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Todavía soy tu niño

Summary:

Jonathan crece demasiado rápido.

Pero en cada crisis, cada cumpleaños olvidado, cada noche de tormenta…

Joyce sigue recordándole que no importa la edad: siempre tendrá un lugar seguro en sus brazos.

Chapter 1: No llora fuerte

Chapter Text

El hospital olía a desinfectante y a café viejo.

Joyce estaba convencida de que nunca había visto algo tan pequeño en su vida.

Jonathan dormía envuelto en una manta azul pálida, los ojos cerrados, la boca apenas entreabierta. No lloraba. No hacía ruidos. No parecía molesto por nada.

—Es muy tranquilo —dijo la enfermera con una sonrisa amable—. Te va a dar pocas noches difíciles.

Joyce rió, cansada pero feliz.

—Eso espero.

No sabía entonces que el silencio también podía ser una forma de alarma.

La primera noche en casa fue extrañamente silenciosa.

Joyce despertó de golpe a las tres de la mañana, el corazón acelerado. Se quedó inmóvil, esperando el llanto.

Nada.

Se levantó de la cama y caminó hasta la cuna improvisada junto al sofá.

Jonathan estaba despierto.

Con los ojos abiertos.

Mirando el techo.

No lloraba.

—Hey… —susurró ella, acercándose.

El bebé giró apenas la cabeza hacia su voz. Sus manos estaban abiertas sobre la manta. No parecía incómodo. No parecía hambriento.

Solo… despierto.

Joyce lo cargó de todos modos.

Jonathan no hizo ningún sonido, pero su cuerpo se acomodó contra el pecho de ella con una suavidad casi automática.

Sus deditos se cerraron sobre la tela del suéter.

Ahí sí, soltó un suspiro mínimo.

Joyce pensó que era adorable.

Pensó que tenía suerte.

Las semanas pasaron.

Las otras madres hablaban en la sala de espera del pediatra.

—El mío no deja de llorar si no lo cargo.

—La mía grita cada vez que quiere leche.

—Ayer lloró tres horas seguidas…

Joyce sonreía tímida.

—Jonathan casi no llora.

Las otras la miraban con una mezcla de envidia y alivio.

—¡Qué bendición!

Joyce lo creía.

En casa, Jonathan pasaba largos ratos en su cuna, despierto.

Miraba el móvil girar.

Miraba la pared.

Miraba la luz que entraba por la ventana.

No lloraba cuando tenía hambre. No lloraba cuando estaba mojado. Solo emitía pequeños sonidos suaves, casi tímidos.

Joyce, agotada por el trabajo y las cuentas, a veces tardaba en notarlo.

Cuando finalmente lo cargaba, él ya estaba quieto otra vez.

Siempre quieto.

Siempre esperando.

Una tarde lluviosa, Joyce estaba lavando platos cuando algo la inquietó.

No era un sonido.

Era la ausencia de uno.

Se asomó a la sala.

Jonathan estaba en la cuna.

Despierto.

Los ojos fijos en el techo.

Las manos inmóviles sobre el pecho.

Parecía demasiado… quieto.

—¿Cariño?

Se acercó rápido, tocándole la mejilla. La piel estaba tibia. Sus ojos parpadearon lentamente.

Estaba bien.

Solo… no lloraba.

Joyce lo cargó de golpe, casi con culpa.

Jonathan tardó medio segundo en reaccionar. Luego, como si algo se encendiera dentro de él, sus deditos se aferraron con fuerza al cuello del suéter.

Su carita se escondió contra el pecho de Joyce.

No lloró.

Pero tampoco se soltó.

El comentario llegó en una consulta rutinaria.

El pediatra era un hombre mayor, amable, de voz pausada.

—¿Duerme bien?

—Sí.

—¿Come bien?

—Sí.

—¿Llora mucho?

Joyce dudó.

—No… casi nunca.

El doctor levantó la mirada.

—¿Nunca?

—Bueno… si tiene mucha hambre, a veces hace un pequeño sonido. Pero casi no llora. Es muy tranquilo.

El hombre asintió despacio, pensativo.

—A veces los bebés que no lloran… —empezó con cuidado— es porque aprendieron que no viene nadie.

El mundo se quedó en silencio.

Joyce sintió que el aire se le iba de los pulmones.

—¿Qué quiere decir?

—No siempre es el caso —aclaró rápido—. Algunos simplemente tienen temperamentos más calmados. Pero el llanto es una herramienta. Es comunicación. Si un bebé deja de usarla… puede ser porque no espera respuesta.

La palabra no espera quedó suspendida en el aire.

Joyce miró a Jonathan.

Estaba en sus brazos, mirando la lámpara del consultorio.

Callado.

Siempre callado.

Como si no quisiera molestar.

Esa noche, Joyce no pudo dormir.

Se quedó sentada junto a la cuna.

Jonathan dormía boca arriba, respirando suave.

Ella pensó en todas las veces que lo había visto despierto y no lo había cargado de inmediato.

Pensó en las veces que había dicho:

“Un minuto, cariño.”

Pensó en las veces que lo había escuchado hacer un pequeño sonido… y no había corrido.

No porque no lo amara.

Sino porque estaba cansada.

Porque estaba sola.

Porque pensó que no pasaba nada.

Se llevó la mano a la boca para no llorar fuerte.

—No sabía… —susurró.

Jonathan se movió apenas en sueños.

Joyce se inclinó y lo tomó en brazos sin que él despertara del todo.

Esta vez no esperó llanto.

No esperó señal.

Solo lo sostuvo.

Al día siguiente empezó algo diferente.

Jonathan estaba despierto en la cuna.

Joyce lo vio desde la cocina.

Antes habría terminado el café.

Antes habría esperado un sonido.

Esta vez no.

Se acercó de inmediato.

—Hola, mi amor.

Lo cargó.

Jonathan parpadeó, sorprendido.

Sus manos se movieron torpes, buscando.

Cuando encontraron la tela del suéter, se aferraron.

Con fuerza.

Como si estuviera comprobando que era real.

Joyce sintió algo romperse y reconstruirse al mismo tiempo dentro del pecho.

—Estoy aquí —susurró—. No tienes que pedírmelo.

Jonathan apoyó la mejilla contra ella.

Su respiración cambió.

Más profunda.

Más tranquila.

Los días siguientes se convirtieron en pequeños actos de reparación.

Joyce lo cargaba incluso cuando no lloraba.

Cuando lo veía mirar el techo demasiado tiempo.

Cuando lo veía despierto en silencio.

Cuando simplemente… sentía que debía hacerlo.

Jonathan empezó a reaccionar diferente.

Al principio parecía confundido.

Sus ojos la seguían más.

Sus manos buscaban antes.

Un día, cuando Joyce lo dejó en la cuna para doblar ropa, Jonathan hizo un sonido más fuerte de lo habitual.

No era un llanto completo.

Pero era un intento.

Joyce corrió.

Lo levantó en segundos.

—Sí, sí, estoy aquí.

Jonathan soltó un pequeño gemido… y luego algo nuevo.

Un sonido quebrado.

Un llanto real.

Pequeño.

Tembloroso.

Joyce lo abrazó mientras él lloraba contra su pecho.

No lo calló.

No le dijo “shh”.

Solo lo sostuvo.

—Llora, mi amor. Llora todo lo que necesites.

Sus propias lágrimas cayeron sobre el cabello oscuro del bebé.

La primera vez que Jonathan lloró fuerte fue por la noche.

No era hambre.

No era frío.

Era simplemente… necesidad.

Joyce lo escuchó desde la cama y corrió.

Esta vez el sonido era claro.

Exigente.

Vivo.

Cuando lo tomó en brazos, Jonathan se aferró como siempre, pero esta vez también escondió la cara y sollozó.

No estaba acostumbrado a usar su voz así.

Pero lo intentaba.

Joyce lo meció despacio.

—Siempre voy a venir —le prometió en voz baja—. Aunque no llores. Aunque no grites. Aunque no digas nada.

Jonathan tardó en calmarse.

Pero cuando lo hizo, no se quedó rígido.

Se quedó relajado.

Confiado.

Semanas después, algo cambió por completo.

Joyce estaba doblando ropa cuando escuchó un llanto claro desde la sala.

No dudó.

Corrió.

Jonathan estaba rojo, molesto, indignado por algo pequeño que ni siquiera importaba.

Pero estaba llorando.

Fuerte.

Con todo el derecho del mundo.

Joyce lo cargó riendo entre lágrimas.

—Eso es, cariño. Eso es.

Jonathan dejó escapar un sollozo final… y luego la miró.

Sus ojos oscuros brillaban húmedos.

Sus manos no buscaron la tela esta vez.

Se aferraron directamente a ella.

A su piel.

A su cuello.

Como si supiera.

Como si hubiera estado esperando toda su corta vida que alguien lo levantara sin que tuviera que soportarlo solo primero.

Joyce lo abrazó más fuerte.

—No tienes que ser tranquilo para que te quiera —susurró—. No tienes que ser fácil. No tienes que esperar.

Jonathan apoyó la frente contra su clavícula.

Y por primera vez, hizo un pequeño sonido feliz.

Meses después, el pediatra volvió a preguntar:

—¿Llora?

Joyce sonrió.

—Oh, sí. Bastante.

El hombre levantó una ceja.

—¿Y cómo te sientes con eso?

Joyce miró a Jonathan, que estaba en sus brazos, inquieto y curioso.

—Agradecida.

El bebé hizo un pequeño quejido impaciente.

Joyce lo ajustó contra su pecho antes de que el sonido creciera.

No esperó.

No volvió a esperar.

Jonathan se calmó casi de inmediato, sus dedos enredándose en el suéter como siempre.

Pero ahora no era un gesto desesperado.

Era costumbre.

Era confianza.

Era hogar.

Esa noche, mientras lo mecía bajo la luz suave de la lámpara, Joyce apoyó la mejilla contra su cabello.

—Nunca más vas a tener que quedarte despierto esperando —le prometió.

Jonathan, medio dormido, apretó el suéter una vez más.

Como si confirmara que esta vez…

sí viene alguien.

Siempre.

Chapter 2: Gateando hacia el peligro

Chapter Text

La cocina huele a sopa caliente y pan tostado.

Es uno de esos días tranquilos. Sin monstruos. Sin sirenas. Sin llamadas urgentes. Solo el sonido suave de la cuchara golpeando la olla y el murmullo bajo de la radio encendida.

Joyce suspira, cansada pero en paz.

Jonathan está en el suelo de la sala, sobre una manta azul con dibujos de nubes.

Tiene apenas dos añitos. Cabello oscuro cayéndole sobre los ojos. Camiseta un poco grande. Calcetines desparejados.

Frente a él, Rocket.

Rocket bebé. Pequeño. Gris con blanco. Patitas torpes. Cola demasiado grande para su cuerpo.

Jonathan lo mira como si fuera el descubrimiento más importante del universo.

—Ta… ta… —murmura, extendiendo la mano.

Rocket salta hacia atrás, luego hacia adelante.

Le da un golpecito juguetón a los dedos de Jonathan y corre en círculos, resbalando en el piso.

Jonathan ríe.

Esa risa suave que hace que el pecho de Joyce se afloje incluso desde la cocina.

—Estoy aquí, cariño —dice ella en voz alta, por costumbre.

Jonathan no responde con palabras, pero golpea el piso feliz.

La puerta trasera está abierta.

No completamente. Solo unos centímetros. Lo suficiente para que entre aire fresco.

Joyce la dejó así porque el vapor de la cocina estaba empañando las ventanas.

No piensa en eso.

No todavía.

Rocket ve algo moverse afuera.

Tal vez una hoja.

Tal vez un insecto.

Tal vez nada.

Pero para un gatito de pocos meses, es suficiente.

Se detiene.

Sus orejas se levantan.

Su cuerpo se tensa.

Y corre.

Jonathan lo ve.

Y lo sigue.

Rocket atraviesa la cocina como una flecha pequeña y torpe.

Jonathan se queda un segundo mirando el espacio vacío donde estaba el gato.

Luego sonríe.

Y comienza a gatear.

No es rápido.

Pero es decidido.

Manos. Rodillas. Manos. Rodillas.

Su respiración emocionada llena el silencio.

Joyce prueba la sopa.

Añade sal.

Revuelve.

No escucha nada extraño.

Solo la radio.

Solo el hervor suave.

Rocket llega a la puerta.

La empuja con la cabecita.

Se abre un poco más.

La luz del exterior entra en una línea brillante sobre el suelo.

Jonathan aparece detrás.

Sus manitas golpean la madera.

Se detiene.

Mira hacia arriba.

La luz lo deslumbra un poco.

Pero escucha a Rocket.

Un maullido suave.

Y eso es suficiente.

Se acerca más.

Joyce apaga la estufa.

Se limpia las manos en el delantal.

—Jonathan… ¿quieres jugo?

Silencio.

Ella sonríe.

Seguro está concentrado con Rocket.

—Jonathan.

Nada.

El silencio cambia de textura.

Se vuelve más denso.

Más pesado.

Joyce frunce el ceño.

Camina hacia la sala.

La manta está vacía.

El juguete de plástico está tirado a un lado.

No hay risas.

No hay golpecitos contra el piso.

Su corazón da un salto.

—¿Jonathan?

Camina hacia la cocina.

Y entonces lo ve.

La puerta.

Más abierta que antes.

El aire entra más frío.

Demasiado frío.

Joyce no grita.

No al principio.

Corre.

El corazón golpeándole las costillas.

Sale al porche.

Y ahí están.

Rocket sentado en el primer escalón.

Jonathan…

Está de pie.

Agarrado de la barandilla.

Con un pie intentando bajar.

El segundo escalón es más alto de lo que parece.

Su equilibrio no es firme.

Su mano resbala un poco.

—¡Jonathan!

Él se voltea.

Sorprendido.

Sonríe.

Como si nada fuera peligroso.

Como si el mundo entero fuera solo una aventura.

Rocket maúlla.

Jonathan intenta dar otro paso.

Joyce llega en dos zancadas.

Lo levanta.

Con fuerza.

Demasiada fuerza.

Lo aprieta contra su pecho.

Y entonces sí tiembla.

—No… no… no…

Su voz se rompe.

Jonathan se queja un poco por el abrazo fuerte.

Pero no llora.

Solo apoya la cabeza en el hombro de su madre.

Confundido.

Rocket se acerca a las piernas de Joyce y maúlla otra vez.

Pequeño.

Inocente.

Joyce entra a la casa.

Cierra la puerta con seguro.

Apoya la espalda contra ella.

Todavía abrazando a Jonathan.

Respira.

Respira.

Respira.

Jonathan toca su mejilla.

—Ma…

Ella lo mira.

Sus ojos están húmedos.

—No puedes hacer eso… no puedes… —susurra.

Jonathan no entiende palabras largas.

Pero entiende el tono.

Pone su manita en la cara de Joyce.

Rocket se enreda en sus pies.

Joyce termina sentándose en el suelo, todavía abrazando a su hijo.

Lo examina.

Rodillas limpias.

Sin golpes.

Sin raspaduras.

—Casi… —murmura.

Lo besa en el cabello.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Rocket intenta treparse también al regazo.

Joyce lo mira.

Y por un segundo quiere enojarse.

Pero solo suspira.

—Tú tampoco puedes hacer eso.

Rocket parpadea.

Jonathan se ríe.

La tensión empieza a derretirse.

Joyce lo sienta frente a ella.

Sostiene sus mejillas con cuidado.

—No puedes salir solo, ¿sí? Mamá tiene que verte.

Jonathan sonríe.

Dice:

—Ta.

Rocket intenta morderle un cordón del pantalón.

Joyce lo aparta suavemente.

—Escalones son peligrosos.

Jonathan repite:

—Pe-li…

Ella casi llora de nuevo.

Lo abraza otra vez.

Esta vez más suave.

Más larga.

Más desesperada.

Esa noche Jonathan duerme en la cama de Joyce.

No porque él lo pida.

Sino porque ella no puede soltarlo.

Lo coloca entre almohadas.

Rocket se acomoda a sus pies.

Joyce pasa la mano por el cabello oscuro de su hijo.

Observa su pecho subir y bajar.

Una y otra vez.

Como si necesitara confirmarlo.

Como si el susto todavía estuviera atrapado en su garganta.

Jonathan se mueve dormido.

Busca algo.

Encuentra la tela de su camiseta.

La aprieta.

Joyce sonríe.

Le besa la frente.

—No voy a dejar que nada te pase —susurra.

Rocket levanta la cabeza.

La mira.

Y vuelve a dormir.

La puerta ya no queda abierta.

Nunca.

Joyce revisa tres veces los seguros.

Jonathan sigue gateando.

Sigue explorando.

Sigue riendo.

Rocket sigue siendo una sombra pequeña detrás de él.

Pero ahora Joyce escucha cada silencio.

Cada cambio en el aire.

Cada pausa.

Y cuando Jonathan corre hacia el porche semanas después, ella está ahí antes de que toque el primer escalón.

Lo levanta.

Lo gira.

Y lo hace reír.

—No tan rápido, aventurero.

Jonathan aplaude.

Rocket salta alrededor de ellos.

El mundo sigue siendo grande.

Pero ahora Joyce lo abraza con más fuerza.

Más consciente.

Más agradecida.

Esa tarde, sentados en el sofá, Jonathan en medio y Rocket sobre su pancita, Joyce los rodea con los brazos.

Los dos.

Sus dos pequeños.

Su corazón fuera del cuerpo.

Jonathan acaricia los bigotes de Rocket.

—Ta.

Rocket le lame la mano.

Joyce cierra los ojos.

Respira.

Y esta vez el silencio no es peligroso.

Es hogar.

Chapter 3: Demasiado Callado

Chapter Text

La primera señal fue el silencio.

No el silencio normal de Jonathan cuando estaba concentrado dibujando.

No el silencio tímido cuando alguien tocaba la puerta.

Era otro.

Más pesado.

Más quieto.

Joyce lo notó cuando volvió del turno doble.

—¿Cariño? —dejó las llaves en la mesa—. ¿Dónde está mi artista favorito?

No hubo respuesta inmediata.

Rocket apareció primero.

El gatito negro con pecho blanco salió del pasillo arrastrando la mantita azul de Jonathan entre los dientes.

La soltó a los pies de Joyce y maulló bajo.

Una vez.

Luego otra.

Joyce frunció el ceño.

—¿Qué pasa, bebé?

Rocket volvió a maullar y corrió hacia la habitación.

Joyce lo siguió.

Jonathan estaba sentado en la cama.

Espalda recta.

Manitas sobre las rodillas.

Mirando la pared.

—Hey… —Joyce sonrió suave—. ¿Todo bien?

Él giró la cabeza despacio.

Sus mejillas estaban rosadas.

Los ojos más brillantes de lo normal.

—Hola, mamá.

Su voz sonó… lenta.

Joyce cruzó la habitación en dos pasos y apoyó la mano en su frente.

Caliente.

No hirviendo.

Pero caliente.

—¿Desde cuándo te sientes así?

Jonathan se encogió de hombros.

—No sé.

—¿Te duele algo?

Negó.

Rocket saltó a la cama y se acomodó contra su pancita como si supiera exactamente dónde ponerse.

Joyce intentó no preocuparse.

—Bueno… fiebre leve. Nada grave. Vamos a descansar, ¿sí?

Jonathan asintió.

No pidió abrazo.

No pidió jugo.

No pidió que le leyeran algo.

Solo se dejó recostar.

Y eso fue lo que encendió la alarma real.

Normalmente, aunque estuviera enfermo, Jonathan hablaba.

Preguntaba cosas.

—¿Por qué la fiebre sube?

—¿Rocket también se puede enfermar?

—¿Los termómetros sienten frío?

Pero esa noche…

Nada.

Joyce le dio jarabe.

Le cambió la camiseta sudada.

Rocket no se movió ni un centímetro.

Cuando Joyce intentó cargar al gato para acomodar mejor la cobija, Rocket mostró los dientitos y soltó un maullido grave.

Protector.

—Está bien, está bien —susurró Joyce—. Quédate.

Jonathan respiraba un poco más rápido de lo normal.

Pero no lloraba.

No se quejaba.

Eso la asustaba más que cualquier berrinche.

Pasaron dos horas.

Joyce estaba sentada al borde de la cama.

—Jonathan… cariño… mírame.

Silencio.

—¿Amor?

Le tocó la mejilla.

Caliente.

—Jon, respóndeme.

Nada.

No estaba inconsciente.

Pero sus ojos estaban medio cerrados.

Perdidos.

—Jonathan.

Rocket levantó la cabeza de golpe.

Maulló fuerte.

Joyce lo tomó por los hombros suavemente.

—Mi amor, háblame.

Jonathan parpadeó… lento.

—Mamá…

Pero su voz fue apenas un susurro sin fuerza.

Y entonces su cabeza cayó hacia un lado.

Eso fue todo.

El mundo de Joyce se quebró en ese segundo.

—¡Jonathan!

Lo tomó en brazos.

Rocket saltó al suelo, maullando frenético.

—No, no, no, no… bebé, mírame… mírame…

Su respiración seguía ahí.

Su corazón también.

Pero estaba demasiado flojo.

Demasiado tibio.

Demasiado callado.

Joyce no pensó.

Agarró las llaves.
Lo envolvió en la manta azul.
Rocket saltó dentro del auto antes de que pudiera impedirlo.

—¡No tengo tiempo para esto! —pero no lo bajó.

Condujo temblando.

Cada semáforo parecía eterno.

—Resiste, cariño… resiste…

No fue nada grave.

Fiebre que subió rápido.

Deshidratación leve.

Un pequeño bajón de presión.

“Pasa mucho en niños tranquilos”, dijo el médico.

Tranquilos.

Joyce quería gritar.

No era tranquilidad.

Era que él nunca quería molestar.

Jonathan despertó en observación.

Confundido.

Rocket estaba en una caja transportadora que una enfermera accedió a permitir “porque claramente no se va a separar del niño”.

Jonathan abrió los ojos despacio.

—¿Mamá?

Joyce ya estaba inclinada sobre él.

—Estoy aquí. Siempre.

Él parpadeó.

—¿Hice algo mal?

La pregunta la rompió.

—¿Qué? No, no, no… cariño… nada de esto es tu culpa.

Sus manitas buscaron la manta.

Rocket maulló desde la caja.

Jonathan sonrió apenas.

—Rocket vino.

—Sí —Joyce rió entre lágrimas—. Se negó a quedarse.

Jonathan cerró los ojos un segundo.

—No quería molestarte… estabas cansada.

Ahí.

Ahí fue cuando Joyce sintió que el corazón se le partía en dos.

—Escúchame —le tomó la carita con ambas manos—. Nunca. Nunca eres una molestia. Aunque esté cansada. Aunque esté trabajando. Aunque el mundo se caiga. Tú hablas. Tú me llamas. Tú lloras si lo necesitas. ¿Entendido?

Jonathan asintió lento.

Una lágrima pequeña rodó por su sien.

Esa noche lo dieron de alta.

Nada grave.

Pero Joyce no lo soltó.

Ni un segundo.

Lo acostó en su propia cama.

Apagó las luces.

Se recostó de lado, abrazándolo contra su pecho.

Jonathan suspiró profundo.

Rocket trepó con cuidado y se acomodó sobre la pancita tibia del niño, haciendo un círculo perfecto.

Ronroneo constante.

Vibrante.

Protector.

Joyce besó el cabello húmedo de su hijo.

—Me asustaste tanto…

Jonathan, medio dormido, murmuró:

—Perdón.

—No vuelvas a pedirme perdón por estar enfermo.

Silencio.

Luego, bajito:

—Mamá…

—Sí, amor.

—Si me siento mal… ¿puedo decirte?

Joyce apretó más el abrazo.

—Siempre. Incluso si solo es un poquito.

Rocket acomodó la cabeza bajo la barbilla de Jonathan.

Ronroneo más fuerte.

Como aprobación.

A la mañana siguiente la fiebre había bajado.

Jonathan seguía débil, pero más presente.

Más él.

Joyce se despertó antes que él.

Lo observó.

Respiración tranquila.

Color normal.

Manita descansando sobre el lomo de Rocket.

El gatito abrió un ojo amarillo.

La miró.

Como diciendo: Yo lo cuidé.

Joyce sonrió.

—Gracias.

Jonathan se movió un poco.

Abrió los ojos.

—¿Dormiste aquí?

—Claro.

—¿Y Rocket también?

Rocket levantó la cabeza y le dio un lametón torpe en la mejilla.

Jonathan rió suave.

Esa risa.

Esa risa valía todo.

—Mamá…

—¿Sí?

—Ya no estoy tan callado.

Joyce besó su frente.

—Y aunque lo estuvieras… yo voy a escucharte igual.

Rocket volvió a enroscarse en su pancita.

Jonathan se acomodó contra el pecho de su mamá.

Y esta vez…

No hubo silencio preocupante.

Solo respiraciones acompasadas.

Ronroneo constante.

Y un abrazo que no pensaba soltarse nunca más.

Chapter 4: La noche larga

Chapter Text

La casa estaba demasiado silenciosa.

No era el silencio tranquilo de una madrugada serena.

Era el silencio espeso, cargado, que parece esperar algo.

Joyce llevaba tres noches durmiendo apenas fragmentos de veinte minutos.

El turno doble en el Melvald’s le había dejado los pies hinchados y la cabeza latiendo.

Había lavado platos, contestado clientes, sonreído hasta que le dolieron las mejillas.

Y ahora estaba sentada en el borde de su cama sin siquiera quitarse el suéter.

El monitor del bebé chisporroteó.

Un sonido pequeño.

Un suspiro.

Luego…

Un llanto.

Al principio fue bajo. Un gemido suave, como si Jonathan intentara decidir si realmente necesitaba llorar.

Joyce cerró los ojos.

—Solo es un momento… —murmuró, agotada—. Ya se vuelve a dormir…

El llanto subió un poco más.

Ella se inclinó hacia atrás en la almohada.

Cinco segundos.

Diez.

El llanto cambió. Se volvió más urgente. Más tembloroso.

En la habitación contigua, algo más escuchó antes que ella.

Un pequeño cuerpo blanco y negro levantó la cabeza desde su manta en el suelo.

Rocket.

Todavía era apenas un gatito. Sus orejas eran demasiado grandes para su cabeza. Sus patas torpes. Sus bigotes desordenados.

El llanto volvió a sonar.

Rocket maulló suave.

Esperó.

Nadie iba.

El gatito se levantó tambaleándose y salió del cuarto.

En la cuna, Jonathan estaba rojo.

Tenía apenas unos meses. Las manos abiertas, los deditos temblando. Las lágrimas le corrían hacia las orejas.

No entendía por qué estaba solo.

El mundo, para él, era muy simple:
Calor.

Voz.

Pecho.

Brazos.

Y ahora no había nada.

El llanto se hizo más fuerte.

Rocket apareció en la puerta.

Se quedó quieto, mirando hacia arriba. La cuna era alta. Demasiado alta.

Jonathan gimoteó.

Rocket maulló más fuerte.

Saltó.

Falló.

Cayó sobre la alfombra.

Lo intentó otra vez.

Sus pequeñas uñas se engancharon apenas en la sábana que colgaba. Trepó torpemente, resbalando, pero con una determinación casi ridícula para algo tan pequeño.

Finalmente logró asomar la cabeza por el borde.

Jonathan lloraba con la boca abierta, sin aire suficiente.

Rocket se subió.

Se acercó tambaleándose.

Y, sin saber exactamente qué hacer, se acomodó contra el costado del bebé.

Calor.

Jonathan se detuvo medio segundo.

Su llanto bajó un tono.

Rocket apoyó la patita sobre la manta.

Maulló suave.

Jonathan soltó un sonido quebrado…
y agarró con su mano diminuta un mechón del pelaje del gatito.

Rocket se quedó muy quieto.

El llanto volvió.

Pero ahora era intermitente.

En la otra habitación, Joyce escuchó algo diferente.

No solo el llanto.

Un maullido.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—¿Rocket?

Se incorporó de inmediato, el corazón acelerado.

Caminó rápido por el pasillo, descalza, con el pulso latiéndole en los oídos.

Cuando empujó la puerta…

Se le cayó el alma.

Jonathan estaba rojo. Ronco. Los ojitos hinchados.
Y Rocket estaba dentro de la cuna.

—¡Oh, Dios mío!

Corrió.

Sacó primero al gatito, temblando.

—Rocket, no puedes estar aquí… es peligroso…

Pero su voz se quebró al ver el estado de su hijo.

Jonathan intentó llorar otra vez, pero solo salió un sonido áspero.

Ronco.

Demasiado ronco.

Joyce lo levantó de inmediato.

El bebé se aferró a su suéter como si hubiera estado esperando horas.

—Perdón, bebé… —susurró con la voz rota—. Perdón… mamá debió venir antes…

Jonathan temblaba aún.

Joyce lo acunó, caminando en círculos.

—Estoy aquí… estoy aquí… ya estoy aquí…

Pero él tardó en calmarse.

Cada pequeño sonido lo hacía estremecerse.

Como si no estuviera seguro de que ella realmente se quedaría.

Rocket, desde el suelo, miraba.

Maulló bajo.

Joyce lo miró también.

Y entendió.

Él había intentado ayudar.

Había ido antes que ella.

Eso la partió en dos.

Se sentó en la mecedora, sosteniendo a Jonathan contra su pecho.

—Lo siento tanto… —repitió, besando su cabecita húmeda—. No quise dejarte solo… solo estaba cansada… pero eso no es excusa… no contigo…

Jonathan respiraba entrecortado.

Cuando finalmente se calmó, su cuerpecito seguía tenso.

Joyce no lo devolvió a la cuna.

Esa noche no.

Lo dejó dormir sobre su pecho.

Rocket se acomodó en sus pies.

Y Joyce no cerró los ojos.

A la mañana siguiente, la culpa seguía ahí.

No como un pensamiento.

Como un peso físico.

Jonathan estaba más callado de lo normal.

No lloró cuando ella lo dejó un momento para preparar el biberón.

Eso fue peor.

—Llora, mi amor… —murmuró Joyce, con los ojos llenos—. No te quedes callado…

Pero él solo la miraba.

Como si estuviera aprendiendo que llorar no siempre traía a alguien.

Eso la rompió.

Esa tarde, Joyce cambió todo.

Movió la cuna.

La llevó a su habitación.

No más monitor.

No más pasillo.

No más esperar.

Si Jonathan hacía el más mínimo sonido, ella lo escucharía.

Rocket observaba cada movimiento con curiosidad.

Cuando Joyce terminó, se sentó en el borde de la cama y miró la cuna.

—No vuelvo a tardar —susurró.

Jonathan estaba despierto, moviendo las manitas.

Rocket saltó a la cama, pero esta vez Joyce puso una manta enrollada alrededor del borde de la cuna para que no pudiera trepar.

—Tú ayudas desde abajo, ¿sí? —le dijo al gatito.

Rocket maulló.

La siguiente noche llegó con el mismo silencio.

Pero esta vez, Joyce no se acostó profundamente.

Estaba alerta.

Y cuando Jonathan hizo el más mínimo quejido…

Ella ya estaba inclinándose sobre la cuna.

—Shh… aquí estoy.

El bebé ni siquiera llegó a llorar.

Solo abrió los ojos.

Y cuando vio su cara…

Se relajó.

Un suspiro suave.

Nada de llanto ronco.

Nada de desesperación.

Joyce sintió que algo dentro de su pecho se acomodaba.

Lo alzó antes de que el llanto existiera.

—No tienes que gritar para que te escuche —susurró contra su frente—. No nunca.

Rocket maulló desde el suelo, como aprobando.

Jonathan hizo un pequeño sonido contento.

Y esta vez, cuando se volvió a dormir, su cuerpecito estaba flojo.

Confiado.

Seguro.

Las noches siguientes fueron diferentes.

Jonathan empezó a calmarse apenas escuchaba el crujido del piso cuando Joyce se acercaba.

Reconocía el sonido de sus pasos.

La respiración.

La voz antes incluso de que lo tocara.

Rocket, fiel centinela, siempre era el primero en levantarse.

Pero ahora Joyce ya estaba ahí.

Y el gatito solo se acomodaba junto a la mecedora mientras ella acunaba a su hijo.

Una semana después, hubo otra madrugada.

Jonathan lloró.

Joyce abrió los ojos en el primer sonido.

Se inclinó de inmediato.

—Estoy aquí.

Jonathan se detuvo.

Ni siquiera había lágrimas todavía.

Solo la buscaba.

Sus manitas se abrieron.

Joyce lo levantó.

Y esta vez, cuando él apoyó la cabeza en su pecho…

Suspiró profundo.

Como si supiera.

Como si hubiera aprendido que no estaba solo.

Joyce besó su cabello.

—Siempre voy a venir —susurró—. Aunque esté cansada. Aunque el mundo pese. Siempre voy a venir.

Rocket saltó a la cama y se acomodó a su lado.

Jonathan, medio dormido, estiró un dedito y rozó el pelaje del gatito.

Sonrió apenas.

Y Joyce sintió que la noche ya no era larga.

Era solo noche.

Y en esa casa pequeña, apretada y cansada…

Había brazos.

Había calor.

Había alguien que llegaba.

Siempre.

Chapter 5: El moretón escondido

Chapter Text

El moretón empezó pequeño.

Un golpe torpe, eso fue lo que Jonathan se dijo a sí mismo cuando regresó de la escuela aquella tarde. Solo un empujón. Nada importante. Nadie se cayó al suelo. Nadie sangró.

Nada grave.

Se bajó de la bicicleta más lento de lo normal. Rocket estaba esperando en el porche, con la cola erguida y los ojos brillantes, como si llevara horas contando los minutos para verlo.

—Hola, guardián —susurró Jonathan.

Rocket respondió con un maullido suave y se enredó entre sus piernas.

Jonathan sonrió… pero no levantó el brazo izquierdo cuando se inclinó para cargarlo.

Le dolía.

No era un dolor insoportable.

Era más bien un latido constante bajo la piel, una presión caliente que se extendía desde el bíceps hacia el hombro. Sentía la tela de la manga rozar la zona sensible.

Por eso no se la quitó.

Aunque hacía calor.

Aunque Joyce siempre le decía que se arremangara cuando entraba a casa sudado.

Ese día no.

—¿Jonathan? —la voz de Joyce llegó desde la cocina—. ¿Eres tú, cariño?

—Sí, mamá.

Normal. Su voz sonó normal. Eso era importante.

Joyce apareció con un trapo en la mano, ojeras marcadas, cabello recogido a medias. Olía a café recalentado y jabón barato.

Estaba cansada.

Jonathan lo notó enseguida.

—¿Cómo te fue? —preguntó ella, inclinándose para besarle la frente.

Él dudó un segundo.

Un segundo apenas perceptible.

—Bien.

Era una palabra fácil.

Corta.

Sin detalles.

Joyce asintió, distraída, regresando a la cocina donde algo hervía demasiado fuerte.

Rocket saltó al sillón y luego a la mesa, como siempre. Jonathan fue tras él, más lento de lo habitual.

Cada movimiento le recordaba el golpe.

Flashback.

El casillero.

Una risa.

