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Los Momotaro solían tener una vida común hasta el día en que entraban a la academia, sin un entrenamiento demasiado riguroso, algunos ni siquiera eran conscientes de la existencia de los Onis o la guerra hasta cierta edad.
Mikado pensaba que esos chicos eran realmente afortunados.
Desde muy temprana edad no solo supo de la existencia de los Onis y del deber que corre por su sangre, sino que fue reconocido como prodigio y fue entrenado por la agencia desde los 10 años. Sus padres habían muerto a mano de los Onis y no tenía más familia a la cual acudir.
Los Momotaro que quedaron huérfanos a una edad temprana, no podían ser dejados en el sistema como cualquier otra persona.
No había forma de huir de su deber.
Mikado comenzó a vivir en las instalaciones de la agencia, yendo a clases donde sólo él asistía. Donde sus maestros se ensañaban en repetirle que los Onis no eran humanos, que eran el cáncer de la sociedad, que eran asesinos despiadados y lo más piadoso de su parte era matarlos en cuanto se presentaran.
Mikado atendió atentamente sus lecciones, pero habían cosas que no le hacían sentido.
¿Por qué los Onis vivían tanto tiempo como humanos, y repentinamente se transformaban en algún punto? Antes de que eclosionaran los cuernos, no había forma biológica de distinguirlos de un humano o un Momotaro.
Para empezar, los Momotaros eran humanos, ¿no? Su biología no cambiaba del todo, pero las bacterias...
¿Qué los hacía tan diferentes?
—Deja de hacer preguntas tontas, Momodera-kun. Los Momotaro somos humanos, los Onis son Oni, no hay humanidad ahí.
Mikado fue castigado con clases complementarias y ensayos sobre el tema para compensar sus cuestionamientos.
No sabía cómo sentirse respecto a su posición dentro de la agencia, sobre ser considerado aún demasiado joven por los otros, sobre ser observado como un bicho raro, sobre ser castigado frecuentemente por sus opiniones polémicas.
No es que quisiera faltarle el respeto a sus maestros, pero tampoco quería dejar de pensar por sí mismo. Su corazón y sus criterio es el único recuerdo que tenía de sus padres.
Todos esos conflictos entre sus ideales y los adultos que le rodeaban, lo hacían sentir completamente solo.
(...)
—Hizumi-kun —llamó Mikado—¿Qué haces por aquí?
Había visto a Momotsuji un par de veces en las instalaciones. Era un año menor que él, pero de vez en cuando iba con su madre a ver a su padre, llevarle comida o simplemente pasar tiempo con él en sus ratos libres. Era muy esporádico, pero a Mikado le daba gusto ver a alguien cercano a su edad.
Quería ser su amigo. Quizá algún día, cuando sean mayores, sean compañeros en la academia y peleen lado a lado.
—Mi padre olvidó el almuerzo, pero aún sigue en una junta —comentó el chico, en sus manos, se encontraba un bento cuidadosamente amarrado.
Mikado sintió algo que rasca con una uña en el fondo de su pecho, algo sutil y apenas palpable; no recuerda la última vez que probó comida hecha en casa. Se sentía increíblemente nostálgico y lejano.
No quería admitirlo, pero a veces se sentía celoso de la vida de Hizumi.
—Momotsugi-san es increíble pero también es una persona muy ocupada, ¿eh?
Mikado no estaba aún en contacto directo con las unidades de combate, pero había leído algunos informes y videos sobre Momotaros veteranos que debían ser su ejemplo a seguir. Entre ellos, Momotsugi era uno de los capitanes más queridos y con un manejo de bacterias magistral.
A Hizumi se le iluminaba el rostro con alegría cada vez que se mencionaba a su padre, su orgullo era palpable. Entrañable, a decir verdad.
—¡Sí! ¡Lo es! —su sonrisa no sé atenuó en ningún momento—Aún así, siempre saca tiempo para contarme sus hazañas antes de dormir, mi padre es un superhéroe.
Mikado le sonrió, sin comentar respecto a los verdaderos informes que ha leído. Momotsugi es un Momotaro admirable para la agencia, pero aún hay algo que le carcome el fondo de la mente cuando se trata de leer la exterminación de pueblos Onis.
—Que genial.
—Cuando crezca, seré un capitán como él, y te protegeré incluso a ti, Mikado-kun —dijo repentinamente, llamando su atención—. ¡Así que espera por eso!
No era más que una promesa infantil, pero Mikado en el fondo de su corazón, se aferró al anhelo que plantó en él. Quería desesperadamente tener a alguien a su lado.
