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El tiempo transcurría en Hogwarts arrastrándose como una serpiente.
Cada segundo era como un golpe sordo mientras los jóvenes animagos, apiñados frente a la ventana de la torre, observaban el horizonte. Lo que al principio parecía una tormenta de invierno particularmente cruel, pronto reveló su verdadera naturaleza: destellos verdes y rojos que rasgaban el cielo explosiones mudas por la distancia y columnas de humo negro que se mezclaban con las nubes de nieve sobre Hogsmeade.
No era una escaramuza. Era una cacería.
—No está en nuestras manos... —murmuró Lucius, rompiendo el silencio. Su voz carecía de su arrogancia habitual; sonaba hueca, como si intentara convencerse a sí mismo tanto como a los demás—. Los Aurores están haciendo su trabajo. Dumbledore lo ha dicho incontables veces.
Era cierto, técnicamente. Pero la verdad técnica no calienta el alma cuando ves el mundo arder a unos kilómetros de distancia. El contraste era brutal: sus cuerpos aún recordaban el calor del baile, el sabor del vino robado y la euforia de los aplausos. Y ahora, esto. Un frío que calaba los huesos.
—Como siempre, debemos... debemos mantener las apariencias. —continuó Lucius, girándose hacia el grupo. Su rostro, iluminado por un destello lejano, parecía tallado en mármol pálido—. Más que nunca. Ya saben cómo se pone el ambiente cuando el miedo alimenta los prejuicios. Si nos ven alterados, si nos ven juntos... seremos los primeros en pasarla mal también aquí dentro por los alumnos que parecen dispuestos a tomar filas de Mortifagos.
Xenophilius pareció contener un suspiro, mientras Regulus y Severus reacomodaban su rostro de indiferencia, ese que ya no podían evitar emular cuando querían fingir control de su miedo.
Claro que en respuesta tanto James como Sirius se preocuparon por ellos en silencio.
— Fue genial beber mi primera copa de vino.— Dijo Barty rompiendo con el silencio con una sonrisa que no le llegaba a los ojos antes de besar a Peter en la mejilla a modo de despedida. — Los líquidos carmín son los más interesantes.
Peter asintió tragándose las ganas de pedirle que no se fuera. Calló, igual que todos.
Nadie discutió. El Pentagrama de Plata se marchó con una resignación sombría, mientras los Merodeadores bajaban la mirada, murmurando algo ininteligible sobre "ordenar el desastre" del almacén. Era una excusa pobre, pero necesaria. Separarse dolía, pero quedarse juntos era un riesgo que, por el momento, no podían permitirse.
Ya en el refugio del almacén, el aire estaba viciado por el olor a cera quemada. Mientras los merodeadores recogían las mantas y almohadas que habían sido nidos de felicidad horas antes, la frustración de Sirius estalló.
—Esto no es justo. —gruñó, lanzando un cojín con más fuerza de la necesaria dentro de un baúl—. ¿Cuándo podremos tener a nuestras parejas a nuestro lado sin sentir que estamos cometiendo un crimen? ¡Se supone que ganamos! ¡Bailamos, cantamos, nos mostramos! Y ahora... vuelta a las sombras.
—Creí que tú ya no te escondías. —comentó Peter con genuina confusión, deteniendo su tarea de doblar una manta—. ¿No habías dicho que ya todos lo sabían? ¿Qué? ¿le gritaste a medio pasillo que estabas enamorado?
Sirius se detuvo, pasando una mano por su cabello con frustración, pero una leve sonrisa culpable se asomó por sus labios.
—Jaja, sí... bueno. No se los dije por la emoción del momento, pero... —suspiró, derrotado—. Digamos que mis ex ligues me descubrieron en una situación comprometedora.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó James, dejando caer una pila de libros. Sus ojos brillaban con una mezcla de escándalo y diversión—. ¡¿De verdad?! ¿Y qué les dijiste? No, espera... ¿besuqueándolo? ¿En público? ¿Tú y Snape?
—¡Shhh, James! —siseó Remus, lanzando una mirada nerviosa hacia la puerta—. ¿Quieres que Filch descubra este almacén por tu escándalo? Baja la voz.
—Perdón, perdón... es solo que... wow.
—Como sea. —intervino Peter con un suspiro pesado, volviendo a su tarea—. El precio a pagar por una pareja Slytherin es este. Nuevamente pasamos a segundo plano. Es la historia de nuestras vidas últimamente. Pero... —su voz se suavizó— esto es mejor que nada, ¿no? Recuerden que a inicio de año ni siquiera podríamos haber aspirado a existir cerca de ellos sin lanzarnos hechizos.
