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Habitación 147

Summary:

Esa noche, en esa habitación de hotel demasiado caro para lo que valía su vida en ese momento, Nagi pensó en saltar.

Años después de separarse, Reo vuelve a encontrar a un Nagi completamente distinto.

Chapter Text

Nagi Seishiro no recordaba cuándo fue la última vez que se sintió vivo de verdad.
Jugaba, ganaba, comía, dormía. Otra vez. Y otra. Y otra.
Todo estaba en alta definición, como un videojuego de última generación. Todo excepto él.

Tres años.
Tres años desde que Reo dejó de ser "su hogar".
Tres años desde que eligieron caminos diferentes. No hubo pelea. No hubo gritos. Solo... silencio. Un silencio tan profundo que le reventaba hasta las entrañas.

Jugaban en equipos distintos. Países distintos. Mundos distintos.

Y en la lista de cosas que dolían, Reo seguía siendo la herida más viva.

.

Esa noche, en esa habitación de hotel demasiado caro para lo que valía su vida en ese momento, Nagi pensó en saltar.

Solo un segundo. Solo un pensamiento. Un parpadeo y un "¿y si...?".

No lo hizo. No saltó. Marcó un número.

—¿Hola? —dijo una voz que no escuchaba desde hacía 1.136 días.

Nagi tragó saliva. Le dolía la garganta, como si no hubiese hablado en siglos.

—Reo... ¿puedes venir? —su voz salió agrietaba, como un alma en pena.

Se hizo un silencio. Pesado. Vivo. Palpitante.

—¿Dónde estás? —respondió Reo al cabo de varios segundos, sin preguntar por qué, sin pedir explicaciones, sin dudar.

Nagi no lloró. Pero algo dentro de él sí.

—¿Dónde estás? —repitió Reo. Su voz fue firme, pero no fría.

No entendía por qué, después de tanto tiempo, Nagi lo llamaba justo ahora. Pero supo, sin necesidad de preguntar, que si lo había hecho... era porque algo pasaba. Millones de interrogantes pasaron por su cerebro y se quedaron atascados en su garganta.

Nagi miró por la ventana. La ciudad era una constelación artificial de luces. Extraña y lejana.

—Tokio... Hotel Palace. Habitación 147.

Hubo un leve crujido en la línea. El sonido de alguien moviéndose rápido.

—¿Estás bien? —preguntó Reo.

Nagi pensó en mentir. En decir que sí. Pero el silencio que siguió fue su respuesta más honesta.

—Voy para allá —dijo Reo, sin dudar—. No cortes.

—¿Qué?

—No cuelgues. Quédate conmigo en la línea.

Nagi parpadeó. Algo en su pecho se apretó. Dolía.

—Pensé que ya no... —empezó a decir, pero se detuvo.

—No importa lo que pensaste. Estoy aquí.

—...No hablabas. No escribías.

—Tú tampoco —hubo una pausa — Pero eso no cambia nada.

El silencio que siguió se volvió menos desagradable.

—¿Cuánto vas a tardar? —preguntó Nagi, con la voz cargada.

—Menos de lo que crees.

Nagi cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un alivio instantáneo. Solo escuchó la respiración de Reo al otro lado del teléfono. Estaba ahí. Reo estaba ahí. A kilómetros, pero al mismo tiempo, tan cerca.

Nagi casi no pudo creer lo que escuchó a continuación.

La voz de Reo, casi siempre tan tranquila y segura, esta vez sonaba algo cansada, pero decidida.

—Nagi... —empezó Reo, con una pausa —. Estoy en Reino Unido.

—¿En... UK? —balbuceó Nagi, sorprendido.

—Sí. Negocios. Pero... no importa dónde esté. Tomaré el primer vuelo a Tokio. Ahora mismo estoy reservando.

Un nudo se formó en la garganta de Nagi. No esperaba que Reo estuviera tan lejos, pero tampoco esperaba esa determinación.

—No tienes que hacerlo... —murmuró Nagi con voz débil.

—Sí, tengo que hacerlo. No puedo ignorar esto. No a ti. No ahora.

El silencio volvió, hasta que Reo habló otra vez, después de una breve pausa.

—Espérame, Nagi. No estás solo.

.

.

.

Día 1:

Las luces de Tokio brillaban a través de la pequeña ventana del avión, mientras Reo se ajustaba la máscara para dormir, pero no lograba cerrar los ojos.

Tres años. Tres años sin ver a Nagi. Tres años de silencio que ahora pesaba por toneladas.

La llamada de hace unas horas seguía en su cabeza. No fue una simple llamada. Había sido una señal clara, un grito, casi un ruego.

Reo bajó del avión, sintiendo el aire frío de la ciudad que conocía tan bien, pero que ahora parecía diferente, como si también hubiera cambiado.

Tomó un taxi directo al hotel.

Al entrar al lobby, la decoración serena y zen parecía un contraste absoluto con el torbellino de emociones que Reo sentía.

Subió por el ascensor hasta el piso que le llevaría a la habitación de Nagi.

Tocó. Con la mano temblorosa, rozó la puerta antes de empujarla lentamente y entrar.

Nagi estaba allí. Sentado en el borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo, y el cuerpo tenso.

Cuando sus ojos finalmente se encontraron, el silencio de todos esos años explotó en mil pedazos. Por un instante, el tiempo pareció congelarse, suspendido en ese contacto visual.

—Reo... —susurró Nagi. Ahora que volvía a tenerlo enfrente, no estaba seguro de saber cómo comportarse.

—Aquí estoy —respondió Reo con una sonrisa melancólica.

Cuando Nagi lo miró más detenidamente, no pudo evitar que un pensamiento fugaz cruzara su mente: Reo seguía siendo increíblemente guapo. Su rostro conservaba esa mezcla única de fuerza y suavidad que siempre le había atraído. El cabello ligeramente despeinado, la mirada profunda y la postura tranquila, todo en él irradiaba una confianza abrasadora.

Un perfume fresco pero intenso, y ligeramente amaderado flotaba a su alrededor, como si llevara consigo un pedazo de aquel lugar lejano donde había estado. Era un olor que Nagi no recordaba pero que, extrañamente, le resultaba reconfortante, casi familiar.

Por un momento, toda la tensión acumulada pareció diluirse, y en ese instante, Nagi se dio cuenta de cuánto había extrañado no solo la presencia de Reo, sino también ese pequeño universo de detalles que solo se capturan cuando alguien realmente importa.

—No has cambiado —dijo Nagi, con una mueca sin dejar de mirarlo.

Reo alzó una ceja, cauto pero con un brillo cálido en los ojos.

—¿Eso es una bienvenida o un cumplido? —bromeó.

—Un poco de ambas cosas. Y… hueles bien. Como siempre... me tranquiliza.

Reo inhaló ligeramente, con una sonrisa más suave.

Nagi bajó la mirada un instante, inseguro, luego la levantó de nuevo.

—Me alegro que estés aquí.

Reo cruzó la habitación con pasos lentos, dejando que el silencio llenara los espacios que las palabras todavía no podían. Pero a medida que se acercaba, sus ojos no podían evitar escanear a Nagi con más atención.

Estaba más delgado. Demasiado.

La camiseta le colgaba suelta sobre los hombros, y había una palidez extraña en su piel, como si llevara semanas sin salir de ese cuarto. Sus ojeras, profundas, le daban una expresión que no recordaba haberle visto nunca: agotada, enferma.

