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Regulus Black y el misterio de los rosier

Summary:

Regulus Black murio completamente solo a la edad de 17 años. Ahogado despues de ser arrastrado por los inferi después de traicionar a voldemort, una muerte demasiado tragica para alguien tan joven.

Tan triste despues de todo lo que sacrifico, lo que hizo en vida para enorgullecer a su madre, fue para nada, puesto que nunca hacia lo suficiente como para ser un digno heredero, nunca tuvo amigos verdaderos, ni se divirtió, lo unico que hacia era seguir las ordenes impuestas por todos a su alrededor.

Regulus arrepentido de vivir de la forma en que lo hizo solo le pide a merlin otra oportunidad para enmendar todos los errores que cometio

Notes:

  • Inspired by [Restricted Work] by (Log in to access.)

Llevo desde el año pasado queriendo escribir esto asi que espero que disfruten es fic porque lo hago con mucho cariño

Chapter 1: R.A.B. de nuevo

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

-Amo Regulus, le suplico que no lo haga.

—Escúchame bien, Kreacher. Tomarás esto; es más importante que mi vida, y lo vas a destruir —dijo Regulus con la voz firme, aunque por dentro todo en él temblaba, mientras colocaba el guardapelo entre las manos temblorosas del elfo
Sus dedos se demoraron apenas un segundo más de lo necesario sobre el metal frío, como si soltarlo fuera aceptar definitivamente lo que estaba a punto de suceder.

—No voy a dejarlo aquí, amo Regulus —chilló Kreacher con desesperación, aferrándose a la mano de su amo como si así pudiera impedir el destino—Kreacher no lo permitirá.

—Vete de aquí con el guardapelo. Destrúyelo. Es una orden —repitió Regulus, esta vez con dureza, obligándose a sonar cruel.

Antes de que el elfo pudiera protestar de nuevo, lo empujó fuera, ignorando el dolor que se le clavaba en el pecho al escuchar el sollozo ahogado de Kreacher desaparecer en la distancia.

Entonces ocurrió.

Los inferi por fin lograron alcanzarlo.
Una mano esquelética emergió del agua y se cerró con fuerza alrededor de su pierna. Luego otra. Y otra más. Pronto, docenas de dedos fríos y huesudos lo rodearon, arrastrándolo sin piedad hacia el lago.

El agua lo envolvió de golpe.

Hasta que empezaron a ahogarlo.
Sintió cómo su pecho comenzaba a llenarse de agua helada, invadiéndolo con un frío que quemaba. Respirar le ardía; cada intento era un castigo. Sus pulmones exigían aire con desesperación, pero solo recibían más agua mientras luchaba por liberarse de las criaturas que apretaban sus tobillos con una fuerza inhumana.

Pateó. Forcejeó. Se debatió con lo poco que le quedaba de energía.
Estaba cansado... tan cansado.

Intentó alcanzar la superficie una última vez. Aún guardaba esperanza, una pequeña chispa absurda que se negaba a apagarse. Pero esa esperanza no era más que un sueño que, con cada segundo que pasaba, se alejaba más y más: un rayo de luz que se difuminaba lentamente ante sus ojos.

Cuando dejó de pelear, el rayo terminó por apagarse.
Se dejó arrastrar junto con las horrendas criaturas hacia el fondo del lago, aceptando al fin su destino.
Hacia su muerte.

No importaba cuánto Regulus rogara a Merlín para que alguien apareciera a salvarlo; era inútil. Nadie iba a venir.

Él no tenía amigos.

Nunca le agradó convivir. Nunca se esforzó por hacerlo. Y en ese momento, comprendió —por primera y última vez— que nada de lo que había hecho había valido la pena. Los consejos de su madre solo le habían traído soledad. Su inteligencia, de la que siempre se había enorgullecido, no lo salvaría de la muerte inminente.

Nunca se esforzó por llevarse bien con nadie, siempre mirando por encima del hombro, creyéndose mejor que los demás. Toda su vida escolar se la pasó odiando a su hermano, y ahora podía imaginar con una claridad cruel el rostro de Sirius al enterarse de su destino: feliz, rodeado de amigos.