—¿Qué miras, rarito?

El empujón.

Su brazo chocando contra el borde metálico.

La sensación metálica en la boca, aunque no sangró.

—Dije que nada —susurró Jonathan ahora, como si respondiera a un eco que todavía le retumbaba en los oídos.

Rocket inclinó la cabeza.

Como si entendiera.

Esa noche

Jonathan hizo la tarea con una sola mano apoyada en la mesa.

Escribía con la derecha, pero evitaba mover la izquierda más de lo necesario.

Joyce pasó frente a él dos veces.

No lo notó.

No notó que no estaba tarareando.

No notó que no hacía preguntas.

No notó que no discutió cuando ella le dijo que se bañara temprano.

Porque estaba agotada.

Jonathan la observó desde la mesa.

Su mamá parecía más pequeña cuando estaba cansada.

Más frágil.

Y eso lo hacía sentir peor.

No quería ser un problema más.

No quería añadir algo a su lista infinita de preocupaciones.

Así que subió a su cuarto sin decir nada.

En su habitación

Cerró la puerta.

Se sentó en la cama.

Y finalmente se subió la manga.

El moretón era más grande de lo que esperaba.

Un azul oscuro que empezaba a teñirse de morado.

La marca tenía forma irregular, casi como una nube torcida.

Jonathan lo tocó con la punta de los dedos.

Dolor.

Retiró la mano de inmediato.

—No es nada —murmuró.

Rocket saltó a la cama en ese momento.

Se acercó.

Olfateó.

Jonathan intentó bajar la manga rápido, pero el gato fue más rápido.

Se inclinó y empezó a lamer el moretón.

—¡Rocket! —Jonathan soltó una risa nerviosa—. No.

Pero Rocket insistió.

Lengua rasposa.

Pequeña.

Persistente.

Como si estuviera limpiando una herida invisible.

Jonathan se quedó quieto.

El gesto era tan simple.

Tan puro.

Que algo en su pecho se apretó.

—No es nada —repitió, pero esta vez su voz sonó más baja.

Rocket se acomodó junto a su brazo, pegando su cuerpo caliente contra el moretón.

Protegiéndolo.

Jonathan dejó caer la cabeza hacia atrás y miró el techo.

Si no decía nada…

Si mañana usaba otra manga larga…

Si sonreía lo suficiente…

Todo seguiría normal.

¿Verdad?

El día siguiente

El calor era peor.

Pero Jonathan volvió a usar manga larga.

En clase de educación física fingió dolor de estómago.

En el recreo se sentó lejos.

Y cuando volvió a escuchar risas detrás de él, simplemente caminó más rápido.

No hubo golpe ese día.

Solo palabras.

Susurros.

Imitaciones.

Un empujón leve en el hombro que lo hizo tensarse.

Pero aguantó.

No lloró.

No gritó.

No dijo nada.

Porque no era nada.

Esa noche

Jonathan cayó dormido sobre la colcha, vestido.

Joyce subió más tarde con una taza de té frío que olvidó tomar.

Abrió la puerta con cuidado.

—¿Jonathan?

Silencio.

Se acercó.

Lo vio encogido de lado, respirando profundamente.

Parecía más pequeño dormido.

Siempre le parecía así.

Se sentó al borde de la cama.

Le apartó el cabello de la frente.

Y entonces vio la manga.

Subida un poco.

Lo suficiente.

El moretón se asomaba como una sombra oscura bajo la luz tenue.

Joyce se quedó inmóvil.

El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.

Con cuidado, levantó la tela.

Y lo vio completo.

Azul.

Morado.

Fresco.

Grande.

Demasiado grande para ser “nada”.

Rocket levantó la cabeza desde el otro lado de la cama y maulló bajito.

Como si dijera: por fin lo viste.

Joyce tragó saliva.

Le temblaban las manos.

—Mi niño…

Jonathan se movió apenas, pero no despertó.

Joyce apoyó la palma suavemente sobre el moretón.

Jonathan se estremeció incluso dormido.

Y eso fue suficiente.

Algo en Joyce cambió.

No era solo tristeza.

No era solo culpa.

Era fuego.

A la mañana siguiente

Jonathan despertó con el olor a café.

Y con una sensación distinta.

Rocket estaba sentado junto a la puerta, atento.

Bajó las escaleras.

Joyce estaba vestida.

No para trabajar.

Para otra cosa.

—Mamá… ¿no vas al turno temprano?

Ella lo miró.

Sus ojos estaban claros.

Firmes.

—No hoy.

Jonathan sintió algo en el estómago.

—¿Qué pasa?

Joyce se acercó.

Se arrodilló frente a él.

Le tomó la mano izquierda.

Con cuidado.

—Quiero que me digas qué pasó.

Silencio.

Jonathan bajó la mirada.

—Nada.

La palabra sonó frágil.

Joyce levantó suavemente la manga.

No había enojo en su expresión.

Solo determinación.

—Esto no es nada.

Jonathan sintió que el aire se le iba.

—Fue un accidente.

Joyce sostuvo su rostro entre las manos.

—Mírame.

Él obedeció.

—Jonathan Byers, yo puedo estar cansada. Puedo estar distraída. Puedo equivocarme. Pero nunca… nunca voy a dejar de protegerte.

La voz le tembló al final.

—¿Quién fue?

Jonathan dudó.

Y luego, muy bajito:

—No importa.

Joyce cerró los ojos un segundo.

Respiró.

—Importa. Porque te duele.

Rocket saltó a la mesa, maullando como si estuviera apoyando el interrogatorio.

Jonathan soltó una pequeña risa nerviosa.

Y eso rompió algo.

—Solo… me empujaron. No fue tan fuerte. Yo estaba en el camino.

Joyce negó con la cabeza.

—No tienes que estar “en el camino” para que alguien tenga derecho a lastimarte.

Silencio.

Jonathan tragó saliva.

—No quiero que te preocupes más.

Ahí estaba.

La verdad real.

Joyce sintió que el pecho se le partía.

Lo abrazó.

Fuerte.

Con cuidado del brazo.

—Yo ya me preocupo por ti. Eso no cambia. Lo único que cambia es que ahora voy a hacer algo al respecto.

Joyce no gritó.

No perdió el control.

Pero su voz fue firme.

Directa.

En la oficina del director, con Jonathan sentado a su lado y Rocket esperando en casa, Joyce habló claro.

Explicó.

Mostró el moretón.

Y dejó claro que no era una sugerencia.

Era una advertencia.

—Mi hijo no es un saco de boxeo.

El director se movió incómodo.

Promesas.

Investigaciones.

Consecuencias.

Jonathan miraba el suelo.

Pero por primera vez en días, su pecho no estaba tan apretado.

Porque su mamá estaba ahí.

Y no estaba cansada.

Estaba fuerte.

Esa noche

Jonathan se metió en la cama con cuidado.

Joyce entró después.

Sin pedir permiso.

Se acomodó a su lado.

Como cuando era más pequeño.

Rocket se instaló entre ambos.

Jonathan abrió los ojos.

—Mamá…

—¿Sí?

—¿Estás enojada?

Joyce besó su cabello.

—Sí.

Jonathan se tensó.

—Pero no contigo.

Silencio.

—Estoy enojada con cualquiera que piense que puede hacerte sentir pequeño.

Jonathan respiró.

Lento.

—No soy pequeño.

Joyce sonrió.

—No. Eres valiente. Pero eso no significa que tengas que aguantar solo.

Rocket levantó la cabeza y volvió a lamer suavemente el borde del moretón.

Jonathan hizo una mueca leve.

—Él cree que puede curarlo.

—Quizá puede —susurró Joyce—. Los guardianes peludos son poderosos.

Jonathan sonrió.

De verdad esta vez.

Se giró con cuidado y apoyó la cabeza en el pecho de su mamá.

Joyce lo envolvió con el brazo sano.

—Prometo protegerte —murmuró ella.

Jonathan cerró los ojos.

—Lo sé.

Rocket empezó a ronronear.

Fuerte.

Constante.

Como un motor pequeño manteniendo todo en su lugar.

El moretón seguiría ahí unos días más.

Tal vez el recuerdo un poco más.

Pero esa noche, Jonathan no estaba solo.

Y eso hacía toda la diferencia.

Chapter Text

La caída no fue espectacular.

No hubo sangre dramática ni huesos expuestos.

No hubo ambulancia ni sirenas.

Fue algo pequeño.

Como Jonathan.

La tarde había empezado normal.

Joyce estaba cocinando.

Will dibujaba en la mesa.

Jonathan arreglaba la antena vieja en el techo porque la televisión volvía a fallar.

—Ten cuidado —le gritó Joyce desde abajo.

—Sí, mamá.

Siempre decía que sí.

Siempre hacía lo que debía.

El viento soplaba un poco más fuerte de lo normal. Jonathan se inclinó para ajustar el cable. Sus manos eran hábiles. Precisas.

Pero la teja bajo su rodilla estaba suelta.

Resbaló.

No fue una caída completa desde el techo al suelo.

Fue peor.

Se deslizó por la inclinación y chocó contra el borde metálico del porche antes de caer al césped.

El aire se le salió del pecho en un golpe seco.

El mundo se volvió blanco.

Y luego gris.

Y luego sonido.

—¡WILL!

La voz de Joyce atravesó el aire.

Will había gritado al ver caer a su hermano.

Joyce salió corriendo.

Jonathan intentó moverse.

Error.

El costado izquierdo ardía.

Respirar dolía.

Pero lo primero que vio no fue a su madre.

Fue su espalda.

Ella pasó de largo.

Se arrodilló junto a Will.

—¿Estás bien? ¿Te cayó encima? ¿Te golpeó algo?

Will temblaba.

—No… no…

Jonathan estaba a dos metros.

Dos metros.

Podía oír cada palabra.

Se incorporó como pudo.

El mundo giró.

Sonrió.

—Estoy bien —dijo, con voz demasiado tranquila.

Joyce volteó apenas.

—¿Seguro? —preguntó rápido, todavía sosteniendo el rostro de Will entre las manos.

Jonathan asintió.

—Sí. Solo fue un resbalón.

Mentira.

Respirar seguía quemando.

Pero ya estaba acostumbrado a eso.

A hacerse pequeño.

A minimizar.

A no molestar.

La cena fue silenciosa.

Will seguía afectado.

Joyce lo vigilaba como si fuera de cristal.

Jonathan cortaba su comida despacio.

Cada movimiento enviaba una punzada por su costado.

—¿Seguro no te duele nada? —preguntó Joyce, pero mirando a Will.

Jonathan respondió igual.

—Estoy bien.

Y era verdad.

Él siempre estaba bien.

Esa noche, cuando Joyce fue a revisar a Will por tercera vez, encontró la cama de Jonathan vacía.

La luz del baño estaba encendida.

La puerta, entreabierta.

Escuchó un sonido.

No llanto.

Respiración entrecortada.

Se acercó en silencio.

Jonathan estaba sentado en el suelo, apoyado contra la bañera, camiseta levantada.

Un moretón oscuro comenzaba a extenderse bajo sus costillas.

Intentaba tocarlo con cuidado.

Sus dedos temblaban.

Joyce sintió algo frío subirle por la espalda.

—Jonathan.

Él se sobresaltó.

Bajó la camiseta rápido.

Sonrió.

—Solo estoy… limpiándome.

Mentira.

Joyce se arrodilló frente a él.

Le levantó la camiseta sin pedir permiso.

El moretón ya era evidente.

Y había inflamación.

—¿Desde cuándo te duele?

Silencio.

Jonathan miró el piso.

—No es nada.

La frase fue suave.

Automática.

Aprendida.

Joyce tragó saliva.

—Me dijiste que estabas bien.

—Y lo estoy.

Eso fue lo que la rompió.

No el moretón.

No la caída.

La convicción en su voz.

Como si “estar bien” significara no ser prioridad.

Como si él ya supiera su lugar.

Joyce lo miró.

Realmente lo miró.

Las ojeras.

La forma en que respiraba con cuidado.

La manera en que evitaba ocupar espacio incluso sentado en el suelo.

Y entonces entendió algo horrible.

Él había aprendido.

Aprendido que no era el primero.

Aprendido que no era el frágil.

Aprendido que no era el que importaba.

Joyce sintió náusea.

—Ven aquí.

Jonathan dudó.

Siempre dudaba cuando se trataba de él.

Pero ella no le dio opción.

Lo ayudó a levantarse con cuidado.

Cuando él hizo una mueca de dolor que intentó ocultar, Joyce la vio.

Y esta vez no la dejó pasar.

En urgencias dijeron que no era grave.

Contusión fuerte.

Posible fisura leve.

Reposo obligatorio.

Nada mortal.

Pero suficiente.

Suficiente para que Joyce no pudiera dejar de pensar en el momento en que corrió primero hacia Will.

No porque amara más a uno que al otro.

Sino porque el miedo la guiaba.

Y el miedo siempre la llevaba a Will.

Porque Jonathan nunca gritaba.

Nunca pedía.

Nunca exigía.

Jonathan esperaba.

Y luego decía:

“Estoy bien.”

Esa noche, Joyce se sentó al borde de su cama.

Jonathan estaba despierto.

Mirando el techo.

—¿Duele mucho?

—Un poco.

Silencio.

Ella respiró hondo.

—Cuando caíste… yo corrí hacia Will.

Jonathan parpadeó.

No esperaba eso.

—Está bien.

—No. No está bien.

Él frunció ligeramente el ceño.

Joyce sintió que algo se quebraba dentro.

—No debería ser normal que tú seas el segundo.

Jonathan no respondió.

Y eso fue peor.

Porque no parecía sorprendido.

Parecía acostumbrado.

—¿Desde cuándo haces eso? —susurró ella.

—¿Qué?

—Desde cuándo decides que no eres el que importa.

El silencio llenó la habitación.

Jonathan no tenía respuesta inmediata.

Porque no había un día exacto.

No hubo un evento claro.

Fue acumulativo.

Fue años viendo a su madre agotada.

Fue entender que Will necesitaba más.

Fue decidir que él podía con menos.

Finalmente dijo:

—No quería preocupar.

La frase salió pequeña.

Joyce sintió lágrimas arder.

—Tú eres mi hijo también.

—Lo sé.

—No, Jonathan. No lo sabes.

Él la miró.

Y por primera vez había algo crudo ahí.

Algo vulnerable.

—Si tú estás bien… entonces yo puedo estar bien —murmuró él—. Si tú estás ocupada… entonces yo puedo esperar.

Eso.

Eso la destrozó.

Porque no era resentimiento.

Era amor mal dirigido.

Sacrificio innecesario.

Joyce tomó su rostro entre las manos.

—Escúchame. No vuelvas a hacerte pequeño para que yo pueda respirar.

Jonathan tragó.

—No era yo el que importaba.

Las palabras cayeron suaves.

Pero pesadas.

Joyce negó con la cabeza.

—Siempre fuiste tú también. Siempre.

—Pero él necesita más.

—Y tú necesitas diferente.

Jonathan desvió la mirada.

—Yo puedo solo.

—No deberías.

Silencio.

Joyce apoyó su frente contra la de él.

—No vuelvas a sonreírme cuando te estás rompiendo.

Jonathan respiró hondo.

Y por primera vez, la sonrisa no apareció.

En su lugar, hubo algo más honesto.

—Me dolía respirar.

Joyce cerró los ojos.

—Lo sé.

—Pensé que si decía algo… ibas a asustarte.

—Prefiero asustarme mil veces que perderte en silencio.

Las palabras quedaron suspendidas.

Jonathan parpadeó rápido.

Las lágrimas llegaron despacio.

Como si incluso ellas pidieran permiso.

Joyce lo abrazó con cuidado.

No fuerte.

No invasivo.

Suficiente.

—No tienes que competir por mi atención.

—No estoy compitiendo.

—Exacto.

Eso fue lo que dolió.

Los días siguientes fueron diferentes.

No drásticamente.

Pero sutilmente.

Joyce tocaba su hombro cuando pasaba.

Le preguntaba directamente:

—¿Cómo estás tú?

Y esperaba respuesta real.

Jonathan al principio contestaba automático.

“Bien.”

Ella lo miraba.

Silencio.

Y entonces él corregía.

—Un poco cansado.

—Me duele todavía.

—Estoy nervioso.

Pequeñas verdades.

Pequeños espacios ocupados.

Una semana después, estaban en el sofá.

Will dormido contra Joyce.

Jonathan sentado al otro lado.

La televisión murmurando.

Joyce estiró la mano.

No hacia Will.

Hacia Jonathan.

Le tomó la mano.

Sin decir nada.

Jonathan se quedó quieto un segundo.

Luego entrelazó los dedos.

No pequeño.

No invisible.

Solo ahí.

Esa noche, antes de dormir, Jonathan habló.

—Mamá.

—¿Sí?

—Si vuelvo a caer…

Joyce se tensó.

—¿Sí?

—Corre hacia mí también.

La petición fue casi infantil.

Casi inaudible.

Joyce sintió que algo dentro se acomodaba.

Se inclinó y besó su frente.

—Voy a correr hacia los dos.

Jonathan asintió.

Pero esta vez no sonrió para tranquilizarla.

Sonrió porque quería.

Porque se sentía visto.

No fue una transformación mágica.

Jonathan todavía intentaba minimizar.

Todavía decía “no es nada”.

Pero ahora Joyce escuchaba distinto.

Veía distinto.

Y cuando él empezaba a hacerse pequeño…

Ella lo traía de vuelta.

—Aquí cabes completo —le decía.

Y poco a poco…

Jonathan dejó de creer que no era el que importaba.

Porque por primera vez,

cuando cayó,

alguien se quedó a su lado.

Chapter 7: El regalo escondido

Chapter Text

Jonathan tenía nueve años cuando decidió que su mamá ya no debía suspirar frente a la cafetera.

La máquina hacía un ruido extraño cada mañana.

Un burbujeo cansado, como si también estuviera agotada. A veces salía café. A veces no. A veces Joyce tenía que golpearla con la palma para que reaccionara.

—Algún día compraré una que sí funcione —murmuró ella una mañana, apoyándose en el fregadero.

Lo dijo como quien habla consigo misma. Como quien no espera respuesta.

Pero Jonathan escuchó.

Siempre escuchaba.

Rocket, todavía pequeño, estaba sentado sobre la mesa intentando atrapar el vapor que salía torcido de la cafetera vieja.

Sus bigotes se movían como antenas curiosas.
Cuando el vapor desapareció, el gatito miró a Jonathan como si también hubiera entendido algo importante.

Jonathan inclinó la cabeza hacia él y susurró:

—Le voy a comprar una nueva.

Rocket maulló suave. Como aprobación.

Y ahí empezó el secreto.

Jonathan no dijo nada.

No le pidió dinero a nadie.

Empezó a buscar pequeñas oportunidades.

Le ayudó al señor Adler a juntar hojas del jardín. Lavó el coche de la señora Mills. Ordenó el garaje del vecino que siempre olía a gasolina. Monedas aquí. Un billete doblado allá.

Guardaba todo en una pequeña caja metálica que escondía debajo de su cama.

Cada noche la sacaba, la abría despacio, contaba.

Clinc.

Clinc.

Clinc.

El sonido del metal era pequeño pero firme. Como una promesa.

Rocket siempre aparecía cuando escuchaba la caja abrirse.

Metía la patita.

Intentaba sacar una moneda.

La empujaba por el suelo.

—No, Rocket —susurraba Jonathan, aunque sonreía—. Es secreto.

El gatito inclinaba la cabeza, confundido, y luego se acostaba sobre el cuaderno donde Jonathan hacía cuentas con lápiz.

Jonathan dibujó una cafetera en la última hoja. Le puso ojos felices y escribió debajo:

“Para que mamá no esté triste en las mañanas.”

Rocket caminó sobre el dibujo y dejó una pequeña huella gris.

Jonathan no la borró.

El día que tuvo suficiente dinero, Jonathan caminó hasta la tienda con el corazón golpeándole el pecho.

La caja pesaba más en sus brazos de lo que había imaginado. No era la mejor cafetera del lugar. No era grande ni brillante. Pero era nueva.

Funcionaba.

Eso era lo importante.

El vendedor lo miró curioso.

—¿Es para tu mamá?

Jonathan asintió con una seriedad que parecía mayor que sus años.

—Sí.

Salió de la tienda abrazando la caja con cuidado, como si fuera frágil. El aire frío le rosaba la cara, pero no sentía nada más que orgullo.

Cuando llegó a casa, Rocket estaba en la ventana.

En cuanto Jonathan entró por la puerta trasera, el gatito saltó al suelo y corrió hacia él.

—Lo logré —susurró Jonathan.

Rocket maulló fuerte, como celebrando.

Jonathan escondió la caja en el fondo de su clóset. Esperaría al domingo. Joyce trabajaba menos ese día.

Sería sorpresa.

No fue el domingo.

Fue un jueves cansado.

Joyce buscaba en la mochila de Jonathan una nota de la escuela. Sacó libros. Cuadernos. Un lápiz mordido.

Y el recibo.

Sus ojos se detuvieron en la cifra.

Demasiado alta.

Demasiado para ellos.

Cuando Jonathan entró a la cocina, Joyce lo esperaba.

—¿En qué gastaste esto?

La voz no era cruel. Era tensa. Agotada.

Jonathan se quedó quieto.

Rocket estaba jugando con un cordón en el suelo, pero levantó la cabeza cuando notó el silencio.

—Yo… —Jonathan tragó saliva—. Era…

Joyce pasó una mano por su cabello.

—Jonathan, no estamos para gastar en tonterías. No puedes usar dinero así sin decirme nada.

La palabra tonterías cayó como una piedra.

Jonathan bajó la mirada.

Asintió.

No explicó.

No dijo que era para ella.

No dijo que había contado cada moneda durante meses.

Solo asintió.

Esa noche, cuando Joyce salió a trabajar el turno extra, Jonathan sacó la caja del clóset.

La sostuvo largo rato.

Rocket se frotó contra sus piernas.

—Está bien —susurró Jonathan, aunque su voz no sonaba convencida—. No la necesita.

Volvió a la tienda al día siguiente.

—¿No le gustó a tu mamá? —preguntó el vendedor.

Jonathan negó con la cabeza.

—No la necesita.

El hombre no dijo nada más.

Jonathan salió con los brazos vacíos.

Y el pecho también.

Después de eso, Jonathan dejó de abrir la caja metálica.

La guardó vacía.

Ya no contaba monedas.

Ya no dibujaba cafeteras.

Rocket intentaba jugar como siempre. Saltaba sobre la cama. Mordía los cordones. Se colaba bajo las cobijas.

Jonathan respondía… pero menos.

Una noche, Rocket se metió debajo de la manta y se acomodó contra su pecho.

Jonathan apretó los ojos.

—No era importante —susurró.

Rocket empezó a ronronear.

Fuerte.

Persistente.

Como si estuviera discutiendo.

Jonathan enterró la cara en el pelaje suave.

Y se quedó así, respirando al ritmo del pequeño motor cálido.

Días después, Rocket salió arrastrando algo desde debajo de la cama.

Un papel doblado.

Joyce lo recogió distraída.

Era el dibujo.

La cafetera feliz.

La frase escrita con letra pequeña.

“Para que mamá no esté triste en las mañanas.”

Joyce sintió que el aire le faltaba.

Se agachó y miró debajo de la cama.

Encontró la caja metálica.

Vacía.

Encontró el folleto de la tienda.

Doblado muchas veces.

Se sentó en el suelo de la habitación de Jonathan.

Con el papel entre las manos.

—Oh, mi niño…

Rocket saltó a su regazo.

Joyce empezó a llorar en silencio.

No por el dinero.

Sino por la forma en que su hijo había decidido cargar con algo que no le correspondía.

Esa noche, Joyce entró en la habitación.

Jonathan estaba leyendo, pero sus ojos no se movían realmente por las páginas.

Ella se sentó frente a él.

Silencio.

—¿Era para mí?

Jonathan tardó en responder.

Asintió.

Muy pequeño.

—No quería que estuvieras triste —dijo apenas.

Joyce sintió que el corazón se le rompía y se recomponía al mismo tiempo.

—Cariño… —su voz tembló—. No estaba enojada contigo. Estaba asustada. El dinero me asusta a veces. Pero tú no eres un problema. Nunca lo has sido.

Jonathan levantó la mirada.

Sus ojos estaban brillantes.

Joyce abrió los brazos.

Jonathan dudó un segundo.

Solo uno.

Luego se lanzó.

Se aferró a ella con fuerza.

Rocket quedó atrapado entre ambos y maulló indignado, pero enseguida empezó a ronronear otra vez.

Joyce besó la cabeza de Jonathan.

—Lo siento. Debería haber preguntado antes de regañarte.

—Está bien —susurró él.

Pero esta vez sí lo sentía diferente.

El domingo llegó.

Joyce volvió de la tienda con una caja en las manos.

Jonathan reconoció el logo.

Abrió los ojos.

—La compré yo esta vez —dijo Joyce—. Y cada mañana que la use voy a recordar que tengo el hijo más considerado del mundo.

Jonathan no supo qué decir.

Solo sonrió.

Esa sonrisa pequeña que guardaba para cosas importantes.

Rocket saltó sobre la mesa y casi tira la cafetera nueva.

—¡Rocket!

Los tres rieron.

La cafetera funcionó a la primera.

El aroma llenó la cocina.

Joyce sirvió una taza.

Se agachó frente a Jonathan.

—Gracias por pensar en mí.

Jonathan encogió los hombros.

—Siempre pienso en ti.

Rocket se metió en la caja vacía como si fuera su trono.

Joyce acarició el cabello de Jonathan.

—El mejor regalo no era la cafetera.

—¿Entonces qué?

—Que tengo un hijo así.

Jonathan apoyó la cabeza contra su hombro.

Rocket empezó a perseguir su propia cola dentro de la caja, haciendo que esta se moviera por el suelo.

La casa no era más grande.

No tenían más dinero.

Pero esa mañana, el sonido del café burbujeando no era cansado.

Era cálido.

Y Jonathan, por primera vez en días, volvió a abrir la caja metálica esa noche.

No para ahorrar.

Sino para guardar una nueva moneda.

Porque ahora sabía que no estaba solo cargando el peso.

Rocket se subió a su pecho.

Ronroneó.

Y el secreto dejó de doler.

Chapter 8: Siempre el fuerte

Chapter Text

Jonathan siempre ha sido el fuerte.

No el que grita.

No el que pide.

No el que ocupa espacio.

El fuerte silencioso.

El que se pone delante.

La pelea empieza por Will.

Empieza siempre por Will.

Un comentario.

Una risa.

Un empujón.

Jonathan lo ve desde el otro lado del pasillo.

Reconoce la tensión en los hombros de su hermano antes de que ocurra. Esa rigidez pequeña, ese intento de hacerse invisible.

Jonathan deja caer los libros.

Camina.

No corre.

Nunca corre.

Se mete entre ellos.

—Déjenlo.

Uno se ríe.

Otro lo empuja.

—¿Y tú qué? ¿El héroe?

Jonathan no responde. Solo mira. Aguanta.

Siempre aguanta.

El siguiente empujón es más fuerte. Intenta mantener el equilibrio. Resbala. La mano se dobla bajo su peso cuando cae contra el suelo del pasillo.

El crujido es seco.

Corto.

Privado.

El dolor es blanco.

Se le nubla la vista un segundo.

Pero Will está llorando.

Así que Jonathan se levanta primero.

—Vámonos —le dice.

No mira su mano.

No la necesita para caminar.

En casa, Joyce está cansada.

Doble turno.

La cocina huele a sopa enlatada y a preocupación constante.

—¿Cómo estuvo la escuela?

Will habla.

Jonathan sonríe.

—Normal.

La mano late.

Late con cada movimiento.

La esconde bajo la mesa.

Cuando Joyce le pregunta a Will si está bien, Jonathan mira el vapor subir del plato y piensa:

Will tuvo un mal día.

Eso es lo importante.

Esa noche no se quita la sudadera.

Se mete a la cama boca arriba.

La mano hinchada descansa sobre su estómago.

El dolor no es solo dolor.

Es presión.

Es calor.

Es algo que crece.

Aprieta los dientes cuando intenta mover los dedos.

No puede.

No importa.

Se repite eso.

No importa.

Porque Will duerme al otro lado del pasillo.

Porque Joyce ya tiene demasiado.

Porque siempre hay algo más urgente que él.

Jonathan aprende a respirar superficial.

Aprende a no quejarse.

Aprende a doblar el dolor hasta que quepa dentro de sí.

Día dos.

La mano está más hinchada.

No puede cerrar el puño.

Se ata las agujetas con una sola mano.

Tarda el doble.

Will lo mira.

—¿Te duele?

Jonathan sonríe.

—No.

Es fácil mentir cuando nadie espera la verdad.

En la escuela escribe poco.

Sostener el lápiz es una punzada eléctrica que le sube por el brazo.

Se apoya más en la izquierda.

El profesor pregunta si está bien.

Asiente.

Siempre asiente.

En casa, Joyce no lo ve.

No porque no lo ame.

Sino porque Jonathan nunca ocupa espacio suficiente para ser visto cuando hay tormenta.

Will tiene pesadillas.

Will no quiere comer.

Will no quiere volver a la escuela.

Jonathan sostiene la casa desde el borde.

Sirve agua.

Recoge platos.

Dice “yo lo hago”.

La mano tiembla.

Pero nadie mira las manos cuando alguien sonríe.

Día cuatro.

El moretón ya es oscuro.

Azul casi negro.

La inflamación baja un poco, pero el dolor se queda.

Está lavando un plato cuando los dedos simplemente… fallan.

El plato resbala.

Se estrella contra el suelo.

El sonido es fuerte.

Demasiado fuerte.

Will se sobresalta.

Joyce gira.

Jonathan se queda inmóvil mirando los pedazos.

Su respiración es pequeña.

—Lo siento —dice rápido— fue mi culpa.

Siempre es su culpa.

Joyce ve algo entonces.

No el plato.

No el desastre.

Ve cómo sostiene el brazo contra el cuerpo.

Cómo evita mover la mano.

Cómo su rostro se queda demasiado quieto.

—Jonathan.

Él intenta agacharse para recoger los pedazos.

Cuando apoya la mano derecha…

El dolor lo atraviesa.

El mundo se le escapa un segundo.

Un sonido pequeño se le escapa de la garganta.

No es un grito.

Es peor.

Es un intento fallido de no hacer ruido.

Joyce cruza la cocina en tres pasos.

—Enséñame la mano.

—Estoy bien.

—Jonathan.

La forma en que dice su nombre no es firme.

Es quebrada.

Él la mira.

Y por primera vez en días…

Se le llenan los ojos.

No de lágrimas grandes.

Sino de cansancio.

De agotamiento.

De algo que lleva demasiado tiempo guardado.

Extiende la mano.

Joyce la ve.

Inflamada.

Morada.

Rígida.

Se le va el aire.

—¿Desde cuándo?

Silencio.

—Jonathan.

—No era importante.

Esa frase la rompe.

Más que el moretón.

Más que el plato.

—¿Cómo que no era importante?

Él baja la mirada.

—Will tuvo un mal día.

La culpa le golpea el pecho como un martillo.

Porque lo entiende.

Entiende exactamente lo que pasó.

Jonathan priorizó.
Jonathan midió.
Jonathan decidió que él podía esperar.

Porque siempre puede esperar.

Joyce siente que se le hunde algo dentro.

—Ven aquí.

No lo regaña.

No grita.

Lo abraza con cuidado, protegiendo la mano.

Jonathan se queda rígido un segundo.

Como si no supiera qué hacer cuando lo sostienen a él.

Luego se derrite.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

En el hospital confirman la fractura.

El médico pregunta cuándo ocurrió.

Jonathan dice “hace un par de días”.

Joyce no corrige.

Pero por dentro se desmorona.

¿Cómo no lo vio?

¿Cómo no lo sintió?

Es su hijo.

Su niño que siempre sonríe primero.

Su niño que nunca pide nada.

Su niño que aprendió demasiado pronto a no ser carga.

Cuando le colocan el yeso, Jonathan no se queja.

Aprieta los labios.

Mira al techo.

El médico le dice que fue fuerte.

Jonathan solo piensa:

Siempre el fuerte.

Esa noche Joyce se sienta en su cama.

Will ya duerme.

La luz es tenue.

Jonathan está recostado, el yeso blanco sobre la colcha.

—Lo siento —dice ella.

Él la mira, confundido.

—¿Por qué?

—Porque no lo vi.

Silencio.

—No tenías que verlo.

Y ahí está otra vez.

Esa costumbre de hacerse pequeño.

Joyce niega con la cabeza.

—Sí tenía. Soy tu mamá. No solo la de Will. No solo la que corre cuando hay monstruos. También la que tiene que verte cuando te duele algo.

Jonathan traga.

—No quería… ser más problema.

La palabra problema cae pesada.

Joyce se inclina hacia él.

—Tú no eres un problema. Nunca.

Sus dedos recorren el cabello de Jonathan.

—No tienes que ser siempre el fuerte.

Él no responde.

Pero sus ojos se llenan.

No llora fuerte.

No sabe cómo hacerlo.

Solo se acerca un poco más.

Y Joyce entiende que ese pequeño movimiento es todo lo que él sabe pedir.

Ella se queda.

No se levanta.

No apaga la luz.

Se acuesta a su lado, con cuidado del yeso.

Jonathan respira diferente cuando ella está ahí.

Más profundo.

Más lento.

Antes de dormirse, murmura:

—No quería que Will tuviera otro mal día.

Joyce cierra los ojos.

—Y yo no quiero que tú tengas uno solo.

El silencio ya no es pesado.

Es cálido.

A la mañana siguiente, Jonathan intenta levantarse primero como siempre.

Joyce lo detiene.

—Hoy no.

—Pero…

—Hoy te toca ser cuidado.

Él duda.

Es nuevo.

Pero no protesta.

Will entra al cuarto con cereal en la mano.

—Mamá dice que ahora tú eres el bebé.

Jonathan sonríe un poco.

Un poco de verdad en la broma.

Joyce los mira a los dos.

Y por primera vez en días, ve a ambos.

No solo al que grita más fuerte.

Sino también al que nunca grita.

Y decide que eso no volverá a pasar.

Jonathan no dejará de ser fuerte.

Pero ahora…

Ya no tendrá que serlo solo.

Chapter 9: No eres el que se rompió

Chapter Text

La cocina huele a café recalentado y nervios.

El reloj marca las 9:47 p.m.

Will está sentado en el suelo, espalda contra el refrigerador, respirando como si el aire tuviera espinas. Sus manos tiemblan. Sus ojos no enfocan nada.

—Está aquí —susurra—. Está aquí otra vez.

Joyce está frente a él, de rodillas, sosteniéndole el rostro.

—No está aquí. Mírame. Will, mírame.

Jonathan observa desde la puerta.

Siempre observa.

La lámpara sobre la mesa vibra ligeramente. El zumbido eléctrico parece acompañar la ansiedad de su hermano.

—Mamá —dice Jonathan con voz baja—. Necesito decirte algo.

No lo mira.

—Ahora no, Jonathan.

Él traga saliva.

El aire pesa.

—Es importante.