El instinto de decir algo le arañó la garganta, pero se lo tragó. No era el momento. No aún.

Solo se sentó junto a él, sin tocarlo, sin invadir su espacio personal, como si su sola presencia tuviera que ser suficiente... por ahora.

Nagi no dijo nada más. Solo bajó la mirada, jugando con sus propias manos, como si de repente no supiera qué hacer con ellas.

—¿Has comido algo hoy? —preguntó Reo finalmente, en voz baja, sin mirarlo.

Nagi negó con la cabeza, casi sin pensarlo.

Reo asintió despacio. No lo regañó, no insistió. Solo se levantó y fue hacia la pequeña mesa del mini bar. Abrió una botella de agua y se la acercó.

—Toma. Al menos esto.

Nagi la aceptó sin decir nada. Sus dedos rozaron brevemente los de Reo. Ese simple contacto lo hizo tragar saliva.

—¿Te vas a quedar mucho tiempo? —preguntó Nagi, sin atreverse a mirarlo.

—El tiempo que haga falta —dijo Reo. No hubo duda ni espacio para discusión.

El silencio volvió, pero ahora pesaba menos. Como si solo con estar ahí, Reo hubiera logrado empujar los fantasmas un poco más lejos.

La botella de agua quedó a medio terminar sobre la mesita. Nagi se recostó lentamente, sin decir nada. Cerró los ojos, y aunque no se durmió, tampoco estaba del todo presente. Como si hubiera estado esperando tanto ese momento que ahora no supiera qué hacer con él.

Reo se quedó de pie un segundo más, dudando. Luego, sin pedir permiso, se quitó la chaqueta y se acercó al otro lado de la cama. No preguntó. Solo se recostó encima de las sábanas, dejando espacio, pero lo bastante cerca como para que Nagi lo sintiera ahí.

—No voy a hacer preguntas esta noche —murmuró Reo, mirando al techo—. Solo voy a estar aquí.

Nagi permaneció en silencio. Luego, tras lo que pareció una eternidad, se giró hacia él. No lo abrazó. Solo apoyó la frente contra su brazo, con una torpeza temblorosa que decía más de lo que cualquier palabra hubiese podido.

Reo cerró los ojos.

Esa noche, no durmieron del todo. Y por primera vez en mucho tiempo, Nagi no tuvo pesadillas.



Día 2 :

La luz se filtraba tímida por las cortinas gruesas del hotel. Una claridad sutil que llega con las mañanas nubladas. El cielo estaba gris esa mañana, igual que lo estaba el interior de Nagi.

Seguía en la misma posición. Reo también. Entre ellos no había más que unos pocos centímetros de espacio, pero la carga emocional era abismal.

Nagi abrió los ojos lentamente. No quería despertar. Su mente no lo había dejado dormir del todo. Al girarse un poco, se encontró con Reo mirándolo.

—¿Dormiste algo? —cuestionó Reo, sin sonrisa, pero con calma.

Nagi asintió con lentitud. Se sentía torpe. Vulnerable. Algo desubicado.

—No me acostumbro a que estés aquí todavía —admitió, con voz ronca.

—Yo tampoco —respondió Reo, mirándolo como si buscara leerle la mente.

Hubo un silencio breve. No incómodo, pero tenso.

—Pareces… más cansado de lo que recordaba —dijo Reo finalmente. Lo soltó con cuidado, sin acusación. Solo como un hecho que ya no podía ignorar.

Nagi desvió la mirada. Sabía que lo había notado. Tarde o temprano, tenía que pasar.

—No soy el mismo, Reo.

Reo se incorporó un poco, apoyándose en un codo.

—Yo tampoco.

Se quedaron así, mirándose desde ese espacio intermedio.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó Reo, como si no fueran dos personas remendando su historia en una habitación de hotel.

—No sé. No me apetece nada —respondió Nagi, con la voz apagada. No lo decía por pereza, y Reo lo sabía. Era ese "nada" pesado, el que no nace del aburrimiento, sino del vacío.

Reo lo observó unos segundos. Quiso decir algo, pero lo único que hizo fue asentir.

—Vale. Entonces no haremos nada —dijo al cabo de un rato, tranquilo —. No haremos nada. Juntos.

Nagi lo miró, confundido.

—¿Eso tiene sentido?

—No mucho. Pero a mí me funciona —respondió Reo, encogiéndose de hombros—. Si vas a estar en silencio, prefiero estar aquí también. Aunque sea para no hacer nada.

Nagi bajó la mirada, y por primera vez en días, su labio se curvó apenas. No fue una sonrisa real, pero era algo. Como si dentro de toda esa bruma, hubiera un rincón que reconocía a Reo y se sintiera a salvo.

—Está bien —dijo finalmente—. No hacer nada suena mejor contigo aquí.

Reo se acomodó de nuevo junto a él, dejando que el silencio hiciera su trabajo.

No había que llenarlo. Solo compartirlo.

.

Las horas pasaron más rápido de lo que Reo esperaba y cuando la noche volvió a hacer acto de presencia, estaban descansando encima de la cama. Reo se giró un poco, mirándolo de perfil.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo con voz baja, como si no quisiera romper la quietud.

Nagi no respondió al instante, pero luego asintió levemente.

—Sí.

Reo dudó un momento. Eligió bien las palabras.

—¿Por qué me llamaste?

Nagi parpadeó, pero no apartó la mirada del techo. Como si lo hubiera estado esperando.

—No podía más —admitió Nagi —. Había tenido un día de mierda. Otro más. Y estaba aquí, en esta habitación, solo...Con esa sensación... Y cuando fui a marcar un número... el tuyo salió solo —Reo lo escuchó en silencio —. No sabía si contestarías —añadió Nagi, con un hilo de voz —. Pero parte de mí… necesitaba creer que sí. Que si alguien respondía, tenías que ser tú.

Reo sintió un nudo en el estómago.

—Y lo hice.

Nagi asintió, aún sin mirarlo.

—Y estás aquí. Esto sigue pareciendo irreal.

Reo se giró hacia él por completo ahora, sin acercarse más de la cuenta, pero con el cuerpo orientado solo hacía él.

—Nagi —dijo finalmente—. ¿Puedo preguntarte otra cosa?

Nagi tardó un poco en responder, pero asintió una vez, sin girarse del todo.

—¿Qué estabas pensando antes de llamarme?

El silencio que siguió fue brutal. No incómodo. No vacilante. Fue un muro. Nagi cerró los ojos. Lo sabía. Sabía que Reo iba a llegar ahí tarde o temprano.

—No quiero que te asustes —susurró.

—Ya estoy asustado —respondió Reo, sin alzar la voz—. Y prefiero estar asustado con la verdad que tranquilo con una mentira.

Nagi se incorporó, quedando medio sentado, con las piernas recogidas. Se pasó una mano por el pelo.

—Estaba en el borde. Literalmente.

—¿Qué tipo de borde? —preguntó Reo, aunque en el fondo ya lo sabía.

—El tipo donde miras hacía abajo y no estás seguro de si te da miedo caer... o si parte de ti quiere hacerlo —dijo Nagi sin querer irse por las ramas, directo, como solo él sabía serlo.

Reo se quedó quieto. El estómago le dolía. Pero no apartó la mirada.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Nagi tragó saliva.

—Porque pensé en ti. No en voz alta, no conscientemente. Fue como una chispa. Una imagen. Tu cara. Tu voz. El sonido exacto de cómo decías mi nombre cuando estabas enfadado conmigo. Y ahí fue cuando marqué.

