Chapter Text

El día parecía tejerse en el sentido correcto, perfecto para empezar la semana. Y todo se lo debía al motor, al corazón de su carro. Traición nunca la había: Rita era su mejor amiga, su dulce cacharro, y por eso la besó en su pared tapizada antes de darse cuenta. Esperaba a que unos pajarillos cruzaran frente al capó, palmoteando la puerta con el brazo por fuera. La canción en la radio le era pegadiza de una manera extrema, y se encontró asintiendo en lo que pronto podía avanzar.
La carretera andaba calma, por no decir desolada. Pero le gustaba así, ¿por qué no? Avanzar en pleno día y tratando de olvidar lo tranquilamente escalofriantes que eran las mañanas con neblina.
Pum.
Uy. No se fijó en el bache que acababa de atravesar. Eso era nuevo.
Se sacudió un poco el sudor lejos de la frente y de la camisa en lo que fruncía el ceño. Chequeó detrás que todo estuviera en orden por un momento. Esos frascos de mermelada debían llegar a salvo a casa, porque no iba a pagar por unos extra. Tenía que estar más atento.
Sus ojos verdes recorrieron los asientos traseros de izquierda a derecha. Todo estaba bien. Nada de qué preocuparse.
Acarició el volante antes de seguir adelante.
Ojalá nada se le atravesara hoy, pero molestias las había siempre. Bueno, a veces eran molestias bonitas. Como esa señorita que le pidió un aventón el otro día. Todavía recordaba la falda a cuadros, como el mantel para un picnic —y cuán bien le haría algo tan familiar, cálido—. Se sonrió un poco en lo que sacudía la cabeza. Lo más familiar que tenía era a su amigo, Don Tito, a quien acababa de comprar los frascos porque a su huerta le iba mucho mejor que a la de Bruno.
Bruno Madrigal, llanerito de pequeño y aún en esas... incluso a sus cincuenta años. Era un relajado en la rutina de conocerse a sí mismo y se notaba. Amante del volante, a diario así se encontraba, yendo y viniendo hasta que tenía que atender al arreo de sus animales, investigar que fuera de su manzana y media nada se hubiera movido demasiado y, en período de lluvias, resignarse a olvidar a Rita. Su agenda no tenía algo fuera de lo común, pero sí le gustaría destacar que no era persona de dinero ni nada parecido. Herencia todo.
A veces pensaba en esto —por no decir, una vez durante todas sus jornadas—: en cuán afortunado era, pues lo mucho que una madre enferma deja no lo tenía cualquiera. Y desearía que ella estuviera aquí.
Sus ojos se habían colgado de la foto sin colores de su madre cuando joven, allá, arriba del espejo retrovisor oxidado. Tan bonita, de nariz de gancho, una boca finita y ojos tan inocentes como los de una niña.
Suspiró. La verdad, prefería esto, mantener ese recuerdo de ella en lugar de detenerse sobre como debió lucir en sus últimos días. Nunca pudo realmente entender la magnitud de un embarazo, lo que conllevaba al sistema inmune pues poco también se le había enseñado. Sólo sabía que repartir trillizos a la tierra no le iba a ser fácil, con lo pequeña que era de cuerpo.
—Te amo, mamá —le susurró en lo que masticaba el hilo de trigo que robó a un vecino. Pestañeó un poco para no ponerse muy nostálgico.
Amar a alguien que nunca se ha conocido era un concepto bien ensayado para él.
________
Verano. Período seco.
A Camilo Madrigal le encantaba, y por eso avanzaba aunque llegara a hacer como treinta grados. No era problema para él, porque usualmente estaba bien preparado. Con las manos a cada lado, frescas tras untarse crema para el sol en toda parte que expusiera la ropa.
Un paso, otro, y otro.
No podría estar más feliz pues estrenaba botas nuevas de un material que al darle el sol, como hoy, se veía muy bonito.
Suspiró en lo que comenzaba a abanicarse. Seguía andando, pero no podía evitar ralentizarse al fijar su mirada en las motos y Toyotitas que pasaban.
Cada día se arrepentía un poquito más de no pedir un vehículo a papá de cumpleaños. Pero bueno, él sabía que era un hombre, y como uno quería conseguirse las cosas —las aventuras— por sí mismo. Además, ya bastante tenía, y quería parecer humilde por al menos un cumpleaños.