Will empieza a hiperventilar.

Joyce se vuelve hacia él con desesperación en los ojos.

—¡No ves que tu hermano es el que está roto!

La frase cae como un objeto sólido.

Pesado.

Frío.

El silencio que sigue no es vacío. Es punzante.

Jonathan no dice nada.

Pero algo dentro de él cruje.

Más fuerte que cualquier hueso.

No responde. No grita. No discute.

Solo asiente levemente.

Y se va.

Afuera

La noche está húmeda.

Las luces del patio dibujan sombras largas sobre la cerca metálica.

Jonathan camina rápido, respirando por la nariz como si eso pudiera impedir que algo se desborde.

No eres el que está roto.

No eres el que está roto.

No eres el que…

Su pecho se siente hueco.

Recuerda cuando desapareció.

Recuerda la pintura, las luces, la culpa.

Recuerda que también lloró en silencio.

Recuerda que también tuvo miedo.

Pero no importa.

Porque no es el que se rompió.

Aprieta los dientes.

Levanta la mano.

Y golpea la cerca metálica.

El sonido es seco.

El dolor es inmediato.

Pero vuelve a golpear.

Esta vez algo se desplaza mal.

Un crujido real.

Agudo.

Sus dedos se doblan en un ángulo que no deberían.

Se queda quieto.

Mirando su mano deformada.

No llora.

Ni siquiera respira fuerte.

Solo la observa como si perteneciera a otra persona.

Como si eso confirmara algo que ya sabía.

Joyce sale minutos después.

Will finalmente está dormido, agotado por la crisis.

La culpa le aprieta el pecho.

Busca a Jonathan.

Lo encuentra junto a la cerca.

De pie.

Demasiado quieto.

—Jonathan…

Él no se voltea.

—No era eso lo que quise decir —dice ella rápido, antes de verlo bien.

Se acerca.

Y entonces ve su mano.

Inflamada.

Torcida.

Los nudillos hinchados.

—Oh Dios.

Él la mira por primera vez.

No hay rabia.

No hay lágrimas.

Eso duele más.

—Pero es lo que escuché.


Hospital

La fractura es limpia.

Metacarpiano.

Yeso por seis semanas.

Joyce firma papeles con manos que tiemblan.

Jonathan se deja hacer.

Responde preguntas.

Escucha instrucciones.

Como si todo fuera técnico.

Mecánico.

No habla más de lo necesario.

En el auto, de regreso, Joyce intenta.

—Yo no quise decir que tú no… que tú no importas.

Silencio.

Las luces de la carretera pasan como latidos artificiales.

—Estaba asustada.

—Lo sé.

Su tono no acusa.

Eso la destruye.

Jonathan no puede dormir.

El yeso pesa.

Pero no es eso.

Es la frase.

Repite el momento en bucle.

Se da cuenta de algo que no sabía que dolía tanto:

No es que ella lo dijera.

Es que una parte de él ya lo creía.

Que su dolor es secundario.

Que su miedo es administrable.

Que él es el fuerte.

El funcional.

El que sostiene.

El que no se rompe.

Se sienta en la cama.

Mira su mano blanca, inmóvil.

Y por primera vez en la noche…

Se le llenan los ojos.

Pero no deja que las lágrimas caigan.

Los días siguientes

Joyce intenta compensar.

Hace su desayuno favorito.

Le acomoda la mochila.

Le pregunta si necesita ayuda con la tarea.

Jonathan responde con amabilidad.

Pero hay distancia.

Pequeña.

Invisible.

Pero ahí.

Ya no entra a la cocina cuando Will tiene pesadillas.

Ya no interviene.

Ya no dice “yo me quedo”.

Y eso es lo que más asusta a Joyce.

No la pelea.

No el enojo.

Sino el retiro.

Una tarde, Joyce entra a su cuarto sin tocar.

Jonathan está sentado en el suelo.

Su cámara sobre las piernas.

La sostiene con cuidado con la mano sana.

—¿Qué querías decirme esa noche?

Él tarda en responder.

Luego habla sin mirarla.

—Me están ofreciendo una pasantía en verano.

Silencio.

—En Indianápolis.

La palabra suena lejana.

—Es buena. Es… es lo que quiero hacer.

Joyce siente que el piso se mueve.

—¿Te vas a ir?

—Es solo por el verano.

Pero hay algo más.

No dicho.

Yo también puedo irme.

Yo también puedo romperme.

Yo también puedo elegir.

Ella se sienta frente a él.

—Pensé que estabas bien.

Jonathan sonríe un poco.

No cruel.

No sarcástico.

Solo triste.

—Siempre piensas eso.

Joyce respira profundo.

—Cuando dije que Will estaba roto… no quise decir que tú no lo estuvieras. Quise decir que él lo muestra. Tú no.

Jonathan baja la mirada.

—Porque si yo también me rompo… ¿quién sostiene?

La frase cae como un espejo.

Joyce se lleva la mano a la boca.

Ese es el verdadero accidente.

No la fractura.

Sino eso.

Ese rol que él asumió.

Ese lugar que ella permitió.

—No quiero que sostengas todo —susurra ella.

—Pero lo hago.

No hay reproche.

Solo verdad.

Esa noche Joyce entra a su cuarto otra vez.

No para hablar.

Sino para quedarse.

Se sienta en la cama.

Lo mira.

—Perdóname.

Jonathan la observa.

Ella continúa:

—Perdóname por hacerte sentir invisible cuando estabas intentando ser visto. Perdóname por convertir tu fortaleza en obligación. Perdóname por olvidar que tú también eres mi hijo herido.

La voz se le quiebra.

Esta vez no hay gritos.

No hay crisis.

Solo una madre enfrentando su error.

Jonathan traga saliva.

La mira como cuando era niño.

—Yo no quería que Will estuviera mal.

—Lo sé.

—Pero tampoco quería que eso significara que yo estaba… bien.

Ahí sí.

La lágrima cae.

Una sola.

Joyce se acerca.

Duda un segundo.

—¿Puedo abrazarte?

Él asiente.

Y cuando lo hace, no es el abrazo automático de siempre.

Es firme.

Es necesario.

Es recíproco.

Jonathan entierra el rostro en su hombro.

Y por primera vez en días…

Llora.

No fuerte.

No dramático.

Pero real.

Joyce lo sostiene.

No como soporte.

Sino como hijo.

—No eres el que se rompió —dice ella contra su cabello.

—Somos humanos. Nos rompemos todos.

 

El yeso se llena de firmas.

Will dibuja un pequeño corazón torcido.

Joyce escribe:

“Gracias por sostener. Ahora me toca a mí.”

Jonathan sonríe al leerlo.

Acepta la pasantía.

Pero no como escape.

Sino como elección.

La noche antes de enviar el correo, baja a la cocina.

Joyce está allí.

Se miran.

No hace falta repetir nada.

Ella le sirve café.

Él se sienta.

Y esta vez, cuando dice:

—Necesito decirte algo.

Ella responde, mirándolo:

—Te escucho.

Y lo escucha.

Completo.

Sin fracturas invisibles.

Chapter 10: La promesa olvidada

Chapter Text

Joyce había prometido.

No fue una promesa grande, de esas que se hacen con flores o con testigos.

Fue una promesa chiquita, suave, cotidiana. De las que se dicen sin pensar demasiado porque salen solas, porque son parte del amor.

—Hoy sí, cariño —le dijo Joyce, apretándole la mejilla con los dedos y sonriéndole aunque los ojos se le cerraban de cansancio—. Hoy te leo un cuento antes de dormir. ¿Cuál quieres?

Jonathan, con tres añitos y el cabello revuelto, levantó el libro como si fuera un tesoro.

—Éste.

Era un libro de tapas gastadas, con un dibujo de un zorro en el bosque.

Joyce ni siquiera recordaba cuándo lo habían conseguido. Tal vez en una venta de garaje. Tal vez alguien se lo regaló cuando nació Will.

Pero Jonathan lo había adoptado como suyo, como había adoptado tantas cosas: una camiseta vieja de Joyce para dormir, una taza con una grieta para tomar leche, un rincón del sofá donde se acurrucaba cuando la televisión estaba prendida.

Joyce le besó la frente.

—Voy a lavar los platos rápido y voy contigo, ¿sí? No te duermas todavía.

Jonathan asintió con una seriedad que hacía doler.

—No me duermo.

Y lo decía como si fuera un trabajo. Como si quedarse despierto fuera una responsabilidad.

Joyce lo miró irse por el pasillo con pasos chiquitos, apretando el libro contra el pecho.

Vio cómo se detenía frente a la puerta del cuarto, como si dudara un segundo, y luego entraba.

Se giró hacia la cocina.

Los platos no eran tantos. Era solo que todo en su vida se había vuelto pesado: el turno doble, las cuentas, el miedo que no terminaba de irse de su cuerpo aunque Hawkins pareciera tranquila esa noche.

Había días que le dolían los hombros de tanto cargar cosas invisibles.

Puso el agua y el jabón. Empezó con la rutina como quien se aferra a un hilo.

En la sala, el sofá parecía llamarla.

“Solo un minuto”, pensó. “Solo me siento un minuto.”

Se secó las manos en el pantalón, apagó la luz de la cocina, y se dejó caer en el sofá con un suspiro. El cansancio le subió como una marea rápida, silenciosa.

Joyce intentó pelearlo un instante, lo suficiente para recordar la cara de Jonathan sosteniendo el libro.

“Voy. Voy.”

Pero la televisión murmuraba en bajo. La casa estaba tibia. El reloj marcaba las once y algo.

Joyce cerró los ojos.

Solo un minuto.

Jonathan se sentó en su cama con un cuidado casi ceremonial.

La colcha era de cuadros, un poco áspera. La almohada tenía un olor leve a jabón y a sol viejo.

El cuarto estaba oscuro excepto por la lucecita del pasillo que se colaba por la rendija de la puerta.

Rocket ya estaba ahí.

El gatito, blanco con manchas negras como si alguien lo hubiera pintado con descuido amoroso, brincó a la cama y caminó con torpeza por el colchón. Tenía ese andar de bebé animal: una mezcla de valentía y falta de coordinación.

Jonathan sonrió un poquito, lo justo. Le extendió el libro como si Rocket también fuera a leer.

—Mamá viene ahorita —le susurró.

Rocket olfateó la esquina del libro y luego frotó su cara contra la mano de Jonathan. Sus bigotes hicieron cosquillitas.

Jonathan rió muy bajito, pero se calló rápido, como si la risa pudiera espantar la promesa.

Abrió el libro.

No sabía leer, claro. Reconocía algunas letras, algunas palabras sueltas que Joyce le había repetido. Pero sobre todo se sabía las imágenes.

Se sabía el orden de los dibujos. Se sabía en qué página salía el zorro escondido detrás de un árbol y en cuál aparecía una luna grande, casi amarilla.

Pasó la primera página con cuidado.

Miró la puerta.

Esperó.

“Tal vez está terminando los platos”, pensó con esa lógica simple y dulce de los niños. “Luego viene.”

Rocket se acomodó cerca de sus piernas, caliente y suave.

Jonathan lo tocó con dos deditos en la espalda, como si temiera romperlo.

—No te duermas —le dijo al gatito, muy serio—. Mamá va a leer.

Rocket parpadeó lento.

No parecía muy impresionado por la idea.

Jonathan volvió a mirar la puerta.

Se quedó quieto.

Los minutos pasaron como pasan las cosas en la noche: sin hacer ruido, sin pedir permiso.

Jonathan empezó a mover los pies bajo la colcha. Se tocó el borde de la manga de su pijama. Se rascó la oreja.

Volvió a mirar la rendija de luz. A veces creía escuchar pasos. A veces se imaginaba que la sombra de Joyce aparecería al otro lado, grande, segura.

Pero no.

La casa seguía respirando lento.

Jonathan tragó saliva.

Se encogió un poquito.

Rocket, como si entendiera algo que Jonathan no sabía poner en palabras, se acercó más.

Se metió entre sus piernas y el libro, como si quisiera ocupar el hueco de la espera.

Jonathan lo dejó. Apoyó el libro en sus rodillas y se quedó con una mano sobre el gatito.

Su vocecita salió casi sin sonido:

—Mamá viene…

Lo dijo como un recordatorio. Como un conjuro.

Rocket ronroneó, un sonido vibrante que le subió por la mano. Jonathan cerró los ojos un segundo, dejando que el ronroneo lo sostuviera.

Pero no se durmió.

No quería.

Porque Joyce había dicho “hoy sí”.

Porque si él se dormía, quizá Joyce entraría y lo vería dormido y pensaría que ya no era necesario. Que ya no hacía falta cumplir la promesa.

Jonathan no tenía tres años de palabras para decirlo. Solo tenía tres años de instintos: la promesa es una cuerda. Si la sueltas, se pierde.

Abrió los ojos.

Miró la puerta otra vez.

Rocket bostezó con toda la cara.

Jonathan apretó los labios.

—Tú sí te quedas —le susurró al gatito, como si Rocket fuera el único testigo del mundo.

Rocket se acomodó en sus piernas, pesado de sueño y calor. Su cuerpo chiquito le hundió un poco la colcha. Jonathan sintió ese peso como un abrazo.

Se quedó así.

Con el libro en las rodillas y el gatito dormido.

Esperando.

Joyce despertó con un golpe en el pecho, como si alguien la hubiera empujado desde adentro.

Tardó un segundo en saber dónde estaba. El sofá. La sala. La luz de la televisión apagada. La casa oscura.

El reloj.

Joyce levantó la cabeza.

2:07 a.m.

Y la promesa la alcanzó como una bofetada.

—¡Jonathan!

Su voz salió ahogada, urgente. Se levantó tan rápido que el cuerpo le protestó.

Corrió por el pasillo, la madera crujiendo bajo sus pies. La luz del pasillo estaba encendida. Eso ya era raro. Ella siempre la apagaba.

La puerta del cuarto de Jonathan estaba entreabierta.

Joyce la empujó despacio, porque una parte de ella tenía miedo de lo que iba a encontrar.

Porque la culpa se vuelve miedo así de fácil.

Y lo vio.

Jonathan estaba sentado en la cama.

No acostado.

No dormido.

Sentado.

Con el libro abierto en las rodillas.

Con Rocket dormido sobre sus piernas como una manta viva.

La cabeza de Jonathan estaba inclinada hacia un lado, como si el sueño le pesara demasiado para sostenerla.

Sus ojos estaban abiertos, rojos de cansancio, grandes.

Su carita tenía esa expresión que Joyce había aprendido a temer: la quietud del niño que no pide.

Al verla, Jonathan parpadeó lento.

No sonrió.

No se quejó.

Solo dijo, con la voz rasposa de sueño:

—Te estaba esperando.

Joyce sintió que algo se rompía por dentro.

Se acercó sin pensar, como si una cuerda la jalara.

Se arrodilló al lado de la cama y le tocó el cabello con cuidado.

Jonathan se estremeció un poquito, no por miedo, sino por la sorpresa de sentir que el mundo volvía a moverse.

—Ay, mi amor… —Joyce se tragó el llanto—. Perdóname. Me… me quedé dormida.

Jonathan miró el libro.

Luego miró a Joyce.

—No pasa nada.

Lo dijo como Joyce lo decía cuando Will tiraba leche.

Lo dijo como una frase aprendida, usada para que los demás se sientan mejor.

Eso fue lo peor.

Joyce le sostuvo la mejilla. Sintió la piel tibia, el cansancio.

—Sí pasa. Sí pasa, Jonathan —susurró, y se odió por no haber estado.

Jonathan bajó los ojos. Su mano, chiquita, se apretó en la colcha.

Rocket se movió y soltó un maullido dormido, molesto, como si la culpa de Joyce fuera demasiado ruidosa incluso para un gatito.

Joyce sonrió con un dolor dulce y levantó a Rocket con suavidad, acomodándolo a un lado sin despertarlo del todo.

El gatito se quejó un segundo y volvió a enrollarse.

—¿Quieres que te lea? —preguntó Joyce, aunque era obvio. Aunque era tarde. Aunque Jonathan estaba medio vencido.

Jonathan asintió.

Fue un movimiento mínimo, pero Joyce lo vio como un grito.

—Ok —dijo ella, y se quitó los zapatos como si la cama fuera un lugar sagrado. Se subió con cuidado, metiéndose bajo la colcha con él.

Su cuerpo grande ocupó espacio, calor. Jonathan se quedó rígido un segundo, como si no estuviera seguro de que podía moverse, de que podía permitirlo.

Joyce lo jaló contra su pecho.

—Ven acá.

Jonathan se dejó.

Primero despacio, como si probara si el abrazo era real. Luego, de golpe, enterrando la cara en el suéter de Joyce. Sus manitas se cerraron en la tela con fuerza.

Joyce cerró los ojos un instante y lo abrazó más.

—Lo siento tanto… —le susurró en el cabello—. Mamá prometió. Mamá cumple.

Jonathan no respondió con palabras. Solo respiró.

Ese tipo de respiración temblorosa que los niños hacen cuando están a punto de llorar pero no quieren. Joyce lo sintió y le besó la cabeza.

Tomó el libro.

Lo abrió en la primera página.

La voz le salió suave, baja, como un hilo.

—“Había una vez un zorro que vivía en el borde del bosque…”

Jonathan escuchó, aunque sus párpados caían. Su cuerpo, al fin, empezó a soltar la tensión. Como si la promesa cumplida le diera permiso para dormirse.

Rocket se acercó de nuevo, arrastrándose hasta pegárseles a los dos. Su ronroneo llenó el espacio entre palabras.

Joyce siguió leyendo.

Una página.

Dos.

Tres.

Jonathan se movió un poquito, buscando más calor. Joyce lo ajustó contra su pecho y siguió.

A la tercera página, Jonathan ya respiraba más lento.

A la quinta, el peso de su cabeza se rindió por completo. Su boca quedó un poquito abierta, dormida. Sus manos soltaron la tela de Joyce, pero no del todo. Una mano se quedó agarrada como si aún temiera que Joyce desapareciera.

Joyce siguió leyendo.

No porque él la escuchara.

Sino porque ella necesitaba decírselo. Necesitaba llenar el aire con esa voz, con esa promesa, con la certeza de que estaba ahí.

Siguió hasta el final del cuento.

Luego, sin cerrar el libro, se quedó mirando a Jonathan dormir.

La luz del pasillo hacía una línea suave sobre su cara. Rocket dormía entre ellos, patitas estiradas, como si también estuviera cuidando.

Joyce tragó saliva. El corazón le dolía.

Pensó en cómo Jonathan no la llamó.

En cómo no bajó al sofá.

En cómo se quedó sentado, esperando, porque esa es la forma en que él amaba: en silencio, aguantándose, tratando de no estorbar.

Le recorrió un escalofrío.

Se inclinó y le susurró al oído, aunque sabía que quizá no lo oía:

—Siempre voy a venir, ¿sí? Siempre. Aunque me tarde. Aunque me caiga dormida. Yo… yo no te voy a dejar esperando solo.

Jonathan hizo un sonido chiquito, un murmullo sin palabras, y se acomodó más cerca, como si esa promesa sí entrara en el sueño.

Joyce cerró los ojos.

Pero no se durmió de inmediato.

Se quedó despierta un rato, vigilando, como si quisiera recuperar todas las horas que Jonathan había pasado esperando. Como si pudiera devolverle el tiempo.

Rocket ronroneó.

Joyce respiró hondo.

Finalmente, el cansancio la venció, pero esta vez no en un sofá.

Esta vez abrazando a su hijo.

Con la promesa ya cumplida.

Al día siguiente, la mañana llegó con un sol pálido y con el sonido de patitas traviesas.

Rocket fue el primero en despertar, porque Rocket era incapaz de respetar cualquier regla del universo. Saltó sobre el abdomen de Joyce como si fuera una montaña, caminó encima de ella, y luego se detuvo justo en la cara de Jonathan.

Jonathan abrió los ojos cuando los bigotes del gatito le rozaron la nariz.

—¡Ah…! —estornudó.

Rocket se asustó del estornudo y brincó hacia atrás, resbalando en la colcha.

Jonathan se incorporó medio dormido. Lo vio y, en lugar de enojarse, soltó una risa chiquita.

De esas risas raras que Joyce atesora porque no aparecen siempre.

Joyce, aún con el cabello enredado, abrió los ojos justo a tiempo para ver esa risa.

—Buenos días —murmuró, con voz ronca.

Jonathan volteó hacia ella. Su cara se puso seria de inmediato, como si la risa fuera algo que se le escapó.

Joyce se sentó. Lo miró bien. Lo miró de verdad.

—Mi amor —dijo—. ¿Sabes… anoche? Yo…

Jonathan bajó la mirada, jugando con un hilo de la colcha.

—Me dormí sentado —admitió en voz baja.

Joyce sintió una punzada.

—Sí, lo sé. Lo vi. —Se acercó, poniéndole un dedo bajo la barbilla para que la mirara—. Y eso no debería pasar. No así.

Jonathan la miró con ojos grandes. No parecía enojado. Parecía… cuidadoso.

Joyce tragó.

—Si alguna vez mamá tarda… —dijo despacio—. Si alguna vez prometo algo y me tardo… tú vienes por mí, ¿sí? No te quedas esperando solito. No tienes que hacerlo.

Jonathan frunció un poquito el ceño, como si la idea fuera nueva. Como si pedir fuera algo extraño.

—¿Aunque estés cansada? —preguntó.

Joyce sintió ganas de llorar de nuevo.

—Aunque esté cansada. Aunque esté dormida. Tú vienes y me jalas la mano y me dices: “mamá, me lo prometiste”. ¿Sí?

Rocket maulló fuerte, como si quisiera participar en la conversación. Se frotó contra el brazo de Joyce y luego contra el de Jonathan, marcándolos como suyos.

Jonathan lo miró.

Luego miró a Joyce.

Asintió.

—Ok.

Joyce lo abrazó, apretándolo contra su pecho.

—Te amo tanto —susurró.

Jonathan se quedó quieto un segundo y luego, con timidez, levantó los brazos y la abrazó de vuelta.

Rocket trató de meterse en medio, porque Rocket era Rocket, y Joyce terminó riéndose contra el cabello de Jonathan.

—Está bien —dijo Joyce, besándole la cabeza—. Está bien. Los abrazo a los dos.

Jonathan soltó una risita pequeña otra vez.

Y Joyce se prometió algo más, algo que no diría en voz alta pero que se grabaría en ella:

No voy a esperar a que me pidan amor.

Voy a darlo.

Aunque no lo pidan.

Aunque no lo sepan pedir.

Porque Jonathan era solo un niño.

Y ningún niño debería aprender a esperar en silencio.

No mientras ella estuviera ahí.

Chapter 11: Dos niños

Chapter Text

La casa estaba demasiado silenciosa para ser media tarde.

No era un silencio tranquilo, de esos que traen alivio después de un día largo.

Era un silencio tenso, cargado, como si las paredes mismas estuvieran conteniendo el aliento.

Joyce lo sentía desde que había cerrado la puerta al entrar, aún con el abrigo puesto, las manos temblándole por el cansancio.

Rocket fue el primero en notarlo.

El gatito apareció desde debajo del sofá, cola en alto, bigotes inquietos. Caminó en círculos por la sala, soltando un maullido bajo, interrogante. Luego otro. Más insistente.

Jonathan estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del pasillo.

Tenía a Rocket en el regazo, acariciándole el lomo con movimientos lentos, automáticos.

Sus hombros estaban tensos, la espalda demasiado rígida para alguien de su edad.

Joyce dejó las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Jonathan —dijo, sin levantar la voz, pero con un filo evidente—. ¿Por qué no hiciste la tarea?

Jonathan alzó la vista despacio. Sus ojos estaban cansados. No desafiantes. Solo cansados.

—La iba a hacer —respondió—. Rocket estaba inquieto y…

Rocket maulló, como si confirmara la explicación.

Joyce se pasó una mano por la cara.

—Siempre hay algo —dijo—. Siempre.

Jonathan apretó un poco más al gatito contra su pecho. Rocket ronroneó, pero sus orejas seguían girándose nerviosas.

—Mamá, solo necesitaba un minuto —intentó—. Will estaba dormido, y Rocket no paraba de—

—Jonathan, no empieces —lo interrumpió ella—. No hoy.

Ese “no hoy” cayó como una puerta cerrándose de golpe.

Rocket maulló más fuerte esta vez, claramente incómodo. Jonathan apoyó la frente en la cabeza del gatito, como si ese pequeño contacto fuera un ancla.

—Siempre es “no hoy” —murmuró Jonathan, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Joyce se tensó.

—¿Qué dijiste?

Jonathan dudó. Rocket se movió, tratando de bajarse, pero Jonathan lo sostuvo con cuidado.

—Nada.

Joyce dejó el bolso en el sofá. Sus ojos estaban brillosos, cansados de verdad, pero también llenos de algo más peligroso: frustración acumulada.

—No, no es nada —dijo ella—. Nunca es nada contigo. Todo te lo guardas, todo lo haces parecer pequeño… y luego esperas que yo lo adivine.

Jonathan tragó saliva.

—No espero eso.

—Claro que sí —replicó Joyce—. Esperas que yo vea todo, que lo arregle todo, que esté en todas partes al mismo tiempo.

Rocket soltó un maullido agudo, casi un quejido.

Jonathan lo cargó en brazos, poniéndose de pie.

—Solo… solo estaba cuidándolo —dijo—. Estaba asustado.

—¿El gato o tú? —preguntó Joyce, sin pensar.

El silencio que siguió fue devastador.

Jonathan se quedó completamente quieto.

Rocket dejó de ronronear.

Incluso el ruido lejano del televisor de un vecino pareció apagarse.

—No puedo con dos niños ahora —dijo Joyce, finalmente, con la voz rota—. No puedo.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire, pesadas, irreversibles.

Jonathan sintió que algo se rompía dentro de su pecho, pero no hizo ningún sonido.

Simplemente bajó la mirada hacia Rocket, que lo observaba con sus ojos grandes y oscuros.

—Lo siento —susurró, pero no supo a quién se lo decía.

Sin decir nada más, caminó hacia la puerta.

—Jonathan —dijo Joyce, demasiado tarde.

Él no respondió.

Salió de la casa con Rocket apretado contra su pecho.

El aire afuera estaba frío.

Jonathan no se puso el abrigo. No pensó en eso. Solo caminó, sin rumbo, con pasos rápidos al principio, luego más lentos cuando el peso de lo ocurrido empezó a caerle encima.

Rocket maullaba bajo, inquieto, pero Jonathan le hablaba en susurros.

—Está bien… estoy aquí… no pasa nada…

Mentía. Para ambos.

Llegó a la vieja banqueta cerca del camino de grava. El suelo estaba húmedo. Había llovido más temprano.

Jonathan dio un paso en falso.

Todo pasó demasiado rápido.

Sintió que su pie resbalaba. El mundo se inclinó. Instintivamente, giró el cuerpo, envolviendo a Rocket con ambos brazos.

Cayó de lado.

El dolor explotó en su brazo izquierdo, blanco y absoluto. Un grito se le atoró en la garganta, pero no salió. Solo un jadeo ahogado.

Rocket chilló, asustado, pero no salió despedido. Jonathan había absorbido todo el impacto.

Se quedó en el suelo, temblando, los dientes castañeteándole. El brazo no le respondía. Cada respiración dolía.

—Shh… shh… —murmuró, aunque ahora era Rocket quien temblaba—. Estás bien… estás bien…

Intentó moverse. El dolor lo hizo ver estrellas.

Jonathan cerró los ojos.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Joyce tardó menos de cinco minutos en entender que algo estaba muy mal.

Primero fue el silencio. Luego, la ausencia de Rocket. Luego, el recuerdo de sus propias palabras, repitiéndose como un eco cruel.

No puedo con dos niños ahora.

Sintió un nudo en el estómago.

Salió corriendo.

Lo encontró en el hospital.

Jonathan estaba pálido, demasiado quieto en la camilla.

El brazo izquierdo ya estaba inmovilizado provisionalmente. Rocket estaba hecho un ovillo sobre el yeso recién colocado, dormido, exhausto.

Joyce se llevó una mano a la boca.

—Se fracturó protegiendo al gato —le explicó la enfermera—. No lo soltó ni un segundo.

Joyce se acercó despacio.

Jonathan abrió los ojos cuando sintió su presencia.

—Perdón —dijo él, automáticamente.

Eso fue lo que la rompió.

Joyce se arrodilló junto a la camilla, con cuidado de no despertar a Rocket.

—No —susurró—. No, amor… el perdón es mío.

Vio el brazo enyesado. Vio al gatito durmiendo sobre él, confiado, seguro.

Y entendió.

Jonathan siempre protegía primero.

A Will.

A Rocket.

A ella.

Antes de protegerse a sí mismo.

Joyce apoyó la frente en el borde de la camilla, llorando en silencio, mientras Rocket, medio dormido, estiraba una patita y tocaba la manga de su suéter, como aceptándola de nuevo.

—Ya no tienes que cargar con todo solo —prometió Joyce, con la voz quebrada—. Te lo juro.

Jonathan cerró los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, se permitió creerle.

Chapter 12: No es sobre mí

Chapter Text

La cocina olía a grasa vieja y a sopa enlatada.

No era un olor malo. Era hogar, el tipo de olor que se pegaba a la ropa y a la memoria.

Joyce lo sabía, porque cuando cerraba los ojos podía ver el mismo vapor de cuando Jonathan era más chiquito, un tazón humeante entre sus manos, Will con la nariz roja, y ella contando monedas en silencio para estirar la semana.

Esa noche, sin embargo, el vapor parecía más delgado. Como si hasta la sopa supiera que algo se estaba acabando.

Jonathan dejó el plato sobre la mesa con cuidado. No se sentó de inmediato; se quedó de pie un segundo, mirando el vaso de Will, asegurándose de que tuviera suficiente leche, de que el pan estuviera a su alcance.

Rocket —un bultito negro y blanco con patas demasiado grandes para su cuerpo— saltó a la silla vacía y luego a la mesa, olisqueando el borde del plato de Jonathan como si fuera un detective.

—¡Rocket! —Will lo apartó con una mano—. No.

Rocket no se ofendió. Sólo cambió de objetivo y se acercó al plato de Will, bigotes tensos, nariz inquieta.

—No lo dejes lamer tu sopa —dijo Joyce, sin levantar la vista del fregadero. Su voz era cansada, pero firme. Tenía esa mezcla de mamá y soldado que había aprendido a ser desde que el mundo se les había caído encima.

Will rió bajito, un sonido breve, como si no quisiera gastar demasiado aire.

Jonathan se sentó al fin. Tomó el tenedor. Lo clavó en un pedazo de papa y lo movió de un lado a otro, sin llevárselo a la boca.

Joyce se dio vuelta y vio el movimiento. Vio también el plato casi lleno. Se obligó a no comentar. No hoy, pensó. No con Will comiendo bien por primera vez en días.

—¿Cómo estuvo la escuela? —preguntó ella, intentando un tono ligero.

Will se encogió de hombros, mirando su sopa como si pudiera leer el futuro en la grasa que flotaba arriba.

—Bien.

Jonathan respondió por él, como si el silencio de Will fuera una cuerda floja y él tuviera que sostenerla.

—Hicimos un trabajo en arte. Will dibujó… —se detuvo, mirando a su hermano—. Dibujó una cosa.

Will apretó los labios. Sus dedos jugaron con la cuchara. Rocket, curioso, le tocó la muñeca con una patita y Will lo apartó con suavidad, casi con culpa.

—Un túnel —murmuró Will al final—. Sólo… un túnel.

Joyce tragó saliva. No dijo Upside Down. No dijo portal. No dijo otra vez. Se limitó a asentir y sonrió como si eso fuera normal.

—Ah. Bueno, un túnel puede ser… interesante.

Jonathan bajó la mirada. En su plato, la papa seguía intacta, como si fuera una piedra. Rocket volvió a olfatear y soltó un maullido pequeño.

Dame. Tú no quieres. Dame.

Jonathan deslizó el tenedor por debajo del pedazo de carne —la parte mejor— y, sin que Joyce lo notara, lo empujó hacia el borde del plato, hacia el de Will. Un movimiento mínimo, casi elegante.

Will alzó la vista y lo vio.

Sus ojos se estrecharon.

Jonathan sonrió, ese tipo de sonrisa que no pedía permiso.

—Te va a dar más energía —dijo, demasiado rápido—. Tú… lo necesitas.

Will miró la carne. Luego miró a Jonathan.

Rocket alternó entre ambos con la cabeza, como si fuera árbitro.

—Tú también —dijo Will, bajo.

Jonathan se encogió de hombros.

—Ya comí.

Era mentira. Pero Jonathan lo dijo con el mismo tono con el que decía cerré la puerta o puse gasolina: una afirmación simple, inofensiva.

Joyce secó sus manos en un trapo.

Sus dedos estaban ásperos, con pequeñas grietas de detergente.

—¿Comiste en la escuela? —preguntó, como quien pregunta ¿hiciste la tarea?

Jonathan no dudó.

—Sí.

Rocket dio un pequeño salto y metió la nariz en el plato de Jonathan, frustrado por la falta de acción.

Will le dio una migaja de pan y el gatito la atrapó con la boca, orgulloso, como si hubiera cazado un venado.

Joyce se sentó por fin con su propio plato. Apenas probó la sopa.

La mesa, por un rato, estuvo en un equilibrio extraño: Will comiendo con cuidado, Jonathan moviendo la comida, Joyce intentando que el mundo se pareciera a algo normal.

Y sin embargo, algo se escapaba.

Como humo.

Al día siguiente, Joyce encontró el bote de basura más pesado de lo usual.

No lo abrió al principio. Sólo lo levantó por el aro y sintió el peso húmedo. El olor a comida.

Frunció el ceño.

Quizá se echó a perder algo, pensó.

Pero cuando levantó la tapa, vio el pan a medio comer. La carne envuelta en servilleta. La papa, casi entera, con una marca de tenedor.

Sintió un golpe frío en el pecho.

No dijo nada.

Se obligó a respirar, a tapar la basura, a llevarla afuera como si fuera cualquier cosa.

Rocket la siguió hasta el porche, caminando con esa torpeza adorable que todavía no se le quitaba. Se enredó en su tobillo, ronroneando.

—No me mires así —murmuró Joyce, agachándose para rascarle la cabeza—. Tú no entiendes.

Rocket maulló, como si discutiera.

Joyce se enderezó. Entró de nuevo. Miró hacia el pasillo.

Jonathan estaba en el sofá con la cámara, ajustando algo en el lente, el ceño fruncido. A su lado, un café negro. El tercer café desde que Joyce se levantó.

—¿Desayunaste? —preguntó Joyce desde la cocina.

—Sí —respondió Jonathan sin mirarla—. Un sándwich.

Joyce se quedó quieta, con la mano apoyada en el marco de la puerta.

Rocket caminó directo hacia Jonathan, olisqueó el café, estornudó como si el olor lo ofendiera, y luego saltó al regazo de Jonathan, acomodándose como si fuera su lugar natural.

Jonathan dejó escapar una exhalación que parecía una risa.

—Traidor —le dijo al gato.

Rocket ronroneó, satisfecho.