Reo no habló enseguida. Se acercó un poco, lento, sin tocarlo aún, pero más cerca.

—Gracias por llamarme —dijo finalmente Reo, con la voz algo rota, pero sin perder firmeza—. Aunque fuera al final. Aunque fuera con miedo. No sabes cuánto significa.

Nagi bajó la cabeza, como si no pudiera sostener el peso de lo que acababa de confesar… ni el de la ternura en la voz de Reo.

—No sabía si era justo. Si merecías que te arrastrara a esto —murmuró.

—¿Justo? —Reo repitió la palabra con una mezcla de incredulidad y dolor—. Nagi, tú no me estás arrastrando a nada. Estoy eligiendo estar aquí. Porque me importas. Porque me importaste siempre, incluso cuando no supe cómo demostrártelo.

Nagi alzó la mirada por fin. Lo miró con los ojos cansados, pero abiertos. Estaba viendo a Reo con claridad por primera vez en mucho tiempo.

—No sé si puedo salir de esto.

Reo afiló la mirada.

—No tienes que saberlo ahora. Solo tienes que quedarte. Cada día. Un día más.

—¿Y si no puedo?

—Entonces yo te ayudaré a poder —respondió Reo sin dudar—. Aunque sea con lo mínimo. Aunque sea solo estando.

Hubo un silencio espeso. Y entonces Nagi susurró, apenas en un soplo de voz.

—¿Te quedarás esta noche también?

—Todas las que hagan falta —respondió Reo—. Hasta que no tengas que preguntar.

Nagi cerró los ojos. No por cansancio, sino por alivio.



Día 3 :

Nagi abrió los ojos lentamente. No estaba solo. Reo seguía dormido a su lado, con la respiración pausada y constante. Parecía tranquilo.

Por un instante, sintió una calma que hacía mucho tiempo no conocía. No era la paz total, pero sí un respiro. Un pequeño espacio para respirar sin la presión del mundo apretandole el pecho.

Se quedó mirando a Reo, sin moverse. Contó los segundos mientras la luz empezaba a colarse por la ventana, acariciando la piel del otro.

Finalmente, Reo abrió los ojos y se lo encontró mirándolo. Nagi desvió la mirada al instante, como si lo hubiera pillado en un momento que no quería compartir.

Reo se incorporó lento y Nagi se levantó de la cama con algo de prisa.

—¿Quieres desayunar algo? —preguntó Reo, con voz suave . Nagi asintió, sin volver a mirarle —¿Bajamos al restaurante?

Nagi negó de inmediato.

—No... prefiero quedarme aquí .

Reo sonrió con calma, como si ya esperara esa respuesta.

—Está bien, no te preocupes. Pediré que nos suban algo, —Nagi alzó la mirada, un poco sorprendido por el tono despreocupado de Reo —. Tienes que comer.

Sin más, Reo sacó su teléfono para hacer el pedido, y Nagi se dejó caer de nuevo en la cama.

Nagi empezó a divagar.

Pensó en lo mucho que había cambiado todo en esos tres años. En cómo el silencio entre ellos se había vuelto una grieta profunda, casi imposible de cerrar. Pero ahora, con Reo a su lado, esa grieta parecía menos insalvable.

.

La tarde había caído con calma. Estaban sentados en el sofá del cuarto, compartiendo un silencio cómodo que parecía imposible.

De repente, el teléfono de Reo vibró sobre la mesa. Él lo miró, lo cogió, y respondió.

—Hola... Sí, claro. Entiendo —hablaba Reo, con su voz más seria, concentrada —. Gracias por avisar.

Colgó y respiró hondo, dejando el teléfono sobre la mesa con un leve golpe.

Nagi lo observó, con la curiosidad mezclada con algo de incertidumbre en sus ojos.

—¿Quién era? —preguntó, intentando sonar casual, pero con el pulso acelerado.

Reo dudó antes de responder.

—El club. Quieren que me incorpore de nuevo al equipo. Me necesitan para el próximo partido.

Nagi se quedó en silencio, procesando la noticia.

—Eso significa que…. —pronunció, intentando no mostrar lo que realmente sentía.

—Que tendré que viajar de vuelta pronto —Reo lo miró fijamente—. Pero no quería decírtelo hasta estar seguro.

Nagi bajó la mirada con el peso de la inseguridad volviendo a asentarse en su pecho.

—¿Y cuánto tiempo estarás fuera?

—Depende del torneo. Pero pueden ser varias semanas —respondió Reo, evitando desviar la mirada—. Es un rollo.

El silencio entre ellos se hizo más denso.

Nagi respiró hondo y levantó la vista, con una mezcla extraña. De repente todo volvía a tambalearse. Todo volvía a hacerse frágil. Sobre todo él.

—Entonces… ¿qué va a pasar?

Reo tragó saliva, consciente de que la pregunta no era solo sobre el futuro inmediato, sino sobre ellos.

—No lo sé —confesó—. Pero, vas a estar bien, ¿vale? Vamos a estar bien.

Nagi asintió lentamente, intentando aferrarse a esas palabras como a un salvavidas.

—Yo también quiero eso.

Ambos se miraron, sabiendo que el tiempo jugaba en su contra, pero dispuestos a aprovecharlo mientras pudieran.



Día 4:

Nagi abrió los ojos antes de que el sol asomara por la ventana. La noche había sido larga, por la explosión de pensamientos que no dejaban de girar en su cabeza.

Se quedó inmóvil en la cama, sintiendo el peso de cada flash que lo mantenía despierto. La incertidumbre, el miedo a perder a Reo tan rápido, la culpa por haberse permitido acercarse tanto después de tanto tiempo.

Escuchó los pasos suaves de Reo en el baño, y un nudo apretó su garganta. No quería mostrar lo agotado que estaba, no quería que Reo lo viera así.

Con un esfuerzo, se incorporó y se sentó al borde de la cama, tratando de ordenar las ideas. Pero la imagen de Reo y la llamada del club no dejaban de repetirse.

Sabía que ese día las cosas no serían fáciles.

El sonido suave del agua cesó. Reo abrió la puerta del baño mientras se secaba el cabello con una toalla. Al salir, lo primero que vio fue a Nagi, sentado al borde de la cama, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.

Estaba inmóvil. Pálido. Con los ojos abiertos de par en par pero apagados. Como si llevara horas ahí.

Reo se detuvo, alerta al instante.

—¿Desde cuándo estás despierto?

Nagi tardó unos segundos en responder.

—No me dormí —dijo sin moverse, con la voz áspera.

Reo frunció el ceño y se acercó con cautela, dejando la toalla a un lado.

—¿Por qué? ¿Te encuentras mal?

Nagi negó con un leve movimiento de cabeza.

—No. Solo… no podía. Cerraba los ojos pero no conseguía dormirme.

Reo se sentó a su lado, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca.

—¿Pensando en que me voy?

El silencio de Nagi fue respuesta suficiente. Sus hombros se tensaron ante la pregunta.

—No quiero que te vayas —dijo después de una pausa, con la voz afectada, en un tono casi infantil.

Reo lo miró, con un nudo en el pecho.

—No me voy del todo. Solo físicamente. No estoy huyendo de ti, Nagi.

Nagi lo miró, con los ojos rojos de cansancio.

—Pero es diferente. No es lo mismo. Cuando te vayas, esta habitación va a sentirse como antes otra vez. Y yo también.

