poco más contra su pecho.

—No la pierdas.

Luffy sonrió, como si entendiera más de lo que decía.

—No lo haré.

Cuando Zoro se alejó para agarrar su shinai, Luffy hojeó la primera hoja de la libreta:

"Sanji Vinsmoke".

Y, al lado, un pequeño corazón dibujado que parecía brillar más que cualquier luz del gimnasio.

En las gradas, Nami empujaba a Sanji hasta donde se encontraba Usopp.

Se detuvieron frente a él.

—Oh, ¿qué tal, Nami...? —dijo el moreno, contando billetes con una sonrisa orgullosa.

Nami suspiró, cruzando los brazos.

—Nada de “qué tal”. ¿Cuánto es?

Sanji temió por su economía de estudiante.

—1000 berries.

Sí, le dolió. No tanto como imaginaba, pero dolió.

Sacó su billetera, conteniendo un suspiro, y le extendió dos billetes.

—¿A quién? —preguntó Usopp.

—¿A quién qué? —dijo Sanji, aturdido por el ruido del gimnasio.

—¿A quién le apuestan? 

Nami suspiró y casi le da un golpecito a Usopp.

—Obvio que a Roronoa Zoro —respondió la pelinaranja, con una media sonrisa.

Sanji miró a Nami, con la pregunta ardiendo en la boca:

¿Quién era Roronoa Zoro?

Pero antes de que pudiera formularla, Nami ya lo estaba arrastrando hacia adelante, donde pudiera ver el encuentro.

El gimnasio vibraba con el ruido de los estudiantes animando.

Zoro se colocó en el centro, ajustando el agarre al shinai, intentando concentrarse.

Intentando ser el mismo engreído de siempre.

—Listo para tu humillación pública —dijo, confiado, con media sonrisa.

Ace sonrió frente a él, también preparado.

—Campeón nacional, categoría universitaria, no significa nada. Voy a ganar, Zoro.

El peliverde soltó una risa sin humor, porque aunque todo parecía un juego, su mente estaba en otra parte.

Desde las gradas, Sanji fue empujado por Nami hasta donde podían ver la acción.

El rubio reconoció a Ace.

El chico de la parada de autobuses.

El del chocolate.

El que quería ver Love Story.

Y el peliverde.

Nami lo miró divertida y murmuró:

—El peliverde es Roronoa Zoro, al que llamaste Marimo tonto.

El primer choque de shinai resonó fuerte, madera golpeando madera.

Zoro se movía con precisión propia de un campeón universitario.

Cada golpe, medido, calculado.

Pero aunque su cuerpo respondía, su mente no podía dejar de correr hacia el rubio que había visto antes.

Ace, más torpe, se mantenía confiado, pero Zoro podía leer sus movimientos antes de que ocurrieran. Cada parry era exacto… y, sin embargo, sus ojos seguían yendo a las gradas.

Al público.

A Sanji.

Deseando que estuviera allí.

Por un instante creyó verlo. Solo un segundo de ilusión lo atravesó.

—¡Vamos, Zoro! —gritó Luffy desde lejos, animándolo.

Zoro intentó concentrarse. Cada choque, cada movimiento, era un recordatorio de la apuesta. Una apuesta tonta… pero importante, aunque ya no lo parecía tanto como Sanji.

Entonces, de nuevo, le pareció ver la cabellera rubia.

Su shinai resbaló de sus manos y cayó con un fuerte golpe al suelo.

—¡¿Zoro!? —Ace se detuvo, sorprendido.

El peliverde bufó.

Desde las gradas, Sanji apretaba sus libros con fuerza.

—Nami-swan…

—¿Dime? —respondió ella, divertida.

—¿Estás segura de que le apostamos al correcto?

Nami suspiró.

—Es campeón de kendo, no entiendo cómo se le cayó el shinai.

—Solo no quiero perder mil berries —murmuró Sanji— por culpa de un Marimo tonto…

Zoro ya había recogido el shinai. Respiró profundo, ajustó su agarre, y se centró en Ace. Era momento de terminar con esto.

Zoro se recompuso, respirando profundo, y enfocó toda su atención en Ace.

Un par de movimientos precisos más y…

—¡Shiiing! —el último choque de shinai resonó con fuerza.

Ace perdió el equilibrio por un instante, y Zoro aprovechó para desarmarlo con un golpe calculado.