Joyce no sabía si ese ronroneo la calmaba o le partía el corazón.

En los días siguientes, Joyce empezó a ver pequeñas cosas.

Jonathan abriendo la alacena, sacando una galleta… y luego dejándola de vuelta, como si hubiera recordado que no tenía derecho a tomarla.

Jonathan sirviendo cereal para Will antes que para él.

Jonathan diciendo “no tengo hambre” con una voz cada vez más plana.

Jonathan durmiéndose en el sillón con la cámara sobre el pecho, como si la cámara fuera lo único que podía sostenerlo en el mundo.

Y Rocket… Rocket siguiendo a Jonathan como una sombra. Si Jonathan iba al baño, Rocket se sentaba afuera. Si Jonathan subía a su cuarto, Rocket maullaba hasta que lo dejaban pasar.

Will lo notó primero.

Una tarde, Will estaba sentado en el suelo con su cuaderno de dibujos, Rocket a su lado mordiendo un lápiz como si fuera un juguete ilegal.

Jonathan entró, tomó el lápiz con calma y se lo quitó a Rocket.

—Eso no se muerde, bandido.

Rocket intentó recuperarlo con una patita.

Will levantó la vista.

—¿Por qué no comes?

Jonathan se congeló apenas un segundo.

Era un microsegundo, pero Will lo vio. Will había aprendido a ver cosas que otros ignoraban.

—Como —dijo Jonathan, devolviendo el lápiz a Will.

—No —insistió Will—. Dices que sí, pero… —frunció el ceño—. Tu plato siempre está… igual.

Jonathan tomó aire.

—Estoy bien.

Will bajó la mirada a su cuaderno.

Rocket, como si entendiera la tensión, soltó un maullido agudo y se metió debajo de la mano de Will, exigiendo caricias.

Will lo acarició por inercia.

—Mamá está… —empezó Will, y su voz se quedó atorada—. Está muy preocupada.

Jonathan se suavizó, como si esa frase hubiera tocado un nervio expuesto.

—Lo sé.

—Entonces… ¿por qué haces esto?

Jonathan apretó la mandíbula.

—No estoy haciendo nada.

Will alzó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero no eran débiles.

—Yo sí veo.

Jonathan parpadeó. Por un segundo, pareció un niño sorprendido de que lo hayan descubierto robando galletas.

Rocket aprovechó el silencio para morder la manga de Jonathan, tirando de ella como si quisiera arrastrarlo a algún lugar mejor.

Jonathan se soltó, suave.

—No es sobre mí, Will.

Will dejó el lápiz.

—Siempre dices eso.

Jonathan se quedó mirando a su hermano. Luego, como si no pudiera sostener esa mirada, se agachó para recoger una hoja del suelo.

—Tú… —dijo Jonathan, tratando de sonar normal—. Tú necesitas comer. Necesitas… fuerza.

Will se tensó.

—¿Y tú no?

Jonathan sonrió apenas.

—Yo ya estoy grande.

Will se levantó de golpe, y Rocket saltó asustado, patas abiertas, como caricatura.

—¡No! —dijo Will, demasiado fuerte. Luego bajó la voz—. No digas eso.

Jonathan se enderezó.

En sus ojos había un cansancio que Will no había visto antes. Era un cansancio antiguo, como si Jonathan llevara años cargando algo sin decirlo.

—Will… —empezó Jonathan.

Pero en ese momento Joyce entró con una bolsa de mercado, las manos rojas del frío.

—¡Chicos! —dijo, forzando alegría—. Conseguí… —se detuvo cuando vio el rostro de Will y el silencio—. ¿Qué pasa?

Will miró a Jonathan.

Jonathan miró al piso.

Rocket miró a Joyce y maulló, como si él sí fuera a hablar.

—Nada —dijo Jonathan rápido—. Nada, ma.

Joyce no se lo creyó. Pero estaba cansada, y el cansancio a veces te vuelve cobarde.

—Está bien —susurró, y se fue a la cocina.

Will se quedó de pie con los puños apretados.

Rocket se acercó a su pierna y se restregó, buscando calmarlo.

Will lo levantó con cuidado, como si fuera un bebé.

—Tú también lo ves, ¿verdad? —le murmuró al gato.

Rocket ronroneó, grave, como una respuesta.

La discusión explotó tres noches después.

No fue en un momento dramático. No fue después de gritos o de un gran evento. Fue en una cocina con luz amarilla, con el reloj marcando casi las once, con un plato de espagueti barato sobre la mesa.

Will ya había comido.

Joyce había insistido, casi con desesperación, hasta que Will terminó su porción.

Jonathan había “picado” un poco, según él.

Joyce, sin embargo, vio el plato de Jonathan casi intacto.

Vio sus manos temblar cuando tomó el vaso de agua.

Vio su cuello más delgado. Sus clavículas más marcadas.

Y algo en ella se quebró.

—¿Por qué estás tan flaco? —preguntó Joyce.

Jonathan levantó la vista como si le hubieran arrojado agua helada.

—¿Qué?

Joyce señaló su plato con un movimiento brusco.

—No comes. No desayunas. Sólo tomas café. —Su voz subió—. Te estoy viendo, Jonathan. No soy tonta.

Will se quedó quieto, como si la silla se hubiera convertido en trampa.

Rocket estaba en el suelo, mirando de uno a otro con orejas atentas.

Jonathan se echó hacia atrás.

—Estoy bien.

Joyce soltó una risa sin humor.

—No estás bien.

Jonathan apretó la mandíbula.

—Mamá…

—No, no me digas “mamá” como si eso arreglara algo. —Joyce respiró hondo—. ¿Por qué? ¿Por qué estás haciendo esto?

Jonathan abrió la boca. La cerró. Miró a Will, como pidiendo permiso con los ojos.

Will no dijo nada. Sólo lo miró.

Jonathan tragó saliva.

—No es sobre mí.

Ahí fue donde Joyce se puso de pie.

La silla rechinó contra el piso.

—¡Claro que es sobre ti! —dijo, golpeando la mesa con la palma—. ¡Eres mi hijo!

Rocket se sobresaltó y se escondió bajo la mesa, pero no se fue. Se quedó ahí, como guardia.

Jonathan se puso rojo, una mezcla de vergüenza y furia.

—Siempre tienes algo que arreglar con Will —dijo él, y la frase salió como una espina—. Siempre hay algo. Siempre es… —se interrumpió, respirando fuerte—. Siempre es sobre Will.

Will se encogió, como si lo hubieran nombrado en un juicio.

Joyce parpadeó. Su boca se entreabrió.

—Jonathan… no—

—No, sí. —Jonathan se levantó también, y por un segundo Joyce vio al niño que había tenido que crecer demasiado rápido—. Tú te levantas por Will. Corres por Will. Te desvelas por Will. —Se rió, pero era una risa rota—. Y está bien. Está bien. Porque Will… —miró a su hermano, y el dolor en sus ojos era real—. Porque Will lo merece.

Will negó con la cabeza, rápido, como si quisiera borrar esa conversación.

—No…

—Pero yo… —Jonathan se llevó una mano al pecho—. Yo no puedo ser otro problema.

Joyce sintió que el aire se le escapaba.

—¿Qué estás diciendo?

Jonathan miró su plato. Su voz bajó.

—Estoy diciendo que si yo me caigo… ¿quién te sostiene?

El silencio fue tan pesado que hasta el reloj pareció hacer menos ruido.

Will se puso de pie despacio, como si un movimiento brusco lo fuera a romper.

Rocket salió de debajo de la mesa y caminó hacia Jonathan, pegándose a su pierna, ronroneando como si intentara anclarlo.

Joyce se llevó una mano a la boca.

—Oh, Dios… —susurró, y sonó como una plegaria.

Jonathan apretó los ojos, como si hubiera dicho demasiado. Como si se hubiera traicionado.

—No quería… —murmuró—. No quería decirlo así.

Joyce dio un paso hacia él.

—Jonathan, mírame.

Él no lo hizo.

Joyce siguió, despacio, hasta estar cerca. Su voz se volvió más suave, pero más peligrosa, como cuando estás llorando y no quieres que el mundo lo sepa.

—¿Desde cuándo?

Jonathan soltó aire por la nariz, tembloroso.

—No sé.

—¡No me digas “no sé”! —Joyce se quebró—. ¿Desde cuándo estás dejando de comer?

Will dio un paso hacia Jonathan, y Rocket se adelantó también, como si fueran un equipo.

Jonathan abrió la boca.

Y entonces, de verdad, se mareó.

No fue teatral. No fue como en las películas. Fue un giro mínimo, una pérdida de foco.

Jonathan se llevó una mano al borde de la mesa, buscando apoyo.

—Jon… —dijo Will, asustado.

Joyce extendió los brazos.

Jonathan intentó decir estoy bien, por costumbre, por reflejo.

Pero el suelo subió a su cara primero.

Su cuerpo se desplomó.

La silla cayó.

El vaso de agua se volcó, el líquido escurrió como una línea fría.

Joyce gritó su nombre con un terror antiguo.

Will se arrodilló, manos temblorosas, sin saber qué hacer.

Rocket maulló fuerte, un sonido agudo y desesperado, y se subió a la espalda de Jonathan, patas clavándose en la camiseta como si quisiera sostenerlo.

—Jonathan, mírame —sollozó Joyce, inclinándose—. Por favor, por favor, por favor…

Jonathan parpadeó, lento, confundido.

—Ma… —susurró, como un niño.

Joyce lo tomó en sus brazos como si aún tuviera cinco años. Como si aún pudiera cargarlo y sacarlo del peligro.

—Will, trae una manta —ordenó, y su voz no admitía discusión.

Will corrió. Rocket corrió también, pero volvió rápido, como si tuviera miedo de alejarse.

Jonathan no quiso ir al hospital.

Joyce lo consideró. De verdad lo consideró. Pero cuando lo acostó en el sofá, le tomó el pulso y vio que, aunque débil, estaba ahí. Cuando lo vio beber agua con sorbos pequeños. Cuando lo vio reaccionar a su voz.

Y cuando vio el miedo en Will, supo que un hospital a medianoche podía ser otra guerra.

Así que hizo lo que podía.

Sopa.

Té.

Una manta.

Y presencia.

Will se sentó en el piso junto al sofá, con Rocket en su regazo. El gatito, por primera vez en días, no se movía. Sólo observaba.

Jonathan tenía los ojos cerrados. Su cara parecía más pálida bajo la lámpara.

Joyce se sentó al borde del sofá.

—No voy a gritar —dijo, y su voz tembló—. Ya no.

Jonathan tragó saliva, sin abrir los ojos.

—Lo siento.

Joyce se inclinó, rozándole el cabello con la yema de los dedos. Estaba más áspero de lo normal.

—No. —Respiró hondo—. No quiero un “lo siento”. Quiero… entender.

Jonathan abrió los ojos. Miró al techo, no a ella.

—No quería que te preocuparas.

Joyce soltó una risa triste.

—Cariño… vivo preocupada.

Will apretó a Rocket. Rocket ronroneó bajito, como motorcito.

—Will… —dijo Jonathan, y su voz se quebró—. Yo no quería…

Will lo interrumpió.

—No quiero tu comida —dijo, y su voz salió dura, demasiado madura para su edad—. No quiero que te desaparezcas por mí.

Jonathan giró la cabeza. Sus ojos se clavaron en los de Will.

—No estaba desapareciendo.

Will señaló con la barbilla.

—Te caíste.

Jonathan abrió la boca, pero no tuvo argumento. Sólo respiró.

Rocket saltó del regazo de Will al sofá con una torpeza cuidadosa.

Caminó sobre la manta y se acomodó justo en el pecho de Jonathan, como si se declarara dueño del lugar.

Jonathan soltó una exhalación, sorprendida.

—Pesa para ser tan chico —murmuró.

Rocket lo miró fijo y luego empujó la cabeza contra su barbilla.

Joyce sintió un nudo en la garganta.

—Jonathan… —dijo ella—. Tú no eres una porción que se divide.

Jonathan frunció el ceño, confundido.

Joyce se señaló a sí misma.

Se señaló a Will.

Se señaló a Jonathan.

—Yo no los amo por turnos. No tengo… —buscó la palabra—. No tengo un cupón de amor que se gasta si lo uso con uno.

Jonathan tragó saliva. Sus ojos brillaron.

—Pero tú estás cansada, ma. —Su voz bajó—. Estás… rota. Por todo. Y Will…

Will bajó la mirada.

Joyce se endureció, pero no con él. Con la idea. Con el destino. Con Lonnie. Con el monstruo de otra dimensión. Con todo lo que les había robado.

—Sí, estoy cansada. —Joyce asintió—. Y aun así… nunca quise que tú aprendieras a borrarte para que yo pudiera respirar.

Jonathan cerró los ojos.

Una lágrima se escapó por el costado.

Rocket la olfateó y la lamió, como si fuera sal interesante.

Will hizo un sonido ahogado.

—Yo también… —dijo Will, y le costó—. Yo también te necesito, Jon.

Jonathan abrió los ojos de golpe. Esa frase lo atravesó.

—No digas eso —susurró él, como si fuera demasiado grande.

Will se acercó al sofá. Su mano dudó un segundo, y luego se posó en el brazo de Jonathan, suave.

—Es verdad.

Joyce sintió que el pecho se le abría. Se inclinó sobre Jonathan y lo abrazó. No un abrazo rápido. No uno de “todo bien” y ya. Uno que decía aquí estás, aquí te quedas.

Jonathan se quedó rígido al principio, como si no supiera qué hacer con tanto calor. Como si el cuerpo no recordara cómo se recibía algo sin pagarlo.

Luego, lentamente, se aflojó.

Se quebró.

Lloró en silencio.

Joyce lo apretó más.

—No necesito que seas el fuerte —susurró Joyce contra su cabello—. Necesito que seas mi hijo.

Rocket ronroneó más fuerte, vibrando sobre el pecho de Jonathan.

Will se subió al sofá también, torpe, buscando un lugar donde caber en ese abrazo sin romperlo.

Por un momento, los tres estuvieron juntos, respirando el mismo aire.

Y el mundo, al fin, dejó de girar.

Más tarde, Joyce calentó un poco de sopa otra vez. Esta vez no fue un “¿quieres?” suave.

Fue una decisión.

Puso tres tazones. Tres cucharas. Tres porciones similares. No perfectas, porque la vida no era perfecta. Pero justas.

Jonathan intentó decir “no tengo hambre” por reflejo.

Joyce lo miró, sin enojo, sin sarcasmo. Sólo con verdad.

—Sí tienes.

Jonathan tragó saliva.

Will empujó su tazón hacia Jonathan… pero no para dárselo. Sólo para acercarlo, como diciendo quédate aquí.

Rocket saltó a la mesa y metió la nariz en el tazón de Jonathan.

—Rocket, no —dijeron Will y Joyce al mismo tiempo.

Rocket los ignoró. Maulló y luego miró a Jonathan fijo, como si lo retara.

Jonathan soltó una risa pequeña, ronca.

—Está bien —murmuró—. Está bien, ya.

Tomó la cuchara.

La mano le tembló un poco. Joyce se mantuvo quieta, como si un movimiento brusco pudiera espantar ese momento.

Jonathan llevó la sopa a la boca.

Tragó.

Su garganta se movió como si recordara cómo.

Will exhaló, aliviado, y su cara se suavizó por primera vez en horas.

Joyce sintió que quería llorar otra vez, pero no lo hizo. Se limitó a comer también, despacio, como si eso fuera un ritual.

Rocket, satisfecho porque había ganado, se acomodó en la silla de al lado y empezó a lavarse una pata con dignidad.

—¿Ves? —dijo Will, intentando sonar normal—. Rocket te obligó.

Jonathan lo miró y por primera vez esa noche su sonrisa llegó a los ojos.

—Sí —susurró—. Rocket es el jefe.

Will rió, un sonido real.

Joyce se permitió sonreír.

No era un final perfecto.

Mañana Jonathan todavía tendría hábitos difíciles. Joyce todavía tendría miedo de soltar a Will. Will todavía tendría pesadillas.

Pero esa noche, en esa cocina, con sopa barata y un gato terco, algo cambió.

Jonathan no se borró.

Y Joyce, por fin, lo vio.

Chapter 13: Mi bebé bueno

Chapter Text

Joyce siempre lo decía con orgullo.

—Es tan bueno… tan fácil… mi bebé bueno.

Lo decía en la tienda cuando Jonathan no hacía berrinche por los dulces.

Lo decía en la clínica cuando él esperaba su turno sin llorar.

Lo decía en el trabajo cuando explicaba por qué podía llevarlo a veces:

—No da problemas. Se entretiene solo.

Jonathan no entendía exactamente qué significaba “fácil”.

Pero sabía que cuando su mamá lo decía, sonreía.
Y si mamá sonreía, entonces estaba bien.

Así que él aprendió.

Aprendió a no pedir agua hasta que le doliera la garganta.

Aprendió a no llorar cuando se raspaba las rodillas.

Aprendió a quedarse quieto aunque tuviera miedo.

Porque los bebés buenos no complican.

Los bebés buenos no molestan.

Los bebés buenos esperan.

Y Jonathan era bueno.

Rocket llegó cuando Jonathan tenía tres años y medio.

Un gatito negro con manchas blancas en el pecho, bigotes largos y ojos demasiado grandes para su carita pequeña.

El refugio dijo que era inquieto.

Que mordía cordones.

Que trepaba cortinas.

Jonathan lo miró desde atrás de las piernas de Joyce.

Rocket lo miró de vuelta.

Y fue eso.

El gatito salió disparado, ignoró a todos los demás, y se estrelló directamente contra Jonathan. No con violencia. Con decisión. Como si ya supiera.

Jonathan dio un pequeño paso atrás.

Rocket se metió debajo de su chamarra abierta.

Y luego, con total confianza, se acomodó contra su pancita.

Jonathan se quedó congelado.

—Mamá… —susurró.

Joyce rió.

—Parece que te eligió.

Jonathan bajó la mirada.

El gatito ya estaba ronroneando.

Y algo tibio se expandió en su pecho.

Lo abrazó.

Con cuidado. Con miedo de hacerlo mal.

Rocket metió la cabeza dentro de su camiseta.

Como si buscara refugio.

En casa, Joyce repetía lo mismo de siempre:

—Eres tan bueno… tan fácil…

Jonathan asentía.

Si Rocket tiraba algo, Jonathan decía que había sido él.

Si el gato rompía una bolsa de harina, Jonathan limpiaba sin llamar a mamá.

Si Rocket mordía su dedito con sus dientitos nuevos, Jonathan apretaba los labios y no lloraba.

Porque era bueno.

Porque no quería que su mamá estuviera cansada.

Porque veía las ojeras.

Porque escuchaba el suspiro cuando llegaba del trabajo.

Porque sabía que el dinero no alcanzaba.

Así que cuando tenía miedo en la noche…

No llamaba.

Rocket sí.

Rocket se metía debajo de su pijama.

Literalmente.

Empujaba con la cabecita hasta colarse por el cuello ancho de la camiseta.

Jonathan se reía bajito.

—Rocket… cosquillas…

Los bigotes le rozaban el pecho.

Las patitas frías buscaban calor.

La colita golpeaba su barbilla.

Y Jonathan lo abrazaba fuerte.

Si tenía miedo, no llamaba a mamá.

Abrazaba al gato.

Porque los bebés buenos no despiertan a mamá.

Un día en el parque, Jonathan se cayó.

Nada grave.

Un raspón en la palma.

Pero ardía.

Mucho.

Se quedó mirando la sangre, confundido.

Otros niños gritaban.

Uno lloraba.

Una mamá corría.

Jonathan parpadeó.

Respiró.

Se levantó.

Caminó hacia Joyce con la mano escondida detrás de la espalda.

—¿Te divertiste? —preguntó ella, sonriendo.

Jonathan asintió.

—Sí.

Esa noche, cuando Joyce le quitó la pijama, vio la herida.

—¿Qué pasó?

Jonathan bajó la mirada.

—Nada.

—Cariño, esto no es nada.

Él dudó.

—Me caí.

—¿Y por qué no me dijiste?

Silencio.

Jonathan se encogió de hombros.

Rocket, que estaba en la cama, saltó y le olfateó la mano herida.

Jonathan hizo una mueca de dolor… pero no lloró.

Joyce sintió algo extraño en el pecho.

—¿Te dolió?

Otra pausa.

Jonathan pensó la respuesta correcta.

—Un poquito.

Pero no había sido “un poquito”.

Había sido mucho.

La cita con el pediatra fue una semana después.

Chequeo general.

Peso.

Altura.

Preguntas.

—Es muy tranquilo —dijo Joyce con orgullo—. No hace berrinches. No reclama. Se entretiene solo. Es tan bueno… tan fácil…

El doctor levantó la mirada.

—¿Nunca hace berrinches?

—No.

—¿Nunca exige atención?

Joyce sonrió.

—Casi nunca.

El pediatra miró a Jonathan, que estaba sentado derecho, manos en las rodillas, mirando el piso.

—Jonathan —dijo suavemente—. Si te duele algo, ¿se lo dices a mamá?

Jonathan levantó la mirada.

Mamá estaba sonriendo.

Así que él sonrió también.

—Sí.

Pero Rocket no estaba ahí.

Y sin Rocket, la verdad se sentía más pesada.

El doctor apoyó el bolígrafo.

—Los niños que no reclaman no siempre son los más tranquilos —dijo con calma—. A veces son los que aprendieron que no deben molestar.

Joyce frunció el ceño.

—Jonathan no molesta.

—Todos los niños molestan. Es parte de crecer. Es sano.

Silencio.

—Los bebés también necesitan reclamar espacio —añadió el médico—. Necesitan probar que alguien viene cuando llaman.

La frase quedó flotando.

Joyce miró a su hijo.

Jonathan seguía muy quieto.

Demasiado quieto.

Esa noche, Jonathan tuvo pesadilla.

Un ruido.

Sombras en la pared.

Un crujido en la ventana.

Se despertó con el corazón acelerado.

Se quedó inmóvil.

Los bebés buenos no gritan.

Rocket apareció segundos después.

Como siempre.

Se subió a la cama, caminó directo hasta su pecho, y empujó con la cabeza hasta meterse por el cuello de la pijama.

Jonathan lo dejó entrar.

Se aferró.

Pero esa noche el miedo era más grande.

Sus manos temblaban.

Rocket maulló.

Fuerte.

Jonathan abrió los ojos.

—Shhh…

Rocket volvió a maullar.

Más fuerte.

Y entonces saltó de la cama.

Corrió por el pasillo.

Jonathan se sentó.

Confundido.

Escuchó pasos.

—¿Rocket? —la voz de Joyce, somnolienta.

Otro maullido insistente.

Pasos más rápidos.

La puerta se abrió.

La luz del pasillo iluminó la habitación.

Joyce miró a Jonathan.

Sentado.

Despierto.

Temblando.

—¿Cariño?

Jonathan dudó.

Era el momento de decir que estaba bien.

Era el momento de sonreír.

Pero Rocket regresó, saltó a la cama y volvió a empujar su cabeza contra su pecho.

Insistente.

Como diciendo: dile.

Jonathan sintió el nudo en la garganta.

Y algo se rompió.

—Mamá…

La palabra salió pequeña.

Frágil.

Joyce se acercó de inmediato.

—¿Sí?

Jonathan apretó los puños.

—Tuve miedo.

Fue apenas un susurro.

Pero fue honesto.

Joyce sintió que el aire le faltaba.

Se sentó en la cama.

Lo abrazó.

Jonathan se quedó rígido al principio.

Como si no supiera qué hacer cuando alguien lo abrazaba sin que él lo pidiera.

Joyce besó su cabello.

—Puedes tener miedo.

Jonathan tragó saliva.

—Pero soy bueno…

La frase la partió en dos.

—Ser bueno no significa estar solo.

Él la miró.

Confundido.

Ella tomó su carita entre las manos.

—Puedes llorar. Yo voy a venir.

Las palabras fueron suaves.

Firmes.

Verdaderas.

Jonathan parpadeó.

—¿Aunque estés cansada?

—Aunque esté cansada.

—¿Aunque esté trabajando?

—Siempre.

Rocket ronroneó entre los dos.

Jonathan dudó.

Y entonces hizo algo que no hacía desde bebé.

Se lanzó contra su mamá.

Entero.

Sin medir.

Y lloró.

No fuerte.

No escandaloso.

Pero profundo.

Como si estuviera dejando salir todos los “estoy bien” que no había dicho.

Joyce lo sostuvo.

Sin apuro.

Sin pedirle que se calmara.

Sin decirle que ya pasó.

Solo repitiendo:

—Aquí estoy.

—Aquí estoy.

—Aquí estoy.

Rocket se acomodó entre ambos, mitad dentro de la pijama de Jonathan, mitad aplastado contra el pecho de Joyce.

Guardando el espacio.

Los cambios fueron pequeños.

Pero constantes.

Cuando Jonathan se raspó otra vez, Joyce vio la mueca.

—¿Te duele?

Jonathan dudó.

Luego asintió.

—Sí.

—Ven.

Y lo limpió.

Cuando Rocket tiró un vaso, Jonathan abrió la boca para decir “fui yo”.

Joyce negó con la cabeza.

—No tienes que cubrirlo.

Rocket maulló, como ofendido.

Jonathan rió.

Y cuando en el supermercado Jonathan pidió que lo cargaran…

Joyce lo levantó.

Sin mencionar que ya estaba grande.

Sin decir que caminara.

Solo sosteniéndolo.

Porque podía.

Porque quería.

Porque ahora sabía que ser “fácil” no era lo mismo que estar bien.

Una tarde, mientras doblaban ropa, Jonathan se acercó.

—Mamá.

—¿Sí?

Él jugaba con el borde de su camiseta.

—Si lloro… ¿de verdad vienes?

Joyce dejó la ropa.

Se arrodilló frente a él.

—Sí.

—¿Siempre?

—Siempre que pueda respirar, voy a venir.

Jonathan procesó eso.

Luego asintió.

Rocket apareció de la nada, como si hubiera estado escuchando, y se metió por debajo de la camiseta de Jonathan otra vez.

Jonathan se rió.

—Rocket también viene.

Joyce sonrió.

—Entonces somos dos.

Jonathan levantó la mirada.

Y por primera vez, no sonrió para tranquilizarla.

Sonrió porque se sentía seguro.

Se inclinó hacia adelante.

La abrazó fuerte.

Rocket atrapado en medio.

—No quiero ser fácil —murmuró.

Joyce le besó la frente.

—No tienes que serlo.

—¿Puedo ser… difícil?

Ella rió, con lágrimas en los ojos.

—Puedes ser lo que necesites.

Jonathan apoyó la cabeza en su pecho.

Rocket ronroneó.

Y en esa casa pequeña, con cuentas por pagar y cansancio acumulado, algo se acomodó mejor que cualquier mueble.

Jonathan ya no era “el bebé bueno”.

Era un niño.

Con miedo.

Con voz.

Con espacio.

Y cada vez que dudaba…

Joyce repetía, firme:

—Puedes llorar. Yo voy a venir.

Y esta vez, Jonathan le creía.

Chapter 14: Rocket Primero

Chapter Text

La primera vez que Rocket persiguió su propia cola, Joyce soltó una carcajada que llenó la cocina.

No fue una risa pequeña.

Fue de esas que salen desde el pecho, sorprendidas, sinceras.

Jonathan, sentado en el suelo con un bloque de madera entre los dedos, levantó la vista.

Rocket giraba en círculos torpes, sus patitas resbalando sobre el linóleo.

Su colita esponjada parecía tener vida propia.

Joyce aplaudía suavemente.

—¡Míralo, Jon! ¡Está cazando su cola!

Jonathan miró.

Sonrió un poquito.

Pero no dijo nada.

Rocket era bebé todavía. Tenía la barriga redonda, las orejas demasiado grandes para su cabeza y esos bigotes largos que Jonathan había decidido que eran “antenas secretas”.

Jonathan también era pequeño. Tres años.

Silencioso.

Observador.

Rocket maullaba fuerte cuando quería atención.

Saltaba, trepaba, mordía cordones, se enredaba en las cortinas. Era imposible ignorarlo.

Jonathan no maullaba.

Jonathan esperaba.

Joyce no se daba cuenta al principio.

No era favoritismo. Era inercia. Rocket reaccionaba a todo. Si Joyce movía un dedo, él saltaba. Si decía su nombre, él corría. Si reía, él hacía algo aún más gracioso.

Jonathan simplemente miraba.

Y cuando Joyce se agachaba para hacer cosquillas en la pancita del gatito, Jonathan bajaba la vista hacia sus manos.

Una tarde, Joyce movía una cuerdita delante de Rocket. El gatito saltaba una y otra vez, exageradamente dramático.

—¡Oh! ¡Casi lo atrapas!

Jonathan se acercó despacio.

Extendió la manita hacia la cuerda.

Joyce, sin mirar, la levantó más alto para que Rocket saltara.

La cuerda pasó por encima de la mano de Jonathan.

Él la retiró.

Se sentó un poquito más lejos.

No lloró.

No llamó.

Solo empezó a girar el bloque de madera entre sus dedos.

No fue inmediato.

Pero Joyce empezó a notar pequeñas cosas.

Jonathan ya no se acercaba cuando ella jugaba con Rocket.

Si ella decía:

—Ven, mi amor, mira lo que hace Rocket…

Jonathan giraba la cara.

No con enojo.

Con cuidado.

Como si no quisiera interrumpir.

Una noche, Joyce intentó hacerle cosquillas.

Jonathan se encogió.

Fue leve. Apenas un segundo.

Pero Joyce lo sintió como un golpe.

—¿Cariño?

Jonathan negó con la cabeza.

—No.

No era un “no” fuerte.
Era un “no” suave. De esos que no quieren molestar.

Y eso fue lo que más dolió.

Ocurrió una mañana fría.

Joyce estaba sentada en el suelo con Rocket, que atacaba sus dedos con fiereza fingida. Reía otra vez.

Jonathan estaba detrás, con su pequeño cuaderno de dibujos.

Dibujaba tres figuras.

Una grande.

Un niño.

Un gato.

Pero el gato estaba en medio.

Joyce lo vio cuando Jonathan dejó el cuaderno en la mesa.

No fue el dibujo lo que la rompió.

Fue que Jonathan había dibujado su propia figura un poquito más pequeña que el gato.

Y más lejos.

Joyce sintió algo hundirse en su pecho.

—Jon…

Él ya estaba caminando hacia su cuarto.

Sin ruido.

Joyce entró despacio.

Jonathan estaba sentado en su cama, abrazando su almohada.

Rocket había saltado detrás de ella y estaba intentando trepar la colcha.

Joyce, por primera vez, lo tomó con suavidad y lo dejó fuera.

Cerró la puerta.

Solo ella y Jonathan.

Se sentó en el borde de la cama.

—¿Cariño… estás triste?

Jonathan negó.

Silencio.

Joyce esperó.

No llenó el espacio.

Jonathan apretó la almohada un poco más fuerte.

—Rocket salta más alto.

La frase fue pequeña.

Casi técnica.

Joyce tragó.

—¿Y eso te pone triste?

Jonathan dudó.

Luego asintió apenas.

—Tú te ríes más.

Ah.

Ah.

Eso era.

No celos infantiles.

No rabieta.

Era comparación.

Era ese pensamiento silencioso de:

Si él hace más ruido, tal vez mamá lo quiere más.

Joyce se deslizó completamente sobre la cama y lo envolvió en sus brazos.

Jonathan no se resistió.

Pero tampoco respondió de inmediato.

—Escúchame bien —susurró Joyce contra su cabello—. Rocket es un bebé. Hace ruido porque no sabe pedir de otra forma. Tú no haces ruido… porque confías en mí.

Jonathan respiró tembloroso.

—Pero te ríes…

—Me río porque es gracioso. Pero cuando tú sonríes, Jon… eso es mi cosa favorita en el mundo.

Silencio.

—¿Más que Rocket?

Joyce no dudó.

—Muchísimo más.

Jonathan levantó la mirada.

Necesitaba certeza.

Joyce sostuvo su carita con ambas manos.

—Tú siempre vas primero.

Al día siguiente, Joyce anunció algo solemne.

Se arrodilló frente a Jonathan.

—Desde hoy tenemos algo especial.

Jonathan parpadeó.

—¿Qué?

—Tiempo solo mamá y Jonathan. Todos los días. Antes de jugar con Rocket. Antes de todo.

Jonathan frunció el ceño.

—¿Solo nosotros?

—Solo nosotros.

Rocket maulló desde la cocina.

Jonathan miró hacia el sonido.

Luego volvió a mirar a su mamá.

—¿Cinco minutos?

Joyce sonrió.

—Diez.

Los ojos de Jonathan se abrieron grandes.

—¿Muchos?

—Los suficientes.

Se sentaron en el sofá.

Sin juguetes.

Sin gato.

Joyce dejó su café sobre la mesa y tomó las manitas de Jonathan.

—¿Qué quieres hacer?

Jonathan pensó mucho.

—¿Cantar?

Joyce cantó bajito. Una canción vieja que su propia madre le cantaba.

Jonathan se recostó contra su pecho.

No estaba tenso.

No estaba esperando turno.

Solo estaba ahí.

Después de un rato, él levantó la cabeza.

—¿Ya jugamos con Rocket?

Joyce sonrió.

—Ahora sí.

Y cuando Rocket saltó sobre la alfombra, Jonathan fue el primero en reír.

Dibujaron.

Joyce dibujó pésimo.

Jonathan corrigió.

—No, mamá. Las orejas son más grandes.

—Tienes razón.

Cuando terminaron, Jonathan dibujó otra vez tres figuras.

Esta vez, él estaba en medio.

Y Rocket estaba sobre su hombro.

Joyce tuvo que respirar hondo.

Jonathan pidió algo inesperado.

—¿Me cargas?

Joyce lo alzó inmediatamente.

Se aferró a ella con las piernas y la abrazó fuerte.

Rocket maulló celoso desde el suelo.

Jonathan miró hacia abajo.

—Espera, Rocket.

No fue cruel.

Fue seguro.

Joyce besó su cabello.

—Siempre primero tú.

Una tarde, Rocket volvió a hacer algo adorable. Se enredó en papel de regalo y caminó como si fuera un fantasma diminuto.

Joyce soltó una risa fuerte otra vez.

Pero esta vez, antes de seguir jugando, miró a Jonathan.

Él la estaba mirando.

No con tristeza.

Con expectativa.

Joyce extendió la mano hacia él.

—¿Vienes conmigo?

Jonathan dudó un segundo.

Luego corrió.

Se sentó en su regazo.

Rocket intentó trepar también.

Joyce sostuvo primero a Jonathan.

Después levantó al gato.

Jonathan no se apartó.

Se quedó.

Esa noche, mientras lo arropaba, Jonathan preguntó:

—¿Si Rocket salta más alto, tú me sigues queriendo más?

Joyce se inclinó hasta que sus frentes se tocaron.

—Aunque Rocket volara, aunque hablara, aunque aprendiera a cocinar… tú siempre vas primero.

Jonathan pensó en eso.

Luego sonrió.

Una sonrisa abierta.

