Chapter Text
La primera vez que Rocket persiguió su propia cola, Joyce soltó una carcajada que llenó la cocina.
No fue una risa pequeña.
Fue de esas que salen desde el pecho, sorprendidas, sinceras.
Jonathan, sentado en el suelo con un bloque de madera entre los dedos, levantó la vista.
Rocket giraba en círculos torpes, sus patitas resbalando sobre el linóleo.
Su colita esponjada parecía tener vida propia.
Joyce aplaudía suavemente.
—¡Míralo, Jon! ¡Está cazando su cola!
Jonathan miró.
Sonrió un poquito.
Pero no dijo nada.
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Rocket era bebé todavía. Tenía la barriga redonda, las orejas demasiado grandes para su cabeza y esos bigotes largos que Jonathan había decidido que eran “antenas secretas”.
Jonathan también era pequeño. Tres años.
Silencioso.
Observador.
Rocket maullaba fuerte cuando quería atención.
Saltaba, trepaba, mordía cordones, se enredaba en las cortinas. Era imposible ignorarlo.
Jonathan no maullaba.
Jonathan esperaba.
Joyce no se daba cuenta al principio.
No era favoritismo. Era inercia. Rocket reaccionaba a todo. Si Joyce movía un dedo, él saltaba. Si decía su nombre, él corría. Si reía, él hacía algo aún más gracioso.
Jonathan simplemente miraba.
Y cuando Joyce se agachaba para hacer cosquillas en la pancita del gatito, Jonathan bajaba la vista hacia sus manos.
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Una tarde, Joyce movía una cuerdita delante de Rocket. El gatito saltaba una y otra vez, exageradamente dramático.
—¡Oh! ¡Casi lo atrapas!
Jonathan se acercó despacio.
Extendió la manita hacia la cuerda.
Joyce, sin mirar, la levantó más alto para que Rocket saltara.
La cuerda pasó por encima de la mano de Jonathan.
Él la retiró.
Se sentó un poquito más lejos.
No lloró.
No llamó.
Solo empezó a girar el bloque de madera entre sus dedos.
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No fue inmediato.
Pero Joyce empezó a notar pequeñas cosas.
Jonathan ya no se acercaba cuando ella jugaba con Rocket.
Si ella decía:
—Ven, mi amor, mira lo que hace Rocket…
Jonathan giraba la cara.
No con enojo.
Con cuidado.
Como si no quisiera interrumpir.
Una noche, Joyce intentó hacerle cosquillas.
Jonathan se encogió.
Fue leve. Apenas un segundo.
Pero Joyce lo sintió como un golpe.
—¿Cariño?
Jonathan negó con la cabeza.
—No.
No era un “no” fuerte.
Era un “no” suave. De esos que no quieren molestar.
Y eso fue lo que más dolió.
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Ocurrió una mañana fría.
Joyce estaba sentada en el suelo con Rocket, que atacaba sus dedos con fiereza fingida. Reía otra vez.
Jonathan estaba detrás, con su pequeño cuaderno de dibujos.
Dibujaba tres figuras.
Una grande.
Un niño.
Un gato.
Pero el gato estaba en medio.
Joyce lo vio cuando Jonathan dejó el cuaderno en la mesa.
No fue el dibujo lo que la rompió.
Fue que Jonathan había dibujado su propia figura un poquito más pequeña que el gato.
Y más lejos.
Joyce sintió algo hundirse en su pecho.
—Jon…
Él ya estaba caminando hacia su cuarto.
Sin ruido.
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Joyce entró despacio.
Jonathan estaba sentado en su cama, abrazando su almohada.
Rocket había saltado detrás de ella y estaba intentando trepar la colcha.
Joyce, por primera vez, lo tomó con suavidad y lo dejó fuera.
Cerró la puerta.
Solo ella y Jonathan.
Se sentó en el borde de la cama.
—¿Cariño… estás triste?
Jonathan negó.
Silencio.
Joyce esperó.
No llenó el espacio.
Jonathan apretó la almohada un poco más fuerte.
—Rocket salta más alto.
La frase fue pequeña.
Casi técnica.
Joyce tragó.
—¿Y eso te pone triste?
Jonathan dudó.
Luego asintió apenas.
—Tú te ríes más.
Ah.
Ah.
Eso era.
No celos infantiles.
No rabieta.
Era comparación.
Era ese pensamiento silencioso de:
Si él hace más ruido, tal vez mamá lo quiere más.
Joyce se deslizó completamente sobre la cama y lo envolvió en sus brazos.
Jonathan no se resistió.
Pero tampoco respondió de inmediato.