Bueno. A Dolores le habían regalado un caballo, debía alegrarse por eso.
—Ah —suspiraba otra vez—, no seas celoso, no seas celoso. Tú te encogiste. Ahora te aguantas.
Golpeteaba su bota a la orilla de la pista de tierra. Sólo debía ser un poquito paciente. Un poquito...
Ahora que se sentía nuevamente valiente, no iba a dejar pasar más oportunidad. Él sabía que debía empezar su vida, y no estaba mal hacerlo con ayuda.
Ubicó la mano con el pulgar extendido en señal, listo para que algún mozo o niña linda le proveyera de acortar carretera. No lucía mal, estaba seguro. Y si ponía su mejor sonrisa, iba a lograrlo. Alguien buena onda le tenía que llegar.
En algún momento, pasaría.
________
—Na. Tienes que estar jodiéndome.
Bruno se rio un poco en lo que desaceleraba con las manos ya hechas agua al volante. Había sido un viajecito tan tranquilo hasta aquí, puta madre.
Negó con la cabeza. Por un momento consideró surcar al joven delincuente que a metros se montaba en plena carretera para... ¿Llamar la atención?
Obviamente no era ninguna emergencia. Aquél, Bruno de alguna manera lo veía bien, las ondas de calor fuera no llegando a perturbar el parabrisas lo suficiente, pues más se acercaba y más veía que... vestía como un jodido vaquerito de paquete en esa pantaleta prolijita.
No dijo nada cuando de a poco paró, simplemente atento porque sabía se iba a acercar a su ventana. Ni duda de que asomaba una queja, que la señal del teléfono no le andaba o alguna porquería como esa. Pero se abstuvo de abrir la boca hasta que...
Una vez apretó el embrague junto al freno, ese raro dejaba la carretera para caminar hasta su ventana abierta. Tenía las manos en las caderas, aquéllas visibles porque era una camisa pinzada y de nudo.
Bruno no podría sentirse más confundido.
El desconocido se tomaba sus segundos, como a propósito.
—Señor, ¿cómo está?
Se había inclinado en un movimiento rápido, tanto que el ala de su sombrero se introdujo por la ventanilla. Y sí, Bruno le estudió el rostro por completo, a ver si aquél se traía alguna intención extraña.
Ah. Y cuánto encontró en su mirada.
Nop. En definitiva, Bruno no debía perder el hilo sobre el camino.
"No tengo nada que ver".
Pero esas manos caían sobre el marco como para detener cualquier propósito de escapada. Y el nene sonreía, de lado. Tenía los dientes blancos, con un espacio al frente como los suyos.
Tuvo que responder, porque iba a parecer idiota. Así que subió una mano para inclinar el propio sombrero que llevó durante horas, montón de sudor escondiéndose a la orilla.
Ante ese gesto, el muchacho enfatizó su sonrisa.
Bruno no dejó pasar el pequeñísimo giro de caderas que dio.
—Soy Camilo.
Alzó un poco una ceja.
"Camilo". Un "asistente de Dios". Qué nombre interesante. Su hermana alguna vez le mandó fotos de un bebé suyo, que se llamaba igual.
Miró abajo un segundo, y luego volvía a él.
—¿Qué necesita, mijo?
Debía sonar amable. Uno nunca sabe.
Camilo bajaba la cabeza, descansándola sobre sus brazos en lo que le seguía mirando.
—¿No me va a decir su nombre?
Uf. Ya se ponía innecesario.
—Aventón. ¿O no? —decidió simplificar Bruno. Sus dedos se adelantaban a marcar primera posición, motor esperando.
—Puede ser.
—¿A dónde?
Camilo nomás balanceaba esa algo burlona sonrisa.
—Me deja entrar y le digo.
Bruno suspiró profundo. Se tomó un momento, ojos fijos sobre el horizonte y la falta de acción alrededor. Realmente estaban solos.
—¿...Hace cuánto lleva esperando?
No quería. No debía ser empático porque sabía que podría traerle problemas, en especial tratándose de alguien con fina apariencia. Simplemente no quería mezclarse con gente así, y menos un menor de edad; estaba casi seguro que este chico aún era adolescente.