De esas que casi no mostraba.

—Soy primero.

—Siempre.

Rocket saltó sobre la cama y se acomodó en los pies.

Jonathan lo miró.

Luego miró a su mamá.

Y, por primera vez en días, no giró la cara cuando ella lo besó.

Con el tiempo, Rocket fue incluido en el “tiempo especial”.

Pero siempre después.

Jonathan lo sabía.

No necesitaba competir.

A veces, incluso era él quien decía:

—Ahora Rocket.

Porque cuando un niño sabe que es elegido primero…
no teme compartir.

Joyce lo aprendió tarde.

Pero lo aprendió.

Y cada noche, cuando Jonathan se acurrucaba contra ella sin dudar, entendía algo esencial:

El amor no se divide.

Pero la atención sí.

Y los niños silenciosos necesitan que alguien note cuando empiezan a girar la cara.

Chapter 15: Siempre con el osito

Chapter Text

Jonathan no soltaba su osito nunca.

Era pequeño, de felpa marrón ya gastada en algunas costuras. Tenía una oreja ligeramente torcida y un ojo apenas más flojo que el otro. Nada especial para cualquiera que lo mirara desde fuera.

Pero Jonathan lo sostenía como si fuera lo único estable en el mundo.

Joyce lo notó desde que él tenía tres años. Pensó que era ternura normal. Un apego común. Algo que se iría solo con el tiempo.

—Es su etapa —le dijo a la señora del supermercado cuando lo vio aferrado al peluche mientras intentaba pagar con una mano.

Jonathan no protestaba. No lloraba. No hacía berrinche.

Simplemente… no lo soltaba.

Las primeras veces que Joyce notó algo distinto fue al salir de casa.

—Vuelvo en unas horas, cariño.

Jonathan asentía.

Pero sus dedos se cerraban alrededor del osito.

Lo apretaba fuerte contra el pecho, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Rocket, el gatito blanco y negro, lo observaba desde el sofá con ojos curiosos.

A veces se acercaba, olfateaba el peluche y daba un pequeño manotazo juguetón.

Jonathan no se reía.

Solo abrazaba más fuerte.

Una tarde, Joyce olvidó algo y regresó cinco minutos después.

Abrió la puerta en silencio.

Jonathan estaba sentado en el suelo, junto al sofá.

No jugaba.

No miraba la televisión.

No lloraba.

Solo estaba allí, abrazando el osito tan fuerte que sus nudillos estaban blancos.

Balanceándose apenas.

Adelante.

Atrás.

Adelante.

Atrás.

Joyce sintió algo extraño en el pecho.

—¿Mi amor?

Jonathan levantó la mirada.

Sonrió.

—Estoy bien, mamá.

Pero no soltó el osito.

Dormía abrazándolo.

No era solo que lo tuviera cerca.

Lo apretaba contra el estómago.

A veces contra la cara.

Como si necesitara sentir algo cálido pegado a él.

Una madrugada, Joyce fue a cubrirlo porque se había destapado.

Notó que Jonathan estaba inquieto.

Sus manos temblaban apenas.

El osito estaba presionado contra su boca.

Como si lo estuviera usando para… respirar.

Joyce se quedó un segundo observando.

Rocket apareció de la nada y saltó a la cama.

El gato olfateó la oreja del peluche.

La mordió.

Jonathan reaccionó como si le hubieran tocado un nervio expuesto.

—¡No!

Su voz fue más fuerte de lo habitual.

Rocket saltó hacia atrás, sorprendido.

Jonathan abrazó el osito contra su pecho, casi protegiéndolo.

Joyce se acercó.

—Tranquilo, cielo. Es solo Rocket.

Jonathan respiraba rápido.

Demasiado rápido.

—No lo muerdas… —susurró, mirando al gato.

Rocket inclinó la cabeza.

Joyce sintió que algo no estaba encajando.

El cambio real vino semanas después.

Joyce intentó lavar el osito.

Estaba sucio. Tenía manchas de jugo. Un poco de polvo. Olía a casa… y a niño pequeño.

—Voy a lavarlo mientras te bañas, ¿sí?

Jonathan se quedó inmóvil.

—No.

—Solo un momento.

—No.

Joyce intentó sonreír.

—Cariño, necesita limpiarse.

Jonathan retrocedió un paso.

Y otro.

Y otro.

Hasta chocar contra la pared.

Abrazó el osito como si Joyce estuviera intentando arrebatárselo para siempre.

—¡No lo toques!

Fue la primera vez que le gritó.

La primera vez que su voz no fue suave.

Rocket, desde el pasillo, se quedó quieto.

Joyce también.

El silencio fue pesado.

Jonathan respiraba rápido.

Sus ojos estaban demasiado abiertos.

Demasiado asustados.

—Jonathan… soy yo.

Pero él negó con la cabeza.

Y eso fue peor que el grito.

Esa noche, Joyce intentó abrazarlo.

Jonathan no dejó el osito ni un segundo.

Ella extendió los brazos.

Él se encogió.

Literalmente se encogió.

Como si el contacto fuera inesperado.

Como si no supiera si era seguro.

Joyce sintió un golpe en el estómago.

—¿Ya no quieres que te abrace?

Jonathan bajó la mirada.

No dijo que no.

Pero tampoco dijo que sí.

Solo apretó el osito.

Como si el peluche fuera más confiable.

Más constante.

Más… seguro.

Joyce comprendió algo con una claridad dolorosa.

Cuando ella se iba a trabajar.

Cuando llegaba tarde.

Cuando estaba demasiado cansada.

Jonathan no lloraba.

No pedía brazos.

No decía nada.

Se quedaba con el osito.

Sustituyendo.

Sustituyéndola.

Joyce se sentó en el suelo frente a él al día siguiente.

Rocket estaba en medio, jugando con un hilo imaginario.

—¿Te sientes solo cuando me voy?

Jonathan dudó.

Luego asintió.

Un gesto mínimo.

—¿Y el osito te ayuda?

Asintió otra vez.

—¿Porque parece que alguien te está abrazando?

Esta vez, sus ojos se llenaron un poco.

No lloró.

Pero la verdad estaba ahí.

—Huele a casa —susurró.

Joyce se quedó quieta.

—¿Huele a mí?

Jonathan apretó el peluche contra la cara.

Asintió.

Y Joyce sintió que el corazón se le rompía y se reconstruía al mismo tiempo.

Esa noche, Joyce tomó una de sus camisetas más suaves.

La usó todo el día.

Cocinó con ella.

Abrazó a Jonathan con ella.

Jugó con Rocket con ella.

Después, con cuidado, la envolvió alrededor del osito.

Como una pequeña mantita.

—Así… cuando me vaya… seguirá oliendo a mí.

Jonathan la miró.

Luego miró el osito.

Luego la miró a ella.

No dijo nada.

Pero no retrocedió cuando Joyce se acercó.

No se encogió.

Ella extendió los brazos lentamente.

Jonathan dudó.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Luego avanzó.

Todavía abrazando el osito.

Pero también apoyándose contra ella.

Joyce lo envolvió con cuidado.

Sin forzarlo.

Sin quitarle el peluche.

Solo sumándolo.

Rocket saltó a la cama y, esta vez, en lugar de morder la oreja del osito, se acurrucó contra la pierna de Jonathan.

Como si hubiera entendido.

Días después, Joyce volvió del trabajo.

Encontró a Jonathan en el sofá.

Con el osito en el regazo.

Pero no lo estaba apretando.

Estaba sentado tranquilo.

Rocket dormía encima del peluche, usando su panza como almohada.

Jonathan levantó la vista.

—Mamá.

Joyce abrió los brazos.

Y esta vez…

Jonathan dejó el osito en el sofá.

Solo por un momento.

Corrió hacia ella.

Y se abrazó directamente a su cintura.

Sin sustituto.

Sin intermediarios.

Solo él.

Joyce lo sostuvo fuerte.

—Siempre voy a volver —susurró en su cabello.

Jonathan asintió contra su pecho.

—Lo sé.

Detrás de ellos, Rocket intentó morder la camiseta que envolvía el osito.

Jonathan se giró.

—¡Rocket!

Pero estaba riendo.

Riendo de verdad.

Joyce también.

Porque el osito ya no era el único abrazo en la habitación.

Ahora era un puente.

No un reemplazo.

Esa noche, Jonathan durmió abrazando el osito.

Pero una mano estaba extendida hacia Joyce.

Sus dedos enredados en su camiseta.

Rocket, acomodado entre ambos, movía la cola lentamente.

Jonathan murmuró medio dormido:

—Huele a ti.

Joyce besó su cabello.

—Siempre.

Y por primera vez en mucho tiempo, el osito no estaba siendo apretado con desesperación.

Solo sostenido.

Como se sostiene algo querido.

No algo necesario para sobrevivir.

Chapter 16: La Mano que No Sostenía

Chapter Text

La cámara cae primero.

No es un gran sonido.

No es dramático.

Solo un golpe seco contra el suelo del cuarto.

Jonathan mira su mano antes de mirar la cámara.

La derecha.

La que siempre sostiene todo.

Tiembla.

Hace semanas que le duele, pero él no dice nada.

Porque decirlo sería admitir que algo no está bien.

Y en la casa de los Byers, “no estar bien” nunca es prioridad.

Joyce trabaja doble turno.

Will necesita supervisión constante.

La renta se paga como se puede.

Jonathan no puede ser otro problema.

Así que ignora el dolor.

Está revelando unas fotos cuando la mano simplemente… falla.

No responde.

La cámara se desliza de sus dedos.

El golpe no rompe el lente, pero sí algo más.

Jonathan intenta cerrar el puño.

No puede.

Un dolor agudo le recorre la muñeca hasta el antebrazo.

Se le nubla la vista.

Se apoya en la pared.

Respira.

—Estoy bien —susurra, aunque no hay nadie escuchando.

Intenta levantar la cámara.

No puede sostenerla.

Ahí es cuando entiende que algo está mal de verdad.

Joyce lo nota por cómo sostiene el brazo pegado al pecho.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Jonathan.

Él evita su mirada.

Hospital.

Radiografía.

Fractura por estrés.

El médico explica algo sobre debilidad ósea, mala alimentación, sobrecarga.

Joyce se queda congelada en esa parte.

Mala alimentación.

Jonathan mira al suelo.

No es que no coma.

Es que a veces prefiere dejar el plato para que Will tenga más.

Es que a veces no hay suficiente.

Es que a veces simplemente no siente hambre.

Yeso.

Brazo inmovilizado.

Seis semanas.

Seis semanas sin cámara.

Seis semanas sin poder escribir bien.

Seis semanas sintiéndose inútil.

La cena es incómoda.

Intentar cortar carne con una mano es más difícil de lo que parece.

El cuchillo resbala.

El plato se mueve.

Jonathan aprieta los dientes.

—Déjame ayudarte —dice Joyce.

—No.

El cuchillo cae.

Will mira en silencio.

Joyce se levanta igual.

Corta la comida.

La empuja suavemente hacia él.

Jonathan siente que algo dentro se rompe más que el hueso.

—Puedo hacerlo solo.

—No tienes que hacerlo solo.

Esa frase le duele más.

Porque él siempre lo hace solo.

Dos días después ocurre.

Lo que más temía.

Intentar cargar la cámara con una sola mano para probar si al menos puede sostenerla.

Se le cae otra vez.

Joyce entra justo cuando él intenta recogerla.

—¡No la toques!

Demasiado tarde.

Dolor.

Lágrimas involuntarias.

No por la fractura.

Por la impotencia.

Joyce se arrodilla frente a él.

Le toma la cara con cuidado.

—Mírame.

Jonathan niega.

—No quiero que me veas así.

—¿Así cómo?

Silencio.

—Débil.

La palabra apenas sale.

Joyce respira profundo.

—No estás débil.

—No puedo ni sostener mi cámara.

—Eres más que tu cámara.

Pero para Jonathan… no lo es.

Sucede esa noche.

Está sentado en la cama.

Yeso pesado.

Mano inútil.

Joyce entra con un plato de sopa.

—No tengo hambre.

—No te pregunté.

Se sienta a su lado.

Sopla la cuchara.

La acerca a su boca.

Jonathan se queda inmóvil.

Humillado.

Tiene 16 años.

No es un niño.

No es Will.

—Mamá…

—Abre la boca.

Él intenta no llorar.

Pero cuando ella sostiene la cuchara con tanta naturalidad…
cuando no hay lástima en sus ojos…
solo firmeza y amor…

Algo se quiebra.

Abre la boca.

Traga.

Y las lágrimas caen igual.

—Lo siento —murmura.

Joyce frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Por ser… otra cosa que cuidar.

Ahí es cuando ella deja la cuchara en la mesa.

Lo abraza con cuidado de no tocar el yeso.

Y Jonathan se desarma.

Llora en silencio contra su hombro.

Joyce le besa el cabello.

—Escúchame bien, Jonathan Byers.
No eres una carga.
Eres mi hijo.

Él tiembla.

—No quiero que tengas que hacerlo todo por mí.

—Yo no tengo que hacerlo.
Quiero hacerlo.

Silencio.

—Me estás dando la oportunidad de cuidarte.
Y eso no es humillante. Es un privilegio.

Jonathan no sabía que esas palabras podían doler y sanar al mismo tiempo.

Los días pasan.

Aprende a escribir con la izquierda.

Torpe.

Desordenado.

Se frustra.

Joyce lo acompaña.

No lo sobreprotege.

Pero tampoco lo deja aislarse.

Una tarde él la observa lavar platos.

Con ambas manos.

Rápida.

Segura.

Él sostiene la cuchara con una.

Lenta.

Insegura.

—¿Mamá?

—¿Mm?

—¿Alguna vez te sentiste inútil?

Joyce se ríe bajito.

—Todos los días.

Él la mira sorprendido.

—La diferencia es que aprendí que necesitar ayuda no me hace menos fuerte.

Se acerca.

Le toma el yeso.

—A veces el cuerpo se rompe para recordarnos que no somos de acero.

Jonathan traga saliva.

Mira su mano inmóvil.

Se da cuenta de algo.

Siempre fue él quien sostenía la cámara.

Quien capturaba.

Quien observaba desde fuera.

Nunca el que era sostenido.

Nunca el que estaba dentro del encuadre.

Quizá… esa era la lección.

Última noche antes de dormir.

Joyce entra para revisar que no tenga dolor.

Jonathan está despierto.

—¿Te duele?

—Un poco.

Se sienta al borde de la cama.

—¿Quieres que me quede?

Silencio breve.

Antes él habría dicho que no.

Que está bien.

Que puede solo.

Esta vez no.

Asiente.

Joyce se recuesta a su lado con cuidado.

Jonathan apoya la cabeza en su hombro.

Como cuando era pequeño.

No hay palabras.

Solo respiración compartida.

—Mamá…

—¿Sí?

—Gracias por… no dejarme ser fuerte todo el tiempo.

Joyce sonríe en la oscuridad.

—No tienes que ser fuerte conmigo.

Y por primera vez desde que se rompió la mano…

Jonathan no se siente roto.

Se siente sostenido.

Chapter 17: El osito roto

Chapter Text

Jonathan tenía cinco años cuando el osito se rompió.

No fue un gran accidente.

No hubo gritos.

No hubo fuego ni monstruos ni luces parpadeando.

Solo un hilo suelto.

El osito era pequeño, marrón claro, con una oreja ligeramente más caída que la otra y un parche cosido en la barriga que Joyce había remendado años atrás. No era nuevo ni bonito. Tenía el pelaje gastado de tanto abrazarlo por las noches.

Jonathan lo llevaba a todas partes.

Dormía con él.

Comía con él sentado a su lado.

Lo sentaba frente al televisor como si también estuviera viendo caricaturas.

El osito tenía nombre, pero Jonathan casi nunca lo decía en voz alta. Era un secreto entre ellos.

Aquella tarde, estaba sentado en el suelo de la sala, con las piernas cruzadas y la lengua apenas asomando por la concentración, cuando notó algo raro.

Un pequeño agujero en el costado.

Sacó el dedo índice y lo metió con cuidado.

El relleno blanco sobresalió como una nube herida.

Se quedó inmóvil.

—Mamá…

Joyce estaba en la cocina. El sonido de la sartén y el extractor cubrían su voz.

—¿Sí, cariño?

Jonathan miró el agujero otra vez.

Era pequeño.

Pero los agujeros pequeños se hacen grandes.

—Mi oso…

—Ahora voy, cielo. Dame un minuto.

Jonathan asintió, aunque ella no lo estaba mirando.

Un minuto.

Esperó.

Miró la televisión sin verla.

Apretó al osito contra su pecho.

Metió el dedo otra vez en el hueco.

El relleno salió un poco más.

Se le hizo un nudo en el estómago.

No quería que el agujero creciera.

No quería que su oso se quedara vacío.

Volvió a mirar hacia la cocina.

—Mamá…

—Jonathan, amor, estoy con la cena. Lo veo luego, ¿sí?

Luego.

La palabra se quedó flotando en el aire.

Jonathan bajó la mirada.

No quería molestar.

Mamá estaba cansada.

Siempre estaba cansada.

Él podía arreglarlo.

No era tan difícil.

Había visto a su mamá coser antes.

Tenía que meter la aguja.
Sacar.

Meter.

Sacar.

Como dibujar líneas.

Se levantó con cuidado y fue hasta el pequeño costurero que Joyce guardaba en el cajón del mueble del pasillo.

Lo abrió.

Dentro había hilos enrollados, botones sueltos y una aguja pequeña que brillaba bajo la luz amarilla.

La tomó con dedos inseguros.

Era más fina de lo que parecía.

Regresó a su lugar en el suelo.

Colocó al osito frente a él.

—No te preocupes —le susurró—. Yo puedo.

Enhebrar fue lo más difícil.

Su lengua salió otra vez mientras intentaba pasar el hilo por el ojo diminuto de la aguja.

Falló una vez.

Dos.

Tres.

Parpadeó fuerte.

No iba a llorar.

Los niños grandes no lloran por cosas pequeñas.

Al cuarto intento, lo logró.

Sonrió.

—¿Ves? —le dijo al oso.

Se inclinó sobre el agujero.

Metió la aguja.

Demasiado fuerte.

El relleno se movió.

Intentó sacar la aguja del otro lado, pero el hilo se enredó.

Frunció el ceño.

Tiró.

Y entonces—

—Ah.

El dolor fue rápido y brillante.

Una punzada aguda en la yema del dedo.

Miró su mano.

Una gota roja comenzó a formarse.

Se quedó mirándola, fascinado y asustado al mismo tiempo.

Luego otra gota cayó sobre el pelaje del oso.

Jonathan inhaló temblorosamente.

—No…

Intentó limpiarlo con la manga.

La sangre se expandió un poco más.

El osito ahora tenía una mancha roja en el costado.

Jonathan sintió algo romperse dentro de su pecho.

Había intentado arreglarlo.

Y lo había empeorado.

Su labio inferior empezó a temblar.

No quería llorar.

No quería molestar.

Pero el dolor en el dedo palpitaba.

Y el oso estaba manchado.

Y mamá había dicho luego.

La primera lágrima cayó silenciosa.

Después otra.

Se llevó el dedo a la boca, sin saber muy bien qué hacer.

—Lo siento… —le susurró al oso.

En la cocina, Joyce apagó la estufa.

Algo no estaba bien.

Las casas con niños tienen sonidos.

Ruidos pequeños.

Susurros.

Movimientos.

El silencio absoluto no es normal.

—¿Jonathan?

No hubo respuesta.

Se limpió las manos y caminó hacia la sala.

Lo vio antes de que él la notara.

Sentado en el suelo.

Encogido sobre sí mismo.

El osito frente a él.

La aguja caída a un lado.

Una mancha roja en el pelaje.

Y Jonathan llorando en silencio.

No con berrinche.

No con ruido.

Con lágrimas grandes y silenciosas que le resbalaban por las mejillas.

El corazón de Joyce se detuvo.

—¡Jonathan!

Se arrodilló frente a él.

—¿Qué pasó? ¿Te lastimaste?

Jonathan levantó la mirada.

Sus ojos estaban enormes.

—Yo… yo podía… arreglarlo…

Le mostró el dedo.

La pequeña herida ya no sangraba mucho, pero el daño estaba hecho.

Joyce sintió una punzada de culpa tan fuerte que casi le dolió físicamente.

La aguja.

El hilo.

El osito.

El “luego”.

—Oh, mi amor…

Tomó su mano con suavidad.

—¿Intentaste coserlo tú solo?

Jonathan asintió, sollozando bajito.

—Tú estabas ocupada… y yo… yo puedo ayudar…

Eso fue lo que la rompió.

No la sangre.

No la aguja.

No la mancha.

Esa frase.

“Yo puedo ayudar.”

Como si tuviera que hacerlo solo.

Como si no pudiera esperar.

Como si no mereciera atención inmediata.

Joyce lo atrajo hacia su pecho.

Jonathan se dejó ir.

El llanto salió más fuerte ahora, desordenado.

—Lo arruiné… lo arruiné…

—No, cielo. No lo arruinaste.

Le besó el cabello.

—No tienes que arreglarlo todo tú.

Jonathan se aferró a su suéter.

—Pero tú estabas cansada…

Joyce cerró los ojos.

—Aunque esté cansada, sigo siendo tu mamá. Y eso es más importante que cualquier cena.

Lo separó apenas para mirarlo a los ojos.

—Si algo te importa, me importa a mí.

Le limpió las lágrimas con el pulgar.

—Y si algo se rompe… lo arreglamos juntos.

Fue por el botiquín, limpió con cuidado el pequeño pinchazo y le puso una curita con dibujitos.

Jonathan miraba cada movimiento como si fuera magia.

Después, Joyce tomó el osito.

Observó la mancha roja.

—Esto también se puede limpiar.

Jonathan contuvo el aliento.

—¿De verdad?

—De verdad.

Se sentaron juntos en el sofá.

Joyce enhebró la aguja con manos firmes.

Jonathan observaba cada movimiento, más tranquilo ahora, pero aún con lágrimas secas en las mejillas.

—Mira —dijo ella suavemente—. La aguja entra despacio. No se empuja fuerte. Se guía.

Metió la aguja.

Sacó.

Metió.

Sacó.

El hilo cerraba el pequeño agujero como si nada hubiera pasado.

Jonathan apoyó la cabeza en su brazo.

—Pensé que si no lo hacía yo… se iba a quedar roto.

Joyce hizo el último punto.

Cortó el hilo.

Dejó la aguja a un lado.

Y lo abrazó.

—Escúchame bien —dijo en voz baja—. No tienes que arreglar las cosas para que te quieran. No tienes que hacerlo solo. Nunca.

Jonathan lloró otra vez.

Pero esta vez no era de culpa.

Era alivio.

Joyce limpió la mancha del pelaje con paciencia hasta que apenas quedó una sombra tenue.

Le devolvió el osito.

—Como nuevo.

Jonathan lo abrazó fuerte.

Luego miró a su mamá.

—¿Te quedas conmigo un ratito?

Joyce sonrió, con los ojos húmedos.

—Todo el rato que necesites.

Se acomodaron en el sofá.

Jonathan con el osito en brazos.

Joyce rodeándolo con el suyo.

La cena podía esperar.

El mundo podía esperar.

Porque a veces lo que se descose no es solo un juguete.

A veces es el miedo pequeño de un niño que cree que debe ser fuerte demasiado pronto.

Y esa tarde, Joyce decidió que nunca volvería a dejar un “luego” flotando cuando se tratara del corazón de su hijo.

Jonathan se quedó dormido contra su pecho.

Con la curita en el dedo.

El osito reparado.

Y la certeza, por fin, de que no tenía que arreglarlo todo solo.

Chapter 18: Yo sí lo cuido bien

Chapter Text

El gatito era tan pequeño que parecía una pregunta.

Una bolita blanco y negro, con las patitas demasiado cortas para la prisa que traía dentro.

Rocket caminaba como si el mundo fuera un pasillo resbaloso: dos pasos valientes, un tambaleo, una caída suave de costado, y luego un maullido ofendido… como si la gravedad lo hubiera traicionado a propósito.

Jonathan lo miraba sentado en el piso de la sala, con las rodillas dobladas y las manos quietas sobre los muslos, como si tocarlo demasiado fuerte pudiera romperlo.

—Shh… —susurró, inclinándose—. Está bien. Yo te entiendo.

Rocket respondió con otro maullido, más alto, más desesperado. Tenía hambre. O tenía miedo. O solo tenía esa necesidad absoluta de que alguien estuviera ahí, mirándolo, diciendo “sí” con todo el cuerpo.

Jonathan levantó la vista hacia la cocina.

Joyce estaba de espaldas, moviéndose rápido entre la estufa y el fregadero.

Tenía el cabello recogido de cualquier manera, y la camisa manchada de harina.

Había olor a leche caliente y a algo dulce, algo que se le pegaba a la garganta y le daba ganas de estar seguro.

Joyce se frotó la frente con el dorso de la mano, como si quisiera borrar un pensamiento. Después miró el reloj.

Jonathan no sabía leer bien la hora, pero sí sabía leer ese gesto.

Cansancio.

Prisa.

Ese tipo de prisa que no era de “vamos a divertirnos”, sino de “si no hago esto, se cae algo”.

Rocket volvió a maullar.

Joyce se giró por fin, con una sonrisa que llegaba tarde.

—Ya voy, ya voy, pequeñito. Ay, Jonathan… ¿puedes entretenerlo un segundo? Solo un segundo.

“¿Puedes?” era una palabra grande. Pesaba más que una taza.

Jonathan enderezó la espalda de inmediato, como si lo hubieran llamado soldado.

—Sí, mamá. Yo puedo.

Joyce dejó una botellita pequeña sobre la mesa, junto a un pañito y una cajita de cartón con una manta doblada.

Todo era diminuto: el biberón, la cucharita, el cuerpo de Rocket.

Jonathan pensó que eso significaba algo.

Que si algo era pequeño, había que cuidarlo perfecto.

Joyce se inclinó a besarle la cabeza, un roce rápido, y volvió a la cocina como si el beso fuera una firma y el resto fuera trabajo.

Jonathan tomó el biberón con ambas manos, muy serio, y lo llevó hasta Rocket.

El gatito olisqueó, empujó con la nariz, y luego se pegó como si la vida dependiera de ese pequeño mundo blanco.

Jonathan sintió una punzada extraña en el pecho.

Rocket confiaba.

Rocket necesitaba.

Rocket no podía hacerlo solo.

Y, de pronto, Jonathan tuvo una idea tan clara que le pareció verdad:

Si yo lo cuido bien… mamá va a estar orgullosa.

Orgullosa de mí.

No del gatito.

De mí.

Como cuando Will dibujaba algo y Joyce lo pegaba en el refrigerador con un imán.

Como cuando Will decía “mira, mamá” y ella se agachaba a mirar.

Como cuando Joyce lo abrazaba a él también… pero más rápido, como si tuviera que volver corriendo a otra cosa.

Jonathan no estaba celoso.

No… no era eso.

Solo era… un miedo chiquito.

Un miedo que no sabía decirse en voz alta.

Rocket terminó la leche y levantó la cabeza, con bigotes húmedos.

Jonathan lo limpió con el pañito tal como vio hacer a Joyce.

—Listo —murmuró—. Listo, Rocket. Buen trabajo.

Rocket lo miró con ojos redondos y oscuros, y Jonathan sintió que esos ojos le preguntaban algo que él entendía sin palabras:

¿Vas a quedarte?

Jonathan asintió.

—Sí. Yo sí me quedo.

Al día siguiente, Jonathan se despertó antes que Joyce.

No fue un despertar de niño feliz; fue un despertar de “tengo algo que hacer”.

Rocket lloraba desde la cajita.

Un maullido finito, urgente.

Jonathan bajó de la cama con cuidado para no hacer ruido.

La casa estaba medio oscura, y el frío se metía por las rendijas como una visita que nadie invitó.

Caminó descalzo hasta la sala, y se agachó junto a la caja.

—Hola —susurró—. Shh. Estoy aquí.

Rocket estiró una patita, tocándole el dedo.

Jonathan lo interpretó como un trato.

Lo levantó con una delicadeza exagerada, como si sostuviera un vaso lleno hasta el borde, y lo pegó a su pecho.

Rocket empezó a ronronear… un sonido pequeño que parecía motorcito.

Jonathan se quedó así, inmóvil, respirando suave, sintiendo ese calor mínimo contra su camiseta.

El ronroneo le hizo cosquillas en la piel.

Y por primera vez esa mañana, Jonathan sonrió.

En la cocina encontró el biberón vacío. No sabía calentarlo bien, pero Joyce había dejado una nota con dibujos: una ollita, una línea ondulada, una X sobre el fuego alto.

Jonathan podía seguir dibujos. Eso sí.

Puso agua en una olla pequeña. Encendió la hornilla como lo había visto hacer mil veces (con cuidado, con el miedo justo).

Metió el biberón en el agua, mirando como si sus ojos pudieran controlar el calor.

Rocket maulló.

—Ya, ya —dijo Jonathan, apretando los labios—. Ya casi. Yo te cuido bien.

Cuando creyó que estaba listo, sacó el biberón con un trapo, lo agitó, y se apresuró a darle de beber a Rocket.

El gatito bebió rápido, tan rápido que Jonathan se asustó.

—Despacio —le pidió—. Te vas a atragantar.

Rocket no hizo caso. Rocket era Rocket.

Jonathan lo sostuvo, le limpió la boca, y luego se quedó mirando el plato del desayuno que Joyce había dejado en la mesa: pan tostado y un poco de mantequilla. El olor era rico.

Le rugió el estómago.

Pero Rocket lo miraba.

Como si el mundo entero dependiera de Jonathan.

Jonathan empujó el plato un poco más lejos sin darse cuenta.

“Primero Rocket”, se dijo.

Porque Rocket era pequeño.

Porque Rocket lo necesitaba.

Porque si Jonathan hacía todo bien… Joyce iba a notar algo, ¿no?

Iba a mirar y decir: “Jonathan, lo hiciste perfecto”.

Iba a tocarle la cara con las manos y decir: “Estoy orgullosa”.

Jonathan se guardó esa frase como un secreto.

Rocket terminó de beber y se durmió sobre sus piernas.

Jonathan se quedó ahí, quieto, sin moverse, porque moverlo sería fallar.

No comió.

No porque quisiera hacerse daño.

Sino porque no quería que Rocket llorara.

Y porque, en su cabeza de cuatro años, “ser bueno” significaba olvidarse de uno mismo.

La semana se llenó de pequeñas misiones.

Cambiar la manta de la cajita.

Revisar que Rocket no se metiera debajo del sofá.

Contar, muy serio, cuántas veces había tomado leche.

Seguir a Joyce para preguntarle en voz bajita qué más necesitaba un gatito.

Joyce lo veía y sonreía con esa mezcla de ternura y cansancio.

—Eres un ayudante increíble, Jonathan.

La palabra “increíble” se le metía a Jonathan en el pecho como un caramelo.

Se la repetía por dentro.

Increíble.

Increíble.

Si soy increíble, mamá me mira.

Si soy increíble, mamá se queda un poquito más.

Jonathan empezó a dormirse en momentos raros: sentado en el piso, con Rocket pegado a su muslo; recargado contra la pared mientras Joyce hablaba por teléfono; en la cama con las manos todavía oliendo a leche tibia.

Joyce lo atribuyó a que “está creciendo”.

A que “los niños se cansan”.

No vio la lógica silenciosa detrás.

Jonathan también empezó a tropezarse más.

No mucho. Solo pequeñas cosas: una esquina, un juguete, una alfombra mal puesta.

Y cada vez que tropezaba, Rocket se ponía alerta, como si el mundo fuera peligroso solo cuando Jonathan se tambaleaba.

Rocket lo seguía a todas partes.

Hasta al baño.

Hasta la puerta.

Hasta el borde de la cama.

Jonathan lo llamaba su “sombrilla” porque siempre estaba encima de él cuando se sentaba.

—Eres mi guardaespaldas —le decía, serio—. Me cuidas.

Rocket maullaba, como si estuviera de acuerdo.

Y Jonathan sentía esa calidez extraña… como si Rocket dijera lo que Joyce no decía en ese momento.

“Estoy aquí.”

El día del accidente empezó con harina.

Joyce estaba intentando hacer algo dulce —galletitas, dijo— porque Will había tenido una mañana mala, y Joyce era así: cuando la vida dolía, ella horneaba.

La cocina se volvió un campo de batalla blanco. Harina en la mesa, harina en el piso, harina en la manga de Joyce.

Rocket estaba fascinado.

Se metió en la bolsa de harina como si fuera nieve.

Jonathan lo vio, y su primera reacción fue pánico.

—¡Rocket! ¡No!

Lo sacó con cuidado, pero ya era tarde: el gatito era un fantasma blanco, con bigotes cubiertos, ojos sorprendidos.

Jonathan miró a Joyce.

Joyce se rió. Una risa breve, cansada, pero risa al fin.

—Ay, Dios mío —dijo, llevándose una mano a la boca—. ¡Míralo!

Jonathan sintió alivio. Risa. Todo estaba bien. Rocket estaba bien.

Pero entonces Rocket, orgulloso de su travesura, saltó… y cayó.

Resbaló en la harina.

Su patita patinó, y el gatito salió disparado como si el piso fuera hielo.

Jonathan reaccionó sin pensar.

Se lanzó a atraparlo.

Pisó donde no debía.

La alfombra.

La harina.

El borde levantado.

Su pie se fue.

Su cuerpo lo siguió.

La caída fue rápida y fea. Jonathan intentó proteger a Rocket, y en ese movimiento su muñeca se dobló hacia atrás con un chasquido pequeño que hizo un sonido enorme dentro de él.

El dolor llegó como un rayo.

Jonathan se quedó quieto un segundo, sin saber si llorar, sin saber si respirar.

Rocket aterrizó sobre su pecho y maulló, asustado.

Joyce dejó caer la cuchara.

—¡Jonathan! ¡Jonathan, mírame!

Su voz cortó el aire.

Jonathan quiso decir “estoy bien”, porque eso era lo que se decía cuando uno quería que todo siguiera funcionando.

Pero cuando intentó mover la mano, el mundo se le llenó de luces blancas.

—Me duele —susurró, y fue lo más honesto que dijo en días.

Joyce se arrodilló, lo tomó con cuidado.

Vio la muñeca ya inflándose.

Vio la palidez de su cara.

Vio ese temblor que no era de miedo, sino de cansancio acumulado.

Rocket estaba encima de Jonathan, pegado a él como una segunda piel.

Joyce tragó saliva.

—Vamos al hospital, amor. Ahora.

Jonathan abrió la boca.

—Rocket…

—Rocket viene —prometió Joyce, y en su voz hubo algo firme, algo de “no discutas”—. Te lo juro.

Jonathan soltó el aire con un sonido pequeño.

Como si esa promesa lo mantuviera entero.

En el hospital todo olía a limpio y a metal.

A Joyce le olía el cuello a jabón y a prisa.

A Jonathan le olía el mundo a miedo.

El doctor habló con palabras grandes.

Joyce respondió con palabras rápidas.