El pelinegro cayó de rodillas, sorprendido, mientras Zoro se mantenía firme, respirando con calma, pero con el corazón todavía latiendo con fuerza.

—¡Ganó! —gritó Luffy, saltando de emoción.

Sanji exhaló aliviado.

¿Era por los mil berries… o porque Zoro había captado su atención de maneras que jamás había imaginado?

Pero antes de que pudiera pensar en nada más, recordó que no había venido a la universidad a ver a dos tipos golpearse con palos.

Había ido por una clase.

Miró su reloj.

Ya iba tarde.

Miró a Nami.

—¡Lo siento, Nami hermosa! —dijo, y salió corriendo del gimnasio, esquivando estudiantes y empujones mientras desaparecía hacia su próxima aventura académica.

Zoro volvió a mirar a las gradas.

El rubio no estaba.

En algún momento se había ido.

Dejó caer el shinai al suelo y se acercó a Luffy.

—La libreta —dijo, extendiendo la mano.

Luffy se la dio de inmediato.

Zoro se dirigió a la salida.

—Oi, Zoro… —dijo Luffy, deteniéndolo.

Zoro volteó a verlo.

—Es un lindo nombre…

El peliverde sintió cómo sus orejas se calentaban, pero no dijo nada.

Solo siguió su camino, aunque ya sabía que no podría alcanzar al rubio.

Zoro buscó por todo el campus…

y también dio muchas vueltas en círculos porque, como siempre, se perdió más de lo que debería.

Pero no pudo encontrar al dueño de la libreta.

El plan era simple: esa libreta amarilla era su boleto para acercarse al rubio.

Y, sin embargo, era como si el chico se lo hubiera tragado la tierra en algún punto entre el encuentro de kendo y el tumulto de gente.

Zoro suspiró, frustrado. La libreta estaba en sus manos, pero el rubio… el rubio seguía desaparecido.

Esa noche, Zoro regresó a su departamento a pie.

Era un espacio agradable, con ventanas grandes y suficiente luz para sentirse cómodo y moverse con libertad.

Las paredes estaban cubiertas de bocetos a medio terminar, y sobre cada superficie posible descansaban pinceles, lápices y carboncillos. En una repisa, tres katanas colgaban tranquilas, como si hubieran aprendido a convivir con aquel lugar.

Era un caos ordenado. Zoro sabía exactamente dónde estaba cada cosa, aunque cualquiera más se perdería entre tanto papel.

Aun así, era cómodo, cálido y limpio, un refugio que le pertenecía por completo.

En cuanto entró, cerró con seguro.

No es que alguien más tuviera llave… excepto Luffy, que siempre encontraba la manera de colarse.

Era más bien esa sensación de estar haciendo algo que sentía que no debía… y, sin embargo, no podía evitarlo.

La libreta picaba en sus manos.

Quizás era solo un cuaderno más.

Quizás solo contenía anotaciones universitarias normales, y no le diría nada sobre el rubio.

Sin embargo, era lo más cerca que podía estar de conocerlo.

Se sentó en el suelo y puso la libreta sobre la mesita.

La miró un momento.

Desvió la mirada, suspiró.

No pudo aguantar más.

La abrió.

Después de la página con su nombre…

Después del pequeño corazón…

Zoro sintió un golpe en el pecho, recordando esas constantes mariposas que no se iban, y supo que ya nada volvería a ser igual.

En la primera hoja había una receta escrita con letra impecable: onigiris.

Alrededor, pequeños dibujos de onigiris con sonrisas que le arrancaron a Zoro un ligero gruñido.

Más adelante, algunas anotaciones sobre su día a día: alguien llamado Nami que le había hecho reír, comentarios sobre el trabajo.

Había una hoja con una pequeña flor de limón pegada con cinta, y al lado estaba escrito:

"Las flores de limón siempre me recuerdan el aroma de mamá… La extraño"

Zoro se detuvo un momento.

Demasiado cálido. Demasiado humano.

Un poco más adelante, un pequeño envoltorio de chocolate estaba pegado a otra hoja.

"Un chico llamado Ace me regaló un chocolate. Me invitó a ver una película al cine. Propuso Love Story… pero no creo que él sea el indicado… aunque es lindo"

Zoro gruñó.

El hijo de perra de Ace lo conocía y se lo tenía bien guardado.

Y, al final, estaba escrita una frase que lo atravesó como una daga:

"Amar es nunca tener que pedir perdón”

Había más. Mucho más.