Los amigos que él nunca tuvo... o que perdió.
Personas que lo atesoraban.
Él no tenía nada de eso.
Estaba completamente solo.
Sin contar a Kreacher, que permanecía a su lado únicamente porque le servía.

Todo lo que había sacrificado para convertirse en el heredero perfecto, todo el esfuerzo por cumplir las expectativas familiares, por servir al Señor Tenebroso y ser un digno mago sangre pura, había sido inútil.
En vano.

Lo único que había logrado con todo aquello fue herir.

Y ahora, ni siquiera creía que el lado del Señor Oscuro fuera el correcto: un simple mestizo que buscaba imponer la supremacía de sangre, creyéndose superior, tratando a otros como sirvientes a los que podía maltratar y usar a su antojo. Los elfos eran incluso mejores que muchos magos, y si todo lo que había hecho había sido para dañarlos...

Entonces estaba mal. Terriblemente mal.

El arrepentimiento lo golpeó con una fuerza brutal. Habría dado todo lo que estuviera a su alcance por cambiar sus decisiones, por hacer las cosas de otra manera.

Pero ya era demasiado tarde.

Sus pensamientos comenzaron a desordenarse. La oscuridad se cerró sobre él, espesa e implacable.
Y finalmente, todo se volvió negro.





Una mañana en Londres muggle, en Grimmauld Place número 12 —hogar de la noble y ancestral familia Black—, en una de las habitaciones superiores, notablemente más limpia y ordenada que el resto, un niño pelinegro despertó sobresaltado.

Regulus Black, de apenas once años, se incorporó de golpe en la cama, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. Tardó unos segundos en comprender dónde estaba. Todo se sentía... distinto. Demasiado real.

—¿Cómo...? —murmuró, sin terminar la frase.

Intentó levantarse con torpeza, pero sus piernas no respondieron como esperaba y terminó cayendo estrepitosamente al suelo. El golpe le arrancó un jadeo. Fue entonces cuando algo llamó su atención: el cuerpo que sentía no era el suyo.

Era más pequeño.

Se quedó inmóvil unos segundos antes de mirar sus manos. No había cicatrices. No estaba la marca tenebrosa que recordaba con tanta claridad. Su respiración se volvió irregular.

Con un nudo en la garganta, corrió hacia el baño y se plantó frente al espejo. El reflejo lo dejó sin palabras: un rostro infantil, demasiado joven, con ojos grandes y llenos de incredulidad. Se lavó la cara con agua fría, una y otra vez, esperando que aquello desapareciera.

No ocurrió.

Entonces comenzó a llorar.

Las lágrimas brotaron sin control, no de miedo, sino de una alegría abrumadora, imposible de contener. Su deseo se había cumplido. Había vuelto. Entre sollozos, apoyó las manos en el lavabo y le agradeció a Merlín aquella nueva oportunidad que jamás creyó merecer.

Cuando logró calmarse, salió del baño y regresó a su habitación. Se acercó a la ventana y observó el cielo apenas iluminado por los primeros rayos del sol. El día acababa de comenzar. Era el único despierto en la casa.

Y tenía otra vida por delante.
Ahora que tenía una segunda oportunidad —y que sabía con exactitud en qué se había equivocado— no iba a repetir las mismas malas decisiones.

Recordaba con claridad el momento exacto en que todo comenzó a romperse: después de entrar a Hogwarts, cuando Sirius no fue seleccionado en Slytherin. Su madre le había dicho que no tenía por qué relacionarse con "un patético león".

Ahí empezó todo.

Ahí comenzó a perder a su hermano.
Pero esta vez no iba a permitirlo. No volvería a convertirse en la misma persona. Haría todo lo contrario. Con esa decisión firme latiéndole en el pecho, rompió deliberadamente las reglas impuestas por su madre, salió de su habitación y, procurando no hacer ruido, se dirigió al cuarto de Sirius.

Al abrir la puerta, lo encontró completamente dormido, desparramado boca abajo sobre la cama, con el cabello revuelto y la respiración tranquila. La escena le arrancó una punzada de nostalgia. Durante un instante dudó, lo que iba a hacer era terrible.