Jonathan se quedó mirando sus zapatos, porque mirar a los adultos era mirar el control, y el control le daba paz.

Le tomaron una radiografía.

Le pusieron hielo.

Le hicieron preguntas.

—¿Te caíste?

—Sí.

—¿Te duele mucho?

—Sí.

—¿Has estado durmiendo bien?
Jonathan dudó.

Dormir bien significaba… dormir sin despertarse para revisar a Rocket. Dormir sin escuchar maullidos imaginarios. Dormir sin sentir que si no estaba alerta, algo malo pasaría.

—Más o menos —dijo.

Joyce apretó la mandíbula.

El doctor le explicó lo de la fractura.

—Es pequeña, pero necesitaremos yeso o férula… y descanso.

“Descanso” sonó como una palabra prohibida.

Jonathan miró a Joyce de reojo.

Joyce parecía más pequeña que su propia prisa.

—Jonathan ha estado ayudando mucho con el gatito —dijo Joyce, como si fuera una disculpa—. Es… muy responsable.

El doctor sonrió.

—Eso es bonito. Pero también hay que cuidar al cuidador, ¿sí?

Jonathan bajó la mirada.

“Cuidar al cuidador.”

¿A quién se le ocurría eso?

Rocket, en su transportadora, maulló de golpe.

Como si protestara.

Joyce miró la caja y suavizó el rostro.

—¿Puedo…? —preguntó al enfermero.

—Si es su animal de apoyo, sí —bromeó él, y Joyce no se rió, pero agradeció.

Abrieron un poquito la puerta de la transportadora y Rocket salió como una bala.

Se trepó torpemente a la camilla y se acomodó cerca del hombro sano de Jonathan.

Jonathan soltó un sonido mínimo, casi una risa.

—Te escapaste.

Rocket le dio un cabezazo.

Jonathan sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

Porque Rocket estaba ahí.

Porque Rocket no se separaba.

Porque Rocket no pedía “perfecto”.

Solo pedía “tú”.

Joyce los miró.

Y algo cambió en su expresión. Algo oscuro, como una comprensión que duele.

—Jonathan… —dijo suavemente—. Amor… ¿por qué estabas tan cansado últimamente?

Jonathan se encogió un poquito, instintivo. El cuerpo antes que la mente.

—Porque… Rocket necesita cosas.

Joyce se acercó, le acomodó el cabello con cuidado de no tocar la muñeca.

—Rocket necesita, sí. Pero tú también.

Jonathan tragó saliva.

No sabía cómo decirlo sin que sonara malo.

No sabía cómo decirlo sin que alguien se enojara.

Miró a Rocket.

Rocket lo miró de vuelta, serio, como si supiera.

Jonathan susurró, casi sin voz:

—Yo sí lo cuido bien.

Joyce parpadeó.

—¿Qué dices, amor?

Jonathan apretó los labios. La frase se le quedó atascada en la garganta, pero el corazón la empujó.

—Yo sí lo cuido bien —repitió, más claro—. Para que estés orgullosa.

El silencio que siguió fue pesado.

Joyce no respondió de inmediato.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque entendió demasiado.

Sus ojos se humedecieron.

Se sentó junto a la camilla como si le hubieran quitado las fuerzas.

—Oh, Jonathan… —susurró, y su voz se quebró—. Mi amor…

Jonathan se puso tenso, esperando regaño.

Pero Joyce tomó aire.

Y luego dijo, despacio, como si quisiera que cada palabra se quedara:

—Yo ya estoy orgullosa de ti.

Jonathan frunció el ceño.

—¿Aunque… aunque no lo cuide perfecto?

Joyce soltó una risa triste.

—Aunque no lo cuides perfecto. Aunque tires harina. Aunque te equivoques. Aunque… aunque solo seas un niño.

Jonathan bajó la mirada, confundido. Parte de él quería creerlo; otra parte estaba entrenada para no confiar.

Joyce puso una mano en el borde de la camilla, cerca de Rocket.

Rocket olisqueó sus dedos y luego se acurrucó aún más contra Jonathan, como un sello.

Joyce siguió:

—Escúchame bien, ¿sí?

—Sí —dijo Jonathan, apenas.

—Tú no tienes que cuidarnos para que te queramos.

—Pero… yo… —Jonathan tragó saliva—. Si yo cuido… tú estás feliz.

Joyce cerró los ojos un segundo.

—Yo estoy feliz cuando tú estás bien —dijo—. Eso es lo que quiero.

Jonathan abrió la boca, pero no le salió nada.

Joyce se inclinó.

Lo besó en la frente, lento, como si no hubiera prisa.

Luego lo miró a los ojos.

—Rocket merece cuidados porque es pequeño.

—Sí.

—Pero tú también eres pequeño, Jonathan. Tú también mereces que te cuiden.

La frase cayó como una manta tibia.

Jonathan se quedó quieto.

Y de pronto, sin aviso, se le llenaron los ojos de lágrimas.

No un llanto escandaloso.

Un llanto callado, como si el cuerpo hubiera estado guardándolo demasiado tiempo.

Rocket empezó a ronronear fuerte, pegado a su pecho.

Joyce lo rodeó con un brazo con cuidado del yeso, y se quedó ahí, sosteniéndolo como si el mundo por fin hubiera bajado la velocidad.

—Lo siento —murmuró Joyce, con la voz quebrada—. Lo siento si te hice sentir que tenías que ganarte mi orgullo.

Jonathan negó rápido.

—No… yo… yo quería…

—Ya sé —susurró Joyce—. Ya sé, amor. Y ahora yo quiero algo.

Jonathan la miró.

—¿Qué?

Joyce respiró hondo.

—Quiero cuidarte así. Como tú cuidas a Rocket.
—Pero…

—Sin “pero”.

Jonathan apretó los labios. Su cara tembló.

—¿Me prometes?

Joyce lo abrazó más fuerte, con cuidado.

—Te lo prometo.

Rocket maulló suave, como si dijera “yo también”.

Cuando salieron del hospital, el cielo estaba gris.

Joyce llevaba a Jonathan con una mano y la transportadora con la otra, aunque Rocket insistía en ir afuera, pegado a Jonathan. Así que Joyce terminó cargando la caja vacía y el orgullo lleno.

En el coche, Jonathan se durmió con la cabeza recargada en el asiento y Rocket dormido sobre su panza, como si el gatito fuera una hebilla que lo mantenía unido.

Joyce manejó con los ojos húmedos.

Cada semáforo le parecía demasiado lento.

Cada respiración de Jonathan le parecía un milagro.

Cuando llegaron a casa, Joyce lo acostó en el sofá con almohadas, le acomodó el yeso, y le puso una manta encima.

Rocket saltó al sofá y se metió bajo la manta con él, pegado a su costado.

Jonathan apenas abrió los ojos.

—Mamá…

—Aquí estoy.

Jonathan tragó saliva.

—¿Puedo… puedo descansar?

Joyce sintió que esa pregunta era un cuchillo.

Como si “descansar” necesitara permiso.

Se agachó.

Le tomó la mejilla.

—Sí —dijo—. Puedes descansar. Siempre.

Jonathan cerró los ojos.

Se quedó quieto.

Y por primera vez en días, su cuerpo soltó el peso.

Joyce fue a la cocina y preparó un plato sencillo: pan con mantequilla, un vaso de leche para Jonathan, y un platito con leche tibia para Rocket.

Regresó con la bandeja.

—Hora de comer —anunció suave.

Jonathan se incorporó un poquito.

Miró la leche.

Miró a Rocket.

Miró a Joyce.

—Rocket primero… —murmuró por costumbre.

Joyce negó con calma.

—Juntos.

Puso el platito de Rocket al lado del vaso de Jonathan.

—Mira —dijo—. Rocket come. Tú comes. Los dos.

Jonathan dudó.

Rocket ya estaba metiendo la cara en la leche, feliz.

Jonathan tomó el vaso con la mano sana y bebió un sorbo.

Su estómago se sintió… agradecido.

Joyce sonrió.

No una sonrisa rápida de prisa.

Una sonrisa que se quedaba.

Jonathan comió despacio.

Rocket lo miraba entre sorbos, como asegurándose de que lo hiciera.

Joyce les acarició a los dos la cabeza en turnos.

—Eso —susurró—. Así.

Esa noche, Joyce se metió en el sofá-cama con Jonathan.

Will estaba en su cuarto, tranquilo, y Joyce por fin se permitió estar donde realmente hacía falta: con el niño que había estado intentando ser invisible.

Jonathan tenía el yeso en alto sobre una almohada.

Rocket se acomodó sobre el yeso como si fuera su montaña.

Jonathan soltó una risita.

—Le gusta mi mano.

—Le gustas tú —corrigió Joyce.

Jonathan se quedó pensando.

Luego preguntó en voz muy pequeña:

—¿Tú… tú me cuidas bien?

Joyce sintió que el corazón se le apretaba.

—Sí —dijo sin dudar—. Y si alguna vez no lo hice como tú necesitabas… voy a aprender. ¿Sí?

Jonathan la miró como si la palabra “aprender” en boca de una mamá fuera magia.

—¿De verdad?

—De verdad.

Jonathan se acercó con cuidado.

Se acurrucó contra ella.

Rocket se metió entre los dos, ronroneando.

Joyce los abrazó.

Y en la oscuridad, con el sonido de la respiración suave y el ronroneo, Joyce entendió el mensaje oculto que Jonathan nunca había sabido decir con claridad:

Él no quería ser el cuidador perfecto.

Él quería ser cuidado.

Como Rocket.

Con paciencia.

Con presencia.

Con “aquí estoy”.

Joyce besó la frente de Jonathan.

—No tienes que ganarte mi orgullo —susurró—. Tú ya eres mi orgullo.

Jonathan cerró los ojos.

Y esta vez, no se durmió vigilando.

Se durmió confiando.

Rocket se quedó pegado a él, guardián y espejo, como si el gatito también entendiera que su trabajo era simple:

Quedarse.

Chapter 19: La mujer del supermercado

Chapter Text

El carrito chirriaba.

Joyce lo empujaba con una mano mientras con la otra sostenía la lista arrugada del supermercado. Turno doble. Poca gasolina. Demasiadas cuentas. La rutina era lo único que mantenía el mundo estable.

Hasta que dejó de estarlo.

Salió al estacionamiento con dos bolsas colgándole de cada brazo y las llaves entre los dientes. El viento frío le movió el cabello. Buscó su coche.

Y entonces lo vio.

Jonathan.

Estaba arrodillado junto a un sedán azul oscuro.

Frente a él, un niño pequeño con abrigo azul marino y gorrito tejido. No tendría más de dos años. Mejillas redondas. Rizos suaves que asomaban bajo la lana.

Jonathan le estaba acomodando la bufanda.

Con una delicadeza que Joyce conocía demasiado bien.

El niño levantó los brazos.

Jonathan dudó un segundo… y lo abrazó.

Y Joyce escuchó, claro como el golpe de una puerta cerrándose:

—Pa… pá.

El mundo se quedó sin sonido.

Jonathan alzó la mirada.

La vio.

Se puso blanco.

El niño seguía abrazado a su cuello como si ese fuera su lugar natural.

Dentro del coche de Joyce, Rocket empezó a maullar.

Un maullido inquieto. Insistente.

Jonathan se separó despacio del niño.

Una joven salió del lado del conductor.

Nancy.

Joyce tardó un segundo en reconocerla. Más delgada. Más cansada. Con algo distinto en la mirada.

Jonathan caminó hacia su madre.

—No es lo que piensas.

Pero su voz temblaba.

Y eso lo traicionó.

Joyce miró al niño.

El niño la miró de vuelta.

Sonrió.

Como si la reconociera.

Eso fue lo que más dolió.

El trayecto a casa fue silencioso.

Nancy había prometido “explicar todo”. Jonathan había insistido en que no era el lugar.

El niño —Eric, escuchó decirlo— estaba en el asiento trasero del coche de Jonathan. Rocket maullaba en el suyo como si percibiera que algo había cambiado en el aire.

Joyce entró primero a la casa.

Dejó las bolsas sobre la mesa sin ordenarlas.

Esperó.

Jonathan entró después, cargando al niño dormido sobre su hombro.

Era pequeño.

Demasiado pequeño.

Su manita estaba cerrada en el cuello de la sudadera de Jonathan.

Como si temiera soltarse.

Joyce sintió que el corazón le dolía de una forma física.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

Jonathan no respondió enseguida.

Acomodó al niño en el sofá. Le quitó el gorro. Le apartó el cabello de la frente.

Con amor.

Con práctica.

—Desde siempre.

El silencio cayó como una losa.

—¿Siempre… qué, Jonathan?

Él tragó saliva.

—Desde que nació.

Joyce sintió que algo dentro de ella se quebraba con un sonido limpio.

—¿Cuántos años?

—Dos.

Dos años.

Dos cumpleaños.

Dos inviernos.

Dos veranos.

Dos veces aprendiendo a caminar.

Y ella no estuvo.

—Yo nunca supe.

No era un reproche.

Era un hecho.

Jonathan levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de algo que Joyce conocía demasiado bien.

Culpa.

—Teníamos miedo —dijo en voz baja—. Nancy quedó embarazada. Fue… un caos. Lonnie todavía aparecía. Tú trabajabas todo el tiempo. Will…

Se detuvo.

—Pensé que no podías con algo más.

Eso fue la verdadera herida.

No el hijo.

No el secreto.

Sino la idea de que él creyera que ella no era suficiente.

—¿No confiabas en mí?

Jonathan no respondió.

Y esa fue la respuesta.

Eric despertó.

Se incorporó con torpeza y miró alrededor.

Sus ojos —idénticos a los de Jonathan— se detuvieron en Joyce.

Parpadeó.

Luego vio movimiento.

Rocket había salido de su transportadora y caminaba con cautela hacia el sofá.

Eric señaló.

—Gato.

Rocket se detuvo.

La cola erguida.

Se acercó despacio.

Jonathan dio un paso instintivo hacia adelante, pero Joyce levantó una mano.

Esperó.

Eric estiró sus deditos.

Tocó los bigotes.

Se rió cuando Rocket le lamió la punta del dedo.

Una risa clara.

Limpia.

Joyce sintió que algo dentro de su pecho se abría.

Jonathan observaba con el mismo gesto protector que había tenido de niño cuando sostenía cosas frágiles.

Jonathan nunca dejó de cuidar.

Solo aprendió a hacerlo solo.

Nancy habló por primera vez desde que entraron.

—Se llama Eric.

La voz le tembló.

—Como… como le gustaba a Jonathan.

Joyce miró a su hijo.

Él bajó la vista.

—¿Y por qué hoy? —preguntó Joyce.

Nancy se abrazó a sí misma.

—Porque no es justo que no lo sepas. Porque él merece familia. Porque Jonathan ya no puede hacerlo todo solo.

Eso último lo dijo mirando a Jonathan.

Eric se puso de pie tambaleándose.

Se acercó a Joyce.

La estudió.

Y dijo, con esfuerzo:

—A… bu.

El aire desapareció de la habitación.

Joyce cayó de rodillas frente a él.

—¿Abu?

El niño sonrió.

Extendió los brazos.

Joyce lo abrazó.

Y Eric no dudó.

La abrazó con la misma naturalidad con la que había abrazado a Jonathan.

Como si hubiera estado esperando.

Joyce lloró en silencio contra el cabello del niño.

No por el engaño.

Sino por el tiempo perdido.

Esa noche, cuando Eric se quedó dormido en el sofá con Rocket acurrucado contra su pecho, Joyce y Jonathan se quedaron en la cocina.

La luz era amarilla.

Débil.

—Yo quería estar ahí —dijo Joyce finalmente.

No gritó.

No hizo falta.

Jonathan se pasó una mano por el rostro.

—Pensé que si algo salía mal sería mi culpa. Pensé que si tú lo sabías y no salía bien… te rompería otra vez.

Joyce lo miró con incredulidad.

—Jonathan, yo ya estoy rota muchas veces. Eso no significa que no quiera sostenerte.

Él bajó la mirada.

—Tenía miedo.

—Yo también.

Silencio.

Luego Joyce dio un paso adelante.

—Pero el miedo no es excusa para dejarme fuera.

Jonathan asintió.

Como hijo.

Como padre.

Como alguien que entendía que el error no tenía vuelta atrás, pero sí podía tener reparación.

A medianoche, Eric lloró.

Un llanto pequeño. Asustado.

Jonathan fue primero.

Lo cargó.

—Shh… estoy aquí.

Joyce se acercó despacio.

—¿Puedo?

Jonathan dudó apenas un segundo.

Luego asintió.

Joyce tomó al niño en brazos.

Eric apoyó la cabeza en su hombro.

Rocket saltó a la cama y se acomodó contra la pierna del pequeño.

Los cuatro quedaron así.

En silencio.

Respirando juntos.

Jonathan sintió, por primera vez en dos años, que no estaba sosteniendo el peso solo.

A la mañana siguiente, la casa olía a panqueques.

Eric golpeaba la mesa con una cucharita.

Rocket intentaba robar un trozo.

Jonathan reía mientras lo alejaba.

Joyce observaba la escena.

El caos.

La ternura.

El futuro inesperado.

Eric dejó caer un pedazo de panqueque.

Rocket lo tomó y salió corriendo.

Eric gritó:

—¡Wocket!

Jonathan soltó una carcajada.

Joyce sintió que el dolor seguía ahí.

Pero ahora tenía algo más fuerte sosteniéndolo.

Amor compartido.

Más tarde, cuando Nancy se despidió prometiendo hablar con calma en los próximos días, Joyce encontró algo en el bolsillo de la chaqueta de Jonathan.

Una fotografía.

Jonathan, ojeroso, sosteniendo a un recién nacido.

Miedo en el rostro.

Amor absoluto en los ojos.

Joyce la sostuvo un momento.

Luego la colocó en la repisa de la sala.

No como evidencia del engaño.

Sino como comienzo de la verdad.

Jonathan apareció detrás de ella.

—No vuelvas a esconderme algo así —dijo Joyce.

—No lo haré.

—Y no vuelvas a cargarlo solo.

Jonathan la miró.

Esta vez no como niño.

Sino como padre que entendía que no tenía que hacerlo solo.

Eric apareció tambaleándose por el pasillo, Rocket siguiéndolo como sombra.

—Abu.

Joyce abrió los brazos.

Jonathan también.

Y por primera vez desde el estacionamiento del supermercado…

El mundo volvió a tener sonido.

Y no era el de algo rompiéndose.

Era el de algo empezando.

Chapter 20: Gracias, papá

Chapter Text

El gatito era pequeño. Demasiado pequeño para entender el mundo.

Eric también.

El problema era que ninguno de los dos sabía lo que podía perderse en Hawkins.

Jonathan nunca quiso mentirle a su madre.

Pero tampoco quiso perder lo único que había sido suyo desde el principio.

Eric.

Nancy había sido clara cuando nació:

—No quiero que nadie lo sepa. No todavía. No hasta que todo esté… estable.

Estable nunca llegó.

Y Jonathan aprendió a vivir en dos mundos.

En uno, era el hijo responsable de Joyce Byers.
En el otro, era papá.

Un papá que visitaba un pequeño departamento al otro lado del pueblo.

Un papá que guardaba dibujos doblados en el bolsillo.

Un papá que sabía que el niño de ojos grandes y sonrisa tímida lo llamaba en secreto antes de dormir.

—¿Vienes mañana?
—Siempre —respondía Jonathan.

Y siempre iba.

El gatito llegó un martes lluvioso.

Eric lo encontró debajo de un coche, temblando y lleno de grasa. Era blanco con manchas negras, una oreja ligeramente caída y ojos enormes, curiosos.

—Se llama Nube —decidió Eric.

Jonathan sostuvo al animal con manos suaves.

—Es pequeño.

—Yo también —respondió Eric muy serio.

Jonathan sonrió.

Lo llevaron al departamento. Nancy suspiró pero no dijo que no.

Esa noche, Eric durmió con el gatito sobre el pecho, como si protegiera un tesoro.

El viernes siguiente, todo se rompió.

Jonathan estaba en la cocina del departamento cuando escuchó el grito.

—¡Nube!

Silencio.

El tipo de silencio que se mete en el pecho.

Jonathan corrió al pasillo. La puerta del departamento estaba entreabierta.

Eric estaba descalzo, con los ojos llenos de pánico.

—Se fue… la puerta… yo solo…

No necesitó más.

Jonathan bajó las escaleras corriendo.

La lluvia había parado, pero el suelo seguía húmedo. Hawkins olía a tierra mojada y gasolina.

—Nube —susurró Eric desde la entrada, abrazándose a sí mismo.

Jonathan regresó y se agachó frente a él.

—Vamos a encontrarlo.

—¿Y si se pierde?

Jonathan tragó.

—No se va a perder. Te lo prometo.

No sabía si estaba hablando del gatito o de otra cosa.

Buscaron primero en los arbustos, luego debajo de los coches, luego detrás del contenedor.

Nada.

Eric empezaba a temblar.

Jonathan tomó una decisión impulsiva.

—Quédate aquí con mamá. Voy a buscar ayuda.

Joyce estaba saliendo de Melvald’s cuando vio a su hijo cruzar la calle casi sin mirar.

—¡Jonathan!

Él se detuvo.

Parecía más pálido de lo normal. Más urgente.

—Mamá… necesito ayuda.

Joyce dejó caer la bolsa casi sin darse cuenta.

—¿Qué pasó? ¿Will?

—No. Es… un niño.

Algo en la forma en que lo dijo la hizo tensarse.

—¿Qué niño?

Jonathan dudó.

Un segundo demasiado largo.

—Su gato se escapó.

Joyce parpadeó.

—¿Y eso es todo?

—Es importante —respondió él, demasiado rápido.

Joyce lo miró mejor.

Había algo más.

Pero Jonathan ya estaba caminando de regreso.

—Ven. Por favor.

Joyce lo siguió.

Cuando llegaron al departamento, Joyce se sorprendió.

No sabía que Jonathan pasaba tanto tiempo ahí.

Nancy abrió la puerta.

Su expresión cambió al ver a Joyce.

—Oh.

Tensión.

Silencio.

Jonathan entró primero.

Eric estaba sentado en el suelo, abrazando una manta pequeña.

Tenía los ojos rojos.

Joyce sintió algo extraño en el pecho.

—Hola —dijo con suavidad.

Eric levantó la mirada.

Ojos grandes. Marrones. Con algo familiar.

Jonathan se arrodilló junto a él.

—Encontraremos a Nube.

Eric asintió, pero su mano buscó automáticamente la de Jonathan.

Y no la soltó.

Joyce lo vio.

Ese gesto.

Esa naturalidad.

Como si no fuera la primera vez.

Buscaron durante casi una hora.

Joyce revisó patios vecinos. Nancy preguntó a una señora que paseaba a su perro. Jonathan caminó calle arriba llamando con voz baja.

—Nube…

Eric insistió en acompañarlo.

Jonathan lo cargaba cuando el suelo estaba demasiado mojado.

Joyce los seguía unos pasos atrás.

Observando.

El niño apoyaba la cabeza en el hombro de Jonathan como si fuera su lugar.

Como si perteneciera ahí.

Joyce empezó a sentir que algo no encajaba.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó en voz baja cuando Nancy se adelantó.

Jonathan tardó en responder.

—Cinco.

Joyce hizo cálculos sin querer.

Cinco.

Hace cinco años Jonathan pasaba muchas tardes fuera. Decía que trabajaba más. Que ayudaba con cosas.

Cinco años.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

Jonathan miró al frente.

—Eric.

El mundo se movió un centímetro.

Eric.

Un maullido pequeño interrumpió el pensamiento.

Venía de detrás de una cerca vieja.

Eric se tensó.

—¡Nube!

Jonathan dejó al niño en el suelo y se acercó despacio.

El gatito estaba atrapado entre tablas sueltas, asustado pero ileso.

Jonathan metió la mano con cuidado.

—Tranquilo…

Nube intentó escapar pero terminó escondiendo la cabeza contra su brazo.

Jonathan lo sostuvo con delicadeza.

Eric corrió.

Se detuvo justo frente a él.

Jonathan le entregó el gatito.

Eric lo abrazó tan fuerte que Joyce sintió ganas de llorar.

—Está bien —susurró Jonathan.

Eric alzó la mirada.

Y en medio de la calle húmeda, frente a Joyce, dijo con voz temblorosa:

—Gracias, papá.

El mundo dejó de moverse.

Silencio.

Jonathan se quedó congelado.

Eric no pareció notar nada.

Solo volvió a abrazarlo, con el gatito en medio.

Joyce sintió que el aire se le iba.

Papá.

Miró a Nancy.

Nancy bajó la mirada.

Y entonces todo encajó.

Regresaron al departamento en silencio.

Eric no soltaba a Nube ni a Jonathan.

Joyce caminaba como si estuviera bajo el agua.

Cuando entraron, Nancy tomó aire.

—Joyce…

Pero Joyce levantó una mano.

—No. Déjame hablar con mi hijo.

Jonathan tragó.

Eric se dio cuenta de la tensión.

—¿Estoy en problemas?

Jonathan se agachó.

—No. Nunca por esto.

Nancy llevó a Eric a la habitación.

La puerta se cerró.

Silencio.

Joyce miró a Jonathan.

No había ira inmediata.

Había algo peor.

Dolor.

—¿Desde cuándo?

Jonathan bajó la mirada.

—Desde siempre.

—¿Cinco años?

Asintió.

—¿Cinco años ocultándome que tengo un nieto?

La palabra flotó en el aire.

Nieto.

Jonathan levantó la cabeza, sorprendido.

Joyce tenía los ojos húmedos.

—¿Por qué?

Jonathan abrió la boca.

La cerró.

—Tenía miedo.

—¿De mí?

—De todo. De no poder cuidarlo. De que pensaras que fallé. De que… —la voz se le quebró— de que si algo salía mal me pidieras que eligiera.

Joyce sintió que algo se rompía.

—Nunca te pediría eso.

—Lo sé ahora —susurró él—. Pero hace cinco años no lo sabía.

Silencio.

Joyce respiró hondo.

—¿Eres un buen padre?

Jonathan respondió sin dudar.

—Sí.

No había arrogancia. Solo verdad.

Joyce lo vio.

Las ojeras.

La forma en que había cargado al niño.

La promesa en su voz.

Y entendió.

—Deberías haber confiado en mí.

—Lo siento.

Joyce se acercó.

Jonathan parecía esperar un golpe.

En lugar de eso, ella lo abrazó.

Fuerte.

—No vuelvas a pasar por algo así solo.

Jonathan tembló.

Cinco años de peso saliendo en un segundo.

La puerta se abrió despacio.

Eric asomó la cabeza.

—¿Todo bien?

Joyce se separó un poco.

Lo miró mejor ahora.

La curva de la mejilla.

La forma de fruncir el ceño.

La misma manera en que Jonathan se mordía el labio cuando estaba nervioso.

—Ven aquí —dijo Joyce suavemente.

Eric dudó.

Luego caminó hacia ella.

Joyce se agachó.

—Hola, Eric.

—Hola.

—Soy… —hizo una pausa— la mamá de tu papá.

Eric abrió los ojos.

—¿Abuela?

La palabra salió como si siempre hubiera estado ahí.

Joyce sintió que algo se acomodaba dentro de su pecho.

—Sí. Abuela.

Eric sonrió.

Nube maulló.

Jonathan observó la escena con el corazón latiendo demasiado fuerte.

Joyce abrió los brazos.

Eric dudó solo un segundo antes de abrazarla.

Era pequeño.

Caliente.

Real.

Joyce cerró los ojos.

Cinco años perdidos.

Pero no más.

Más tarde, cuando todo estuvo más calmado, Eric estaba sentado en el sofá con Nube dormido en el regazo.

Jonathan estaba a su lado.

Joyce en la silla frente a ellos.

—Me ayudaste a buscarlo —dijo Eric de pronto, mirando a Joyce—. Aunque no me conocías.

Joyce sonrió.

—Claro que sí.

Eric miró a Jonathan.

Luego volvió a Joyce.

—Papá siempre ayuda.

La palabra ya no dolía.

Ahora tenía forma.

Jonathan pasó un brazo alrededor de su hijo.

Joyce los miró.

No como espectadora.

Como parte.

—La próxima vez —dijo Joyce con suavidad—, no tendrán que buscar solos.

Jonathan la miró.

Eric también.

Y por primera vez, no había secretos entre ellos.

Solo un gatito pequeño, un niño con ojos grandes, y una familia que acababa de empezar a decir la verdad.

Esa noche, cuando Joyce regresó a casa, se sentó en la cocina en silencio.

Pensó en el miedo de su hijo.

En los cinco años de cargar algo tan grande solo.

Pensó en Eric diciendo “gracias, papá”.

Y sonrió entre lágrimas.

No había perdido a su hijo.

Había ganado un nieto.

Y un gatito llamado Nube.

Al día siguiente, Joyce llevó una pequeña cama de gato al departamento.

Y una manta.

Y una promesa.

—No más secretos —dijo.

Jonathan asintió.

Eric abrazó a ambos.

Nube se estiró, indiferente al drama humano.

Pero se acomodó justo entre los tres.

Como si supiera que ese era su lugar.

Como si siempre hubiera sido su familia.

Chapter 21: Tómame a mí

Chapter Text

La casa estaba demasiado silenciosa para ser Hawkins.

Jonathan lo supo incluso antes de oír el crujido mínimo en el porche, ese “algo” que no encajaba con el sonido normal de una noche cualquiera. No era el viento.

No era Rocket—no había Rocket, no esta vez; Eric había pedido un fin de semana “sin travesuras”, como si eso existiera. Era… intención. Peso. Presencia.

Jonathan apagó el grifo con cuidado. El agua dejó de correr y el silencio se volvió más nítido, casi cortante.

Miró a Eric, que estaba sentado en la mesa de la cocina con las piernas balanceándose, concentrado en un dibujo a medias: una casa, un sol enorme y, al lado, una figura alta con cámara colgada al cuello.

—¿Qué estás dibujando? —preguntó Jonathan, intentando que su voz sonara normal.

Eric levantó la mirada con una sonrisa tímida.

—A ti.

Jonathan sintió el golpe suave en el pecho. Iba a decir algo bonito, algo fácil… cuando el ruido volvió: un golpe seco, como una palma contra la madera, pero amortiguado.

Después, otro, más cerca, como si alguien probara una puerta sin querer hacer mucho escándalo.

Jonathan se movió sin pensar. Se acercó a Eric, le apoyó una mano en el hombro y lo empujó con suavidad hacia su lado.

—Eric… ven conmigo.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo… ven.

Lo llevó hacia el pasillo, hacia el cuarto de lavado donde Lonnie nunca iba, donde Joyce guardaba cosas viejas que olían a jabón barato y recuerdos. Jonathan abrió el closet y apartó una caja. Empujó a Eric adentro.

—Quédate aquí. No hagas ruido. Pase lo que pase.

Eric parpadeó, confundido.

—¿Es el Demogorgon?

Jonathan tragó saliva.

—No. Y aunque lo fuera… tú me harías caso, ¿verdad?

Eric asintió rápido, con esa seriedad que a veces le salía de golpe.

Jonathan cerró el closet casi por completo, dejando una rendija mínima. Sus dedos temblaron al tocar el picaporte. Se obligó a respirar.

Volvió a la cocina.

La ventana del comedor explotó hacia adentro con un estallido de vidrio. Jonathan se agachó por reflejo. Un aire frío entró como una bofetada y con él… sombras.

Hombres. No monstruos. Peor: humanos.

Dos entraron primero, cubiertos con chamarras oscuras, gorras bajas. Uno traía una linterna, el otro algo metálico que no era una herramienta.

—¿Jonathan Byers? —preguntó el que iba adelante, como si estuviera confirmando una dirección.

Jonathan se incorporó despacio. Levantó las manos.

—Soy yo. ¿Qué quieren?

El tercero entró detrás, más calmado. Sus botas pisaron vidrio sin prisa. Miró alrededor con ese tipo de desprecio que Jonathan conocía demasiado bien: el desprecio de quien cree que ya ganó.

—El niño —dijo el tercero, como si estuviera hablando de un objeto. Su mirada se detuvo en la mesa, en el dibujo. —Está aquí, ¿no?

Jonathan sintió el hielo treparle por la espalda. Mantuvo las manos arriba, el cuerpo entre ellos y el pasillo.

—Aquí no hay niños —mintió, y le odiaba a su propia voz lo poco convincente que sonaba.

El hombre de la linterna se rió, un sonido corto.

—No nos hagas perder el tiempo, Byers. Sabemos lo que eres. Y sabemos lo que escondes.

Jonathan no se movió. “No mires hacia el pasillo”, se ordenó. “No mires hacia el closet”.

—No sé de qué hablan.

El tercero se acercó un paso. Lo examinó, como si midiera cuánta presión necesitaría.

—El Upside Down.

Jonathan sintió que el corazón se le salía de la caja torácica.

—Eso… se acabó. Ya no—

—Mentira —interrumpió el tercero, y el que llevaba algo metálico levantó la mano mostrando por fin lo que era: una pistola.

Jonathan sintió el mundo hacerse pequeño. No escuchó el reloj. No escuchó nada excepto su propia sangre.

—No voy a decirles nada.

—No necesitas —dijo el tercero, mirando por encima del hombro al que llevaba linterna. —Encuentra al niño.

El hombre se movió hacia el pasillo.

—¡No! —Jonathan dio un paso impulsivo, intentando bloquearlo.

La linterna se alzó de golpe y la luz le dio en los ojos. El tercero levantó la mano y, sin apuro, le dio un puñetazo en el estómago.

Jonathan se dobló. Le faltó aire. El dolor le explotó adentro como si le hubieran apagado la luz.

—No seas estúpido —dijo el tercero, tranquilo. —No nos interesa lastimarlo… si cooperas.

Jonathan respiró con dificultad, obligándose a enderezarse.

—El niño no sabe nada —logró decir, ronco. —No tiene… no tiene idea.

—Pero tú sí. —La frase cayó como una sentencia.

El hombre con la linterna ya estaba en el pasillo. Jonathan oyó puertas abrirse. Cajones. Golpes rápidos. Eric, allá adentro, conteniendo el aire con la misma fuerza con la que Jonathan contenía el pánico.

Entonces, el closet se abrió.

Y el mundo se rompió.

Eric salió como si lo hubieran jalado. Los ojos enormes. La boca apretada para no llorar. Intentó zafarse, pero el hombre lo sujetó por el brazo.

Jonathan se movió como un resorte.

—¡Suéltalo!

La pistola subió apuntando a Jonathan.

Eric se quedó quieto. Sus pupilas temblaron.

Jonathan levantó las manos otra vez, más alto, más lento.

—Él no sabe nada —repitió, más firme. —Lo juro. Es un niño.

El tercero miró a Eric con algo parecido a curiosidad. Luego miró a Jonathan.

—Es tu hijo.

No fue pregunta. Fue golpe.

Jonathan se quedó sin reacción un segundo. No porque fuera falso, sino porque fuera real y lo hubieran dicho en voz alta.

Eric apretó los labios, miró a Jonathan, como esperando que él lo negara.

Jonathan no lo negó.

—Sí —dijo, apenas audible.