Reo extendió una mano, dudó un segundo… y luego la apoyó con suavidad sobre la espalda de Nagi.

—Nagi...—dijo, firme pero suave—. Aunque esté lejos, seguiré ahí. Llamadas. Mensajes. Lo que necesites. No voy a desaparecer.

Nagi cerró los ojos. Solo por un momento.

Y aunque el insomnio seguía tallado bajo su piel, esas palabras de Reo ffueron suficientes para que respirase hondo.

.

Por la tarde, Nagi estaba sentado junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, como si esperara que pasase algo, sin saber exactamente el qué.

No hablaba. No respondía del todo. Asentía de vez en cuando cuando Reo decía algo, pero sin verdadera atención. Como si estuviera a kilómetros de allí, en una especie de lugar interior al que ni siquiera él sabía cómo había llegado.

Reo lo notaba. Nagi estaba más quieto, más ausente. Como si lo poco que había logrado sostener durante los días anteriores se estuviera deshaciendo de nuevo.

Pero no dijo nada. Solo lo observó desde el sofá, con el móvil en la mano y la garganta apretada.

Sabía que si lo presionaba, Nagi se cerraría. Sabía también que si lo ignoraba del todo, podría perderlo.

Así que se quedó, esperando a que Nagi hablara primero… o a que simplemente lo mirara.

Pero Nagi no lo hizo. Ni una palabra. Ni una mirada.

Solo el murmullo de la ciudad afuera… y el ruido lento del deterioro que Reo empezaba a reconocer demasiado bien.



Día 5 :

Reo se despertó solo en la cama. Nagi estaba, otra vez, sentado en la misma silla junto a la ventana, con la misma expresión vacía del día anterior. Como si el tiempo se hubiera detenido en su cuerpo, pero no en su cabeza.

El desayuno llegó. Nagi apenas lo tocó. Reo no dijo nada. No al principio.

Pero con cada hora que pasaba, algo dentro de él se iba acumulando. No era rabia. No era impaciencia. Era agotamiento. Era dolor.

Ya no sabía qué más hacer. Qué decir. Cómo llegar a él.

Al mediodía, cuando intentó proponer salir a dar una vuelta, solo un paseo corto, Nagi negó con la cabeza sin siquiera mirarlo. Igual que el día anterior. Igual que el anterior a ese.

Y Reo, que llevaba días conteniendo la frustración por miedo a herirlo, dejó el tenedor en el plato con más fuerza de la necesaria.

—No puedo seguir así —dijo de pronto, con la voz baja pero tensa.

Nagi levantó la mirada, como si recién se diera cuenta de que Reo estaba ahí.

—¿Qué?

Reo se levantó de su silla, caminó unos pasos y luego se detuvo, como si no supiera adónde ir.

—Estoy aquí. Estoy contigo. Estoy haciendo todo lo que puedo... ¿Y tú? —lo miró con los ojos muy abiertos—. Me pediste que viniera, Nagi. Me llamaste cuando no sabías a quién más llamar. Y vine. Lo dejé todo. Pero ahora solo estás... apagándote. Y ni siquiera me dejas intentarlo —Nagi no respondió. Su rostro no mostraba sorpresa. Solo cansancio. Un cansancio interminable —. ¿Crees que no me doy cuenta de lo mal que estás? Y desde esa llamada del club , más callado, más lejos —afirmó.

El silencio se alargó.

—¿Qué quieres que haga, Reo? —murmuró finalmente Nagi —. No sé cómo salir de esto.

—No quiero que salgas solo —replicó Reo, dando un paso hacia él—. Quiero que me dejes ayudarte. Pero no puedo luchar contra un muro. Ni contra el silencio. No si tú no me dejas entrar.

Nagi bajó la mirada. Reo respiró hondo. Intentó con todas sus fuerzas que su voz no le temblara.

—No me llames para salvarte si no vas a dejar que lo intente.

Y por primera vez desde que llegó, Reo salió de la habitación. No cerró con un portazo. Solo se fue. Porque necesitaba aire. Porque necesitaba no romperse delante de Nagi.

El sonido de la puerta cerrándose fue tan suave que casi no se notó. Pero para Nagi, fue un disparo.

Se quedó quieto. En la misma posición. Mirando el suelo. El silencio que quedó después fue distinto. No el de los últimos días, cómodo en su rutina de apagarse.

Este dolía. Este era ausencia.

Reo se había ido.

No por orgullo. No por castigo. Sino porque ya no podía más. Y Nagi lo había visto; en su mirada, en su voz, en su espalda al alejarse. Había llegado al límite… y Nagi lo había empujado allí.

Se apoyó con las manos en las rodillas y bajó la cabeza. No había lágrimas. No salían. Pero sentía el cuerpo hecho polvo. Como si su pecho no pudiera sostener más el vacío que él mismo había creado.

Lo había llamado. Le había pedido que viniera. Y cuando lo tuvo ahí, cuando lo vio aparecer, lo dejó fuera. Cerró las puertas. Se escondió. Mantenía esas paredes invisibles entre ellos.

Y ahora estaba solo de nuevo.

“No me llames para salvarte si no vas a dejar que lo intente.”

La frase lo atravesó de nuevo. Lo más directo que había escuchado en días. Reo había dicho la verdad. Todo este tiempo él solo había estado dejándose arrastrar… y no había sido capaz de alzar la mano.

Ahora, por primera vez, Nagi sintió miedo real.

No a morir. Sino a perderlo.

A perder la única persona que aún quería quedarse.

Se levantó despacio, tembloroso. Fue hasta la puerta y apoyó la frente contra ella. Cerró los ojos con fuerza.

—Reo… —susurró—. Lo siento.

Pero él no estaba para escucharlo.

.

La noche había caído hacía rato. Las luces de la ciudad titilaban tras la ventana como si intentaran llenar el vacío de la habitación.

Nagi no había salido. No había encendido la tele. No había casi ni bebido. Solo se había movido para sentarse en el suelo, junto a la puerta, con las piernas recogidas y la espalda apoyada en la madera, como si esperara que su presencia bastara para hacer que Reo regresara.

Y entonces, el sonido. La puerta se movió lentamente.

Nagi no se levantó, pero alzó la cabeza. Por un segundo, pensó que lo había imaginado.

Pero ahí estaba.

Reo entró despacio, sin decir nada. Su expresión era difícil de leer, pero sus ojos buscaron a Nagi de inmediato. Lo encontró en el suelo, desaliñado, con la tristeza escrita en cada parte del cuerpo.

—No sabía si ibas a volver —susurró Nagi, sin moverse.

Reo cerró la puerta con suavidad y se agachó frente a él. No se sentó, pero dejó algo en el suelo. Una pequeña caja de color plateado, con un lazo encima de color violeta.

—No es gran cosa —dijo—. Lo vi en una tienda. Me hizo pensar en ti.

Nagi bajó la mirada hacia el regalo. No lo abrió. Aún no. Solo lo tocó con los dedos, como si no supiera si lo merecía.

—¿Para mi?

Reo asintió, con una pequeña sonrisa cansada.

—Claro. Aunque no te guste, te lo vas a quedar. No acepto devoluciones

Finalmente Nagi tiró suavemente del lazo. Dentro, sobre un pequeño cojín gris, descansaba un llavero de un conejo blanco. Simple, pero delicado. Tenía las orejas caídas y una expresión casi melancólica bordada en los ojos negros.