Ignorando todas sus normas autoimpuestas, se subió al pequeño espacio libre que quedaba en la cama y comenzó a saltar suavemente sobre el colchón, reprimiendo la risa.

—James, deja de saltar en la cama, la vas a romper, hombre —gruñó Sirius, frotándose los ojos mientras luchaba por despertar.

El corazón de Regulus dio un vuelco.
—Mi nombre no es James, Sirius —respondió, sentándose sobre la espalda de su hermano para impedir que se levantara, repitiendo un gesto que no hacía desde que ambos eran demasiado pequeños para odiarse.

—¿Regulus? ¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Sirius, claramente desconcertado, intentando girarse sin éxito.

—Despertar a mi hermano mayor para estar con él, ¿no es obvio? —contestó con un tono cantarín, soltando una pequeña risa al ver la confusión reflejada en el rostro de Sirius.

—¿Okey? Pero para estar conmigo primero debes bajarte de encima mío.

Sirius reaccionó rápido y lo jaló por el talón, logrando liberarse. El movimiento fue brusco. Demasiado.
Regulus se quedó rígido al instante.

El recuerdo lo golpeó sin aviso: manos huesudas arrastrándolo hacia el agua, el frío, la desesperación. El color abandonó su rostro.

—¿Estás seguro de que no estás enfermo? Te ves pálido, Reggi —dijo Sirius, acercándose de inmediato y sosteniéndole el rostro entre las manos.

Regulus no respondió. La escena de su muerte se repetía una y otra vez en su mente, como un hechizo imposible de romper. No fue hasta que Sirius lo sacudió con cuidado que logró regresar al presente. Negó con la cabeza y forzó una sonrisa.

—Estoy bien. Solo... recordé la pesadilla que tuve hoy es todo.

—Es normal que tengas pesadillas, estás nervioso. A mí también me pasó —dijo Sirius mientras se dirigía al baño, deteniéndose solo para besarle la frente antes de desaparecer tras la puerta.

Ese gesto lo desarmó por completo.

Merlín... había olvidado lo bien que se sentía. Hacía tanto tiempo qué Sirius no le demostraba cariño.

Demasiado tiempo se respondio a si mismo.

—¿Por qué debería estar nervioso? —preguntó en voz baja.

Sirius salió del baño casi de inmediato, mirándolo con extrañeza. Se acercó otra vez para examinarlo, claramente preocupado, pero Regulus repitió la pregunta, confundiendo aún más a su hermano.

—Mañana vamos a Hogwarts, Reggi. Ayer no parabas de hablar de eso y hoy parece que lo olvidaste por completo. Estás muy raro —sentenció Sirius, aunque su expresión quitaba peso a sus palabras.

Un nudo se formó en el estómago de Regulus.

Hogwarts.

El lugar donde todo había comenzado... y donde ahora todo podía cambiar. Las decisiones que tomara a partir de ese momento definirían su futuro. Pero no era el instante adecuado para pensar en ello.

—Discúlpame. El sueño que tuve me dejó desconcertado —admitió en voz baja.

Sirius no le dio tiempo a decir nada más. Lo abrazó con una calidez inesperada, apretándolo contra su pecho. Regulus se quedó inmóvil al principio, y luego se quebró.

¿Hace cuánto no se abrazaban así?
Demasiado.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Lloró hasta moquear, aferrándose a la ropa de Sirius como si temiera perderlo otra vez. Esta vez no había nada que temer. Su hermano estaba allí.
Y no lo soltó.

—No sé qué soñaste, pero quiero que sepas que siempre voy a estar para ti y siempre te voy a cuidar, Reggi —susurró Sirius junto a su oído, sentándolo sobre sus piernas y abrazándolo con más fuerza.
Regulus lloró aún más.

No fue hasta media hora después que logró calmarse. Entonces comenzó a hablarle de lo que había "soñado", de miedos difusos y recuerdos que no podía explicar, además de otras cosas sin importancia. Fue solo cuando vieron aparecer al elfo que se dieron cuenta de lo tarde que era.