—Apúrate entonces, Hizumi-kun —dijo, acariciando su cabeza con suavidad.
(…)
Cuando un capitán tan querido como Momotsugi fallecía, la agencia se encargaba de los preparativos funerarios.
Dicen que el capitán había fallecido al salvar a uno de sus subordinados. En los informes que leyó Mikado, esto se debió a un error en la comunicación con la central. La cantidad de Onis era mucho mayor a la que se había pensado, y varios entraron en estado de frenesí al mismo tiempo.
Los habían enviado a morir.
Las perdidas fueron numerosas, pero de no ser por el capitán, toda esa unidad habría sido borrada del mapa, además de que los Onis en descontrol hubieran llegado a un poblado cercano.
Realmente murió como un héroe.
—Lo lamento, Hizumi-kun…
Pero héroe o no, había muerto dejando atrás a una mujer y un hijo. Mikado entiende lo duro que debe ser. Había pasado poco más de un año desde que tuvo que vivir el funeral de sus padres.
No era bueno con los funerales. Aún cuando debía mantenerse fuerte para quienes estaban sufriendo la perdida, se sentía agotado al recordar el infierno que tuvo que soportar en ese entonces, completamente sólo.
Al menos Hizumi tenía a su madre, eso era un consuelo. Ambos debían sostenerse para no desmoronarse.
—No ha pasado mucho, pero ya lo extraño… —confesó el menor, sus ojos seguían rojos por el llanto. Probablemente había llorado en privado, en silencio, donde no molestara a los adultos. Mikado comprende ese sentimiento, por lo que le ofrece un abrazo de consuelo—. Pero, ¿Sabes? Aún estoy orgulloso de él.
—Mn…
—Quiero crecer de una vez y ser al menos la mitad de lo que él fue.
Mikado acarició su espalda, tratando de contenerlo un poco. Lo sabe, comprende tan bien el sentimiento que le duele como una herida que vuelve a abrirse.
—Estaré esperando por ti para entonces —dijo, posando una mano sobre su espalda.
Aún era pequeña, pero ahora cargaba con una gran responsabilidad.
(…)
La primera vez que Mikado mató a un Oni, no se sintió como un héroe, no se sintió bien. Pero al menos, sintió algo. Náuseas.
La sangre de aquel ser le salpicó por todas partes. No estaba armado, no parecía saber cómo controlar su sangre, pero Mikado sintió miedo al iniciar el estado de frenesí. No permitió que se descontrolara, no permitió que lastimara a los demás, pero aún así no se sintió bien.
Sus camaradas estaban eufóricos por ver el gran control de sus bacterias a tan corta edad, pero Mikado apenas escuchaba sus halagos como ecos en el fondo de su mente.
Si no lo mataba, pudo haberlo matado a él. Si no lo mataba, pudo haber matado a todos los demás.
Debía convencerse de que estaba haciendo lo correcto. Hizo lo correcto.
¿Lo estaba? Sabía que sus padres estarían orgullosos de él, pero le es imposible sentir lo mismo.
(…)
—¿Hizumi-kun? —Mikado lo llamó sin estar del todo seguro.
Lo recordaba lo suficiente para saber que no estaba confundiéndole con alguna otra persona. Pero no tenía sentido encontrarse ahí, no en ese momento en ese lugar.
Mikado había desarrollado lo suficiente sus poderes para manejar dos armas a la vez, por lo que decidieron que era tiempo de que ganara experiencia en un campo más abierto. El objetivo era una aldea Oni que habían identificado hace unos días.
La misión era para recién egresados y casos especiales como él, junto con un puñado de Momotaros experimentados.
Entonces, ¿cómo podría estar Hizumi ahí?
—Mikado-senpai, no esperaba verlo aquí.
Mikado se detuvo en seco, no pudo colocar la mano que estaba destinada a tocar su hombro. Técnicamente eran la misma persona, en uno de los uniformes de la academia, perfectamente limpio y preparado para el campo de batalla.
Pero esa mirada clara no le transmitía absolutamente nada.
No había verdadero reconocimiento, no había confusión, no había sorpresa o atisbo de verdadera alegría de verlo. Estaba completamente vacía.
Por un segundo, Mikado sintió que estaba mirando a un desconocido.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué pasó con su madre? ¿Por qué había acabado tan miserable como él?
Quiso hacerle muchas preguntas. Más tarde, no dormiría por las noches de solo pensar en todo lo que pudo haber dicho o hecho en ese momento. Antes de comenzar esa masacre, ese día en donde Mikado sintió que todo se torció.