Cada página revelaba un poco de quién era Sanji: alguien noble y sincero, alguien que cuidaba, alguien que amaba el amor con toda su fuerza.

Zoro no conocía a nadie así.

Cada línea, cada dibujo, cada pequeño recuerdo pegado en la libreta le golpeaba el pecho.

Era imposible no sentirse arrastrado, fascinado, y al mismo tiempo… perdido.

Ese chico rubio, con su sonrisa y sus mariposas constantes, estaba cambiando algo dentro de él, aunque Zoro aún no supiera cómo llamarlo.

Esa noche, antes de dormir, mientras la lluvia caía lenta sobre la ciudad, Zoro hizo un pequeño boceto del Sanji de esa mañana.

Del que lo había llamado “Marimo tonto”, del que estaba molesto porque le había tirado sus cosas al suelo.

Capturó esas cejas en espiral, ese ceño fruncido y esos labios que, secretamente, había empezado a desear.

Cada trazo parecía guardar más que un simple dibujo: guardaba el recuerdo de la risa, del enfado, de la calidez de ese rubio que ahora ocupaba cada pensamiento suyo.

Zoro guardó el boceto en una carpeta, en un cajón donde nadie podría verlo.

Un secreto que le pertenecía solo a él.

La libreta amarilla la metió en su maletín.

Sabía que, aunque la había espiado, no podía quedarse con ella; debía devolverla.

Aun así, la guardó con cuidado, como quien protege algo frágil y valioso, dejando que cada página quedara cerca, pero segura.

 

x

 

En la mañana, Sanji buscó su libreta por todos lados.

En su dormitorio.

En el campus.

Pero no la encontró.

Una angustia creciente se apoderó de él.

Había mucho de sí mismo plasmado en esas páginas: pensamientos, recuerdos, pequeñas alegrías, detalles muy personales… cosas que no compartiría con cualquiera.

Y ahora, estaban desaparecidas.

Esa tarde, el sol ya se había escondido.

Sanji estaba de pie afuera del edificio de Artes y Escultura. Tenía algunas clases allí, así que no podía irse… no porque no quisiera.

La lluvia había empezado y no daba señales de parar.

Se estaba haciendo tarde.

Suspiró.

Se puso un límite: si pasaban diez minutos y la lluvia seguía, simplemente correría hasta la parada de autobús, empapado, pero sin perder más tiempo.

Zoro bajaba las escaleras cuando lo vio.

Detenido, con los libros apretados contra el pecho.

Se acercó.

Lento.

Se detuvo frente a él.

Lo miró de reojo.

¿Qué decir? ¿Cómo empezar?

Su corazón golpeaba contra su pecho con fuerza.

Se aclaró la garganta y eso captó la atención del rubio.

Sanji lo miró… solo un instante.

El chico del kendo… ¿cómo se llamaba?

Ah, sí. Zoro.

O Marimo.

Sanji no dijo nada.

De pronto, las palabras se le trabaron en la garganta.

Zoro exhaló, lento.

—Ha… llovido todo el día…

Sanji desvió la mirada.

Comentario obvio.

—Sí…

—No traes paraguas?

Sanji negó con la cabeza.

—Siempre lo olvido.

Zoro se mordió el labio, y un recuerdo vino demasiado rápido a su mente.

En la bodega del tercer piso… estaba seguro de que había un paraguas guardado, entre todas las cosas supuestamente inútiles que usaban para practicar figuras.

Lo miró de golpe.

—Espera… no te muevas de aquí…

Sanji alzó una ceja.

—¿Qué?

—¡Solo no te muevas, rubio!

Zoro corrió con todas sus fuerzas hasta el tercer piso, y por primera vez no se perdió del todo.

Excepto por las puertas… eso sí fue un problema.

Abrió la primera: una chica posando desnuda.

Todos se sobresaltaron.

Portazo de golpe.

Siguiente puerta: un grupo esculpiendo con máquinas.

Lo miraron como un bicho raro.

Otro portazo.

Puerta vieja al fondo.

La abrió de golpe.

Bingo.

El lugar estaba lleno de polvo, objetos, figuras y jarrones, y al fondo…

Un glorioso paraguas amarillo.

Había visto mejores días, pero tenía que funcionar.

Lo agarró con fuerza y salió corriendo.

Milagro tras milagro: no se perdió de regreso.