—La ama de la casa solicita la presencia de los jóvenes amos para desayunar —anunció Kreacher con una reverencia.

Antes de separarse para arreglarse, los hermanos se dieron otro abrazo. El gesto no pasó desapercibido para el elfo, que los observó en silencio, sorprendido... pero no dijo nada.




Después del desayuno en familia, Regulus se retiró en silencio a su habitación. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera que alguien pudiera oír sus pensamientos, y sacó una libreta pequeña que había escondido entre sus cosas. Se sentó en la cama y respiró hondo antes de empezar a escribir.

Anotó cada suceso importante. Cada momento que recordaba con una claridad dolorosa. Junto a ellos, escribió las decisiones que había tomado entonces... y las consecuencias que habían seguido. El lago. El frío. La oscuridad.
Cerró la libreta con manos temblorosas.

—Muy bien, Regulus —murmuró para sí mismo, con una risa amarga—. Ahora solo tienes que asegurarte de no arruinar esta vida como lo hiciste con la pasada, y eso es todo... claro, como si fuera tan fácil.

Se levantó y volvió a revisar su baúl para Hogwarts. Esta vez lo hizo con más cuidado, como si cada objeto pudiera delatarlo. Tenía que sacar todo lo relacionado con la magia oscura y alejarse de ella lo antes posible. No podía permitirse ni una sola grieta.

Movía sus cosas despacio, sacando incluso algunas que no quería dejar atrás. Libros, objetos heredados, pequeños fragmentos de lo que siempre le habían enseñado a ser. Apretó la mandíbula.

No iba a arriesgarse. Al menos no en primer año.

Estaba tan concentrado que no escuchó cuando tocaron la puerta. Solo reaccionó al oír la voz de su madre llamándolo por su nombre completo.

—¿Podrías explicarme por qué estás haciendo la maleta tú mismo, Arcturus, en lugar de dejar que lo haga Kreacher? —preguntó Walburga con un tono dulcemente calculado.

Regulus se tensó al instante.

Ella se acercó y le acarició el cabello, un gesto tan poco común que lo descolocó por completo. Por un segundo, no supo cómo reaccionar, pero se obligó a permanecer quieto.

—Madre, Kreacher ya había hecho la maleta —respondió—. Solo quería agregar unas cosas más-mintió y rezó para que ella no mirara dentro del baúl y notara todo lo que había apartado.

—Bien —dijo tras una breve pausa—. Espero que cuando llegues no decepciones a la familia, Regulus.
El tono ya no era dulce. Era una advertencia.

Walburga salió de la habitación sin mirar atrás. Regulus soltó el aire lentamente. Sabía perfectamente lo que significaban esas palabras: si se acercaba demasiado a Sirius, estaría muerto.

La diferencia era que ahora él sabía exactamente en qué casa quedaría.
No tenía que preocuparse... aún.
Minutos después de que su madre se marchara, terminó de arreglar sus cosas. Justo cuando iba a tomar los objetos relacionados con la magia oscura, escuchó gritos provenientes de la habitación de Sirius.

Antes, aquello había sido habitual. Antes... siempre se había sentido mal por el trato que recibía su hermano, pero nunca había hecho nada.

Esta vez no.

Salió disparado hacia el cuarto de Sirius. Al llegar, vio a su hermano discutiendo con su madre sobre sus "malas influencias". Sirius parecía furioso, pero en cuanto lo vio, se quedó en silencio. Walburga tomó aquel gesto como una victoria.

Hasta que Sirius habló.

—¿Reggi? ¿Qué haces aquí? —preguntó Sirius—. Creía que estabas con padre.

—Quería estar contigo antes de ir a Hogwarts —respondió, acercándose para ver qué guardaba en su valija.
—Nous en avons parlé par lettres —decretó Walburga con voz fría.

Se notaba molesta, pero salió del cuarto con la elegancia impecable que caracterizaba a los Black.

—¿De qué van a hablar por cartas, Sirius? —preguntó Regulus en cuanto quedaron solos.

