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your weight here (in my phalanges)

Summary:

Después de la guerra existen sueños infantiles que transitan con fantasmas. Y hay quiénes se preguntan si realmente son los ganadores.
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Cuando se levanta con el paquete de comida entre sus manos, el calor de la comida atravesándola, Hinata piensa que ojalá Sasuke no se quede a vivir en la aldea.

Se reconforta con la idea de que quizás simplemente está de pasada, eso explicaría que viaje así desprovisto de cosas, indiferente de lo que pasa a su alrededor, de los murmullos de la gente.

Hinata come luego sus gyosas en un banco al aire libre y se pregunta si Naruto, al igual que ella, se acuerda de Neji cuando la ve.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

(&) Preludio. El camino ninja no tiene espacio para los sueños de poliestireno. (Hinata)

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La primera vez que la vio tuvo un ataque de pánico que logró enmascarar el recuerdo de haberla visto.

Era una serpiente.

Pero tan pronto como la vio, sintió como el obi de su kimono parecía apretar su torso, como si alguien estuviera estrujándola, al menos así se sentía. Hinata había crecido dentro de la incomodidad, entre reglas absurdas y silencios eternos, por lo que podría decirse que estaba entrenada para soportar suelos duros, reuniones interminables y casi ceremoniosas, entre miradas condescendientes y lecturas crueles de su persona. Aparte era una kunoichi, por dios santo, y Hinata -aunque lo negaría si le preguntaras- prefería mil veces los entrenamientos extenuantes de Kurenai a las reuniones, erg, familiares de su ancestral casa.

Pero esta vez había algo terriblemente fuera de lugar que estaba haciendo difícil su trabajo.

Era ella. (¡qué sorpresa!)

No podía ignorar la rabia que estaba cocinándose en su estómago y que subía por su garganta junto a su bilis. Había estado reprimiéndola tan bien que su cuerpo había decidido decirle: hey, de esta no sales intacta! Dándole un señor reflujo que estaba punzando su pecho, cada respiración se sentía como tragar espinas. Aparte no había desayunado, porque era de esa clase de personas que se autosaboteaba cuando pasaba por un mal momento. Y vaya mal momento que estaba pasando.

Hinata se acomodó ligeramente sobre sus piernas y carraspeó ligeramente, sintiendo la mirada consternada de Hanabi a su lado diciéndole mira qué rara estás, pero compórtate. A Hinata le hubiera gustado responderle, que sí, que lo está arruinando, que es un fracaso, pero por lo más sagrado, que no podía respirar, le ardía la garganta y estaba empezando a sentir cada borde de su cuerpo que reposaba incómodamente sobre algo o sobre nada, como si estuviera consciente de los engranajes de su carne.

Alguien estaba dando un discurso sobre el destino del clan Hyūga después de la guerra, como debían comportarse para conservarse como un clan respetado e importante frente a los nuevos vientos que traía la paz después de la cuarta guerra ninja. Alguien dijo Naruto y fue ahí cuando las lágrimas se acumularon y oh, OH, que realmente era muy diferente llorar de tristeza a llorar de rabia, aunque tuvieran los mismos conductos y el mismo proceso, Hinata podría argumentar que, si alguien mirara sus lágrimas microscópicamente, esta vez tendrían la forma de vidrio roto.

Apretó sus manos en puño a cada lado, intentando canalizar su chakra allí para distraer las emociones que parecían aprovechar el momento para hacer de las suyas. Ella no iba a perder la compostura… bueno, eso creía, pero de algo estaba segura y es que ella no se sentía como siempre.

(fría y sola como los pasillos de una mansión a media noche)

El enojo no es algo precisamente algo que desconociera (Neji en los exámenes chūnin se encargó irónicamente de desbloquear los conductos que pueden llevar la indignación de una princesa Hyūga: estructural y afilada, como el hielo de vela) pero es más bien circunstancial. Hinata, en su esencia, es pacífica. Pasiva, diría su padre. Compasiva, contra atacaría Kurenai-sensei. Una buena chica, le gusta pensar, y cuando se siente indulgente consigo misma, también una kunoichi, ejem, decente.

Pero esta vez la rabia tiene un color distinto, se siente ácido; Hinata cree que o va a gritar o se va a caer de lado o va a salir corriendo. Es el tipo de cosas que no se puede predecir hasta que sucede y Hinata no estaba para nada familiarizada con la rabia rojiza que parecía agarrarla atrevidamente bajo las costillas.

Sí, estaba pasando por un muy mal momento en el peor de las situaciones para experimentarlo.

No entendía porque eso estaba sucediéndole a ella.