—Yo creo que estamos demasiado emotivos por Yule y la resaca de felicidad. —dijo Remus, siempre la voz de la razón, aunque sus manos temblaban ligeramente al apilar unos cojines—. Pero no olvidemos lo que acabamos de ver en la ventana. Estamos en una guerra. Literalmente. Mañana podría llegar al castillo, como la vez anterior. No queremos eso, claro, pero podría pasar y creo que...
—Hay que irnos ya. —La voz de James cortó el aire, firme y repentina. Dejó de limpiar la mesa y miró a sus amigos con una intensidad febril.
—Sí, eso mismo. —secundó Sirius de inmediato, como si hubiera estado esperando que alguien lo dijera.
—¿También quiero, pero... a dónde? —cuestionó Peter, con el miedo encogiéndole la voz—. Mejor dicho, no quiero, pero si lo hacemos... ¿cuál es el plan? En realidad nunca establecimos un punto de fuga concreto. Solo... hablamos.
—La casa del bosque de mi mamá. —respondió James sin dudar—. Es el mejor lugar. Yo puedo llegar porque soy un Potter; las barreras de sangre me reconocen. No sirven contra externos si yo los invito. Una vez dentro, hago que las protecciones los acepten a ustedes. Es perfecto. Tenemos un molino viejo, un jardín mágico y una huertita...
—Prongs... —interrumpió Remus suavemente—. Antes de que te emociones demasiado... es invierno. No podemos cultivar nada bajo un metro de nieve.
—Bueno, tal vez no cultivar, pero tenemos suministros de conserva allí. —insistió James, aferrándose a su plan—. No moriremos de hambre. Y podemos quedarnos hasta que termine la guerra y los buenos ganen. Estaremos seguros.
—Estamos suponiendo que la guerra terminará en un par de meses. —señaló Sirius, con un tono sombrío que rara vez usaba.
—Y que ganarán los buenos... —añadió Peter en un susurro apenas audible.
El silencio que siguió fue pesado. Los tres amigos se giraron hacia Peter con expresiones de reproche, pero ninguno pudo negar el frío que les recorrió la espalda ante esa posibilidad.
—Tal vez... —intentó Remus, buscando desesperadamente un rayo de luz—. Tal vez solo fue un enfrentamiento pequeño. Quizá en la comida Dumbledore nos diga que todo está bien, que fue una escaramuza controlada.
Era una esperanza frágil, pero era lo único que tenían para aferrarse hasta el amanecer.
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La hora de la comida llegó, pero el apetito se había quedado en algún lugar entre el miedo y la incertidumbre.
En el Gran Comedor, el ambiente era lúgubre. Los adornos de Yule seguían ahí, pero las plataformas parecían ahora escenarios vacíos de una obra cancelada. La iluminación era tenue, y la comida en los platos dorados —pan tostado, avena grumosa, algunas salchichas pálidas— reflejaba la austeridad de un castillo en estado de alerta.
El silencio era denso, hasta que una voz joven y temblorosa se alzó desde la mesa de Hufflepuff.
—¿Director Dumbledore... todo está bien?
Dumbledore, que había estado observando a sus alumnos con una mirada indescifrable detrás de sus gafas de media luna, se puso de pie lentamente. Su presencia llenó el salón, pero no con la calidez habitual.
—Mis estimados muchachos... —comenzó, y su voz resonó en el silencio—. Como siempre, agradezco la confianza que tienen para compartirme sus temores. Son completamente válidos. Sé que la duda nace de lo que muchos de ustedes presenciaron o escucharon esta mañana.
Hubo un intercambio de miradas nerviosas. La confirmación oficial siempre duele más que el rumor.
—Así es. —continuó Dumbledore, sin endulzar la verdad—. Hubo un enfrentamiento en Hogsmeade. Y sí, puedo asegurarles que, aunque los Aurores están tomando cartas en el asunto con la mayor seriedad, es un evento para escandalizar a cualquiera. Sin embargo... —alzó una mano para detener los murmullos crecientes— les repito que la seguridad de Hogwarts es nuestra prioridad absoluta. Sus profesores y un servidor hemos reforzado cada barrera. Pero recuerden: no es solo nuestra magia la que protege este castillo. Es también la suya. La que pusieron en las piedras con las runas, en la arena que encantaron. Ustedes son parte de esta fortaleza.
Aunque les costó recordar esos días de trabajo en el taller de runas improvisado como algo reciente, la idea de que su propia magia los protegía tuvo un ligero efecto sedante.