Vio de reojo cómo su hermano se tensaba. Sirius no respondió. Parecía asustado. Un silencio pesado e incómodo se instaló en la habitación.

Fue entonces cuando Regulus lo comprendió.

Su madre había hablado en francés.
Se suponía que él no debía entenderlo con tanta fluidez. No aún. Y eso lo delataba.

—No es nada importante, Reggi —dijo Sirius finalmente—. Pero dime... ¿desde cuándo entiendes francés tan bien?
Cerró la puerta, regulus no respondió. En lugar de eso, se dio la vuelta y empezó a sacar cosas de la maleta de Sirius. Algunas cayeron al suelo. Entre ellas, una fotografía.
Un joven James Potter sonriendo.
La imagen estaba borrosa, tomada desde un ángulo extraño, claramente por sorpresa. Regulus se quedó mirándola más tiempo del que pretendía.

Merlín... ¿hace cuánto no veía a James?

El recuerdo le cayó encima con un peso inesperado, como si algo antiguo y sin resolver despertara en su pecho.

—Ese es mi mejor amigo, aunque no creo que te interese —comentó Sirius después de tomar la fotografía y contemplarla unos segundos más de lo necesario. Luego soltó un suspiro suave y sacó un cuaderno, guardando la imagen con un cuidado que me apretó el pecho.

—Es con el que me confundiste hace rato, ¿no? —pregunté con fingida inocencia, aunque ya conocía la respuesta

James Potter.

El gran hombre que, en otra vida, me arrebató a mi hermano mayor. No podía culparlo del todo; yo también había tenido la culpa al alejarme de Sirius cuando más me necesitaba.
Sirius me miró con duda. Podía ver claramente cómo debatía consigo mismo si debía contarme algo o no, pero aquel diálogo interno no duró demasiado. De pronto comenzó a reír, una risa espontánea que me tomó por sorpresa, y solo pude mirarlo, atento a lo que fuera a decir.
—Sí, tienes razón —admitió—. James siempre que puede salta sobre mi cama para molestarme... según él.
Mientras hablaba, sacó de otro cuaderno una fotografía muggle. Estaba borrosa, mal encuadrada, pero ahí estaban: James saltando sobre la cama de Sirius, y Sirius despertando, con el ceño fruncido y el cabello revuelto.

Algo dentro de mí se removió con violencia. Sentí un peso extraño en el pecho, una sensación desconocida que no supe nombrar. Nunca había experimentado algo asi.

—¿James es el chico del que siempre hablas? —pregunté.
Sirius asintió sin parar, y su sonrisa se ensanchó aún más. Aquello me incomodó, pero no dije nada; hacerlo habría matado el ambiente.

Sin darme tiempo a reaccionar, Sirius me apartó de la valija y me arrastró hasta el otro extremo de la habitación. Allí se agachó y sacó un pequeño cofre negro, con estrellas delicadamente talladas en la madera.

Lo reconocí al instante.

Era el preciado cofre que Alphard le había regalado cuando cumplió diez años. Estaba encantado para que solo Sirius pudiera abrirlo. Durante años me había frustrado no saber qué guardaba ahí dentro, porque ese cofre contenía todo lo que él consideraba valioso.

Y ahora era Sirius quien, por voluntad propia, iba a mostrármelo.

Definitivamente, esta era otra vida. Una completamente distinta... una de locos.

Con el cofre en mano, Sirius me arrastró por la casa. Antes de irse, le ordenó a Kreacher que arreglara sus cosas. Vi en sus ojos esa chispa peligrosa que muchos reconocían como la mirada previa a una broma.
Cuando llegamos al lugar que tenía en mente, me quedé completamente inmóvil.

—Vamos, Reggi, hay que subir. No te pasará nada. El ático no tiene nada malo —me animó.

Mis manos comenzaron a temblar. Me obligué a sonreír y lo seguí en silencio, esperando que fuera suficiente para engañarlo y que no notara el miedo que me recorría las piernas.

Al subir, lo primero que vimos fue la enorme estatua vieja, cubierta de polvo. El ático estaba oscuro, cargado de telarañas, con un aire denso y espeluznante que me heló la sangre.

