Chapter Text
Zoro enterró su puño en el cráneo de Luffy tan profundo que el chichón duraría semanas.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —chilló Luffy, cubriéndose la cabeza con las manos.
—¡¿Y ahora qué mierda le voy a decir al rubio?! —exclamó Zoro, furioso.
—¡La verdad!
—¡¿Y dónde crees que me deja eso?! —rugió Zoro, apretando los dientes.
El calabozo era frío, lúgubre, lleno de borrachos y alborotadores como Luffy.
Y allí estaba Zoro.
Por ser un amigo leal, ahora estaba atrapado en ese lugar.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared.
Luffy se acercó y se sentó frente a él.
—No creí que todo saliera tan mal… —dijo, rascándose la nuca.
Zoro suspiró.
—Está bien… supongo que no hay nada que hacer.
Un policía se asomó a través de los barrotes.
—¿Roronoa Zoro?
El peliverde alzó la vista y levantó la mano.
—Aquí.
—Monkey D. Luffy —dijo el otro oficial, señalando al pelinegro.
—Ambos tienen derecho a una llamada —informó.
Zoro se levantó y le lanzó a Luffy una mirada asesina.
—Ni se te ocurra llamar a Garp. Hablaré con Perona; ella nos sacará de aquí discretamente.
Luffy asintió, tragando saliva.
—Entonces… ¿a quién llamo?
—¡A nadie! —le riñó Zoro, y caminó hacia el guardia, firme como un muro.
x
Sanji no supo nada de Zoro durante todo el fin de semana.
No tenía su número de teléfono, y sus amigos tampoco tenían noticias.
Aun así, fue al campus antes y después del trabajo, aunque no tuviera clases.
Era como si Zoro se lo hubiera tragado la tierra.
Cada vez que pasaba y no aparecía, Sanji sentía un peso en el pecho.
Pensó que, si de verdad le importara, aunque fuera una señal mínima habría mostrado que algo le impidió llegar.
Y la ausencia de esa señal lo hizo preguntarse… si acaso Zoro nunca había estado realmente interesado.
Decepción.
Eso era lo que sentía Sanji.
Confusión también.
¿Qué había sido todo eso? Esa cercanía, su aliento, la calidez tan cerca… y luego… esto.
Quizás desde un principio sus intenciones eran… otras.
El lunes, al bajar del bus por la mañana, Ace estaba esperando en la parada.
Sanji se sorprendió un poco.
No lo vio como algo malo; simplemente no lo esperaba.
Pero Ace fue claro desde el primer momento.
En cuanto Sanji bajó del bus, le tomó la mano y lo llevó lejos del campus, lejos del café Thousand Sunny, buscando privacidad. Un parque no demasiado lejos.
No soltó su mano, incluso cuando ya debería haberlo hecho.
—Sé que esperabas a Zoro —fueron sus primeras palabras.
Sanji se tensó.
Ahora Ace iba a pensar que estaba jugando, que era coqueto, que era fácil.
—Pero yo también quiero cortejarte —continuó Ace, mirándolo a los ojos, sin una pizca de miedo—. Si me dejas, por supuesto… aunque sé que lo he estado haciendo sin pedir realmente tu permiso.
Sanji sintió que por un momento el aire se le iba de los pulmones. Olvidó cómo respirar.
Se mordió el labio, completamente desarmado ante esa franqueza.
Sanji suspiró.
Le agradaba Ace.
Le gustaba.
No de la forma en que le gustaba Zoro.
Pero había atracción. Y había curiosidad.
—Podría intentarlo —dijo al fin—. Si para ti eso es suficiente… Yo… no estoy acostumbrado a tanta atención. Todo esto ha sido sorpresivo.
Ace sonrió. Encantador como siempre.
—Eso es porque estabas bien escondido en el campus… —ladeó la cabeza—. ¿En serio te miras al espejo en las mañanas? Dios, eres como una aparición divina.
Sanji sintió las mejillas arder.
—Ace, basta…
Ace soltó una risita suave.
—Ok, me callo. Solo digo que me sorprende que no haya más alfas detrás de ti.
Sanji desvió la mirada.
Quizás porque su vida se basaba en trabajar, estudiar, volver a casa a dormir… y repetir.
Cada día igual.
Su vida social se reducía prácticamente a Nami.
Y últimamente… había demasiada gente orbitando a su alrededor.
Demasiadas miradas.
Demasiadas posibilidades.
Y un vacío que no se llenaba.
Sanji exhaló, como si intentara sostener el peso de su propio cuerpo.
Miró a Ace y apretó suavemente su mano.
—No puedo prometer que algo vaya a resultar de todo esto… o que termine enamorándome de ti.
Ace suspiró. Y, para sorpresa de Sanji, en ese suspiro había alivio.
—Y con eso es suficiente.
Sanji lo observó unos segundos más, midiendo la sinceridad en sus ojos. No encontró presión. No encontró exigencia.
—Entonces supongo que no hay problema en que me cortejes… —murmuró—. Pero no me hagas tantos regalos o me harás sentir culpable.
Ace sonrió, suave, casi cómplice.
—Entonces te cortejaré sin sobornos. Solo yo.
Y por primera vez en todo el fin de semana… el pecho de Sanji no dolió tanto.