La cuestión es que dos días antes Naruto -héroe de guerra, dios shinobi, sol andante, sonrisa cálida, chakra mitológico y ardiente, su, ejem, amor platónico desde la infancia- había decidido pausar su tentativa relación. Recuerda haber parpadeado varias veces como si una mugre hubiera caído entre sus pestañas. Oh, como la pilló desprevenida y no precisamente porque no creía que fuera a suceder (las vocecitas en su cabeza siempre murmuraron cosas desagradables de ella, tipo, nunca serás suficiente) pero se había armado de una frágil pero renovada confianza cuando se dio cuenta que habían ido a tres exitosas citas y en las calles parecían crecer los rumores de Mira, Naruto y Hinata van por buen camino. La novia del futuro Hokage. A nadie nos sorprende.

Bueno, a ella sí. Porque dentro de su cabeza las dudas respecto a ella nunca cedieron, solo bajaron de volumen. No era acerca de la intensidad o firmeza de su amor (ja! que era como respirar) o de Naruto (nunca, nuncanunca) pero de su valía como mujer, ninja y persona funcional en general. En su interior seguía siendo aquella heredera que había perdido contra su hermana menor y que era una decepción en general para su familia y que, de no haber nacido en la rama principal, probablemente hubiera tenido un destino más trágicamente simple que el de Neji.

Hinata está enojada. Furiosa, en realidad.

No solo arriesgó su vida contra Pein, no solo trajo de vuelta a Naruto de su crisis existencial en la guerra, no solo lo apoyó, lo vio y creyó en él cuando era una paria social; Hinata lo esperó y presenció estoicamente como ciertas personas agarraban pedazos de él sin preguntar, como buitres destrozando su presa, una que estaba viva y que además parecía no importarle. Hinata no se permite mencionarlos, pensando indignamente que podrán tenerlo, pero no al Naruto de su cabeza. Ese es de ella, solo para ella. Hinata hizo lo que se esperaba de una mujer de su clase: apoyó, curó, motivó y se sacrificó diligentemente, con toda la gracia femenina, la tenacidad ninja e inconscientemente, con toda la dignidad que le otorgaba ser prácticamente realeza. Ella básicamente cultivó todo su desarrollo alrededor de Naruto, como una polilla a una bombilla, pensar pues en que el final de esta misión interminable parece esfumarse de su visión le genera arcadas y un dolor en general, como si estuvieran bloqueando uno a uno sus puntos de chakra, apagándose uno después del otro en cadena, como una casa que se va a dormir a diferentes momentos.

Estaba tan cerca.

Está sucediendo de nuevo esa vez que Naruto le animó en los exámenes chūnin a que no se rindiera y que terminó por casi matarla. La historia tiene una forma chistosa de repetirse a sí misma.

Racionalmente, Hinata ha pensado que una pausa no necesariamente signifique un final definitivo, pero recuerda perfectamente que los ojos de Naruto se encontraban nebulosos y vio por primera vez la duda en ellos, que claramente le ocultaba algo, un comportamiento muy poco característico de una persona como él que solía cargar su corazón al aire libre. Ella no presionó -por supuesto- y le consoló, le dijo que está bien, Naruto-kun, esperaré.

Pero un mal presentimiento se alojó en sus huesos, se arrulló allí, como si lo estuvieran esperando.

El control de su chakra parece descontrolarse con el recuerdo de aquella vez y se escapa entre sus dedos, como una cuerda tensa a la que ha sostenido mucho tiempo y que resbala de sus manos: las lágrimas caen patéticamente y la falta de aire hace que finalmente se active su sistema de huida y Hinata sale corriendo de la sala, las voces silenciadas y aunque en algún punto siente a alguien correr tras de ella, llamándola a que se detenga, Hinata corre y corre, pasa por los pasillos de madera impolutos y luego al césped, húmedo y fresco, la luz del día parece perturbarla por un segundo pero no puede detenerse, aun está muy cerca de los ojos de su clan y corre, atravesando los jardines de lavanda y camelias y atraviesa las plantas de unos matorrales que separan el jardín con un pequeño lago, donde sin importarle si la están observando -alta probabilidad-, empieza a desamarrarse el obi con desesperación.

Sus sandalias se han detenido bruscamente en el borde de la tierra húmeda del lago y tiene las medias sucias. En su mente la idea de meterse desnuda al agua aparece como una revelación, pero ni siquiera ha logrado quitarse el obi con la rapidez que quisiera: esto la frustra aun más y las lágrimas salen con más intensidad, ante su propia ineptitud. Alguien la llama.

—Hinata-sama, permíteme.

Es una voz carente de emoción, pero servil. Probablemente parte del personal de servicio de su casa. Hinata se deja ayudar. Como siempre, alguien tiene que salvarla de su propia torpeza.

Al mirar de nuevo al lago, ve que han caído lánguidamente unas flores de cerezo. Hinata por fin vomita.

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