Se quedó inmóvil al verlo. Reo se puso de pie. Rebuscó algo en el bolsillo de su pantalón.

—Bueno… si vas a tener uno, yo también necesitaba el mío —dijo, medio en broma, pero con los ojos fijos en él.

Abrió la mano.

En su palma descansaba otro conejo. Mismo diseño, mismas orejas largas… pero este era completamente negro. Un contraste perfecto. El negativo exacto del que ahora Nagi tenía.

—Lo compraste a propósito —murmuró Nagi, mirándolo como si no pudiera creerlo.

—Sí. El dependiente me preguntó si era un regalo de pareja —añadió Reo con una media sonrisa—. Le dije que no. Pero...me pareció tierno.

Nagi tragó saliva, y su expresión cambió. Algo en sus ojos se encendió. Se quedó mirando el peluche y lo estrechó.

—¿Te gusta? ¿O te parece una tontería? —inquirió Reo, ahora no muy seguro de si había sido una buena elección.

—Me gusta —contestó Nagi contundente acariciando las costuras —. No es una tontería —Reo soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta —Es suave —añadió Nagi—. Y familiar, no sé por qué.

—Tal vez porque se parece a ti —bromeó Reo con una sonrisa torcida—. Callado, blanco, y con cara de que quiere dormirse todo el día.

Nagi sintió un escalofrío. Algo que le subió desde abajo, recorriendo todo su cuerpo.

—Y el tuyo ... —replicó Nagi, señalando el conejo negro—. Parece que carga con todo el mundo en la espalda.

Reo lo miró en silencio, y sus ojos se suavizaron.

—Quizás por eso se llevan bien.

Nagi se levantó.

—Gracias, Reo. De verdad.

—No me des las gracias aún. Tengo pensado arrastrarte a la calle algún día de estos. Y no te vas a librar tan fácil.



Día 6 :

Nagi se despertó en la cama, con el conejo blanco apoyado a un lado de la almohada. No recordaba haberse acostado, ni haberse tapado, pero ahí estaba. Caliente. A salvo. Y al girar la cabeza, vio a Reo sentado en el sillón, con una taza entre las manos y el conejo negro colgando de llavero que ahora tenía en la cremallera de su mochila.

—¿Ya te has despertado? —preguntó Reo.

—Más o menos —contestó Nagi con voz áspera.

Reo se acercó y dejó algo sobre la mesa: una bandeja con pan tostado, zumo, fruta cortada… y un pequeño bote de mermelada de fresa que parecía sacado de un desayuno infantil.

—Conseguí el desayuno. No acepto excusas —dijo, sentándose a su lado con un suspiro largo—. Hoy comerás como Dios manda.

Nagi parpadeó, algo confundido.

—¿Qué día es?

—Jueves —respondió Reo, estirándose.

Nagi se incorporó lentamente. Sintió el cuerpo menos pesado que los días anteriores. No bien del todo. Pero… más liviano al menos.

Comió en silencio, pero esta vez, comió. No todo, pero más que los días anteriores. Y Reo no dijo nada al respecto. No celebró nada, solo lo dejó estar.

Después del desayuno, Reo encendió la televisión. No para verla, sino como ruido de fondo. Puso un canal de dibujos animados. Nagi no protestó. Se acomodó en la cama, con el conejo blanco en la mano, mirando los colores moverse en la pantalla.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó Reo, ya sabiendo la respuesta.

—Ninguno.

—Perfecto. Yo tampoco.

—¿Por qué estamos mirando esto? —inquirió Nagi después de un rato.

—Cualquier cosa que no sea fútbol o política sirve.

Pasaron la mañana así. Sin hablar mucho. Sin hacer nada. Pero juntos. Y por alguna razón, eso bastaba.

Al mediodía, Reo propuso algo inesperado:

—¿Quieres que pidamos helado?

Nagi lo miró, un poco desconcertado.

—¿Helado?

—Sí. No necesitas un motivo especial para comerlo. Y menos si estás triste. Es ley de vida.

Nagi dudó un segundo. Luego asintió.

—Chocolate.

—¿Con trocitos? ¿O sin?

—Con trocitos —dijo Nagi, casi en un susurro. Y Reo sonrió, satisfecho, como si acabara de ganar un pequeño logro en un videojuego.

Pidieron helado. Vieron media película en el sofá, sin prestarle demasiada atención. Y cuando el sol empezó a desaparecer, Reo dejó caer la cabeza sobre el hombro de Nagi.

El conejo blanco estaba ahora en la mesita de noche. El negro colgaba cerca. Parecían mirarse.



Día 7:

La mañana era clara, más que de costumbre. Nagi abrió los ojos con lentitud. No había tenido pesadillas. Tampoco sueños. Solo descanso.

Reo estaba tirado en la alfombra, boca arriba, con un cojín bajo la cabeza.

Había un silencio cómodo.

Nagi se levantó perezosamente.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

Reo bostezó antes de contestar.

—Una semana. Siete días exactos desde que me llamaste.

—Oh...

Reo se incorporó un poco, apoyándose en una mano.

—¿Qué pasa?

Nagi se rascó la cabeza, con gesto distraído. Tenía el pelo alborotado y los ojos aún algo hinchados por el sueño.

—No lo sé. Me parece raro.

—¿El qué?

—Todo. El tiempo, nosotros aquí, sin hacer nada. Antes no pasaba tanto sin entrenar. Ni siquiera en vacaciones.

Reo bajó la mirada, como si se estuviera pensando bien cada palabra.

—A lo mejor es justo eso lo que necesitabas.

—¿Estar encerrado?

—No —respondió Reo, casi riendo—. Parar. Respirar. Dejar de correr como si el mundo te persiguiera.

Nagi se sentó en el borde de la cama. Miró al suelo. Luego a sus manos. Luego, simplemente, habló:

—Tengo miedo de salir y que todo esté igual… menos yo.

Reo se puso de pie con lentitud y se acercó, quedando de pie frente a él.

—Puede que tú seas el único que ha cambiado. Pero eso no es malo, Nagi.

Nagi alzó la vista, despacio.

—¿Y si ya no me sale igual? Puede que incluso olvide cómo jugar.

Reo se agachó frente a él, apoyando una mano en su rodilla.

—Eso es imposible. No pasará.

El silencio se volvió más pesado, pero no incómodo.

—Puedo intentar estirar un poco —dijo Nagi al fin —. Quizás mañana.

Reo sonrió, con ese gesto tranquilo que ya no necesitaba exagerar.

—Cuando tú quieras. A mi no tienes que demostrarme nada.

Nagi bajó la mirada y asintió. Se levantó para ir al baño, arrastrando un poco los pies. Antes de cerrar la puerta, dijo sin girarse:

—Gracias por seguir aquí.

Reo no contestó en voz alta. Solo se quedó mirando la puerta cerrarse.

.

La noche cayó sin prisa. Las luces de la ciudad parpadeaban al otro lado de la ventana, y en la habitación, todo estaba en penumbra. La televisión seguía encendida, con el volumen bajo. Reo hojeaba el móvil sin demasiada atención, mientras Nagi estaba tirado en la cama, con el conejo blanco apoyado sobre el pecho, subiendo y bajando al ritmo de su respiración.

No hablaban, pero no era incómodo. Había paz. Una de esas raras noches donde simplemente todo estaba en calma.

Y entonces, el móvil de Reo vibró.