—Pero no puedo prometer que deje de regalarte chocolates —añadió Ace con una sonrisa ladeada—. Me encanta tu expresión cuando los comes.
Sanji se puso rojo al instante.
Desvió la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.
—Ace… —murmuró, avergonzado.
El pelinegro lo atrajo un poco hacia él, con suavidad, sin forzarlo. Solo lo suficiente para acortar la distancia.
—Gracias, Sanji.
No era solo por la oportunidad.
Era por la honestidad.
Por no mentirle.
Y Sanji, todavía con las mejillas ardiendo, no supo qué responder… porque en el fondo sabía que acababa de dar un paso que cambiaría el rumbo de todo.
x
El sonido metálico de los barrotes abriéndose fue lo único que rompió el silencio del pasillo.
—Pueden irse.
Zoro salió primero.
Mandíbula tensa. Ojeras profundas de alguien que había dormido en el suelo. La misma ropa del viernes.
Y, francamente… oliendo a cloaca.
Luffy lo siguió, estirándose como si hubiera salido de una siesta incómoda en vez de un calabozo.
Afuera, en la recepción, una joven de cabello rosa y elegancia impecable los esperaba.
Tacones perfectos. Vestido pulcro. Postura de reina.
—Horo horo horo~… Vaya problema fue sacarlos de la cárcel —canturreó con una sonrisa afilada.
Zoro chasqueó la lengua.
—Te debo una.
Ella inclinó apenas la cabeza, satisfecha.
—Más te vale.
Luffy levantó la mano.
—¡Peronaaa! ¿Trajiste comida?
Zoro le enterró el puño en la cabeza por segunda vez en el día.
Pero incluso en medio del caos… su mente estaba en otra parte.
Lunes.
Campus.
El rubio.
Y la posibilidad —cada vez más real— de haberlo perdido antes siquiera de empezar.
x
Zoro se fue directo al campus.
Nada de duchas. Nada de cambio de ropa. Ni siquiera una siesta de veinte minutos.
La cabeza le palpitaba por la falta de sueño.
El pecho… por la falta del rubio.
Y entonces, en la entrada del campus de arte—
Sanji y Ace.
El rubio riendo.
Riendo con una sonrisa que, en su mente, le pertenecía a él por derecho.
O eso había creído.
Ace estaba demasiado cerca.
Demasiado cómodo.
Zoro se detuvo en seco.
Lo suficiente para que ninguno de los dos lo viera.
Porque su cuerpo, simplemente, decidió no moverse.
Estaban tan cerca.
Y lo peor…
No tenía derecho a reclamar nada.
Él no llegó.
No estuvo.
Aunque no fuera su culpa.
Aunque tuviera razones.
Aunque hubiera querido estar.
Desde afuera, la escena era clara.
Llegó tarde.
Muy tarde.
A lo lejos, Sanji alzó la vista.
Y lo vio.
Zoro, de pie a unos metros del edificio de la escuela de arte.
Desaliñado. Ojeroso. Inmóvil.
Sus miradas chocaron.
Fue apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
El rubio frunció el ceño… y desvió la vista.
No era un “no te conozco”.
Era un “me dueles”.
Y eso fue peor.
Zoro sintió el golpe en el pecho como si alguien le hubiera enterrado un puño directo en el esternón.
Pensó, estúpidamente, que quizás era mejor así.
Si iba a decepcionarlo.
Si iba a llegar tarde siempre.
Si su vida era un desastre constante que arrastraba a otros con él…
Quizás no era el destino.
Quizás nunca lo fue.
Y, aun así, no pudo dejar de mirarlo.
La segunda vez que Sanji miró…
Zoro ya no estaba.
Se había dado la vuelta.
Y se había marchado.
Sin palabras.
Sin explicación.
Sin intentarlo.
El rubio sintió algo hundirse lento en su estómago.
No era rabia.
Era esa sensación amarga de cuando confirmas un miedo que no querías aceptar.
Ace estaba diciendo algo.
Sanji no escuchó qué.
Porque por un instante —solo uno— tuvo el impulso de correr tras él.
Pero no lo hizo.
Apretó los dedos alrededor de la caja de chocolates que llevaba en la mano.
Y dio un paso atrás.
Zoro sabía que esto podía pasar.
Así que cuando se encerró en un nuevo taller —porque el suyo había quedado inutilizable— el grupo no entendió muy bien qué estaba ocurriendo.
Quizás un hiperfoco.
Quizás una racha de inspiración.
Eso fue lo que asumieron.
Pero durante varios días, Zoro solo hizo un recorrido:
del dormitorio al taller…
y del taller al dormitorio.
Nada más.
¿Y qué hizo en esos días?
Pintó.
A Sanji.
Con esa sonrisa.
Esa que, ahora estaba convencido, nunca le pertenecería.
Una y otra vez.
En bocetos rápidos.
En lienzos grandes.
En su propia libreta.
La curva exacta de sus labios.
La inclinación suave de su cabeza cuando se reía.
La luz en sus ojos.
Memoria convertida en obsesión.
Y por la noche, cuando regresaba a su habitación, agotado y cubierto de manchas de pintura, abría la libreta amarilla.
La de Sanji.
Sabía que debía devolverla.
Sanji había preguntado por ella.
Lo correcto era hacerlo.
Sin embargo…
Esa libreta era lo único del rubio que le pertenecía solo a él.