Eric tragó saliva, como si esa palabra le cambiara el pecho por dentro. Jonathan dio un paso hacia él, lentamente.

—Déjenlo ir —dijo Jonathan. —Llévenme a mí.

El tercero alzó una ceja.

—Necesitamos al que sabe.

—Entonces soy yo. —Jonathan respiró, tratando de que su cuerpo no delatara cuánto temblaba. —El niño no es… no es parte de esto.

El hombre de la pistola dio un paso adelante.

—Tú vienes con nosotros. Y él se queda. Si intentas algo… —la pistola se inclinó hacia Eric lo suficiente para que Jonathan lo viera— no habrá trato.

Jonathan sintió el impulso de lanzarse, de arrebatarles a Eric, de prender fuego a la casa si hacía falta.

Pero sabía lo que una bala hacía. Lo había visto demasiado. Sabía lo rápido que todo podía terminar.

Se obligó a asentir.

—Está bien.

Eric soltó un sonido ahogado, como si su garganta hubiera olvidado cómo funcionaba.

—No —susurró.

Jonathan lo miró. Le sostuvo la mirada con fuerza.

—Eric… escucha. Ve con tu abuela. ¿Sí? Ve con Joyce. Dile… dile que—

No alcanzó a terminar.

El hombre de la pistola le pegó con el arma en la cara, un golpe seco.

Jonathan cayó de rodillas. Vio manchas de luz. Saboreó sangre.

Eric gritó.

—¡Papá!

La palabra salió como un disparo, pura y desesperada.

Jonathan se quedó quieto. El dolor seguía ahí, pero algo más lo atravesó, más fuerte: esa palabra. Ese sonido.

Esa confirmación que no había pedido, pero que había estado esperando desde que Eric nació en secreto y el mundo se volvió demasiado peligroso para decir verdades completas.

Jonathan sonrió, incluso desde el suelo, incluso con sangre en la lengua.

Eric intentó correr hacia él.

El hombre que lo sostenía lo jaló hacia atrás.

—¡No! —Eric pataleó. —¡No se lo lleven!

Jonathan levantó la cabeza lo suficiente para verlo.

—Cuida… a tu abuela por mí —murmuró, como si fuera lo único que importara.

Los hombres lo agarraron de los brazos y lo levantaron.

Eric estiró la mano desesperado, como si pudiera alcanzarlo a través del aire.

Jonathan no pudo tocarlo.

La casa se volvió un túnel. Puerta. Noche. Un golpe más.

Oscuridad.

El despertar fue frío.

Jonathan abrió los ojos y lo primero que sintió fue que su mandíbula no podía moverse.

Un objeto duro y ancho presionaba su boca por dentro. Algo alrededor de su cabeza le apretaba las mejillas. Intentó abrir la boca. No pudo. Intentó tragar. El cuerpo protestó.

Mordaza.

El pánico se encendió como fuego.

Intentó incorporarse, pero sus brazos no respondieron. Tiró de las muñecas y sintió la cuerda morderle la piel. Sus tobillos también estaban atados. Estaba sentado en una silla, inclinado hacia delante.

Su respiración salió por la nariz, rápida, demasiado ruidosa.

Una habitación vacía. Paredes sin cuadros. Una bombilla colgando. El aire olía a humedad vieja y metal.

Pasos.

Una puerta chirrió.

Entró el tercero. El calmado. El que hablaba como si estuviera leyendo un guion.

—Buenos días, Byers.

Jonathan lo miró con odio. Intentó hablar. Solo salió un sonido apagado, un “mmph” inútil.

El hombre sonrió apenas.

—Ah, sí. Lo siento. No queremos gritos.

Puso una silla frente a él y se sentó como si fueran a tomar café.

—Hablemos del Upside Down.

Jonathan apretó los ojos. Negó con la cabeza con fuerza.

—No. —El hombre se inclinó. —No “no”. No me gusta esa respuesta.

Jonathan tiró otra vez de las cuerdas, buscando holgura. Nada.

—Tú estuviste ahí —continuó el hombre, como si estuviera hablando de una excursión. —Tú lo viste. Tú sobreviviste. Y tú sabes cosas que la gente normal no sabe.

Jonathan tragó saliva. Intentó obligarse a respirar más despacio. Pensó en Eric. En Joyce. En el dibujo a medias.

El hombre sacó un sobre manila. Lo abrió. Sacó fotografías y las tiró sobre el suelo, una por una, frente a Jonathan, como cartas.

Eric saliendo de la escuela. Eric con mochila. Eric en una tienda con Joyce. Eric riéndose con un helado.

Jonathan se tensó tanto que el cuello le ardió.

El hombre lo observó.

—¿Ves? Podemos vigilarlo. Podemos volver por él. O… podemos no hacerlo.

Jonathan movió la cabeza en negativo, desesperado. No, no, no. No lo toquen. No lo miren. No lo—

El hombre suspiró, como si Jonathan fuera un problema administrativo.

—Nos dices lo que sabes. Nos dices cómo abrir un portal. Nos dices dónde hay… actividad. Y tu hijo vive.

Jonathan cerró los ojos, con el corazón golpeándole en los oídos. Intentó hablar otra vez, aunque la mordaza lo ahogaba.

“Mmph… mmph.”

El hombre se levantó. Caminó detrás de él. Jonathan sintió la sombra acercarse.

Un golpe en las costillas. No brutal, pero exacto. Enseñado. Dolió como un recordatorio.

Jonathan se dobló todo lo que pudo.

El hombre le sujetó el cabello y le levantó la cabeza.

—No nos hagas repetirlo.

Jonathan respiraba como si estuviera corriendo. Miró al hombre con una claridad amarga: no podía ganar con fuerza. Solo podía ganar resistiendo.

Negó con la cabeza, despacio. Con toda la voluntad que le quedaba.

El hombre lo soltó con desprecio.

—Está bien. Lo intentaremos de otra forma.

Salió.

La puerta se cerró.

Y la habitación volvió a ser Jonathan, una silla y la mordaza que le robaba la voz.

En la casa de Joyce, el aire se había vuelto de vidrio.

Eric estaba sentado en el sofá sin moverse, como si el cuerpo fuera un traje demasiado pesado.

Joyce le había puesto una manta sobre los hombros. Él no la había rechazado, pero tampoco la abrazaba.

Nancy estaba de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada tan fuerte que parecía que podía romperse.

—No debiste… —empezó Nancy, pero la voz se le quebró. No era enojo, era terror.

Joyce la miró, con ojos que quemaban.

—No “debiste” nada —dijo, furiosa y temblando. —Él… él se entregó.

Eric apretó la manta con los dedos.

—Fue mi culpa —susurró, casi inaudible.

Joyce se acercó de inmediato. Se arrodilló frente a él y le tomó las manos.

—No. No, corazón. No fue tu culpa.

—Yo… yo le dije “papá”. —Eric tragó saliva y sus ojos se llenaron de lágrimas. —Y luego… lo golpearon. Si yo no—

—Escúchame —Joyce le sostuvo la cara con ambas manos. —Si tu papá… si Jonathan te escuchó decir eso, fue lo mejor de su vida. ¿Entiendes?

Eric lloró sin hacer ruido, como si todavía tuviera miedo de atraer monstruos.

Nancy se giró hacia Joyce.

—Necesitamos ayuda —dijo, respirando hondo. —Necesitamos a alguien que sepa rastrear. A alguien que… que no se congele.

Joyce ya estaba agarrando el teléfono.

—Steve —dijo, sin dudar. —Y Dustin. Y Hopper… si estuviera… —se le quebró la voz, pero se recompuso de inmediato. —Pero primero Steve.

Eric levantó la cabeza.

—Yo vi el coche —dijo de golpe.

Joyce parpadeó.

—¿Qué?

Eric tragó saliva, aferrándose a la idea como a un salvavidas.

—Era… era oscuro. Tenía un golpe aquí —señaló con la mano— en la puerta trasera. Y había un… un sticker. Como… como una estrella.

Nancy se acercó, agachándose.

—¿Una estrella dónde?

—En la ventana. Una estrella… roja.

Joyce sintió que el corazón le daba un salto. Nancy y ella se miraron: no era perfecto, pero era algo. Una pista real.

—Bien —dijo Joyce, apretando la mano de Eric. —Eso ayuda. Eso ayuda mucho.

Eric tragó saliva.

—Lo vamos a traer de vuelta, ¿verdad?

Joyce lo miró con firmeza.

—Sí. Te lo prometo.

Y Joyce Byers no hacía promesas a la ligera.

En la habitación húmeda, las horas pasaron como piedras.

Volvieron varias veces.

Preguntas. Golpes medidos. Amenazas dichas con voz aburrida. Jonathan intentó contar el tiempo, pero el miedo lo distorsionaba. A ratos, el sueño lo arrastraba y despertaba con el cuerpo sacudiéndose.

La mordaza lo hacía sentir pequeño. No podía explicar. No podía negociar. No podía decir: “el niño no sabe nada”, “por favor”, “lo que quieren no existe”, “no hay forma segura”.

Solo podía mirar. Sacudir la cabeza. Resistir.

En uno de los interrogatorios, el hombre calmado llevó un cuaderno.

—Queremos nombres —dijo. —Queremos lugares. Queremos señales. Tú estuviste cerca de las puertas. Tú sabes cómo se sienten.

Jonathan apretó los dientes alrededor de la mordaza y negó con la cabeza.

El hombre suspiró.

—Deberías entender algo, Byers. Nosotros no estamos jugando a salvar el mundo. Nosotros estamos… invirtiendo.

“Ustedes están repitiendo el infierno”, pensó Jonathan, y su estómago se revolvió.

Le mostraron de nuevo fotografías de Eric. Esta vez, una de él dormido en el sofá, con la manta que Joyce le había puesto.

Jonathan sintió ganas de gritar. Se le llenaron los ojos de rabia y terror.

El hombre se inclinó hacia él.

—¿Ves? Podemos entrar a tu casa cuando queramos. Podemos entrar a la casa de tu madre. Podemos entrar a donde esté.

Jonathan intentó levantarse. Las cuerdas lo detuvieron. Un “mmph” se le estrelló en la garganta.

El hombre sonrió.

—Háblame del portal más cercano.

Jonathan se quedó quieto. Respiró por la nariz. Una vez. Dos veces. Apretó los ojos un segundo.

Negó con la cabeza.

El golpe llegó en el hombro. Luego otro en el costado. Nada que lo matara. Solo lo suficiente para recordarle que ellos podían.

Jonathan se tambaleó en la silla, mareado.

A través del dolor, pensó en Eric gritando “Papá”. Y se aferró a eso como a una cuerda invisible.

“Te escuché”, pensó. “Te escuché. Y por eso aguanto.”

Afuera, el rescate se armaba con manos temblorosas.

Steve llegó a la casa de Joyce como un huracán contenido. Tenía el pelo desordenado, una sudadera vieja, y los ojos encendidos.

—¿Dónde? —preguntó, directo.

Joyce le mostró la pista: el coche oscuro, la estrella roja en la ventana, el golpe en la puerta.

Dustin apareció después con un cuaderno y esa cara de “esto es serio” que no tenía cuando hablaba de cómics.

—Estrella roja… eso me suena —dijo, murmurando. —Había un taller, una chatarrería… cerca de la salida vieja. Tenían un logo así.

Nancy ya estaba agarrando las llaves.

—Vamos —dijo. —Ahora.

Eric se levantó del sofá.

—Yo también.

Joyce lo miró.

—No.

Eric apretó los puños.

—Es mi papá.

Steve se agachó frente a él, con una seriedad que Eric no le había visto antes.

—Escucha, campeón. Tu papá hizo esto para que tú estés seguro. Si vas, lo haces más difícil. Pero… —Steve respiró hondo— tú nos ayudaste con la pista. Eso fue valiente. Y ahora lo más valiente es quedarte aquí con Joyce, ¿sí?

Eric tragó saliva. Sus ojos se llenaron.

—Tráiganlo —dijo, con voz rota. —Por favor.

Steve le apretó el hombro con cuidado.

—Lo vamos a traer.

Joyce besó la frente de Eric antes de salir. Le temblaban las manos. Pero su cara era una línea de determinación.

—Quédate con la señora Henderson —dijo. —No abras a nadie. Y si suena el teléfono… —se le quebró la voz— me lo pasas.

Eric asintió, aferrándose al borde del sofá como si fuera un salvavidas.

La puerta se cerró.

Y Eric se quedó con el eco de la palabra “papá” revolviéndole el pecho como una herida abierta.

La chatarrería olía a aceite y metal viejo.

La estrella roja estaba ahí: un logo pintado en un cartel torcido, casi borrado por el sol. El coche oscuro estaba estacionado detrás, parcialmente cubierto por una lona.

Nancy apretó la mandíbula.

—Es aquí.

Steve levantó una mano, señalando silencio. Dustin se quedó atrás, pegado a Nancy, respirando rápido.

Joyce avanzó primero, como si el miedo le hubiera quemado el freno.

Entraron por una puerta lateral. La madera crujió.

Steve la sostuvo antes de que hiciera ruido. Dentro, sombras largas. Pasillos estrechos entre montones de piezas.

Un murmullo. Voces.

Steve sacó un bate—viejo hábito de guerra. Nancy llevaba una pistola que no le temblaba tanto como debería temblarle.

Joyce llevaba… pura rabia.

Una puerta al fondo. Luz debajo.

Joyce la empujó.

Y el mundo se detuvo.

Jonathan estaba ahí.

Atado a una silla. Cabeza caída. Cara marcada. La mordaza le cubría la boca, apretándole las mejillas. Sus ojos se levantaron, desorientados, como si no creyera que lo que veía era real.

Joyce no respiró. Se le quebró algo en el pecho, viejo y nuevo a la vez.

—¡Jonathan! —su voz salió como un grito.

Los hombres se giraron. Uno se movió hacia Jonathan, agarrándolo por los hombros como si fuera un escudo.

—¡No se acerquen! —gruñó.

Nancy levantó el arma.

—Suéltalo.

Steve dio un paso, bate listo.

Joyce avanzó igual. La rabia la empujaba, pero la imagen de Jonathan amordazado la frenaba a la vez.

El hombre apretó más el agarre y empujó a Jonathan hacia delante. Jonathan se quejó detrás de la mordaza, un sonido roto.

Joyce vio cómo Jonathan intentaba sacudir la cabeza, como diciendo “no”, “no disparen”, “no”.

Nancy respiró hondo. Su voz se volvió hielo.

—Tienes cinco segundos.

El líder—el calmado—apareció en el marco de la puerta, como si hubiera estado esperando el teatro.

—Ah —dijo, sin prisa. —La familia.

Joyce lo miró como si quisiera arrancarle la garganta con los dientes.

—¿Dónde está mi hijo?

—Aquí —respondió el hombre, como si fuera un chiste.

Steve se lanzó primero.

Todo pasó rápido: Steve golpeó al que sostenía a Jonathan en el brazo con el bate. La pistola cayó con un ruido metálico.

Nancy se movió hacia la otra esquina, disparando a una pared para asustar y cortar camino. Dustin gritó algo, pero quedó atrás.

Jonathan se tambaleó en la silla. El hombre que lo usaba de escudo lo empujó y Jonathan cayó al suelo, golpeándose el hombro.

Joyce cayó de rodillas a su lado.

—No, no, no… —susurró, con la voz hecha trizas.

Los ojos de Jonathan estaban abiertos, desesperados, buscando.

“Eric”, decía su mirada.

Joyce le tocó la cara con manos temblorosas y, con la otra, buscó el nudo de la mordaza.

—Estoy aquí —dijo. —Estoy aquí.

Tiró. La tela estaba apretada, pegada por saliva y sangre seca. Jonathan gimió, un sonido ahogado.

Joyce deshizo el nudo con dedos torpes, furiosos. Lo arrancó de su boca.

Jonathan aspiró aire como si fuera la primera vez.

—¿Eric…? —su voz salió rota, raspada.

Joyce lo sostuvo.

—Está a salvo. Está en casa.

Jonathan cerró los ojos. Un sollozo le tembló en la garganta, silencioso, como si no supiera cómo salir después de tantas horas sin voz.

Steve, al fondo, gritó:

—¡Joyce, ahora!

Nancy disparó de nuevo, esta vez al techo, para obligar a los hombres a retroceder. Dustin jaló una caja y la tiró, haciendo ruido, distracción torpe pero útil.

Joyce metió los dedos en las cuerdas de Jonathan.

—Te saco de aquí, ¿sí? —dijo, casi suplicando.

Jonathan asintió, respirando rápido.

—Yo… yo no dije nada —murmuró, como si eso fuera lo único que importara. —No dije nada.

Joyce lo miró con lágrimas en los ojos.

—Lo sé. Lo sé.

Cortó las cuerdas con una navaja que Steve le había dado una vez “por si acaso”. Jonathan se desplomó contra ella, pesado, temblando.

—Vamos —dijo Nancy, sosteniendo la puerta con el arma. —¡Ahora!

Steve cargó a Jonathan por un lado, Joyce por el otro. Jonathan intentó caminar, pero sus piernas no obedecían bien. El mundo parecía girarle.

Salieron de la chatarrería con el corazón en la garganta. Un hombre gritó algo atrás, pero el aire de afuera los tragó.

Subieron al coche. Steve arrancó con las manos firmes, aunque su mandíbula traicionaba el miedo.

Joyce no soltó la mano de Jonathan en todo el camino.

El regreso a casa fue una mezcla de luces y sombras.

Jonathan estaba en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el hombro de Joyce, respirando como si el aire fuera difícil de creer. Nancy miraba por el retrovisor cada cinco segundos.

Steve conducía sin hablar.

Cuando llegaron, la señora Henderson abrió la puerta antes de que tocaran. Eric apareció detrás, con los ojos enormes.

Se quedó quieto al ver a Jonathan.

Jonathan levantó la cabeza como pudo.

—Eric…

Eric dio un paso… y se detuvo, como si el miedo lo sujetara.

—Yo… yo—

Jonathan estiró una mano temblorosa.

—Ven.

La palabra fue pequeña. Pero fue todo.

Eric corrió.

Se lanzó contra él con cuidado, como si Jonathan fuera de vidrio.

Jonathan lo abrazó con los brazos débiles, apretando como si el cuerpo recordara cómo hacerlo incluso cuando todo dolía.

Eric lloró en silencio, la cara hundida en la camisa de Jonathan.

—Lo siento —susurró. —Lo siento, lo siento…

Jonathan besó su cabello. Sus labios temblaban.

—No… no lo digas así.

Eric levantó la cara. Sus ojos estaban rojos.

—Yo… pensé que… pensé que si yo no te hubiera llamado—

Jonathan lo interrumpió con un hilo de voz.

—Esa fue… la parte buena.

Eric se quedó congelado.

Jonathan tragó saliva. Cerró los ojos un segundo, como si reunir palabras fuera levantar piedras.

—Cuando dijiste “papá”… —su voz se quebró— fue lo mejor que escuché… en mucho tiempo.

Eric sollozó, más fuerte. Joyce se cubrió la boca para no llorar en voz alta.

Nancy bajó la mirada, respirando como si acabara de escapar de un incendio.

Eric se apretó más contra Jonathan.

—Entonces… entonces lo voy a seguir diciendo.

Jonathan sonrió, cansado, real.

—Me gustaría eso.

Esa noche, Jonathan no quería dormir.

Lo intentó. Joyce lo acomodó en el sofá porque su cuarto le quedaba lejos y subir escaleras era una montaña. Nancy le llevó agua. Steve se quedó en una silla sin moverse, como guardia silencioso.

Jonathan miraba el techo, parpadeando lento.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía la mordaza. El aire atrapado. La impotencia.

Joyce se sentó a su lado, con una manta.

—Puedes hablar, Jonathan —dijo, suave. —No tienes que… guardártelo.

Jonathan tragó saliva.

—No podía… decir nada. —Se tocó la garganta como si todavía estuviera apretada. —No podía decirles que él no sabía nada. No podía… defenderlo con palabras.

Joyce le tomó la mano.

—Lo defendiste con tu cuerpo.

Jonathan soltó un sonido que no era risa.

—Fue… lo único que tenía.

Joyce le apretó los dedos.

—Y funcionó.

Jonathan cerró los ojos. Un temblor lo cruzó.

—Me dio miedo… que fueran por él. Me enseñaron fotos. Fotos de él… aquí.

Joyce apretó la mandíbula, furiosa.

—Ya no van a tocarlo.

Jonathan abrió los ojos y la miró, herido.

—¿Y si vuelven?

Joyce se inclinó y apoyó su frente contra la de él.

—Entonces tendrán que pasar sobre mí, Jonathan. Y no pienso… dejar que te lleven otra vez.

Jonathan respiró hondo. El temblor aflojó un poco.

En la otra habitación, Eric escuchaba desde el pasillo, sin querer, con el corazón doliéndole.

Retrocedió despacio y fue hacia el sofá.

Se paró frente a Jonathan, nervioso.

—¿Puedo…? —preguntó, señalando el espacio junto a él.

Jonathan abrió el brazo, lento.

—Sí.

Eric se acostó pegado a él, como cuando era más pequeño. Joyce los cubrió con la manta.

Eric murmuró, casi en secreto:

—Papá.

Jonathan apretó los labios, como si esa palabra le arreglara algo adentro.

—Aquí estoy —susurró.

Eric tragó saliva.

—Cuando te llevaron… pensé que ya no ibas a volver.

Jonathan le acarició el cabello con dedos temblorosos.

—Yo también tuve miedo —admitió. —Pero… —miró a Joyce— tu abuela es… aterradora cuando está enojada.

Eric soltó una risita quebrada. Joyce le dio un golpecito suave en la pierna a Jonathan, con lágrimas en los ojos.

—Duérmete —ordenó, pero su voz temblaba de alivio.

Jonathan cerró los ojos. No todo estaba bien. Todavía había sombras. Pero había calor. Había una manta, una mano, una palabra.

“Papá.”

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Jonathan dejó que el sueño lo alcanzara sin pelear tanto.

A la mañana siguiente, el sol entró como si nada hubiera pasado.

Como si Hawkins no guardara secretos en las paredes.

Eric abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro de Jonathan, dormido, agotado.

Tenía una marca tenue en la mejilla.

Eric tragó saliva y estiró la mano, tocándola con cuidado, como si pudiera borrar el dolor.

Jonathan se movió un poco, despertando.

—¿Hey…? —murmuró, con voz ronca.

Eric se quedó quieto, culpable.

—Perdón.

Jonathan frunció el ceño, cansado.

—¿Por qué?

Eric bajó la mirada.

—Por todo.

Jonathan suspiró, y el suspiro parecía viejo.

—Ven aquí.

Eric se acercó. Jonathan lo abrazó con más fuerza de la que su cuerpo debería tener.

—Escúchame bien —dijo Jonathan, serio. —Nunca vuelvas a pensar que eres una carga. ¿Sí?

Eric tragó saliva, temblando.

—Pero tú… te entregaste.

Jonathan asintió.

—Sí.

—Entonces… —Eric no sabía cómo decirlo sin romperse— entonces tú… elegiste que te lastimaran.

Jonathan apretó la cara contra el cabello de Eric.

—Elegí que tú vivieras sin miedo, aunque fuera por un día más.

Eric se quebró. Lloró de verdad, sin silencio, sin mordaza, sin esconderse.

Jonathan lo sostuvo, firme.

—Y además… —añadió, con una sonrisa mínima— me llamaste papá.

Eric se rió entre lágrimas.

—Sí.

Jonathan lo miró.

—¿Lo sientes de verdad?

Eric asintió.

—Sí.

Jonathan respiró como si ese “sí” le diera oxígeno.

—Entonces… está bien.

Eric se acomodó junto a él otra vez.

Joyce apareció con café y un plato de pan tostado. Se quedó un momento en la puerta, mirándolos como si necesitara asegurarse de que era real.

—Buenos días —dijo, con voz suave.

Jonathan levantó la mirada.

—Gracias, mamá.

Joyce parpadeó, sorprendida. Jonathan casi nunca decía “mamá” así, directo, como un lugar seguro.

Joyce sonrió con lágrimas.

—Siempre —respondió.

Nancy llegó después, con la cara cansada, pero más clara. Steve apareció en el marco, con ojeras como guerra y una bolsa de donas como si eso pudiera reparar el universo.

—Traje azúcar —anunció, intentando sonar casual.

Jonathan lo miró y, por un segundo, la gratitud se le asomó sin filtros.

—Gracias, Steve.

Steve se encogió de hombros.

—Sí, bueno. No me hagas llorar o me voy.

Eric miró a todos: Joyce, Nancy, Steve. Y a Jonathan.

Entonces dijo, sin miedo, claro:

—Papá… ¿te quedas hoy conmigo?

Jonathan le apretó la mano.

—Sí, campeón. Me quedo.

Y por primera vez desde que el Upside Down se metió en sus vidas, la palabra “hoy” sonó como una promesa posible.

Chapter 22: Mi Primer Hogar

Chapter Text

La noticia llegó en una tarde que parecía demasiado tranquila para lo que estaba a punto de cambiar.

Joyce sostenía el teléfono con las manos temblorosas.

Nancy estaba al otro lado de la línea.

Jonathan estaba sentado en la mesa de la cocina con Eric en brazos. El niño jugaba con los botones de su camisa, balbuceando cosas que solo él entendía.

—¿Joyce? —preguntó Jonathan al ver el silencio raro en su madre.

Joyce lo miró. Y luego sonrió. Y luego lloró.

—Voy a ser abuela —susurró.

El mundo no explotó.

No hubo música dramática.

Solo el tic-tac del reloj y el sonido suave de Eric golpeando la mesa con una cucharita.

Jonathan tardó un segundo.

Y luego otro.

Y luego la sonrisa le rompió la cara en dos.

—¿En serio?

Joyce asintió.

Eric chilló, como si entendiera la emoción. Jonathan lo levantó en el aire.

—Vas a ser hermano mayor, campeón.

Eric no entendía, pero rió igual.

Joyce se acercó y los abrazó a los dos.

Desde la puerta del pasillo, Will observaba.

Silencioso.

Con una sensación extraña en el pecho.

Esa noche hubo pizza.

Hubo risas.

Hubo planes.

Joyce hablaba emocionada sobre mantitas y cunas y colores de cuarto.

Jonathan estaba feliz. Nervioso. Asustado. Ilusionado.

Eric terminó dormido en su pecho.

Will sonreía.

Sonreía demasiado.

—Estoy cansado —dijo en algún momento.

Nadie notó que su sonrisa no llegaba a los ojos.

Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, Will no podía dormir.

Se quedó mirando el techo.

La frase se repetía en su cabeza.

Hermano mayor.

Eric ahora sería hermano mayor.

Jonathan tendría otro hijo.

Un bebé nuevo.

Uno que no tuviera miedo a la oscuridad.

Uno que no llorara por recuerdos que no se podían explicar.

Uno que no necesitara que alguien le tomara la mano cuando las luces parpadeaban.

Uno “normal”.

Will giró hacia la pared.

Intentó no pensar.

Intentó no sentir esa punzada horrible.

Pero la pregunta se filtró igual.

¿Y si ahora sí tiene un favorito?

Se cubrió la boca para no hacer ruido.

Pero el llanto salió igual.

Suave.

Ahogado.

Roto.

Jonathan no podía dormir tampoco.

Eric estaba inquieto esa noche. Lo había dejado en la cuna hacía poco, pero el silencio le parecía demasiado… cargado.

Escuchó algo.

No era Eric.

No era el refrigerador.

Era… un sonido apagado.

Un sollozo.

Jonathan se quedó quieto.

Luego se levantó.

Caminó descalzo por el pasillo oscuro.

Y lo oyó de nuevo.

Desde la habitación de Will.

Dudó un segundo.

Tocó suavemente.

—Will…

Silencio.

Jonathan abrió la puerta despacio.

Will estaba de espaldas, temblando apenas.

—Will —susurró otra vez.

No hubo respuesta.

Jonathan se acercó y se sentó en el borde de la cama.

—Hey…

Will intentó limpiarse la cara rápido.

—No pasa nada.

Jonathan conocía esa voz.

La había usado él mismo demasiadas veces en su vida.

—Claro que pasa algo.

Will negó.

Jonathan esperó.

No presionó.

Solo se quedó ahí.

Presente.

Will respiró hondo.

—Cuando nazca… —su voz se quebró— …ya no me vas a necesitar.

El corazón de Jonathan se detuvo.

—¿Qué?

—Ya tienes a Eric. Y ahora otro bebé. Uno que no esté… —tragó saliva— …dañado.

Silencio.

Pesado.

Jonathan sintió algo dentro de sí romperse.

—Will…

—Está bien —dijo rápido—. Lo entiendo. Siempre fui complicado. Mamá siempre estaba preocupada por mí. Tú también. Pero ahora vas a tener uno que no—

Jonathan lo abrazó.

Fuerte.

Interrumpiendo todo.

Will se quedó rígido al principio.

Jonathan escondió el rostro en su cabello.

—No vuelvas a decir eso.

Will temblaba.

—Pero es verdad.

Jonathan lo apartó apenas para mirarlo.

Tenía los ojos rojos. Hinchados.

El mismo niño que se escondía detrás de él cuando eran pequeños.

—Escúchame bien —dijo Jonathan, con voz firme pero rota—. Tú fuiste mi primer hogar.

Will parpadeó.

—¿Qué?

Jonathan respiró hondo.

—Cuando papá gritaba. Cuando mamá estaba agotada. Cuando todo parecía demasiado grande… tú eras lo único que yo sabía que tenía que proteger.

Su voz tembló.

—Yo aprendí a ser fuerte contigo. Aprendí a no huir porque tú estabas ahí.

Will lo miraba como si no entendiera.

—Tú no fuiste una carga. Fuiste la razón.

Las lágrimas volvieron.

—Pero ahora tienes tu propia familia.

Jonathan sonrió suave.

—Siempre la tuve. Tú eres mi familia. No eres reemplazable. No eres una etapa. No eres “el difícil”.

Will soltó un sollozo pequeño.

Jonathan lo abrazó otra vez.

—Nadie va a ocupar tu lugar. No Eric. No el bebé. Nadie.

Silencio.

Respiraciones mezcladas.

Will se aferró a su camiseta como cuando tenía ocho años.

—Tenía miedo —admitió.

—Lo sé.

—Pensé que ahora sí tendrías uno favorito.

Jonathan soltó una risa triste.

—¿Sabes cuál fue el momento más feliz de mi vida antes de que naciera Eric?

Will negó con la cabeza.

—Cuando me dijiste que querías que te enseñara a dibujar mejor sombras. Porque confiabas en mí.

Will hizo un sonido entre risa y llanto.

Jonathan apoyó la frente contra la suya.

—No necesito hijos perfectos. No necesito personas sin cicatrices. Necesito a mi hermano. Y te necesito aquí.

En ese momento, un llanto suave se escuchó por el monitor.

Eric.

Jonathan suspiró.

—Espera aquí.

Volvió unos minutos después con Eric medio dormido en brazos.

El niño frotaba su carita contra el hombro de Jonathan.

Jonathan se sentó de nuevo en la cama.

—Ven —le dijo a Will.

Will dudó un segundo.

Pero se acercó.

Jonathan acomodó a Eric entre los dos.

El pequeño suspiró y se acurrucó contra el pecho de Will sin siquiera abrir los ojos.

Will se quedó inmóvil.

—Mira —susurró Jonathan—. Ya eligió su lugar.

Eric apoyó la mano en la camiseta de Will.

Will la cubrió con la suya.

Las lágrimas ahora eran silenciosas.

Diferentes.

—No voy a irme a ningún lado —murmuró Jonathan—. Y tampoco voy a dejar que te sientas solo en esta casa. Ni ahora. Ni nunca.

Will apoyó la cabeza en el hombro de Jonathan.

Jonathan besó su cabello.

Eric respiraba suave entre ellos.

La habitación ya no se sentía fría.

Desde el pasillo, Joyce observaba.

Había escuchado parte de la conversación.

No intervino.

Solo apoyó la mano en su pecho.

Y sonrió entre lágrimas.

Porque entendía algo que a veces se olvidaba:

La familia no se divide cuando crece.

Se expande.

Más tarde esa noche, Will susurró:

—¿Jonathan?

—¿Sí?

—Gracias por escuchar.

Jonathan cerró los ojos.

—Siempre voy a escucharte.

Eric hizo un pequeño ruido dormido.

Will sonrió.

—Supongo que ahora somos… más.

Jonathan apretó el abrazo.

—Siempre fuimos más.

Y así, entre respiraciones compartidas, el miedo perdió volumen.

Y el hogar se hizo más grande.

Pero no porque alguien fuera reemplazado.

Sino porque nadie lo era.

Chapter 23: Instinto

Chapter Text

El primer antojo llegó a las dos de la madrugada.

Jonathan llevaba semanas ocultándolo.
El cansancio.

Las náuseas.

El ligero cambio en su aroma omega cuando el estrés lo sobrepasaba.

Había aprendido a cubrirlo con sudaderas grandes, a evitar miradas, a fingir que todo era normal.

Pero esa noche…

—Necesito… —murmuró, sentado en la cocina oscura— mantequilla de maní… con pepinillos… y chocolate.

Se quedó mirando la alacena como si lo hubiera traicionado.

Desde el sofá, una sombra se movió.

—Mrrp.

Rocket apareció, estirándose con dramatismo felino.

Jonathan lo miró.

—No me juzgues.

Rocket saltó a la mesa.

Olfateó el aire.

Luego caminó directo al refrigerador.

—No hay atún —susurró Jonathan, sintiéndose inexplicablemente culpable.

Rocket maulló como si acabara de confirmar una tragedia nacional.

Jonathan terminó sentado en el suelo de la cocina, comiendo su combinación imposible mientras Rocket protestaba con pequeños golpes a la puerta del refri.

Cinco minutos después, estaban los dos compartiendo una lata de atún que Jonathan abrió “solo para que dejara de mirarlo así”.

—No le digas a Steve —murmuró.

Rocket parpadeó lentamente.

Traidor.

Steve sospechó primero.

No por el olor.

No por el cansancio.

Por la forma en que Jonathan evitaba que lo abrazara por la cintura.

—¿Estás bien? —preguntó una tarde.

—Sí.

Demasiado rápido.

Demasiado firme.

Jonathan no confiaba en los alfas cuando se trataba de vulnerabilidad.

No era personal.

Era instinto.

Historia.

Miedo.

Un omega embarazado era frágil.

Un omega frágil podía ser reemplazado.

Y Jonathan no sobreviviría a que Steve lo mirara diferente.

Así que escondió los ultrasonidos en una caja de zapatos bajo la cama.

Cubrió su aroma cuando cambió.

Soportó los mareos solo.

Y cuando Rocket empezó a dormir pegado a su vientre, como si supiera…

Jonathan lloró en silencio.

Fue temprano.

Demasiado temprano.

Jonathan despertó con dolor.

No era como los calambres normales.

Era profundo. Tirante. Incorrecto.

Rocket estaba encima de su estómago. Se levantó de inmediato cuando Jonathan se dobló sobre sí mismo.