Hizumi había desaparecido en combate, siendo encontrado dos días después de una intensa búsqueda. Un Oni lo había salvado, lo había recogido de la perdición y curó sus heridas.
Y Hizumi lo asesinó.
—Las ordenes eran claras, había que matar a todos los Onis —argumentó, una vez en el camino de vuelta.
Mikado se sentía mareado.
—Pero ese Oni salvó tu vida… —dijo, aún sorprendido del informe del menor.
Existían Onis buenos.
Ese Oni había sido la prueba de ello. Y Hizumi, aquel dulce chico que siempre le sonreía y admiraba tanto a su padre, lo había asesinado sin piedad.
—Las órdenes fueron exterminar a todos los Oni, Mikado-senpai, ¿por qué las cuestionas tanto?
Mikado tenía al compañero que tanto había deseado a su lado, pero se seguía sintiendo interminablemente solo.
Hizumi ya no era la misma persona que había conocido, y realmente no estaba seguro de en qué tipo de persona se había convertido. Mikado se prometió que jamás podría ser como él, no podría seguir órdenes sin cuestionar nada.
Muchos de sus superiores consideraban que estaba frenando su inminente ascenso en la agencia, pero Mikado no opinaba lo mismo y no le importaba en lo más mínimo sus puntos de vista. Viviría conforme a sus propios ideales.
Aún si era un camino solitario.
(…)
—Senpai —le llamó uno de sus Kohais. Mikado volteó para mirarle. Tougo se veía entusiasmado a su manera, pese a esa mirada profundamente oscura—. Escuché que fue ascendido a vicecapitán, felicidades.
—Gracias, Tougo-kun —le sonrió, alzando una de sus manos por una vieja costumbre. Sin embargo, la bajó disimuladamente.
Mikado había aprendido a no entrometerse demasiado con los demás Momotaros.
Tougo bajó la mirada un segundo, como si estuviera pensando en algo. Su puño se cerró y dio un paso hacia el frente, sobresaltando un poco a Mikado.
—Escuché que el capitán Shinya es astuto, pero tampoco se sabe muy bien sobre sus métodos. Tenga cuidado, senpai.
Momodera sonrió con simpatía.
—No te preocupes por ese tipo de cosas, tengo creencias muy firmes, Shinya-san no me puede obligar a nada —calmó, aunque sospechaba que esa no era la verdadera preocupación de su Kohai.
—Lo sé. Mikado-senpai es fuerte.
Aunque la mirada de Tougo suele ser oscura y plana, había momentos como este en que esa oscuridad transmitía muchas emociones. Mikado estaba feliz de reconocerlas, de saber que había algo ahí. Pero en el fondo de su mente, recordaba aquel momento en que los ojos de Hizumi se volvieron fríos.
Se sorprendía temblando cuando lo recordaba.
—Espero que no descuides tu entrenamiento aunque no esté, Tougo-kun, tus profesores me irán actualizando de tu avance —le aseguró, pues había perdido el rastro del último teléfono que su Kohai había arruinado.
—Lo haré, Senpai, seré lo suficientemente fuerte para exterminar a todos los Onis, me aseguraré de que no hayan más víctimas inocentes, los salvaré como tú lo hiciste conmigo.
"Cuando crezca, seré un capitán como él, y te protegeré incluso a ti, Mikado-kun"
"Las órdenes fueron exterminar a todos los Oni, Mikado-senpai, ¿por qué las cuestionas tanto?"
Mikado solo pudo sonreír amargamente. Sabía que Hizumi actualmente estaba encaminado a volverse capitán. Escuchaba que era de los favoritos de los altos mandos porque lo consideraban una marioneta sin alma.
Era extremadamente cruel, pero el mismo Hizumi no se inmutaba en lo más mínimo ante esas palabras.
(Mikado aún sentía náuseas de saberlo).
Había pensado tantas cosas que le hubiera gustado decirle en ese entonces, pero, ¿hubiera hecho alguna diferencia?
—Sigue tus propios ideales, Tougo-kun, y juzga por ti mismo lo que es correcto —le murmuró, acariciando finalmente la cabeza ajena—. El mundo es muy grande para quedarse con lo que haz aprendido hasta ahora.
Tougo lo miró con curiosidad. Puede que no entendiera el peso de las palabras de Mikado en ese momento, pero lo haría.
Mikado tampoco sabía que pronto tendría un encuentro que le haría cuestionarse todo en lo que él mismo había creído, y que finalmente, haría un amigo de verdad en el camino.
Nunca más se sentiría solo después de eso.