Y Zoro, que nunca había sido egoísta con lo que no era suyo…
Por primera vez, no quería soltar.
Zoro simplemente fingió.
Y fingir era fácil.
Siempre lo había sido.
Después de organizar sus ideas —o al menos, de convencerse de que lo había hecho— llegó a la conclusión de que era lo mejor.
Actuar como si estuviera bien.
Como si no hubiera visto nada.
Como si esa sonrisa no se le hubiera quedado clavada detrás de los ojos.
Volver a entrenar.
Volver a pintar.
Volver a responder con monosílabos.
Normal.
Si el destino no era tan cruel…
Con el tiempo podría superarlo.
Podría dejar de imaginar esa risa.
Podría dejar de pensar en cómo se había sentido tan cerca aquel viernes.
Podría dejar de preguntarse qué habría pasado si hubiera llegado a tiempo.
Seguir adelante.
Como si no le doliera.
Como si no hubiera sido importante.
Y Zoro era bueno en eso.
En soportar.
Sin embargo, sabía que no podía hacerse a un lado por completo.
No podía dejar a sus amigos de lado.
No podía tratar a Ace distinto.
No podía decirle a Luffy que no volvería a ayudarlo si se metía en problemas otra vez.
No podía fingir que Nami —la amiga de Sanji— no existía ahora en su círculo.
Todo eso ya estaba ahí.
Y ahora tenía que enfrentarlo.
Tenía que ser un buen amigo.
Uno que sonríe cuando sus amigos sonríen.
Uno que se alegra porque están con las personas que les gustan.
Incluso si esa persona…
Es aquella de la que te enamoraste estúpidamente.
E incluso si ese sentimiento no puedes arrancártelo del pecho,
porque se niega a salir.
Zoro respiró hondo.
Podía soportarlo.
Siempre había podido.
x
Esa tarde, otra vez llovía.
Sanji estaba de pie junto a la entrada de la facultad de artes.
Justo el día que coincidían.
Suspiró.
Había olvidado el paraguas en casa. Otra vez.
Tenía que parar en algún momento.
No iba a llover para siempre.
¿Cierto?
Zoro bajó las escaleras despacio.
Llevaba una bolsa con borradores bajo el brazo.
Si Sanji los viera, seguramente pensaría que era un psicópata.
Se detuvo en seco al verlo.
Exhaló.
Actúa normal, se dijo.
Está saliendo con tu amigo. Trátalo normal.
Se quedó en la puerta.
Sanji lo miró de reojo.
Silencio.
Pesado. Denso. Como si el aire se hubiera vuelto más espeso entre ellos.
Sanji se tensó.
—¿Esperando a que amaine la lluvia? —preguntó Zoro, forzando un tono casual.
Sanji tragó saliva.
Asintió.
—Sí… un poco…
—Ya…
Y otra vez el silencio.
Ignorando el elefante entre los dos.
El viernes.
La mirada.
La ausencia.
La risa con otro.
La lluvia golpeando el suelo hacía más ruido que ellos.
—¿Te importa si espero un poco también? —preguntó Zoro, desviando la mirada—. Llevo unos lienzos que no se pueden mojar…
Sanji miró el bolso.
Asintió.
—No me importa —susurró.
Silencio otra vez.
Largo.
Interrumpido solo por la lluvia estrellándose contra el pavimento.
Zoro lo observó de reojo.
Habla normal.
Demuestra que no importa.
Que ya pasó.
Aunque sí importaba.
Y demasiado.
—¿Qué tal todo con Ace?
La pregunta cayó más fuerte que el agua.
Silencio.
Sanji se tensó.
Sus dedos se cerraron levemente sobre el borde de su chaqueta.
—Voy a perder el bus —dijo de pronto.
No respondió.
No negó.
No confirmó.
Solo escapó.
Y eso fue peor.
Y Zoro dio un paso.
Luego otro.
Apretó la bolsa con los lienzos contra su costado hasta que el cartón crujió bajo la presión.
Apretó los labios.
La lluvia golpeaba el suelo, los escalones, los techos… todo menos lo que realmente dolía.
Se detuvo.
Sanji ya se alejaba.
Giró por el sendero principal, mezclándose entre la multitud de paraguas negros, siluetas apuradas, hombros encorvados.
Un destello rubio.
Y después nada.
Desapareció.
Zoro se quedó ahí.
Con los lienzos secos.
Con la garganta húmeda.
Con algo ardiéndole en el pecho que no sabía cómo arrancarse.
Había prometido actuar normal.
Y eso implicaba dejarlo ir.
Sanji se detuvo al final del sendero.
La angustia lo tomó sin aviso, como si alguien le hubiera apretado el pecho desde dentro.
La lluvia lo empapaba. Violenta. Fría. Implacable.
Por un instante —solo uno— pensó en volver.
En caminar contra la corriente de paraguas.
En plantarse frente a él.
En decirlo todo.
Que no había sido un juego.
Que no había querido herirlo.
Que nunca había querido elegir mal.
Que lo que sentía no cabía en palabras simples.
Que no sabía cuándo empezó.
Que dolía.
Pero tragó.
Pesado.
Porque decirlo significaba romper algo.
Con Ace.
Con el grupo.
Con la calma frágil que todos fingían.
Así que no volvió.
Se apresuró hacia la parada de buses, con los zapatos chapoteando en los charcos, el cabello pegado a la frente, la garganta cerrada.