—Primero que todo —dijo Sirius, volviéndose serio—, prométeme que todo lo que veas aquí no se lo contarás a nadie. Mucho menos a madre. ¿Entendiste?
Asentí sin dudar.

Sirius murmuró un hechizo incomprensible y el cofre se abrió de golpe, vaciando su contenido en el suelo. Fotografías, cartas, pequeños pedazos de pergamino... y un sobre cerrado con el emblema de mi tío Cygnus.

—¿Esa es una carta del tío Cygnus? —pregunté, sorprendido.

—Sí. Me la dio justo antes de entrar a Hogwarts. Nunca la he querido abrir, pero eso no es lo importante —respondió—. Mira... todo esto es de mis amigos y yo.

De entre todas las fotos, tomó cinco con especial cuidado. Me extendió la primera, con una sonrisa aún más grande que antes.

—Ese de ahí es Remus. Cuando lo conozcas, seguramente te llevarás muy bien con él. Le gusta leer, es callado... aunque un poco aburrido. Pero es muy inteligente.

No pude evitar pensarlo: Sirius siempre había sabido describir a las personas con una precisión inquietante. Remus, pese a ser mestizo, era alguien fascinante, incluso por razones que él aún no podía imaginar.

Apenas aparté la foto, Sirius me pasó otra. Su entusiasmo disminuyó un poco.

—Este se llama Peter. Si te soy sincero, es algo molesto por lo miedoso que es... pero es un buen amigo, supongo —admitió.
Desvió la mirada hacia mí, como buscando aprobación.

—¿Por qué no empezaste con tu otro amigo? —pregunté tras un suspiro.

—Mi mejor amigo —aclaró con seriedad, antes de reír y entregarme la última fotografía.

Ahí estaba James Potter.

Gafas redondas torcidas, una sonrisa blanca y deslumbrante —aunque le faltaba un diente—, el cabello alborotado pese a haber intentado peinarlo. Llevaba el uniforme de Hogwarts modificado: bermudas ligeramente más oscuras, el chaleco bordado con flores, calcetas hasta la pantorrilla con una línea roja... y, si lograba salirse con la suya, unos Converse rojos.

Verlo así me trajo demasiados recuerdos. Los primeros años. James intentando ser mi amigo una y otra vez. Yo rechazándolo con frialdad, con indiferencia.
Suspiré sin poder evitarlo y fruncí el ceño. Sirius lo notó al instante y saltó a abrazarme.

—Vamos, Reggi, no te pongas celoso —dijo—. James es solo mi amigo. Nunca va a ser más importante que tú. Aunque creo que te llevarías un poco mal con él; es muy bromista. Pero no te dejes engañar, es demasiado listo. Solo se hace el bobo- Se pegó más a mí, como si intentara fusionarnos, mientras hablaba maravillas exageradas, incluso falsas sobre su mejor amigo.

¿Con qué cara podía decir que no me cambiaría por él?

En el futuro lo hizo. Y seguramente habría un punto en esta vida en el que también tendría que elegir.

No, Regulus. No pienses eso.
Si ese pensamiento persistía, mi destino jamás cambiaría. Si hacía las cosas bien esta vez, Sirius no tendría que elegir.

Y si aun así debía hacerlo... me elegiría a mí.

Pasamos cerca de una hora en el ático. Para mí fue una tortura. Fingir que aquel lugar no me provocaba miedo era agotador, pero logré que Sirius no notara el temblor constante en mis piernas.

Cuando bajamos, Kreacher apareció para informarnos que la comida estaba lista y que la valija de Sirius también.

La noche cayó poco después, trayendo consigo una calma inesperada. Mañana comenzaría el cambio que me había propuesto, pero no estaba nervioso, como había creído que estaría.

Agradecido con Merlín por aquella oportunidad imposible, me fui a dormir en tranquilidad.

Notes:

esto tenia planeado publicarlo primero aqui pero no sabia como usar Ao3 hasta ahora pero espero poder actualizar seguido :)