Quizás porque estaba más concentrado que nunca, por primera vez en mucho tiempo, Zoro no dejó que nada lo distrajera.

Ni las puertas equivocadas, ni los portazos, ni los sobresaltos… todo desapareció ante su única meta: el paraguas amarillo.

Al llegar a la puerta, Sanji seguía allí.

El rubio lo miró con curiosidad; no se esperaba eso.

Zoro alzó el paraguas, mostrándoselo como si fuera un trofeo.

—¿T-te acompaño? —dijo, conteniendo el aliento.

Sanji lo miró.

Un minuto.

Dos.

Sonrió, tímido.

—Bueno…

Nunca hubo duda sobre si se dirigían al mismo lugar.

Zoro iría al mismo infierno y de regreso solo por estar con él.

Abrió el paraguas.

Su trofeo.

Y funcionó.

Como si alguien allá arriba hubiera decidido que el destino no tenía que ser cruel ni irónico.

Caminaron en silencio.

Zoro hacía todo lo posible por evitar que Sanji se mojara, aunque él mismo estaba empapándose el hombro.

Sanji lo miró un momento.

—Te estás mojando…

Zoro miró su hombro.

—Estoy bien —dijo, restándole importancia.

Otra vez, silencio.

Pero más breve que el anterior.

—Te vi entre la gente en el evento de kendo…

Sanji asintió.

—Mi amiga quería ir… ella apostó…

Zoro asintió.

—¿Y tú apostaste?

Sanji se sonrojó, incapaz de explicar toda la situación.

—No —dijo.

Mentira. Vil mentira.

Zoro asintió, sin decir nada más.

—¿Y… cómo te llamas? —dijo Zoro, intentando sonar seguro.

—Sanji Vinsmoke. ¿Tú eres Roronoa Zoro, no es así?

Zoro sintió las orejas ponerse rojas.

Asintió, sin palabras.

—¿Cómo…?

—Mi amiga me lo dijo ese día en el gimnasio. Nunca te había visto…

Zoro asintió, y por un instante quiso decirle que sí, que lo veía en todas partes, aunque nadie más lo supiera.

—¿Y… estudias en la facultad de Arte?

Sanji negó.

—Solo tengo un par de clases allí… ¿y tú estudias ahí?

Zoro asintió.

—Arte.

Sanji lo miró con curiosidad.

—No te ves como un artista…

Zoro alzó una ceja, ligeramente confundido.

—¿Y tú qué estudias?

—Estética y diseño.

Zoro no podía dejar de mirarlo, y poco a poco se acercaban a la parada de autobús.

Se detuvieron frente al cartel del reestreno de Love Story.

Zoro lo miró… y Sanji también.

—¿Irías al cine conmigo? —preguntó el peliverde, con un hilo de voz que intentaba sonar casual.

Sanji se sonrojó.

—¿Cómo…?

—Es decir… si quieres. Si te interesa…

Sanji sonrió.

Tímido.

Cálido.

Miró el cartel.

—¿Quieres ver Love Story?

—Si tú quieres…

Las palabras de su libreta se repetían en la cabeza de Zoro.

—Sí, quiero —dijo finalmente.

Zoro rebuscó torpe entre sus bolsillos. No tenía papel ni lápiz.

Sanji sonrió y sacó una hoja de uno de sus cuadernos, escribiendo su número de teléfono.

—¿Hablamos mañana?

—¿Y por qué no ahora? —dijo Zoro, ansioso.

Sanji miró hacia el final de la calle.

—Ahí viene mi autobús…

Zoro asintió. Claro… el jodido autobús.

—Gracias por acompañarme, Marimo —dijo Sanji antes de subir.

Zoro le extendió el paraguas.

—Llévalo, por si te hace falta…

Sanji lo tomó con torpeza.

—Te lo devuelvo mañana.

—Si con eso puedo verte de nuevo… —un pensamiento que se volvió palabra.

Sanji se sonrojó.

—Hasta mañana, Zoro.

—Hasta mañana.

Zoro se quedó mirando cómo el autobús se alejaba lentamente bajo la lluvia.

Su corazón no paraba; estaba desbocado.

Miró el papel en sus manos.

El número de teléfono.

Su nombre, escrito con algunas gotas de lluvia cayendo sobre la hoja.

Lo guardó rápidamente en su bolsillo y regresó al campus, con cada paso resonando entre la emoción y la urgencia contenida.