Y dejó atrás algo que no sabía si tendría otra oportunidad de recuperar.
x
El bus llegó casi lleno.
Sanji encontró un asiento al fondo.
El vapor de la ropa mojada y el olor a humedad se mezclaban con perfume barato, gasolina y metal viejo. El frío comenzó a atravesarle la camisa poco a poco, instalándose en la piel.
Una hora después, el bus lo dejó en una de sus últimas paradas.
Un barrio viejo, en las afueras de la ciudad.
Casas amontonadas. Edificios de paredes grises, manchadas por años de lluvia y descuido.
El edificio donde vivía tenía cuatro pisos y había sido adaptado. No siempre fueron “departamentos”, si es que podían llamarse así. Se veía viejo y cansado, como una persona que contenía demasiado.
Los balcones exhibían ropa que nunca terminaba de secarse. Las ventanas estaban reforzadas con plástico, como si eso bastara para impedir que la humedad se colara cada invierno.
Al entrar, lo primero que vio fue el balde de plástico que desde hacía meses recogía la gotera del segundo piso.
Subió las escaleras.
En el tercero, la puerta 3B estaba entreabierta.
La abuela tosía otra vez.
Una tos profunda, arrastrada. Persistente. De esas que no suenan pasajeras.
Sanji se detuvo un segundo.
Golpeó suavemente.
—Adelante…
Asomó la cabeza.
La anciana, sentada en su cama con una manta sobre los hombros, lo miró con ternura.
—Hijito…
Sanji le dedicó una sonrisa pequeña.
—¿Cómo se siente, abuela?
Se acercó y se sentó frente a ella.
—Oh, solo esta tos tonta que no se va… pero estoy bien.
La mujer volvió a toser y se cubrió la boca con un pañuelo.
Sanji se tensó.
Porque nadie se preocupaba por la anciana.
Porque nadie podía toser tanto durante tanto tiempo y que eso fuera “solo una tos”.
—Voy a preparar una sopa. ¿Quiere que le traiga un poco?
Ella asintió, agotada.
—Te lo agradeceré, hijito…
Sanji sonrió otra vez. Esa sonrisa educada que no mostraba preocupación.
Se levantó.
Sacó la llave de su bolsillo y cruzó el pasillo.
El aire olía a humedad vieja.
A ropa que nunca lograba secarse.
A encierro.
Abrió su puerta.
El departamento era un solo ambiente.
Una cocina mínima con un lavaplatos pequeño. La cama pegada a la pared, junto a una ventana que cerraba mal y estaba reforzada con plástico. Cuando llovía fuerte, el agua encontraba la forma de entrar igual.
El baño estaba más frío de lo que debería.
Siempre lo estaba.
Una mancha gris crecía en una de las paredes del baño.
Sanji la limpiaba todo el tiempo.
Volvía a aparecer.
Siempre.
Como si se negara a irse. Como si reclamara ese rincón húmedo como suyo.
Sanji no sabía exactamente qué era.
Moho, probablemente.
Pero sí sabía algo con absoluta certeza:
no era buena idea que aquello siguiera creciendo.
No en un espacio tan pequeño.
No en un lugar que apenas respiraba.
A veces la raspaba con fuerza, hasta que los nudillos le quedaban rojos.
A veces frotaba con cloro hasta que el olor le ardía en la nariz.
Y aun así, regresaba.
Como todo lo que uno intenta esconder bajo una capa delgada de limpieza.
La misma mancha estaba en el departamento de la abuela.
En el baño.
En una esquina cercana al techo.
Sanji iba una vez a la semana, cuando el trabajo y las clases se lo permitían, y tallaba.
Una y otra vez.
Con cloro.
Con desinfectante barato.
Con cualquier cosa que prometiera eliminar hongos y bacterias en letras grandes.
Frotaba hasta que el brazo le dolía.
Hasta que la pared quedaba húmeda y pálida.
Hasta que por un momento parecía desaparecer.
Pero volvía.
Siempre volvía.
Como si el edificio entero estuviera enfermo por dentro.
Como si la humedad no viviera en la superficie, sino en las entrañas.
Sanji no decía nada.
Solo abría las ventanas —aunque el frío entrara—
solo dejaba el balde en su lugar
solo preparaba sopa caliente
solo sonreía.
Y después regresaba a su propio departamento.
Donde la misma mancha lo esperaba.
Así que Sanji se cambió la ropa mojada por algo seco.
Doblando con cuidado cada prenda, aunque estuviera fría y áspera por no haberse secado del todo.
Guardó sus apuntes dentro de bolsas plásticas, sellándolas bien.
La humedad arruinaba el papel en cuestión de días, y no podía permitirse perder nada.
Ni una hoja.
Ni una palabra.
Después fue directo a la cocina.
Porque la frustración, cuando no tiene salida, necesita transformarse en algo.
Y lo único que Sanji sabía hacer cuando todo se sentía demasiado…
era cocinar.
Encendió la hornilla.
El sonido del gas, el chasquido del encendedor.
Orden.
Secuencia.
Control.
Cortar verduras en cubos perfectos.
Medir la sal con precisión.
Revolver con paciencia.
Ahí nada se filtraba.
Nada crecía en las esquinas.
Nada volvía si él hacía las cosas bien.