—Profesor Dumbledore... —se atrevió a preguntar otro alumno, un Slytherin de primer año con los ojos muy abiertos—. ¿Cuándo cree que nuestros padres pueden venir por nosotros?
Dumbledore hizo una pausa. Fue breve, pero suficiente para que el corazón de muchos diera un vuelco.
—Eso... es algo que tendremos que esperar a que se establezca por medio de las autoridades mágicas. Existe la fuerte posibilidad de que muchos de sus padres consideren a Hogwarts un lugar más seguro que sus propios hogares en este momento. Y ese sea el motivo por el que los mantienen aquí.
Desde sus mesas separadas, los Merodeadores y el Pentagrama de Plata cruzaron miradas cargadas de un terror adulto. Dumbledore estaba diciendo lo que podía, pero lo que callaba era ensordecedor: El mundo exterior es tan peligroso que sus padres prefieren dejarlos en un castillo asediado que tenerlos en casa. Si es que dichos padres aún viven.
La tarde cayó sobre el castillo como un manto de plomo. En los pasillos, los susurros eran constantes, como una corriente subterránea de pánico. ¿Temblaban por el frío de las corrientes de aire o por el miedo? Nadie podía decirlo.
Aún se podían ver luces parpadeando a lo lejos, y sonidos sordos, como truenos distantes, llegaban de vez en cuando. La batalla no había terminado.
Regulus Black estaba de pie frente a una ventana en el pasillo del tercer piso, con la frente apoyada contra el cristal helado. Sus ojos verdes y grises estaban perdidos en la tormenta, pero su mente estaba mucho más lejos.
—Cuernitos. —La voz de Barty lo sacó de su trance.
Regulus frunció el ceño, girándose lentamente. —Oye, no pones esa cara de fastidio cuando Potter te llama así.
—Claro que lo hago. —mintió Regulus, aunque el leve rubor en sus mejillas lo delató—. ¿Qué pasa, Barty?
—Peter me envió un mensaje. Carta instantánea. —Barty mostró un trozo de pergamino arrugado—. Reunión en el almacén. Otra vez.
—¿Qué no acabamos de vernos hace unas horas? —preguntó Severus, emergiendo de las sombras como un espectro, con su habitual paso silencioso.
—Será mejor que vayas olvidando tu tiempo personal si pretendes salir con "Pads". —bromeó Barty, con esa sonrisa torcida que usaba para ocultar su propia ansiedad—. Literalmente, ¿has visto lo pegajosos que suelen ser los perros? No te dejará ni respirar.
—Deja de divagar. —bufó Severus, rodando los ojos, aunque el sonrojo también alcanzó sus orejas—. ¿Dijeron el asunto?
—No, pero es obvio. —Barty señaló con la cabeza hacia la ventana, hacia los destellos lejanos—. Debe ser sobre eso.
— Lucius dijo: "Seamos lejanos y discretos" y parece que entendieron lo contrario. — Solo murmuró Regulus con un suspiro que ni siquiera llegó a molestia.
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Minutos después, los cuatro Slytherins y el Ravenclaw, entraron al almacén. Esperaban malas noticias, teorías conspirativas o planes de contingencia. No esperaban ver a los Gryffindors ya vestidos con ropa de viaje, mochilas al hombro y una determinación febril en los ojos.
James cerró la puerta y soltó la bomba sin preámbulos.
—Vámonos hoy. Ahora. Tendremos más oportunidad mientras la atención de todos está puesta en Hogsmeade y no en el castillo.
El silencio que siguió fue denso.
—Mis padres me enviaron una carta antes de la prohibición. —continuó James, hablando rápido—. Han puesto protecciones extra en nuestras casas. Será seguro para todos. Nadie nos encontrará.
—James tiene razón. —apoyó Sirius, ajustándose la correa de su mochila—. No hay motivos para quedarse a esperar la muerte. Los profesores solo intentan no devolver cadáveres a sus casas, pero no detendrán a un ejército oscuro sin tener algunas bajas.
—¿Y... hacia dónde iríamos? —preguntó Xenophilius, su voz era temblorosa, y abrazaba un libro contra su pecho como si fuera un escudo.
—Estábamos pensando... cruzar el Bosque Prohibido. —explicó Remus, tratando de sonar lógico y calmado—. No todo el camino, solo lo suficiente para salir de los encantamientos anti-aparición. Luego nos movemos a los campos del este, donde hay menos vigilancia. Y desde allí, llegamos al traslador de "Cola de Conejo".