—Escúchame bien —susurró Joyce contra su cabello—. Rocket es un bebé. Hace ruido porque no sabe pedir de otra forma. Tú no haces ruido… porque confías en mí.
Jonathan respiró tembloroso.
—Pero te ríes…
—Me río porque es gracioso. Pero cuando tú sonríes, Jon… eso es mi cosa favorita en el mundo.
Silencio.
—¿Más que Rocket?
Joyce no dudó.
—Muchísimo más.
Jonathan levantó la mirada.
Necesitaba certeza.
Joyce sostuvo su carita con ambas manos.
—Tú siempre vas primero.
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Al día siguiente, Joyce anunció algo solemne.
Se arrodilló frente a Jonathan.
—Desde hoy tenemos algo especial.
Jonathan parpadeó.
—¿Qué?
—Tiempo solo mamá y Jonathan. Todos los días. Antes de jugar con Rocket. Antes de todo.
Jonathan frunció el ceño.
—¿Solo nosotros?
—Solo nosotros.
Rocket maulló desde la cocina.
Jonathan miró hacia el sonido.
Luego volvió a mirar a su mamá.
—¿Cinco minutos?
Joyce sonrió.
—Diez.
Los ojos de Jonathan se abrieron grandes.
—¿Muchos?
—Los suficientes.
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Se sentaron en el sofá.
Sin juguetes.
Sin gato.
Joyce dejó su café sobre la mesa y tomó las manitas de Jonathan.
—¿Qué quieres hacer?
Jonathan pensó mucho.
—¿Cantar?
Joyce cantó bajito. Una canción vieja que su propia madre le cantaba.
Jonathan se recostó contra su pecho.
No estaba tenso.
No estaba esperando turno.
Solo estaba ahí.
Después de un rato, él levantó la cabeza.
—¿Ya jugamos con Rocket?
Joyce sonrió.
—Ahora sí.
Y cuando Rocket saltó sobre la alfombra, Jonathan fue el primero en reír.
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Dibujaron.
Joyce dibujó pésimo.
Jonathan corrigió.
—No, mamá. Las orejas son más grandes.
—Tienes razón.
Cuando terminaron, Jonathan dibujó otra vez tres figuras.
Esta vez, él estaba en medio.
Y Rocket estaba sobre su hombro.
Joyce tuvo que respirar hondo.
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Jonathan pidió algo inesperado.
—¿Me cargas?
Joyce lo alzó inmediatamente.
Se aferró a ella con las piernas y la abrazó fuerte.
Rocket maulló celoso desde el suelo.
Jonathan miró hacia abajo.
—Espera, Rocket.
No fue cruel.
Fue seguro.
Joyce besó su cabello.
—Siempre primero tú.
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Una tarde, Rocket volvió a hacer algo adorable. Se enredó en papel de regalo y caminó como si fuera un fantasma diminuto.
Joyce soltó una risa fuerte otra vez.
Pero esta vez, antes de seguir jugando, miró a Jonathan.
Él la estaba mirando.
No con tristeza.
Con expectativa.
Joyce extendió la mano hacia él.
—¿Vienes conmigo?
Jonathan dudó un segundo.
Luego corrió.
Se sentó en su regazo.
Rocket intentó trepar también.
Joyce sostuvo primero a Jonathan.
Después levantó al gato.
Jonathan no se apartó.
Se quedó.
Esa noche, mientras lo arropaba, Jonathan preguntó:
—¿Si Rocket salta más alto, tú me sigues queriendo más?
Joyce se inclinó hasta que sus frentes se tocaron.
—Aunque Rocket volara, aunque hablara, aunque aprendiera a cocinar… tú siempre vas primero.
Jonathan pensó en eso.
Luego sonrió.
Una sonrisa abierta.
De esas que casi no mostraba.
—Soy primero.
—Siempre.
Rocket saltó sobre la cama y se acomodó en los pies.
Jonathan lo miró.
Luego miró a su mamá.
Y, por primera vez en días, no giró la cara cuando ella lo besó.
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Con el tiempo, Rocket fue incluido en el “tiempo especial”.
Pero siempre después.
Jonathan lo sabía.
No necesitaba competir.
A veces, incluso era él quien decía:
—Ahora Rocket.
Porque cuando un niño sabe que es elegido primero…
no teme compartir.
Joyce lo aprendió tarde.
Pero lo aprendió.
Y cada noche, cuando Jonathan se acurrucaba contra ella sin dudar, entendía algo esencial:
El amor no se divide.
Pero la atención sí.
Y los niños silenciosos necesitan que alguien note cuando empiezan a girar la cara.