La sopa comenzó a hervir, llenando el pequeño departamento de vapor cálido.
Y por unos minutos, el frío retrocedió.
Mientras la sopa hervía y el vapor empañaba los vidrios, Sanji tomó una decisión.
El marimo estaba actuando como si no hubiera sido nada.
Como si esa tarde bajo la lluvia no hubiera tenido peso.
Como si la pregunta sobre Ace hubiera sido casual.
Como si no hubiera habido nada suspendido entre ellos.
Así que, quizás…
Quizás el que estaba exagerando era él.
Sanji apretó los labios.
Respiró hondo.
De acuerdo.
Si Zoro podía comportarse como si todo estuviera normal, entonces él también podía hacerlo.
Actuaría de manera madura.
No lo trataría mal.
No le haría el vacío.
No soltaría comentarios venenosos solo para proteger su orgullo.
Era amigo de Ace. Eso bastaba.
Sería educado.
Sería tolerante.
Sería… civilizado.
Y con el tiempo…
Quizás podrían incluso terminar siendo amigos.
La cuchara chocó contra la olla.
Un sonido seco.
Amigos.
La palabra le dejó un sabor extraño en la boca.
Pero igual removió la sopa con más firmeza.
Porque si no había sido nada, entonces él tampoco haría que fuera algo.
Los días siguientes fueron normales.
Demasiado normales.
Sanji salía con Ace.
Si se encontraba con Zoro, lo saludaba con un leve gesto de cabeza, y Zoro respondía con un “hey” bajo y breve.
Nada más.
Si coincidían en el pasillo, se saludaban y seguían de largo.
Si había más gente, cruzaban palabras aparentemente amistosas y hablaban del clima.
Si se reunían con el grupo, Zoro se sentaba en una esquina y se mantenía en silencio.
Asentía cuando era necesario.
Correcto.
Educado.
Distante.
Y para no torturarse demasiado, siempre tenía una excusa preparada.
—Tengo que completar mi proyecto del taller.
—Luffy me pidió ayuda.
—Iré a una muestra de anatomía.
—Tengo entrenamiento de kenkendo.
—Perona viene a visitarme hoy.
La mayoría eran mentiras.
Excepto lo de Perona.
Perona venía más seguido desde el incidente de la cárcel.
Nunca era abrupto.
Nunca grosero.
Pero jamás se permitía quedarse demasiado tiempo.
Porque quedarse implicaba mirarlo.
Y mirarlo implicaba amarlo.
Más.
Mucho más.
Sanji también hacía su parte.
No lo buscaba con la mirada.
No sostenía el contacto visual más de lo necesario.
No mencionaba “Love Story”.
Y si Ace tomaba su mano, no la apartaba.
Y todo funcionaba.
En apariencia.
Pero algunas personas podían notar que la cuerda estaba demasiado estirada…
y la tensión demasiado visible.
x
Cuando Zoro entró en su pequeño y cómodo departamento, encontró las luces encendidas.
Se tensó al instante, preparado para lo peor.
Pero no había intrusos.
Solo Perona.
Estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas con elegancia, sosteniendo cierta libreta amarilla entre las manos.
Zoro se quedó helado.
En dos zancadas estuvo frente a ella y se la arrebató con brusquedad.
—¿¡Qué mierda se supone que haces!?
Perona ni siquiera se inmutó. Alzó una ceja con exquisita calma y bebió un sorbo del té que ella misma se había preparado.
—Es un libro muy interesante ese que tienes ahí… —dijo con suavidad venenosa—. Aunque el autor no se me hace conocido.
El calor le subió a Zoro por el cuello hasta las orejas.
—Para empezar, no es tu problema —gruñó.
Perona sonrió.
Lenta. Disfrutando cada segundo.
—Ay, Zozo… eres tan evidente.
—¿Evidente en qué? ¡Es solo una libreta! ¡Nada importante!
Demasiado rápido. Demasiado defensivo.
La guardó en un cajón y le dio llave de inmediato.
Perona soltó una risita.
—Una muy importante.
Zoro apretó la mandíbula.
—No leí nada comprometedor —dijo la joven, jugueteando con la taza—, pero debo admitir que el dueño de la libreta me parece extremadamente dulce… como un macarrón. Y también muy, muy romántico.
Zoro sintió que quería atravesar la pared con la cabeza.
—No se me da eso del romance —continuó ella con falsa inocencia—, pero es lindo cómo siente el amor… ¿Será que al artista de la familia le tocó una fibra sensible?
—¿Mihawk no te espera en casa? —murmuró Zoro, rojo hasta la raíz del cabello.
Perona sonrió de lado y se apoyó con comodidad en el respaldo del sofá.
—Papá cree que es bueno que te visite más seguido desde el pequeño “problema” en el que te metiste el otro día. Dice que estás raro, distante… y que no lo llamas por teléfono.
Zoro gruñó, apartando la mirada.
—Estoy ocupado. Por eso no llamo.
Perona suspiró, pero sus ojos no perdieron brillo.
—Sí. Claro. Guardar bajo llave una libreta que no es tuya, escrita por un omega demasiado dulce, me da a entender una sola cosa.
Zoro se cruzó de brazos, intentando parecer imperturbable.
—¿Qué cosa?
Ella sonrió.
Lenta. Triunfal.
—Que tú estás enamorado. Y mucho.