—Está bien… —susurró, pero su voz tembló.

Intentó levantarse.

Otro dolor lo partió en dos.

Y entonces…

Calor.

Humectación.

Miedo.

—No… no, todavía no… —jadeó.

Eric no debía nacer aún.

No así.

No ahora.

Jonathan llegó hasta el baño antes de que sus piernas cedieran.

Rocket salió disparado hacia la habitación.

Steve apenas tuvo tiempo de entender por qué el gato estaba maullando como sirena antes de escuchar el golpe.

—¡Jonathan!

Lo encontró en el suelo.

Pálido.

Sudando.

Protegiéndose el vientre.

Y el olor.

Steve lo olió antes de que Jonathan pudiera decirlo.

Omega.

Parto.

Demasiado pronto.

—Estoy… bien… —susurró Jonathan.

Mentira.

El trayecto fue borroso.

Jonathan no soltó su vientre ni un segundo.

Ni siquiera cuando las contracciones se volvieron más fuertes.

Ni cuando Steve tomó su mano.

En la sala de parto, Jonathan gritó una sola vez.

No por el dolor.

Por el miedo.

—Por favor —susurró entre dientes—, que esté vivo…

Y luego…

Un llanto.

Pequeño.

Frágil.

Pero real.

Eric.

Demasiado pequeño.

Demasiado pronto.

Pero respirando.

Jonathan lloró como si se estuviera rompiendo.

—Mi bebé…

No dejó que nadie lo sostuviera primero.

No enfermeras.

No médicos.

Y cuando Steve dio un paso al frente…

Jonathan retrocedió instintivamente.

Eric era diminuto.

Envuelto en mantas blancas.

Con un olor suave, mezcla de leche y algo nuevo.

Jonathan no permitió que nadie se acercara.

Ni siquiera Steve.

—Puedo sostenerlo un momento —pidió Steve, con voz suave.

—No.

Automático.

Duro.

—Jon…

—Es mío.

Silencio.

No lo dijo como posesión.

Lo dijo como miedo.

Como si alguien fuera a arrebatárselo.

Como si el mundo siempre hiciera eso.

Steve dio un paso atrás.

No discutió.

Se sentó.

Esperó.

Eric empezó a inquietarse.

Pequeños sonidos.

Demasiado agudos.

Jonathan lo mecía, pero su propio pulso estaba acelerado. El estrés lo traicionaba.

El bebé lloró más fuerte.

Steve habló sin moverse.

—¿Puedo sentarme a tu lado?

Jonathan dudó.

Asintió apenas.

Steve no intentó tocar al bebé.

Solo se sentó.

Cerca.

Calmo.

Su aroma alfa se suavizó deliberadamente. Protector. No dominante.

Eric inhaló.

Se calmó un poco.

Jonathan lo notó.

Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.

Pasaron horas.

Jonathan no dormía.

No comía.

No soltaba al bebé.

Rocket, que había sido traído en una visita especial gracias a una enfermera comprensiva, se acurrucó a los pies de la cama.

Steve se acercó finalmente.

Muy despacio.

—No quiero reemplazarte —dijo en voz baja.

Jonathan no levantó la mirada.

—No quiero que pienses que no puedes hacerlo solo.

Silencio.

—Pero no estás solo.

Jonathan tragó.

—Los alfas… cuando un omega se vuelve débil…

—No eres débil.

Firme.

Seguro.

—Acabas de traer al mundo a nuestro hijo antes de tiempo. Eso no es debilidad.

Eric volvió a hacer un sonido inquieto.

Steve extendió una mano.

No al bebé.

A Jonathan.

—Déjame ayudarte. No a reemplazarte. A sostener lo que tú sostienes.

Jonathan dudó.

Luego, con manos temblorosas…

Permitió que Steve tocara la manta.

Solo la manta.

Eric inhaló otra vez.

Y se calmó completamente.

La primera vez que Steve sostuvo a Eric fue porque Jonathan estaba demasiado agotado para mantenerse despierto.

Fue apenas unos minutos.

Jonathan vigilaba cada movimiento.

Pero Eric no lloró.

No protestó.

Solo abrió los ojos.

Y Steve… sonrió como si el mundo acabara de empezar.

Cuando Jonathan finalmente apoyó la cabeza en el hombro de Steve, fue sin darse cuenta.

Rocket saltó al regazo de Jonathan.

Y los cuatro quedaron así.

Una pequeña constelación imperfecta.

Pero completa.

En casa

El instinto protector de Jonathan no desapareció.

Se intensificó.

Nadie tocaba al bebé sin su permiso.

Las visitas eran limitadas.

Rocket actuaba como guardián oficial de la cuna.

Pero algo cambió.

Jonathan empezó a dejar que Steve preparara el biberón.

Que lo cargara mientras él dormía.

Que le hablara en susurros suaves.

Una noche, Eric empezó a llorar sin consuelo.

Jonathan intentó todo.

Nada funcionaba.

Steve se sentó detrás de él, envolviéndolos a ambos.

Sin invadir.

Solo sosteniendo.

Eric inhaló.

Se calmó.

Jonathan lloró en silencio.

—No quiero fallarle…

Steve besó su cabello.

—No lo harás. Porque lo amas así.

Eric se quedó dormido con ambas esencias mezcladas.

Omega.

Alfa.

Equilibrio.

Semanas después, Jonathan despertó otra madrugada.

Antojo.

Esta vez, era más simple.

Leche con cereal y… atún.

—No otra vez —susurró.

Desde el pasillo, Rocket maulló con entusiasmo.

Steve apareció en la puerta.

Despeinado.

Sonriendo.

—¿Qué toca hoy? ¿Algo raro?

Jonathan lo miró.

Ya no había miedo.

—Sí. Pero esta vez puedes ayudar.

Steve se acercó.

Besó su frente.

Y juntos, en la cocina silenciosa, prepararon algo extraño mientras Eric dormía tranquilo en su cuna… protegido por dos latidos.

Y un gato con antojo de atún.

Chapter 24: “Rocket lo escondió”

Chapter Text

La casa olía a café frío y a ropa recién secada sobre la silla.

Jonathan estaba sentado en el suelo de la sala, con las piernas abiertas y el ceño fruncido en concentración absoluta.

Frente a él estaba Rocket —demasiado pequeño para su propio equilibrio, demasiado curioso para quedarse quieto— moviendo la cola como si el mundo entero fuera un juego hecho para él.

Y en medio de los dos…

Teddy.

El osito marrón claro, con una oreja un poco más doblada que la otra y un lazo azul desteñido al cuello. No era nuevo. No era elegante. Pero era el osito.

Jonathan lo había tenido desde que podía recordar.

 

Dormía con él.

Comía con él.

A veces incluso lo sentaba en una silla pequeña improvisada junto a la mesa.

—Es mío —le explicó muy serio a Rocket, abrazando al osito contra el pecho.

Rocket respondió mordiendo la pata de Teddy.

—No, Rocket —dijo Jonathan con voz suave pero firme.

El gatito no entendía reglas.

Entendía movimiento.

Entendía textura.

Y la tela vieja de Teddy era fascinante.

Joyce observaba desde la cocina con una sonrisa distraída mientras lavaba un plato.

—Déjalos, Jonathan. Está jugando.

Jonathan frunció más el ceño.

No era “solo jugar”.

Teddy no era un juguete cualquiera.

Todo ocurrió en menos de un minuto.

Jonathan fue al baño porque Joyce se lo pidió. Cuando volvió, Rocket ya estaba en modo explorador.

El osito no estaba donde lo había dejado.

Jonathan se quedó quieto en medio de la sala.

Miró a la derecha.

Miró a la izquierda.

—¿Teddy?

Silencio.

Rocket salió de debajo de la mesa, orgulloso, con la cola erguida.

Sin osito.

Jonathan parpadeó varias veces, confundido.

Se arrodilló y empezó a mirar alrededor. Levantó un cojín. Nada. Miró debajo de la mesita. Nada.

—Mamá…

—¿Qué pasa, cielo? —respondió Joyce desde la cocina.

—Teddy no está.

—Debe estar por ahí.

Jonathan volvió a mirar. Su respiración empezó a hacerse más rápida.

Rocket apareció junto al sofá. Se agachó. Desapareció debajo.

Jonathan lo siguió gateando.

Y entonces lo vio.

Un pedacito de la oreja marrón asomando muy al fondo, debajo del sofá.

Pero estaba demasiado lejos.

Jonathan se tumbó en el suelo e intentó estirar el brazo. No alcanzaba.

—Rocket… —susurró con voz temblorosa.

El gatito maulló feliz desde la oscuridad.

Jonathan volvió a estirarse. Su camiseta se llenó de polvo. Sus dedos apenas rozaron la tela… pero no fue suficiente.

—Mamá… —dijo otra vez, ahora más urgente.

—Jonathan, no dramatices. Está en la casa.

Esa frase.

“No dramatices.”

Algo en el pecho del niño se apretó.

Jonathan no sabía explicar lo que sentía.

Solo sabía que el mundo se estaba haciendo demasiado grande.

Demasiado vacío.

Se tumbó boca abajo e intentó meter medio cuerpo debajo del sofá. El borde de madera le presionó el hombro. No cabía.

—Teddy… —murmuró.

La respiración comenzó a acelerarse.

Inhala.

Exhala.

Inhala más rápido.

El polvo le picaba la nariz. Las lágrimas comenzaron a caer sin que él lo notara.

Rocket salió arrastrándose por el otro lado del sofá, divertido, sin comprender.

Jonathan se sentó de golpe.

El aire no entraba bien.

Sus manitas se cerraron en puños pequeños.

—Mamá…

Ahora no era queja.

Era miedo.

Joyce salió de la cocina con el trapo en la mano.

—¿Qué pasa ahora?

Lo vio.

Lo vio de verdad.

Jonathan estaba sentado en el suelo, la espalda contra el sofá, los ojos abiertos demasiado grandes. Respiraba rápido. Demasiado rápido. Sus labios temblaban.

No estaba haciendo berrinche.

Estaba asustado.

—Jonathan —su voz cambió inmediatamente—. Amor, mírame.

Pero él no podía.

Su mirada estaba fija en el sofá.

—No… no… no… —murmuraba entrecortado.

Joyce sintió el golpe de culpa en el estómago.

Se arrodilló frente a él.

—¿Dónde está?

Jonathan señaló con dedos temblorosos.

—Ahí… Rocket… Teddy…

Y entonces Joyce entendió.

No era el juguete.

Era lo que representaba.

Las noches de tormenta.

Las veces que se sentía pequeño.

El objeto que siempre estaba.

Joyce no perdió tiempo.

Se arrodilló completamente en el suelo, ignorando el polvo, e intentó mirar debajo del sofá.

—Está muy al fondo…

Jonathan hizo un pequeño sonido desesperado.

Su respiración volvió a descontrolarse.

Joyce se acercó y sostuvo su rostro con suavidad.

—Hey. Hey. Estoy aquí. Respira conmigo.

Pero él no podía seguir el ritmo.

Sus manitas empezaron a temblar.

Joyce no lo dudó.

Se acostó completamente en el suelo y estiró el brazo lo más que pudo. Su hombro rozó el borde de madera. Su mejilla quedó contra el piso frío.

—Casi… casi…

Sus dedos tocaron tela.

Tiró con cuidado.

Teddy salió cubierto de polvo, con el lazo azul sucio y un poco arrugado.

Joyce lo sostuvo como si fuera un tesoro rescatado del fondo del mar.

Se incorporó y lo levantó frente a Jonathan.

—Aquí está.

El niño dejó escapar un sollozo que no había podido salir antes.

Pero no estiró las manos hacia el osito.

Se lanzó hacia su madre.

Se aferró a ella con fuerza desesperada.

Enterró la cara en su cuello.

Y entonces lloró.

No por Teddy.

Por el miedo.

Por sentirse solo durante esos minutos.

Joyce cerró los ojos con fuerza.

—Lo siento —susurró contra su cabello—. Lo siento, mi amor.

Lo sostuvo fuerte, fuerte, fuerte.

Luego le entregó el osito.

Jonathan lo abrazó… pero sin soltar a su mamá.

Como si necesitara ambas cosas para sentirse seguro.

Rocket apareció, ajeno a la gravedad del momento, y maulló alegremente.

Jonathan lo miró con ojos aún húmedos.

—No… —murmuró débilmente.

Joyce acarició la cabecita del niño.

—Rocket no sabía. Es un bebé también.

Jonathan observó al gatito.

Rocket inclinó la cabeza.

Se acercó.

Y, como si intuyera algo, apoyó su pequeña pata en la pierna de Jonathan.

Jonathan dudó.

Luego, con una mano todavía aferrada a Teddy y la otra a la camisa de su madre, extendió los dedos y tocó suavemente la cabeza del gatito.

—No escondas… —susurró.

Rocket respondió con un pequeño ronroneo.

Esa noche, Joyce lavó a Teddy con cuidado.

Jonathan se sentó en la encimera observando cada movimiento, nervioso.

—No se va a romper —le aseguró ella.

Lo envolvió en una toalla limpia y lo secó con delicadeza.

Después lo colocó en la cama.

Jonathan lo abrazó como si hubiera regresado de un viaje muy largo.

Joyce se sentó a su lado.

—Hoy me equivoqué —dijo suavemente.

Jonathan la miró.

—Pensé que era un capricho… y no lo era.

Él no entendía todas las palabras.

Pero entendía el tono.

Ella le besó la frente.

—Tú nunca eres un capricho.

Jonathan se acomodó contra ella.

Rocket saltó a la cama y se acomodó junto a las piernas del niño.

Un pequeño círculo cálido.

Jonathan cerró los ojos.

Respiración lenta ahora.

Segura.

Con Teddy en un brazo.

Con Rocket cerca.

Con su mamá sosteniéndolo.

Antes de quedarse dormido, murmuró:

—No me dejes…

Joyce apoyó la mejilla en su cabello.

—Nunca.

Y esta vez, cuando él se durmió, ella se quedó un poco más.

Porque entendió algo importante.

A veces no se trata del osito escondido.

Se trata del miedo de que, si algo desaparece…
también pueda desaparecer el amor.

Pero esa noche, en esa habitación pequeña y tibia,

Jonathan aprendió que podía perder un osito debajo del sofá…

y aun así

no perder a su mamá.

Chapter 25: Antes me cargabas a mí

Chapter Text

La casa estaba tranquila.

Demasiado tranquila.

No era una de esas noches con gritos ni discusiones ni portazos. No. Era una noche suave, con la televisión murmurando bajito y el olor a sopa calentándose en la estufa.

Will estaba en el sofá.

En brazos de mamá.

Jonathan lo observaba desde el suelo, donde fingía construir una torre con bloques que no dejaba de derribar.

—Mamá —susurró Will.

Joyce inmediatamente tocó su frente.

—¿Te duele algo? ¿Tienes frío?

Jonathan miró sus propias manos.

A él no le habían tocado la frente en días.

Quizá semanas.

No estaba seguro.

Rocket, el gatito blanco y negro, se deslizó entre sus piernas y le dio un pequeño cabezazo en la rodilla. Jonathan lo levantó y lo abrazó fuerte.

Muy fuerte.

—Shh —le dijo al gatito—. No hagas ruido.

Pero en realidad era él quien estaba tratando de no hacerlo.

No fue de golpe.

Fue como una suma pequeña de cosas.

Will se enfermaba más.

Will tenía pesadillas.

Will lloraba en la noche.

Y Joyce corría.

Siempre corría.

Jonathan empezó a notar el patrón.

Mamá cargaba más a Will.

Dormía más con Will.

Le revisaba la frente a Will.

Le acomodaba la manta a Will.

Le preguntaba si quería agua.

Si tenía miedo.

Si necesitaba algo.

A Jonathan le preguntaba:

—¿Todo bien, campeón?

Y él respondía:

—Sí.

Siempre sí.

Porque los grandes no necesitan más.

¿Verdad?

Una tarde, mientras Joyce doblaba ropa, Jonathan se acercó.

Se quedó parado a su lado un rato.

Esperando.

Joyce sonrió distraída.

—¿Qué pasa, mi campeón?

Jonathan tragó saliva.

—¿Yo ya estoy grande?

Joyce soltó una pequeña risa.

—Sí. Ya eres todo un niño grande.

Jonathan bajó la mirada.

Asintió.

Eso confirmaba lo que él pensaba.

Grande significaba…

Ya no necesitas que te cargue.

Esa noche, cuando Joyce abrazó a Will en el sofá, Jonathan sintió algo raro en el pecho.

No era enojo.

No exactamente.

Era como si algo se apretara por dentro.

Rocket saltó al sofá y trató de meterse entre Joyce y Will.

Joyce rió.

—Eh, señor bigotes, hay turno.

Jonathan se levantó.

No quería ver eso.

No quería sentir eso.

Se fue a su cuarto sin hacer ruido.

Los cambios empezaron pequeños.

Cuando Joyce abría los brazos, él decía:

—Estoy bien.

Cuando intentaba acomodarle el cabello, él se apartaba.

Cuando le daba un beso en la frente, él giraba la cara.

No de mala manera.

Solo… evitando.

Joyce lo notó.

Pero pensó que era parte de crecer.

Cinco años.

Independencia.

Orgullo.

No vio lo que había detrás.

Rocket sí lo vio.

Los gatos siempre lo ven.

Jonathan empezó a dormir abrazado al gatito.

A veces, en la madrugada, Rocket escuchaba pequeños sonidos.

No llanto.

No exactamente.

Más como respiraciones temblorosas.

El gatito se acomodaba sobre su pecho.

Y Jonathan lo abrazaba más fuerte.

Una noche, Will tuvo una pesadilla fuerte.

Joyce salió corriendo al pasillo cuando escuchó el grito.

Jonathan también salió.

Se quedaron los dos frente a la puerta del cuarto de Will.

Joyce entró primero.

Jonathan se quedó afuera.

Escuchó:

—Shh, mamá está aquí.

—No te voy a dejar.

—Estoy contigo.

Jonathan apoyó la frente en la pared.

Esperó.

Quizá ella saldría.

Quizá diría:

“Jonathan, ven aquí.”

Pero no.

La puerta se cerró.

Y Jonathan regresó a su cuarto solo.

Rocket lo siguió.

Esa fue la primera vez que decidió no pedir.

Si ya era grande…

Los grandes no piden que los carguen.

Los grandes no piden dormir con mamá.

Los grandes no necesitan que les revisen la frente.

Se metió en la cama.

Sin decir nada.

Los días siguientes fueron silenciosos.

Jonathan ayudaba.

Recogía.

No hacía ruido.

No interrumpía.

Joyce empezó a notar que estaba… demasiado fácil.

Demasiado tranquilo.

Demasiado correcto.

—¿Estás bien, campeón?

—Sí.

Siempre sí.

Hasta que un día…

Joyce abrió los brazos como siempre al despedirse para el colegio.

Jonathan dio un paso atrás.

—No.

La palabra fue suave.

Pero firme.

Joyce parpadeó.

—¿No?

—Soy grande.

Se acomodó la mochila.

Y salió antes de que ella pudiera responder.

Algo en el estómago de Joyce se movió incómodo.

Esa noche, intentó abrazarlo mientras le leía un cuento.

Jonathan se deslizó hacia el otro lado de la cama.

—Estoy bien.

Rocket levantó la cabeza.

Joyce también.

—¿Por qué no quieres abrazos?

Jonathan no respondió.

Se quedó mirando al techo.

Pero sus manos apretaban la manta.

Muy fuerte.

El quiebre llegó una tarde gris.

Will estaba en el sofá otra vez.

Con fiebre leve.

Joyce estaba sentada con él en brazos.

Jonathan estaba dibujando en la mesa.

Rocket jugaba con un lápiz.

Jonathan miró.

Miró cómo Joyce acariciaba el cabello de Will.

Cómo le susurraba.

Cómo lo besaba en la frente.

Y sintió algo quebrarse por dentro.

Se levantó.

Salió sin decir nada.

La puerta principal se cerró.

Un segundo después, Rocket salió detrás.

Joyce tardó unos segundos en notar el silencio.

—Jonathan…?

Nada.

Se levantó.

Miró por la ventana.

Y lo vio.

Caminando rápido por la calle.

Muy rápido.

Demasiado rápido para un niño de cinco años.

—¡Jonathan!

Salió corriendo.

El corazón golpeándole el pecho.

Jonathan no sabía exactamente a dónde iba.

Solo sabía que no quería estar ahí.

No quería ver.

No quería sentir.

Las lágrimas empezaron a caer sin permiso.

—Soy grande —se repetía—. Soy grande.

Pero dolía.

Dolía mucho.

Rocket corría tras él, maullando.

El cielo empezó a oscurecer.

Jonathan llegó hasta el pequeño bosque detrás del vecindario.

No muy profundo.

Pero suficiente para esconderse.

Se sentó bajo un árbol.

Se abrazó las rodillas.

Rocket saltó a su regazo.

—Antes me cargabas a mí… —susurró Jonathan entre sollozos.

El gatito le lamió la mejilla.

Jonathan lloró más fuerte.

—Ya no me toca… ya no me toca…

Joyce corría llamándolo.

La voz quebrada.

El miedo creciendo con cada segundo.

—¡Jonathan!

Nadie respondía.

Hasta que escuchó un maullido.

—Rocket…?

Siguió el sonido.

Y lo vio.

Pequeño.

Encogido.

Temblando.

Joyce sintió que el corazón se le rompía en dos.

Se acercó despacio.

—Jonathan…

Él levantó la cabeza.

Los ojos rojos.

Las mejillas mojadas.

—Yo ya estoy grande —dijo con voz rota—. No necesito que me cargues.

Fue como un golpe directo al pecho.

Joyce entendió.

Todo.

El patrón.

El silencio.

El rechazo.

El “soy grande”.

No era independencia.

Era despedida.

Joyce cayó de rodillas frente a él.

—Oh, mi amor…

Jonathan negó con la cabeza.

—No me toques.

La voz temblaba.

No era rechazo real.

Era miedo.

Joyce respiró hondo.

Y entonces hizo algo distinto.

No preguntó.

No pidió permiso.

Simplemente lo tomó en brazos.

Jonathan se quedó rígido.

—Mamá…

—Grande no significa menos querido —susurró Joyce, con lágrimas cayendo—. Grande no significa que ya no te necesite. Ni que yo no te necesite a ti.

Jonathan empezó a temblar.

—Pero cargas más a Will…

—Porque a veces está más asustado. No porque lo quiera más.

Lo abrazó más fuerte.

—Antes te cargaba a ti porque lo necesitabas. Ahora también puedo cargarte. Siempre voy a poder cargarte.

Jonathan enterró la cara en su cuello.

Y entonces se rompió.

Lloró fuerte.

Como no lo hacía desde que era más pequeño.

—Pensé que ya no me tocaban…

Joyce lo apretó contra su pecho.

—Siempre te van a tocar mis brazos. Siempre.

Rocket saltó y se acomodó entre los dos.

Como cerrando el círculo.

Regresaron a casa así.

Jonathan en brazos.

Rocket sobre el hombro.

Joyce sin soltarlo.

Will los miró desde la puerta.

—¿Está bien?

Joyce sonrió entre lágrimas.

—Sí. Solo necesitaba que lo cargara un poco.

Will asintió.

—A veces yo también.

Jonathan levantó la cabeza.

Y por primera vez en días, extendió los brazos hacia su hermano.

Will se acercó.

Y Joyce los abrazó a los dos.

Esa noche, Joyce hizo algo más.

Se metió en la cama de Jonathan.

No porque estuviera enfermo.

No porque tuviera pesadillas.

Sino porque sí.

—¿Puedo dormir aquí? —preguntó ella.

Jonathan asintió.

Rocket se acomodó entre ellos.

Joyce pasó una mano por su cabello.

—Perdóname por no ver que estabas triste.

Jonathan la miró con los ojos aún hinchados.

—Yo no quería molestarte.

Joyce sintió otro nudo en la garganta.

—Tú nunca eres molestia. Eres mi primer bebé. Mi corazón grande.

Jonathan dudó.

—¿Aunque sea grande?

Joyce sonrió.

—Sobre todo porque eres grande.

Lo abrazó.

Jonathan esta vez no se apartó.

Se acomodó mejor.

Como si volviera a un lugar que siempre había sido suyo.

Al día siguiente, mientras desayunaban, Jonathan se acercó sin decir nada.

Se quedó frente a Joyce.

Ella abrió los brazos.

Él dio un pequeño paso.

Luego otro.

Y se dejó levantar.

Joyce lo cargó como cuando tenía tres.

Como cuando tenía cuatro.

Como cuando tenía cinco.

Rocket saltó a su hombro y maulló victorioso.

Jonathan rió.

Una risa pequeña.

Pero real.

—Mamá…

—¿Sí?

—No soy tan grande.

Joyce besó su frente.

—No. Y tampoco tienes que serlo.

Esa tarde, cuando Will pidió brazos, Joyce lo cargó también.

Luego dejó a uno.

Levantó al otro.
Se rió.

Se equilibró como pudo.

—Tengo dos brazos —dijo—. Y caben los dos.

Jonathan la abrazó fuerte.

Esta vez sin miedo.

Porque entendió algo nuevo:

El amor no se reparte.

Se multiplica.

Y grande no significa menos querido.

Significa que el corazón puede crecer.

Como el suyo.

Como el de mamá.

Como el pequeño Rocket, que se enredó entre sus piernas y casi los hace caer a los tres.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Jonathan no huyó.

Se quedó.

En brazos.

Donde siempre había tenido un lugar.

Chapter 26: El favorito de Rocket

Chapter Text

Rocket siempre había dormido con Jonathan.

Desde que era un gatito diminuto que cabía en sus manos, desde que sus bigotes le hacían cosquillas en la nariz y Jonathan reía como si el mundo fuera ligero.

Pero ahora Rocket era más grande.

Más rápido.

Más curioso.

Y Will… jugaba más.

Al principio fue algo pequeño.

Will corría por la sala con un cordón.
Rocket lo perseguía.

Will hacía túneles con mantas.
Rocket se metía dentro.

Will movía una linterna bajo la mesa.
Rocket saltaba como si cazara sombras.

Jonathan observaba desde el sofá con una sonrisa suave.

—Está bien —dijo una tarde, cuando Joyce le preguntó si quería jugar también—. A Rocket le gusta correr.

Y era verdad.

Jonathan nunca había sido de correr.

Él miraba.
Él cuidaba.
Él sostenía.

Pero no corría.

Poco a poco, Rocket empezó a buscar primero a Will.

Si Will entraba en una habitación, Rocket lo seguía.

Si Will se sentaba en el suelo, Rocket se acomodaba en su regazo.

Si Will reía, Rocket maullaba.

Jonathan seguía sonriendo.

Siempre sonriendo.

—Es el favorito —bromeó una vez, despeinando a su hermano.

Will no entendió el peso de esa palabra.

Joyce tampoco.

La primera vez que Jonathan intentó competir fue discreta.

Esperó a que Will estuviera distraído haciendo un dibujo.

Fue a la cocina.
Tomó un poco de comida para gato.
La puso en su mano.

Se sentó en el piso del pasillo.

—Rocket —susurró suave, como siempre lo había llamado.

El gatito levantó la cabeza.

Por un segundo, Jonathan sintió esperanza.

Rocket dio dos pasos hacia él…

Y en ese momento Will agitó una cuerda con una pluma azul.

Rocket giró.

Corrió hacia la pluma.

Jonathan se quedó sentado en el suelo con la comida en la mano.

Esperó unos segundos más.

Luego dejó el plato en el piso.

Se levantó.

Y volvió al sofá.

No lloró.

No hizo ruido.

Solo dijo:

—Está bien.

Joyce empezó a notar cosas pequeñas.

Jonathan hablaba menos.

Jonathan ya no pedía que Rocket durmiera en su cama.
Decía que el gato “prefería espacio”.

Jonathan se iba antes a su cuarto.

Una noche, Joyce pasó frente a la puerta entreabierta.

Jonathan estaba sentado en la cama, mirando el espacio vacío donde Rocket solía acurrucarse.

No lloraba.

Solo miraba.

Como si estuviera aprendiendo a no esperar.

Joyce pensó que era crecimiento.

Pensó que era madurez.

Pensó que era normal.

Pero no lo era.

Esa noche llovía.

Will estaba construyendo una fortaleza de mantas en la sala.
Rocket estaba dentro, maullando feliz.

Jonathan ayudó a poner una silla más para sostener el techo.

—¿Quieres entrar? —preguntó Will.

Jonathan negó con la cabeza.

—Es tuya.

Sonrió.

Siempre sonreía.

Más tarde, cuando Will se fue a dormir, Rocket se quedó en la sala.

Jonathan salió en silencio de su habitación.

Se sentó en el suelo.

Tomó el pequeño recipiente con comida.

Lo colocó cerca de él.

No llamó fuerte.

No quería que pareciera que competía.

Solo susurró:

—Ven aquí, Rocket.

El gato levantó la cabeza.

Caminó hacia él.

Jonathan sintió ese pequeño brillo en el pecho.

Rocket llegó hasta sus rodillas.

Olfateó su mano.

Jonathan sostuvo la respiración.

Entonces…

Rocket escuchó un ruido en el cuarto de Will.

Un movimiento.

Un suspiro dormido.

Y se fue.

Corrió hacia la puerta de su hermano.
Se acomodó afuera.
Esperando.

Jonathan se quedó sentado en el suelo.

Con la mano extendida.

Con la comida intacta.

La lluvia golpeaba las ventanas.

El reloj hacía tic-tac.

El mundo seguía.

Jonathan bajó lentamente la mano.

Miró la comida.

La dejó a un lado.

Se quedó quieto.

No lloró.

No hizo berrinche.

No llamó a su mamá.

Solo aceptó.

Como si hubiera entendido algo demasiado grande para su edad.

Joyce se despertó por la tormenta.

Fue a revisar a los niños.

Primero miró a Will.

Dormido.
Rocket acurrucado junto a la puerta.

Sonrió.

Luego fue al cuarto de Jonathan.

La cama estaba vacía.

El corazón se le apretó.

Lo encontró en la sala.

Sentado en el suelo.
Con la espalda apoyada en el sofá.
Mirando la ventana.

—Cariño… ¿qué haces aquí?

Jonathan volteó despacio.

Sus ojos no estaban rojos.

Eso era lo que más dolía.

—Nada, mamá.

—¿Por qué no estás durmiendo?

Se encogió de hombros.

—No tenía sueño.

Joyce vio el plato de comida cerca.

Vio la distancia entre él y el gato.

Vio la postura pequeña.

Demasiado pequeña.

—¿Estabas llamando a Rocket?

Jonathan dudó.

Solo un segundo.

Luego negó con la cabeza.

—No importa.

Eso fue peor.

“No importa.”

No dijo “está bien”.
No dijo “no pasa nada”.

Dijo “no importa”.

Joyce se sentó frente a él en el suelo.

—Jonathan… mírame.

Él obedeció.

Siempre obedecía.

—¿Te sientes triste?

Silencio.

La lluvia llenó el espacio.

Jonathan pensó.

Realmente pensó.

—No.

Otra pausa.

—Bueno… un poco.

Joyce sintió que algo se rompía dentro.

—¿Por Rocket?

Jonathan bajó la mirada.

—A Will le gusta más.

—Eso no es cierto.

—Sí es —dijo suave, sin enojo—. Will juega mejor.

La frase era simple.

Pero llevaba semanas formándose.

Joyce entendió demasiado tarde.

Jonathan no estaba triste porque Rocket prefiriera jugar.

Estaba triste porque sentía que él no era suficiente.

Que no era el divertido.
Que no era el elegido.
Que no era el primero.

—¿Y eso qué significa para ti? —preguntó Joyce con voz temblorosa.

Jonathan tardó en responder.

—Significa que está bien.

Esa maldita frase otra vez.

—Jonathan…

—Yo soy el grande —susurró—. Will lo necesita más.

Ahí estaba.

Ahí estaba el corazón de todo.

Jonathan no estaba celoso.

Estaba renunciando.

Renunciando porque creía que era lo correcto.

Porque siempre había sido el que cedía.

El que entendía.

El que no pedía.

Joyce se acercó.

—Ven aquí.

Jonathan dudó.

Como si no estuviera seguro de tener permiso.

Eso la destruyó.

Lo jaló suavemente hacia su pecho.

Él se dejó abrazar.

Pero no se aferró.

Y eso dolió más que cualquier llanto.

—No tienes que ser el grande todo el tiempo —susurró ella en su cabello—. No tienes que renunciar.

Jonathan cerró los ojos.

Y por fin…

una lágrima cayó.

Solo una.

Silenciosa.

—No quiero que se vaya —dijo apenas audible.

—No se va.

—Pero ya no me busca primero.

Ahí estaba.

La herida exacta.

Joyce lo sostuvo más fuerte.

—Rocket no entiende favoritos, cariño. Solo sigue el movimiento. La risa. El ruido.

—Yo no soy ruidoso.

—No.

—Entonces…

—Entonces tú eres otra cosa.

Jonathan levantó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Joyce le acarició el rostro.

—Eres el lugar seguro.

Las palabras se quedaron flotando.

—Cuando Rocket tiene miedo… ¿a dónde va?

Jonathan pensó.

—A mi cama.

—Cuando hay tormenta… ¿con quién duerme?

—Conmigo.

—Cuando se lastima… ¿quién lo carga?

Jonathan tragó saliva.

—Yo.

Joyce apoyó su frente contra la de él.

—Eso no es ser segundo. Eso es ser hogar.

El silencio cambió.

No desapareció la tristeza.

Pero dejó de sentirse como abandono.

Jonathan respiró hondo.

—¿Y si un día ya no quiere venir?

Joyce sintió esa pregunta como un eco más grande.

—Entonces tú seguirás siendo suficiente.

Ahí sí Jonathan lloró.

No fuerte.

No desbordado.

Solo lágrimas que llevaban semanas guardándose.

Joyce lo meció en el suelo mientras la lluvia seguía cayendo.

Después de unos minutos, escucharon pasos suaves.

Rocket.

El gatito salió del pasillo.
Miró la escena.

Se acercó despacio.

Saltó al regazo de Jonathan.

Se acomodó justo en su pecho.

Como siempre.

Como si nada hubiera cambiado.

Jonathan soltó un pequeño sonido roto.

—Vino…

Joyce sonrió entre lágrimas.

—Claro que vino.

Rocket empezó a ronronear.

Fuerte.

Constante.

Jonathan apoyó la barbilla sobre su cabecita.

Sus dedos se hundieron en el pelaje.

—Pensé que ya no…

—No pienses tanto —susurró Joyce—. A veces solo tienes que quedarte.

Jonathan asintió.

Se quedó.

No como el grande.

No como el que renuncia.

Solo como Jonathan.

El niño tranquilo.

El hogar suave.

El favorito silencioso.

Esa noche Rocket durmió en su cama otra vez.

Will no se quejó.

Y Jonathan no compitió.

No hizo falta.

Porque algunas cosas no son sobre quién juega más.

Sino sobre quién sostiene cuando todo se calma.

Y Rocket, al final, siempre volvía a donde latía más despacio.

A donde se sentía seguro.

A Jonathan.

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