—Pues como más de una hora. Me estoy asando, ¿sabe?
Camilo buscó adentrarse más por la ventana, y Bruno ya estaba girando los ojos porque no quería que invadiera su espacio.
Esto tenía que ser rápido.
—Métase atrás.
Destrabó las puertas desde un botón, y Camilo muy obediente se alejaba con una risa que él ignoró, yendo para la puerta indicada. Ah, pero cuando la abrió...
—Aquí está lleno de cosas.
Ahora Bruno era el que sonreía, y quizá con malicia.
—Oh, bueno. Qué pena, ¿no? Tendrá que devolverse usted solo. No queremos que vaya apreta-
La puerta de copiloto se estaba abriendo, y de un momento a otro tenía a un remolón sentado al ladito suyo.
Se congeló en su asiento.
—Hola.
Le estaba mirando, lo sentía. No quería interactuar, no le hacía falta. No debía perder tiempo. Pero, ah, ¿cómo mierda haría ahora? ¿Aún había posibilidad de declinar?
—¿Qué pasa si no te llevo?
Camilo se acercó sólo un poco más, posando una mano sobre el tapizado que recubría el tablero y acariciando su textura firme, un par de veces. Le gustaba este modelo, como se distribuían los parámetros tras el volante.
—Si no me lleva me derretiré —admitió nomás.
Bruno comenzó a explorar de reojo, y le molestó la imagen de una pierna desnuda rozando la suya.
—Pulido como arpa en quincena, mijo —masculló.
—¿Es un arrullo a mi ego?
Bruno se mordió los labios, subiendo un poco más e ignorando lo planchada que estaba esa camisa; el chico tenía una madre, y buena electricidad.
Cuántos celos sintió en ese momento.
—No. Es casi una burla. Tiene la pantaleta bien corta.
Camilo juntó más las piernas, como recién dándose cuenta de cuán descubierto andaba.
—Corta... Y hago bien. Hace entre treinta y cuarenta grados, camellón.
Un momento de silencio hubo, y Bruno ya llegaba a mirarle la cara, sin embargo, no enfrentándole con el cuerpo o todo esto se vería muy poco prudente.
—Pues a mi parecer, no. Mire para allá.
Queriendo que esa nariz ya no le apuntara, por favor, Bruno le motivó a estudiar al horizonte consigo.
—¿Qué? El infinito para Arauca. Hermoso. ¿Qué con eso?
El hombre mayor suspiró.
—Lo ve muy tranquilo, ¿o no, ayudante de dios?
Camilo arrugó la nariz, no consciente de qué significaba su propio nombre, pero ignoró eso.
—No me trate de niño.
—Escuche. No sé de dónde provenga usted, pero no puede andar así como así. Puede que aquí no haya bulla, pero es justo donde más se muerde.
Camilo ahora aflojaba los rasgos.
—Ahora sé qué sienten las mujeres.
Bruno negó con la cabeza.
—Hablo en serio.
—Soy un hombre.
Tenía hambre. Quería llegar a casa. ¿Por qué tenía que estar intentando diálogo con este niño?
—Uno muy fino.
Y bueno. Camilo ya no quería refutar. De a poco abandonaba su expresión amarga, volviendo a la burla o, más bien, a cierta prosperidad. No había por qué andar de susceptible si este viejo le estaba criticando. Primero, porque por mucho que cualquiera lo hiciese, Camilo sabía que lucía bien, muy bien. Segundo, porque este conductor le parecía interesante y, en particular, ranchero.
Así se ubicó de vuelta a su asiento, ya sin invadirle, y miró al frente.
—Lléveme pa' delante, nomás. Me bajaré cuando usted lo haga.
Bruno se sintió inmediatamente desconfiado ante eso pero, aun así, resopló bajo la sombra de su sombrero. Retomó aceleración, de a poco, por si este sabanerito alzaba un fierro cromado que disparase brillantina.
La radio, que se había pausado en estática, Camilo de extrovertido la arreglaba y de pronto había algo de pop entre ellos.
Al de cincuenta no le gustó cuando ese amagó con las piernas, como queriendo subirlas al tablero. Enseguida sacaba un brazo, las bajaba, y... ¿Camilo, era? Ese bufaba.