Silencio.
—Y quiero conocerlo.
Zoro tragó saliva.
—No es asunto tuyo.
—Todo lo que te haga llenar este departamento de bocetos de ese chico es asunto mío.
Zoro abrió la boca.
Perona había encontrado los bocetos.
Los había visto.
Todos.
Los rápidos, hechos en servilletas.
Los más trabajados, escondidos entre carpetas.
Los de perfil concentrado.
Los de sonrisa apenas insinuada.
Los de mirada baja.
Y también esos.
Los que no nacían de la memoria del día, sino de la imaginación de la noche.
Trazos más suaves. Más íntimos. Más peligrosos.
Zoro cerró la boca.
Sentía el pulso en las sienes.
Perona se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, estudiándolo como si fuera una pieza de museo recién descubierta.
—¿Sabe que lo amas?
Golpe bajo.
Muy bajo.
Zoro apartó la mirada.
—No lo amo.
La respuesta salió demasiado rápida.
Perona alzó una ceja.
—Ajá.
Silencio.
El tic del reloj en la pared se volvió insoportable.
—No es asunto tuyo —murmuró él, pero ya no había fuerza en el gruñido.
Perona suavizó apenas el gesto.
—Zozo… dibujas como si cada línea fuera una confesión. No puedes decir que no lo amas cuando tu casa entera lo está diciendo por ti.
Eso dolió más que la pregunta.
Zoro apretó la mandíbula.
Porque amarlo implicaba admitirlo.
Y admitirlo implicaba perder la única estrategia que tenía:
distancia.
—¿Sabe que lo amas? —repitió ella, esta vez más bajo.
Y ahí estaba el verdadero problema.
No.
No lo sabía.
Y si lo supiera…
¿Se quedaría?
¿O se iría?
Zoro cerró los ojos un segundo.
—No —admitió finalmente.
Perona suspiró, pero no con burla esta vez.
—Entonces el problema no es que estés enamorado —dijo con calma—. El problema es que estás aterrorizado.
Y Zoro no tuvo cómo negarlo.
x
Dos días después, el grupo estaba reunido en la cafetería.
Sanji estaba sentado junto a Ace y Nami, frente a ellos, con Usopp y Luffy que estaba en la barra.
Todo parecía muy tranquilo.
Muy cotidiano.
Solo hablaban de cosas de la universidad, nada del otro mundo.
Zoro llegó primero. Se acercó lentamente al grupo, como un carnero camino al matadero.
Se sentó en la otra esquina.
Manteniendo la distancia.
Una mirada de reojo bastó para que Sanji apretara la mano de Ace, más por anclaje que por afecto.
Nami los miró a ambos.
Sonrió.
La pelinaranja también se daba cuenta.
—¿Todo bien, Zoro?
El peliverde gruñó.
—Perfecto —respondió, fingiendo indiferencia.
Sanji mantuvo la vista al frente.
Entonces la campanilla de la puerta sonó de golpe.
Por algún motivo, Zoro sintió un frío treparle por el cuello.
Su hermana.
Caminó elegante hasta la mesa y se sentó en el espacio obvio que Zoro había dejado entre él y el rubio.
Como si lo evitara como la peste.
—¡Perona! —exclamó Luffy, corriendo desde la barra hasta donde estaban. Se dejó caer sobre Usopp como si fuera una silla, dejándolo sin aire.
La joven pelirosada sonrió.
—Cuánto tiempo… y veo caras nuevas…
Zoro resopló.
—¿No me presentas, Zozo?
—¿Zozo? —dijo Nami, divertida.
Zoro suspiró.
—Ella es Perona, mi hermana mayor.
Sanji alzó una ceja e intercambió una mirada con Nami.
—¿Perona? ¿Perona, la diseñadora de modas?
La joven asintió, orgullosa.
—Por supuesto. El arte en mi familia es genético —dijo, mirando a Zoro con diversión. Luego echó un vistazo al grupo.
Señaló a Sanji con un dedo.
—¿Y tú eres…?
El rubio se sonrojó.
Dudó.
Ace lo salvó.
—Perona, este es Sanji Vinsmoke. Él y yo estamos saliendo.
Perona alzó una ceja.
Sanji hizo un leve movimiento de cabeza, respetuoso.
“Con que eres tú”, pensó la joven, mirándolo fijamente.
—Yo soy Nami —dijo la pelinaranja, presentándose ella sola—. Sanji y yo somos tus fans.
—¿¡En serio!? Eso me encanta. Podría dejar que se prueben uno o dos de mis diseños… Sanji, tienes una anatomía exquisita. Me sorprende que ningún pintor te haya pedido que poses para él.
Cuando terminó de decir eso, una mirada breve se deslizó hacia Zoro, que miraba la puerta como si deseara ser salvado.
Sanji solo sonrió, amable.
—Gracias… supongo.
Perona sonrió.
—Me encanta que mi hermanito esté rodeado de caras nuevas. Hace mucho que no veía a ustedes, Luffy, Ace, Usopp…
—Zoro últimamente actúa como un ermitaño. Nunca tiene tiempo para nada —se quejó Luffy.
—Es verdad. Últimamente siempre estás ocupado, Zoro —añadió Ace.
El peliverde se encogió de hombros.
—Supongo que tengo mucho trabajo.
Perona golpeó la mesa suavemente.