Reo lo miró. El nombre en la pantalla lo hizo fruncir el ceño. Dudó.

Nagi no necesitó ver nada para saber de qué se trataba.

—Es del club, ¿no? —preguntó sin apartar la vista del techo.

Reo tardó unos segundos en hablar.

—Sí.

Nagi se sentó lentamente, como si el aire se hubiese vuelto más denso. Miró a Reo de reojo, intentando no parecer demasiado atento.

—Puedes cogerlo —añadió, con voz neutra.

—Ya lo hice la otra vez —respondió Reo, sin moverse—. ¡Qué pesados!

—Te vas a ir —dijo, sin rencor. Solo constatando un hecho.

—No quiero —respondió Reo, sin rodeos—. Pero no puedo quedarme indefinidamente. No sin dar explicaciones.

Silencio.

—¿Cuándo?

—Me dijeron que me necesitan para el partido de la semana que viene. Eso me deja... dos días más aquí, con suerte.

Nagi tragó saliva. No dijo nada. Solo asintió.

Reo se acercó, con pasos lentos, y se sentó en el borde de la cama, junto a él.

—Tú sigues queriendo que me quede, ¿verdad?

—Quiero que no haga falta que te vayas —respondió Nagi, sin poder mirarle a la cara—. Pero no puedo pedirte eso. No está bien.

Reo suspiró. Se pasó la mano por el pelo.

—Estoy aquí ahora. Y mañana también. Vamos a pensar en eso, ¿vale? Lo otro... lo resolveremos cuando llegue.

Nagi asintió. Muy leve.

Reo se tumbó y Nagi también, sin hablar más, y Nagi, como por reflejo, se giró hacia él. No volvieron a decirse nada.

Esa noche, ambos tardaron en dormirse.



Día 8 :

Reo se despertó temprano. Nagi seguía dormido, hecho un ovillo bajo la sábana, con el conejo blanco apretado contra el pecho. Su respiración era tranquila.

Reo se quedó un momento observándole en silencio. Con un cariño estremecedor. Como si tuviera miedo de que cualquier gesto brusco deshiciera todo lo que habían logrado reconstruir en esos días.

Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y fue al baño. Cuando salió, Nagi ya estaba despierto. No del todo. Pero con los ojos entreabiertos y el gesto desorientado de quien no sabe en qué día vive.

—Buenos días —dijo Reo en voz baja.

Nagi se frotó los ojos.

—Buenos días. ¿Qué hora es?

—Las 9:45

—Ah…

Silencio.

Reo cogió la mochila del respaldo de la silla y sacó de uno de los bolsillos un envoltorio de tela gris. Lo dejó sobre la cama, cerca de Nagi.

—Encargué esto ayer. Pensaba dártelo más tarde, pero... bueno. Me pareció mejor ahora.

Nagi se incorporó lentamente. Miró el paquete, y luego a Reo.

Lo abrió con cuidado.

Era una camiseta deportiva. Negra, sencilla, de su talla. Nueva.

—No es para presionarte —aclaró Reo enseguida—. Solo pensé que... si algún día te apetecía moverte un poco, al menos que no fuera con la ropa arrugada .

Nagi pasó los dedos por la tela. No dijo nada. Pero su expresión cambió. Leve. Íntima.

—Gracias —murmuró al final —. No sé si podré ponérmela hoy.

—No hace falta que lo hagas. Solo... déjala a la vista. Que te acuerdes de que está ahí.

Reo se sentó frente a él. Le miró detenidamente.

—Mañana me voy, Nagi —Nagi bajó la mirada. Lo sabía. Pero escucharlo era distinto. Hacía que se convirtiese en esa aplastante realidad que molestaba y asustaba —. No quiero que vuelvas a encerrarte cuando me vaya. No estoy diciendo que salgas a correr o que tengas que entrenar, si no te apetece. Solo... que no desaparezcas.

—No sé si sabré cómo hacerlo.

—Pues lo aprendemos —dijo Reo con firmeza—. Paso a paso. Estaré pendiente de ti , todo el tiempo.

Nagi asintió. Muy despacio.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—Vale de verdad.

Se quedaron un rato en silencio, con la camiseta nueva entre ellos.

.

La luz de la tarde entraba inclinada por la ventana, tiñendo la habitación de un tono cálido, casi dorado. Nagi dormía la siesta. O eso parecía. Estaba tumbado de lado, de espaldas, sin hacer ruido, con el conejo blanco abrazado contra el pecho. La camiseta nueva estaba doblada sobre una silla.

Reo lo observaba desde el escritorio. Llevaba más de veinte minutos sin tocar el móvil. Tenía un libro abierto delante, pero no pasaba página. Solo miraba sin mirar.

La llamada del club seguía rondándole la cabeza. Lo habían vuelto a contactar por la mañana para confirmar su asistencia en el partido. El avión salía a primera hora del día siguiente. Estaba todo dicho.

Y aun así, no podía dejar de mirar a Nagi. A su respiración lenta. A la forma en que se encogía un poco, como si tuviera frío incluso envuelto entre la sábana.

Reo suspiró y se pasó las manos por la cara.

No era solo tristeza. Era miedo.

Miedo de que cuando él se fuera, todo volviera a desquebrajarse. Que Nagi se cerrara otra vez. Que esa frágil chispa que había vuelto a asomar, se apagara del todo.

Ya lo había visto antes. Esos primeros días. Ese silencio pesado. Esa mirada perdida. Ese malestar en el ambiente.

Y ahora, justo cuando empezaba a salir un poco a la superficie, él tenía que irse.

Se levantó despacio y caminó hasta la ventana. Miró hacía la calle. Apoyó la frente contra el cristal.

—¿Qué pasa si no vuelves a levantarte? —susurró para si mismo muy bajito.

No hubo respuesta, claro. Pero algo en su pecho se cerró.

Volvió a mirar a Nagi. Y entonces, como si le hubiera oído, este se movió ligeramente. Se giró, entreabriendo los ojos con lentitud. Miró hacía Reo.

—¿Estás bien? —preguntó Nagi, con voz rasposa.

Reo se obligó a sonreír.

—Sí. Solo… pensando.

—¿En mañana?

Reo asintió.

—¿Tú estás bien?

Nagi dudó.

—Estoy mejor. Pero eso no es lo mismo que estar bien.

—Lo sé —respondió Reo—. Por eso me preocupa.

Nagi lo miró en silencio. Luego estiró una mano, como invitándole a acercarse. Reo fue y se sentó a su lado, dejando que Nagi apoyara la cabeza en su pierna.

—Si te vas preocupado, no vas a poder concentrarte —dijo Nagi, con los ojos cerrados—. Y si no te concentras, perderéis.

—¿Así que ahora te preocupa el resultado?

—No. Me preocupa que juegues mal por mi culpa.

Reo sonrió, leve. Toqueteó su pelo.

—No me preocupa jugar mal. Me preocupa dejarte.

—Pues me voy a levantar —susurró Nagi, como si estuviera haciendo una promesa que aún no sabe cómo cumplir—. Aunque me cueste. No quiero que todo esto haya sido en vano.

Reo cerró los ojos. Apretó un poco más los labios. Respiró hondo.

—Entonces está bien —murmuró—. Entonces… quizás pueda irme un poco más tranquilo.

Y así se quedaron, en silencio, con la tarde diluyéndose poco a poco.

.

Cenaron en silencio.