—¿Un traslador? —preguntó Severus, arqueando una ceja con escepticismo—. ¿Ese es el gran plan maestro? ¿Confiar en un transporte público mágico?
—Purrs, créeme. Por el número grande que somos, caminar por la ciudad es un suicidio. —aseguró Sirius—. Es nuestra mejor apuesta.
—El traslador de Cola de Conejo... —intervino Barty, dando un paso adelante con una expresión analítica—. Al menos el que yo conozco, queda a kilómetros de aquí. Y traslada solo a tres sitios: la trasera de un bar muggle de mala muerte en la noche, un lago llamado "El Tuerto" en la tarde, y un barrio pobre de Londres en la mañana. Ninguno es la casa de los Potter.
—¿Tú cómo sabes eso? —preguntó Remus, sorprendido, pero todos miraron con duda a Barty.
—Niño aburrido con acceso a los archivos del departamento de transporte del Ministerio en la oficina de papá. —Barty se encogió de hombros—. Leía cualquier cosa para no tener que hablar con él.
—Eres sorprendente. —suspiró Peter con admiración, haciendo que Barty sonriera de lado.
—¿Y si... esperamos? —La voz de Regulus rompió la dinámica del grupo. Fue un susurro, pero tuvo el peso de una sentencia.
—¿Esperar? —cuestionó James, atónito—. ¿A qué? ¡El peligro está en la puerta, Reg!
—Bueno, eso es desde hace tiempo. Pero mira la ventana, James. —Regulus señaló hacia la oscuridad tormentosa—. Eso no es un clima para una excursión. Es una tormenta de nieve mágica. Moriremos congelados antes de llegar al bosque.
—Además... —intervino Lucius, cruzándose de brazos con su postura más aristocrática, aunque sus nudillos estaban blancos—. Si somos medianamente sensatos... no somos los elementos más discretos del castillo. ¿Creen que no notarán nuestra ausencia de inmediato? Eso nos haría un blanco obvio. Nos buscarían hasta debajo de las piedras. ¿Acaso nadie recuerda el peso que los apellidos Black, Crouch y Malfoy tienen ahí fuera? Si desaparecemos el día de un ataque, parecerá que somos culpables o que huimos para unirnos a ellos.
El argumento era sólido. La prudencia Slytherin chocaba de frente con la impulsividad Gryffindor.
—Pero nadie sabe que somos Animagos. —insistió James, desesperado—. Nadie busca animales. Y con la magia correcta podemos ocultar la tienda...
—Yo quiero esperar una semana. —casi gruñó Regulus. No era una petición; era un muro que levantaba por miedo. Miedo a perder lo poco que le quedaba de su identidad, miedo al frío, miedo a dar el salto definitivo sin red.
—Reggie... —intentó Sirius, acercándose—. En una semana, tal vez ya no tengamos opción.
—Pues adelántense si quieren. —dijo Lucius con frialdad. Entendía a Regulus mejor que nadie. Renunciar a su estatus, a su comodidad, a su futuro "asegurado" para convertirse en un fugitivo viviendo en una tienda de campaña era un abismo aterrador. Necesitaban tiempo para procesarlo, para despedirse mentalmente de sus vidas.
—Como quieran. —James golpeó el suelo con el pie, frustrado, pareciéndose más que nunca a un ciervo joven y terco. Se giró hacia la puerta, pasando junto a Regulus con un roce brusco en el hombro—. Si prefieren esperar a que vengan por ustedes, es su decisión.
Sirius buscó la mirada de Severus, esperando apoyo, pero el Slytherin desvió el rostro hacia las sombras. Él tampoco estaba listo para dejarlo todo esa noche.
James salió del almacén, seguido por un Sirius refunfuñando.
—Nos vemos en el desayuno, sí... —susurró Peter, dándole un beso rápido en la mejilla a Barty antes de correr tras sus amigos.
El último en salir fue Remus. Se detuvo en el umbral, mirando a Lucius. Hubo una conversación silenciosa entre el lobo y el león, una mezcla de decepción y comprensión.
—Podemos discutir esto mañana. —concedió Lucius finalmente, con un suspiro cansado—. Quizá una semana entera no sea necesaria. Pero esta noche no.
Remus asintió, insatisfecho pero resignado, y cerró la puerta.
El almacén quedó en silencio, salvo por el silbido del viento afuera.
—¿Creen que Pandora y sus amigas estarán a salvo si se quedan aquí? —preguntó Xenophilius en la penumbra, dando voz al miedo que todos compartían pero nadie quería admitir.