—Eso se soluciona rápido.
Sonrió.
—¿Qué tal un día de campo en el viñedo de papá? ¿Eh, Zoro?
—¡Sí, suena excelente! —exclamó Luffy.
—¿Quién paga? —preguntó Nami.
—Es gratis, querida. Son terrenos de nuestra familia.
Nami miró a Zoro con curiosidad.
—¿Ustedes son ricos?
Zoro desvió la mirada.
—No tanto…
—Ay, Zozo, no seas modesto. Somos ricos. Papá es dueño de varios viñedos y vitivinícolas. A las afueras de la ciudad tenemos una casa…
—Ah, pero tenemos clases. No podemos solo tomar vacaciones… —se lamentó Usopp.
—Por el día, tontito.
—¡Zoro, vamos! Será genial —dijo Luffy.
Zoro lo miró.
Perona lo había puesto en esa situación.
Esa donde no puedes decir que no porque quedarías mal con tus amigos.
Suspiró.
—Si eso quieren.
Sanji se mordió el labio.
—Lo siento, pero yo no puedo. Tengo que… trabajar.
—Oh, vamos, será encantador tenerte allí ¿Por Favor? —insistió Perona, ladeando la cabeza con una sonrisa dulce que no era dulce.
Sanji mantuvo la postura recta.
—Aun así… tengo responsabilidades.
Ace lo miró de reojo.
Zoro no estaba mirando a nadie.
Estaba mirando la mesa.
Como si pudiera enterrarse en la madera.
Perona apoyó los codos con delicadeza.
—¿Responsabilidades… o excusas?
Silencio.
Nami cruzó las piernas. Observando. Analizando.
Ella ya había notado la mano de Sanji aferrada a la de Ace antes.
Y también había notado que Zoro la vio.
Sanji sonrió, pero fue una sonrisa demasiado educada.
—No quiero incomodar.
Ahí.
Otra vez esa palabra.
Perona lo miró fijo. Directo. Sin pestañear.
—¿Incomodar a quién?
La pregunta cayó suave. Pero pesó.
Zoro apretó los dientes.
Ace intervino, medio riendo.
—Vamos, Sanji. Es solo un día. Aire fresco, vino gratis, comida. No pasará nada.
El peliverde sintió ese frío otra vez.
No pasará nada.
Claro.
Como si el simple hecho de respirar el mismo aire no fuera ya demasiado.
Perona tamborileó los dedos una vez más.
—Además —añadió con tono casual—, me encantaría conocer mejor a la… pareja de Ace.
Lo dijo sin mirar a Zoro.
Pero el mensaje fue directo.
Sanji soltó lentamente la mano de Ace.
Demasiado lento.
Zoro lo vio.
Perona también.
Nami sonrió apenas.
Usopp no entendía nada.
Luffy ya estaba planeando comerse todas las uvas y no el vino.
—Solo estamos saliendo y yo… —Sanji tragó saliva— no quiero causar problemas.
Perona inclinó la cabeza.
—En mi familia no huimos de los problemas.
Y por primera vez, miró a Zoro directamente.
—¿Verdad, Zozo?
Zoro levantó la vista.
Sus ojos grises chocaron con los de ella.
Era una advertencia.
Perona sonrió más amplio.
—Entonces está decidido.
El domingo.
Viñedo.
Día de campo.
Todos.
Sin excusas.
x
Sanji empezó a sentir el aire escaso.
El café demasiado lleno.
La conversación demasiado ruidosa.
Y él, completamente fuera de lugar.
Ya había quedado claro que iría, incluso cuando él mismo había dicho que no quería. De alguna forma, ya no sabía cómo retractarse sin quedar como el problemático.
No era que Perona no le agradara.
Era muy simpática.
Era exactamente como había imaginado que sería su diseñadora favorita.
Pero aun así…
Necesitaba aire.
Aunque fuera húmedo.
Aunque estuviera nublado.
Aire de verdad.
—Me tengo que ir —dijo lo suficientemente alto como para que Ace lo escuchara.
El pelinegro alzó la vista de inmediato.
—¿Te acompaño?
Sanji negó con la cabeza.
No.
No por ahora.
No porque Ace fuera insoportable.
No porque no lo tolerara.
Simplemente necesitaba espacio.
Se levantó con cuidado y, sin querer, miró a Zoro más de lo debido.
No dijo nada más.
Solo un breve —Hasta luego— y salió del café caminando rápido.
Más huyendo que avanzando hacia el campus.
Más queriendo volver a casa que asistir a clases.
—Sanji.
Siguió caminando.
Porque no dejaba de pensar en el viñedo.
En Zoro.
En que todo era demasiado.
—¡Sanji!
Porque el peliverde no había llegado aquel viernes…
y Sanji no quería enamorarse.
Aunque ya lo estuviera.
—¡Sanji-kun!
Se detuvo de golpe.
Sintió una mano delicada en su brazo.
La expresión preocupada de Nami lo hizo tragar saliva.
—Sanji… Respira —dijo Nami, colocando ambas manos en los hombros del rubio.
Sanji exhaló.
Lento.
—Estoy bien.
—No te estoy dejando ir así.
Sanji se quedó en silencio. Miró un instante hacia el café.
Hacia la puerta.
—Hablemos —añadió Nami con suavidad.
Sanji quiso negarse.