No por falta de temas. Solo porque ya no hacía falta hablar tanto. Se sentaron uno frente al otro, compartiendo la comida que habían pedido, masticando lento, como si eso pudiera alargar el tiempo.

Después, Reo recogió los envases y Nagi fue directo a la cama, pero no a dormirse. Se tumbó boca arriba, con las manos bajo la cabeza, mirando al techo. Como si entre las sombras pudiera encontrar algo que diera sentido a todo.

Cuando Reo terminó de ordenar, apagó casi todas las luces. Dejó solo la de la mesita, y se sentó al borde de la cama.

—¿Quieres que ponga algo? —preguntó—. Música, la tele, lo que sea.

Nagi negó con la cabeza, despacio.

—Solo quédate.

Reo no se movió al principio. Luego se tumbó a su lado, boca arriba también, imitando su postura. Pasaron unos segundos en silencio.

—¿Vas a dormir algo? —murmuró Reo.

—No lo sé. ¿Y tú?

—Tampoco.

Ambos giraron un poco la cabeza, mirándose en la penumbra.

—¿Te vas temprano? —preguntó Nagi.

—El vuelo es a las nueve. Tengo que salir a las seis y media.

Nagi asintió. Un movimiento mínimo.

—Entonces esta es la última noche.

—Por ahora —respondió Reo enseguida—. Solo por ahora.

Se quedaron mirandose un rato más. Hasta que Nagi giró del todo y se acercó, apoyando la frente en el costado de Reo. No dijo nada. Solo eso, contacto. Como si su cuerpo entendiera antes que su cabeza que el momento se estaba acabando.

Reo lo abrazó. Sin apretar. Solo lo rodeó, dejando que encajara contra él como una pieza hecha a medida.

—No quiero que te vayas —susurró Nagi muy bajito.

—Lo sé.

—¿Me acostumbraré a estar solo otra vez?

—No lo vas a hacer. Aunque quieras, no voy a dejar que lo hagas.

—No es tan fácil —murmuró.

—No. Pero no estás solo.

—¿Y si…?

—Entonces me llamas. —interrumpió Reo antes de que pudiese terminar la pregunta, anticipándose —. Aunque sea solo para respirar al otro lado del teléfono. Aunque no digas nada.

—¿Y si no sé cómo decírtelo?

—No hace falta que sepas —respondió Reo, con voz suave —. Con que marques mi número, me basta.

Nagi inspiró hondo, como si intentara memorizar el olor de Reo, su calor, esa sensación concreta.

—Prométeme que vas a contestar siempre.

Reo ni se lo pensó.

—Siempre. Te prometo que voy a contestarte siempre. Aunque esté en cualquier parte del mundo. Si me llamas, voy a estar.

Nagi asintió muy despacio. No se apartó. No dijo nada más. Se quedó ahí, con la frente aún apoyada, sintiendo el calor.

—Estoy intentando no tener miedo —susurró Nagi—. Pero cada vez que cierro los ojos, me imagino la habitación sin ti.

Reo reflexionó sobre cada palabra dicha. Lo apretó con suavidad, con ternura, sin decir nada al principio.

—¿Te acuerdas de los conejos? —comentó después, en voz baja —Nagi movió la cabeza en un gesto afirmativo —. Pues míralo cuando te despiertes y me eches de menos. Así te acuerdas de que no te has quedado solo. Ni siquiera cuando no me veas.

Nagi tragó saliva. Tenía un nudo en la garganta y le ardía.

—¿Te vas a llevar el tuyo?

—Sí —respondió Reo—. Incluso si parece ridículo. Me da igual.

—No parece ridículo.

—¿No?

—No. Parece nuestro.

Reo sonrió. No dijo nada más.



Día 9 :

La alarma sonó a las 5:00. Solo un leve tintineo, como si hasta el teléfono supiera que no debía hacer ruido.

Reo la apagó enseguida y se quedó unos segundos en la oscuridad, tumbado boca arriba, escuchando la respiración tranquila a su lado.

Nagi seguía dormido. De lado. Enroscado. Con el conejo blanco pegado al pecho.

Reo no quería moverse. Quería parar el tiempo ahí. Justo ahí. Donde no tenía que marcharse aún. Donde no tenía que mirar la hora ni pensar en aviones, ni en entrenamientos, ni en partidos.

Solo quedarse. Pero no podía.

Se levantó sin hacer ruido, se vistió en silencio, y preparó su mochila junto a la puerta. Lo hacía todo lento. No por cansancio. Por remordimiento.

Cuando se giró para mirarle una última vez… Nagi ya estaba despierto.

Nagi no sabía si se había despertado por algún sonido o por la ausencia de calor en la cama. Solo supo que Reo ya no estaba tumbado a su lado.

No dijo nada al principio, solo lo observó desde la cama. Cómo se movía con cuidado, con ese gesto tenso en la espalda.

—Ya te vas —murmuró, rompiendo el silencio.

Reo dio un pequeño brinco al escucharle. Lo miró detenidamente. No sonrió.

—No quería despertarte.

Nagi se sentó.

La habitación parecía más sombría que nunca. Reo se acercó hasta Nagi. Se sentó cerca.

—Quiero que me prometas una cosa —dijo, despacio.

—Otra promesa —respondió Nagi.

—Una última. Por ahora.

Lo miró a los ojos.

— Escríbeme. Aunque sea solo una palabra —continuó Reo — Un emoji. Lo que sea. Cada ciertas horas. ¿Me has entendido? Hazlo por mí, por favor.

Los ojos de Reo, le miraban atravesándole. Nagi tragó saliva.

—Vale.

—Y cuando estés listo, sal a caminar. Con el conejo en el bolsillo. Y mándame una foto del sitio donde estés.

Nagi asintió. Más serio ahora.

—Lo haré.

Cuando Reo se inclinó para abrazarlo, Nagi lo recibió con fuerza. Con cierta desesperación. Con firmeza. Como si quiera grabarse ese gesto a fuego.

Reo le acarició la mejilla una última vez y luego se fue hacia la puerta, mochila al hombro, pasos lentos. El sonido de la cremallera, el roce de la tela, todo parecía más alto de lo normal en el silencio de la habitación.

Y justo cuando su mano tocó la puerta, una voz lo detuvo.

—¡Espera!

Reo se giró de golpe. Nagi se había levantado de la cama de forma torpe, con los pies descalzos sobre el suelo. Tenía algo apretado entre los dedos.

Se acercó rápido, sin pensarlo demasiado. Respiraba un poco más agitado. Como si el impulso hubiera vencido a todo lo demás.

—Cambiemos los conejos —dijo, extendiendo la mano—. Dame el tuyo.

Reo parpadeó, sin entender al principio.

—¿Qué?

—El negro. El tuyo. Dame ese. Y llévate tú el blanco —Reo abrió la boca para decir algo, pero Nagi fue más rápido —Así no me voy a olvidar de ti. Y tú no te vas a olvidar de mí.

—Nagi…

—No quiero quedarme con mi parte. Quiero la tuya. Para no sentir que me quedo igual que antes. Solo. Y quiero que tú te lleves la mía. Para que sepas que aquí sigue habiendo algo tuyo.

Reo bajó la mirada. Su mano fue hasta la cremallera donde seguía colgando el suyo.

Lo cogió. Nagi le ofreció el blanco.

Se miraron un segundo. Y entonces intercambiaron los llaveros, mano con mano, como si hicieran un pacto secreto, uno de esos que no necesitan firma.