—Derecho, que te despellejo si haces eso.
—Ah, ¡cuidado con mis botas!
Bruno revoleó la vista de nuevo. Maldito brillantito.
—Cuidado con Rita —no pudo evitar atacar, mordiendo sobre el pedido ajeno y queriendo escupirlo porque empalagaba.
Ugh. Bruno toleraba la mermelada. Pero hasta ahí.
—¿Rita? ¿Le pones nombre a tu auto?
—¿Algún problema?
Recién empezaban a conversar y juraba nunca haber escuchado una voz así, cadenciosa, no desde un supuesto machito.
_________
En cuanto el hombre se bajó del auto sin ofrecer saludos, Camilo fruncía el ceño y se apuraba por seguirle.
—Ayúdame con unas cosas, Camilo.
Enseguida asentía, moviéndose rápido para exponer los asientos traseros llenos de cajas con verduras y... ¿frascos de mermelada?
Prefirió no decir nada, y sólo comenzó a sacar una grande, yéndose para la finca a la que les arrojó la trocha. El lugar estaba lindo, pacífico. Era definitivamente un rancho de buena especie, bien tratado, como el de un abuelo.
—¡Usted se hace el viejo! —decidió arrojar, sintiéndose demasiado pillo pero feliz. Estaba feliz de estar aquí, incluso si el hombre era ochenta por ciento silencio.
Cruzó varios metros, ojeando el par de vacas a la lejanía mientras tragaba porque sintió que el pasto estaba algo mojado. Frunció los rasgos. Sus botas nuevas...
El puchero que le aparecía pronto lo contrajo. Nada de cursilerías. Se había subido a ese auto para hacerse hombre, y ahora estaba aquí, a punto de...
Chocó contra una columna y casi cae sobre su cola, pero el material increíble de sus botas fue suficiente para anclarse como piqueta.
Se sintió marear en lo que la caja se le robaba de su agarre, y quedó en un abrazo vacío mientras volvía a mirar al frente. La puertita se cerraba, chirriando, pues Bruno acababa de entrar para meter las cosas.
Camilo tuvo que avanzar un poco más, las maderas del pisito elevado quejándose en lo que asomaba tras la red anti-mosquitos...
—No pases.
La puerta casi que le noqueaba. Bruno la abrió y le asustaba con sus ojos verdes, enojados. Camilo enseguida se quería disculpar.
—Señor, yo...
Sabía que había hablado de más durante el trayecto, y que eso podría haber hecho que Bruno le odie más rápidamente que el resto de sus conocidos. Sin embargo...
Camilo siempre parecía tener una esperanza difícil de aplacar.
—¿Qué pasa, chinito? ¿Ahora no hablas?
Que le tuteara era signo tan bueno como malo. Jugó con sus manos al tratar de regular su aire. Y entonces...
—Yo quiero decirle algo.
Pero aquél seguía de largo, de vuelta para la Toyota llamada "Rita".
Camilo se quedó con la boca abierta, parpadeando. Nadie debería ignorarle así. Se tragó su orgullo herido como pudo, apurándose antes de enervarse por completo.
—¡Señor...!
—Esta es la última caja —exclamó Bruno al voltearse de vuelta para la casa, caminando con cuidado. La llevaba entre brazos firmes, a pesar de pesar múltiples kilos lo de adentro—. Ya puedes irte. Gracias por ayudar.
Ahora se le agrandaban los ojos. ¡Estaba siendo echado! Todo pasaba tan rápido y Camilo sólo podía tratar de intervenir y no renegar.
—¡Quiero servirle, señor!
Ante eso, Bruno sólo pudo parar en seco, y escudriñar el césped recientemente pastado.
¿Había escuchado bien?
Se movió un mechón de pelo tras la oreja, pero era en vano. Sabía lo que oyó.
¿Camilo? ¿Servirle a él? Un muchacho fino... Y, además, niño.
Ah, no puede ser.
Debería preguntarle la edad ya mismo. Si era pendejo aún, sería más carga que alivio. No quería andar de padre ni nada por el estilo.
Agradecería si fuera invierno y no tuviera nada más que mirarse la cara con las vacas. Al menos así, habría excusa para anhelar cualquier compañía.
Tenía que ser en un lunes.