Quiso decir que todo estaba bien.
Pero no.
Ni una sola palabra logró salir de su boca.
Comenzaron a caminar.
Esta vez más lento.
Más contenidos.
En dirección al campus.
Nami sostuvo a Sanji del brazo. El rubio temblaba apenas.
—Vi cómo reaccionaste cuando Zoro entró al café —dijo Nami, apretándole suavemente el brazo.
Sanji la miró de reojo.
—Le apretaste la mano a Ace… ¿fue porque querías hacerlo, o porque necesitabas sostenerte?
Sanji bajó la mirada.
—Ace me agrada.
—No te pregunté eso.
Silencio.
—¿Estás enamorado de él?
Sanji no respondió.
Nami suspiró, pero no con frustración. Con certeza.
—Cuando hablas de Ace, eres educado. Correcto. Agradecido.
Sanji frunció apenas el ceño.
Nami lo miró directo.
—Pero cuando hablas de Zoro… te brillan los ojos.
Silencio.
No hubo defensa inmediata.
No hubo broma.
No hubo “Nami-swan”.
Sanji se quedó quieto.
El aire volvió a sentirse escaso.
—Eso no significa nada —murmuró al fin.
Pero su voz no sonó convencida.
Sanji suspiró.
—No es eso… Zoro me agrada también. No pasa nada más.
La mentira más grande del planeta.
Nami lo miró un momento, sin pestañear.
—Eso es lo que te dices para dormir tranquilo —dijo con calma—. Y hasta hace unos días parecía que ustedes eran cercanos. Ahora se evitan como si algo terrible pudiera pasar.
Sanji se mordió el labio.
—Incluso pensé que quizás ustedes podrían…
Sanji supo exactamente lo que iba a decir.
Love Story.
—No —interrumpió rápido—. No funcionó. Ace es bueno conmigo. Es amable. Me trata bien.
Nami inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y Zoro?
Sanji desvió la mirada al suelo.
—Es solo un amigo.
Nami soltó una risa breve, sin humor.
—Apenas se hablan. ¿Cómo van a ser amigos?
Sanji no respondió.
No sabía qué responder.
Nami suspiró.
Se colocó frente a Sanji, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Algo pasó con Zoro. Dime qué fue.
Sanji se tensó.
No había hablado de eso con nadie.
—Estabas feliz un día —continuó Nami— y luego empezaste a tener citas con Ace. Pero pareciera que cada vez que Zoro está cerca, tu mundo se inclina… y Ace se esfuerza para que nada se derrumbe.
Silencio.
Sanji bajó la mirada apenas.
—Zoro y yo íbamos a salir.
Tragó saliva.
—Zoro no llegó. Desapareció todo el fin de semana y tampoco me dio una explicación. Ace fue claro conmigo. Fue honesto. Así que solo… estamos dándonos una oportunidad.
Nami suspiró, exasperada.
—¡Pero a ti te gusta Zoro! Lo tienes escrito en toda la cara.
Sanji negó con la cabeza.
—A él ni siquiera le importo.
Nami lo miró como si estuviera escuchando una barbaridad.
—Se nota a kilómetros que Zoro besa el suelo por donde caminas.
Sanji soltó una risa breve, sin humor.
—No… No es cierto. Entre Zoro y yo no hubo ni habrá nada.
Nami se quedó mirándolo fijamente.
—Entonces ¿por qué no quieres ir al viñedo? ¿Por qué esa sensación de asfixia? Tú no trabajas los domingos. Puedes ir.
Sanji dudó.
—Es solo… demasiado.
—Sanji…
Nami dio un paso más cerca.
—No estás enamorado de Ace.
Sanji abrió la boca para protestar, pero ella no lo dejó.
—Estás castigando a Zoro.
Silencio.
El golpe fue seco.
—Eso no es cierto —murmuró Sanji, demasiado rápido.
—¿No? —Nami sostuvo su mirada—. Zoro no apareció y te dolió. Así que decidiste no esperar. Decidiste demostrar que no lo necesitas.
Sanji apretó los puños.
—No estoy demostrando nada.
—Claro que sí. Estás intentando protegerte.
Sanji desvió la mirada.
—No quiero volver a sentirme así.
Ahí está.
Nami bajó un poco la voz.
—¿Así cómo?
Sanji tragó saliva.
—Como si no fuera suficiente para que alguien llegue.
Eso duele.
Eso explica todo.
Nami lo miró distinto ahora. No como estratega. Como amiga.
—¿Y si no llegó porque algo pasó?
Sanji cerró los ojos un segundo.
—Entonces debió decirlo.
—¿Y tú preguntaste?
Silencio.
El más pesado hasta ahora.
Sanji negó con la cabeza apenas.
Nami suspiró.
—No estás castigándolo a él, Sanji. Te estás castigando tú.
Y ahí la cuerda se tensó al máximo.
Nami tomó su mano.
Suave.
—Puedes seguir dándote una oportunidad con Ace… pero detente si eso te hace infeliz.
Sanji no levantó la mirada.
Nami apretó sus dedos apenas.
—No te quedes donde no eres feliz solo por orgullo.
Silencio.
El ruido lejano del campus parecía distante ahora.
—Y no vayas al viñedo para demostrar nada —añadió con calma—. Ve solo si puedes sostener lo que sientes sin huir.