—Ahora sí —murmuró Nagi, bajando la vista al conejo oscuro entre sus dedos —. Ahora me siento un poco menos solo.

Reo lo miró, con los ojos brillantes. Se mordió el labio.

—Cuídalo. Ese tiene mi cara de preocupado.

—Sí, se parece a ti.

Reo rió, bajo, como para no romper el momento.

Y esta vez, cuando se giró hacia la puerta y la abrió, Nagi no lo detuvo.

Solo se quedó allí, apretando al conejo negro, mientras Reo desaparecía en el pasillo.

.

.



El avión despegó puntual.

Reo se quedó mirando por la ventanilla, aunque las nubes no ofrecieran nada interesante. Tenía los auriculares puestos, pero no escuchaba música. Solo el ruido habitual y su propio pulso, insistente en la garganta.

En el bolsillo interior de la chaqueta, sentía el bulto del conejo blanco. No lo había soltado desde que Nagi se lo dio. Ni para embarcar. Ni para pasar el control. Ni siquiera ahora, con el cinturón abrochado y el estómago tenso.

Era tan estúpido y tan importante a la vez.

Apretó el llavero dentro del puño.

“Ahora me siento un poco menos solo.”

La frase le seguía, repitiéndose desde que cerró la puerta de esa habitación. No se le despegaba del pecho. Se le había quedado allí como un susurro incrustado.

No se arrepentía de haber ido. Ni de haberse quedado tanto. Ni de todo lo que había hecho. Pero sí tenía miedo.

Miedo de que al llegar, todo volviera a arrastrarle al ritmo habitual: entrenamientos, partidos, ruedas de prensa, horarios…
Un mundo en marcha mientras Nagi, se quedaba en pausa.

Sacó el móvil. Lo desbloqueó.

Nada aún. Ni un mensaje.

Suspiró. No pasaba nada. Lo sabía. No era el fin del mundo. Solo habían pasado unas horas. Pero igual revisó por cuarta vez.

Reo apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento. Cerró los ojos.

En su mente, seguía viendo la expresión de Nagi en esa última noche. Lo vulnerable. Lo claro que fue, por fin. Y sobre todo, lo valiente que resultó al decir “Pues me voy a levantar, aunque me cueste”.

Porque sabía que para ese Nagi agotado, había sido un esfuerzo reafirmarse. No decía las cosas porque sí.

Y ahora, él se lo había llevado encima. Literalmente.

“Dame el tuyo. Llévate el mío.”

Quizá no supieran arreglarse. Pero al menos ya no estaban huyendo.

El avión siguió avanzando entre las nubes.

Y Reo, aún con los ojos cerrados, acarició distraídamente una de las orejas largas del conejo blanco en su bolsillo.

—No me olvides —susurró sin querer.

.

Entrada la tarde Nagi se obligó a encender la televisión, aunque fuese para mirar algo. Lo que fuera.
No recordaba el canal. Ni qué decían. Solo necesitaba ruido. Una distracción mínima, lo suficiente como para no quedarse a solas con el vacío de la habitación.

Se sentó en la cama con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas, y la mirada colgando. Las cortinas seguían abiertas, pero la luz del sol ya no entraba con fuerza. Era esa hora intermedia en la que todo se va apagando sin necesidad de tocar un interruptor.

En algún momento se quedó dormido sin darse cuenta.



Reo bajó del avión con el móvil aún en la mano, sin abrir notificaciones. Las reuniones le cayeron encima como una marea. Le esperaban en el club. Había ruedas de prensa, ajustes de última hora, una comida con los directivos. Sonrió, habló, firmó, escuchó. Fue el Reo habitual. El de siempre. El de “todo está bien”.

Pero todo no estaba bien.

A cada rato, su cabeza volvía a esa habitación de hotel. A la preocupación. Al millón de dudas. A la voz de Nagi diciendo “aunque me cueste”.

Y aunque lo revisaba entre una cosa y otra, el móvil seguía sin ningún mensaje de su parte. Nada de Nagi. Tampoco él le escribió. Pensó en hacerlo, en decirle un “¿Estás bien?”, pero se contuvo. Quizás estaba descansando, o tratando de estar bien sin depender.

Entonces se dijo: Mañana. Le escribo mañana. Dejo que respire. No lo atosigo.

Y esa noche, Reo en su cama, con las luces apagadas y el cansancio encima, sostuvo el conejo blanco en una mano mientras su mente volvía , una vez más, al cuarto del hotel. Lo apretó con fuerza. Le susurró algo, como si Nagi pudiera escucharlo.

Se durmió con la esperanza de que al día siguiente, al desbloquear la pantalla, hubiera un mensaje suyo. Uno solo. Aunque fuera un “hola”.



Día 10 :

El lado izquierdo de la cama estaba vacío.

Frío.

Nagi no se movió durante unos segundos. Miró el techo. Igual que siempre. Pero no era lo mismo. Era como si el techo ahora estuviera más lejos, o como si la cama se hubiese agrandado de golpe.

Lo supo incluso antes de pensarlo: Reo ya no estaba.

No era la primera vez que se despertaba solo, pero sí era la primera que lo sentía de verdad.

Tanteó con la mano bajo la almohada. Allí seguía el conejo negro. El de Reo. El que se parecía a él.

Lo apretó sin pensar. Con los ojos aún entornados.

Se sentó en la cama, con los pies descalzos sobre la alfombra. Miró la silla donde Reo solía dejar su chaqueta. Vacía. El vaso que había usado la noche anterior. El cojín, ligeramente hundido, como si aún conservara su forma. Y luego, miró la mesita, como si esperara encontrar algo más.

Fue hasta la ventana y la abrió un poco. Aire frío. Ruido lejano.

Y por un segundo, pensó: Podría bajar. Solo un momento. Pero no se movió. No aún.

Volvió a sentarse. Cogió el móvil.

Tenía el chat de Reo fijado arriba del todo. Sin notificaciones nuevas.

Dudó.

¿Qué se suponía que debía decirle?

“Hola. Estoy bien. El aire sigue oliendo a ti. Me duele el pecho, pero estoy intentando no agobiarme.”

Al final, escribió solo una palabra.

“Gracias.”

No la envió todavía.

Miró alrededor. La habitación parecía más grande ahora. O más vacía. Era difícil decirlo.

No supo cuánto tiempo se quedó así, pero cuando se levantó por fin, lo hizo despacio, como si se estuviera acostumbrando de nuevo a su propio cuerpo.

Desayunó poco, sin ganas, pero algo. Se duchó. Se vistió.

Y luego se sentó en la silla junto a la ventana, como tantas veces en los días anteriores. Solo que esta vez no era para quedarse quieto. Esta vez tenía el móvil en la mano.

Miró la pantalla. Había un mensaje. De Reo.

Solo dos palabras:

“¿Estás bien?”

Nagi se quedó mirándolo.

Pensó en escribir “sí”, pero era mentira. Pensó en poner un emoji, pero le pareció insuficiente. No respondió por instinto. No quería apresurarse, no porque no supiera qué decir, sino porque quería decirlo bien.

Y entonces bajó la vista al conejo negro que tenía sobre las piernas. Abrió la cámara y enfocó al conejo, lo alzó contra el cristal, con la ciudad desenfocada detrás. Le hizo una foto. La envió. Sin texto.

A los pocos segundos, Reo contestó:

“Me alegro”

Nagi sonrió. Pequeño, pero sincero.

Esa noche Nagi tuvo varias pesadillas.

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